Y por una vez, voy a votar a los que van a ganar, a los que siempre ganan, los que llevan ganando desde hace décadas, siglos, independientemente de que se convoquen o no elecciones. Ganan las elecciones porque la gente, masivamente, les vota. Y si algún día no les votaren, romperían las urnas para que siguieran ganando.
Es resumen, ésta es la papeleta que voy a introducir en el sobre blanco:

En el sepia, no pienso complicarme tanto la vida; he cruzado la hoja de lado a lado con la opinión que me merece la cámara alta, una absoluta inutilidad.
¿Por qué va a ser ese mi voto? Quizá alguno considere que no actúo de forma seria o responsable. Bien, ahora quiero explicar por qué he tomado esta opción de voto. Sin intentar convencer a nadie (allá cada uno, que cada quien analice sus circunstancias y obre en consecuencia) pero para demostrar que no es una gracieta sino la consecuencia de una reflexión sobre la mejor forma de expresar y defender mis ideas en una sola papeleta.
Primero, sé de antemano que mi voto no va a servir para nada, ni tan siquiera la millonésima parte de gobernanza que en teoría me corresponde. En Galicia la izquierda es extraparlamentaria; desde la restauración monárquica conocida bajo el engañoso nombre de “Transición”, ninguna fuerza de izquierda ha sacado representación en alguna de las provincias gallegas, ni en el parlamento autonómico ni en cortes generales. Al menos hasta donde mi memoria alcanza.
Por el sistema atornillado en el núcleo duro de la Constitución, la unidad electoral es la provincia, lo que implica que los restos de una provincia no se suman con los de las demás para obtener representación. Ninguna de las candidaturas que me parecen aceptables tiene opción ninguna de sacar un escaño por Ourense, y mi voto no contribuiría a sacarlo en otra provincia.
Pero es más. Uno de los partidos que me resulta más afín es el FPG, que no se presentan a las elecciones generales por no reconocer legitimidad al parlamento español para gobernar sobre Galicia. Lo mismo reza para los chavales de Nos-UP (que, como a IA, les falta un hervor).
La otra fuerza política a la que podría plantearme el voto sería Izquierda Anticapitalista, aunque ya me están aburriendo con tanta performance y tan poco desarrollo en las ideas (tiene slogans más que programa). Ni aún así, ya que gracias a la ley de Rubalcaba y aprobada por el bipartidismo, yo no puedo votar por IA ya que no han conseguido el número de firmas necesario en mi provincia. En la única provincia gallega que lo consiguieron, Pontevedra, la Junta Electoral consideró que había irregularidades y anuló su candidatura.
Vamos, que al final, por cojones, tengo que votar al PPSOE. Bueno, pues yo, que soy una persona cabal y obediente, hago como me ordenan. Voto al PPSOE.
Eso sí, no con su papelito, sino con el mío. Ya que el sistema desprecia mi voto, lo menos que puedo hacer es devolverle el desprecio burlándome del sistema.
¿Cómo? ¿El BNG?
No, no admito pulpo como animal de compañía y el BNG ha demostrado con su acción de gobierno durante el bipartito que NO es un partido de izquierdas (tampoco de derechas). Yo no vi nada que me hiciera pensar tal cosa, al menos.
Y me queda Esquerda Unida. Había dicho que nunca máis volvería a votarlos, por la pasividad, casi autismo que han demostrado estos años (aunque estos últimos meses parece que van despertando, pero el balance que hago de su labor es manifiestamente insuficiente para merecer mi voto). Pero como no había mejor pareja de baile, estuve pensando retractarme y aceptar lo que había…pero acabé desestimándola rápidamente.
Primero, porque votar a Esquerda Unida tiene el mismo valor que votar nulo: no tienen posibilidad alguna de sacar representantes. Efectivamente, en las pasadas elecciones, obtuvieron un 0,69% de los votos (1.658 en toda la provincia, para ser exactos); tendrían que multiplicar este resultado por treinta para obtener un escaño (de hecho, el BNG con 26.000 votos no logró tampoco ningún escaño, que se repartieron entre PP y PSOE). Simplemente, falta base social.
Y segundo, entré a ver quién era el cabeza de lista por Ourense.
Aquí está:

Sólo sé de ella que se llama Sofía Díaz, que tiene 39 tacos y que es trabajadora social. Y eso por esta noticia de la Voz, porque en la página de la organización no aportan más información de su cabeza de lista que su nombre y su cara. Considerarán que son suficientes argumentos para delegar en ella mi responsabilidad ciudadana.
