La mirada del mendigo

11 noviembre 2013

Determinismo sexual

Filed under: cousas — Mendigo @ 20:19

Quería someter a vuestra opinión este enlace:
Alemania abre su registro a bebés de sexo indefinido

Y proponeros unas preguntas.

¿Por qué se espera que un ser humano haya de tener un sexo concreto, y que tenga una manifestación externa con relevancia social? Entendamos lo que quiero decir: la ideología conservadora fuerza a que el hecho de nacer con unos u otros genitales determine el carácter del individuo. Desde posiciones progresistas se viene de un tiempo a esta parte defendiendo la posibilidad de que las personas decidan qué papel o rol social quieren representar, aunque sea el contrario a lo que sus genitales sugieren. Y a esto se le llama género (que no es más que un conjunto de estereotipos sexistas).

En resumidas cuentas: hay dos cajones, hombre y mujer. La derecha presupone que debes situarte en el cajón que la combinación genética XX o XY te tiene predestinado. La izquierda, algo es algo, te da a escoger cajón.

Pero yo me pregunto ¿por qué debes escoger entre dos cajones? ¿Por qué poner la etiqueta, hombre o mujer? Yo tengo un sexo, por supuesto, pero quiero creer que trasciendo mis genitales y que sólo estoy condicionado por ellos en aspectos puramente fisológicos: tengo una preponderancia de hormonas andrógenas, que determinan mis caracteres sexuales, vello facial y todo lo demás. Hasta ahí. Pero me complace creer que, más allá de lo somático, mi esencia no está condicionada por mis genitales. Vamos, que no pienso con la polla (excepto cuando corresponde).

Y una pregunta más ¿Qué le importa al Estado qué hay en la entrepierna de cada uno? Aún más ¿qué le importa a la sociedad? Ciudadano, eso es todo lo que la sociedad debe saber. Un cliente o empleador, además puede estar interesado en las competencias y habilidades adquiridas. Y ya.

Caracteres físicos, como si alguien se ha operado de apendicitis o si tiene alergia a tal medicamento, sólo le competen a su médico. Y otro rasgo físico como el tipo de genitales que porta, es de interés de sus parejas sexuales. Finito.

Evidentemente, y como ya dejé dicho hace tiempo, mucho menos le compete al Estado inmiscuirse en la vida sentimental o sexual de los ciudadanos. El matrimonio debe dejar de tener ningún reconocimiento administrativo. Para el Estado, son dos ciudadanos. Que quieran irse a vivir juntos, o dejar de hacerlo, por los motivos que sean y por supuestísimo adopten la posición que adopten en el coito, debe ser irrelevante. Son dos ciudadanos, punto pelota.

No me cabe en la cabeza la obcecación por tener que inscribirse en el censo masculino o femenino, en vez de desarrollar una personalidad poliédrica, original, en la que la sexualidad sea sólo un ingrediente más de un individuo complejo.

No quiero vivir determinado por mis circunstancias. ¿Hombre o mujer? ¿Blanco o negro? ¿Homo o hetero? ¿gallego o castellano? Pues ni una cosa ni la otra, y quizá un poco de todo y algo más. Soy YO.

15 octubre 2013

Tertulia Cebollera

Filed under: cousas — Mendigo @ 22:48

Como la mayoría ya sabéis, estamos intentando sacar un nuevo proyecto adelante: consolidar un espacio de debate en La Cebolla. Por ahora estamos sólo en modo prueba, habiendo grabado ya el primer coloquio, en esta ocasión tratando sobre la unidad de la izquierda (el próximo lo haremos sobre los elfos y el Nuberu).

Veremos si esto fragua y concita interés o, por el contrario, acaba desinflándose en pocas semanas. Creo que la idea es interesante. Al fin y al cabo ¿a quién le importa tu opinión? A los políticos no, ellos quieren tu voto, los que ponen las ideas son ellos. Ellos nos representan, eso dicen, pero jamás se bajan del estrado para dialogar, nos piden que les sigamos. Beeeehhhh! Bien, pues a nosotros sí que nos importa tu opinión, y queremos que nos la cuentes. Queremos avanzar en el camino de la emancipación del género humano, y queremos hacer este camino juntos.

Quizá el elemento más valioso que trajo consigo la explosión ciudadana en torno al 15M fue el haberse constituido como una escuela de ciudadanía, en el que los ciudadanos superaron la mayoría de edad política y se reunieron en las plazas para dialogar y procurar crear algo nuevo. En esos días se extendió el infantilismo político como una plaga, pero de alguna manera había de ser así, pues hasta ahora los ciudadanos habían sido tratador con infantes, los cuales eran amonestados para dejar el ejercicio de la política en manos de los profesionales. Como todo niño, todo novato, sus comienzos fueron torpes y vacilantes, pero se aprende rápido.

Creo firmemente en la necesidad de crear una escuela de ciudadanía, en que la gente pase de ser objeto de la política a ser sujeto activo de la misma. La próxima revolución, como todas las anteriores pero en esta jugará un papel esencial, se basará en la información y el conocimiento. Es la batalla y es lo que nos lleva a muchos a perder horas de nuestra vida en la pantalla de un ordenador, en un esfuerzo por hacer vibrar la red en nuestra frecuencia. ¿Habéis oído que una hormiga podría a su paso derrumbar un puente? Es cierto, sólo hace falta que el puente sea infinitamente rígido; y el sistema en el que estamos inmersos, en un ejercicio de desmemoria histórica, está perdiendo su mayor defensa contra el cambio, su elasticidad. En estas circunstancias sólo debemos saber llevar el ritmo.

