La mirada del mendigo

7 enero 2016

Monte limpio, monte sucio

Filed under: ecología — Mendigo @ 1:09

Cuando algo no se puede o se sabe mejorar, es mejor transmitirlo tal cual y que el reconocimiento sea para el autor. En este caso, copio un artículo del biólogo David Álvarez, autor del espacio Naturaleza Cantábrica (un blog de referencia para todo amante de la Naturaleza).

Lo que dice es tremendamente básico, sencillo, debería ser evidente para todo el mundo, pero… no es así. Es de una importancia capital enfrentar y vencer el discurso palurdo de la cultura tradicional que aprecia como “suciedad” la Naturaleza, que hay que “limpiar” (=destruir, desbrozando o quemando), para conseguir el modelo de entorno para los aldeanos: un paisaje humanizado, íntegramente dedicado a pastos o cultivos y, lo que quede, monocultivo forestal. Hasta el último rincón de la tierra dedicado al rendimiento económico de los paisanos, sin reservar espacios donde la disposición de las especies sea decidida libremente por la Naturaleza.

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Con este título, “Monte limpio, monte sucio“, se encabezaba un articulo aparecido en el diario La Nueva España el pasado 26 de diciembre, en el que el periodista de siglas E.G. nos resumía en dos imágenes y “con absoluta veracidad lo que estaba ocurriendo aquí”. Supongo que se refiere el señor E.G. al motivo por el cual, desde el pasado sábado se ha calcinado gran parte del occidente asturiano.

Como prueba irrefutable de sus afirmaciones, E.G. nos muestra dos fotografías que según él representan un bosque cuidado y otro dejado “al albur de la naturaleza” y quiero suponer, aunque en ningún momento lo menciona, que el bosque sucio se quema mientras que el limpio no.

Lo primero que llama la atención es el concepto de limpieza y suciedad que tiene el autor, que a la vista de las imágenes, parece que equipara a orden y desorden, respectivamente, ya que en ninguna de las imágenes se aprecia suciedad alguna. entendida como inmundicia o porquería, normalmente de origen humano. [N.d.M: el concepto de “suciedad” es ajeno a la Naturaleza, donde hasta los excrementos y los cadáveres son fuente de nueva vida].

Con el fin de aclararle al señor E.G. el concepto de suciedad, le adjunto la anterior fotografía de uno de los múltiples vertederos ilegales que aún se pueden encontrar “aquí”, en nuestros campos y montes y que están compuestos básicamente de neumáticos usados, compresas, envases multicolores, muebles viejos y demás residuos humanos.

Lo que el señor E.G. y mucha gente entiende por suciedad es cualquier tipo de vegetal que forme parte del sotobosque y el matorral, o sea, todo lo que no sean árboles. Conviene recordar, aunque ya resulta un poco cansino, que un bosque no es solo un montón de árboles, sino que un bosque es un ecosistema complejo, compuesto de árboles, arbustos, formaciones herbáceas, pero también madera muerta, microorganismos y numerosos animales. Esas formaciones vegetales no arbóreas son fundamentales para el mantenimiento de una fauna característica y ese sotobosque, suciedad según el autor del artículo, también aporta nutrientes y protección a las semillas de los árboles que permiten que el bosque se regenere y evolucione.


Bosque afortunadamente “dejado al albur de la naturaleza”

En segundo lugar llama la atención el concepto que tiene el autor de lo que es un “bosque”, ilustrándonos con una imagen de una plantación de pinos, que podría sustituirse perfectamente por una plantación de berzas o de nabos, ya que su significado ecológico y económico es el mismo, eso si, “cuidada, mantenida, limpia, saneada”, como una gallina sedosa del Japón. Como imagen de bosque sucio, o “monte sucio” como literalmente escribe el autor, nos adjunta una fotografía de un eucaliptal, que probablemente no esté en explotación porque tras unas pocas cortas ya no es rentable y se ha abandonado.

