La mirada del mendigo

29 septiembre 2014

La factura de la crisis

Filed under: economía — Mendigo @ 22:45

No sé de dónde lo he sacado, pero por si a alguien le puede ser de utilidad.

desigualdad

Básicamente, nos muestra qué clase social ha tenido que pagar la factura de la crisis en cada país.

(para quien ande despistado, el coeficiente de Gini mide la desigualdad de una distribución, en este caso la renta disponible).

Y sí, España es el país con mayor desigualdad de distribución de renta de la UE (y por que no existen estudios sobre la distribución del capital). O expresado en el lenguaje de moda, donde la brecha entre los de arriba y los de abajo es mayor.

19 septiembre 2014

Europa, 2020: una ucronía iluminadora

Filed under: economía — Mendigo @ 12:37

Copio este artículo de Sin Permiso y lo someto a vuestra docta opinión:

Hubo que esperar a 2020 para que el grueso de la población empezara a “ver” qué era el dinero. Durante unos meses –luego de que la “revelación” comenzara a inundar primeras planas, ondas radiofónicas, pantallas televisivas, blogs, tweets y twits en los principales medios de comunicación—, se convirtió en un chascarrillo bobarrón: “2020, ¡al fin una visión perfecta! ¿Cómo pudo ser todo tan borroso durante tanto tiempo?”. Durante miles de años, en efecto.

La mayoría se inclina a pensar que el ajuste óptico empezó con el colapso final de la Eurozona en 2019, un suceso predicho con cierta anticipación. Lo sorprendente es que la revelación se dio con Italia, y no con Grecia, como todo el mundo esperaba. Ello es que la caliente sangre italiana fue la primera en alcanzar el punto de ebullición al calor de la paralizante crueldad de una austeridad duraderamente impuesta: la isla de Sicilia amenazó con la secesión, y estallaron sangrientas revueltas populares en Roma, Nápoles y Milán, primero, y luego por doquiera. El gobierno capituló el 12 de septiembre de 2018, declarando no sólo que se reinstituirían las pensiones –con pagos en “la moneda nacional de Italia—, sino que se incrementarían en un 10%. Luego declaró doce meses de vacaciones fiscales nacionales: los impuestos al ingreso y al valor añadido se suspendieron en tanto durara lo que se convino en llamar la “Transición Nacional”.

Las sombrías previsiones de hiperinflación no llegaron a materializarse. En cambio, la gente volvió a la labor para limpiar la basura y los desechos que habían venido amontonándose durante meses, trabajó a cambio de liras, reconstruyó edificios incendiados y reparó vías de tráfico e infraestructuras públicas sumidas en el abandono durante un año. Sin embargo, lo que cogió por sorpresa a todo el mundo fue la decisión del ministro italiano de hacienda sobre el modo de llevar a cabo la transición del euro a la lira. ¿Por qué cargar con el gasto y las molestias de volver a imprimir liras?, se preguntaban. Los teléfonos móviles habían sido capaces durante cierto tiempo de realizar transacciones con las tarjetas de crédito y de débito. Y por qué no prescindir completamente –se preguntaba el ministro— de la lira en efectivo y, en cambio, emitir para cada ciudadano italiano una “Tarjeta de Liras Digitales” (TLD), que podría cargarse con liras en cualquier cajero automático, para luego ser debitada en cualquier establecimiento de venta mediante un teléfono móvil. ¿Y por qué no?

A las pocas horas del anuncio gubernamental de la Transición, los trabajadores de la “Brigada de Reconstrucción de Emergencia” (creada para remover la basura y los escombros dejados por las revueltas) estaban cobrando sus “cheques salariales” por la vía de insertar unas Tarjetas de Liras Digitales (TLD) de un rojo brillante en los cajeros automáticos: las liras habían sido depositadas “en” los cajeros automáticos mediante pulsaciones realizadas en los teclados de los computadores del ministerio de hacienda. No tardaron las TLD en comprar vino y pan, pasta, aceitunas y bizcochos en los mercados de Nápoles y Roma. Los cafés callejeros reabrieron sus puertas, y hasta el Teatro dell’Opera, que había cerrado las suyas en 2017, volvió a funcionar: para acceder, bastaba pasar una TLD por un lector situado a la entrada del teatro. Y sobre todo: todo el mundo se sentía feliz de haber refutado en la práctica el amargo argumento político con que se había martirizado al país por años. No; Italia no estaba quebrada. Sólo se había salido del euro, y adiós muy buenas.

Pero lo que realmente llamó la atención de todo el mundo fueron las TLD. El servirse de dinero digital empezó a cambiar el modo en que la gente entendía el dinero. No es que fuera algo realmente nuevo; hacía décadas que el grueso de las transacciones se realizaba ya mediante golpes de tecla digitales. Lo nuevo, parece, era la total ausencia de dinero en efectivo. La nueva lira solo existía en forma digital: números en una pantalla. No podías tenerlas en la mano y contarlas una a una. No podías juntarlas en fajos y metértelas en el bolsillo o guardarlas en la cartera o encerrarlas en una caja fuerte. Ni podían caérsete del bolsillo y perderse. Empezó a perder fuelle la idea del dinero como una cosa física que, como cualquier otra cosa física, se asocia a cantidades finitas.

Mas raro aún, todo el mundo empezó a entender claramente de dónde venían las liras digitales, cómo se creaban. Se creaban desde el teclado de una computadora del ministerio de hacienda. Ya no era como si vinieran de un puchero que, de una u otra forma, tuviera que volver a llenarse. Lo cierto es que el ministerio de hacienda producía liras exactamente igual que un generador eléctrico bombea electrones hacia la red eléctrica, desde donde mueven motores e iluminan accesorios luminosos y pantallas de televisión. Los trabajadores de la Brigada de Emergencia pudieron “ver” eso cuando insertaron sus TLD en los cajeros automáticos y observaron aparecer los números en la pequeña pantalla.

