La mirada del mendigo

18 mayo 2015

El miedo

Filed under: economía — Mendigo @ 11:28

Hay dos aspectos del Estado del bienestar que son tratados, uno como algo accesorio, y otro completamente olvidado.

El primero es el tema de las guarderías. Se ha dicho muchas veces que son una necesidad para el acceso de la mujer al mercado laboral, lo cual comporta la independencia económica imprescindible para que su emancipación no quede en un conjunto de derechos sobre el papel, hueros de contenido (como proclamar el derecho a la vivienda con alquileres por encima del SMI). Queda muy bonito tener el sistema patriarcal todo el rato en la boca, pero no destinar recursos a derribar aspectos clave que lo perpetúan, como facilitar el acceso a anticonceptivos o ampliar la red pública de guarderías, ambas cuestiones dejadas en manos del mercado.

Es ridículo pretender que unos padres paguen por una plaza en la guardería una cantidad equivalente a un salario, porque para eso, se queda uno de los dos en casa cuidando de su hijo. Y, al final, todos sabemos que en la mayoría de los casos cuál de los dos acaba aceptando ese rol.

En realidad, el sistema de guarderías no me gustan, porque son aparcamientos de niños, frecuentemente masificados para maximizar beneficios, donde campan los virus como Pedro por su casa. Entiendo que en las primeros años de vida se requerirían grupos más pequeños, de 6 niños a lo sumo. Y en este periodo es cuando la presencia de sus padres es más importante, para formar los lazos afectivos que deberán acompañarlos toda su vida. Así pues, yo propongo otra alternativa, en este caso concreto quizá preferible a la provisión de un servicio público y, desde luego, a la iniciativa privada. La alternativa es la economía social, entre pares, asociativa o como le queramos llamar (que no es la panacea, para otras cosas soy muy estatista, no se opera una teleco o un ciclo combinado entre un grupo de vecinos).

Propongo el ejemplo que tengo en la cabeza: un grupo de cinco padres se juntan para que, una vez al día, uno de ellos (no considero aquí familias monoparentales, para no liar los cálculos) se ocupe de los hijos del resto del grupo, además del suyo. No se necesita infraestructura nueva porque se utiliza el domicilio de cada uno, al que los otros padres (que pueden ser un grupo de amigos del barrio, vecinos…) llevan a sus críos. Cinco parejas, cinco días laborables, dos turnos de mañana y tarde, las cuentas casa solas. Sólo habría que tocar un poquito la ley para que todo trabajador con hijos que aún no estén en edad escolar, libre durante un turno a la semana. Y, por supuesto, esta libranza debe ser forzada, no puede existir un derecho preceptivo, que el trabajador tenga que solicitar para acceder a él: porque con el empleador no se negocia, y menos con un 22% de paro. Este aspecto es fundamental, o todo lo anterior no sirve de nada, y llegamos a la payasada que tenemos hoy en día, que no hay trabajador varón que coja el permiso porque eso supone quedar marcado para la próxima renovación del contrato. Y, al final, se acaban perpetuando los roles de la mujer en casa cuidando de la prole y el hombre, ganando el sustento de la familia fuera de casa.

El ahorro para los padres es tremendo, además de tener a su hijo mejor atendido (no es lo mismo bregar con 5 niños que con 15), con personas de su entorno de confianza. Basta del Estado el pequeño empujoncito legislativo comentado (insisto, forzosamente igualitario) y, a lo sumo, desarrollar un portal para establecer contactos con otros padres del barrio (una especie de Amovens para los críos, que vendría a ser la versión electrónica del papel en el tablón de anuncios de “se busca compañero de piso” o “se busca bajista para grupo”).

Relaciones económicas descentralizadas, sin necesidad de intermediarios, el concepto del P2P del eMule, el BitTorrent o el BitCoin aplicado al mundo real. Suena moderno, pero es volver a nuestros orígenes, como se hizo siempre: oye, vecina, mírame un poco por el crío que tengo que ir a… Fomentar las relaciones sociales, recuperar el tejido vecinal destruido por el capitalismo.