Por eso, la idea de crear un espacio de debate me parece magnífica (debe ser tan buena porque no es mía), es una necesidad crear lazos entre los ciudadanos, que no nos quedemos en casa rumiando nuestro rencor frente al televisor. Las ideas se desarrollan enfrentándose entre ellas, exponiéndolas a la consideración general, y con ellas progresamos nosotros. En esta España de silencios de piedra, hace falta hablar mucho, hablar de lo que es nuestro, público, común; hemos de prepararnos para retomar las riendas de un Estado cuya soberanía nos ha sido hurtada por siglos por ministros, validos y sacerdotes.

Así concibo este ciclo de tertulias, como un ejercicio cívico, un entrenamiento para ejercer la ciudadanía de forma consciente y crítica. Por supuesto desde la humilde escala que tenemos y nuestra ínfima relevancia social, con la pretensión de ser sólo un espacio de intercambio y debate más, de los que se están abriendo en los últimos tiempos. Las instituciones y las grandes firmas han procurado separarnos, aislarnos, y de que nos relacionemos siempre con el concurso y la intermediación de sus organizaciones y empresas. Hemos de salir a las calles, a las plazas, a la red y relacionarnos directamente, de ciudadano a ciudadano, sin filtros ni cortapisas. Internet es nada más y nada menos que el ágora virtual que pone en contacto las plazas físicas de nuestros barrios salvando las limitaciones geográficas.

En fin, no doy más la lata convenciéndoos de su oportunidad y conveniencia: lo importante es que os preste entrar y charlar con otros compañeros. Según se vaya regularizando este espacio, procuraremos fijar el día y la hora que sea más cómodo para la mayoría, y dejar el con antelación el tema a tratar para que los que queráis podáis conectaros y uniros a la charla. Si el interés fuera in crescendo, podríamos pensar en hacerlo en directo, en un estilo radiofónico, con intervenciones de los que queráis entrar a añadir, puntualizar o rebatir algún punto en concreto.

Por ahora, si queréis participar no tenéis más que agregar la cuenta de Skype de La Cebolla: lacebolla.es y conectaros a la hora que mejor nos venga. ¿Qué os parece el próximo Martes a las 21:00? ¿Pronto, tarde, otro día? Dejad en comentarios también sobre qué tema os apetece que charlemos. Si será por temas interesantes, y si os gusta la idea, si estamos cómodos, tenemos tiempo para irlos tratando todos. Depende de vosotros, de nosotros.

Para despedirme y pedir disculpas por tanto rollazo, os paso este corto que acabo de ver en el Blog Salmón:

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Edito

Y un enlace interesante, aunque ya caducado (me estoy poniendo al día): Colectivo Novecento – El 5 de octubre comienza un cambio de régimen

Visor de imágenes

Filed under: cousas — Mendigo @ 10:45

Bueno, ya estoy de vuelta, con mil temas que tratar, también aquí en este espacio. Pero empezamos suavito, con un tema más banal o, al menos, intrascendente. El mendiguiño sección informática se complace en mostraros una cutrecomparativa (para los pedantes, benchmark) entre visores de imágenes para sistemas Linux.

Os cuento: al final de cada viaje, siempre vuelvo a casa con una buena carga de fotos, varios miles. La mayoría de ellas no valen nada, entonces me enfrento al engorroso proceso de borrar y borrar, para quedarme con una cantidad lógica de fotos (más o menos intento ceñirme a un DVD por quincena de viaje). La cuestión es que no todos los programas son igual de rápidos cargando la siguiente imagen, es más, las diferencias pueden ser muy abultadas si tomamos los programas que vienen por defecto respecto de otros más ligeros o simplemente mejor programados. Parecerá coña, pero cuando tienes que estar adelante y atrás comparando varias tomas para ver con cual te quedas y cual descartas, un retraso de un segundo hace que el nivel de mala hostia acabe subiendo hasta niveles peligrosos (para la integridad física del ordenador).

Así que me he propuesto hacer una cutreprueba, entre un montón de visores de imágenes disponibles en los repositorios oficiales (no todos, algunos están en desarrollo y hay que añadir su correspondiente PPA, se trata del Nomacs, del Ojo y del PhotoQT). He cogido una carpeta con 10 fotos de unos 5MB y las he revisado, procurando pasar a la siguiente tan pronto como la foto se mostrase bien dibujada en pantalla. Estos son los resultados, para que puedan servir de provecho a más gente (evidentemente, son sólo aproximativos, con un margen de error de un segundo arriba o abajo, pero valen para distinguir entre visores rápidos, lentos y tortugas). Siempre que se muestra la opción, se escoge la calidad de interpolación más alta.