Los bancos siguieron prestando como antes, pero también aquí hubo sorpresa: el app del teléfono móvil que permitía a todo el mundo la gestión de sus propias cuentas de TLD revelaba –en formato visual— que, una vez concedido el crédito bancario, el banco NO incrementaba la oferta nacional de dinero (según se había creído durante siglos). Cuando un fabricante de pasta tomaba prestadas 100 liras digitales para comprar harina, la columna derecha de su TLD-app mágicamente se incrementaba por valor de 100 “nuevas” liras digitales; pero la columna izquierda mostraba simultáneamente -100 liras digitales, el monto que tenía que devolver al banco. Sus liras digitales netas (la línea de abajo en su TLD-app) seguían igual: el banco, en efecto, no había “creado” dinero alguno. Eso venía a reforzar su percepción de que las nuevas liras digitales creadas eran las que habían salido de los teclados del ministerio de hacienda. No podrían haberse creado de otro modo. Y una vez eso se hizo diáfano, otra cosa comenzó a impresionar la percepción cotidiana de las gentes: la única forma que tenía el ministerio de hacienda de dar existencia con pulsaciones de teclas a las liras digitales era “gastar” esas liras en algo.

Y gastarlas, las gastaba. Para pasmo de todos, durante el año de la “Transición Nacional” –entre el 12 de septiembre de 2018 y el 12 de septiembre de 2019— el Estado contrató con empresas privadas y con contratistas obras de reconstrucción y reparación por un monto superior a los 60 mil millones de liras digitales. Se expandió el sistema de la educación pública, se planearon escuelas e institutos nuevos para cada comunidad, y la formación de maestros y profesores se convirtió en prioridad nacional. La “Brigada de Reconstrucción de Emergencia” se engrosó rápidamente, hasta llegar a substituir por completo la cobertura pública del desempleo y suministrar un trabajo útil a cada ciudadano italiano parado mayor de 16 años dispuesto a trabajar por un salario. Completada la limpia y reconstrucción del país, la BRE pasó a desarrollar todo tipo de servicios que los alcaldes y poderes locales pudieran considerar de utilidad, sin competir con las empresas privadas locales. Se instituyeron programas de subvenciones con metodología experimental –modelados conforme a los esfuerzos de la Fundación Gates para la erradicación de las enfermedades tropicales— para dotar con dineros de partida a pequeños innovadores en todo tipo de asuntos, concediéndose las subvenciones a través de una evaluación por pares organizada por Internet y de un proceso de votación. Las ciudades costeras comenzaron el largo y arduo proceso de elevar sus históricos diques de piedra de contención marina para hacer frente a las sombrías predicciones climáticas de una crecida del nivel de los océanos. La tasa de desempleo nacional, que había llegado al 40% antes de las revueltas, cayó a menos del 10% en doce meses.

En acelerada caída el desempleo, el mayor debate en el ministerio de hacienda durante el año de la “Transición Nacional” era si podían extenderse, y por cuánto tiempo, las vacaciones fiscales, y qué tipo de estructura fiscal imponer luego. Lo que dio una inesperada vida al debate fue percatarse –de modo tan repentino como cristalino— de que la razón para reintroducir los impuestos NO era que se necesitaran para recaudar liras digitales a fin de poder pagar el gasto público. Pues estaba meridianamente claro que el ministerio de hacienda podía gastar tantas liras digitales como le acomodase, simplemente dándole al teclado. No era necesario recaudarlas antes como impuestos. No; la razón de que el ministerio reintrodujera los impuestos era la necesidad de drenar la circulación de las liras digitales, una necesidad dimanante de la necesidad de controlar la inflación. Aunque no habían hecho todavía su aparición las presiones inflacionarias sobre la lira digital, parecía inevitable que lo hicieran a medida que descendiera más y más el paro, y la economía fuera acercándose a una situación teórica de pleno empleo. El ministerio de hacienda se hizo consciente de la tarea que propia y realmente cumplirían los impuestos: sacar de la circulación una parte de las liras digitales anteriormente gastadas, a fin de impedir que el volumen total de liras en circulación se disparara fuera de control.

Una vez hubo consenso general sobre eso, los términos del debate cambiaron, y pasó a discutirse qué tipo de fiscalidad nacional había que imponer. Si no se recaudaba para cubrir el gasto público, ¿no podría hacerse con otros fines? ¿Por qué no un Impuesto al Ingreso con fones de redistribución de la riqueza? Pero si se acababa de admitir que los impuestos no se recaudan para cubrir el gasto público –si no hay diferencia entre liras recaudadas como impuestos y liras creadas con un teclazo—, entonces ¿cómo habría de redistribuir la riqueza un Impuesto al Ingreso? Los impuestos al ingreso, era evidente, ¡ya no cumplían el menor papel! Análogamente, ¿para qué servía gravar el consumo con un Impuesto al Valor Añadido o IVA? Lo que se quiere, después de todo, es que los consumidores consuman; así que ¿para qué penalizarlos por ello? Lo que se acordó finalmente es un impuesto al carbono. Tenía éste el mérito, sobre todo, de conseguir el objetivo –todos sabían que muy pronto sería un objetivo crítico— de drenar la circulación de liras digitales para controlar la inflación. Pero, en segundo lugar, se conseguía el objetivo de incentivar a empresarios y a consumidores a quemar menos carbono en la producción y en el consumo. Los diques marinos construidos por la BRE podrían no haberse construido tan altos como pudiera llegar a ser necesario.

Había un grupo particularmente insatisfecho con todo esto: los mafiosos que, desesperados, habían empezado a convertir a toda prisa sus negocios a cualquier moneda que no fuera la lira, porque descubrieron de un día para otro que resultaba imposible llenar maletines con efectivo para sus transacciones criminales. Los padrinos estaban furiosos, pero habría sido necio plantear abiertamente sus objeciones. En un descubrimiento conexo, el gobierno halló que un sencillo programa de computador conseguía eliminar virtualmente la inveterada corrupción de las contratas públicas. Resultó que la trayectoria por la economía de cada lira digital emitida podía seguirse indefinidamente con precisión. El programa, conocido como L-Track, podía realizar búsquedas con filtros variables que generaban información instantánea sobre el lugar en que se hallaba la lira en cuestión en cualquier momento dado. Imposible esconder liras, y muy difícil detraerlas sin ser visto.

