La mirada del mendigo

3 marzo 2012

Estrategia

Filed under: política — Mendigo @ 22:17

waterloo

Sobre estas líneas, el planteamiento táctico de la célebre batalla de Waterloo. Supongo que esto es lo primero que viene a la cabeza cuando hablamos de estrategias, pero estrategias hay en todos los campos del conocimiento humano, e incluso podríamos decir que somos humanos porque podemos adoptar estrategias. Una estrategia es una concatenación de operaciones simples, ninguna de las cuales es determinante para alcanzar un objetivo, pero todas juntas y debidamente relacionadas y moduladas, conducen a él.

El resultado de una operación es obvio, pero no siempre el de una estrategia: requiere planificación y estudio. Ejemplos miles: el mate de una partida de ajedrez se empieza a gestar en el primer avance de un peón. En la papiroflexia, cada uno de los dobleces que le hacemos al papel pareciera no tener sentido hasta que tiramos y…¡oh, una pajarita!

Hay estrategia en la guerra, pero también en las lides amorosas. Se puede hablar de estrategias de inversión, estrategias de ventas, estrategias de marketing… y estrategia de movilizaciones, en un conflicto social.

Lo primero que debemos preguntarnos es qué objetivo queremos conseguir y si, realmente, queremos conseguirlo. Quiero creer llegados a este punto que todos los actores de la clase obrera persiguen, con sus acciones, una defensa de los derechos e intereses de clase. Queremos recuperar el terreno perdido, iniciar una reconquista que dure algo menos que la peninsular (famosa frase de Ortega, una reconquista de 600 años no es una reconquista).

Bien, parece evidente que ninguna acción aislada, por sí misma, va a llevar a este objetivo. Una huelga general, incluso con mayoritaria participación, no reconducirá el rumbo de las agresiones del capital si es un hecho aislado. Es más, se da por descontada. Lo primero que hemos de tener en cuenta es que el gobierno tiene estrategas y estrategia, y el gobierno es una pieza de una estrategia más amplia del capitalismo internacional.

Por lo tanto, si la mayor fuerza que los trabajadores van a ser capaces de oponer es una huelga general aislada, conmigo que no cuenten. Y aunque sea un día aquí, y dentro de unos meses otro… No puedes presentar batalla dejando claro que tus esfuerzos van a ser limitados. Se acude al campo de batalla explicitando la convicción de llegar hasta el final, de desarrollar todos los esfuerzos necesarios para prevalecer. El campo de batalla es la hierba de un estadio de rugby, es el asfalto de un circuito, el tapete verde sobre una mesa de bar en una partida de tute. Para tener alguna opción de victoria frente a un oponente hay que confiar en nuestra voluntad de obtenerla. Si ya planteamos retirarnos de la mesa en cuanto nos canten las cuarenta, para eso, joder, ni se baraja.

Y aquí tenemos la primera debilidad del bando obrero: nadie, ni los más optimistas, confían hoy día en la victoria. Las manifestaciones son poco más que un “día del orgullo sindicalista”, con menos colorido y música que las carrozas del último fin de semana de Junio. Nadie podría en su sano juicio creer que con marchas y manifestaciones se va a torcer la voluntad del capital. Anular sus efectos es tan sencillo como no asomarse al balcón, cuando pase la comitiva: ignorarla. Las manifestaciones son poco más que un desperdicio de energías, para saciar la vanidad de los líderes sindicales: cargar un cañón con confetti.

Porque, antes de nada, hemos de dejar claro que esto es una confrontación. Existe una antítesis de intereses entre trabajadores y capitalistas, existe un enemigo que nos está venciendo, ganándonos terreno, sumando poder al recortarnos derechos. Un enemigo que cada día se queda con más parte de la riqueza producida, a costa de nuestra parte de ese pastel que amasamos y horneamos. Si todo er mundo é güeno, yo me quedo en casa. Si la lucha obrera se concibe sin enemigos a vencer, es tanto como sin objetivos a conquistar, y para eso no caigo en el esfuerzo baldío que, como recordaba Javier Ortíz, conduce a la melancolía. Esto no significa en modo alguno agresiones de carácter personal. Si yo quiero ver a Emilio Botín trabajando para ganarse la vida, por ejemplo, de zapatero remendón como sugiere su apellido, no es nada personal. Tampoco él me jode la vida por una cuestión personal, ni tan siquiera me conoce, él símplemente defiende sus intereses. Y lo hace muy bien. Ya me gustaría que Toxo o Méndez vigilaran nuestros intereses (que no son los suyos) tan bien como Botín vigila los intereses de los accionistas de su banco (intereses que sí que son comunes).