Las dos fotografías del artículo poco tienen que ver con un bosque, eso sí, tienen que ver bastante con los incendios, y no precisamente por la supuesta suciedad que describe el autor, sino porque ambas especies son altamente inflamables, tanto por la presencia de resina en los pinos, como por la de alcoholes y aceites en los eucaliptos. No es de extrañar que la mayoría de los incendios tengan lugar en estas plantaciones, mientras que los bosques autóctonos maduros sufren menos (se puede leer un interesante artículo sobre el tema en este enlace).


Plantación “limpia” de eucaliptos ardiendo el pasado fin de semana.

Confundir un bosque con una plantación es un error bastante común, y muchas veces interesado, así como equiparar un bosque a un jardín, en el que el ser humano se encarga de segar, podar, desinfectar. Aunque ya resulta tedioso y ya se ha repetido mil veces, ni una plantación es un bosque ni un bosque es un jardín.

En cuanto a la conclusión del señor E.G. de que ha dado con el origen de los incendios, hay que recordarle que el origen de los mismos es, en el 90% de los casos, un mechero y un individuo que lo enciende, y no un matorral que arde por arte de magia [N.d.M: eso sólo ocurre en la Biblia, Éxodo 3]. La solución para evitar los incendios no es transformar los bosques en cuidadas plantaciones de pinos, sino en dejar de una vez de justificar las quemas y a los que las producen, así como reconsiderar la actual política forestal de la franja cantábrica, que se ha convertido en un monocultivo continuo de plantaciones de eucaliptos y pinos. Tampoco estaría mal que empezáramos a llamar a las cosas por su nombre, a los eucaliptales, plantaciones y a los incendiarios, delincuentes.

12 comentarios »

  1. Los dueños de los monocultivos forestales no pretenden tener y cuidar un bosque sino obtener rendimiento económico.
    En la medida que no se les exige ninguna actuaccion de limpieza ni de tratamiento antiplaga (me estoy acordando de la procesionaria) no la van a hacer.
    en muchos casos a los llamados forestalistas (las grandes papeleras sobretodo) se les ayuda con dinero publico a controlar plagas y a reparar pistas que destrozan con la maquinaria.
    Otra cosa son los parques naturales en los que a veces se actua con buena voluntad para acelerar la recuperación del bosque autóctono que tardaría siglos en repoblar de forma natural zonas como grandes argomales por ejemplo.
    Hay que asumir como en Yellowstone que si no se permiten los fuegos que se producen de vez en cuando de forma natural y se apagan, el sotobosque aumenta su masa y el incendio es mucho mayor cuando al final se produce.
    Todo tiene un coste ,no solo económico , y tener osos en Asturias por ejemplo, o lobos en zonas con ganado hay que pagarlo.

    Comentario por zumalakarregi — 7 enero 2016 @ 5:39 | Responder

    • Te has lucido con el comentario.

      Un monocultivo forestal no es un bosque.

      “actuaccion de limpieza” = desbrozado. Usemos correctamente el idioma, porque si empleamos “limpieza” damos a entender que el sotobosque es “suciedad”, lo cual es aberrante.

      “ni de tratamiento antiplaga” –> las extensión de las plagas son debidas, precisamente, a que se trata de monocultivos. Un ecosistema complejo equilibra por sí mismo la población de los diferentes organismos que lo habitan, impidiendo que se descontrole uno de ellos en lo que llamamos “plaga”.

      “si no se permiten los fuegos que se producen de vez en cuando de forma natural y se apagan” –> Pero qué coño me estás contando. De qué cojones hablas. La única causa natural de fuego es debido al rayo (y un fenómeno muy extraño de la autocombustión en turberas). Estamos tratando la casuística de incendios en la Península Ibérica, especialmente el autor habla de la ola de incendios de estas Navidades en Asturias, Cantabria y Euskadi. ¿Me quieres decir a qué hostias viene a cuento la soplapollez de las “causas naturales”?

      En el contexto ibérico, me parece como poco inapropiado, más bien ofensivo. Como recordar en el funeral por una víctima de la violencia machista que existen algunos casos de agresiones de mujeres a sus parejas masculinas. Estadísticamente, bastante más inapropiado (los incendios debidos a causas naturales son estadísticamente menos representativos que los casos de violencia doméstica al marido).

