La mirada del mendigo

22 agosto 2015

Paz en la guerra

Filed under: religión — Mendigo @ 15:51

Ha caído en mis manos un emocionante texto, las memorias de un muyahidín afgano, Wahid, hijo de Mansur, veterano de la guerra contra las tropas soviéticas, que decide sumarse a las columnas talibanes. Por su rareza para entender la idiosincrasia de este tipo humano tan singular, tan alejado de nuestra mentalidad occidental, me permito traduciros algunos párrafos, recomendándoos su lectura.

[…]

Frecuentaba Mansur los cabildeos y encerronas con su primo el mulah; vio Wahid una vez que su madre se enjugaba los ojos. Hacía algún tiempo que el muchacho estaba fuera del escritorio, sin hacer cosa de provecho. El padre hablaba mucho de la guerra, de la lenta organización de las fuerzas; más que nunca evocaba sus recuerdos de gloria militar. Con frecuentes insinuaciones veladas, buscaba el que brotara de Wahid la iniciativa, mientras éste esperaba la anhelada indicación paterna. Y así llegó día en que, sin haber pronunciado palabra concreta ninguno de ellos, resultó como un acuerdo tácito, natural, brotado espontáneamente de la vida de familia.

Buscaba Mansur ocasión de hallarse a solas con su hijo, y a la vez la rehuía. Encontróla alguna vez, mas diciéndose: todavía no, es pronto, difería la explicación. Y aconteció, por fin, una mañana, que hallándose Ashraf en la tienda, a punto que entraba Wahid, dijo a éste:
—¿Qué es eso?, ¿piensas estarte así, hecho un vago? ¡Ea!, debes ser hijo de tu padre… ¡Al campo!, ¡al campo!
Y a un tiempo mismo respondieron; el hijo: «Por mí…»; y el padre: «No he de ser yo quien le quite la voluntad…»
Roto el hielo, llegaron las explicaciones, y acudió el tío Nazeh a confirmar la voluntad de padre e hijo, y preparar a éste. Porque una campaña como la que iba a emprender era algo serio, grave, solemne.
Cuando supo Kawthar la resolución adoptada, aceptóla con la misma resignación con que aceptara allá, cuarenta años hacía, la de su entonces prometido Mansur. Sacó del seno, y dio a su hijo, un basmala, que, a ocultas de todos, le había bordado.
—En cuanto pase el ramadán, te irás —le dijo el padre.
Aquella noche apenas durmió Wahid. Ahora, ahora era verdadero voluntario de la yihad; ahora sentía el coronamiento de su vida, y que se le abría un mundo.

[…]

¿Quién lo diría? Aquella masa de hombres, aquel tropel que se escondía a ratos entre verdura, aquel puñado de voluntarios, era la esperanza de Allah, y de la Patria. Eran los hombres del campo, los voluntarios de la Causa.
Hartábanse del panorama. Como filas de telones se desplegaban a su vista las cordilleras, cual inmensas oleadas petrificadas de un mar enorme, desvaneciéndose sus tintas hasta perderse en el fondo las del último término.
Tras sombría barrera de montes, y bajo el cielo oscuro, veíase alguna vez un vallecito verde, de mosaico soleado, rinconcillo paradisíaco, verde lago de reposada luz. Y todo el inmenso oleaje de las montañas, con sus sombras y claros, y rayos filtrados de las nubes oscuras, difundía una serena calma.

[…]

—Vete, vete, Wahid, vete pronto, y a acabar con ellos….

El día 22 de abril colgó Kawthar a su hijo la jamsa al cuello, le colocó la basmala y le besó; oyó luego éste un sermón del tío Nazeh, que, al acabarlo, le dio un abrazo, y salió con su padre a buscar a Amir, el cual, cuando llegaron, se despedía de su madre. Desde la puerta, ésta:
—¡No dejes un kafir (infiel) para muestra!, ¡guerra a los enemigos de Allah! No vuelvas a casa hasta que rija la sharia, y si te matan, reza por mí.

