
También podría llamar a esta entrada “reflexiones de un urbanita con azada”. Me explico, he dedicado estos días festivos a avanzar en el desbroce y cuidado de lo que los ingleses llaman orchad, es decir, un huerto de frutales (aunque hay de todo, desde flores y ajos hasta algún alcornoquillo).
Además de reflexionar sobre la inaudita situación de que en Ourense se pasen tres meses, Enero, Febrero y Marzo sin llover, y que a pesar de que por fin han empezado las lluvias vamos a tenerlas tiesas este verano a no ser que caiga esta primavera el puto monzón…me dio la gimnasia de sacho para cavilar otras cuestiones.
Los impuestos no sólo sirven para recaudar, sino también para dirigir la economía de forma que discurra por los caminos más eficientes y provechosos para la mayoría, imputando costes que el mercado no hace. Por ejemplo, el impuesto sobre el tabaco trata de reconducir la adicción a la nicotina, reduciendo el consumo de un producto pernicioso para la sociedad (para los que fuman y para los que no) además de compensar el gasto médico que origina esta adición.
Es de todos bien sabido que buena parte del coste en surtidor de los combustibles de automoción (no desgraciadamente el gasóleo de calefacción) está constituido por impuestos (IVA e impuesto especial de hidrocarburos). España es uno de los Estados de la UE que tiene impuestos más bajos por este concepto, lo que permite que en España el litro de gasolina sea de los más baratos, y que el margen de beneficio de las petroleras en España sea de los más altos (el litro de combustible antes de impuestos es más caro que en los países de nuestro entorno).
Este impopular impuesto es, en mi (nada modesta) opinión, uno de los grandes aciertos de la política europea de las últimas décadas y, si de mí dependiera, lo subiría mucho más. ¿Razones? Muchas. No sé si os acordaréis de cuando analizamos la balanza comercial española, desagregada por sectores. Efectivamente, las importaciones de energía (léase petróleo y gas principalmente) tumban totalmente el equilibrio de nuestra balanza comercial. Lo cual significa que el subsistema económico español se empobrece con el saldo neto de sus intercambios comerciales debido a que tenemos que comprar ese petróleo y gas (lo cual enriquece a un reducido grupo de familias que rigen sus Estados según principios feudales).
Los impuestos sobre hidrocarburos provocan una reducción del consumo, lo cual tiene varios efectos beneficiosos además del directo de reducir nuestra dependencia energética. Por ejemplo, el alto precio relativo de los combustibles en Europa ha permitido que la industria de la automoción europea se centre en lograr mejoras en la eficiencia de los vehículos, lo cual explica en parte su éxito presente sobre la quebrada y rescatada industria automovilística usamericana (GM, Ford y Chrysler).
Pero también esa subida artificial de los costes de los combustibles permiten imputar unos costes sociales que tiene su uso, como la contaminación atmosférica que provoca miles de muertes prematuras al año en el medio urbano ante la pasividad o incluso complicidad de las administraciones.
Igualmente, la carestía energética permite racionalizar el ordenamiento del territorio, toda vez que los poderes públicos han renunciado a gobernar y abandonado esta labor en función de los intereses especulativos. Efectivamente, unos combustibles más caros desincentivan la expansión de los núcleos urbanos y el crecimiento de los mismos en forma extensiva, siguiendo el nefasto modelo de urbanizaciones de bajísima densidad poblacional que el rebaño aprende a admirar en las teleseries usamericanas de moda.
La carestía energética (de la cual sólo estamos hoy palpando los pelos del bigote) provocará un aumento de la eficiencia en todos los órdenes de la vida, también en el urbanismo, primando la ciudad de tamaño medio y alta densidad, donde la mayoría de los trayectos se puedan hacer a pie o en bicicleta, cejando la presión de las grandes urbes sobre su entorno rural y natural (que en el caso de Madriz se extiende hasta las provincias limítrofes).
Pero de los combustibles convencionales ya hemos hablado aquí en numerosas ocasiones, así que quería tratar hoy un combustible (de calefacción y cocina) alternativo: la madera. El gasóleo cada vez más caro y el enorme desempleo que se vive en las zonas rurales, está espoleando la tala de árboles para leña. En principio, esto no tendría que ser necesariamente malo: Francia es el país europeo en que más desarrollado está el empleo de biomasa para calefacción, y conserva ejemplarmente sus bosques. El problema es que Españistán es diferente. Al menos, comento la realidad gallega, que es la que palpo día a día. En Francia, la tasa de reposición es igual o superior al 100%, es decir, por cada superficie talada se repuebla otra, siendo el ritmo de consumo parejo al de crecimiento del bosque. Este es un modo sostenible de obtener calefacción en el medio rural sin quebrar la balanza comercial con importaciones de petróleo y gas. Este NO es el modelo que se sigue en Galicia. Con los bosques de caducifolias prácticamente extinguidos, la mayoría de la superficie forestal está cubierta de plantaciones de pino y eucalipto que no sirven como cumbustible (la resina del pino atasca el tiro, se consumen muy rápido…son maderas de muy baja calidad). Entonces, los lugareños están talando los pocos robles que quedan (muy buena madera para leña, arde lento y da mucho calor, como la encina) y, cuando no tienen ya ninguno que talar que sea más gordo que un brazo, se dedican a derribar los árboles de ribera (alisos y sauces, principalmente) que son los que contienen el río en su cauce en las crecidas y protegen las márgenes de la erosión, además de ser el bosque ripícola lo último que queda de bosque autóctono en Galicia (porque es muy difícil que arda en un incendio, al ser tremendamente húmedo).
