La mirada del mendigo

19 septiembre 2014

Europa, 2020: una ucronía iluminadora

Filed under: economía — Mendigo @ 12:37

Copio este artículo de Sin Permiso y lo someto a vuestra docta opinión:

Hubo que esperar a 2020 para que el grueso de la población empezara a “ver” qué era el dinero. Durante unos meses –luego de que la “revelación” comenzara a inundar primeras planas, ondas radiofónicas, pantallas televisivas, blogs, tweets y twits en los principales medios de comunicación—, se convirtió en un chascarrillo bobarrón: “2020, ¡al fin una visión perfecta! ¿Cómo pudo ser todo tan borroso durante tanto tiempo?”. Durante miles de años, en efecto.

La mayoría se inclina a pensar que el ajuste óptico empezó con el colapso final de la Eurozona en 2019, un suceso predicho con cierta anticipación. Lo sorprendente es que la revelación se dio con Italia, y no con Grecia, como todo el mundo esperaba. Ello es que la caliente sangre italiana fue la primera en alcanzar el punto de ebullición al calor de la paralizante crueldad de una austeridad duraderamente impuesta: la isla de Sicilia amenazó con la secesión, y estallaron sangrientas revueltas populares en Roma, Nápoles y Milán, primero, y luego por doquiera. El gobierno capituló el 12 de septiembre de 2018, declarando no sólo que se reinstituirían las pensiones –con pagos en “la moneda nacional de Italia—, sino que se incrementarían en un 10%. Luego declaró doce meses de vacaciones fiscales nacionales: los impuestos al ingreso y al valor añadido se suspendieron en tanto durara lo que se convino en llamar la “Transición Nacional”.

Las sombrías previsiones de hiperinflación no llegaron a materializarse. En cambio, la gente volvió a la labor para limpiar la basura y los desechos que habían venido amontonándose durante meses, trabajó a cambio de liras, reconstruyó edificios incendiados y reparó vías de tráfico e infraestructuras públicas sumidas en el abandono durante un año. Sin embargo, lo que cogió por sorpresa a todo el mundo fue la decisión del ministro italiano de hacienda sobre el modo de llevar a cabo la transición del euro a la lira. ¿Por qué cargar con el gasto y las molestias de volver a imprimir liras?, se preguntaban. Los teléfonos móviles habían sido capaces durante cierto tiempo de realizar transacciones con las tarjetas de crédito y de débito. Y por qué no prescindir completamente –se preguntaba el ministro— de la lira en efectivo y, en cambio, emitir para cada ciudadano italiano una “Tarjeta de Liras Digitales” (TLD), que podría cargarse con liras en cualquier cajero automático, para luego ser debitada en cualquier establecimiento de venta mediante un teléfono móvil. ¿Y por qué no?

A las pocas horas del anuncio gubernamental de la Transición, los trabajadores de la “Brigada de Reconstrucción de Emergencia” (creada para remover la basura y los escombros dejados por las revueltas) estaban cobrando sus “cheques salariales” por la vía de insertar unas Tarjetas de Liras Digitales (TLD) de un rojo brillante en los cajeros automáticos: las liras habían sido depositadas “en” los cajeros automáticos mediante pulsaciones realizadas en los teclados de los computadores del ministerio de hacienda. No tardaron las TLD en comprar vino y pan, pasta, aceitunas y bizcochos en los mercados de Nápoles y Roma. Los cafés callejeros reabrieron sus puertas, y hasta el Teatro dell’Opera, que había cerrado las suyas en 2017, volvió a funcionar: para acceder, bastaba pasar una TLD por un lector situado a la entrada del teatro. Y sobre todo: todo el mundo se sentía feliz de haber refutado en la práctica el amargo argumento político con que se había martirizado al país por años. No; Italia no estaba quebrada. Sólo se había salido del euro, y adiós muy buenas.