[…]

Empezó para Wahid un período de marchas y contramarchas, de caminatas forzadas por las fragosidades de los montes, faena de estropear al más duro, y todo ello nada más que para sacar raciones e ir sosteniéndose. Nieve de primavera cubría los montes; el aire sutil les cortaba el rostro. Caminaban ya por encañadas sombrías, en cuyo fondo susurraba el río entre fronda, penetrados de humedad; ya trasponiendo la encañada, se abría a su vista una vega, o unas montañas lejanas cuyo cielo hacía presentir el mar; a las veces en el oscuro panorama, sombreado por nubarrones, un verde oasis bañado en la luz que llovía de un desgarrón de la oscura cobertura. Caminaban a menudo bajo una lluvia terca y fina, lenta como el hastío, que les calaba los huesos y el alma, difuminando el paisaje, que parecía entonces derretirse. Caminaban silenciosos de ordinario. Viendo humear las caserías y a los aldeanos trabajar su terruño, en la paz del campo, olvidábanse de que iban de guerra. ¿Guerra en el silencio del campo?, ¿guerra en la paz de las arboledas? Brindábanles éstas, con su sombra de paz, descanso; y en ellas se tendían a las veces, entre los troncos que cual columnas de un templo rústico sostenían la bóveda de follaje, por donde se cernía dulcificada la luz del sol.

Conocía ahora de nuevo a los voluntarios, viéndolos con otros ojos, pues así que se encontró entre sus compañeros de facción, sintió como ellos; al juntarse hombres armados en son de guerra, miran como de otra casta, cual a servidores suyos, a los pacíficos trabajadores. Al llegar a una casería donde había de hacer alto o noche, gritaba con voz resuelta y de mando: ¡mor!, esto es, madre, a la vez que patrona. Y reuníanse luego como en país conquistado en la gran cocina, en torno al fuego del hogar, a secarse. La familia se les unía, y los niños se apartaban silenciosos a un rincón, a escudriñar desde allí a los extraños visitantes. Y algunos los llamaban y animaban, preguntándoles sus nombres, dándoles los Kalashnikov para que jugaran con ellos, llenos hacia los inocentes de una ternura que nunca habían sentido con tanta fuerza. Wahid más de una vez los sentó en sus rodillas dirigiéndoles las pocas preguntas que sabía hacer en pastún, y mirándose en aquellas miradas ya serenas, ya tímidas y avergonzadas.

[…]

¡Aquí está el mulah Saif al Din!, oyó uno de aquellos días al entrar en Garmsir, y sintió al oírlo el anhelo de un niño que va a ver el oso blanco, porque el país entero resonaba con la fama del mulah de Marjah, guerrillero legendario ya, de quien se contaban hazañas estupendas, tan exaltado por unos como por otros denigrado. Su paso era el del terror, al sentirlo temblaban cuantos por algo se distinguían entre el pueblo, mientras éste le aclamaba frenético. Corría de boca en oído, y de oído en boca la vida de aquel gato montés; cómo el 78, cuando iban a prenderle al acabar el salat, huyó disfrazado de aldeano; cómo volvió a ser preso a raíz del convenio de Kandahar, y de nuevo se fugó descolgándose por un balcón, y tras doce horas en un jaral, junto al río; y cómo el dos de diciembre había repasado la frontera con cincuenta hombres, que creciendo cual bola de nieve, sembraban el terror por donde quiera, recorriendo valles y montañas, cruzando ríos en crecida, dejando surco de fusilamientos. Burlando al enemigo que pregonara su cabeza, hacía la guerra del terror por su cuenta, rebelde a toda disciplina, concitando odios de blancos y de negros, sumariado por el santurrón de Mansur, que le llamaba corazón de hiena y rebelde de mezquita.
Oíase ¡viva la religión!, ¡viva Saif al Din!, mientras corría el pueblo a agolparse a su paso. Eran unos ochocientos hombres, en cuatro compañías, ágiles muchachos con sello de contrabandistas, sobre cuyas cabezas ondeaba al viento una bandera negra en que con letras blancas se leía sobre una calavera: «Guerra sin cuartel» y otra roja con el lema «antes morir que rendirse», y otras más.

