
Asistimos impávidos al control, por parte de grandes conglomerados empresariales, del cuarto poder: el de la información. Grandes grupos monopolizan la información que recibe el ciudadano, el cual la reciba ya filtrada, seleccionada y mascada, para que el lector/televidente/radioyente ya sólo le quede deglutirla, indignarse por lo que se tiene que indignar, y complacerse por los éxitos de los suyos.
Ya no existe información, especialmente en España la calidad del periodismo es tan baja que no puede llamarse información a lo que transmiten los medios de comunicación. Son formadores de opinión, no muestran una realidad, sino que la moldean para indicar cómo pensar, demostrando al lector que los propios están cargados de razón y el contrario (según el medio: el P$O€, el PP, los nacionalistas…) sólo actúa movido por la perfidia. Cada uno compra el periódico que le da la razón, que le reafirma en sus convicciones, que le muestra el mundo tal y como lo quiere ver. Tal y como le conviene verlo.
Hay medios de comunicación para progres, hay medios de comunicación para fachas. Lo que no hay, ni se le espera, es un medio de comunicación convencional que niegue la supremacía de Dios Padre Capitalismo. Porque los periódicos podrán ser progres o fachas, pero lo que son, ante todo, son grandes holdings empresariales.
La opinión pública está secuestrada por el gran capital, que dicta lo que hay que pensar a través de la correa de transmisión de ideas que son los grupos audiovisuales (no sólo a través de los noticiosos se instruye al populacho, sino también con entretenimientos de ficción que moldean el pensamiento del ciudadano con las virtudes ciudadanas del imperio: maniqueísmo, egoísmo, banalidad, machismo, venganza, que puede llegar a la tortura y el asesinato colectivo si está justificada por un buen fin, con tal de que las víctimas no sean “inocentes”).
Por lo tanto, las grandes corporaciones (gran banca, transnacionales, grandes fortunas…) no sólo controla directamente los tres tradicionales poderes como ha hecho a lo largo de la historia, desequilibrando la balanza de la Justicia con quintales de oro, y moviendo los hilos del Estado para que el agua pase por su molino. Los anglosajones, más hipócritas, lo llaman lobby. En castellano, más expresivo y sincero, decimos untar la mano del que manda.
La novedad es que también controlan la opinión pública, con lo cual pueden dar a sus políticas el marchamo de un refrendo popular, democrático, pues es la misma gente la que ha escogido, con su voto cada cuatro años, las políticas que les favorecen. Mejor dicho, han escogido a las personas que, da igual que sea una que otra, seguirán las políticas que les favorecen, porque no hay otras.
El resultado, ya lo vemos: da igual el camino que tomemos, porque todos conducen a Roma. Es decir, al molino del señor. Es como jugar con una moneda con dos caras, o Borbón o Borbón. O capitalismo o capitalismo. Siempre sale cara, con lo que a nosotros nos toca la cruz de soportarla. Pero que no se diga que no se ha tirado la moneda. Cada cuatro años, otra fiesta de la democracia.
Habida cuenta que, tal y como está diseñado el sistema, gobierne quien gobierne, siempre se va a hacer lo que quieran las empresas…¿por qué no gobiernan directamente las empresas, las grandes empresas?
Por lo tanto, yo propongo que, para eliminar intermediarios que, por desidia o por distracción, puedan equivocarse al tomar decisiones de gobierno contrarias a los intereses del gran capital, y tengan que ser llamados al orden, que sean directamente las multinacionales las que gobiernen.
No es que la circunscripción electoral por provincias, con repartición por el método d’Hondt haya funcionado mal. Al contrario, poco a poco las matemáticas han ido logrando su efecto en lograr un bipartidismo, imperfecto por la existencia de nacionalismos ajenos al español (el único e indivisible nacionalismo, la patria verdadera y eterna). Sin embargo, como digo, creo que se puede hacer mucho mejor: permitiendo que sean los delegados escogidos por las diferentes multinacionales los que ocupen los escaños del Parlamento. Ellos serán quienes, a su vez, decidirán la conformación de los otros dos poderes, el ejecutivo y el judicial, como hasta ahora. El cuarto poder, la información, está tan bien organizado que no considero necesario reformarlo, pues ya el capital ejerce perfectamente su control (son empleados con nómina, aún más fáciles de despedir que los diputados y senadores).
El reparto de escaños se hará conforme al peso de cada empresa en el IBEX35. En cada revisión anual de la composición y ponderación del IBEX, servirá para recomponer la correlación de fuerzas entre las distintas fuerzas políticas y grupos parlamentarios (el GPT, el PdR, PBP…es decir, el Grupo Parlamentario de Telefónica, el Partido de Repsol o el Partido del Banco Popular).
Los 350 escaños del Congreso de los diputados se repartirían, a día de hoy, de la siguiente forma.
Empresa – capitalización – escaños
Telefónica – 79.322.258.909€ – 78 escaños
Santander – 76.939.524.362€ – 76 escaños
BBVA – 36.850.032.397€ – 36 escaños
Iberdrola – 29.239.667.112€ – 29 escaños
Repsol YPF – 21.914.499.160€ – 22 escaños
Inditex – 19.436.688.532€ – 19 escaños
ACS construcciones – 8.456.925.621 – 8 escaños
Abertis infraestructuras – 7.591.396.101 – 7 escaños
…
et caetera. Los grupos minoritarios que no den para reunir un escaño, se podrían agrupar en un Grupo Mixto que aunaría las fuerzas de Banesto, Endesa, Abengoa, Telecinco, Grifols…
(el que, casualmente, el valor del IBEX35 en este momento sea aproximadamente de 350 billones de euros hace que coincidan, de forma aproximada y absolutamente casual, insisto, el número de escaños con la capitalización en billones de euros)
De esta forma, el sistema ganaría en honestidad y transparencia, y se evitarían malentendidos y la engorrosa parodia cada cuatro años. Los gobiernos de las comunidades autónomas y las corporaciones locales podrían ser elegidos siguiendo análogos criterios.
Nadie se debiera extrañar de lo que yo propongo, ya que no supone darles a las empresas más de lo que ya tienen. Es un ejercicio de realismo y honestidad, reconociéndoles el poder que detentan: el capital ya nos gobierna. Es más, es que nunca, en la Historia, ha dejado de hacerlo; no es ninguna novedad.
No hay nada raro en la idea de un Parlamento elegido por las empresas del IBEX. A decir verdad, tampoco íbamos a notar la diferencia.



















