La mirada del mendigo

22 enero 2015

Uno ya desespera

Filed under: cultura libre,democracia — Mendigo @ 13:30

Un niño de 16 años ha demostrado con certera puntería la contradicción en la que vive el Estado francés. Y es que uno se pregunta cómo se puede ser tan imbécil. Y después de preguntarse eso, le sigue la pregunta de cómo, siendo tan imbécil, se puede llegar incluso a Premier ministre.

Bravo por el chaval, que lo ha clavado. Si viviera Charb, creo que estaría procurando ficharlo.

Es agotador estar rodeado de imbéciles. Un crío es capaz de dejar en ridículo a todo un Estado, que reacciona como un paquidermo furioso y miope, cargando contra todo trapo que se le agita. Al final, te das cuenta de que existe una exigua minoría de personas que defienden la libertad de expresión, la libertad de conciencia, de crítica e incluso de sátira. Cabezas bien formadas, valientes, que se sienten cómodas en el campo de batalla de las ideas, que no ven honor en el carnicería de la guerra sino en la lid intelectual.

Las ideas no delinquen, las ideas no causan hemorragias ni moratones. De hecho, son las ideas que hieren las más valiosas, pues son las que nos hacen crecer; mientras que los romas sólo nos embrutecen y, en el mejor de los casos, nos hacen perder tiempo y rumbo.

Todo este absurdo y sangriento episodio nace de la pretensión de identificar ideas con las personas que las portan. De hecho, es una base del islamismo, el cual considera que la religión no es una idea del creyente, que puede dejar de ser pensada o aceptada, no es la religión un accidente sino parte esencial de la persona como uno de sus órganos vitales; y por lo tanto, no se puede contradecir esa idea sin ofender o agredir a quien la porta de forma inseparable. De ahí la protección que reclama, como si fuera un miembro u órgano que es lesionado al ser enfrentado por otra idea más poderosa. Si os fijáis, es el mismo trile lógico que empleó el puerco de Bertoglio, buscando confundir hasta identificar la persona con la idea, la sua mamma con la religión que profesa y dirige, invocando para ésta la misma protección legal (o venganza extrajudicial, el sonado puñetazo que hablando de Argentina se tradujo en torturas y vuelos de la muerte) que debe tener aquella.

De esta confusión interesada entre el sujeto pensante y las ideas que piensa (LA idea, sujetos mononeuronales sólo tienen capacidad, obviamente, de pensar una única y estéril idea) nace la intención criminal relacionada con las ofensas (viñetas) al demente y piojoso profeta. Pero no es un rasgo tan raro. Una de las imbecilidades propias de maestrilla de parvulario es la de “respeta la opinión de los otros” ¿os suena el soniquete? Nos lo repitieron hasta la saciedad en la escuela, es fábrica de mediocres, factoría de cretinización (junto con otros muy famosos greatest hits como “no confundir libertad con libertinaje” o “tu libertad empieza donde acaba la del otro”, expresión torpe de una ideología muy concreta). La imbecilidad no es un rasgo exclusivo del islam, sino que es parte constituyente de la atmósfera terrestre junto con el nitrógeno, oxígeno, dióxido de carbono… Digamos que en el islam la imbecilidad encuentra cauce para discurrir de forma organizada, el islam es la institucionalización de la imbecilidad, la santificación de la irracionalidad más completa y exquisita (Allahu akbar!). En cambio, en Occidente es algo que, como la canción, flota en el ambiente. Nuestra epidermis se ha vuelto tan finita, con la susceptibilidad a flor de piel (la hipersensibilidad en el ego es una patología frecuente cuando un imbécil se cree importante) que pretendemos meter en el Código Penal todo comportamiento que nos molesta, y aquí en España, el reino de la imbecilidad por antonomasia, tenemos últimamente un desfile de tuiteros (antes les dio por los letristas) por la Audiencia Nazional. ¡Y ni siquiera son vascos! En el mundo musulmán, condenan a blogueros a ser azotados, tampoco hay tanta diferencia.

Todo el mundo es tolerante con el derecho de criticar, satirizar ideas no compartidas e intransigente con las agresiones a individuos de nuestra tribu. Pero muy pocos son igual de intransigentes con las agresiones al extraño, de costumbres o de ideas, y casi nadie defiende con igual vehemencia el derecho de expresión cuando se trata de críticas o sátiras a nuestras ideas (es propio de mentes débiles ofenderse cuando una idea nueva golpea el endeble castillo de naipes que tienen montado en la cabeza).

Si resucitara Cabu, podría autoparodiarse con otra viñeta: C’est dur d’être défendu par de cons!

Mi religión, por supuesto minoritaria, pero que me hermana con practicantes de todo el mundo: la libertad.

¡Viva la inteligencia!

¡Muera la muerte!

3 comentarios »

  1. NOTA: Antes de que nadie lo comente, que ya lo estoy viendo. En todas las legislaciones del mundo está tipificado el delito de inducción al crimen. No porque la idea en sí pueda resultar lesiva, sino porque esa idea promueve o incita de forma directa al crimen, que sí implica una víctima.

    Querer ampliar la horma de este calzado, que por su naturaleza es bastante ajustado, para convertir cualquier opinión divergente en un delito de opinión, es otro trile argumental.

    “Hay que matar a fulanito” sí que es una incitación al crimen (o no, según el contexto). El dibujo de arriba o el humor negro en algún tuit no están conminando a la ejecución de ningún crimen. A no ser que volvamos a la teoría Garzón del entorno de la cosa entornada, y todo es ETA. Y tanto abarca ETA que él mismo acabó siendo ETA y fagocitado por la misma maquinaria a la cual servía.

    Comentario por Mendigo — 22 enero 2015 @ 14:29 | Responder

  2. Las ideas no se prohiben, se rebaten. Es como aquello de prohibir la negación del genocidio nazi… A mí me parece innecesario, habiendo una cantidad apabullante de pruebas de que realmente sucedió. A quien lo niegue es más fácil dejarle en ridículo que perseguirle. Y no sólo es innecesario sino que puede ser contraproducente, pues quien defiende tales ideas dirá que si las prohiben es precisamente porque no pueden rebatirlas. Y no sólo es innecesario y contraproducente, sino hipócrita cuando se defiende la libertad de expresión… en otros casos.

    Yo lo único que prohibiría es eso de escribir “greatest heats”. Por favor, es “hits”😛

    Comentario por Javier Lázaro — 22 enero 2015 @ 16:19 | Responder

    • Uy! Vaya gazapo! Muchas gracias, compañero. Corregido!

      Por lo demás, totalmente de acuerdo. Sólo faltaba que prohibiéramos el Mein Kampf para que a todo el mundo le diera por leerlo, a saber qué maravillas ocultas hay en él para que lo prohíban.

      El día que prohíban el regaliz, los chavales se buscarán sitios escondidos para mascar su ramita.

      Por cierto, ahora que digo…debe hacer más de veinte años que no pruebo regaliz…

      Comentario por Mendigo — 22 enero 2015 @ 19:37 | Responder


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