La mirada del mendigo

22 agosto 2013

Boina rusa

Filed under: cousas — Mendigo @ 15:30

En verano, es normal que los periódicos se llenen de noticias banales, redactadas por los becarios que se quedan de guardia en las redacciones y a los que se les encarga mantener entretenido al personal sin cagarla mucho.

Por lo general, repaso la portada de los periódicos a grandes saltos, más tratándose del engendro que Cebrián está creando o, más bien, demoliendo. Un inciso: las cuentas de Prisa me recuerdan cada vez más a las del Estado, cuando más recortan, más dinero pierden y más profunda cavan su tumba.

Bueno, al tema, el caso es que esta vez reparé en una de esas noticias tontorronas, de relleno, como suele ser el caso de las declaraciones de deportistas ¿a quién le importa lo que diga un fulano cuya ocupación principal y leitmotiv de su vida es hacer piruetas cual cabra de gitano o mono amaestrado? Me refiero a las de una pertiguista rusa (al parecer muy famosa) que defendía la ley rusa anti-homosexualidad con boberías tipo Botella de los chicos con las chicas y las chicas con los chicos, por supuesto basándolas en otra tontería como la historia y los valores tradicionales rusos.

La tolerancia y aceptación social de la homosexualidad ha sido muy variable a lo largo de la historia; no conozco el caso específico ruso para pronunciarme al respecto, pero desde luego es erróneo pensar que se trata de un fenómeno de los tiempos modernos, una “moda” actual que no existía con nuestros ancestros. La homosexualidad siempre ha estado ahí, muchas veces relegada a la invisibilidad, como pretende esta norma, otras de forma normalizada y cotidiana pero cuyo registro ha sido ignorado o borrado en tiempos modernos, bajo prejuicios homófobos modernos, de la investigación histórica.

Pero vamos a aceptar la apelación a los valores tradicionales rusos. Bienvenidos sean, pues, respetémoslos pero…en todo su articulado. Porque…¿qué demonios hace una mujer rusa semidesnuda, haciendo malabarismos que le obligan a adoptar posturas contrarias a la decencia, mientra es observada en un estadio por miles de hombres? Ese exhibicionismo impúdico, según el papel que la costumbre rusa otorga a la mujer, es absolutamente reprobable.

Por otra parte ¿qué hace dando una rueda de prensa? Una mujer rusa debe callar y bajar la cabeza, y más habiendo hombres en la sala. Tras haber leído desde niño mucha literatura rusa (seguramente más que esta atleta) tengo meridianamente claro cuál es el rol que le corresponde a la mujer rusa de acuerdo a sus valores tradicionales: abnegación como amante, esposa y madre, hasta el límite de la heroicidad. Pero una abnegación silenciosa, invisible, la mujer rusa debía ser plusmarquista mundial en resignación y sumisión a designios externos a su voluntad, la del marido, la pope, la del amo, la de Dios y el destino.

¿Cómo se atreve a mencionar esta saltimbanqui paleta los valores tradicionales cuando ella misma es un ejemplo extremo de su conculcación? Su lugar según los mismos era estar en casa fregando suelos, o en el campo guiando a la mula para que salieran rectos los surcos.

Y seguimos hablando de valores tradicionales en la cultura rusa. ¿De quién es nieta esta señora? Las probabilidades indican a que pertenece a una familia de mujiks, cuyo destino era la condena a perpetuidad a la ignoracia y las bestialidad trabajando las tierras del señor, fregando los suelos de su casa y poniendo el culo para que se la follasen los señoritos.

Es que esos son los valores tradicionales rusos, los del feudalismo teocrático. Cuando se los invoca, hay que ser consciente de lo que se defiende, del horror que llevan parejo.