El mundo estaba expectante, huelga decirlo. Observaba con el mayor interés. Los economistas ortodoxos se devanaban los sesos para entender la “primavera italiana” y se desesperaban tratando de explicar por qué el “déficit” que el Estado italiano “estaba registrando” no parecía ser la “deuda” que siempre fue, y que siempre tenía que “devolverse” a todo el mundo. Este extremo último de la confusión también se acabó, y la “gran iluminación” empezó a abrirse aquí también paso. Los ciegos recuperaron la visión, se abrieron los ventanales, se descorrieron los glaucos visillos y se abrió paso una nueva visión del dinero: cuando aquellos villanos financieros que habían tenido secuestrada a la Eurozona todos esos años de crisis de deuda aumentando los tipos de interés exigidos para comprar bonos griegos, italianos y españoles y negándose a aceptar la menor quita cuando estas desdichadas naciones se esforzaban por pagar intereses; cuando aquellos fariseos compradores de bonos fueron al ministerio de hacienda italiano y anunciaron que ahora sí querían comprar de nuevo bonos italianos, recibieron esta contestación del ministro:

- “¿Bonos? No tenemos bonos para vender. ¿Para qué querríamos venderles bonos a ustedes? No tenemos necesidad de su dinero”.

Y los compradores de bonos repusieron:

- “¡Pero nosotros queremos comprar sus bonos! Necesitamos un lugar en el que aparcar todo este dinero en efectivo, que no sabemos qué hacer con él; un lugar donde depositarlo y que nos rinda intereses. ¡Necesitamos que emitan ustedes bonos para que nosotros podamos comprarlos!”.

A lo que el ministro de hacienda replicó:

“Si ustedes desean gastar su dinero en Italia, vengan y construyan una fábrica, o inventen una nueva manera de convertir la luz solar en electricidad usando nano-partículas, o encarguen una nueva ópera o alguna gran obra de arte… Pero no vengan aquí a comprar nuestros bonos. Ya no estamos en el negocio de aparcarles aquí el dinero y, encima, pagarles por el privilegio.”

Corría el año 2020, y el mundo todo se incorporó y tomó nota.

27 agosto 2014

Capitalismo y pobreza

Filed under: economía — Mendigo @ 12:51

Podemos definir capitalismo como aquel sistema económico que hace prevalecer el capital sobre los otros dos medios de producción, materias primas (Naturaleza) y trabajo (Humanidad).

La publicidad del régimen ha difundido la idea de que capitalismo va asociado a riqueza. Sin embargo, constatamos que países enteros, y amplios sectores de nuestras sociedades occidentales, viven hundidos en la miseria.

A nadie le debería sorprender, pues el capitalismo, cuya base de funcionamiento es la acumulación de capital en cada vez menor número de manos, es asimismo inherente a la pobreza generalizada. Es más, necesita de la pobreza.

Parece un slogan, pero es una consecuencia evidente y necesaria del proceso de acumulación capitalista, la cual intentaré explicar del modo más sencillo que sea capaz.

Vamos a ejemplificar con la forma más básica de capital: la tierra.

Imaginemos un pueblo, que pondremos de nombre por ejemplo Grândola, con 10 habitantes los cuales poseen la misma extensión de tierra de labor. En esta sociedad igualitaria, introducimos un desequilibrio en la propiedad de la tierra. Una nueva vecina, de nombre Cayetana, se hace con el control de la mitad de las tierras. Matemáticamente, porque las tierras del pueblo son una cantidad determinada, esto implica que el resto de vecinos se tendrán que apañar con menos tierra. Efectivamente, cada vecino pasa de tener el 10% de las tierras, a tener sólo el 5%.

Es palmariamente evidente que la concentración de la propiedad ha provocado el empobrecimiento de la mayoría. Si alguien acumula más tierra de la que es capaz de trabajar, implica que el resto tendrán que acomodarse en menos extensión.

Pero recordemos que estamos hablando de una forma de capital, y el capital se reproduce, da beneficios. En este caso, la tierra da cosechas. Cayetana, que posee 10 veces más tierra que cualquiera de sus vecinos, en buena lógica tendrá 10 veces más cosecha (de hecho tendrá más, por economías de escala, acudir al mercado con mano fuerte…). Si consideramos que el 5% de tierra es lo que necesita cada vecino para subsistir, la afortunada Cayetana podrá cubrir sus necesidades con esa unidad de cosecha, y las otras nueve acumularlas en forma de capital.

¿Qué puede hacer con esos 9 excendentes de producción, más los 9 del año siguiente, y del otro, y del otro? Bien, es evidente, continuará el proceso de concentración del capital. Adquiriendo directamente más tierras al resto de los vecinos, aumentando la productividad de la que tiene por medio de inversiones o por medios tan sencillos como pagarse matones o togados que le consigan por la violencia de las leyes o las armas el resto de las tierras que no controla.

Ahora observemos el proceso de concentración de la propiedad desde el punto de vista de los vecinos. Con el 5% de la propiedad no tienen margen para acumular un remanente para hacer frente a inversiones o imprevistos, viven acosados en el límite de la subsistencia, desplazados del mercado por la creciente eficiencia de la explotación de Cayetana y cualquier empujón los hace caer en la insolvencia.

Dándole más soga al ahorcado, Cayetana se ofrece a emplear su excedente en proveerles de crédito. Para pasar el mal bache. Es de esta forma que el resto de propiedades de los vecinos van pasando inexorable y legalísimamente a manos de Cayetana (que a estas alturas ya quiere que la llamen señora duquesa).

El sistema conduce, está concebido para que tal sea el resultado, sin embargo el discurso oficial cierra el encuadre a cada individuo, culpabilizándolo de no haber sido capaz de devolver la deuda contraída, en vez de analizar las circunstancias concomitantes que abocan a la masa campesina a la esclavitud por deudas (recurrente a lo largo de la historia, desde el tardoimperio a la PAH).

Así pues, tenemos un vecino que, acuciado por las deudas, ha tenido que vender un 2% de tierra. Por supuesto, al único comprador que existe, que hunde convenientemente los precios: Cayetana. Le queda un 3%, del 10% original y por debajo del 5% de subsistencia. Para no morir de hambre ¿qué debe hacer? Emplearse como jornalero en la hacienda de Cayetana. Trabajar una tierra que ya no le pertenece. Quizá el azar le haga arar la misma tierra que tuvo que vender, o ceder al ejecutarse la garantía del préstamo. El trabajo será el mismo, quizá abriendo surco sobre el mismo surco que abrió el año pasado; pero ya no tendrá derecho a quedarse con la cosecha. Lo que recibirá será una parte menor, y la diferencia (plusvalor o beneficio) será de Cayetana.

