
El puritanismo, una de las esquinas de la aberración judeocristiana, gana terreno haciéndole la competencia en pudibunda estupidez a la otra gran herejía de la maldita religión hebráica, el islam.
El odio (miedo) a la mujer está en la base genética de la religión de Abraham, pues ha pasado inalterada a todas sus ramas:
Un propagandista de la misoginia recibe el Premio Juan Pablo II de la Comunicación
El odio a la mujer de las religiones abrahámicas sólo es comparable con su odio a la homosexualidad:
Obispo de Alcalá de Henares: “Os aseguro que se encuentran en el infierno”.
Si lo asegura, debe ser que frecuenta ese local.
En Europa hemos puesto a los chamanes en su lugar, lo nuestro nos ha costado, aunque periódicamente traten de salirse de él y meterse en las braguetas ajenas. En otras partes del mundo, desgraciadamente, aún no se han atrevido y los sacerdotes del odio profieren amenazas de muerte contra todo aquel que no se someta a su superstición.
Amenazas de muerte por defender la libertad sexual en Marruecos
Una fetua de un predicador apunta a un periodista por apoyar las relaciones extramatrimoniales
En sociedades aún más atrasadas, estas sentencias se cumplen:
La violencia contra la mujer afgana continúa tras 10 años de ‘liberación’
El asesinato en público de una joven acusada de adúltera saca a la luz la indefensión femenina
En el islam, como en el cristianismo, todos estos crímenes son cometidos “por respeto a la mujer”. Estas religiones argumentan como respeto un profundo odio a la femineidad, a la que consideran impura según atávicas supersticiones (el ciclo menstrual, que coincide con los ciclos lunares, es en buena parte de las religiones motivo de impureza).
El dogma religioso, implantado no por la fuerza de la razón, sino por la costumbre, sirve de justificación para los más viles crímenes, agresiones y abusos.
“En el islam los golpes son una práctica tolerable”
La Fiscalía se querella contra el imán de Terrassa por incitar a la violencia contra la mujer en sus sermones que fueron grabados por la Policía
Una menor marroquí se suicida tras ser obligada a casarse con su violador
La joven, de 16 años, fue violada hace un año. A pesar de que hubo una denuncia, las dos familias arreglaron el matrimonio.
Un juez marroquí obliga a una niña de 14 años a casarse con su violador
La familia de la víctima denuncia presiones de la Fiscalía
¿Una niña de 14 años? Fueron clementes, mucho más que el puerco de su Profeta. Habla Aisha, su preferida, a quién desposó con 6 años cuando Mahoma contaba 54 años y a quien violó 3 años más tarde (no considero que el acto sexual entre una niña de 9 años y un hombre de 57 merezca otro nombre):
Mi madre vino hacia mí cuando me estaban meciendo en un columpio entre dos ramas. Mi cuidadora me lavó la cara y me llevó de la mano. Cuando llegamos a la puerta se detuvo para que yo recuperara la respiración. Me introdujeron en la habitación, donde esperaba el Profeta sentado en una cama de nuestra casa. Mi madre me hizo sentar en el regazo de él. Entonces, los varones y mujeres se levantaron y nos dejaron solos. El profeta consumó el matrimonio conmigo en mi casa cuando tenía nueve años.
Aisha
Tabari Hadith, 9. 131
Las religiones sancionan como gratos al despiadado Dios de turno comportamientos absolutamente inmorales, aberrantes, atroces. Desde guerras de religión que han asolado este continente desde que fue tomado por la plaga del cristianismo, pasando por la persecución del conocimiento científico y de todo aquello que discutiera sus absurdos dogmas, desde la circulación de la sangre al heliocentrismo, por los cuales Servet o Giordano Bruno murieron en el tormento atroz de la hoguera. Hoguera en que se “purificó” a miles de personas, curanderos, practicantes de otra religión (judaizantes) o de otra herejía diferente al catolicismo (desde nestorianos a hugonotes, pasando por los cátaros). El dogma, precisamente por ser absurdo, no admite la puesta en cuestión y reacciona con violencia descarnada.
Y un objetivo de los crímenes cometidos por la religión es todo aquel que se aparta de las costumbres sexuales dictadas por la tradición (la religión no es más que una tradición, un aspecto de la tradición de un pueblo, aunque exportable, generalmente por la vía de la imposición; no tiene mayor categoría intelectual que una sardana, una fiesta popular o un relato de aparecidos).
La condena a todo aquel que no se someta a la hipócrita convención social acerca del sexo y sus tabúes merece desde la reprobación y el aislamiento social, a la cárcel, las torturas, la violación y la muerte. Muerte a manos del Estado, de la comunidad de fieras o de la propia familia, el extremo más inhumano. El grado no depende de la religión, sino de la capacidad de sus ministros de influir en el código penal y envenenar la conciencia colectiva con su ponzoña.
Muchas veces he dicho que hay que deslindar la desnudez de la sexualidad, por cierto que en cuanto acabe de escribir esto me marcho a la playa a bañarme desnudo, la sola idea de entrar en el agua con la ropa pegándose al cuerpo me produce repugnancia.
Pero es que hoy quiero loar la sexualidad, el libre goce de los placeres que nos ofrece la naturaleza, siguiendo nuestra condición humana, inteligente, que nos eleva por encima de las necesidades somáticas. Es decir, el sexo como deleite de los sentidos, de los cinco, sin someterse a su fin reproductivo. Un arte creado a partir de una necesidad vital igual que la gastronomía es mucho más que alimentarse, saciar el apetito con un pedazo de carne cruda. No somos animales, es repugnante reducir el sexo a la mera procreación, como pretenden los eunucos mentales.
Sea este un llamamiento a disfrutar del sexo, cada cual según sus apetencias, que mientras sea consentido es una de las bellezas con que nos agasaja la sabia madre Naturaleza. Hay que estar alerta contra todo intento de los popes de meternos la mano en la bragueta, de condicionar nuestra libertad sexual con sus prejuicios, dogmas y supersticiones. Que conviertan su vida en un erial, si quieren, y se mantengan lejos de nuestros niños, para que no les inoculen el veneno de la culpa, los remordimientos, el miedo y puedan crecer libres sin que un hombre viejo y de mente deformada siembre de estiércol su conciencia y condicione su sexualidad, amargándoles su adolescencia.
Recordad que los derechos que no se defienden, se pierden. Que no tengamos que lamentar un retroceso también en la libertad sexual.
Y no podía cerrar este alegato al libre apetito concupiscente con un poco de pornografía. De dulce, pura y maravillosa pornografía. Porque no es vergonzoso el sexo, pero sí la violencia, el fanatismo, el crimen, la santa coacción y la ignorancia.
¡Que ustedes lo follen bien!

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