Venga, seré bueno. No conozco a esta persona, así que no me voy a cebar con ella por la única información que me dan, su nombre que no me dice nada (aunque Sofía es un nombre muy bonito, pero eso es mérito de sus padres) y su cara que sí que dice algo más de quien la porta y que, en este caso, prefiero pasar por alto. Yo no digo que una trabajadora social esté menos capacitada que cualquiera para ejercer el gobierno o delegar en ella la representación, no digo que esta mujer sepa menos que yo de la res publica y su gobierno, ni siquiera saco conclusiones sobre las capacidades intelectuales del sujeto en relación con sus estudios, aunque quizá estuviera más confiado en ellas si se tratase de una doctora en físicas, para qué vamos a negarlo. No digo que yo sea más capaz que la amiga Sofía…¡pero no menos!
¿Cómo voy a entregar mi representación a esta señora? ¿Por qué voy a delegar mi soberanía en alguien que no creo que entienda del mundo y sus azares más que yo, y que desde luego lo entenderá de una forma distinta a la mía? ¿Voy a tener que encargar a esta persona que legisle por mí, ya que ella tiene mejor conocimiento de las leyes que se voten en el parlamento que yo, al fin y al cabo, pobre y desgraciado ciudadano?
No quiero ser soberbio. Yo no quisiera tener la responsabilidad de votar una ley en su nombre, en su representación, incluso de temas como los tecnológicos en los que pudiera tener alguna idea más que ella. Podría darle consejo, todo lo más, si me lo pidiera. Yo no quiero votar por ella pero…¿votar ella por mí? Jejeje. No, ni de broma.
Ya no me cebo más con la pobre Sofía, ahora hablo en general.
Para que yo delegue mi representación y la parte alícuota que me corresponde de soberanía en el gobierno del Estado, tendría que ser en una persona excepcional, de la cual esté confiado en que va a defender mejor mis ideas e intereses que lo haría yo mismo. Así, a bote pronto, se me estaban ocurriendo nombres comos Susan George, Noam Chomsky, James Petras, Naomi Klein…
Es decir, gente que tendría que presentarme un currículo brutal, apabullante, de defensa y lucha por un ideal de libertad. No sólo currículo profesional, que también, sino una hoja de servicios como los que acabo de mencionar. ¿Que no han nacido en Ourense? ¿Ni siquiera en el Estado español? Eso es un detalle menor, me suda la polla. En esta gente podría confiar mi voto, aún a riesgo de que me acusen de idiota (ἰδιώτης).
Pero…entregar mi representación política, durante cuatro años, a una sola persona que votará por mí cuestiones tan heterogéneas como política internacional, política energética, agrícola, laboral…cuestiones en las que muchas veces yo tengo opiniones divergentes incluso de las que suelen considerarse “alternativas” ???? Y hacerlo en favor de la Sofía Díaz de turno, trabajadora social, que no me demuestran que tenga más idea de todos esos ámbitos que pueda tener mi vecino ??????
¿Bajo qué argumentos? ¿Por la cara “bonita” que exhibe en los carteles electorales? (y es la única información que tengo, que me ofrecen, de esta persona)
Vamos, eso ya no es ser idiota, es ser imbécil perdido, o tener muy poca estima para con sus deberes ciudadanos. Si fuera algo más querido que nuestra soberanía, pongamos nuestro dinero…¿a que no lo confiaríais a alguien que sólo conocéis por su foto retocada en un cártel? Generalmente, todos gestionamos nuestros dineros por nosotros mismos, pues consideramos que nadie va a velar por nuestro interés mejor que nosotros mismos. Nos dejamos aconsejar (mal hecho, sobre todo si el que da consejos es el mismo director de banco que nos quiere colocar su mierda), pero las decisiones las tomamos nosotros. Por supuesto. ¿Por qué no valoramos tanto nuestra soberanía, que se la entregamos a cualquier capullo con corbata? (ahora no me refiero necesariamente a Sofía, aunque se pusiera corbata).
Así que, mi respuesta es no. No delego mi parte de soberanía ni en esta, ni en ninguna otra persona. Ni que fuera la mencionada doctora en físicas, y mucho menos en favor del abogadito de turno que nos presentan como candidato, con formación e inteligencia manifiestamente deficientes para confiar en él mi representación, y ni siquiera entro a valorar su honorabilidad.