Pero lo que realmente llamó la atención de todo el mundo fueron las TLD. El servirse de dinero digital empezó a cambiar el modo en que la gente entendía el dinero. No es que fuera algo realmente nuevo; hacía décadas que el grueso de las transacciones se realizaba ya mediante golpes de tecla digitales. Lo nuevo, parece, era la total ausencia de dinero en efectivo. La nueva lira solo existía en forma digital: números en una pantalla. No podías tenerlas en la mano y contarlas una a una. No podías juntarlas en fajos y metértelas en el bolsillo o guardarlas en la cartera o encerrarlas en una caja fuerte. Ni podían caérsete del bolsillo y perderse. Empezó a perder fuelle la idea del dinero como una cosa física que, como cualquier otra cosa física, se asocia a cantidades finitas.

Mas raro aún, todo el mundo empezó a entender claramente de dónde venían las liras digitales, cómo se creaban. Se creaban desde el teclado de una computadora del ministerio de hacienda. Ya no era como si vinieran de un puchero que, de una u otra forma, tuviera que volver a llenarse. Lo cierto es que el ministerio de hacienda producía liras exactamente igual que un generador eléctrico bombea electrones hacia la red eléctrica, desde donde mueven motores e iluminan accesorios luminosos y pantallas de televisión. Los trabajadores de la Brigada de Emergencia pudieron “ver” eso cuando insertaron sus TLD en los cajeros automáticos y observaron aparecer los números en la pequeña pantalla.

Los bancos siguieron prestando como antes, pero también aquí hubo sorpresa: el app del teléfono móvil que permitía a todo el mundo la gestión de sus propias cuentas de TLD revelaba –en formato visual— que, una vez concedido el crédito bancario, el banco NO incrementaba la oferta nacional de dinero (según se había creído durante siglos). Cuando un fabricante de pasta tomaba prestadas 100 liras digitales para comprar harina, la columna derecha de su TLD-app mágicamente se incrementaba por valor de 100 “nuevas” liras digitales; pero la columna izquierda mostraba simultáneamente -100 liras digitales, el monto que tenía que devolver al banco. Sus liras digitales netas (la línea de abajo en su TLD-app) seguían igual: el banco, en efecto, no había “creado” dinero alguno. Eso venía a reforzar su percepción de que las nuevas liras digitales creadas eran las que habían salido de los teclados del ministerio de hacienda. No podrían haberse creado de otro modo. Y una vez eso se hizo diáfano, otra cosa comenzó a impresionar la percepción cotidiana de las gentes: la única forma que tenía el ministerio de hacienda de dar existencia con pulsaciones de teclas a las liras digitales era “gastar” esas liras en algo.

Y gastarlas, las gastaba. Para pasmo de todos, durante el año de la “Transición Nacional” –entre el 12 de septiembre de 2018 y el 12 de septiembre de 2019— el Estado contrató con empresas privadas y con contratistas obras de reconstrucción y reparación por un monto superior a los 60 mil millones de liras digitales. Se expandió el sistema de la educación pública, se planearon escuelas e institutos nuevos para cada comunidad, y la formación de maestros y profesores se convirtió en prioridad nacional. La “Brigada de Reconstrucción de Emergencia” se engrosó rápidamente, hasta llegar a substituir por completo la cobertura pública del desempleo y suministrar un trabajo útil a cada ciudadano italiano parado mayor de 16 años dispuesto a trabajar por un salario. Completada la limpia y reconstrucción del país, la BRE pasó a desarrollar todo tipo de servicios que los alcaldes y poderes locales pudieran considerar de utilidad, sin competir con las empresas privadas locales. Se instituyeron programas de subvenciones con metodología experimental –modelados conforme a los esfuerzos de la Fundación Gates para la erradicación de las enfermedades tropicales— para dotar con dineros de partida a pequeños innovadores en todo tipo de asuntos, concediéndose las subvenciones a través de una evaluación por pares organizada por Internet y de un proceso de votación. Las ciudades costeras comenzaron el largo y arduo proceso de elevar sus históricos diques de piedra de contención marina para hacer frente a las sombrías predicciones climáticas de una crecida del nivel de los océanos. La tasa de desempleo nacional, que había llegado al 40% antes de las revueltas, cayó a menos del 10% en doce meses.