Bueno, y ahora vamos al otro cabo de la madeja, ya cerca de la dama de las tijeras. Si decía que el tema de las guarderías se le da menos importancia de la que merece (importancia presupuestaria, se habla mucho, sobre todo en campaña, pero…), hay un tema que no merece ninguna atención: los asilos. Podéis usar el eufemismo que queráis, el tecnicismo de geriátrico, o el requiebro políticamente correcto de residencias de la tercera edad… Aparcamientos para viejos.

En un mundo que exalta la juventud, los problemas de los ancianos son sistemáticamente relegados, su mundo de incomodidades y preocupaciones está fuera de nuestro sistema solar. Y es un error terrible. Primero, porque son tan ciudadanos como el primero de nosotros, hay que recordar esta obviedad (y es un error de enorme trascendencia política, como todo estratega electoral sabe, porque los abueletes son una tremenda fuerza electoral). Pero es que, además, es un craso error económico, ya que en las últimas cohortes etarias es donde se concentra buena parte del capital (si preferís llamarlo ahorro, en la neolengua…). Los yayos, son un sujeto económico de primer orden, y así lo han entendido los bancos colocándolos en el centro de la diana para venderles su basura tóxica (preferentes, deuda subordinada, fondos de renta fija…).

Hay otros que también han comprendido el filón aurífero que se esconde tras ese sector de la población tan poco fashion: los empresarios de asilos. En Ourense sólo hay dos negocios que prosperan, y suelo traerlo a colación: uno, es una cooperativa alimentaria, Coren. ¿Y cuál es el otro? Una red de asilos, propiedad de la Iglesia, la fundación San Rosendo.

Galicia es el geriátrico de España, somos el país con la natalidad más baja o, por ejemplo, con menor penetración de Internet.

Dos y dos son cuatro, en la zona más envejecida de la península ¿cuál es el mejor negocio? Además un negocio muy estable, con una clientela segura (igual que los tanatorios, otro latrocinio aprovechándose de la debilidad ajena) y que, además, no se ha visto apenas afectada por la crisis, con ingresos recurrentes (aunque, en el largo plazo, irán perdiendo poder adquisitivo, piensan cocer a la rana a fuego lento, porque saben que, eso sí, con su pensión no se juega y los yayos pueden liarla parda electoralmente si la sisa se hace sin cuidado).

Si los zampabollos que aparecen en las banderolas electorales se dignasen a hablar con los ancianos, en vez de repartir sonrisas Profident y abrazos de Judas en campaña electoral, podrían enterarse de cuáles son sus inquietudes. Y no es inquietud, sino miedo, terror: a quedarse solos e inválidos. La gente que ahora es vieja (vieja, no mayor, coño, vieja, ya está bien de hacerle liftings al idioma) ha vivido una España muy puta (sí, he dicho puta, el que ponga p*** es gilipollas perdido). Esta gente, sobre todo en el rural, pertenecen a una cultura ancestral en la que había que tener hijos, porque eran ellos (en especial, la hija más joven) los que cuidarían de ti cuando ya no pudieras valerte por ti mismo. Los hijos, en la cultura tradicional, aquí y en las antípodas, son el seguro para la vejez. Y estos viejos, tienen en su mente grabada la penosa estampa de un viejo sin parientes, de una vieja solterona que tuvo que estar trabajando el campo, saliendo con las ovejas o cargando leña hasta el día de su muerte. O, cuando el cuerpo ya no daba más que para arrastrarse, vivir de la generosidad de los vecinos (que siempre es limitada), como un estorbo, o mendigar.

Debemos entender esto: los que ahora son ancianos han aprendido que un viejo sin recursos, sin amparo, es el horror supremo. Es vivir y morir como un perro. ¿Y cómo se protegen de este miedo? Ahorrando, ahorrando compulsivamente, ahorrando patológicamente.

Y no sin razón. ¿Sabéis cuánto cuesta una plaza en una residencia privada? ¿Sabéis cuál es el plazo para ingresar en una residencia pública?