      “el sotobosque aumenta su masa” –> Las plantas de mayor envergadura limitan el crecimiento del sotobosque, privándolo de luz. Madre mía…

      “Todo tiene un coste ,no solo económico , y tener osos en Asturias por ejemplo, o lobos en zonas con ganado hay que pagarlo.” –> Y por qué cojones tenemos que permitir que un grupo de paletos usen terrenos públicos para apacentar su ganado? Por qué tenemos que cederles espacios incluso de Parques Naturales para su beneficio económico, con el daño que produce el pastoreo y la búsqueda de nuevos pastos? Por qué tiene que haber ganado donde hay osos o lobos? Y en todo caso, de tenerlo, por qué no lo protegen adecuadamente? Las montañas deben ser hogar de la fauna salvaje, no pastizal para que los ganaderos les salga gratis el engorde.

      Comentario por Mendigo — 8 enero 2016 @ 1:28 | Responder

  2. Hola Mendigo:

    Poco más que añadir a lo que tú y David Álvarez habéis expuesto.

    Verdaderamente, lo que está sucio son las entendederas de los simples que pueden llegar a entender como razonables la sarta de gilipolleces malintencionadas que pueden llegar a escribir personajes como el tal E.G.

    Lo que está sucio son las entendederas de una sociedad rural tradicionalmente reaccionaria y modernamente consentida y apesebrada por una clase política que a cambio de sus votos, ocupa las instituciones. Una sociedad rural y una clase política permanentemente empeñadas en vivir en la idea anacrónica de que a la Naturaleza hay que gestionarla en beneficio única y exclusivamente del ser humano. Dos rémoras que rechazan de manera cerril y sistemática cualquier forma más benéfica, razonable y sensata de administrar los recursos que el mundo natural nos aporta.

    Un saludo.

    Comentario por Daniel Pérez — 7 enero 2016 @ 18:40 | Responder

    • Buenas, Daniel.

      Habría que desterrar una idea: la necesidad de que el ser humano intervenga en la Naturaleza. La Naturaleza, si se deja a su libre arbitrio, se descontrola, y ahí debe estar el hombre, a quien Dios puso como guardián de la creación, para controlar y reinar sobre ella. Los cojones de Mahoma, nuestra especie lleva 200.000 años sobre este planeta, sólo la cuarta parte fuera del continente africano, y la Naturaleza se las ha apañado perfectamente sin nosotros durante cientos de millones de años. Casi siempre lo mejor que podemos hacer por ella es dejarla en paz, y sólo actuaciones muy estudiadas pueden ayudarla a regenerarse (tras el daño humano).

      Por supuesto que no todo el territorio puede ser una reserva, también habrá que dedicar espacios para la agricultura, la ganadería o la industria. Pero lo que se nos vende es que el 100% del territorio esté regido por el interés económico. Yo propongo llegar a un pacto con la Naturaleza: 50% para sacarle el máximo provecho económico, nos podemos quedar con las mejores tierras, las más fértiles…pero el otro 50% reservarlo para que sea la Naturaleza la que gobierne en ellos. Es decir, fuera ganadería extensiva y fuera monocultivos forestales, las dos principales amenazas de los ecosistemas terrestres.

      Saludos!

      Comentario por Mendigo — 8 enero 2016 @ 1:36 | Responder

  3. En muchas ocasiones he tenido que dar buenos rodeos por no poder atravesar por bosque cerrados (los que llaman sucios). En ningún caso me ha importado, el ecosistema tiene que ser así y sé que salvo que algún cafre le dé candela seguirá así mucho tiempo por mucha maleza que haya.

    Te puedo decir que a pesar de la suciedad, que llaman, rarisima vez se ve un incendio en estos bosques y cuando arde algún monte por aquí son generalmete de pinos plantados por la mano humana.

    Un bosque limpio y desbrozado no es más que un parque urbano en el campo. El monte y el bosque hay que disfrutarlos como son, no como los hacemos que para eso ya está el Retiro.