En acelerada caída el desempleo, el mayor debate en el ministerio de hacienda durante el año de la “Transición Nacional” era si podían extenderse, y por cuánto tiempo, las vacaciones fiscales, y qué tipo de estructura fiscal imponer luego. Lo que dio una inesperada vida al debate fue percatarse –de modo tan repentino como cristalino— de que la razón para reintroducir los impuestos NO era que se necesitaran para recaudar liras digitales a fin de poder pagar el gasto público. Pues estaba meridianamente claro que el ministerio de hacienda podía gastar tantas liras digitales como le acomodase, simplemente dándole al teclado. No era necesario recaudarlas antes como impuestos. No; la razón de que el ministerio reintrodujera los impuestos era la necesidad de drenar la circulación de las liras digitales, una necesidad dimanante de la necesidad de controlar la inflación. Aunque no habían hecho todavía su aparición las presiones inflacionarias sobre la lira digital, parecía inevitable que lo hicieran a medida que descendiera más y más el paro, y la economía fuera acercándose a una situación teórica de pleno empleo. El ministerio de hacienda se hizo consciente de la tarea que propia y realmente cumplirían los impuestos: sacar de la circulación una parte de las liras digitales anteriormente gastadas, a fin de impedir que el volumen total de liras en circulación se disparara fuera de control.

Una vez hubo consenso general sobre eso, los términos del debate cambiaron, y pasó a discutirse qué tipo de fiscalidad nacional había que imponer. Si no se recaudaba para cubrir el gasto público, ¿no podría hacerse con otros fines? ¿Por qué no un Impuesto al Ingreso con fones de redistribución de la riqueza? Pero si se acababa de admitir que los impuestos no se recaudan para cubrir el gasto público –si no hay diferencia entre liras recaudadas como impuestos y liras creadas con un teclazo—, entonces ¿cómo habría de redistribuir la riqueza un Impuesto al Ingreso? Los impuestos al ingreso, era evidente, ¡ya no cumplían el menor papel! Análogamente, ¿para qué servía gravar el consumo con un Impuesto al Valor Añadido o IVA? Lo que se quiere, después de todo, es que los consumidores consuman; así que ¿para qué penalizarlos por ello? Lo que se acordó finalmente es un impuesto al carbono. Tenía éste el mérito, sobre todo, de conseguir el objetivo –todos sabían que muy pronto sería un objetivo crítico— de drenar la circulación de liras digitales para controlar la inflación. Pero, en segundo lugar, se conseguía el objetivo de incentivar a empresarios y a consumidores a quemar menos carbono en la producción y en el consumo. Los diques marinos construidos por la BRE podrían no haberse construido tan altos como pudiera llegar a ser necesario.

Había un grupo particularmente insatisfecho con todo esto: los mafiosos que, desesperados, habían empezado a convertir a toda prisa sus negocios a cualquier moneda que no fuera la lira, porque descubrieron de un día para otro que resultaba imposible llenar maletines con efectivo para sus transacciones criminales. Los padrinos estaban furiosos, pero habría sido necio plantear abiertamente sus objeciones. En un descubrimiento conexo, el gobierno halló que un sencillo programa de computador conseguía eliminar virtualmente la inveterada corrupción de las contratas públicas. Resultó que la trayectoria por la economía de cada lira digital emitida podía seguirse indefinidamente con precisión. El programa, conocido como L-Track, podía realizar búsquedas con filtros variables que generaban información instantánea sobre el lugar en que se hallaba la lira en cuestión en cualquier momento dado. Imposible esconder liras, y muy difícil detraerlas sin ser visto.

