La mirada del mendigo

4 junio 2013

Van lag

Archivado en: cousas — Mendigo @ 22:37

zonas horarias

Hoy toca comentar sobre alguna cuestión menos seria, también al hilo del viaje.

La consecuencia obvia de conducir casi tres mil kilómetros hacia el Este, es que…amenece más temprano. Efectivamente, la diferencia de longitud entre Pontevedra (8,64º W) y, por ejemplo, Snina (22,15º E) corresponde a algo más de dos horas de adelanto del horario solar respecto a lo que marca el reloj. Básicamente, nos recorrimos la GMT+1 de punta a punta, lo cual nos obligaba a madrugar brutalmente y a plegarnos más temprano para aprovechar las horas de luz.

Ahora ya me voy recuperando, pero los primeros días de vuelta en casa bromeaba con que no hay muchos taraos que hayan estado aquejados de van-lag. Efectivamente, seguía con mi horario de levantarme a las 5 de la mañana, pero aquí aún era noche cerrada. Y claro, a ver qué coño haces a las 5 despierto. A los supermercados les faltan cuatro o cinco horas para abrir; ni se te ocurra fregar, poner la lavadora o aspirar porque te arriesgas a ser linchado por los vecinos. Incluso la idea de ir a correr por algún parque, aún de noche, se antoja estúpida y te arriesgas a acabar en comisaría. No quedaba más recurso que ponerse a leer, y esperar que al resto de la ciudad le diera por levantarse. Lo malo es que las costumbres del sueño también se conservaban en el otro cabo del día, y antes de que se pusiera el Sol ya estaba bostezando y a las 10, roncando como un bendito.

Esta anécdota me trajo al recuerdo una de las iniciativas más estúpidas del BNG cuando estuvo en el bipartito: cambiar la zona horaria de Galicia a las GMT+0 (como Portugal, UK y Canarias). Es impresionante cómo un partido que contaba con mis simpatías, las dilapidó a manos llenas en cuestión de unos pocos años. El BNG se dejó de radicalismos y se adaptó a su base social, los pequeñobugueses de ciudad (un día sería interesante analizar cómo es que el BNG es fuerte en las zonas urbanas, donde el castellano se impone, y un partido españolista como el PP es hegemónico en las zonas rurales, donde el gallego es norma, la diglosia ha convertido a la sociedad gallega en carne de psiquiatra). Vaciado de cualquier contenido social, al BNG sólo le quedó como programa agitar la puta banderita gallega, ya no con la estrella roja sino con el copón y las hostias; aunque para hostias, las que llevan recibiendo después de pasar por el gobierno. Es llamativo cómo un gobierno formado por el Partido Socialista de Galicia y una formación liderada por la UPG, que incluye en su logo la hoz y el martillo, desarrollaron una política continuista, prácticamente indistinguible en lo económico de la de los ejecutivos de Fraga o la que está llevando a cabo Feixó. Llevo viviendo en Galicia desde que reinaba el porco de Vilalba y, realmente, no noté en ese periodo diferencia significativa alguna en mi relación con la administración autonómica. Por poner un ejemplo, la coalición “socialistas” (comillas) y “”comunistas”” (dobles comillas) fue una de las primeras en eliminar de facto el Impuesto de Sucesiones, medida revolucionaria donde las haya, siguiendo el ejemplo de Espe.

Pero dejemos a los traidores y volvamos al tema:

Cuando estoy en el pueblo suelo ir mucho a Portugal, más que nada porque lo tengo a unos pocos kilómetros. A decir verdad, tampoco pienso que voy a entrar en otro país, pues es una frontera ficticia: es la misma gente, el mismo paisaje, los mismos problemas y prácticamente el mismo idioma. Salvando algún convencionalismo administrativo, hay lo mismo a ambos lados de una raya imaginaria que es como Dios: sólo existe en la cabeza de los que reconocen su existencia. Antes, pagando con escudos, aún notabas un poco más la diferencia. Ahora, realmente, a no ser por el coñazo de contar una hora menos para tener en cuenta los horarios de cierre, el cambio es nulo.

Ya me figuro que los portugueses, siempre el rabo de Inglaterra, tenían que adoptar otra zona horaria diferente que la Europa continental. Y hastiado del engorro de pensar en la hora de más o de menos cada vez que cruzo para ir a tomar un café (esa sí que es una diferencia sustancial: en los bares portugueses sí que sirven café, buen café, alguna buena costumbre se les debía quedar de su pasado colonial), me da espanto pensar en tenerlo en Galicia. Por ejemplo, quedo con mi madre para recogerla a la llegada del autobús ¿A qué hora, a la de Madrid o a la de Santiago? Ya me imagino a mi vieja esperando una hora en la estación por el desgraciado de su hijo. Y así, para todo: cada vez que cruzase la Canda, Pedrafita, Ribadeo o As Pontes, moviendo el reloj. Para saber la hora de cualquier acontecimiento europeo, los gallegos tendríamos que estar haciendo cálculos (desde una rueda de prensa, la apertura de los mercados bursátiles, al comienzo de un partido de fútbol o una telenovela).