Una tradición no es tradición por ser buena o mala, sino por ser reproducida desde tiempo inveterados. El criterio para proseguir con ella no es su validez, conveniencia o adecuación al mundo que vivimos, sino meramente el hecho de haber sido repetida por nuestros ancestros. Se repite porque ha sido repetida, tal es su lógica interna, un bucle tan simple como absurdo. Y de esa forma acrítica e irracional se perpetúan criaturas de un pasado extinto como el matrimonio, el patriarcado, la religión…

¿Y qué hay del otro pilar de la opresión? ¿Cómo lleva la señorita Isinbayeva el respeto a los valores tradicionales religiosos rusos? También habría que hacerle un examen de religiosidad, de adaptación al dogma ortodoxo, también en su vida privada. Igual que ella se atreve a sancionar las conductas privadas de los demás (y la sexualidad y la afectividad pertenecen a esta esfera), debiéramos los demás examinar la suya, a ver si se adapta a esos sacralizados valores tradicionales rusos.

Estoy harto, estoy hartísimo de gente que defiende unos códigos de conducta medievales sin percatarse que, de ser aplicados, son los primeros que llevan las de perder. Estoy harto de la ferocidad de la gente, de la dureza juzgando bajo prejuicios a los demás (maricones, sudakas, madres solteras, gitanos, moros, tullidos…) y la indulgencia con la que se perciben y juzgan a sí mismos y su grupo.

Un ejemplo de intolerancia, que quizá incluso venga al caso. Un antiguo amigo de niñez, gallego, se marchó a trabajar a Andalucía. Allí se casó, y hace poco conocí a su mujer. Charlando surgió no recuerdo cómo el tema de los marroquíes, en el que ella destapó su ramalazo racista taaaaan común en la gente en cuanto la conversación adquiere tintes de confianza. Ese día me pilló con la sangre quemada y decidí sincerarme. ¿Sabes cómo te llama la gente de aquí? La gitana. No, no eres gitana pero por tu forma de vestir, de comportarte, por tu acento andaluz y tu piel morena aquí te tratan con el mismo desprecio, el mismito, con el que tú te estás refiriendo a gente cuyo origen es sólo unos pocos kilómetros al sur de donde vives.

Y podría añadir, el mismo desprecio con que luego los tratarán si con el acento gallego van a Madriz, a Barcelona o a Bilbao. Y el mismo desprecio con que un francés tratará al que venga de cualquier sitio al Sur de los Pirineos.

Arrieritos somos.

Otra anécdota, ahora que menciono la Galia. Hayábame a la orilla de un lago en Francia, comiendo fastidiado por el barullo que estaban organizando unos alemanes que jugaban en el agua. Pasó a nuestro lado un matrimonio francés y, supongo que condicionados por ver la matrícula de mí furgo, se dijeron el uno al otro, con total desprecio: “Espagnols…!“.

Prejuicios, prejuicios machistas, racistas, xenófobos, homófobos. Si asumes unos, no tienes legitimidad moral para argumentar contra los que usan otros para discriminarte, por sexo, por origen, por clase social o aspecto. O se asume la hermandad universal, o se acepta la guerra de todos contra todos.

Otro caso de víctima y verdugo en el mismo personaje, que se me viene a la cabeza. En el gimnasio había un chaval brasileño homosexual. Como ya os podéis imaginar, mucha burla y comentario degradante, especialmente en lo tocante al vestuario. Yo siempre a la contra, procuré compensar con amabilidad la hostilidad generalizada hacia el sudaka maricón (probablemente lo peor que se puede ser en un lugar lleno de testosterona en el corazón del Imperio Castellano). Charlando con él a la salida, recae el tema en los meninos da rua, y para mi perplejidad reconoció que estaba encantado, él y su medio (de clase media-alta, al menos para el nivel de allí) de que fueran exterminados por los escuadrones de la muerte, por las molestias que causaban. Creo que nunca he escuchado a nadie defender en mi cara mayor abyección. ¿Cómo puede esperar misericordia quien no la muestra? Ese fulano merece ser apaleado, por su doble condición de inmigrante y homosexual, por la misma clase de fieras que en su Río natal matan niños (lo cierto es que escuchando aquello, me apetecía adelantarles el trabajo a los nazis). Creo que es lo peor que se puede ser en este mundo, un asesino de niños, o un mierda que lo aplaude.

