La mirada del mendigo

18 enero 2016

La política fiscal, la teoría de juegos y el cambio climático.

Filed under: ecología,economía — Mendigo @ 18:14

En este artículo, procuraré exponer cómo usar la política arancelaria como herramienta para lograr la reducción global de las emisiones contaminantes, con una pequeña referencia a la teoría de juegos.

El mejor arma que existe contra el cambio climático es…el cerebro. En vez de proponer magufadas termodinámicamente absurdas acerca de la captura de carbono, deberíamos empezar por plantear el problema en términos que nos den una pista para una posible solución con las herramientas de las que ya disponemos.

El principal obstáculo para lograr un escenario de reducción multilateral de las emisiones de los gases de efecto invernadero y, en general, las emisiones contaminantes, es que su formulación responde exactamente al dilema del prisionero (para los no familiarizados con este problema clásico de la teoría de juegos, sugiero leer sobre él antes de continuar). Con el agravante de que existen muchos prisioneros en la celda, y por lo tanto es más difícil alcanzar la unanimidad y más fácil que uno decida aprovechar la situación y chivarse del plan de fuga.

Esto es, todos sabemos que el óptimo consiste en que todos los Estados cooperen y se vuelquen en un esfuerzo parejo de reducción de emisiones (centrémosnos en los gases de efecto invernadero, pero podría aplicarse a cualquier contaminante). Pero éste es un equilibrio inestable, ya que si uno de los presos decide traicionar a los demás y sigue contaminando como antes, obtiene una ventaja competitiva sobre los demás al poder producir más barato. De esta forma, la introducción de un solo delator implica que todos los Estados correrán a traicionar a sus compañeros para no perder competitividad y descubrirán al carcelero el túnel que estaban excavando para poder escapar, y que supondría la salvación de todos.

Reducir las emisiones es costoso, implica adoptar tecnologías y procesos que comportan una fuerte inversión, muchas veces también con costes más altos de operación, y minan la rentabilidad y la competitividad de la industria considerada. En otros términos: hay que esforzarse en cavar el túnel, y deben comprometerse a cavar todos. Y, especialmente en el caso del CO2 y demás gases de efecto invernadero, al distribuirse en la atmósfera, es indiferente quién emita ya que el daño es común.

En resumen: tal y como está planteado actualmente el problema, existe un fuerte incentivo a traicionar a los compañeros y no reducir las emisiones (no al menos de forma suficiente para evitar una catástrofe climática). Podemos decir que la Cumbre del Clima de París es un equilibrio de Nash: todos los prisioneros deciden traicionar a sus compañeros. Eso sí, diplomáticamente y guardando las formas, para que no se altere la convivencia en la celda (fracaso es una palabra muy fea, así que mejor lo expresamos como un éxito en NO llegar a ningún compromiso).

Tal y como está planteado ahora mismo el problema, la solución es apelar a la buena voluntad del mundo entero; lo que es lo mismo que reconocer que no hay solución. Para salir de esta encerrona lógica que nos lleva al desastre climático, hay que introducir algún elemento que suponga un cambio en las condiciones del juego, para que los jugadores se desplacen a otro punto de equilibrio que beneficie a todos.

Bien, yo propongo una modificación del tablero de juego que podría perfectamente implementarse en muy poco tiempo y desatascaría la situación, introduciendo un elemento que incentive la reducción de emisiones.

Paso a exponerlo: Muchas veces he comentado la enorme potencia que tiene el concepto de imputar externalidades al que incurre en ellas y obtiene provecho. Es un principio muy sencillo de entender por cualquiera: si alguien opera un negocio contaminante, no puede ser que se lleve los beneficios y, la sociedad, soporte gratuitamente las consecuencias de la contaminación. Habrá que cuantificar los daños asociados a la operación de esa empresa, y pasarle la minuta (generalmente, en forma de tasa fiscal) para resarcir a la sociedad por esos daños. De esta forma, forzamos la adopción de medidas que controlen esas emisiones o procesos que las minoren, so pena de que la factura fiscal saque al contaminador del mercado.