El mundo estaba expectante, huelga decirlo. Observaba con el mayor interés. Los economistas ortodoxos se devanaban los sesos para entender la “primavera italiana” y se desesperaban tratando de explicar por qué el “déficit” que el Estado italiano “estaba registrando” no parecía ser la “deuda” que siempre fue, y que siempre tenía que “devolverse” a todo el mundo. Este extremo último de la confusión también se acabó, y la “gran iluminación” empezó a abrirse aquí también paso. Los ciegos recuperaron la visión, se abrieron los ventanales, se descorrieron los glaucos visillos y se abrió paso una nueva visión del dinero: cuando aquellos villanos financieros que habían tenido secuestrada a la Eurozona todos esos años de crisis de deuda aumentando los tipos de interés exigidos para comprar bonos griegos, italianos y españoles y negándose a aceptar la menor quita cuando estas desdichadas naciones se esforzaban por pagar intereses; cuando aquellos fariseos compradores de bonos fueron al ministerio de hacienda italiano y anunciaron que ahora sí querían comprar de nuevo bonos italianos, recibieron esta contestación del ministro:

– “¿Bonos? No tenemos bonos para vender. ¿Para qué querríamos venderles bonos a ustedes? No tenemos necesidad de su dinero”.

Y los compradores de bonos repusieron:

– “¡Pero nosotros queremos comprar sus bonos! Necesitamos un lugar en el que aparcar todo este dinero en efectivo, que no sabemos qué hacer con él; un lugar donde depositarlo y que nos rinda intereses. ¡Necesitamos que emitan ustedes bonos para que nosotros podamos comprarlos!”.

A lo que el ministro de hacienda replicó:

“Si ustedes desean gastar su dinero en Italia, vengan y construyan una fábrica, o inventen una nueva manera de convertir la luz solar en electricidad usando nano-partículas, o encarguen una nueva ópera o alguna gran obra de arte… Pero no vengan aquí a comprar nuestros bonos. Ya no estamos en el negocio de aparcarles aquí el dinero y, encima, pagarles por el privilegio.”

Corría el año 2020, y el mundo todo se incorporó y tomó nota.

15 comentarios »

  1. ¡Qué bueno…! Me ha gustado mucho. Ains, y los escoceses desaprovechando una oportunidad de ponerlo en práctica.

    Comentario por wenmusic — 19 septiembre 2014 @ 17:36 | Responder

    • Lo de abandonar el dinero físico por un dinero electrónico controlado por el Estado (no por Visa o Mastercard, como el de plástico), eso, lo apoyo sin dudarlo.

      Ahora bien, lo que propone el artículo es mucho más que eso, es un verdadero salto en el vacío en política monetaria. Tengo que rumiarlo más, para ver si con mis escasos conocimientos puede sacar algo en claro. Pero desde luego pinta bien, eh?

      Comentario por Mendigo — 19 septiembre 2014 @ 17:43 | Responder

      • Se te ha olvidado añadir el bombardeo preventivo de los EEUU y la aniquilación del estado italiano, que de pronto había entrado en “el eje del mal”…

        Comentario por Nirgal — 20 septiembre 2014 @ 9:28 | Responder

        • juass eso sí que es verdad

          Comentario por escaiguolquer — 20 septiembre 2014 @ 21:43 | Responder

        • No te creas. A los USA que existan monedas internas, no le importa un carallo. Lo que le jode es que existan divisas fuertes que compitan con el dólar (ya no pueden vender su deuda barata, hay otros competidores) y que se prescinda del billete verde en los intercambios inernacionales (lo cual provoca una demanda artificial de dólares, que mantiene la moneda siempre alta por mucho que multipliquen la deuda por mil).

          Les jode el euro, les jode el reminbi, les jode el rublo, y les jode que los productores de petróleo o grandes exportadores ignoren al dólar para sus negocios. Que Italia cree una nueva lira…hasta les viene bien.

          Comentario por Mendigo — 21 septiembre 2014 @ 22:20 | Responder

  2. Más fácil sería tomar el Palacio de Invierno.

    Yo no lo termino de ver. Lo de cambiar el dinero metálico por dinero de «plástico» o digital lo puedo ver, pero con banca pública. La banca privada y sus comisiones sólo concentraría el capital y volveríamos al oligopolio, una vez más.

    El problema no es el dinero, es la propiedad privada.

    Un abrazo.