Con ello, ese desgraciado se ganó mi desprecio. No por su nacionalidad, que me fascina conocer gente de otras partes del mundo. No por su condición sexual, que me resulta indiferente lo que hacen los demás en su alcoba, preocuparse de la bragueta ajena es de palurdos. Esa persona me demostró que era un escombro moral, un subhumano, por lo que le apliqué el único desprecio válido; no aquel basado en prejuicios, sino en pruebas de su ausencia de valor humano.

Otro caso: el estupor que me producía viendo un documental sobre Santa Cruz, en Bolivia, el racismo con que la gente de ciudad trataba a los campesinos indígenas que bajaban a la capital a manifestarse. Esas bandas de fascistas a la caza del indio ¿acaso protestarán si algún día se mudan a Europa y reciben el mismo trato de los fascistas de aquí? No sé si se darán cuenta que, aunque para ellos el leve matiz de color es fundamental para distinguir al mestizo ciudadano del aborigen de los pueblos, aquí en Europa todos ellos son catalogados por la caverna fascista en la categoría de moreno=sudaka=simio. ¿Cómo hacer al mundo entender que la misma regla que usas para discriminar, se usa contra ti para ser discriminado?

Bueno, siguiendo con el tema de la rusa saltarina. Cuentan que también recurrió a un lugar común, el que la exhibición de la homosexualidad conduciría al desmoronamiento de Rusia. Si lo de las peras y las manzanas recordaba a la Botella, el apocalipsis homosexual me recuerda poderosamente a Rouco, lo cual me lleva a pensar que no se trata del acervo cultural ni ruso ni español, sino pura y llanamente de incultura y palurdismo, siberiano o carpetovetónico.

Es decir, que un Estado armado hasta los dientes por la industria bélica ex-soviética, con los mejores carros y aviones que el dinero pueda pagar (diga lo que diga la propaganda atlantista), con miles de ojivas nucleares montadas en misiles intercontinentales, no debe tener miedo a ningún ejército enemigo por poderoso que sea, pero es amenazado por un desfile de torsos depilados embutidos en cuero bailando encima de carrozas tras una bandera multicolor.

Hay que ser idiota.

Muy idiota.

Muy palurdo y muy idiota para defender tontería semejante.

Al final, el sentido de la ley rusa en cuestión es evitar mostrar la homosexualidad, evidentemente porque se considera un mal ejemplo, una conducta reprobable. Sin embargo, yo entiendo que ningún mal entrañan las muestras de afecto, independientemente del sexo de quien las practica. Y por otra parte, sí que podríamos considerar que debiera prohibirse la exhibición de la estupidez, incluidos los espectáculos deportivos y demás ostentaciones de habilidades físicas.

Efectivamente, el deporte moderno en general y el olimpismo en particular, surgió del caldo de cultivo protofascista que buscaba el superhombre, el soldado perfecto, y sus disciplinas más antiguas (equitación, tiro, carrera, salto) correspondían a un plan de adiestramiento castrense.

No sólo no tiene nada de malo es entrenamiento y el ejercicio físico, antes bien es una práctica saludable que recomiendo a todo el mundo. Pero no puedo tomar en serio a alguien que se tome un juego en serio. ¿Jugar una pachanga de fútbol, pirar por ahí con la bici o correr por las pistas? Estupendo. Pero siempre que no perdamos de vista el fin último, que es siempre el ser humano. En este caso, el que lo practica, mantener una buena forma física y algo tanto y más importante, divertirse, es una lástima que incluso entre los muy pequeños se esté perdiendo algo tan importante como el sentido lúdico del ejercicio físico en pos de la competitividad del puto deporte (los gatitos son más inteligentes que los cachorros de humano, y no se preocupan de normas y equipaciones, simplemente trastean por el placer de sentirse vivos, radiando esa vida que les desborda a borbotones).