Pues bien, se trata de extender este principio al comercio internacional, instituyéndolo como principio de la política arancelaria de la Unión Europea. Esto es, todo bien importado deberá pagar unas tasas proporcionales al exceso de daño causado en su fabricación, tomando como base lo que costaría en términos ambientales fabricar ese bien en Europa. Las empresas podrían someterse voluntariamente a auditorías ambientales independientes para determinar el consumo de energía y materias primas en que se incurre para disponer en el mercado europeo de ese bien (incluyendo el transporte), y según las fuentes de una y otras, las agresiones al medio natural en que se ha incurrido. De forma directamente proporcional a este daño, se calculará el impuesto que permitirá igualar ambientalmente el producto importado respecto al homólogo europeo, y podrán entonces competir en igualdad de condiciones en los anaqueles de las tiendas europeas.

Por supuesto, esta auditoría sería voluntaría; las empresas que no estuvieran dispuestas a someterse a él, se aplicaría a sus productos un cálculo general, con datos medios según la industria y el país de origen.

Es cierto que esta revolución arancelaria corre el riesgo de desatar una guerra comercial, pero tengo buenos motivos para creer que la sangre no llegaría finalmente al río.

Primero, hemos de ser conscientes de que la UE es la mayor potencia económica mundial, y un descomunal mercado en el que quieren estar presentes todos los jugadores. Es más, en esta política podrían secundarnos otros países como Suiza o Noruega que, no estando en la UE, comparten nuestros principios. Es más, si la política exterior europea fuera digna de ese nombre, debería buscar apoyos en países fuera del continente para adoptar esta mecánica arancelaria, estimulando su reciprocidad (los productos europeos deberían demostrar su limpieza para entrar sin sobrecargo en terceros países).

Segundo, no es una política que se dirija contra nadie en particular, sino que señala a los sectores y países más contaminantes. Pero no es nominal ni determinista: pueden reducir la factura avanzando por la senda de la descarbonización. De hecho, Europa contraería un gran compromiso: el de no gravar las importaciones que demostrasen tener asociadas emisiones en nivel igual o inferior a la producción local (un verdadero caramelito, para según que países y sectores). Esto estimularía a su vez el esfuerzo europeo por no dormirse en los laureles y perseverar en la reducción de emisiones contaminantes.

Al ser percibido por la sociedad como una tasa justa y con un objetivo no es exagerado decir que salvífico, sería mucho más difícil de cara a la opinión pública interna de terceros países justificar la apertura de hostilidades comerciales con la UE a causa de esta nueva política arancelaria (e, insisto, somos la mayor superpotencia económica, quien se nos enfrente en una guerra arancelaria tiene muchas posibilidades de dejarse los bigotes en la gatera). A regañadientes, pero todo el mundo acabaría viéndose forzado a jugar con nuestras condiciones y entrando en la competición por la reducción de emisiones.

Y aquí vuelvo a ampliar: este concepto no es solamente aplicable a la reducción de la huella de carbono en la industria, sino toda aquella agresión al medio natural asociada a la producción del bien en cuestión, sea deforestación, vertidos en cursos de agua, contaminación por SOx, NOx, O3 o PM<5 del aire en núcleos urbanos, et caetera. Esas agresiones deben ser cuantificadas e imputadas al producto en cuestión, en la medida que haya incurrido en ese consumo de materias primas y energía.

De hecho, también sería una oportunidad para introducir incentivos para evitar la explotación humana, castigando por medio de tasas más altas no sólo el dumping ecológico, sino también el dumping social (jornadas laborales de más de 40 horas, salarios misérrimos, accidentalidad laboral…). De esta forma, devolveríamos la competitividad perdida a la industria europea al igualar términos, imputando las externalidades en que sus homólogas incurren a costa de sus poblaciones, los ecosistemas y toda la Humanidad. Recíprocamente, Europa tendría un acicate para seguir mejorando las condiciones sociales y ecológicas de su economía (para meter más diferencia a sus competidores y, por lo tanto, mayor gravamen) y no como actualmente, que el incentivo es a reproducir las condiciones de producción en los países menos desarrollados.

En definitiva: para ganar competitividad en los mercados globales, los jugadores deberían esforzarse en contaminar menos. Esto supondría invertir la tendencia actual (ganar competitividad rechazando la adopción de medidas para reducir las emisiones), revirtiendo las condiciones del problema y poniéndolas a operar a nuestro servicio.

Esto es obrar con inteligencia. Y para esto, no hace falta ninguna máquina mágica que contravenga los principios de la termodinámica, basta disponer de voluntad política, lealtad para con la ciudadanía y la Humanidad (la presión usamericana sería tremenda) y algo en la mollera.