Tampoco es algo personal cuando el empresario te despide, acogiéndose a la reforma laboral con los 20 días por año trabajado. No se trata de odio a las personas, sino de identificar y defender los propios intereses, tal y como hace, de forma exitosa como es evidente, la burguesía. Por ejemplo, en mi círculo de amigos y conocidos, hay algunos empresarios. Muy buena gente (por eso son mis amigos) e, incluso, alguno mucho más de izquierdas que montones de obreros fascistoides que desgraciadamente también he tenido que conocer. No es nada personal, es sólo lucha de clases. Ya no pido ni solidaridad, ni altruismo, ni siquiera una pizca de abnegación. Me bastaría con que todo el mundo fuera egoísta y tuviera un mínimo de inteligencia para identificar sus intereses, para que la abrumadora mayoría social de la masa asalariada se impusiera sin tan siquiera mover un dedo.

Por lo tanto, existe una oposición de fuerzas, toda vez roto el equilibrio (de hecho, podemos decir que esta guerra no la empezamos nosotros, sino que fue el capitalismo el que quebró los acuerdos alcanzados e inició hostilidades). El daño que el mundo del capital hace al obrero es concreto y muy real, es una guerra que se cobra sus víctimas. El arsenal de que dispone el empresario es variado y mortífero, y con la última reforma laboral aún más dañino. Del bando obrero sólo cabe una resistencia pasiva, que sólo si es coordinada tiene sentido: negarse a aportar su riqueza, el trabajo. Es decir, la huelga. Y hemos de blandir este arma con el propósito declarado de hacer el máximo daño posible. Insisto, si seguimos con el buenismo idiota, y sólo pensamos acudir al campo de batalla para disparar una andanada y después, replegarnos de nuevo a nuestro puesto de trabajo, para eso mejor no se lucha. No se puede pedir a los trabajadores que sacrifiquen un día de salario y arriesguen mucho más, a cambio de nada, para conseguir nada (más que salvar la cara de la cúpula de las grandes centrales).

A la guerra se va a hacer daño, el máximo daño posible recibiendo a su vez el menor desgaste, para conducir a la capitulación del bando contrario cuando comprenda que la prosecución de las hostilidades conducen inevitablemente a su derrota, cuando reconoce que se debilita a más velocidad que su adversario.

Y esto nos lleva al problema de los suministros. Todo estratega sabe que las guerras no se ganan en el frente, sino en la intendencia. Si logras conservar tus líneas de suministro, permitiendo mantener tus tropas operativas, a la vez que cortas las del enemigo, tienes por segura la victoria. Existe un problema: no jugamos en terreno neutral, estamos tras las líneas enemigas, ya que el campo de batalla, que son las calles, pero también el entramado legal, pertenecen al gobierno, seguro aliado del capital. Pondrá jueces y antidisturbios para cortar estas líneas, ahogar la resistencia. Es por ello que el primer paso sería empezar a preparar la batalla, establecer redes de solidaridad entre los trabajadores, sugerirles que ahorren dinero para una campaña que se presume larga.

Permitidme que continúe con las analogías bélicas. Mi gusto por las militarancias es escaso pero el paralelismo es demasiado evidente para no usarlo.