Ganar un partido no tiene ningún valor, lo importante es haberse divertido. Llegar antes o después que otro no quiere decir nada, lo importante es haber ejercitado, con medida, el organismo. Medirse con otro es una soberana estupidez, pues cada uno tiene sus circunstancias particulares.

Por lo tanto, debiera prohibirse a la aldeana patilarga rusa hacer ostentación de sus proezas gimnásticas, que es lo mismo que decir su necedad. Porque dedicar toda una vida a conseguir algo tan inútil como saltar más alto con el concurso de una pértiga, sin que nada te espere allí arriba y caer a continuación poco más allá del punto de donde saliste, es un completo desperdicio. Ya que esta señora entra a valorar la vida de los demás, en este blog consideramos que su vida, dedicada a la ambición de algo tan huero como la fama, la gloria, es un completo desatino, y no debe ser publicitada como modelo a seguir, para evitar que algún niño pueda seguir sus extraviados pasos.

No es un buen ejemplo.

Modelar a un niño, cuando es sólo un arbolito, para especializarlo en hacer una monigotada muy concreta, es un abuso de la infancia. Si esa deformación que supone la hiperespecialización locomotriz continúa en la madurez, tras miles de horas de entrenamiento, se consigue convertir a un ser humano en una máquina de hacer un malabarismo en concreto…malgastando media vida repitiendo mil veces un gesto sin sentido y perdiendo la oportunidad de aprender cosas con contenido.

¿Esto es admirable?

Además, esto supone violentar la naturaleza humana, pues nuestro cuerpo nos sitúa en tierra de nadie dentro del reino animal. No somos ni fuertes, ni rápidos, no volamos más que cuando nos despeñamos, ni somos buenos trepadores, ni mordemos fuerte ni nadamos rápido ni hacemos nada mejor que cualquier otro animal más que pensar. El secreto de nuestro indudable éxito evolutivo es precisamente la falta de especialización de nuestro cuerpo, que se ha mantenido versátil, capaz de adaptarse a cualquier circunstancia y cualquier tarea que le encomendase una capacidad de raciocinio creciente.

Si moldeamos o deformamos nuestro cuerpo durante años, podemos ser capaces de que nos quepa una bola de billar por los orificios nasales, o doblarnos hasta besarnos el culo, ser capaces de sostener una cucharilla de café (o un balón de gimnasia) de pie sobre la punta de la nariz mientras hacemos el pino o cualquier otra chorrada. Pero no dejará de ser una chorrada y el tiempo empleado para lograrla, tiempo perdido.

Otra cosa es si ese objetivo era sólo la escusa, y hemos pasado un buen rato metiendo la bolita en el aro. Pero es ridículo cruzarse una piscina nadando per se, para luego dar la vuelta, pues nada nos espera en ese extremo de la piscina. Además, que sería más cómodo salir del agua y llegar andando, si de llegar se tratase. Si perdemos el Norte y nos olvidamos de que NOSOTROS somos el fin, la razón y el motivo, el ejercicio físico se convierte en deporte, y nos cargamos con otra cadenas más de nuestra invención, como Dios, la patria o el dinero.

Convertimos el entretenimiento en profesión, y la profesión en el motivo de nuestra existencia, desvirtuando completamente actividades como los juegos o el ejercicio físico que son en sí mismas muy provechosas para la persona. Pero la persona delante, no se puede poner el carro delante de los bueyes, confundir medios y fines. La pachanga de futbol es sólo un medio para pasar un buen rato con los colegas, y bajar algún quilillo, nada más. Quien gane o pierda es absolutamente intrascendente, de hecho en una actividad lúdica todos ganan y nadie pierde. Es mezquino, propio de una persona de baja condición, ufanarse en haber superado a otra persona en vez de ayudarle. Y más si la victoria es en algo esencialmente tan absurdo e inane como un juego, que no aporta ninguna ventaja real (es lamentable vanagloriarse de ganar más dinero que el vecino, pero aún más idiota hacerlo por una intrascendencia como patear un balón o golpear una bolita verde con una raqueta).

