
Para los que no lo conozcáis o reconozcáis, es el lago de Sanabria, el mayor lago glaciar de la península y eje del Parque Natural al que da nombre. El Domingo, cuando pasamos a la vuelta de nuestro periplo montañero, estaba ardiendo. He escogido esta foto porque se ve exactamente la parte que estaba siendo afectada: el cañón del río Tera. Por las noticias, sé que todavía sigue ardiendo, y se han declarado otros cinco incendios más dentro del Parque.
Ese fue el primero que avistamos, a la entrada de Galicia (aunque administrativamente hicieron que la Sanabria perteneciera a Castilla, provincia de Zamora), de una serie de seis incendios en unos pocos kilómetros. El último entre Xinzo y Sandiás, estaba empezando a arder entre unos robles.
El Domingo no fue un día especial. Cuando salimos, una semana antes, al pasar por esa misma zona (sudeste gallego) había tres incendios activos. Desde estas Navidades, han venido sucediéndose con insistencia criminal con la ayuda de la ausencia de precipitaciones. Tampoco nada extraño, quizá la anormalidad es cómo los incendios de verano cada vez se desplazan más hacia el otoño-invierno, cuando los efectivos contraincendios son mínimos.
Y esta es la principal causa de los fuegos, especialmente en la conflictiva temporada de este año: los propios brigadistas, los que están o los que se han quedado fuera, provocan pequeños incendios para reivindicar un puesto de trabajo durante todo el año. En el rural gallego no hay muchas más oportunidades de empleo, y si encima llega la crisis estrangulando la economía doméstica la necesidad se torna desesperación.
Pero hay otras. Desde luego, los cazadores, para tener el monte despejado y poder abatir piezas que, en un bosque, serían prácticamente imposibles de capturar. Los empresarios de la madera barata, ENCE o FINSA, que viven del eucalipto y del pino y cuyos procesos de producción (pasta de celulosa y tablero de conglomerado) aceptan perfectamente la baratísima madera quemada. Los empresarios eólicos, no por nada las portillas de la Canda y Padornelo cuentan con varios cientos de aerogeneradores, máquinas que trabajan de forma menos eficiente si se deja medrar el bosque a sus pies. Por eso, periódicamente, qué causalidad, hay incendios que lamen las lomas donde se asientan los parques. El último, hace unos meses, ha dejado calcinado (y limpito) el terreno del parque eólico de Padornelo.
Sin embargo, hoy quería centrarme en una, de la que generalmente no se hace mención. En concreto, es la más que probable causa de los incendios en el Parque Natural de Sanabria de este Domingo (uno más en la interminable serie que están devastando ese paraje ¿protegido?). Me estoy refiriendo a los ganaderos, en este caso a los vaqueros sanabreses, que usan los pastos de altura del macizo de la Sierra Segundera para apacentar a sus animales. Las vacas son más melindrosas con la alimentación que ovejas y cabras, y gustan de los brotes tiernos que nacen tras un incendios, despreciando las retamas ya maduras.
Quería dejar claro en este punto los diferentes tipos de apacentar al ganado. Uno es el ganado estabulado, que se alimenta con la hierba segada o, cada vez más, con harinas y piensos industriales. Otro es la ganadería extensiva, pero responsable, en la que el pastor lleva a pastar al ganado a tierras propias, o ajenas pero que ha acordado con los dueños algún tipo de compensación (o simplemente se lo ceden para mantenerlo limpio). Si el pastor es una persona sensata, lleva el tractor con la desbrozadora y limpia de esta forma el sitio, si es que la retama está tan alta que no puede ser aprovechada por el ganado. Hasta aquí, ningún problema.
La cuestión es ese tipo de ganadería que libera los animales en un medio natural, a menudo de montaña, especialmente frágil, que no es de su propiedad sino pública. Es decir, que en vez de alimentar con sus tierras a sus animales, se los alimentamos con las tierras de todos, con tierras además que son de especial protección. El fulano de ciudad ve esto como el colmo del ecologismo, de la vida sana y natural. Pues no. El ganado vacuno, pero sobre todo el ovino y caprino, es una fenomenal máquina deforestadora. Un rebaño de ovejas deja un monte más perfectamente cortado que el césped del Bernabeu, donde ni una brizna asoma más allá de medio dedo.
Un sitio donde es especialmente evidente los terribles efectos sobre el medio natural de la ganadería, en este caso ovina, es en Irati. Irati es el mayor hayedo de Europa Occidental tras la Selva Negra, un sitio verdaderamente mágico, uno de los más bellos rincones de la península. Pero me estoy refiriendo a la parte de Irati que está en territorio navarro, con una protección ambiental que prohíbe el pastoreo. Sin embargo, la frontera con Francia está perfectamente demarcada: justo a partir de ella, las feraces pendientes de Irati se transforman en despobladas lomas peinadas por batallones de ovejas (la célebre ardi beltxa) en el lado francés, sin protección. Nin un sólo árbol, ni tan siquiera un matorral que sobresalga del suelo más de un palmo.
A un lado y a otro de la frontera, vemos las consecuencias del pastoreo sobre el medio natural: la destrucción más absoluta.
Otro ejemplo lo tenemos en Castilla. En tiempo, la gran riqueza de tierras castellanas era la lana, y los ganaderos, organizados en la poderosísima mesta, forzaban a su favor las políticas públicas. Hoy podemos ver las consecuencias de dedicar cada vez territorios más amplios al pastoreo de ovinos: inmensas extensiones sin ningún árbol. Hay en Castilla una forma muy particular de población arbórea, las dehesas. O, en castellano antiguo, las defesas, es decir, tierras defendidas de la mesta, donde los rebaños tenían vedado el paso o podían entrar con ciertas condiciones. Esto creo los espacios de robledales y alcornocales abiertos, que han servido de provisión de alimentos para la cabaña porcina, además de reducto de biodiversidad en las dos mesetas.