    Comentario por Sanjuu — 20 septiembre 2014 @ 20:38 | Responder

    • sastamente, de acuerdo total

      Comentario por escaiguolquer — 20 septiembre 2014 @ 21:51 | Responder

      • Yo no sé si estamos leyendo cuentos distintos. Señores, q lo que propone el autor es ni más ni menos que el monopolio estatal de la creación del dinero.

        Ahora mismo, el Estado sólo controla, indirectamente, por un banco central que es independiente de los gobiernos (y por lo tanto dependiente de la banca comercial) la base monetaria. Pero la creación del dinero es cosa de la banca privada (mediante el coeficiente de encaje). No veis una sutil diferencia entre ambas situaciones?

        Y siguiendo el argumento: si el Estado puede crear dinero, no sólo puede financiarse sin pedir a nadie. También puede financiar a los ciudadanos y las empresas; es una consecuencia evidente de lo anterior. Entonces ¿para qué coño serviría ya la banca privada? No os dais cuenta que esto la pone simplemente en el mundo de las cosas obsoletas, con los constructores de calesas y los piconeros?

        Comentario por Mendigo — 21 septiembre 2014 @ 22:27 | Responder

        • si, creo que hemos leido cuentos distintos, te contesto más abajo, en el otro comentario

          Comentario por escaiguolquer — 22 septiembre 2014 @ 9:55 | Responder

  3. ¿vais en serio, tíos?
    esto es lo más naif que he visto en años. Ya me ha alucinado que esté publicado en SinPermiso, que normalmente tiene cosas de bastante chicha.
    Pero ¿qué dice, en el fondo, en el articulito? O, mejor dicho ¿qué habéis creido encontrar en él?
    Lo de eliminar los billetes por “dinero electrónico” no puede ser muy importante cuando los billetes representan una proporción minúscula del total de la masa monetaria, como por otra parte se reconoce en el propio cuento (aceptemos que es un desliz, en el que no haremos sangre, el capricho nerd de que sea obligatorio usar una app en el móvil para pagar). De hecho no es importante para nada. Ni siquiera en lo que dice de la facilidad para rastrear el origen de cada lira. ¿Alguien cree que hoy día sería muy dificil rastrear el origen de los millones de origen inconfesable? O, dicho al revés, ¿alguien cree que si las mismas superestructuras político-jurídicas que nos dominan hoy sobrevivieran en el entorno que nos cuenta el cuento, harían la vista gorda y no aplicarían ese fabuloso rastreador de mafiosos a sus amiguetes, proveedores y patrones? Y, por cierto, que el cuento no es que no mencione la expropiación del capital, es que ni siquiera menciona algún cambio (a mejor, se entiende) en las estructuras democráticas. De hecho, el ministro de hacienda, con sus dos cojones, se levanta un día por la mañana y DECIDE montar esta revolución monetaria que hace del mundo un lugar feliz.
    Resumiendo:
    1. Está lleno de errores. Los impuestos no son para “evitar la inflación”, sino para evitar que “via inflación” paguen el gasto público los tenedores de dinero, y no los que decida el legislador que deben hacerlo porque, de acuerdo con la ley, cumplan los requisitos objetivos (hechos imponibles) que decidamos. Otra cosa es si el legislador es el pueblo o es una casta, pero que legisle el dinero es siempre peor. Lo mismo con los impuestos sobre el ingreso o sobre “el carbono”. El legislador debería hacer que pague más el que más ingresa, y facilitar que los más pobres no tengan que arrojar más carbono a la biosfera para vivir, o ¿quién creeis que iba a pagar la parte del león de los impuestos “sobre el carbono”? Puestos a elegir, naturalemente, yo preferiría que el legislador estuviera lo más cercano posible al pueblo, porque entonces, antes o después y de un modo u otro, lo que se produciría es una menor diferencia de ingresos, y una orientación general de la sociedad a aliviar la catástrofe ambiental y no a agravarla.
    2. Está lleno de superficialidades y banalidades. Pensadlo bien: ninguna de las grandes maravillas que relata necesitan de que “materialmente” el dinero está en registros electrónicos, en billetes o en lo que sea. Incluso la salida de la “trampa de la deuda”, que por otro lado es de las pocas cosas verdaderamente bien expuesta. Ni siquiera sería preciso salir del euro. Una vez que todos hemos entendido “qué es el dinero” (no gracias a este cuento, por cierto) todas esas maravillas se pueden hacer a partir del próximo lunes. Por otro lado, os adelanto que no se van a hacer a partir del lunes. Pero ni con euros en billetes ni con “neo liras” y “neo pesetas” electrónicas en tarjetas imitación del prepucio incorrupto de Steve Jobs.
    3. Yerra el tiro. Y la gente común estamos demasiado cerca del abismo como para errar los tiros.