Si seguimos operando este sistema, es evidente a dónde conduce. ¿Podéis haceros una imagen de cómo será el pueblo de Grândola tras n ciclos de la rueda económica? Evidentemente: Cayetana lo posee TODO, y el resto de vecinos no posee NADA. Para sobrevivir, han de trabajar sus antiguas tierras en provecho de Cayetana, la cual sigue acumulando capital y por lo tanto aumentando la brecha social que la separa de los que ahora son sus jornaleros, siervos, vasallos o esclavos, elíjase el nombre de la condición jurídica según la época en que se desarrolle este cuento distópico (utópico para Cayetana y su clase social).

Ahora quiero centrarnos en un aspecto del cuento. Cayetana es cada vez más rica, y el resto de vecinos más pobres. Pero es que Cayetana necesita que el resto de vecinos sean pobres.

Cuando Cayetana entra en el pueblo con su mesnada de soldados y se hace con el 50% de las tierras, ella no puede cultivarlas (ni quiere, por supuesto). Necesita que haya vecinos que tengan menos tierra de la que pueden cultivar (y luego, de la que necesitan para subsistir). Necesita generar un exceso de capacidad de trabajo, para poder arrendarlo. En otras palabras, necesita crear pobreza y desempleo.

Si no ¿quién iba a segar su trigo? ¿quién iba a lavarle los platos, a hacerle la cama, a conducir su coche? En el mismo proceso de acumulación de capital, al desplazar a la gente de sus tierras, genera la mano de obra que necesitará para trabajar esas tierras ocupadas.

La misma idea, expuesta en un enunciado negativo: si no se hiciera con las tierras de sus vecinos, no tendría evidentemente esas tierras sobre las que montar su hacienda, es que simultáneamente no tendría mano de obra disponible para trabajar esa tierra que no poseería, ni tampoco tendría excedentes para pagar quien la trabajara.

Lo mismo reza para formas más evolucionadas de capital como la propiedad fabril (mas en este caso no siempre es un proceso de suma cero, por eso comencé el ejemplo con la tierra, mucho más evidente). Millones de campesinos y artesanos arruinados por la tecnificación asociada a la revolución industrial engrosaron los ejércitos que demandaban las fábricas de los mismos patronos que los habían abocado a tal situación. Sin esa masa de desposeídos ¿cómo habrían funcionado las hilaturas, los altos hornos, los talleres de calderería que elevaron a las naciones industrializadas y la clase que las poseía por encima del resto del orbe?

La burguesía, la aristocracia económica, necesita de pobres para ser servida; y esos pobres son creados por el mismo proceso de acumulación capitalista que crea la burguesía, igual que es el sol quien crea la luz, pero también las sombras. Y al fin y al cabo ¿cómo puede darse la idea de riqueza sin la de pobreza, cómo puede haber señores si no hay quiénes les sirvan?

Riqueza y pobreza, señorío y servidumbre son tan inseparables como el día y la noche, el haz y el envés de las hojas, gozo y tormento en el corazón del enamorado.

9 mayo 2014

Cave domini canem

Filed under: concurso,economía,Música — Mendigo @ 0:38

Llevo un tiempo en que apenas paro por casa, así que me disculparéis por no poder ni siquiera escribir unas líneas. Ahora hago un alto para extender mi advertencia de la entrada pasada: mucho ojito con lo que os intentan colar en el banco.

Si un banco español necesita capital, puede:

a) acudir a los mercados internacionales, que le piden un 6,37% de interés para cubrir el riesgo que tiene asociado (y da gracias, hace un año directamente no le quería prestar nadie). Eso, el Santander, que chiringuitos como el Popular o el Sabadell siguen siendo considerados como apestados en los mercados de capitales. Es que lo son.

b) captar depósitos entre sus clientes. Sin embargo, el BdE ha puesto en suspenso la libre competencia y ha fijado unos topes máximos en la remuneración de los depósitos. Por lo tanto, si le prestas tu dinero al banco, con suerte lograrás un poco más del 1%.

En otras palabras, nos obligan a financiar a una banca quebrada, y además hacerlo a bajo coste. El pasivo barato por decretazo es otro rescate, que se viene a sumar al resto de los actuaciones con las que se intenta salvar a la banca con dinero público, hundiendo para ello al resto de la economía, al Estado y a toda la sociedad: deuda avalada por el Estado, créditos fiscales avalados por el Estado que cuentan como capital, SAREB para limpiar balances con cargo a las arcas públicas, los famosos 100.000 millones que Europa presta al Reino de España para que recapitalicemos la banca, cajas vendidas por 1€ después de sanearlas con miles de millones de dinero público y blindar sus beneficios con un esquema de protección de activos…

Pero es que la banca aún tiene una opción c) para conseguir dinero, aún más rentable que recabarlo de sus clientes al 1% y mucho más que acudir al mercado y pagar el 6%. Chupar de la teta de papá-Supraestado: efectivamente, el BCE mantiene abierta la barra libre de liquidez (un night-club sólo para banqueros, la economía productiva sigue con el grifo del crédito cerrado) a un tipo del 0,25%. Y se trata de una barra libre ilimitada, por la necesidad de capital cualquiera que esta sea.

En estas circunstancias, no es de extrañar que muchas entidades ni siquiera se acerquen a los máximos impuestos por el BdE en sus depósitos. Para qué, ya están ahítos.

Y aquí viene la trampa, y donde quiero que pongáis atención. Como las rentabilidades de las IPF son tan miserables que ni siquiera sirven para cubrir la inflación (la real, la percibida, el IPC lo dejamos junto a Caperucita y Los Tres Cerditos), la gente es más propicia a moverse a otros productos de inversión que prometan mayor rentabilidad. ¿Y quiénes son? Pues fundamentalmente son gente mayor, los que al final de su vida laboral han conseguido hacerse con un más o menos modesto capital.

Tales fueron las víctimas principales de la masacre de las preferentes y subordinadas, y ahora les vuelven a atacar con planes de pensiones, fondos de inversión variopintos (como el de renta fija que me ofrecieron, referenciados a un índice, a un sector…), depósitos estructurados, seguros de ahorro, unit-links, cocos…y demás historias. Mi encarecido consejo: manteneos lejos de toda esa mierda. Como las tragaperras del casino, están llenas de lucecitas y colorines, pero dentro tienen una fría maquinaria ideada por profesionales para desplumaros. No seas idiota: no vas a ganarle a la banca. Si te aconseja un fondo que invierte en X, es que el banco sabe que existe una probabilidad mayor de que X fracase que el suceso contrario, y por lo tanto podrá justificar esa merma en tu patrimonio argumentando “quién iba a decir que X iba a quebrar, pero no es nuestra culpa…”.