Aquello era algo antiguo, algo genuinamente característico, algo que, en consonancia con el ámbito montesco, encarnaba el vago ideal del yihadismo popular; aquello era una banda, no el embrión de un ejército imposible; aquellas fuerzas parecían brotar de los turbulentos tiempos de las guerras de bandería.
¡Viva Saif al Din!, ¡viva el mulah Saif al Din!, ¡viva la religión!
—¿Es el que va a caballo? —preguntó Wahid
—No, ése es el secretario; es el de al lado, el del palo.
Un hombre de frente estrecha, pelo castaño, barba rubia, y taciturno continente. Pareciendo no oír las aclamaciones del pueblo, mirábale con indiferencia, conduciendo vigilante sus cachorros, apoyado en un largo palo, y sin más arma que un revólver bajo su chaleco ceniciento. Los remangados calzones de hilo azul descubrían las piernas del infatigable andarín, calzado de sandalias.
Entre los ¡viva Saif al Din!, ¡viva la religión!, ¡vivan la sharia!, oyóse un vergonzante ¡abajo Mansur!, mientras el mulah, sin volver la cara, velaba a su gente.

Aquella tarde pudieron oír las hazañas del mulah cabecilla de labios de sus voluntarios, para los cuales no había ni más listo, ni más valiente, ni más bueno, ni más respetuoso, ni más serio que aquel hombre de pocas palabras, que se paseaba solo horas enteras, y que cuando mandaba no había chico que se atreviese a mirar cara a cara aquellos ojos en el rostro lleno de barba, bajo el turbante; hombre que con toda calma daba órdenes de fusilamiento. No, no se podía hacer la guerra como quería el santurrón de Karzai, con cataplasmas y azaques, había que ahorrar sangre propia, y no escatimar la ajena; ¡escarmiento! Si no fusilaban serían fusilados. Y el mulah hacíalo con razón, y dando media hora al condenado para que se pusiese a bien con Allah. Solía explicar a los chicos la causa del castigo, arengándoles entonces; por éste habíanse perdido tres chicos, por el parte de aquella habían sido apresados cuatro, por la traición del otro perdieron tales y cuales, y los chicos, al preguntarles si estaban conformes con el fallo, contestaban: ¡sí señor! (¡bálee, saaqhib!). Y la cosa tenía sus lances. ¡Pobres soldados!, de nada les sirvió gritar llorando ¡viva el mulah Omar!, porque era tarde; el teniente se había cagado en él.
—¿Os acordáis —decía uno de los chicos— cuando llevamos aquel alférez preso, y le conoció? Le preguntó: ¿eres tú el que me escupió a la cara cuando te cogieron en Yakhchal? Le contestó el alférez: ¡yo soy! Y él nos dijo: llevadle al cruce de caminos, y cuatro tiros. Al ir al crucero, cuando más descuidado estaba, le metimos tres tiros en la cabeza.
Y aquel mismo hombre de terror dirigíales arengas, sacándoles lágrimas al hablarles de la guerra.
—Os hablará de la religión…
—Saif al Din no anda por religión, anda por guerra… —dijo uno.
Andaban por guerra, y andaban bien. Separábanse, se juntaban, comían bien, en los pueblos sacaban pan, té, carne, y a las veces hacía Saif al Din que les sirvieran café, tabaco, zumo y diez pul (subdivisión de la moneda afgana) diarios mientras podía dárselos. Debajo de él, único verdadero jefe, todos eran iguales, todos con las mismas armas y los mismos trabajos; el mismo el valor de un raso que el de un oficial; si éste se propasaba, ¡paliza al canto! ¡Cuántas veces en el monte, sentados en corro, les hacía comer tasajo abundante, invitándoles a repetirlo! Era duro, sí era duro con el que lo merecía, con el enemigo, pero con los suyos severo y bueno. Había hecho fusilar a uno por robo, y ¡ojo con propasarse con las mujeres!, en esto era inflexible. Jamás le conocieron flaquezas de tal calaña, ni las mujeres le ablandaban; llegó hasta hacer fusilar a una embarazada. Y no había peligro de sorpresa con aquel hombre siempre alerta, que dormía al aire libre; se pasaba las noches en el balcón de las casas de los mulah en que se alojaba, y traía en pie a todos. Un jovencito recordaba que una noche, estando de centinela, y adormilado, le despertó como de una pesadilla, con una gran palpitación, una voz que le llamaba: ¡Mangal!, y púsose a temblar ante el mulah, que no le dijo sino: ¡cuidado con otra! No volvió el sueño a atreverse con él.
En los intentos del cabecilla nadie penetraba; recibía solo a sus muchos confidentes y daba orden de marcha sin que supiesen a dónde, yéndose por montes y encañadas, alguna vez con la nieve hasta las rodillas, maldiciéndole, amenazándole tal vez, y él con su palo, ¡ala, ala!, ¡adelante! Seguro de que al tirarse por un precipicio se tirarían tras de él los que le seguían, murmurando. ¿Qué iban a hacer sin él? Y así cansaba al enemigo y a las cuatro columnas de la ISAF que perseguían su cabeza puesta a precio.
Era después de todo una vida divertida. El incendio de la estación aquella había sido muy hermoso, y mucho más hermoso ver la máquina suelta a todo vapor hacerse añicos. Los trenes eran la mejor ayuda de los kufar (infieles); los trenes, invención de Lucifer, impedían el desarrollo de la guerra, eran el enemigo, y un potente medio de liberalización. ¡Grande encanto el de destruir aquellos artefactos, verlos hechos trizas! ¡Que hicieran nuevos!