Porque digámoslo bien claro: los partidos políticos no aúpan a sus candidatos por sus capacidades o sus conocimientos, sino por haber demostrado durante años fidelidad canina a la cúpula del partido. Los candidatos son personas enredadas en una telaraña de intereses, de las que la cúpula está segura que no discutirán la línea del partido y acatarán sin rechistar la disciplina de voto impuesta (ahora no estaba hablando de Sofía, coitadiña, sino de los que aparecen en listas fuertes, en los puestos de lanzamiento al Congreso, no al relleno). El Parlamento no está formado, es obvio, por las personas más valiosas, sino las más serviles. No por los que más y mejor piensan, sino por los que menos y, desde luego, no de forma autónoma.
Nadie pide que los diputados entiendan, ni tan siquiera hayan leído el proyecto de ley que, en mi nombre, votan. ¡Qué ocurrencia! Basta con que tenga la inteligencia de apretar el botón correcto en el momento oportuno, y que no se orinen en el escaño. Para eso, cualquier animal doméstico bien amaestrado… e incluso sus señorías hay veces que se equivocan (en el botón, digo).
Y, por cierto, esto podría ser motivo de otra entrada. ¿Por qué en vez del circo de marionetas votando…no se sustituye por una, el jefe de filas, que pulse el botón correspondiente? Su voto equivaldría al número de diputados que ahora aprietan el resorte y listo. ¿Para qué mantener esa patraña de personas escogiendo su sentido de voto, cuando todos sabemos que es un acto maquinal, un resorte humano, un autómata sin cerebro y voluntad? Más barato que acuda sólo un representante por partido, que el voto se pondere por los escaños (ojalá fuera por los votos) que le respaldan, y listo. ¿Por qué perpetuar la mentira? ¿Por qué disimular que el rey está desnudo? ¿Cuántas veces en esta legislatura han dado los partidos “libertad de voto”? Pues ya está.
Las decisiones se toman en la cúpula de los partidos, a la cual no sólo no tienen acceso los votantes ni afiliados, sino ni tan siquiera los mismos diputados. La clase de tropa, que decía Escribá. A la cúpula sólo tienen acceso los candidatos que aparecen en mi papeleta, los lobbys, los grupos de poder. En la trastienda de los partidos se cocinan las leyes y las enmiendas, por personas que jamás se han presentado en ninguna lista, sin el menor resquicio de legitimidad democrática que pudiera tener un diputado. Se presenta la ley, los animales de feria bien entrenados aprietan el botón que se les indica a una seña del jefe de filas, y ya ley habemus los españoles. Por supuesto, todo esto es muy democrático, y está aprobada por los legítimos representantes ciudadanos y blablabla. Vale, y yo soy idiota y jugamos a que me lo creo.
Pues no. Yo no participo en esta farsa.
Prefiero votar por Don Emilio Botín, Don César Alierta & Co. que son los que, positivamente, legislan y gobiernan.
Las cosas claras y el chocolate, espeso.
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Bola extra:
Una prueba fehaciente de la morralla ignara que compone los parlamentos, en este caso, el italiano (una verdadera verdulería):
Guerra Eterna – Los políticos italianos dan mucha confianza
Y ahora se me ha venido a la cabeza otro de CQC…
CQC – Diputados y CO2
Nota: el hombre mayor también dice la respuesta correcta, sólo que en la nomenclatura antigua.
Este sistema podría ser tolerable cuando el pueblo era mayoritariamente analfabeto y tenía que delegar el voto en alguien que pudiera administrarlo (alguien que generalmente era el cacique del lugar, y generalmente lo administraba en su propio beneficio). En un Estado moderno, con un índice de escolarización próximo al 100%, no tiene ningún sentido delegar el voto en nadie. En nadie, y menos en las chusma que estos días contamina las calles de nuestras ciudades y pueblos con su repulsiva imagen. Delegar la representación es humillante, supone reconocer la minusvalía mental de un pueblo, que debe tratar con el poder a través de intermediarios, no sea que se vaya a abrasar con su fuego (algo así como los sacerdotes de las religiones, intermediarios entre la voluntad del Dios de turno y sus fieles, vamos, una tramoya para someter al pueblo con menor gasto en policía y ejército).
Toda mi puta vida leyendo, intentando entender el mundo que me rodea, para luego delegar mi voto en un chupatintas (no es que le tenga especial manía a los de derecho, que la tengo, es que la mayoría de los parlamentarios es la carrera que han cursado). Y no sólo a un chupatintas, al que yo elija, sino a cierto chupatintas que el poder ha considerado lo suficientemente inofensivo y servil como para incluirlo en las listas. Eso sí que no, me niego.
Por ello, papeleta impresa, recortada y al sobre. Y a Correos, a depositar mi voto, porque ese finde espero estar disfrutándolo en la montaña, lejos de la pantomima electoral.



