Ellos saben mucho más que tú de inversión. No apuestes contra la banca. Las cartas están marcadas. Y si consideras que lo que te da el banco por tu dinero es una mierda, que lo es, sácalo y llévatelo a casa. Por menos del 1% no compensa asumir el riesgo de que cruja la banca y caer en un corralito (no, no te vayas a Argentina, tenemos el ejemplo de Chipre mucho más próximo en el espacio y el tiempo).

La banca quiere tu dinero como otros parásitos viven de la sangre del huésped, pero robártelo mientras esté en un depósito a plazo fijo es muy difícil. Saben que como haya una quita a los depósitos (para salvar por enésima vez a la banca) se puede liar parda, la gente tiene muy claro que ese dinero es sagrado. Por ello, tratan de conducir a la gente (como dijimos, principalmente gente mayor, los de mi generación tenemos un patrimonio por lo general, colosalmente negativo) fuera de la seguridad del redil de los depósitos. Para, de esta forma, poderlos desplumar sin que rechisten. Asumirán la pérdida como una jugarreta del destino, o una falta propia, al no entender la mecánica interna de la ruleta y las leyes de probabilidad que rigen su funcionamiento y determinan su resultado. En vez de salir a la calle armados de cacerolas o de algo más ofensivo, se quedarán en sus casas avergonzados, mortificándose por un error que asumen como propio, cuando en realidad fueron conducidos hasta el borde del desfiladero y empujados por ese señor tan simpático del banco.

Esta es la situación:
– En un caso, si resistes la tentación que te ofrecen (como todo timo, los vendesartenes intentan excitar la codicia del pardillo) e insistes en una IPF, sabes que estás financiando a la banca, casi gratis (en términos nominales; en términos reales, descontada la inflación, le estás prestando tu dinero completamente gratis).
– Y si dejas que te engatusen con fondos y demás marranadas, estarás exponiéndote no sólo a prestarles de balde tu dinero, sino además a ver cómo cuando lo quieras retirar, le falta un buen bocado.

Es importante que seas consciente de su voracidad, como te defenderías del mordisco de una vívora. La banca española aún no ha cerrado el boquete en su balance que le dejó la explosión de la burbuja (de hecho, cada vez es más grande, se le adjudican más viviendas de las que consiguen colocar en el mercado, y el precio del m² continua bajando inexorablemente). El dinero público no es suficiente para restañar la brecha y ahora van a saco a por tu dinero. Directamente.

Estás avisado. Mucho cuidado cuando entres en una sucursal bancaria: echa mano a tu cartera o lo puedes lamentar el resto de tus días.

NO firmes nada que no hayas leído.
NO contrates nada que no hayas pedido.
NO inviertas en nada que no entiendas.
NO te dejes asesorar por alguien que cobra precisamente para engañarte

Y, por último, insisto:
NO permitáis que personas vulnerables de vuestro entorno, como ancianos, jóvenes o personas sin una mínima cultura financiera acudan sin compañía a una sucursal.

De haber seguido estos sencillos consejos, decenas de miles de familias españolas no se habrían arruinado estos últimos años con los sellos, las participaciones preferentes y deuda subordinada de las cajas quebradas, las acciones de Bankia, las cuotas participativas de la CAM, el fondo Optimal Estrategical (vaya nombre, eh?) que comercializaba Santander y que resultó ser parte del timo del tito Madoff… et caetera.

COMENTARIO: Notad que yo mismo he entrado inconscientemente en su juego al emplear la forma impersonal reflexiva “se habrían arruinado”. Como si hablase de un fenómeno meteorológico. Pero conocemos el complemento agente ¿por qué omitirlo? No se han arruinado: han sido desplumados, estafados, engañados, robados, truhaneados…por individuos muy concretos, que actuaban siguiendo indicaciones de otras personas también perfectamente identificadas y con la connivencia de unos terceros de los que también sabemos nombres y apellidos que teniendo el poder y el mandato de evitarlo, no lo hicieron o incluso lo facilitaron.

Hay víctimas, y hay culpables. Lo que no hay es justicia.

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Venga, vamos a animar un poco esto, que estoy hasta el nabo de cuestiones serias, sesudas y enjundiosas.

A ver quién acierta primero el nombre y título de este personaje:

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Y para ponerle algo de color a la entrada, un pedazo de mi juventud que me encontré el otro día perdido en mp3; de cuando huía a la menor oportunidad del pueblerino Madriz, gomina y castellanos, para salir por el efervescente Vigo de los ’90.

Silvia, la cantante, es una preciosidad viguesa que narcotizaba a los críos (también presentaba un programa infantil en Telegaita) con su físico y ademanes de estrella del porno.

Aunque puede que os suene más este homenaje al género gore (sonaba en un anuncio de cierto infecto mejunje carbonatado…no, ese no, el otro).

19 abril 2014

La nueva engañifa de los vendesartenes

Filed under: economía — Mendigo @ 15:47

Me figuro cuál es el proceso de selección de personal que emplean los bancos. Encierran a los aspirantes en una habitación con una cartera llena de billetes encima de una mesa y apagan las luces. Las vuelven a encender y cachean a los postulantes, y al que haya sido más rápido y hábil en hacerse con la cartera antes que los demás, es contratado.

Esto viene a cuento porque hace poco tuve que pasarme por una sucursal del Sabadell en la que me vencía un depósito. He de confesar que lo aplacé todo lo que pude, porque me da aprensión y absoluta desgana tener que tratar con esos mierdecillas de aspecto pulcro y conducta abyecta.

En el Mendigo sección Servicio Público, ya hemos alertado de las preferentes y sus consecuencias, así como de nuevas triquiñuelas para que los charlatanes de oficina endosen la basura que no pueden colar en los mercados internacionales a los inversores mayoristas, a sus clientes menos avisados. Amén de otras conductas propias de su ramplona condición moral.

En esta ocasión, quiero preveniros del nuevo y legal fraude con el que los bancos pretenden parchear su balance con el dinero sisado a sus clientes. Como digo, esto me lo ofreció una zampabollos pintarrajeada del Sabadell, pero como las organizaciones mafiosas se copian sus métodos de extorsión, no me extrañaría que similar mierda fuera también colocada por otros bancos y sucursales.