Geeqie (GQview) – 7 sg
xzgv – 7 sg – no reconoce la orientación
Mirage – 7 sg – no reconoce la orientación
qvv – 8 sg – no reconoce la orientación
Photo QT – 8 sg – no reconoce la orientación
feh – 9 sg – consola, no reconoce la orientación
Gwenview – 9 sg
qiv – 9 sg – consola, no reconoce la orientación
Ristretto – 12 sg
Nomacs – 12 sg – no reconoce la orientación
Ojo – 14 sg
gThumb – 14 sg
Shotwell – 20 sg
gPicview – 26 sg
Digikam – 26 sg
Eye of Gnome – 32 sg

Como veis, las diferencias son muy abultadas, y van desde la carga prácticamente inmediata de la imagen de la cabeza de la lista, a desesperarse con los últimos. Este retraso es entendible en programas tan completísimos y pesados como mi adorado Digikam, pero no en un visor tan simplón y poco configurable como el Eye of Gnome, visor por defecto en distribuciones con ese entorno de escritorio. Mi ordenador no es especialmente nuevo ni viejo, un AMD Athlon X2 de hace ya unos 6 añitos, evidentemente según el que uses tú esos tiempos se acortarán o alargarán hasta hacerse intolerables.

En los comentarios indico qué programas hay que correrlos bajo consola, destacable el feh por su bajísimo consumo de recursos y enormidad de opciones (para conocerlas, man feh), todo un descubrimiento. También indico los que no reconocen la orientación de la fotografía, vertical o apaisada (a pesar de que alguno sí que se supone que debería leerla de los datos EXIF), pues andar enderezando manualmente es una tarea engorrosa también dilapidadora de tiempo y paciencia.

Desde luego, desde ayer mi visor de fotos predeterminado es el Geeqie (el antiguo GQview), no sólo es rápido como el rayo sino también ligero como una pluma y altamente configurable, buena usabilidad y con las herramientas suficientes para el uso que se le espera dar (revisar grandes series de fotos rápidamente). Para mayor control sobre la fotografía, una vez hecho el primer desbroce, ya se puede hacer con el Digikam. Y el Eye of Gnome queda desterrado de mi sistema tras rebautizarlo como El Ojo del Culo (en inglés no tendría sentido, creo).

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En otro orden de cosas, y a la vista de cámaras de bolsillo que ofrecen chorrocientos millones de megapixels, generando por tanto gigantescos archivos JPG, me permito proponeros una recomendación: haceos un favor y pasad de esas historias, porque lo único que vais a conseguir es agotar antes la tarjeta de memoria (además de que luego el ordenador vaya mucho más pesado para visualizarlo, como acabamos de ver). Podéis tener un sensor de trillones de megapixels, que como delante tenga una lente cutre, lo único que conseguiréis es tener trillones de pixels borrosos. Es decir, una enorme cantidad de información-basura, ruido óptico. Y no, no hay milagros, lentes pequeñas y simples comportan más imperfecciones que conjuntos de cristales grandes y complejos, a igual calidad de construcción.

Y por último, si tu objetivo lo llevas sin tapa, expuesto a suciedad y arañazos, no lo limpias o, mucho peor, lo haces de mala manera provocando microarañazos, ya puedes tener un sensor de burricientosmil millones de MPx y un objetivo pata negra de muchos miles de euros, tus fotos van a salir con menos nitidez que con una cámara de juguete.

22 agosto 2013

Boina rusa

Filed under: cousas — Mendigo @ 15:30

En verano, es normal que los periódicos se llenen de noticias banales, redactadas por los becarios que se quedan de guardia en las redacciones y a los que se les encarga mantener entretenido al personal sin cagarla mucho.

Por lo general, repaso la portada de los periódicos a grandes saltos, más tratándose del engendro que Cebrián está creando o, más bien, demoliendo. Un inciso: las cuentas de Prisa me recuerdan cada vez más a las del Estado, cuando más recortan, más dinero pierden y más profunda cavan su tumba.

Bueno, al tema, el caso es que esta vez reparé en una de esas noticias tontorronas, de relleno, como suele ser el caso de las declaraciones de deportistas ¿a quién le importa lo que diga un fulano cuya ocupación principal y leitmotiv de su vida es hacer piruetas cual cabra de gitano o mono amaestrado? Me refiero a las de una pertiguista rusa (al parecer muy famosa) que defendía la ley rusa anti-homosexualidad con boberías tipo Botella de los chicos con las chicas y las chicas con los chicos, por supuesto basándolas en otra tontería como la historia y los valores tradicionales rusos.

La tolerancia y aceptación social de la homosexualidad ha sido muy variable a lo largo de la historia; no conozco el caso específico ruso para pronunciarme al respecto, pero desde luego es erróneo pensar que se trata de un fenómeno de los tiempos modernos, una “moda” actual que no existía con nuestros ancestros. La homosexualidad siempre ha estado ahí, muchas veces relegada a la invisibilidad, como pretende esta norma, otras de forma normalizada y cotidiana pero cuyo registro ha sido ignorado o borrado en tiempos modernos, bajo prejuicios homófobos modernos, de la investigación histórica.

Pero vamos a aceptar la apelación a los valores tradicionales rusos. Bienvenidos sean, pues, respetémoslos pero…en todo su articulado. Porque…¿qué demonios hace una mujer rusa semidesnuda, haciendo malabarismos que le obligan a adoptar posturas contrarias a la decencia, mientra es observada en un estadio por miles de hombres? Ese exhibicionismo impúdico, según el papel que la costumbre rusa otorga a la mujer, es absolutamente reprobable.