[…]

Al poco vieron al mulah. Una madre se lo enseñaba a su hijo, y una anciana lloró al verle. El pueblo todo seguía con ojos de cariño a aquel vaso de sus rencores, a aquel hijo del campo que sobrenutrido y en vida de ociosidad en la aldea, y apartado de todo trato carnal, dejó escapar por la fría crueldad el sobrante de fuerza vital.
Aquel hombre de otros tiempos, con su hueste medieval, le revolvió a Wahid el fondo, también de otros tiempos, del alma, el fondo en que dormía el espíritu de los abuelos de sus abuelos.

[…]

++++++++++++++++++++++

¿Os ha parecido interesante? Desde luego, está bien escrito. Tanto, que puede que se deba a que no he tenido que traducirlo pues este texto estaba en castellano en el original. Os he gastado una pequeña broma; se trata, espero que alguno se haya percatado, de unos cuantos párrafos del libro “Paz en la guerra” de Miguel Unamuno. Es una novela de juventud, de su etapa de realismo histórico, en el que narra casi en clave autobiográfica los sucesos de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). Recordemos que Unamuno era bilbotarra, y vivió el sitio de Bilbao con 9 años, así que es una narración de primera mano de los acontecimientos.

Aunque os procuré sugestionar con la primera fotografía, una imagen más representativa del texto original sería…

Ha sido una travesura para mostraros que no hay tantas diferencias entre religiones, tradiciones culturales e historia. Todo lo más, llevamos siglo, siglo y medio de ventaja en el camino de progreso, al interior rural de Afganistán. Pero en la historia, el reloj puede y de hecho cada vez avanza más deprisa, aunque también hay quien pretende hacer girar sus manillas en sentido contrario.

A continuación, las sustituciones que he realizado en el texto. Empleo equivalentes culturales que entiendo no modifican su sentido.

ANTROPÓNIMOS
Wahid –> Ignacio
Mansur –> Pedro Antonio
Ashraf –> Gambelu
Nazeh –> Pascual
Kawthar –> Josefa Ignacia
Amir –> Juan José
Mangal –> Eusebio
mulah Saif al Din –> cura Santa Cruz (personaje histórico)
Mansur –> Lizarraga
mulah Omar –> Carlos VII

TOPÓNIMOS
Garmsir –> Elorrio
Marjah –> Ernialde
Yakhchal –> Arrézola
Kandahar –> Amorebieta

TRADUCCIONES
mor (madre, en pastún) –> ama (madre, en vasco)
¡bálee, saaqhib! –> ¡bay, jauná!