    Comentario por Javi — 7 enero 2016 @ 19:46 | Responder

    • Ey! Qué pá, cuánto tiempo!

      Pues evidentemente, también a mí me jode el no poder ver, por ejemplo, un tejón, una jineta o un búho real porque son animales de hábitos nocturnos. Pues vale, pues me aguanto, porque la Naturaleza es así. No por eso quiero que los atrapen y los metan en una jaula, para que me pueda dar el gustazo de verlos como si fueran payasos de circo.

      Es que la Naturaleza no se hizo para, la Naturaleza ES, y es antes incluso de nuestra aparición en este planeta. Pero hay mucho cafre que no ve valor en nada que no le reporte beneficio económico. La de veces que he escuchado yo lo de “Os carballos? Pero se non serven para nada?”. Y yo pensando ¿y tú, para qué sirves, desgraciado?

      En fin…

      De todas formas, como recuerdo antes…el bosque está muy cerrado cuando está en recuperación, es un estado transitorio. Una vez que los árboles alcanzan cierto porte, le meten cerrojazo a la luz que llega a los pisos inferiores y, de esta forma, controlan el crecimiento del sotobosque. En los densos pinares del Sistema Ibérico y Central, en los viejos carballales que aún quedan aqui o allá o en los hayedos de Irati (por no salirnos de la Península) se puede avanzar monte a través sin demasiada oposición. En cualquier caso, no es aconsejable y para eso están los caminos y senderos.

      Un abrazo, compi!

      Comentario por Mendigo — 8 enero 2016 @ 1:49 | Responder

  4. En nochebuena, mientras cenaba, pude ser testigo (lo veía desde la ventana) del incendio que precisamente esa misma noche se iniciaba en la localidad navarra de Arantza. Ese incendio se inició en una zona de matorrales y helechos pero terminó afectando a robles y hayas del “sucio” bosque adyacente. Y aunque es cierto que las condiciones eran óptimas para el desarrollo del incendio debido a la inusual pero extrema sequedad por la ausencia de lluvias, a la manta de hojarasca que cubría el suelo, al intenso viento o las escarpadas pendientes, no cabe ninguna duda de que el incendio fue provocado. Probablemente para “limpiar” la zona. Hay que decir, que debido a la gran resistencia al fuego de estos árboles, veremos sus copas cubiertas de verde durante la primavera, aunque el incendio se quedará grabado en los anillos de sus troncos. Y también hay que decir, que no sólo se estaba quemando el bosque sino que también los vecinos del pueblo estaban muy quemados con el incendio.

    Respecto a lo que dice Zumalakarregi, supongo que se referirá al gran incendio de 1988. Pero para entonces ya permitían que los incendios provocados por causas naturales, como los rayos -tormentas de rayos y escasas precipitaciones son habituales en las tardes de verano de la región, a la que por cierto, y como apunte anecdótico, en su día emigraron muchos vascos- ,se desarrollaran de forma natural. El problema, creo recordar, es que debido al aumento del turismo y la urbanización asociada, algunos incendios naturales debían ser extinguidos. Aún así, el verdadero problema fue que a varios años seguidos con mayor precipitación de la normal, lo que redujo el número y la intensidad de los incendios, le siguió un año especialmente seco (creo recordar, de nuevo, que el más seco desde que se obtienen registros pluviométricos). En cualquier caso, cada ecosistema es diferente, y no creo que trasladar la realidad del parque de Yellowstone a la cornisa cantábrica sea muy acertado. Si estoy equivocado agradeceré que alguien me corrija, pero el sotobosque de los montes navarros no necesita ser quemado para evitar las consecuencias de un gran incendio.

    Comentario por Arnotegi — 7 enero 2016 @ 21:08 | Responder

    • Me niego a seguir hablando del oso Yogui. Me niego.

      Por lo demás, y me encantaría equivocarme, pero puede que no se cumpla tu (nuestro) deseo de que los árboles afectados rebroten en la primavera. Me explico: en esta época las caducifolias retiran gran parte de la humedad de sus estructuras aéreas, así que cuando son afectadas por el fuego durante su etapa de reposo invernal, el calor penetra más en la corteza, acabando con ella. Los fuegos de invierno son mucho más peligrosos para estas especies que los de verano.