Por otra parte ¿qué hace dando una rueda de prensa? Una mujer rusa debe callar y bajar la cabeza, y más habiendo hombres en la sala. Tras haber leído desde niño mucha literatura rusa (seguramente más que esta atleta) tengo meridianamente claro cuál es el rol que le corresponde a la mujer rusa de acuerdo a sus valores tradicionales: abnegación como amante, esposa y madre, hasta el límite de la heroicidad. Pero una abnegación silenciosa, invisible, la mujer rusa debía ser plusmarquista mundial en resignación y sumisión a designios externos a su voluntad, la del marido, la pope, la del amo, la de Dios y el destino.

¿Cómo se atreve a mencionar esta saltimbanqui paleta los valores tradicionales cuando ella misma es un ejemplo extremo de su conculcación? Su lugar según los mismos era estar en casa fregando suelos, o en el campo guiando a la mula para que salieran rectos los surcos.

Y seguimos hablando de valores tradicionales en la cultura rusa. ¿De quién es nieta esta señora? Las probabilidades indican a que pertenece a una familia de mujiks, cuyo destino era la condena a perpetuidad a la ignoracia y las bestialidad trabajando las tierras del señor, fregando los suelos de su casa y poniendo el culo para que se la follasen los señoritos.

Es que esos son los valores tradicionales rusos, los del feudalismo teocrático. Cuando se los invoca, hay que ser consciente de lo que se defiende, del horror que llevan parejo.

Una tradición no es tradición por ser buena o mala, sino por ser reproducida desde tiempo inveterados. El criterio para proseguir con ella no es su validez, conveniencia o adecuación al mundo que vivimos, sino meramente el hecho de haber sido repetida por nuestros ancestros. Se repite porque ha sido repetida, tal es su lógica interna, un bucle tan simple como absurdo. Y de esa forma acrítica e irracional se perpetúan criaturas de un pasado extinto como el matrimonio, el patriarcado, la religión…

¿Y qué hay del otro pilar de la opresión? ¿Cómo lleva la señorita Isinbayeva el respeto a los valores tradicionales religiosos rusos? También habría que hacerle un examen de religiosidad, de adaptación al dogma ortodoxo, también en su vida privada. Igual que ella se atreve a sancionar las conductas privadas de los demás (y la sexualidad y la afectividad pertenecen a esta esfera), debiéramos los demás examinar la suya, a ver si se adapta a esos sacralizados valores tradicionales rusos.

Estoy harto, estoy hartísimo de gente que defiende unos códigos de conducta medievales sin percatarse que, de ser aplicados, son los primeros que llevan las de perder. Estoy harto de la ferocidad de la gente, de la dureza juzgando bajo prejuicios a los demás (maricones, sudakas, madres solteras, gitanos, moros, tullidos…) y la indulgencia con la que se perciben y juzgan a sí mismos y su grupo.

Un ejemplo de intolerancia, que quizá incluso venga al caso. Un antiguo amigo de niñez, gallego, se marchó a trabajar a Andalucía. Allí se casó, y hace poco conocí a su mujer. Charlando surgió no recuerdo cómo el tema de los marroquíes, en el que ella destapó su ramalazo racista taaaaan común en la gente en cuanto la conversación adquiere tintes de confianza. Ese día me pilló con la sangre quemada y decidí sincerarme. ¿Sabes cómo te llama la gente de aquí? La gitana. No, no eres gitana pero por tu forma de vestir, de comportarte, por tu acento andaluz y tu piel morena aquí te tratan con el mismo desprecio, el mismito, con el que tú te estás refiriendo a gente cuyo origen es sólo unos pocos kilómetros al sur de donde vives.

Y podría añadir, el mismo desprecio con que luego los tratarán si con el acento gallego van a Madriz, a Barcelona o a Bilbao. Y el mismo desprecio con que un francés tratará al que venga de cualquier sitio al Sur de los Pirineos.

Arrieritos somos.

Otra anécdota, ahora que menciono la Galia. Hayábame a la orilla de un lago en Francia, comiendo fastidiado por el barullo que estaban organizando unos alemanes que jugaban en el agua. Pasó a nuestro lado un matrimonio francés y, supongo que condicionados por ver la matrícula de mí furgo, se dijeron el uno al otro, con total desprecio: “Espagnols…!“.

Prejuicios, prejuicios machistas, racistas, xenófobos, homófobos. Si asumes unos, no tienes legitimidad moral para argumentar contra los que usan otros para discriminarte, por sexo, por origen, por clase social o aspecto. O se asume la hermandad universal, o se acepta la guerra de todos contra todos.

Otro caso de víctima y verdugo en el mismo personaje, que se me viene a la cabeza. En el gimnasio había un chaval brasileño homosexual. Como ya os podéis imaginar, mucha burla y comentario degradante, especialmente en lo tocante al vestuario. Yo siempre a la contra, procuré compensar con amabilidad la hostilidad generalizada hacia el sudaka maricón (probablemente lo peor que se puede ser en un lugar lleno de testosterona en el corazón del Imperio Castellano). Charlando con él a la salida, recae el tema en los meninos da rua, y para mi perplejidad reconoció que estaba encantado, él y su medio (de clase media-alta, al menos para el nivel de allí) de que fueran exterminados por los escuadrones de la muerte, por las molestias que causaban. Creo que nunca he escuchado a nadie defender en mi cara mayor abyección. ¿Cómo puede esperar misericordia quien no la muestra? Ese fulano merece ser apaleado, por su doble condición de inmigrante y homosexual, por la misma clase de fieras que en su Río natal matan niños (lo cierto es que escuchando aquello, me apetecía adelantarles el trabajo a los nazis). Creo que es lo peor que se puede ser en este mundo, un asesino de niños, o un mierda que lo aplaude.