Se atribuye al gran Julio, ese sagaz genocida, la frase divide et impera. Todo estratega debe comenzar por establecer alianzas para presentar un ejército lo más nutrido posible sin merma de operatividad, de unidad de lucha a la par que busca romper la cohesión del bando contrario, para enfrentar menos fuerzas y no bien avenidas. En este caso, es evidente por dónde se puede resquebrajar la unidad empresarial: enfrentando a los que se benefician de la situación de aquellos empresarios, pequeña empresa que ve como se cierran a la vez el mercado interno y el acceso a la financiación, que están pagando duramente este proceso de empobrecimiento de la masa obrera. En el empresariado existen intereses muy diferentes según la escala de empresa e incluso el sector en que se encuentre. La financierización de la economía que detrae recursos de la economía real, la lumpenproletarización del trabajador que hunde el mercado interno, está conduciendo a la ruina a muchas empresas, la mayoría, que además contratan a la mayoría de los trabajadores. Sería inteligente explotar esta diferencia de intereses en el bando contrario y, si no es para pasarlos a nuestro bando, al menos que no formen un frente único.

Otro aspecto del que a menudo hago referencia en este espacio es el carácter supranacional de esta guerra, del cual los trabajadores no nos acabamos de percatar o, al menos, no somos capaces de responder de forma unitaria. La reducción de derechos, tanto laborales como ciudadanos; la primacía de las rentas del capital sobre los salarios; la destrucción del modelo de bienestar es una estrategia planificada de forma detallada y que afecta a todo el mundo. El capitalismo va golpeando, por turnos, a las distintas naciones para obtener su supremacía. Y en esa lucha, es la clase obrera frecuentemente sujeto y objeto de su chantaje (si no trabajas más por menos, nos llevamos la producción a X). Es necio querer enfrentar una agresión global, a escala nacional. Sería tan estúpido como si los aliados hubieran hecho cada uno la guerra por su cuenta ante el avance de la Wehrmacht. Lamentablemente, mientras la clase obrera siga anteponiendo sus diferencias culturales (cada vez más difuminadas) a sus intereses de clase, me temo que en este punto clamo en el desierto.

Sólo una reflexión al respecto; a veces me imagino un experimento. Juntar a una viejecita castellana de una aldea perdida con una viejecita china de otra aldea remota. No hablarían el mismo idioma, pero estoy seguro que se comprenderían. A través de las abismales diferencias culturales, una y otra comparten la misma condición y los mismos ciclos naturales. Podrían llegar a entenderse. Lo que sería imposible, inmiscibles como aceite y agua, sería juntar a esa misma viejecita castellana, con una mujer de la nobleza financiera madrileña. A pesar de hablar el mismo idioma, jamás lograrían entenderse ni aceptar la presencia o compañía de la otra. Culturalemente, una mujer china es casi de otro mundo. Pero socialmente, una mujer joven, urbana y acaudalada es de otra galaxia para una anciana de cualquier aldea de la Meseta.

Hasta aquí lo que considero necesario, perentorio. A partir de esta línea, es sólo una sugerencia, un esbozo de lo que podría ser una estrategia para obligar a gobierno y capital a hincar la rodilla y derogar la reforma laboral (sí que pienso que se podría mejorar el marco laboral, añadiendo flexibilidad y movilidad pero mejorando, y no debilitando, la protección al trabajador). Lo primero, debe haber un objetivo claro, un territorio a conquistar y por el cual nos partiremos la cara hasta tenerlo. Retirar la reforma del PP$O€ (considero que el PP no hizo más que cerrar los puntos que el P$O€ abrió en su reforma, una vuelta de tuerca en la misma dirección) me parece un objetivo demasiado poco ambicioso.

- Jornada laboral máxima de 30 horas para distribuir la carga de trabajo equitativamente, es absurdo que mientras hay 5,3 millones de desempleados, a los que conservan su empleo se les fuerce a aceptar jornadas sobrecargadas
– SMI acorde con nuestros socios europeos, mínimos salariales para cada categoría profesional, topes máximos para las retribuciones del trabajo y del capital
– Inclusión en la Constitución de un articulado que vede las pensiones, la sanidad y la educación a la empresa privada, como servicios públicos universales que aseguran la igualdad de oportunidades entre los ciudadanos.
– Nacionalización de los sectores estratégicos, banca, energía, transporte y telecomunicaciones, como prerequisito esencial para tener un sector productivo competitivo, sin que las fallas de uno de estos sectores puedan arruinar al resto de la economía (como ocurre actualmente con la banca) y sin la cesión de soberanía que supone perder el control de estos sectores, en manos actualmente de inversores privados que atienden sólo al beneficio personal e inmediato.
– Reforma de la Constitución para establecer la estricta proporcionalidad directa entre votos y representantes, con la circunscripción electoral única. Absoluta transparencia de todos los organismos públicos, desde administraciones a partidos políticos y sindicatos, con obligación de publicar en internet sus cuentas detalladas hasta el último céntimo para ser fiscalizadas por los ciudadanos, únicos monarcas. Participación cada vez más profunda de la ciudadanía en decisiones de gobierno.
– Inclusión en dicha Constitución de la tutela efectiva del derecho a una vida digna por parte del Estado, asegurado por una renta mínima o como prestación pública de los bienes más básicos, alojamiento, alimentación de forma universal. Aquí no sobra nadie, no se deja en la cuneta a nadie.