Los ancianos viven sometidos al terrorismo de la soledad y el desamparo, y se protegen acumulando (en casos extremos, se desarrolla el complejo de Diógenes), pero este exceso de ahorro implica un consumo que no se realiza. Si la vieja, pudiendo comprar carne, compra macarrones, no sólo sufre ella de una mala dieta pudiéndose permitir otra mejor, sufre el carnicero, y el ganadero, y el productor de piensos…sufrimos todos. Esa constricción artificial del consumo en unas franjas de población que, además, son las que tienen mayor capacidad de gasto, deprimen la economía. Los ancianos, los primeros que viven en privaciones voluntarias por el terror a tener que ir a una residencia y que, por mala fortuna, tengan una vida más larga de lo habitual y se les acaben los ahorros antes que el aliento.

Y ese terrorismo muchas veces es aprovechado por la familia, más si es política, para quedarse con la pensión del abuelo a cambio de la manutención. Y se ve como algo normal despojarle de su independencia económica, que el anciano entrega gustoso por vivir en la ilusión de sentirse cuidado, querido y respetado, cuando en ocasiones es como tener una vaca en casa, que incordia, pero mientras viva, da leche.

Esta es la pesadilla cotidiana de millones de ciudadanos, ¡españoles! y nadie, ningún partido (y mucho menos los partidos de la gente joven, conectada, urbana) quiere atender ni dar solución. Por mucho que las consecuencias de este miedo repercuten, como digo, en toda la sociedad.

Y aquí no se me ocurre mejor solución para acabar con el terrorismo de empresarios aprovechados y sanguijuelas familiares que la provisión por parte del Estado de una red de asilos (geriátricos, me la pela) junto con un servicio público de asistentes domiciliarios profesionales (porque con el buenismo de ZP, lo que hacía era embolsarse la familia la ayuda, además de la pensión, y la mujer en casa, cuidando de los viejos, cuando ya por fin dejó de cuidar a los hijos). Porque donde mejor está un viejo, si puede ser, es en su propia casa. Los ancianos odian los cambios, a esos años perder los referentes, espaciales de su propia casa, dónde tienen sus cosas, afectivos del contacto con los vecinos, es la antesala del camposanto. Muchas veces, con una pequeña ayuda, podrían estar perfectamente en sus casas (objeto de deseo de los familiares y de especulación de los bancos con las hipotecas inversas, artimaña nauseabunda para hacerse con activos inmobiliarios a buen precio). Y, cuando la dependencia sea severa, en instituciones donde la atención pueda ser más eficiente.

Si el Estado se compromete, anclándolo en la Constitución, a proveer estos servicios de forma universal y gratuita (con la Sanidad y la Educación, coincido con Bambi que es la otra pata del Estado del Bienestar, pero para ello hay que proveer de fondos y de infraestructuras, porque hablar es gratis), desactivaremos ese miedo al desamparo que atormenta y condiciona a nuestros ancianos. Entonces, serán libres de disponer con mayor largueza de su pensión, de lo cual nos beneficiaremos todos, empezando por ellos mismos.

Es lamentable que los ahorros de toda una vida de privaciones, se los quede la organización más hipócrita que ha existido jamás.

Gracias a nuestro descuido, el catolicinismo sigue controlando los dos extremos de la vida de las personas, su infancia donde hacen negocio propagando el veneno de la culpa, labrando el dogma en la madera verde; y su senectud lucrándose con la desidia del Estado para con sus ancianos y, con un poco de maña, doblegando su voluntad para que voten al partido que respalda sus mañas, o vayan al notario a declararles herederos. Dejamos que la Iglesia Católica extienda sus tentáculos sobre los ciudadanos que están en mayor situación de desprotección intelectual y emocional: un error mayúsculo, histórico. De nuevo la derecha demuestra tener más visión de juego, un sentido estratégico del que la izquierda borreguil carece.