Con ello, ese desgraciado se ganó mi desprecio. No por su nacionalidad, que me fascina conocer gente de otras partes del mundo. No por su condición sexual, que me resulta indiferente lo que hacen los demás en su alcoba, preocuparse de la bragueta ajena es de palurdos. Esa persona me demostró que era un escombro moral, un subhumano, por lo que le apliqué el único desprecio válido; no aquel basado en prejuicios, sino en pruebas de su ausencia de valor humano.

Otro caso: el estupor que me producía viendo un documental sobre Santa Cruz, en Bolivia, el racismo con que la gente de ciudad trataba a los campesinos indígenas que bajaban a la capital a manifestarse. Esas bandas de fascistas a la caza del indio ¿acaso protestarán si algún día se mudan a Europa y reciben el mismo trato de los fascistas de aquí? No sé si se darán cuenta que, aunque para ellos el leve matiz de color es fundamental para distinguir al mestizo ciudadano del aborigen de los pueblos, aquí en Europa todos ellos son catalogados por la caverna fascista en la categoría de moreno=sudaka=simio. ¿Cómo hacer al mundo entender que la misma regla que usas para discriminar, se usa contra ti para ser discriminado?

Bueno, siguiendo con el tema de la rusa saltarina. Cuentan que también recurrió a un lugar común, el que la exhibición de la homosexualidad conduciría al desmoronamiento de Rusia. Si lo de las peras y las manzanas recordaba a la Botella, el apocalipsis homosexual me recuerda poderosamente a Rouco, lo cual me lleva a pensar que no se trata del acervo cultural ni ruso ni español, sino pura y llanamente de incultura y palurdismo, siberiano o carpetovetónico.

Es decir, que un Estado armado hasta los dientes por la industria bélica ex-soviética, con los mejores carros y aviones que el dinero pueda pagar (diga lo que diga la propaganda atlantista), con miles de ojivas nucleares montadas en misiles intercontinentales, no debe tener miedo a ningún ejército enemigo por poderoso que sea, pero es amenazado por un desfile de torsos depilados embutidos en cuero bailando encima de carrozas tras una bandera multicolor.

Hay que ser idiota.

Muy idiota.

Muy palurdo y muy idiota para defender tontería semejante.

Al final, el sentido de la ley rusa en cuestión es evitar mostrar la homosexualidad, evidentemente porque se considera un mal ejemplo, una conducta reprobable. Sin embargo, yo entiendo que ningún mal entrañan las muestras de afecto, independientemente del sexo de quien las practica. Y por otra parte, sí que podríamos considerar que debiera prohibirse la exhibición de la estupidez, incluidos los espectáculos deportivos y demás ostentaciones de habilidades físicas.

Efectivamente, el deporte moderno en general y el olimpismo en particular, surgió del caldo de cultivo protofascista que buscaba el superhombre, el soldado perfecto, y sus disciplinas más antiguas (equitación, tiro, carrera, salto) correspondían a un plan de adiestramiento castrense.

No sólo no tiene nada de malo es entrenamiento y el ejercicio físico, antes bien es una práctica saludable que recomiendo a todo el mundo. Pero no puedo tomar en serio a alguien que se tome un juego en serio. ¿Jugar una pachanga de fútbol, pirar por ahí con la bici o correr por las pistas? Estupendo. Pero siempre que no perdamos de vista el fin último, que es siempre el ser humano. En este caso, el que lo practica, mantener una buena forma física y algo tanto y más importante, divertirse, es una lástima que incluso entre los muy pequeños se esté perdiendo algo tan importante como el sentido lúdico del ejercicio físico en pos de la competitividad del puto deporte (los gatitos son más inteligentes que los cachorros de humano, y no se preocupan de normas y equipaciones, simplemente trastean por el placer de sentirse vivos, radiando esa vida que les desborda a borbotones).

Ganar un partido no tiene ningún valor, lo importante es haberse divertido. Llegar antes o después que otro no quiere decir nada, lo importante es haber ejercitado, con medida, el organismo. Medirse con otro es una soberana estupidez, pues cada uno tiene sus circunstancias particulares.

Por lo tanto, debiera prohibirse a la aldeana patilarga rusa hacer ostentación de sus proezas gimnásticas, que es lo mismo que decir su necedad. Porque dedicar toda una vida a conseguir algo tan inútil como saltar más alto con el concurso de una pértiga, sin que nada te espere allí arriba y caer a continuación poco más allá del punto de donde saliste, es un completo desperdicio. Ya que esta señora entra a valorar la vida de los demás, en este blog consideramos que su vida, dedicada a la ambición de algo tan huero como la fama, la gloria, es un completo desatino, y no debe ser publicitada como modelo a seguir, para evitar que algún niño pueda seguir sus extraviados pasos.