¿Demasiado ambiciosos, estos objetivos? A decir verdad, es un programa de mínimos, habida cuenta que los trabajadores somos la abrumadora mayoría y, a pesar de que no tenemos capital ni armas, tenemos el poder. Sólo con un requisito: darnos cuenta de ese poder y actuar de unidos.

Y aquí va mi plan de batalla, podría y ciertamente sería mejor cualquier otro, que personas más entendidas que yo quisieran dibujar. Pero como nadie propone nada, puedo asegurar que, el mío, de momento, es el mejor:

Como dije, hemos de procurar hacer el mayor daño posible al capital, sufriendo el menor desgaste posible. El arma nuclear, una huelga general indefinida, causa estragos en ambas filas, y pudiera ser que nuestra formación aguantase peor los rigores de esta estrategia. Debemos ser más inteligentes.

Una idea es sostener un conjunto de huelgas intermitentes, pero de carácter indefinido. Los lunes deja de trabajar el transporte de mercancías; los martes, los servicios; los miércoles, los trabajadores de planta, los jueves, los transportes de viajeros…una semana deja de trabajar el metal, a la siguiente, las refinerías, a la siguiente, las eléctricas. La mayoría de los procesos industriales hoy en día se realizan just-in-time, minimizando los stocks (reducir el inmovilizado). Una ruptura en esa cadena detiene la producción. Por otra parte, son procesos complejos que necesitan del concurso de insumos de sectores muy diferentes y del trabajo de empleados de todo tipo. Una maquinaria muy compleja a la que no es necesario romper todas sus piezas para que se detenga: basta con ir gripando un día una, otro día otra, para que se pase meses enteros detenida, o funcionando a capacidad reducida.

En este caso, alternando los días de huelga, programándolos con inteligencia, los trabajadores soportan sólo unos días al mes de reducción de salario, pero el empresario soporta un caída continua en la actividad. Por este camino, rápidamente el empresariado entenderá que lleva las de perder, pues los trabajadores tendrán más aguante en esta situación. Una de las ventajas de poseer el arma nuclear, la huelga total, es que puedes conseguir la victoria sin necesidad de usarla, basta con amenazar de forma creíble. Es evidente que con las actuales directivas sindicales, tal amenaza no es creíble, con lo que obliga a una sangría.

¿Cuánto tiempo podría aguantar el capital una paralización de la producción? Un día de huelga general, seguro. Lo que pierden en producción lo ganan en rebajas en las nóminas. Tres, cuatro huelgas generales salteadas, la mayoría de las empresas los aguantan sin despeinarse. Pero ¿y una parada de la actividad de dos o tres meses, teniendo que además asumir el pago de salarios de buena parte de la plantilla que, además, está de brazos cruzados porque no llegan las materias primas? Eso no hay empresa que lo aguante. Sin embargo, cualquier trabajador puede permitirse dejar de cobrar una o dos semanas, no es excesivo esfuerzo. Y si no cree que pueda permitírselo que se vaya preparando, porque puede que sea el próximo que pase a dejar de cobrar su salario de forma permanente. Ante este riesgo, la certeza de quince días, un mes sin cobrar parece buena inversión, si se confía en la victoria.