OTRAS REFERENCIAS CULTURALES
mulah –> cura
basmala –> “detente bala”
ramadán –> Semana Santa
yihad –> cruzada
Allah –> Dios
kafir –> guiri
jamsa –> escapulario
sharia –> fueros
Kalashnikov –> fusiles
el 78 (por 1978, inicio de la Guerra Afgana) –> el 70 (por 1870)
salat –> misa
mezquita –> sacristía
yihadismo –> carlismo
chaleco –> americana
sandalias –> alpargatas
turbante –> boina
azaque (limosna) –> novena (no he encontrado un equivalente más apropiado, lo siento)
soldado –> carabinero
té –> vino
zumo –> licor
pul –> real
comer tasajo –> beber trago
ISAF –> miqueletes

¿Catolicismo? ¿Islam suní? En realidad, todo es la misma mierda. El Dios al que adoran tiene varios nombres, pero una sola cara: el poder. Los pueblos se postran ante la concreción de la idea de poder, sea el disco solar Re, el Yaveh bíblico o el Allah coránico, en el que proyectan su propio super-ego, con características tomadas del referente autoritario, el padre, el rey, el señor feudal despótico, colérico y caprichoso.

Al final, los fieles de todas las religiones son el mismo tipo de persona que acepta lo que le grabaron de pequeño en su mente, sin cuestionar su validez, su veracidad, su moralidad. Hay quien acepta el dogma, se somete a la autoridad de la tradición que lo dicta, se postra ante el modelo que ofrece la sociedad…y hay quien se rebela, como Luzbel, ante la autoridad, quien cuestiona su legitimidad, sus máximas y sus preceptos; los que tras probar la fruta del conocimiento, cada vez tienen hambre de más. Los que creen que el criterio de verdad está en sí misma, y no en quien la enuncia, y por lo tanto hay que someterla a análisis.

Están los que creen, los que se inventan las respuestas del examen. Y los que procuran saber y, lo que no saben, lo ignoran, y dudan. La duda, antónimo de la fe, ahijada de la curiosidad, simiente de la ciencia, ácido en el que se disuelven todas las supersticiones.

10 comentarios »

  1. Mira qué bien se lo pasa. Buen ejercicio, sí señor.

    Comentario por wenmusic — 24 agosto 2015 @ 7:48 | Responder

    • Jejejejeje.

      Pues sí, la verdad, me pasé un rato entretenido “maquillando” el texto para hacerlo creíble.

      Oye, si te interesa el original, te lo paso en epub. Bueno, no sé tus gustos, es que a mí leer a Unamuno es…como hartarme a chocolate, es una delicia.😉

      Comentario por Mendigo — 24 agosto 2015 @ 12:22 | Responder

  2. […] de ver en la entrada anterior que más allá de los detalles particulares (qué se puede comer y qué está vedado, cuál es el […]

    Pingback por Es el proceso | La mirada del mendigo — 24 agosto 2015 @ 8:15 | Responder

  3. […] de ver en la entrada anterior que más allá de los detalles particulares (qué se puede comer y qué está vedado, cuál es el […]

    Pingback por LA MIRADA DEL MENDIGO | Mesa de Análisis y desarrollo — 25 agosto 2015 @ 2:40 | Responder