No, por favor, ya tenemos bastante razones para emigrar. No necesitamos añadir otra más.

Y es que, al final, de algo que me he dado cuenta en este viaje es que el guarismo de la hora es sólo una referencia más o menos arbitraria, sólo eso. Simplemente, las seis de la mañana para un eslovaco no significan lo mismo que para un gallego. En el primer caso es la hora de fichar, y para nosotros es GRRRRR ZZZZZZZZ GRRRRRRR ZZZZZZZZZZZZZ. ¿Y? Aquí decimos cervexa y allí pivo, y allí en los bricks pone mlieko en vez de leite (o leite, que é masculino, ainda que os galegófobos da Xunta nin tan sequera saben iso desta cultura a cal supostamente ten a obriga de protexer).

Vale, sí, se supone que a las 12 del mediodía el Sol debe estar en el cénit, pero ése es un dato indiferente para la inmensa mayoría de la población (y aún más que a las 12 de la medianoche el sol alcance el nadir). Realmente, para casi nadie las 12 es la mitad del día; es parte de la mañana. El mediodía llega a la hora de comer, a las 2 o a las 3, tanto para un madrileño como para un coruñento. Es algo que tenemos asumido como algo natural, así que esta divergencia me figuro que sólo puede molestar a los astrónomos aficionados.

En un mundo en el que los intercambios son cada vez más frecuentes, no ya los intercambios materiales sino sobre todo los flujos de información, sería deseable crear grandes zonas horarias, unificando husos. Por proponer: una zona europeo-africana (GMT+2), una asiático-oceánica (GMT+7) y una americana (GMT-5). A los países que les tocase cambiar de hora les representaría una molestia, pero tardarían poco en acostumbrarse (nosotros tardamos una semana en habituarnos a que el sol fuera tan madrugador).

En realidad, los comercios de Kiev abrirían antes que los de Lisboa, pero es que realmente los de Bratislava abren antes que los de Madrid, a pesar de ser la misma zona. Eso siempre será así, le pongamos la cifra que le pongamos a la hora de apertura. Y ése es el secreto: no se trata de cambiar la hora, sino de que en cada sitio se adapten los horarios a las condiciones geográficas, climatológicas y sociales del lugar. Volviendo al ejemplo gallego, es una necedad cambiar de zona horaria, creando una complejidad innecesaria. Basta que el empleado de una oficina bancaria en Reus empiece a trabajar a las 8, y el de la sucursal en Camariñas lo haga a las 9.

Pero lo mismo con otros aspectos de los horarios o del calendario: igual que en Andalucía, en verano, es absolutamente necesario descansar al mediodía en todos aquellos trabajos que se desarrollen a la intemperie; o que en Finlandia haya un parón en la actividad en Navidad, cuando las condiciones meteorológicas se hacen extremas.

Y esto me lleva a otro tema: el del horario de verano. A mí la teoría de la relatividad y la curvatura del espacio-tiempo pone mis neuronas al borde del precipicio. Pero que esto se dé en el mundo macroscópico, es inaceptable para mi entendimiento. ¿Cómo que adelantar o retrasar el tiempo? Mi inteligencia se revela ante la posibilidad de tal cosa. Porque entonces, hay una hora que no hemos vivido y, lo que fuerza aún más la lógica, hay 60 minutos que los vivimos dos veces. Es demencialmente absurdo.

La idea que subyace en esta aberración cronológica es acertada: adaptar el inicio de la actividad al amanecer, según la época del año. Pero en vez de cambiar la referencia ¿no sería más lógico, simplemente, subir la persiana del negocio a las 9 en invierno y a las 8 en verano? Incluso podríamos añadir a las 8:30 en otoño y primavera, para hacer el cambio de biorritmos menos agresivo.

Exactamente igual que en el caso de las zonas horarias: dejar tranquila la referencia y adaptar la medida según las circunstancias. Igual que es conveniente un horario intensivo a un oficinista de Berlín, pero un agricultor pacense sabe que debe salir de casa cuando el día comience a despuntar, para estar de vuelta cuando el Sol esté cayendo a plomo sobre la tierra. Y mientras dure la calor, a cobijo hasta que amaine, para luego aprovechar las últimas horas de luz. Marque el reloj lo que marque, porque realmente quien manda, gobierna, ordena nuestras vidas, impertérrito ante las ridiculeces humanas e indiferente a las manecillas de los relojes, es el Sol.

sol

Por cierto, un reactor de fusión nuclear de tamaño pequeñajo…para ser una estrella.

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