      Eso sí, al menos los robles, casi todos brotarán del pie. Ignoro el comportamiento de las hayas porque, realmente, nunca he conocido un hayedo quemado. Como comprenderás, del comportamiento del roble ante los incendios tengo un doctorado, viviendo donde vivo.😦

      Comentario por Mendigo — 8 enero 2016 @ 1:55 | Responder

  5. Bona nit tothom !!

    En resumidas cuentas todo este dislate conceptual del bosque como ordenado y primoroso jardín bebe de nuestra visión antropocéntrica ilustrada. La fe en el progreso “per se” y la idea de que la naturaleza es un sindios que necesita ser domeñado y puesto en cintura para nuestro servicio y disfrute no dimana de ninguna característica innata y depredadora de nuestra especie sino más bien de cierto tipo de “exitosa” civilización que amenaza con comérselo todo y que es la nuestra. En España, como no podía ser de otra forma, esta cosmovisión, más “desarrollista” que de desarrollo, esta bien impregnada de nuestra propia idiosincrasia cateta e ignorante que le da ese aroma tan inconfundiblemente cañí.

    http://politica.elpais.com/politica/2016/01/07/actualidad/1452164219_015579.html

    Ya lo decía la Botella (antigua delegada de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid) que “el planeta ha de estar al servicio del hombre”.

    http://www.publico.es/espana/ana-botella-planeta-al-servicio.html

    Perniciosa dicotomía -tan querida a nuestra cultura- por la cual la conservación de la naturaleza es incompatible con la economía y el bienestar (además de absolutamente estúpida pues que bienestar o economía es posible en un planeta estéril con agua y aire envenenados

    Dejo aquí enlace a los planes de GM para la Amazonía por si no conocíais el caso)

    http://blogs.publico.es/strambotic/2015/08/robot-maligno/

    Acojonante sin duda.

    En fin.

    Saludiños.

    Comentario por fouche — 8 enero 2016 @ 2:22 | Responder

    • Madre mía, esa máquina parece salida de la imaginación de un guionista de serie B. De todas formas, sin propulsión atómica ni sablazos láser, pero la Amazonía sigue menguando cada día bajo los mucho menos tecnológicos incendios y motosierras.
      😦

      En cuanto al concepto de humanización de la Naturaleza, se puede seguir el rastro mucho más allá de la Ilustración, hasta las orillas del Nilo, en las cuales el Faraón era el garante del orden creador frente al caos primigenio; e incluso más allá, a la epopeya de Gilgamesh, que conciben el proceso civilizatorio como una lucha del hombre por domeñar a una Naturaleza indómita (Enkidú), de la cual acaba sirviéndose. Lo cual podía tener mucho sentido hace cinco mil años, pero ninguno en la actualidad.

      En los siglos XVIII y XIX, el objetivo de la humanidad pasó de luchar contra una Naturaleza amenazante, a estudiarla, procurar entender su funcionamiento y ponerla a nuestro servicio. A partir del s.XX la prioridad pasa a ser protegerla, pues ahora es ella la amenazada. La caza, la tauromaquia, el uso agropecuario del fuego…son atavismos que arrastramos de esa primera época en la que nosotros éramos el elemento débil. La Botella no deja de ser una palurda que cambió la boina por el bote de laca.

      Comentario por Mendigo — 9 enero 2016 @ 3:46 | Responder

      • Si la verdad que no hace falta mucho para desforestar la Amazonía, basta solo con la suficiente demanda de soja. De todas formas el tema de GM también lo vi interesante por ser la clásica visión tecnoptimista muy de los años 50 en que una nación poderosa y en su cenit miraba con confianza el futuro hasta el punto de diseñar sus coches como cohetes espaciales.

        Me agrada esa época por lo de ingenuo y luminoso que tenía.