Otra cuestión: hemos dicho que en esta guerra, deberíamos reclutas al mayor número de efectivos. ¿De qué forma pueden ayudar aquellos que no tienen un trabajo que negarse a hacer? Seis millones de parados son una fuerza tremenda, y muy motivada. Estudiantes que tienen temor por su futuro o jubilados que temen que se entregue al casino financiero la caja única de las pensiones (que lo mejor que se podría hacer con ella es romperla, usarla para crear empresas públicas, e incluir las pensiones, remachadas en la Constitución, como una prestación universal del Estado, que cubrirá con toda la panoplia de impuestos, diluyendo la Seguridad Social en el resto de obligaciones en los Presupuestos Generales del Estado; al no haber hucha, no la podrán robar los bancos como ocurrió en Chile).

Vuelvo al tema: ¿cómo podrían participar estudiantes, desempleados, pensionistas en esta lucha? De nuevo, con inteligencia. Con acciones bien planificadas de boikot, resistencia pasiva y desobediencia civil. Tan simple como cortar las vías de acceso a una gran ciudad, por carretera y ferrocarril, con sentadas. Es sólo un ejemplo, o la ocupación de edificios oficiales, o… Por supuesto, llegaría policía a retirarlos. Todo debe transcurrir sin la más mínima violencia a las personas; toda la violencia, el máximo nivel de violencia, debe ser exclusivamente económico (hay que golpear donde le duele al enemigo, no plantear batalla donde somos vulnerables). Esto, por supuesto, supondrá soportar la agresión de los perros del capital. La respuesta ¡jamás! puede ser la violencia, cuando no se puedan soportar los golpes, se retira uno de la sentada y ya se volverá a convocar en otro punto a otra hora. Faltan efectivos policiales para cubrir simultáneamente un estado en llamas. Si hay una huelga del naval en Galicia, se desplazan lecheras de Madriz para apoyar a los efectivos aquí destinados. Si hay protestas en todas partes, al mismo tiempo, simplemente se ven desbordados y queda patente su abrumadora inferioridad númerica. En ese momento los jefes policiales tendrán que decidir, o emplean armamento letal contra la multitud pacífica, provocando una masacre, o se retiran de la escena sin provocar altercados.

Debo insistir en este punto, porque es fundamental. La resistencia debe ser siempre pasiva, nunca activa. Una sola foto de un manifestante encarándose con un gorila de la policía, un sólo contenedor incendiado mermaría fuerzas dentro y fuera de nuestras fronteras. Al subnormal que le de al enemigo esa instantánea, ese balón de oxígeno, ese espacio de legitimidad habrá que untarlo de brea y plumas, y correr a patadas por imbécil (o traidor, quizá infiltrado).

Por el contrario, la foto de unos matones de la policía, nerviosos, liándose a golpes con un nutrido grupo de abueletes, o de quinceañeras con sus mochilas, sentados en la pista de aterrizaje de un aeropuerto, sangre de ciudadanos indefensos por el empeño en mantener a toda costa el orden, la actividad capitalista….en un mundo como el actual, volcado en la imagen, es una instantánea de las que mueven conciencias y tumban gobiernos.

Todos los puntos anteriores y más, están a nuestro alcance: sólo hace falta desearlos. No es un imposible, podemos cambiar la Historia, sólo necesitamos unidad, algo de inteligencia y una pizca de organización.

De acuerdo, no tenemos nada de eso. Odio construir castillos en el aire y, de hecho, lo que siempre pido es una aplicación inmediata y práctica de todas las palabras con que se embelesa la izquierda. En las líneas anteriores he intentado dar una estrategia concreta para obtener objetivos concretos en un plazo inmediato. Nada de sentarse a esperar que el capitalismo caiga por sus propias contradicciones, porque a la vista está que antes de caer, nos desollará vivos.

Pero también es propio de un buen estratega ser realista con las propias fuerzas, saber de qué unidades se dispone y no contar con aquellas que no están disponibles para la lucha. De acuerdo. Muchos trabajadores no comparten estos objetivos, bien porque no se sienten incluidos en la clase obrera y no logran identificarse con sus intereses (pero capitalistas no son, así que a ver qué es alguien que obtiene de su trabajo la parte principal de su sustento), bien porque aceptan su posición servil, o porque han aceptado la ideología de su amo.