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19 comentarios »

  1. jajaja como broma está cojonudo, mendi
    Ahora en serio: ¿”solo” hace falta voluntad política y lealtad para con las personas? Tu mismo dices que en Paris se ha impuesto la lógica del capital. En Paris se reunieron para hacer lo que tu propones, y no lo hicieron. No lo pueden hacer porque la lógica (imperante hoy) lo impide, no por falta de “inteligencia”.
    Dejas caer que suizos y noruegos comparten “nuestros principios”, y se entiende que esos “principios” consisten en no seguir deteriorando nuestro medio ambiente. Hay otros principios a los que no haces referencia y son, sin embargo, más importantes que esos en el sentido de que son los que finalmente se imponen: los principios de la “prosperidad-no miseria económica”. ¿Qué te hace pensar que gringos o chinos no comparten exactamente nuestros mismos “principios”? Con “suizos”, “noruegos”, “europeos” y ese tipo de sustantivos ¿te refieres a los nacionales de esos paises, a sus poderes políticos, a sus poderes fácticos…?

    brazos, cachondo

    Comentario por escaiguolquer — 19 enero 2016 @ 10:53 | Responder

    • Qué cabrón!😛

      No soy tan cándido como aparento. Primero, las tasas arancelarias es una decisión propia de cada Estado (o supra-Estado), se pueden modificar de forma unilateral. No necesitas un acuerdo mundial, a todas luces imposible de lograr, que era lo que se pretendía en Paris.

      Y segundo, porque económicamente le interesa a Europa, y mucho, meter al resto del mundo en el juego de la reducción de emisiones, porque nosotros ya llevamos avanzado más trecho, y buena parte de la descarbonización pasa por empresas europeas (Vestas, Siemens, Osram, Gamesa…).

      Hay que alinear los intereses económicos con el interés del planeta, para que todos remen en la dirección que nos interesa, y esto se consigue legislando (apropiándose del BOE, es decir, haciendo política).

      Un abrazo, tronk!

      Comentario por Mendigo — 19 enero 2016 @ 13:18 | Responder

      • Nada se puede modificar de forma unilateral. Nada que tenga efectos reales. Tu conoces mejor que yo las leyes de la termodinámica y, aunque yo tampoco soy tan cándido como para querer aplicarlas “tal cual” a asuntos sociales y no naturales, dan buenas pistas sobre la imposibilidad de la máquina del movimiento perpetuo.
        ¿Por qué no se evitan “malos comportamientos” de “los demás” mediante este tipo de medidas si es tan sencillo? Quiero decir: ¿porque no castigar con aranceles no solo los daños al medio ambiente, sino a la industria nacional, al desempleo de “los nuestros”, a los derechos humanos, a la democracia, al buen gusto o al salero? Respuesta: porque no es GRATIS. Es decir, otra vez, como cada vez, el asunto económico.

        más brazos

        Comentario por escaiguolquer — 19 enero 2016 @ 16:51 | Responder

        • Sobre todo no es gratis para los legisladores, que están comprados por las grandes empresas y conglomerados financieros. No tendrían que echarle huevos ni nada para hacer algo semejante…

          Comentario por Narciso — 19 enero 2016 @ 19:57 | Responder

          • Pues que les paguen ellas el sueldo, ya que para ellas trabajan!

            Comentario por Mendigo — 19 enero 2016 @ 20:44 | Responder

            • Pero si son incapaces de hacer nada para proteger los intereses de su población en cosas que no costarían nada (por ejemplo, ya que rescato la banca, los pisos vacíos los alquilo con alquileres sociales y una cláusula de que si el banco encuentra inquilino o comprador, el inquilino social debe buscarse otra vivienda, y ni eso, miles y miles de pisos vacíos y encima sin pagar los gastos de comunidad de sus edificios) menos algo que suponga una pizca de osadía y de mojarse…

              Comentario por Narciso — 24 enero 2016 @ 12:14 | Responder

        • Vale, es cierto. Realmente la política arancelaria es potestad de cada Estado (o supraestado) pero tiene consecuencias, y no sólo comerciales.

          De todas formas, las tasas aduaneras, las actuales, ya existen entre otros motivos por alguno que comentas (proteger la industria nacional). Tampoco lo que yo planteo es tan extemporáneo; simplemente es fijar una escala referida a las emisiones, una política arancelaria predecible y no discriminatoria. ¿Quieres que rebaje mis tasas a tu país? Ya sabes el camino: contamina menos.