Acabamos de llegar del pirineo francés, y ahí siguen con la historia de Oui à l’ours, Non à l’ours. Y aquí vemos a los ganaderos imponer a tiros su opinión (el oso pirenáico se da ya por extinto, e incluso los ejemplares eslovenos reintroducidos siguen siendo abatidos por lazos, cebos envenenados o disparos de cazadores). Analicemos la situación: la cabaña ovina pirenaica se compone de 300.000 cabezas. Cada año, se producen 200 muertes por ataques atribuidos a osos (y convenientemente indemnizados). Aún soslayando que 200 ovejas muertas es mucha actividad para siete osos que quedan vivos en el Pirineo (más de la mitad son un fraude), no parece que sea un grave problema. Con todo, los ganaderos imponen su ley a la opinión mayoritaria que es favorable a conservar reductos ecológicos inalterados, donde se puedan mantener las especies autóctonas. Es decir, no sólo estamos permitiendo que sus rebaños se alimenten en verano en tierras que son, en muchos casos, públicas, sino que encima tienen que dictar las normas de lo que podemos o no hacer la ciudadanía con esas tierras. Y si no les conviene, lo resuelven por la vía de los hechos consumados, sean los cartuchos, el veneno o el fuego.
Permitidme ahora que cuente una anécdota personal. En el pueblo de mi padre estoy intentando repoblar el terreno (el mío, no vaya a decir nadie nada) con robles a partir de semilla (bellotas). Son tierras que están ya muy debilitadas por la terrible sucesión de incendios en un plazo muy corto de tiempo, en los cuales apenas apuntan algunas carqueixas. ¿Os acordáis esos días de heladas tan duras? Yo he tenido que ver cómo ardían unos pinos una mañana a diez grados bajo cero. Al lado de donde ardía, aún había una costra de escarcha. Mucha gasolina debieron echar para que ardiera aquello (espero que ahora no venga ningún conselleiro inepto diciendo que se debe a las altas temperaturas). Para quien no conozca Ourense, no se creería lo que es aquello, incendio tras incendio, y pensará que exagero. Yo os emplazo a venir y comprobar en qué estado está el monte.
Bien, pues en ese pueblo, que podría ser cualquiera, hay un fulano con ovejas. Como pastor tenía a un portugués al que le pagaba trescientos euros, y casi no le daba ni de comer (según cuentan, hasta le aguaban el vino). El pobre diablo se hartó de no tener ni para tabaco y se volvió para su pueblo, ignoro a qué desgraciado tendrán ahora. El caso es que este fulano lleva a comer a sus ovejas por todo el monte. Monte que ni siquiera es comunal, son pequeñas tirillas abandonadas cada uno de su propietario. Todos en el pueblo sabemos que es él el que quema reiteradamente el monte para crear pastos para los animales (aunque algún incendio, como el de los pinos, son cosas de los de las brigadas). Aquí todo se sabe.
La cuestión es que no sólo este fulano pasea sus ovejas por las tierras de todo el mundo sin pedir permiso a nadie (con el minifundismo llevado a la locura que impera allí, ello supondría recabar mil permisos para recorrer unos pocos kilómetros, y con mil no exajero ya que las tierras son tirelas de sólo unos pocos metros de ancho). La cuestión es que, con el paso de las ovejas, tengo casi imposible conseguir que un roble salga adelante. Entre sus dientes, y los fuegos, las probabilidades que tengo de ver esa tierra un día regenerada, como la conocieron mis antepasados, son mínimas.
Es mi tierra, por supuesto podría legalmente impedirle el paso. Esto, en la práctica, es una chorrada. Evidentemente, no voy a estar de guardia por salvar unas pocas bellotas en 300m² de tierra de mierda, erosionada, en mitad de ninguna parte. Pero es que, además, si lo hiciera, puedo tener por seguro que el siguiente fuego iba a empezar precisamente en mi finca. O quizá otro día los frutales que estoy intentando plantar en otra finca aparecían tronchados o envenenados. Esas cositas que pasan en esos remansos de paz y compañerismo que son los pueblos.
Vamos, que me tengo que joder, y ver cómo un fulano se enseñorea del monte del pueblo, imponiendo el modelo que le beneficia. De ver cómo los montes de Sanabria arden cada año para que las vacas de unos cuantos puedan pastar de gratis, empobreciendo ecológicamente el lugar. De cómo el oso pirenaico es conducido a la extinción por los pastores que suben sus rebaños en la estivada, y que consideran que todo el Pirineo les pertenece, a pesar de no tener título de propiedad ninguno sobre él (más que de una borda y un pedacito de tierra en torno a ella).
Y luego, tengo que escuchar el discurso bobalicón de que la ganadería es buena para la Naturaleza ¿?¿?¿? y preserva el entorno ¿?¿?¿?¿? No, este tipo de ganadería extensiva, además de aprovecharse del espacio común sin pagar un duro, haciendo competencia desleal a aquellos ganaderos que sí alimentan con lo propio su ganado, causan un gravísimo deterioro a los ecosistemas en los que se instalan, y si su incidencia es intensiva y reiterada, causando una destrucción total y absoluta del medio tras unos pocos años.
Eso sí, queda tan bucólico lo del pastor en la montaña…
Ahora podéis volver a los medios oficiales, en los cuales la energía eólica es una “energía verde”, los cazadores son deportistas amantes de la naturaleza, los brigadistas son profesionales que se juegan la vida defendiendo esa naturaleza y los pastores son el sumum de la vida natural. Y los montes gallegos arden…por combustión espontánea, no te jode…


