Otra anécdota. Soy arquero, o fui porque ya casi no cojo el arco. En el mundo de la arquería, la Meca es Corea. Los coreanos gobiernan con mano de hierro todas las competiciones internacionales, ya que es el deporte nacional (además de ensamblar LCDs y grabar videos musicales estúpidos). Me comentaba un fulano que allí ponen a los críos pequeños frente a una pared, horas y horas con el arco en la mano para trabajar la postura. Y no les daban flecha! Años con un arco vacío frente a una pared! Luego, cuando ya habían moldeado el cuerpo y la mente del niño con paciencia de cultivador de bonsais, le daban una flecha, y le volvían a poner frente a un muro. Años y años de someter a un niño a atroz aburrimiento, a una actividad desprovista de significado que estimule su inteligencia, para conseguir un monstruo, una deformidad humana especializada en algo tan absurdo, tan inútil como clavar todas las flechas en el espacio de un pulgar. Para luego ir a recogerlas y vuelta a empezar.

El rasgo más valioso de la niñez es su abrumadora potencialidad. Es un arbolillo que tiene una enorme capacidad de despuntar por una u otra rama. Si ya desde muy pequeño decidimos por él la forma que ha de tener, podándolo y tutorizándolo para que adopte una determinada forma al lignificar su forma inmadura, estamos hurtándole la capacidad de decidir cuando sea mayor qué es lo que quiere ser de sí mismos. Es un abuso infantil, ya sea llenándole la cabeza de fantasmas y espíritus (santos o no), o inculcándole la despreciable competitividad y ridículo afán de gloria, tan efímera.

Por experiencia, sé que para que la flecha vuele hacia su objetivo, debes vaciar la mente. Si durante ese momento pasa por tu cabeza otra idea, vas a ir a buscar la flecha por el sembrado. Y ya os imagináis, con las crías de tenis al lado, con el culo en pompa esperando el saque, a dónde se solían ir las mías.

Así que entiendo que el entrenamiento al que someten a estos futuros arqueros coreanos es lo más parecido a una lobotomía. Vaciar el cerebro de cualquier pensamiento o emoción para conseguir una puntería, una respuesta maquinal. Convertir el ser humano en una máquina. Para la guerra, para el trabajo; precisa y diligente. Entiendo que el deporte sea asignatura preferente y preferida de cuanta dictadura de todo signo ha existido.

Potenciar una sola de las potencialidades humanas embotando el resto; someter a cuerpo y mente a un adiestramiento férreo, obligándole a realizar movimientos simples, tareas repetitivas sin cuestionar su significado; lograr la máxima especialización forzando y venciendo la complejidad del ser humano y su libre albedrío. En ello consiste el deporte, y se supone que debemos admirar a estos trabajadores del músculo.

Lo cierto es que me dan lástima.

Su vida no vale más que la del hamster que corre sobre la rueda sin moverse del sitio para distracción de quien lo contempla. Por mucho que el amo agradecido le atiborre a pipas. Mejor ser ratón de campo corriendo libre para escapar de algunas garras, mejor incluso ser rata de cloaca, aborrecida pero libre, que no espera que ninguna mano venga a traerle la comida o cambiarle el agua.

2 comentarios »

  1. […] Boina rusa […]

    Pingback por Boina rusa — 23 agosto 2013 @ 22:48 | Responder

  2. Curiosamente en la cultura griega, cuna no sólo de las olimpiadas sino también de la cultura política y filosófica de europa, no sólo era normal la homosexualidad, sino que era considerada como la forma de amor por excelencia (las mujeres estaban para tener hijos, no para amarlas). Ser homosexual era un orgullo.

    Es más, aunque fueras heterosexual es probable que tuvieras un amante masculino para guardar las apariencias.

    Comentario por marcostonhin — 24 agosto 2013 @ 13:01 | Responder


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