No nos engañemos, son muchos, votan masiva y fielmente a la derecha, son personas a las que se les ha inoculado durante décadas el odio cerval hacia la lucha obrera. Cuarenta años de dictadura fascista, y treinta de dictadura del capital en solitario, con el monopolio de la información, de las ideas, de las conciencias es evidente que tienen un resultado. Hay sectores enteros que no apoyan, nunca lo han hecho, la lucha obrera. Pienso por ejemplo en los trabajadores de la banca, tan identificados con sus patrones, que hasta venden su conciencia por colocar su mierda entre clientes que confían en su impecable traje y sonrisa. Todo porque su jefe de área esté contento. En ninguna huelga general de las que he vivido he visto una sucursal bancaria cerrada, excepto cuando bajan la persiana cuando llega la manifestación. El apoyo que podemos esperar de este sector, por ejemplo, es muy minoritario (no inexistente, pero sí irrelevante).

¿No quieren apoyar? ¡Magnífico! La huelga debe ser un derecho, una aspiración. Si no quieren ir a la huelga, no les convocamos. Es que realmente, en las huelgas generales hay unos sectores que se rompen el alma (metal, naval, transporte, minería…) y otra enorme masa de trabajadores que se apunta a las conquistas obtenidas sin haber perdido un día de trabajo y habiéndole caído bien al jefe. Esto es injusto y debe terminarse.

Hay países en los que los beneficios de una negociación sindical sólo abarcan a los afiliados (los que han seguido la disciplina de lucha). En esos países la tasa de afiliación es muy alta. Para coger peces hay que arremangarse.

Yo propongo algo similar: convocar sólo a los sectores que se muestren dispuestos, mayoritariamente, a ir a la huelga. El mismo calendario propuesto anteriormente, pero sólo con aquellos sectores que muestren su disposición a la lucha. En este caso habría que deponer las demandas políticas (que deben ser para todos los ciudadanos) y centrarse sólo en demandas laborales. Estas demandas serían exclusivamente para los sectores que participaron en la lucha. De esta forma, se establece una relación causa-efecto entre el esfuerzo en el combate y la recompensa de la victoria, eliminando el efecto desmovilizador de los que se apuntan a las conquistas sin haber participado en la lucha. Si, por ejemplo, un trabajador del metal consigue la jornada de 30 horas mientras que uno de la construcción tiene que seguir echando las 45 de rigor, puede que se piense que a lo mejor no fue tan listo acudiendo a trabajar ese día. Si los profesores consiguen un aumento salarial mientras el personal sanitario ve como le siguen bajando la nómina, la próxima vez serán los primeros en llamar a la huelga general. Los sectores mencionados deben tomarse a título meramente de ejemplo.

De esta forma, además, se facilita que el gobierno ceda a las reivindicaciones, ya que no afectan a la generalidad de los trabajadores, con lo que minimizan los daños (peor sería que tuvieran que firmar la capitulación general, ante todos los trabajadores). No lo harán por el talante conciliador del gobierno, sino porque los mismos empresarios del sector le forzarán a que accedan, desesperados viendo que se hunden sus empresas y esfuman sus inversiones. Hay que llevar a esos empresarios al abismo, que vean las fauces de la destrucción total, aplicarles una dosis de su medicina de shock.

En Francia, con la participación de unos pocos sectores clave (hincapié en las refinerías y distribución de hidrocarburos) hicieron mucho daño a la producción, amplificando los efectos de la huelga. No necesitas del concurso de todos los sectores para parar completamente un país. Se puede ganar una huelga general indefinida tal y como la he planteado más arriba, sin la colaboración de algunos sectores. Pero quien no luchó, no recibirá. Esto servirá de incentivo para no quedarse atrás. Y la próxima, será masiva.

Es posible. Todo lo anterior, si se quiere, es posible. Ahora hace falta imaginarlo y desearlo, de forma general, para hacerlo realidad.

Sí que hay esperanza pero debemos estar todos, o la mayoría, a una. Sin ello, aislados, no somos nada, no valemos nada. Como sabía todo soldado romano, todo hoplita ateniense, antes del combate.

casco hoplita

Edito: Paseando por los cielos – ¿Huelga!

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