Yo acudía a anular la renovación automática del depósito, porque ya sabía que no tenían nada interesante que ofrecerme y quería irme con mi dinero a otra parte. Después de reconocer de soslayo que su oferta de depósitos era birriosa y risible, me ofreció dos ¿¡¿alternativas?!? a una IPF. Uno era un depósito estructurado, un engañabobos cuyo principio de funcionamiento se puede resumir en la siguiente ley: cara, gano yo; cruz, pierdes tú.

Mi cara de asco debió ser lo suficientemente elocuente porque no volvió a mencionar el tema, y pasó inmediatamente a la opción b) que me proponía: un fondo de renta fija. Mi faz debió mudar súbitamente del asco a la de estupefacción, que la mastuerza debió malinterpretar como interés, porque empezó a desgranar de forma entusiasta las chorradas que le habían enseñado.

Cuando me recuperé de mi asombro al contemplar el camión de estiércol que me estaban intentando hacer tragar, empecé a disfrutar de la situación y a darle cuerda para que ella misma se ahorcase. Su expresión medida de arrogante confianza con la que esta inepta comercial pretendía ganarme; las extemporáneas respuestas que daba a mis preguntas, que demostraban que me hallaba delante de una completa analfabeta económica cuyo conocimiento de los mercados no iba más allá de los folletos internos llenos de palabras rimbombantes (sarta de chorradas) con los que la entidad alecciona a sus vendedores de crecepelos infalibles. Así como el hábito no hace al monje, trajearse no convierte a una palurda cuarentona especialista en repasar catálogos de bolsos en una sofisticada trader.

El momento cumbre fue cuando me mostró en qué estaba invertido concretamente ese fondo de renta fija, giró el monitor y me mostró orgullosa su contenido: ¡¡¡deuda pública a medio plazo española e italiana!!! ¡¡¡¡Vade retro!!!!. Como si del monitor hubiera emergido la imagen de Satanás, me aferré a mi asiento y debí recular unos centímetros, acongojado por semejante horror. De ser creyente, me hubiera persignado y escapado corriendo.

Ahora creo que es el momento de hacer algunos comentarios, para que el lector que no esté familiarizado con estos temas comprenda el alcance del estupendo negocio que me ofrecían en esa cueva de rufianes decorada con ese estilo corporativo (está todo estudiado para ofrecer un impresión de solidez y confianza, un artificio comercial para crear en el cliente una percepción no racional que se diluiría como azucarillo en el café caliente si el cliente repasase las cuentas de la entidad a la que confía su capital) y juzgue por sí mismo.

Por cierto, el nombre correcto para el dinero que tenemos en el banco es capital, no ahorros, ni siquiera dinero, no nos llamemos a engaños.

Lo primero, la renta fija. El mercado de renta fija se distingue del de renta variable (llamado coloquialmente la bolsa) en que en él no se venden títulos de propiedad (acciones) sino títulos de deuda (bonos, letras, obligaciones…) de entidades públicas (Estados, CCAA, empresas públicas e incluso algún gran ayuntamiento) o privadas (por ejemplo, un bono de Telefónica), así como híbridos entre deuda y capital como las participaciones preferentes.

Creo que hay un malentendido generalizado con su nombre. Que se llame renta fija no quiere decir ni muchísimo menos que las cotizaciones sean fijas, sino que el rédito de esa deuda está predeterminado (es decir, una empresa puede repartir o no dividendos, en la cuantía que considere oportuno, pero está obligada al servicio de la deuda en la cuantía prometida en el momento de la emisión…o declararse en quiebra).

Cierto es que normalmente los mercados de renta fija eran bastante aburridos y monótonos, pero en los últimos años el panorama ha cambiado por completo, recordad no hace tanto cómo la deuda española y la dichosa prima de riesgo abrían página en los telediarios.

Así que, primer concepto que debe quedar claro, el mercado de renta fija es como cualquier otro mercado de capitales, los precios de los activos fluctúan y en él se puede ganar dinero…o se puede perderlo. No es necesariamente malo, pero desde luego un fondo de renta fija no es un sustituto a un depósito ni adecuado para un público general.

Ahora vamos a analizar esta inversión en concreto, con las pobres herramientas que nos da el sentido común, para tratar de paliar nuestra ignorancia (desde luego, la mía) en esta clase de mercados altamente especializados.

¿Es un buen activo la renta fija periférica, en concreto la italiana y la española? La lógica nos dicta que el valor de las cosas es inversamente proporcional a su abundancia. Los diamantes son valiosos en cuanto muy escasos en la naturaleza, y precisamente si algo le sobra al mundo hoy en día (además de idiotas y truhanes) es precisamente deuda. La incapacidad del capitalismo de generar más crecimiento productivo se soslaya con la impresión de papelitos, postergando el inevitable final: reconocer que no hay suficiente riqueza en el mundo, ni en 10 planetas, que respalde todo el dinero en circulación. En concreto, la deuda pública española se ha duplicado en cuatro años de crisis y amenaza con traspasar las barreras psicológicas del 100% del PIB y del billón de euros en este ejercicio.

Sobre la deuda italiana, es aún mayor que la española tanto en términos relativos (120% del PIB) como absolutos. Si bien su déficit está mucho más controlado, se trata de un país con una posición competitiva aún peor que la española, en el cual el crecimiento ni está ni se le espera. Realmente, Italia ofrece el espectáculo de un Estado en descomposición, y la fuga de su joya de la corona industrial, FIAT (que tendrá sede legal en Holanda y sede fiscal en UK) supone la puntilla.

Antes de prestar dinero es evidente que debemos plantearnos la capacidad del prestatario para devolverla, y en este caso estamos comprando deuda de dos países con graves problemas en su misma estructura de Estado, que hasta hace nada tenían gravísimos problemas para financiarse hasta que el BCE les echó un capote.

De hecho, la posibilidad de que España (o Italia) paguen su deuda es nula. La deuda española es impagable, y postergar el momento de la reestructuración lo único que va a provocar es más dolor, y que ésta sea más severa, como hemos visto en el caso griego. Hagamos cuentas, si volviéramos a los felices tiempos del 2007, con las cuentas públicas con superávit primario, tardaríamos 46,3 años en repagarla. Con el panorama actual, con el Estado varado en un déficit estructural que se retroalimenta (cuanta más austeridad se aplica para cerrar la brecha, más se deprime la economía y hace más difícil hacer frente a esa deuda) la ilusión de poder pagarla algún día se antoja un cuento de hadas. ¿Cómo vamos a poder pagar el principal, si ni siquiera podemos hacer frente al pago de intereses y tenemos que generar nueva deuda para pagarlos?