Este tipo de talas, absolutamente descontroladas (hay que pedir un permiso administrativo, que se concede sin el menor control, un mero trámite…eso cuando se pide), superan con mucho la tasa de reposición de las especies abatidas. En las orillas de los ríos y los lindes de las fincas, año tras año hay más claros dejados por la tala de árboles para combustible. Irónicamente, esta forma de calefacción, que está esquilmando lo poco que queda de especies arbóreas autóctonas en Galicia es vendida con cinismo como “natural” y “ecológica”. Ciertamente, nada más enxebre que calentarnos en la lareira, o con las cocinas de leña. Este modo de calefacción era sostenible cuando en Galicia la población era menor y los bosques de planifolias la norma. De hecho, no había que abatir el árbol sino que sólo con la poda había más que suficiente para calentarse en el invierno. Sustituido el bosque atlántico por plantaciones de pino de California y eucalipto, lo poco que queda de él se escapa por las chimeneas de las casas y chalets por ser una alternativa mucho más económica a la calefacción de gasóleo o metano (lo que se comercializa con el nombre de gas natural, exactamente tan natural en su origen como el petróleo, de hecho se extrae conjuntamente).
Primero se tala el árbol viejo que hay en el prado, que ya estaba ahí en vida del abuelo. Da para un par de inviernos, quizá tres. Cuando se acaba, habrá que talar dos de los jóvenes. No dan más que para un invierno. ¿Y luego?
Para poner freno a esto, además de prohibir que los putos chalets de nueva construcción se sigan construyendo con chimenea (no existe nada más ineficiente que un hogar abierto), podemos recurrir de nuevo a la mano rectora de los impuestos. Talar un árbol produce un daño a la sociedad, porque nos priva de sus beneficios (sumidero de CO2, protege de la erosión, y entre sus ramas y sus raíces alberga y protege una amplia variedad de vida que, de no existir, no sería posible), e incluso de su misma contemplación (existen pocos espectáculos tan majestuosos en la Naturaleza como contemplar el porte de un árbol adulto). Por lo tanto, este perjuicio que el mercado no reconoce debe ser imputado en el coste de la madera obtenida mediante un impuesto. Es importante que el impuesto no sea por el valor de la madera, sino un coste fijo por m³ de madera. De esta forma, será más gravoso para la forma de silvicultura más dañina, el cultivo y tala salvaje de maderas de bajísimo valor (eucalipto y pino radiata, cortado muy joven para virutas, o la reciente introducción del roble americano por los progres del BNG durante el bipartito), que es el mayoritario en el Noroeste peninsular (lo de Portugal es ya el Averno). De esta forma, desincentivamos el uso de madera como combustible (este impuesto no gravaría las podas, sólo cuando se derribe el árbol) y, además, promocionamos la sustitución de las especies de madera barata por especies autóctonas de ciclo largo (madera mucho más cara, y por lo tanto menos afectada por un impuesto al volumen de madera).
Así, podríamos iniciar una reconquista del bosque atlántico frente a las repoblaciones de especies industriales de ciclo corto, primando las maderas de calidad y la creación de una industria del mueble de calidad frente a la basura de contrachapado del Ikea (alucino los precios que tienen para la mierda que es). Y, de paso, estaríamos poniendo la primera piedra para acabar con la plaga endémica de los incendios en Galicia, porque es imposible explicar el problema de los incendios sin mencionar un par de siglas: ENCE (pasta de papel, Pontevedra) y FINSA (tableros de conglomerado, Santiago), las dos grandes devoradoras de madera barata gallega. Aunque, por cierto, tanto los periodistas y políticos, como la Guardia Civil (SEPRONA) y la fiscalía lo logran, con virginal ingenuidad y grosera desvergüenza a partes iguales.