    brazos

    Comentario por escaiguolquer — 20 septiembre 2014 @ 21:41 | Responder

    • Perdón, se me ha olvidao:
      4. Está antiguo: el intento anglosajón de reventar el euro, que en el verano de 2012 estuvo en un tris de triunfar (el cuento está publicado en diciembre) ya no se lo cree nadie. Ahora al capital anglosajón le queda su plan de quemar a fuego lento la economía europea, por ejemplo a base de romper lazos con los vecinos rusos, con sanciones que supone que la ue se hinche a darse tiros en el pie.

      Comentario por escaiguolquer — 20 septiembre 2014 @ 21:49 | Responder

      • Joder con naïf. No, si tú también cuando te pones snob…😛

        A ver, es un cuento, no un ensayo, ni una tesina, ni siquiera un estudio académico. Lo que el autor quiere esbozar, y lo que me interesa, es la posibilidad de crear una nueva divisa sin que esté respaldada por ningún valor. No ya por una cantidad fija de oro, que esa mentira ya saltó por los aires en tiempos de Nixon. Pero en este cuento queda patente que el dinero es puramente FIAT, se crea a voluntad, ahora de los bancos con la reserva fraccionaria, y en el caso propuesto por el Estado.

        A mí me surgen muchos interrogantes. Por ejemplo ¿es cierto que no subiría la inflación hasta que no nos acercásemos al pleno empleo? A mí me parece absurdo. Por ejemplo, en España hemos tenido épocas en la historia reciente en alta inflación, y jamás hemos estado cerca del pleno empleo. A mí este cuento me recuerda a la introducción de los nuevos marcos, el Rentenmark. Pero esta moneda sí que tenía un respaldo, que era la propia producción industrial alemana.

        No sé, no consigo aclararme. Me falta base…

        Comentario por Mendigo — 21 septiembre 2014 @ 22:13 | Responder

        • pero maestro, deja ya de decir que te falta base: no te falta nada, si acaso lo que decía Joan Robinson que era la utilidad de saber “economía”: no dejarse engañar por los economistas. Todo esto es bastante más sencillo de lo que nos quieren hacer creer, si bien es cierto que sólo se entiende si miramos el asunto con un ojo puesto en el sistema global y el otro en los comportamientos individuales. Unos le llamarían enfoque macro y fundamentos micro del enfoque macro, pero yo creo que es más sencillo llamarle punto de vista materialista y enfoque dialéctico (¿sencillo? jeje).
          Al turrón: lo que digo es que, al hacer aparecer como trascendente lo que no es (la forma concreta de “materializar” la unidad monetaria) no se cambia simplemente el énfasis de lugar, es que se IMPIDE entender el asunto porque no se enfoca a lo importante. No es “cuestión de gustos”.
          Lo que dices tiene todo el sentido: es clave que el poder político tenga el monopolio de la creación de dinero o que la banca tenga barra libre. Pero es que el cuento, al revés de lo que te ha parecido, no habla de eso. Por el contrario, dice expresamente: “Los bancos siguieron prestando como antes, pero también aquí hubo sorpresa (…)” El problema es que realmente se hace un lío entre valor y dinero, cuando, después de explicar muy bien que la creación de dinero es creación de deuda y, por lo tanto, no hay, no puede haber creación de valor “real”, dice a continuación: “Sus liras digitales netas (…) seguían igual: el banco, en efecto, no había “creado” dinero alguno.” ¿Cómo que no? Pues resulta que ahora tiene un pastón para alquilar, comprar maquinaria, materia prima, contratar currelas… (o para putas y champán, claro, pero esta es otra cuestión). Sí, ha creado dinero, aunque, naturalmente, no ha creado ningún valor (neto).
          Por lo tanto, el aspecto “técnico” del dinero no lo convierte en instrumento del capital o del poder democrático popular, y desde el otro lado de la moneda, un poder democrático y popular podría, de un día para otro reclamar el monopolio popular de la creación del dinero, y sin cambiar de euro ni “renunciar” a los billetes (es decir, con independencia de los aspectos “técnicos” de la implementación).