No es un buen ejemplo.

Modelar a un niño, cuando es sólo un arbolito, para especializarlo en hacer una monigotada muy concreta, es un abuso de la infancia. Si esa deformación que supone la hiperespecialización locomotriz continúa en la madurez, tras miles de horas de entrenamiento, se consigue convertir a un ser humano en una máquina de hacer un malabarismo en concreto…malgastando media vida repitiendo mil veces un gesto sin sentido y perdiendo la oportunidad de aprender cosas con contenido.

¿Esto es admirable?

Además, esto supone violentar la naturaleza humana, pues nuestro cuerpo nos sitúa en tierra de nadie dentro del reino animal. No somos ni fuertes, ni rápidos, no volamos más que cuando nos despeñamos, ni somos buenos trepadores, ni mordemos fuerte ni nadamos rápido ni hacemos nada mejor que cualquier otro animal más que pensar. El secreto de nuestro indudable éxito evolutivo es precisamente la falta de especialización de nuestro cuerpo, que se ha mantenido versátil, capaz de adaptarse a cualquier circunstancia y cualquier tarea que le encomendase una capacidad de raciocinio creciente.

Si moldeamos o deformamos nuestro cuerpo durante años, podemos ser capaces de que nos quepa una bola de billar por los orificios nasales, o doblarnos hasta besarnos el culo, ser capaces de sostener una cucharilla de café (o un balón de gimnasia) de pie sobre la punta de la nariz mientras hacemos el pino o cualquier otra chorrada. Pero no dejará de ser una chorrada y el tiempo empleado para lograrla, tiempo perdido.

Otra cosa es si ese objetivo era sólo la escusa, y hemos pasado un buen rato metiendo la bolita en el aro. Pero es ridículo cruzarse una piscina nadando per se, para luego dar la vuelta, pues nada nos espera en ese extremo de la piscina. Además, que sería más cómodo salir del agua y llegar andando, si de llegar se tratase. Si perdemos el Norte y nos olvidamos de que NOSOTROS somos el fin, la razón y el motivo, el ejercicio físico se convierte en deporte, y nos cargamos con otra cadenas más de nuestra invención, como Dios, la patria o el dinero.

Convertimos el entretenimiento en profesión, y la profesión en el motivo de nuestra existencia, desvirtuando completamente actividades como los juegos o el ejercicio físico que son en sí mismas muy provechosas para la persona. Pero la persona delante, no se puede poner el carro delante de los bueyes, confundir medios y fines. La pachanga de futbol es sólo un medio para pasar un buen rato con los colegas, y bajar algún quilillo, nada más. Quien gane o pierda es absolutamente intrascendente, de hecho en una actividad lúdica todos ganan y nadie pierde. Es mezquino, propio de una persona de baja condición, ufanarse en haber superado a otra persona en vez de ayudarle. Y más si la victoria es en algo esencialmente tan absurdo e inane como un juego, que no aporta ninguna ventaja real (es lamentable vanagloriarse de ganar más dinero que el vecino, pero aún más idiota hacerlo por una intrascendencia como patear un balón o golpear una bolita verde con una raqueta).

Otra anécdota. Soy arquero, o fui porque ya casi no cojo el arco. En el mundo de la arquería, la Meca es Corea. Los coreanos gobiernan con mano de hierro todas las competiciones internacionales, ya que es el deporte nacional (además de ensamblar LCDs y grabar videos musicales estúpidos). Me comentaba un fulano que allí ponen a los críos pequeños frente a una pared, horas y horas con el arco en la mano para trabajar la postura. Y no les daban flecha! Años con un arco vacío frente a una pared! Luego, cuando ya habían moldeado el cuerpo y la mente del niño con paciencia de cultivador de bonsais, le daban una flecha, y le volvían a poner frente a un muro. Años y años de someter a un niño a atroz aburrimiento, a una actividad desprovista de significado que estimule su inteligencia, para conseguir un monstruo, una deformidad humana especializada en algo tan absurdo, tan inútil como clavar todas las flechas en el espacio de un pulgar. Para luego ir a recogerlas y vuelta a empezar.

El rasgo más valioso de la niñez es su abrumadora potencialidad. Es un arbolillo que tiene una enorme capacidad de despuntar por una u otra rama. Si ya desde muy pequeño decidimos por él la forma que ha de tener, podándolo y tutorizándolo para que adopte una determinada forma al lignificar su forma inmadura, estamos hurtándole la capacidad de decidir cuando sea mayor qué es lo que quiere ser de sí mismos. Es un abuso infantil, ya sea llenándole la cabeza de fantasmas y espíritus (santos o no), o inculcándole la despreciable competitividad y ridículo afán de gloria, tan efímera.

Por experiencia, sé que para que la flecha vuele hacia su objetivo, debes vaciar la mente. Si durante ese momento pasa por tu cabeza otra idea, vas a ir a buscar la flecha por el sembrado. Y ya os imagináis, con las crías de tenis al lado, con el culo en pompa esperando el saque, a dónde se solían ir las mías.

Así que entiendo que el entrenamiento al que someten a estos futuros arqueros coreanos es lo más parecido a una lobotomía. Vaciar el cerebro de cualquier pensamiento o emoción para conseguir una puntería, una respuesta maquinal. Convertir el ser humano en una máquina. Para la guerra, para el trabajo; precisa y diligente. Entiendo que el deporte sea asignatura preferente y preferida de cuanta dictadura de todo signo ha existido.