  4. El título del post era una buena pista, desde luego. Y por el estilo utilizado, el texto posterior no parecía una traducción tuya. A pesar de esto no puedo decir que me haya percatado de la broma. Eso sí, por lo menos he leído el post con un gesto de extrañeza, como preguntándome: ¿pero esto qué es? Y cuando has dado la respuesta me he dicho: ah, vale, ¡qué cabrón el mendi! El libro me lo leí pero hace ya muchos años, como todo lo que he leído de Unamuno. Algún día habrá que retomar las lecturas de este viejo amigo. Sobre la obra recuerdo que me gustó que dando mucha caña a las instituciones y a las ideologías, el retrato que hacía de las gentes era bastante amable. Buenas gentes condicionadas por el contexto histórico y social en el que les tocó vivir. Y no sólo critica al bando carlista. En un momento dado de la obra pone en boca de un liberal: “La libertad no es más que el cumplimiento de la ley cuando esta es justa”. Que está muy bien en principio. Por lo menos mejor que esta otra que pone en boca de un carlista: “Los que por la gracia de Dios conocemos la verdad no debemos transigir con la mentira”. ¿Pero quién decide qué leyes son las justas? ¿Qué leyes son las que imperan realmente? Y aquí me parece interesante añadir el soliloquio del castellano Esteban Sánchez al principio del capítulo cuarto. Un poco bruto y poco sutil pero suculento. No lo transcribo. El que quiera que lo busque… o que sea el libro😉

    Comentario por Arnotegi — 25 agosto 2015 @ 12:02 | Responder

    • No, realmente el joven Unamuno, antes que criticar nada desde fuera, procura retratar y comprender a sus personajes, desde dentro de la sociedad vasca; pues ambos tipos humanos, el del comerciante liberal bilbaino y el que aún mantiene lazos con el rural, profundamente conservador, son propios de esa sociedad. Investiga, pero no cuestiona los principios que los animan.

      El personaje del castellano, resentido contra un mundo moderno que no comprende, que no respeta su idea inveterada de justicia y bien, es sublime. A mí también me encantó. También en otros pasajes te das cuenta que, bajo el manto de la costumbre, también subyace una revolución social, de unas clases bajas oprimidas por la burocracia del Estado moderno.

      Comentario por Mendigo — 26 agosto 2015 @ 8:08 | Responder

  5. […] Origen: Paz en la guerra | La mirada del mendigo […]

    Pingback por Paz en la guerra | La mirada del mendigo | Blog de Ana María Palos — 25 agosto 2015 @ 12:06 | Responder

  6. Muy bueno. Pido permiso para compartir (copia-pega).

    A mi ya me escamaba tanto hablar del “monte”, no me pegaba con un texto islámico. Vale que allí también habrá árboles, pero el concepto de “monte”… ya no me cuadra.

    Comentario por marcostonhin — 26 agosto 2015 @ 14:18 | Responder

    • Bueno, yo esperaba que lo achacáseis a una deficiente traducción mía. Tenía esperanza de que colase, y parece ser que coló.😛

      Sabes que no necesitas permiso para nada, no jodas. Por cierto, si tienes tiempo y quieres el libro, también sabes que no tienes más que pedirlo.😉

      Por otra parte, sería interesante conseguir realmente documentos para entender de primera mano qué pasa por la cabeza de estos chiflados de la guerra santa en pleno siglo XXI. Lo mismo que hizo Unamuno con los carlistas, procurar entender y transmitir sus motivaciones. Es pueril pensar en términos de “los buenos” y “los malos”, ese maniqueísmo no nos sirve para entender el problema, y mucho menos para darle solución.

      Eso sí, si de mí dependiera, proponía una alianza internacional para sacar de Palmira a esos cretinos. El casco histórico de Alepo volado y bombardeado, el arqueológico de Bagdad saqueado, el de Mosul destruido con martillos neumáticos, Hatra y Nimrud demolidas hasta los cimientos…estructuras que habían soportado el paso de los siglos e invasiones de pueblos feroces, y van a desaparecer en la era de la información y del conocimiento. Es descorazonador.

      Comentario por Mendigo — 26 agosto 2015 @ 15:23 | Responder

  7. […] para originar una erupción volcánica (no es la primera vez que encuentro un paralelismo entre los ultracatólicos gudaris y los follacabras): la línea de falla entre el bloque suní y chií, en una zona en disputa entre […]

    Pingback por Resistiendo y creciendo | La mirada del mendigo — 6 julio 2016 @ 17:22 | Responder


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