Pero esto no significa necesariamente que se vaya a perder dinero si prestamos a alguien en apuros. De hecho, los bancos se aprovecharon de las dificultades de los Estados y subieron los tipos al que le prestaban dinero a los Estados (curiosa forma de agradecerle el favor a quien te acaba de rescatar). En el aciago verano del 2012 los bancos cobraban el 8% por prestarle dinero a los gobiernos español o italiano (o un 34% por prestarle al Estado griego). Luego entró en acción Draghi con su “believe me, it will be enough“, sus programas LTRO (es decir, dinero casi gratis a los bancos) y la amenaza de activar el OMT (compra de deuda pública en el secundario) y los tipos se desinflaron, haciendo ganar de paso mucho dinerito a la banca que habían llenado sus balances de deuda pública comprada en esas horas turbulentas. Si miráis las cuentas del 2013 de la banca nacional, es precisamente la venta de estos títulos lo que está salvando sus resultados.

Aquí tengo que explicar otro concepto básico: la cotización de un título de deuda es inversamente proporcional al interés ofrecido en ese momento. Es decir, si tú tienes un bono por el cual el Estado español se compromete a pagarte un 6%, y hoy emite nueva deuda a un 1%, si lo vendes en el mercado secundario exigirás al comprador una prima del 5% sobre el valor nominal. En otras palabras, si el interés al que se endeuda un Estado sube, la cotización de su deuda emitida baja, y viceversa.

El caso es que la banca compró deuda periférica en el 2012 cuando estaba muy barata (tipos altos), y ahora que los precios están por las nubes (intereses por los suelos) quiere desprenderse de ella realizando suculentos beneficios. Pero para ello tiene que encontrar un tonto útil que se la compre, y como en el caso de las preferentes, subordinadas, pagarés…han decidido que ese mirlo blanco al cual desplumar seas tú, o alguien de tu familia.

Desde luego, colectivamente, es estupendo que los mercados de deuda se hayan apaciguado y el Estado pueda financiarse a precios razonables. Ahora bien, con un Estado con un billón de euros de deuda y que la aumenta a razón de 70.000 millones cada año, ni loco me acerco yo a esos activos. Y mucho menos acepto el riesgo de hacerlo por un 0,56% (interés de la última subasta de letras a 12 meses).

Realmente, es estúpido entrar un fondo de inversión que va a comprar deuda pública, porque para eso lo puedes hacer tú mismo desde la página del Tesoro (me figuro que su equivalente italiano será similar) y te ahorras las comisiones de gestión del fondo (que no son pecata minuta). Pero es que, además, para es del género idiota complicarse la vida comprando deuda al 0,56% cuando encuentras sin dificultad depósitos a un año que triplican esa tasa.

Si aún no te he convencido de que este negocio es tan prometedor como instalar un puesto de helados en Groenlandia, deja que te recuerde una cosa. Estamos en una situación anormal de los mercados de deuda fija, en la que la intervención de los bancos centrales están rebajando artificialmente las rentabilidades (para alivio de nuestra economía). En otras palabras, existe una burbuja descomunal en los mercados de renta fija, derivada a que son los propios bancos centrales (cuyo poder de compra es ilimitado, pues son quienes imprimen el dinero) los que entran en tromba y compran esa deuda, desplazando a los demás jugadores (que se van a otros mercados buscando más interés y creando otras burbujas, como en la renta variable o los fondos de inversión inmobiliaria).

En otras palabras ¿Qué pasa si compras deuda periférica a precios de burbuja? Pues lo mismo que si compraste un apartamentito en un pútrido litoral urbanizado para especular en el año 2007: dolor. Si vuelven las turbulencias y el BCE no puede (o no quiere, empezando por el Constitucional alemán) calmar las aguas, las cotizaciones de la deuda se desplomarán (es decir, los intereses a los que nos financiamos subirán, recuerda la relación inversa) y quien haya invertido en dicho fondo palmará una buena cantidad de pasta.

No tiene por qué pasar, de hecho no tengo ni puta idea de qué va a pasar, pero es evidente que el riesgo está ahí. De hecho, lo que me parece del género aberrante es que España o Italia estén financiándose más barato que la mayor economía del mundo (que, con todos sus problemas, crece al 3% y crea empleo). Nos viene de puta madre, desde luego, pero esto no tiene lógica ninguna. En cuanto la situación recupere un poco la racionalidad y la realidad nos vuelva a poner en nuestro sitio, podemos volver a pasarlas muy canutas.

Rentabilidad del bono español a 5 años:

Pero no nos pongamos derrotistas. En la bolsa se puede ganar y se puede perder. Ya hemos visto que podemos perder hasta la camisa. ¿Qué podemos ganar? Pues sinceramente, con la deuda periférica batiendo marcas históricas de baja rentabilidad (más bajas que antes de la crisis) y emitiendo más barato que países con la AAA de las agencias de rating…mucho más no creo que podamos pedir. Recuerda, si compras una Letra del Tesoro al 0,56% y dentro de un mes los tipos han bajado al 0,51%, podrás venderla obteniendo un rendimiento extra del 0,05%. Pero mucho más allá no va a ir, aunque sólo sea porque el límite inferior está en el 0% (no sé si alguna vez algún país se ha financiado a tipos nominales relativos, Alemania en el 2012 sí, pero a tipos reales, descontada inflación). Eso sí, no existe límite superior, a un país que muestre dificultades para hacer frente a su deuda los mercados le pueden exigir tipos desorbitados (Grecia, Argentina…) que les resarzan del riesgo de una quita. Y, eventualmente, si la quita fuera del 100% (borrón y cuenta nueva), nuestros papelitos valdrían menos que el papel higiénico. Exactamente cero. Es a lo que nos arriesgamos comprando renta fija: si la empresa o Estado emisor quiebra, nos exponemos a perder toda la inversión. Exactamente como el caso de las preferentes. Claro, quién podría imaginarse que entidades con más de un siglo a cuestas pudieran arruinarse…pues ocurrió, y este baile aún no se ha acabado.