          En fin, y a lo que cuenta: todas las propuestas “técnicas” se basan SIEMPRE en no querer aceptar que los dilemas son P-O-L-Í-T-I-C-O-S, o, dicho de otro modo, más real: son una cuestión de poder. Si mandan los que mandan hoy, no habrá dinero “popular”, porque eso es EXPROPIAR AL CAPITAL su poder de chuparnos la sangre.
          Otro muy buen ejemplo es la renta básica: se trata de superar el capitalismo y empoderar al pueblo, democratizando toda la vida social, etc.etc. Esto es, al final, expropiar el capital, pero como avergonzándose de ello o intentando silenciarlo. Como dice el compañero más arriba: “más fácil sería tomar el palacio de invierno”. Efectivamente, y no sólo sería más fácil, sino que antes o después es lo mismo. Y os aseguro que el capital lo sabe perfectamente, y se opondrá violentamente a cualquier vía, pacífica o no, a ser desmontado del burro. Que le pregunten a Allende, Chávez…

          brazos

          Comentario por escaiguolquer — 22 septiembre 2014 @ 9:52 | Responder

  4. El problema del cuento es que toma los países como burbujas aisladas con economía puramente interna, cuando la realidad es que muchos de los movimientos mercantiles y económicas se realizan entre distintos países. ¿Qué valor de cambio tendría la lira si el estado se pone a fabricar moneda sin límite? ¿cuánto tiempo pasaría hasta que un aparato fabricado en japón le costase a los italianos cientos o miles de millones de liras? ¿cómo se haría un comercio internacional si los países mantienen un sistema monetario local y aislado del exterior? La regulación de la moneda no afecta sólo al mercado interno, sino también a la capacidad de exportar e importar las mercancías.

    Lo del dinero electrónico tiene sus pros y sus contras. Los pros están algo más claros: en la actualidad, cuando el 99% de los movimientos son electrónicos y sólo a nivel local y en transacciones mínimas (como comprar el pan o pagar un café) se usa dinero físico, ¿por qué no eliminar directamente ese dinero físico y establecer el pago electrónico a nivel general? Se ahorraría mucho esfuerzo y gastos de producir ese dinero.

    Los contras son más complicados. No nos engañemos, quien controla la producción del dinero no es el Estado para beneficio de los ciudadanos, sino para beneficio de la Banca. Y sí, para generar dinero electrónico sólo hay que añadir cifras en un ordenador (aunque también para generar dinero “físico” sólo hay que imprimir billetes). Es así de fácil, desde que el dinero dejó de ser “Vales” o “pagarés” como eran hace unos siglos. Por lo tanto sería darle un control total a la banca sobre la economía (que ya lo tiene, de todos modos). Si el Estado funcionara como debiera, sería otra cosa.

    Comentario por marcostonhin — 22 septiembre 2014 @ 18:01 | Responder

    • Además otro problema de fabricar más y más moneda. Hoy gano “X” dinero contando conque me servirá para comprar cosas mañana. Si hay excedente de dinero, éste baja su valor (o lo que es lo mismo, aumentan los precios), y como consecuencia lo que gano hoy a lo mejor mañana no me llega para nada. Es decir, si aumentas sin parar el dinero circulante no aumentas el poder adquisitivo, sino que bajas el valor de la moneda.

      Comentario por marcostonhin — 23 septiembre 2014 @ 9:12 | Responder


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