        Es verdad que nuestra cosmovisión antropocéntrica y racional se gesta hace milenios y explota en Grecia para, más adelante, ser Roma su correa de transmisión a Oriente y Occidente (si exceptuamos el helenismo previo de Alejandro Magno), pero la ética productivista y utilitaria propia del capitalismo tiene un origen más reciente (yo diría que desde el Renacimiento y la creación de los primeros bancos en Genova y Venecia para financiar las aventuras comerciales de ultramar).

        Supongo que lo conoces porque es muy famoso pero pego uno de los cuentos de Borges que más me gustan y que lo veo bastante adecuado para el tema tratado…

        ——–

        Historia del guerrero y de la cautiva
        (El Aleph, 1949)

        En la página 278 del libro La poesía (Bari, 1942), Croce, abre­viando un texto latino del historiador Pablo el Diácono, narra la suerte y cita el epitafio de Droctulft; éstos me conmovieron singularmente, luego entendí por qué. Fue Droctulft un guerrero lombardo que en el asedio de Ravena abandonó a los suyos y murió defendiendo la ciudad que antes había atacado. Los raveneses le dieron sepultura en un templo y compusieron un epitafio en el que manifestaron su gratitud (“contespsit caros, dum nos amat ille, parentes”) y el peculiar contraste que se advertía entre la figura atroz de aquel bárbaro y su simplicidad y bondad:
        Terribilis viste facies mente benignus,
        Longaque robusto pectores barba fuit![1]
        Tal es la historia del destino de Droctulft, bárbaro que murió defendiendo a Roma, o tal es el fragmento de su historia que pudo rescatar Pablo el Diácono- Ni siquiera sé en qué tiempo ocurrió: si al promediar el siglo vi, cuando los longobardos desolaron las llanuras de Italia;, si en el VIII, antes de la ren­dición de Ravena. Imaginemos (éste no es un trabajo histórico) lo primero.
        Imaginemos, sub specie aeternitatis, a Droctulft, no al indivi­duo Droctulft, que sin duda fue único e insondable (todos los individuos lo son), sino al tipo genérico que de él y de otros muchos como él ha hecho la tradición, que es obra del olvidó y de la memoria. A través de una oscura geografía de selvas y de ciénagas, las guerras lo trajeron a Italia, desde las márgenes del Danubio y del Elba, y tal vez no sabía que iba al Stir y tal vez no sabía que guerreaba contra el nombre romano. Quizá profesaba el arrianismo, que mantiene que la gloria del Hijo es reflejo de la gloria del Padre, pero más congruente es imagi­narlo devoto de la Tierra, de Hertha, cuyo ídolo tapado iba de cabaña en cabaña en un carro tirado por vacas, o de los dioses de la guerra y del trueno, que eran torpes figuras de madera, envueltas en ropa tejida y recargadas de monedas y ajorcas. Venía de las selvas inextricables del jabalí y del uro; era blanco, ani­moso, inocente, cruel, leal a su capitán y a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto, que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquínaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal. Quizá le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que tódas las ciénagas de Alemania. Droctulft abandona a los’ suyos y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura graban palabras que él no hubiera entendido:
        Contempsit caros, dum nos amat ille, parentes,
        Hanc patriam reputans esse, Ravenna, sham.
        No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue un iluminado, un converso. Al cabo de unas cuantas generaciones, los longobardos que culparon al tránsfuga proce­dieron como él; se hicieron italianos; lombardos y acaso alguno cíe su sangre —Aldiger— pudo engendrar a quienes engendraron al Alighieri… Muchas conjeturas cabe aplicar al acto de Droc­tulft; la mía es la más económica; si no es verdadera como hecho, lo será como símbolo.
        Cuando leí en el libro de Croce la historia del guerrero, ésta me conmovió de manera insólita y tuve la impresión de recu­perar, bajo forma diversa, algo que había sido mío. Fugazmente pensé en los jinetes mogoles que querían hacer de la China un infinito campo de pastoreo y luego envejecieron en las ciudades que habían anhelado destruir; no era ésta la memoria que yo buscaba. La encontré al fin; era un relato que le oí alguna vez a mi abuela inglesa, que ha muerto.