          Sí que creo que sería muy interesante, pero difícil que ningún legislador se lo plantee, incluir en esa tasa aspectos relacionados con los derechos laborales. En cuanto a la Democracia y los DDHH, de modo más general, yo los incluiría en las directrices de política exterior y de cooperación internacional. Palo y zanahoria, aislamiento a aquellos regímenes que socaven los DDHH, colaboración con los que caminen por la senda de la civilización. Aunque esto sé que ya sí que empieza a sonar ingenuo, y además sería imposible acordarlo como política común de la UE.

          Comentario por Mendigo — 19 enero 2016 @ 20:43 | Responder

  2. De acuerdo por completo. Aunque parece que los capos de la UE andan negociando algo bastante distinto con los expertos en externalidades del otro lado del charco. De hecho, da la sensación de que lo que están tratando de asegurar es que la pérdida de beneficio que cause el imputar externalidades a su causante obtenga resarcimiento a costa de la sociedad.
    Por otra parte, siempre es más fácil vender caras pastillas mágicas para adelgazar que convencer de que andar es bueno y sale gratis.
    El infantilismo de un porcentaje significativo de la población dificulta mucho, pero mucho, tomar decisiones que no sean prometer chuches para todos.
    Va a haber que emplearse a fondo en la tarea (porque tampoco he visto nada de esto en ningún programa electoral de esos de la nueva política).

    Comentario por Javier — 19 enero 2016 @ 10:57 | Responder

    • Muy buena la referencia al TTIP, porque efectivamente va en la dirección contraria. Lo que están negociando es una traición al pueblo, no hay otra forma de describirlo.

      Comentario por Mendigo — 19 enero 2016 @ 14:25 | Responder

  3. En Francia hubo un intento parecido. Se trataba de un impuesto al CO2 (no recuerdo si incremental o constante). Tubo mucha oposición porque para las clases más bajas representaba una pérdida en el poder de compra que se intentó paliar con la creación de un cheque verde. Al final el proyecto fue tumbado por el constitucional porque las industrias ya tenían el famoso Cap & Trade del Protocolo de Kyoto. Un libro explicaba este impuesto: Le Plein s’il vous plait. Creo que Suecia y Finlandia tienen algo parecido.

    Comentario por xorx — 19 enero 2016 @ 21:22 | Responder

    • Has dado en el clavo xorx. Más aranceles para conseguir menos emisiones también consigue reducir el consumismo descontrolado y suicida que vivimos. El problema es que tus queridos congéneres nunca leerán este blog ni serán conscientes de su inconsciencia. Y jamás querrán reducir su nivel de consumo. Prefieren respirar NOx, CO2 o lo que haya en el aire. Al fin y al cabo no es culpa suya que el aire sea irrespirable, no? La culpa Era de Carmena.

      Comentario por Roberto — 20 enero 2016 @ 0:09 | Responder

      • Roberto, ¿sabrías definirme la pobreza? Definición.

        Comentario por Mendigo — 20 enero 2016 @ 11:27 | Responder

    • Es otra idea, ponerlo en vez de como arancel, como impuesto al consumo. Pero sería interesante ampliarlo, no sólo al CO2 sino para otras agresiones al medio natural. Por ejemplo, equilibraría el precio del aceite de palma con el local de girasol…

      En cuanto al sistema de cuotas, ya ha dejado de existir, así que ahora sí que pasaría el filtro legal (no se grava dos veces por el mismo concepto). Ciertamente, supone una erosión en el poder de compra, pero se puede equilibrar fácilmente vía fiscal. Por ejemplo, bajando el IVA, especialmente de los productos de primera necesidad. O incluso, ya puestos, crear un IVA que fuera completamente proporcional al impacto social y natural de la producción del bien o servicio.