Este es la perspectiva de invertir en la cumbre de una burbuja: no se puede racionalmente esperar grandes beneficios ulteriores. Ahora bien, si bajas la mirada y ves la altura alcanzada…cualquier resbalón en la situación económica te puede hacer despeñar hasta los profundos infiernos. Y esta clase de producto tóxico es lo que el Banc Sabadell está ofreciendo a sus clientes que se interesan por una IPF (Imposición a Plazo Fijo, vamos, un depósito de toda la vida). Si la selección de activos parece un muladar (lo peor de lo peor, en el binomio rentabilidad/riesgo), el timing es simplemente demencial.

Hasta ahora, he tratado de explicar por qué la idea de invertir en un fondo de renta fija, en este momento, y expuesto a deuda periférica, me parece el colmo de los despropósitos. Me cuesta encontrar una inversión más idiota que me sirva de ejemplo, no sé, quizá abrir un restaurante vegetariano en una isla habitada por antropófagos. Montar una tienda de radiadores en Gabón o una librería al lado de un campo de fútbol.

Por supuesto, es sólo una opción. Para quien tiene un conocimiento profundo de mercados de capitales, aquellos profesionales que saben en lo que se meten, es una opción de inversión más. Ahora bien, si tienes la misma idea de economía que yo, o aún menos, te recomiendo que te mantengas alejado de la renta fija e historias semejantes, y procures difundir entre tus familiares y conocidos la alarma de este nuevo anzuelo con que la banca pretende pescarnos (como todo timo, se despluma al incauto con el señuelo de la rentabilidad que estimule su codicia…que le acaba perdiendo; el mecanismo no es distinto al timo de las estampitas).

Por regla general: sólo invierte en aquello que comprendes. Si no entiendes completamente lo que estás firmando, es que ese producto no es para ti.

Y, de nuevo, recomiendo que no dejéis ir a personas mayores o, en general, personas influenciables y con pocos conocimientos de economía, a una sucursal bancaria sin ir acompañados. Unas palabras amables, un gesto tan inocente como una firma, y pueden perder de un plumazo lo que les costó toda una vida de trabajos ganar. Así de miserables y malnacidos son los empleados de banca, que se disfrazan de tu amigo para mejor engañarte; tomad ejemplo de la historia sobre preferentes que os conté hace un tiempo y procurad sortear el campo minado que la banca nos tiende para desplumarnos.

Existen los que viven del capital, es decir, del trabajo de los demás. Existe la clase social de los que arriendan su fuerza de trabajo a los anteriores para sobrevivir. Una subclase de los anteriores son los que venden (prostituyen) su inteligencia y formación, que en grosso modo constituyen la clase media. Pero aún queda otra clase, los que desprovistos de natural inteligencia, pero demasiado holgazanes para trabajar la tierra y demasiado cobardes para trepar por un andamio, ponen en venta su conciencia para la perpetuación del capital y su desarrollo. En esta clase entran los violentos al servicio del Estado, militares y diferentes policías, los sacerdotes de las diferentes religiones (antes, quien no servía para estudiar pero no quería trabajar, o se metía a cura o a Guardia Civil, ahora los seminarios están vacíos pero los cuarteles siguen siendo la aspiración de muchos jóvenes). Y también hemos de incluir en esta categoría a periodistas y empleados de banca, individuos sin honor que malvenden su conciencia por un plato de lentejas (bueno, o dos, que el poder paga bien a quien necesita).

Creo, quiero creer que si a una pescantina su jefe le dice que venda una partida de marisco, a sabiendas de que está en mal estado y puede provocar una intoxicación, ésta se resistiría a engañar a sus vecinos y caer en el oprobio público. En general, la gente tiene un poso de honradez que se rebela ante acciones evidentemente inicuas. ¿Qué tiene, por ejemplo, una pescadera que no tiene una pija vendesartenes? Vergüenza. Vergüenza de pasear con sus hijos por el barrio sabiendo que ha engañado a sus vecinos. Y ésta viene de un sentimiento de pertenencia a la sociedad, de comunidad.

O imaginemos un electricista, que te hace un apaño en la instalación a sabiendas de que eso sólo se tendrá en pie unos meses, y luego amenaza con provocar un cortocircuito y eventualmente un incendio de consecuencias catastróficas (como catastrófico fue tener tu dinero invertido en preferentes). Un tal electricista sería considerado más que como un ladrón (por hacer mal su trabajo y cobrarlo) como un criminal, que expone a su cliente a la desgracia. Imaginad el daño que podría causar un mecánico de coches si se condujera con la misma moralidad que un empleado de banca: su jefe le pide que te monte una rótula de dirección reutilizada de otro coche, o si no le despide. ¿Dilema moral? No para una persona decente. Realmente, yo no he conocido jamás a una pescadera, a un electricista, a un mecánico, oficios humildes, que, excusándose en que “yo hacía mi trabajo” o “recibía órdenes” pusiera en peligro al cliente que acude y deposita en él su confianza.

Por el contrario, los gusanos de las sucursales son engordados con la ideología de las élites, por las cuales ellos están por encima de convencionalismos como la ética y el honor, obstáculos o taras propios de las clases bajas que les impiden triunfar. Se les hace creer que están por encima del bien y del mal, pero no dejan de ser empleados, trabajadores, que tienen que convivir en la misma escalera, cruzarse por la calle, llevar a sus hijos al mismo colegio que las víctimas de sus engaños. Pierden la cara, pero no obtienen el beneficio de su fechoría, les basta con conservar su puesto y, a lo sumo, aspirar a un plus de productividad. Porque saben que, como en el caso de los periodistas, los honrados acaban haciendo cola en las puertas del INEM, así que se aprestan a ver quién es más canalla.

Los empleados de banca no pertenecen ni a una clase ni a la otra, y son despreciados por todas. Un desprecio que se han ganado a pulso con sus actos. La cuestión es que si notas que alguien te mete la mano en la cartera, puedes revolverte contra el ladrón, mientras que yo tuve que aguantar la compostura delante de la zarrapastrosa que de forma tan ruín y taimada me tendía la celada, cuando lo que se merecía era ser abofeteada o escupida en la cara por ratera.

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Edito: Esta vez me he adelantado varios meses a GurusBlog (ellos fueron de los primeros en alertar del fraude de las preferentes).

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