Potenciar una sola de las potencialidades humanas embotando el resto; someter a cuerpo y mente a un adiestramiento férreo, obligándole a realizar movimientos simples, tareas repetitivas sin cuestionar su significado; lograr la máxima especialización forzando y venciendo la complejidad del ser humano y su libre albedrío. En ello consiste el deporte, y se supone que debemos admirar a estos trabajadores del músculo.

Lo cierto es que me dan lástima.

Su vida no vale más que la del hamster que corre sobre la rueda sin moverse del sitio para distracción de quien lo contempla. Por mucho que el amo agradecido le atiborre a pipas. Mejor ser ratón de campo corriendo libre para escapar de algunas garras, mejor incluso ser rata de cloaca, aborrecida pero libre, que no espera que ninguna mano venga a traerle la comida o cambiarle el agua.

4 junio 2013

Van lag

Filed under: cousas — Mendigo @ 22:37

zonas horarias

Hoy toca comentar sobre alguna cuestión menos seria, también al hilo del viaje.

La consecuencia obvia de conducir casi tres mil kilómetros hacia el Este, es que…amenece más temprano. Efectivamente, la diferencia de longitud entre Pontevedra (8,64º W) y, por ejemplo, Snina (22,15º E) corresponde a algo más de dos horas de adelanto del horario solar respecto a lo que marca el reloj. Básicamente, nos recorrimos la GMT+1 de punta a punta, lo cual nos obligaba a madrugar brutalmente y a plegarnos más temprano para aprovechar las horas de luz.

Ahora ya me voy recuperando, pero los primeros días de vuelta en casa bromeaba con que no hay muchos taraos que hayan estado aquejados de van-lag. Efectivamente, seguía con mi horario de levantarme a las 5 de la mañana, pero aquí aún era noche cerrada. Y claro, a ver qué coño haces a las 5 despierto. A los supermercados les faltan cuatro o cinco horas para abrir; ni se te ocurra fregar, poner la lavadora o aspirar porque te arriesgas a ser linchado por los vecinos. Incluso la idea de ir a correr por algún parque, aún de noche, se antoja estúpida y te arriesgas a acabar en comisaría. No quedaba más recurso que ponerse a leer, y esperar que al resto de la ciudad le diera por levantarse. Lo malo es que las costumbres del sueño también se conservaban en el otro cabo del día, y antes de que se pusiera el Sol ya estaba bostezando y a las 10, roncando como un bendito.

Esta anécdota me trajo al recuerdo una de las iniciativas más estúpidas del BNG cuando estuvo en el bipartito: cambiar la zona horaria de Galicia a las GMT+0 (como Portugal, UK y Canarias). Es impresionante cómo un partido que contaba con mis simpatías, las dilapidó a manos llenas en cuestión de unos pocos años. El BNG se dejó de radicalismos y se adaptó a su base social, los pequeñobugueses de ciudad (un día sería interesante analizar cómo es que el BNG es fuerte en las zonas urbanas, donde el castellano se impone, y un partido españolista como el PP es hegemónico en las zonas rurales, donde el gallego es norma, la diglosia ha convertido a la sociedad gallega en carne de psiquiatra). Vaciado de cualquier contenido social, al BNG sólo le quedó como programa agitar la puta banderita gallega, ya no con la estrella roja sino con el copón y las hostias; aunque para hostias, las que llevan recibiendo después de pasar por el gobierno. Es llamativo cómo un gobierno formado por el Partido Socialista de Galicia y una formación liderada por la UPG, que incluye en su logo la hoz y el martillo, desarrollaron una política continuista, prácticamente indistinguible en lo económico de la de los ejecutivos de Fraga o la que está llevando a cabo Feixó. Llevo viviendo en Galicia desde que reinaba el porco de Vilalba y, realmente, no noté en ese periodo diferencia significativa alguna en mi relación con la administración autonómica. Por poner un ejemplo, la coalición “socialistas” (comillas) y “”comunistas”” (dobles comillas) fue una de las primeras en eliminar de facto el Impuesto de Sucesiones, medida revolucionaria donde las haya, siguiendo el ejemplo de Espe.

Pero dejemos a los traidores y volvamos al tema:

Cuando estoy en el pueblo suelo ir mucho a Portugal, más que nada porque lo tengo a unos pocos kilómetros. A decir verdad, tampoco pienso que voy a entrar en otro país, pues es una frontera ficticia: es la misma gente, el mismo paisaje, los mismos problemas y prácticamente el mismo idioma. Salvando algún convencionalismo administrativo, hay lo mismo a ambos lados de una raya imaginaria que es como Dios: sólo existe en la cabeza de los que reconocen su existencia. Antes, pagando con escudos, aún notabas un poco más la diferencia. Ahora, realmente, a no ser por el coñazo de contar una hora menos para tener en cuenta los horarios de cierre, el cambio es nulo.