Por cierto, y ahora que menciono el bosque Atlántico. Se ha hablado y llorado con lágrimas de cocodrilo el incendio en el Parque Natural das Fragas do Eume. Vamos a ver, la creación de ese parque es una mamarrachada como la copa de un…eucalipto, porque eso es precisamente lo que había, hay y sigue habiendo en ese “paraíso natural”: plantaciones de eucaliptos y pinos, cuyo valor natural es prácticamente nulo. De hecho, es negativo, mejor sería que no estuvieran, pues así permitirían que, en el curso de los siglos, las especies autóctonas fueran recolonizando el terreno perdido. Antes bien, son los agresivos eucaliptos los que van ganando espacio a las especies autóctonas. El río Eume está muerto por la presa, y ahora con el relleno de la mina de As Pontes. Y sí, existe un bosque ripícola de altísimo valor natural (sobre todo por algunas especies de helechos), pero es sólo una estrecha franja de unos pocos metros en torno al Eume y sus afluentes. El resto, la mayoría de la superficie del parque, es el mismo tipo de plantación de pinos y eucaliptos que puedes encontrar en cualquier rincón del Noroeste peninsular, la misma mierda. Que arde, por supuesto, como arde todos los años desde hace décadas. Y como es mayoritaria, la mayoría de las hectáreas afectadas por el incendio han sido de monte bajo y eucalipto (que da igual que arda, rebrota ganando aún más espacio sobre las especies que sí son afectadas). Sólo una pequeña parte del incendio afectó a partes ecológicamente importantes y, esto sí, es muy grave. Pero la mayor amenaza no es el fuego, sino la prosecución de una política de silvicultura de monarquía bananera (destrucción de la biodiversidad a mayor gloria y beneficio de las grandes industrias transformadoras) incluso dentro de los límites de un Parque Natural que ellos mismos declararon.
Por cierto ¿por qué hostias nunca he visto un puto eucalipto en Francia, Alemania u Holanda, a pesar de tener climas más propicios para su cultivo? ¿Por qué todas las nuevas repoblaciones de eucaliptos están realizándose en países del tercer mundo, con la fuerte oposición de la población local? Galicia es, cultural y socialmente, el culo del mundo, pues aquí ni tan siquiera resistimos la destrucción de nuestros ecosistemas (ni de nuestra cultura).
Y quería tratar un último punto, también al hilo de los impuestos como forma de imputar coste externos, especialmente los ambientales. Yo debo ser el único gilipollas del municipio que, para controlar las malas hierbas, no echa mano del veneno (herbicidas) o, simplemente, le pega fuego (lo más común). Hablas con alguien de la aldea, y parece que estás hablando con el doctor Bacterio o que le han regalado un Quimicefa. Mencionan de carrerilla toda una serie de productos tremendamente perniciosos tanto para la salud humana como para el medio ambiente, como quien habla de marcas de yogures (siempre usan los nombres comerciales, nunca los componentes). Y yo me pregunto, de qué sirve que yo evite en mi parcela el uso de esos productos si todas a mi alrededor (todas las que están cultivadas, que la mayoría están abandonadas con xestas de varios metros) son regadas de todo tipo de productos fitosanitarios en cantidades industriales. Insecticidas, fungicidas, herbicidas…todo ello es arrastrado por el agua y acaba contaminando las tierras, incluso de los que no queremos envenenarnos por que la manzana esté libre de irregularidades, y lo que es peor, los acuíferos de los cuales bebemos.
Entiendo que el uso de un producto para un caso en concreto es admisible, igual que yo también tomo una medicina cuando contraigo una enfermedad. Pero la cultura implantada son los tratamientos “preventivos”, que significa echarle todo tipo de productos, en cantidades salvajes, para matar todos los seres vivos a excepción (e incluso a veces también) del árbol en cuestión. La cuestión es que muchas de esas hierbas, hongos e insectos son también necesarias para mantener un equilibrio que permita seguir extrayendo cosechas de forma sostenible y evitando la propagación de plagas (para las cuales habrá que echar aún más pesticidas). Es decir, lo mismo que si cada mañana me bajo a la farmacia y me tomo un poco de cada medicamento, para evitar ponerme enfermo.
Como la gasolina y la leña, los fitosanitarios son terriblemente baratos. Un sobre de un euro de insecticida o fungicida puede contaminar miles de litros de agua, y matar la vida en un área de cientos de metros cuadrados. Esta pérdida de biodiversidad es un mal común, que debe ser compensado vía impuestos que encarezcan estos productos en relación de diez a uno, para que su uso se limite al necesario cuando surja un problema. De esta forma, los agricultores-envenenadores no sacarían del mercado a los productores que evitan el uso (al menos masivo) de estos compuestos, ya que tienen que compensar con mano de obra lo que el envenenador logra con una fumigada.
Por supuesto, también estoy a favor de subir los impuestos al gasóleo agrícola hasta igualarlo con el de automoción, para evitar el exceso de laboreo ¿desde cuándo hay que arar un souto de castiñeiros?
Otra medida, esta más pensada en los campos de la meseta Sur: censar y tasar los pozos para prevenir la sobreexplotación de acuíferos, otro recurso público que está siendo dañado por intereses particulares que, por mucho que sugiera Adam Smith, no conducen al bien común sino a la autodestrucción acelerada del medio.