5 comentarios »

  1. Padri míu cuandi mueras
    con quin yo golveré a hablar
    en compaña los corvatos
    mu solu vo a quedar

    Apúrrimi el vasu vinu
    un surbiatu quiero dar
    la lumbri bien mos calienta
    el fríu pica pa entrar

    Padri míu tu y yo semos
    los últimos en usar
    esti habla maldicíu
    que risión da al ascuchar

    Lueo allegará’l día
    nesti apartau envernal
    los salcis esnuga lairi
    la muestra voz nu uirán

    Hebo un tiempu ende toos
    hablaban igual que nos
    las madris a los sus críos
    mía el mí hijucu, el mí amor

    El lobu ajuya en monti
    naidi por nos llorará
    Cantabria durme serena
    la tú alma pirdisti ya

    Comentario por Mendigo — 18 mayo 2015 @ 11:39 | Responder

  2. Alasdair Mhic o ho
    Cholla Ghasda o ho
    As do laimh-s’ gun o ho
    Earbainn tapaidh trom eile

    fonn:
    Chall eile i chall a ho ro
    Chall eile i chall a ho ro
    Chall eile huraibh ru chall a ho ro
    S haoi o ho trom eile

    As do laimh-s’ gun
    Earbainn tapaidh
    Mharbhadh Tighearna
    Ach-nam-Breac leat

    Mharbhadh Tighearna
    Ach-nam-Breac leat
    Thiolaigeadh e
    an oir an lochain

    ‘S ged ‘s beag mi fhein
    Bhuail mi ploc air
    Chuala mi’n de
    Sgeul nach b’ait leam

    Chuala mi’n de
    Sgeul nach b’ait leam
    Glaschu a bhith
    Dol ‘na lasair

    Glaschu a bhith
    Dol ‘na lasair
    ‘S Obair-Dheathain
    An deidh a chreachadh

    Se trata de una canción de bataneras, que habla de un héroe escocés: Alasdair Mac Colla. Por lo demás, no he encontrado ninguna traducción medianamente inteligible, si alguien quiere aportar alguna…

    Por cierto, quizá conozcáis esta canción por los mucho más mainstream Clannad, sin embargo, considero muchísimo más fiel y bella la de Capercaillie.

    Comentario por Mendigo — 18 mayo 2015 @ 11:43 | Responder

  3. Pues muy certero este post. Especialmente el tema de la vejez y la soledad. Una muy buena reflexión.

    Comentario por wenmusic — 18 mayo 2015 @ 20:12 | Responder

  4. Amén.

    La primera propuesta, a mí me gusta llamarla autogestión.

    Comentario por Ocol — 19 mayo 2015 @ 11:56 | Responder

  5. Bravo. Un asunto mayor del que no se habla en la discusión política. Y un tema urgente de JUSTICIA SOCIAL, así, en mayúsculas. Ahora mismo hay en España millones de ancianos vivendo en soledad, en práctico abandono; muchos nisiquiera pueden salir a la calle; los hijos -si los tienen- suelen vivir lejos, amigos ya no quedan o están igual, los vecinos están cada vez menos presentes -en las ciudades son casi como desconocidos- y los servicios sociales del todo insuficientes. No hay mayor injustícia que estar toda la vida pagando impuestos, contribuir a la sociedad y al PIB, sacar adelante una família y acabar tu vida en la tortura del abandono y la soledad. Mal está lo que mal acaba. ¿Qué sociedad hemos construído?¿Dónde está el progreso?
    Todos sabemos que hay muchas injustícias, pero parece que estemos habituados a convivir con ellas. La primera vez que tuve la sensación real de que estábamos construyendo una sociedad injusta fue a raíz de una conversación casual con una catedrática de universidad: me contó que iba a jubilarse, habló de sus planes y entre otras cosas dijo que con lo que cobraría de jubilación no le llegaba para pagarse una residencia. Esa frase, dicha como la cosa más natural y obvia, se me clavó: un ciudadano de la élite intelectual, que supuestamente estaría en lo alto de la pirámide social, ¿no puede pagarse una residencia? Pues así es, ahora mismo ningún trabajador tenemos garantizados unos recursos mínimos para esperar una vejez bien atendida.

    Por si fuera poco,el problema crece de forma doblemente acelerada por el envejecimiento demográfico y por la disminución de los recursos económicos disponibles, tanto públicos como individuales (ahorro y rentas).
    Y mientras, la política cada vez más alejada de los problemas reales parece ya solo un espectáculo para distraer a la plebe. Para el pueblo pan seco y circo, todo lo demás para los del palco. Y el que se queje, a los leones.

    Comentario por James — 19 mayo 2015 @ 18:26 | Responder


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