Ya me figuro que los portugueses, siempre el rabo de Inglaterra, tenían que adoptar otra zona horaria diferente que la Europa continental. Y hastiado del engorro de pensar en la hora de más o de menos cada vez que cruzo para ir a tomar un café (esa sí que es una diferencia sustancial: en los bares portugueses sí que sirven café, buen café, alguna buena costumbre se les debía quedar de su pasado colonial), me da espanto pensar en tenerlo en Galicia. Por ejemplo, quedo con mi madre para recogerla a la llegada del autobús ¿A qué hora, a la de Madrid o a la de Santiago? Ya me imagino a mi vieja esperando una hora en la estación por el desgraciado de su hijo. Y así, para todo: cada vez que cruzase la Canda, Pedrafita, Ribadeo o As Pontes, moviendo el reloj. Para saber la hora de cualquier acontecimiento europeo, los gallegos tendríamos que estar haciendo cálculos (desde una rueda de prensa, la apertura de los mercados bursátiles, al comienzo de un partido de fútbol o una telenovela).

No, por favor, ya tenemos bastante razones para emigrar. No necesitamos añadir otra más.

Y es que, al final, de algo que me he dado cuenta en este viaje es que el guarismo de la hora es sólo una referencia más o menos arbitraria, sólo eso. Simplemente, las seis de la mañana para un eslovaco no significan lo mismo que para un gallego. En el primer caso es la hora de fichar, y para nosotros es GRRRRR ZZZZZZZZ GRRRRRRR ZZZZZZZZZZZZZ. ¿Y? Aquí decimos cervexa y allí pivo, y allí en los bricks pone mlieko en vez de leite (o leite, que é masculino, ainda que os galegófobos da Xunta nin tan sequera saben iso desta cultura a cal supostamente ten a obriga de protexer).

Vale, sí, se supone que a las 12 del mediodía el Sol debe estar en el cénit, pero ése es un dato indiferente para la inmensa mayoría de la población (y aún más que a las 12 de la medianoche el sol alcance el nadir). Realmente, para casi nadie las 12 es la mitad del día; es parte de la mañana. El mediodía llega a la hora de comer, a las 2 o a las 3, tanto para un madrileño como para un coruñento. Es algo que tenemos asumido como algo natural, así que esta divergencia me figuro que sólo puede molestar a los astrónomos aficionados.

En un mundo en el que los intercambios son cada vez más frecuentes, no ya los intercambios materiales sino sobre todo los flujos de información, sería deseable crear grandes zonas horarias, unificando husos. Por proponer: una zona europeo-africana (GMT+2), una asiático-oceánica (GMT+7) y una americana (GMT-5). A los países que les tocase cambiar de hora les representaría una molestia, pero tardarían poco en acostumbrarse (nosotros tardamos una semana en habituarnos a que el sol fuera tan madrugador).

En realidad, los comercios de Kiev abrirían antes que los de Lisboa, pero es que realmente los de Bratislava abren antes que los de Madrid, a pesar de ser la misma zona. Eso siempre será así, le pongamos la cifra que le pongamos a la hora de apertura. Y ése es el secreto: no se trata de cambiar la hora, sino de que en cada sitio se adapten los horarios a las condiciones geográficas, climatológicas y sociales del lugar. Volviendo al ejemplo gallego, es una necedad cambiar de zona horaria, creando una complejidad innecesaria. Basta que el empleado de una oficina bancaria en Reus empiece a trabajar a las 8, y el de la sucursal en Camariñas lo haga a las 9.

Pero lo mismo con otros aspectos de los horarios o del calendario: igual que en Andalucía, en verano, es absolutamente necesario descansar al mediodía en todos aquellos trabajos que se desarrollen a la intemperie; o que en Finlandia haya un parón en la actividad en Navidad, cuando las condiciones meteorológicas se hacen extremas.

Y esto me lleva a otro tema: el del horario de verano. A mí la teoría de la relatividad y la curvatura del espacio-tiempo pone mis neuronas al borde del precipicio. Pero que esto se dé en el mundo macroscópico, es inaceptable para mi entendimiento. ¿Cómo que adelantar o retrasar el tiempo? Mi inteligencia se revela ante la posibilidad de tal cosa. Porque entonces, hay una hora que no hemos vivido y, lo que fuerza aún más la lógica, hay 60 minutos que los vivimos dos veces. Es demencialmente absurdo.

La idea que subyace en esta aberración cronológica es acertada: adaptar el inicio de la actividad al amanecer, según la época del año. Pero en vez de cambiar la referencia ¿no sería más lógico, simplemente, subir la persiana del negocio a las 9 en invierno y a las 8 en verano? Incluso podríamos añadir a las 8:30 en otoño y primavera, para hacer el cambio de biorritmos menos agresivo.

Exactamente igual que en el caso de las zonas horarias: dejar tranquila la referencia y adaptar la medida según las circunstancias. Igual que es conveniente un horario intensivo a un oficinista de Berlín, pero un agricultor pacense sabe que debe salir de casa cuando el día comience a despuntar, para estar de vuelta cuando el Sol esté cayendo a plomo sobre la tierra. Y mientras dure la calor, a cobijo hasta que amaine, para luego aprovechar las últimas horas de luz. Marque el reloj lo que marque, porque realmente quien manda, gobierna, ordena nuestras vidas, impertérrito ante las ridiculeces humanas e indiferente a las manecillas de los relojes, es el Sol.

sol

Por cierto, un reactor de fusión nuclear de tamaño pequeñajo…para ser una estrella.

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