      Comentario por Mendigo — 20 enero 2016 @ 11:36 | Responder

  4. Una magufada que no me he molestado en calcular, pero que a groso modo pude ir de la siguiente manera: una vez calculé mi huella en carbono anual, que era algo así como de 20 árboles. Y si nos dedicáramos a plantar árboles a lo bestia (especies autóctonas por favor) para atrapar el carbono de la atmósfera? Ese otoño cogí unas 20 bellotas del bosque, las puse en unas cuantas macetas tapadas con hojas, y me salieron 30 robles como 30 soles. Algunos los transplanté con éxito, otros muchos tenían las raíces tan enterradas que no había manera de sacarlos y me los cargué. Pero a lo que voy, es relativamente fácil y poco costoso plantar árboles y plantarlos. 40 árboles al año por persona (para revertir la situación) son 1.6 billones de árboles. No me parece un objetivo tan descabellado, pongamos a trabajar a 50.000 personas y salen unos 160 árboles por día y persona, lo cual no me parece tan bestia, es una producción de 20 árboles por hora. Terreno también hay de sobra. Ponemos una asignatura a los críos en los colegios y los llevamos una vez por trimestre al monte, que falta les hace a muchos, y a capturar carbono. Por cierto, si te preocupa el tema de galicia, que te parece la liberación de metano del permafrost? eso si que no ocupa portadas
    http://www.invemar.org.co/portal_old/noticias.jsp?id=4082&idcat=121

    Comentario por Pablo — 28 enero 2016 @ 3:36 | Responder

    • Pues si es por eso, ya tengo ganado el cielo!

      Creo que en mi vida habré plantado cientos de árboles.

      Por cierto, un consejo con los Quercus: tienen una raíz central muy poderosa, acabada en un dardo (que viene a ser la broca que taladra la tierra). Si se rompe ésta, es difícil que la planta sobreviva. Es mucho mejor sembrarlos directamente que transplantarlos.

      Realmente no es un objetivo nada descabellado, de hecho en China están creando una barrera verde para evitar la progresión del desierto en sus provincias occidentales (Asia Central). El único miedo que tengo de esas propuestas de reforestación masiva, es que se usen especies invasoras, con lo cual es peor el remedio que la enfermedad.

      De todas formas, yo propuse hacer algo así y mira cuál fue el éxito:
      http://foro.infojardin.com/threads/crear-grupos-de-repoblacion-con-autoctonas.43174/

      Y es el gran foro de botánica español, se supone que todos los que ahí están son amantes de la Naturaleza. Claro, con este nivel de implicación… imposible hacer nada.

      Comentario por Mendigo — 28 enero 2016 @ 12:58 | Responder

      • Vaya, un exitazo espectacular tu propuesta. Tengo la sensación de que los jardineros solo se interesan por el aspecto estético de las plantas para tener un rincón bonito que huela a flores, pero no van más allá. En Cantabria la asociación arca lleva muchos años organizando plantaciones en los montes con eliminación de flora alóctona, aunque es un parche insignificante. Lo cual me recuerda que había oído que los eucaliptos son hiper-resistentes al fuego, ya no lo recordaba. Es alucinante ver en qué convierten los eucalitos el suelo en el que crecen: un maldito barrizal, nada más. En mi instituto teníamos una clase de logse de botánica aplicada, aparte de la infructuosa tarea de identificar flores, plantábamos árboles y otras plantas. A la gente le parecía una pérdida de tiempo, pero probablemente muchos no habrán hecho nada más útil en toda su vida.
        Verdaderamente tienes ganado el cielo… has pensado en contactar con alguna organización local que haga replantaciones? A lo mejor se os ocurre alguna manera de llamar la atención de la prensa (me siguen viniendo ideas como talar una esvástica de eucalipto en el monte o algo así). En cuanto a los métodos para eliminarlos, solo encuentro el anillado (quitar un anillo de 8 cm de alto y 5 de profundo a unos 30cm del suelo, buf).
        Te dejo un par de temas folk cántabro que hablan de todo eso que se nos pierde lentamente:

        Comentario por Pablo — 29 enero 2016 @ 19:01 | Responder

  5. De este enlace, dice que el objetivo a nivel planetario es de 2 toneladas anuales por persona, 7 en el caso de españa. eso viene a ser plantar al año dos o tres arbolitos, no parece tan ambicioso.
    http://calculator.carbonfootprint.com/calculator.aspx?lang=es&tab=8

    Comentario por Pablo — 28 enero 2016 @ 3:41 | Responder

    • No, no lo es, claro que no. Yo por mí, encantado de la vida, ya ves que intenté pulsar apoyos para crear un grupo de repoblación. Pero…

      Comentario por Mendigo — 28 enero 2016 @ 13:00 | Responder

    • Pasar de 7 a 2 supone compensar 5 toneladas de CO2 CADA AÑO, no vale con dos o tres arbolitos, son bastantes más. Estima cuanto crece cada arbol cada año y haz la conversión de biomasa a CO2, y lo verás.

      y, aunque crezcan rápido, no vale usar eucaliptos😉

      Comentario por santi — 29 enero 2016 @ 21:26 | Responder


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