Esta vez Urdaci está en todos las redacciones, tratando de deshalentar a los trabajadores para hacer huelga. El consenso de los medios es que la próxima huelga general es inútil, pues no logrará cambiar nada.
¡Y tienen razón!
¿Desde cuándo se ha torcido el brazo de la patronal con una sola jornada de huelga? Esta huelga debe ser sólo el primer jalón de un camino de movilizaciones que, desde el principio, debe estar concebido para lograr un objetivo: lograr que el gobierno capitule en su demolición de los derechos de los trabajadores. Si, como es previsible, el gobierno aguanta el primer aldabonazo contra su política, habrá que seguir cargando con el ariete hasta que las defensas claudiquen. Tras una huelga general, tendrá que venir otra más, y otra, y finalmente una huelga general indefinida. Es una partida en la que la victoria está segura, con la condición de que el jugador sea tenaz y no retire su apuesta, perdiendo todo lo que hay sobre la mesa.
Si en este enfrentamiento, el gobierno percibe que no hay voluntad del adversario de llegar hasta el final, la derrota de los trabajadores está asegurada. Si el gobierno, cualquier gobierno, supiera que el contrincante está dispuesto a emplear el armamento nuclear, es decir, la huelga general indefinida, no habría lugar ni tan siquiera a la primera jornada de huelga, pues se avendría a razones y se cuidaría muy mucho de molestar a un rival que es capaz de causar un daño absoluto. Es lo único bueno que tuvo el armamento nuclear durante la guerra fría: su efecto disuasorio.
Toda guerra ha de tener por objetivo la victoria, y contar con un plan de combate. Para tirar un par de salvas y, a continuación, rendirse, mejor ahorrar tiempo y pólvora. Quiero pensar que la comandancia en esta guerra, las dos grandes centrales sindicales, tienen una estrategia al servicio de un objetivo. Y que ese objetivo es detener la agresión a nuestros derechos, desde el abaratamiento del coste del despido hasta la postergación de la edad de jubilación. Espero que tal sea el objetivo de los sindicatos mayoritarios, y no el de salvar la cara, convocando una huelga presionados por las bases, y que no estén ahora preparando las excusas de la previsible derrota, en vez de preparando la siguiente.
Porque una cosa tengo clara: la próxima huelga general se presentará por los medios de comunicación como una derrota. Nunca, ni durante la dictadura, la profesión periodística estuvo tan postrada al servicio del empresariado, tan identificada con sus intereses. Se manejarán cifras de seguimiento, el 30%, el 40%, el 65%…y se presentarán como pruebas de una derrota, de la deslegitimación del sindicalismo por una clase obrera que, al fin, ha comprendido que la única ética en el nuevo mundo es la del sálvese quien pueda.
Leía hace poco en Escolar que esta es una batalla que sólo puede ganar la derecha: pues si la huelga es un éxito, es un éxito contra el gobierno, del cual se aprovechará el PP; y si es un fracaso, será un fracaso de la clase obrera y del sindicalismo. Creo recordar que fue Neruda el poeta que nos enseñó a los poco belicistas la diferencia entre estrategia y táctica. La Historia nos enseña que se puede salir derrotado de una batalla y ganar la guerra, y que ejércitos han sucumbido a pesar de cosechar una serie de victorias parciales, nunca resolutivas, que fueron minando su resistencia. Tal es el objetivo de la lucha de guerrillas.
La maquinaria de propaganda del régimen presentará la huelga al día siguiente, ese mismo día, como un fracaso, una derrota. Es esperable que la clase media no secunde sino de forma minoritaria la huelga. Eso no es ningún problema. ¿Desde cuándo la revolución la hicieron los burgueses y aburguesados? Los cambios vendrán de quien ya no tiene nada que perder. Trabajarán médicos, abogados, oficinistas… Eso ya lo sabemos, no es problema. Se pondrán como ejemplo de que la huelga no ha tenido repercusión, de que todo funciona con normalidad. Estupendo entonces. Con que sea el trabajador de la línea, la de limpieza, el transportista, el peón, el de mantenimiento que ese día se quede en su casa, es decir, la masa social productiva ninguneada, avasallada y despreciada mil y una veces por los señoritos de corbata, la huelga será un éxito. Ni tan siquiera es necesario que falten todos, para parar una cadena de producción basta con unas pocas ausencias irremplazables.