        En 1872 mi abuelo Borges era jefe de las fronteras Norte y Oeste de Buenos Aires y Sur de Santa Fe. La comandancia estaba en Junín; más allá, a cuatro o cinco leguas uno de otro, la cadena de los fortines; más allá, lo que se denominaba entonces la Pampa y también Tierra Adentro. Alguna vez, entre maravillada y burlona, mi abuela comentó su destino de inglesa desterrada a ese fin del mundo; le dijeron que no era la única y le señalaron, meses después, una muchacha india que atravesaba lentamente la plaza. Vestía dos mantas coloradas e iba descalza; sus crenchas eran rubias. Un soldado le dijo que otra inglesa quería hablar con ella. La mujer asintió; entró en la comandancia sin temor, pero no sin recelo. En la cobriza cara, pintarrajeada de colores feroces, los ojos eran de ese azul desganado que los ingleses llaman gris. El cuerpo era ligero, como de cierva; las manos, fuertes y huesudas. Venía del desierto, de Tierra Adentro y todo parecía quedarle chico: las puertas, las paredes, los muebles.
        Quizá las dos mujeres por un instante se sintieron hermanas, estaban lejos de su isla querida y en un increíble país. Mi abuela enunció alguna pregunta; la otra le respondió con dificultad, buscando las palabras y repitiéndolas, como asombrada de un antiguo sabor. Haría quince años que no hablaba el idioma natal y no le era fácil recuperarlo. Dijo que era de Yorkshire, que sus padres emigraron a Buenos Aires, que los había perdido en un malón, que la habían llevado los indios y que ahora era mujer de un capitanejo, a quien ya había dado dos hijos y que era muy valiente. Eso lo fue diciendo en un inglés rústico, entreverado de araucano o de pampa, y detrás del relato se vislumbraba una vida feral: los toldos de cuero de caballo, las hogueras de estiércol, los festines de carne chamuscada o cíe vísceras crudas, las sigilosas marchas al alba; el asalto de los corrales, el alarido y el saqueo, la guerra, el caudaloso arreo de las haciendas por jinetes, desnudos, la poligamia, la hediondez y la magia. A esa barbarie se había rebajado una inglesa. Movida por la lástima y el escándalo, mi abuela la exhortó a no volver. juró ampararla, juró rescatar a sus hijos. La otra le contestó que era feliz y volvió, esa noche, al desierto. Francisco Borges moriría poco después, en la revolución del 74; quizá mi abuela, entonces, pudo percibir en la otra mujer, también arrebatada y transformada por este continente implacable, un espejo monstruoso de su destino…
        Todos los años, la india rubia solía llegar a las pulperías de Junín, o del Fuerte Lavalle, en procura de baratijas y “vicios”; no apareció, desde la conversación con mi abuela. Sin embargo, se vieron otra vez. Mi abuela había salido a cazar; en un rancho, cerca de los bañados, un hombre degollaba una oveja. Como en un sueño, pasó la india a caballo. Se tiró al suelo y bebió la sangre caliente. No sé si lo hizo porque ya no podía obrar tic otro modo, o como un desafío y un signo.
        Mil trescientos años y el mar median entre el destino de la cautiva y el destino de Droctulft. Los dos, ahora, son igualmente irrecuperables. La figura del bárbaro que abraza la causa de Ravena, la figura de la mujer europea que opta por el desierto, pueden parecer antagónicos- Sin embargo, a los dos los arrebató un ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón, y los dos acataron ese ímpetu que no hubieran sabido justificar. Acaso las historias que he referido son una sola historia. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales.

        ——–

        Apertas tothom !!

        Comentario por fouche — 9 enero 2016 @ 22:05 | Responder

        • Pues no, no lo conocía, y también a mí me ha gustado mucho. La escalera de la civilización puede usarse para subir o para bajar, a veces con inusitada rapidez (especialmente, como manda la gravedad, en el descenso).

          Comentario por Mendigo — 10 enero 2016 @ 2:46 | Responder


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