En vez de entrar en pleitos de cifras de seguimiento sobre qué guarismo es una victoria y a partir de cuál un fiasco, habrá que observar la actividad en los polígonos industriales. Por mucho que vayan a trabajar médicos y enfermeros, pleiteen los abogados y sesteen los funcionarios, si se estrangula la actividad productiva la victoria es segura: sólo hace falta paciencia y constancia para esperar que caiga como fruta madura.
¿Que esta huelga ha sido un fracaso? Pues esperad a que cosechemos dos o tres fracasos más y ya veréis como se arrodillan los vencedores pidiendo clemencia. Para ello es imperioso que la clase trabajadora recupere su dignidad robada: la conciencia de que es su trabajo la única riqueza, de que sin ellos nada funciona, nada es posible.
Sólo tengo un miedo: que la coacción que supone una larga fila de desempleados dispuestos a ocupar cada puesto de trabajo, terrorismo patronal, obligue a ese trabajador a acudir ese día al curro. Que la situación económica del trabajador, endeudado hasta el cuello para conseguir un techo, le haga sentir pavor a posibles represalias y prefiera no arriesgar un puesto de trabajo que, en cualquier caso, penderá siempre de un hilo.
Precisamente la reforma laboral aprobada trata de infundir este miedo entre los trabajadores: cualquier exigencia de respeto de los derechos puede acabar en despido fulminante. Volvemos a los tiempos en que cuando el jornalero amenazaba con denunciar al señorito, recibía una somanta de palos. Bajo el nuevo terrorismo laboral patrocinado por el P$O€, todo trabajador habrá de estar eternamente agradecido al empresario de que graciosamente le deje trabajar en su empresa, y aún por encima tenga la largueza de pagarle a cambio. Para los desagradecidos, espera la condena de la cola del paro y, con el tiempo, la exclusión social y la marginación.
Por eso mismo estamos luchando, para que un trabajador pueda reivindicar sus derechos, yendo a la huelga si es preciso, sea esta o venideras, sin temer por su puesto de trabajo, por su futuro, por su vida. El abaratamiento del despido, de 45 a 20 días (sólo 14 los paga el empresario) es otra vía abierta para que el empresario pueda despedir por causas arbitrarias. La vía que quedaba, después de que otro gobierno del P$O€ abriese el coto del empleo temporal, la eterna concatenación de empleos temporales que tienen al trabajador-vasallo siempre pendiente de agradar a su señor, o el contrato no será renovado. ¿Os acordáis? Esos nuevos contratos flexibles, tan modernos, que iban a resolver el problema del paro en España. El P$O€ es a la lucha obrera lo que la carcoma a la madera.
Ya hemos visto a qué ha conducido esa agresión del felipismo a los derechos laborales: una debilidad negociadora de los trabajadores que ha repercutido en una merma del pastel de riqueza que reciben frente las rentas del capital. Esta nueva agresión del P$O€ a los intereses de los trabajadores (también de los abogados, de los oficinistas, de los zipayos que el próximo 29 acudirán puntualmente al trabajo), en este caso fijos, dará sus frutos durante los próximos diez o veinte años, en forma de una pérdida de derechos, de iure pero también de facto, al no poder reclamarlos. Lo cual se traducirá en peores condiciones laborales, menor retribución por un mayor esfuerzo. Precisamente los objetivos de la patronal, objetivos con los cuales se siente identificado este gobierno como ningún otro tras la muerte del Caudillo.
Por mucho que se vista de progre, pues hechos son amores, y los hechos son que esta reforma laboral no se atrevió a hacerla ni el Felipe del GAL, ni el Aznar de las Azores. Pues a pesar de su talante, a Aznar le bastó una huelga general para detener su reforma laboral, mientras que Zapatero ya ha aprobado la suya, mucho más dura, con estivalidad y alevosía.
¡Quién nos iba a decir que acabaríamos echando de menos al inmundo bigotudo! Nos la ha clavado bien la burguesía, metiéndonos a Bambi como caballo de Troya. Ahora de poco sirve recordar que algunos advertimos que ese jamelgo era de palo y estaba hueco.
Así que el día 29, a la HUELGA GENERAL. Y al otro, y al otro. Si no es por solidaridad, si no es por justicia, que sea por puro interés económico: el dinero que pierdas en la nómina por hacer huelga unos cuantos días será fácilmente compensado por el que perderás si esta reforma laboral (y de pensiones) sigue adelante. Si no lo haces por vocación, hadlo por egoísmo: la huelga es una buena inversión para el trabajador.






























