La mirada del mendigo

15 enero 2017

Siria: la agitación revolucionaria que no hubo

Filed under: internacional — Mendigo @ 17:24

Si, como yo, encontráis que la exposición que hacen los PRISA, Mediaset o Vocento del conflicto sirio no es intelectualmente satisfactoria, os propongo un artículo que aporta un relato alternativo, en el que las piezas empiezan a encontrar acomodo y abre nuevas vías para seguir investigando para aquellos que desean comprender honesta y cabalmente lo que está ocurriendo en el Levante árabe (al Sham).

Quiero agradecer al autor del blog Enajenación Mundial por proponernos su lectura, a cuyo esfuerzo traductor añado el mío, para que cada uno escoja la traducción que le resulte más atinada (aunque lo mejor es siempre recurrir a las fuentes, pero yo soy el primero que encuentro más cansado leer en inglés teniendo una traducción castellana disponible). Sí, claro que considero que la mía es mejor (la modestia no es una de mis múltiples virtudes), si no fuera así no me hubiera tomado la molestia de repetirla, pero dejo a cada cual optar por la opción que mejor le parezca.

Por cierto, como iréis descubriendo, este artículo es la contestación de Stephen Gowans (publica en VoltaireNet, además de su propio blog) a otro artículo de Eric Draitser publicado en Counterpounch (bastante más flojito).

Es un pelín largo, pero si he encontrado tiempo de traducirlo para facilitar su lectura, espero que al menos la gente se digne en tomarse la molestia de leerlo.

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Aparentemente, la izquierda estadounidense aún no ha llegado a comprender que Washington no está tratando de derrocar un gobierno neoliberal. Si el presidente sirio Bashar al-Assad fuera un entusiasta del Consenso de Washington (como Eric Draitser parece creer) el gobierno de los Estados Unidos no hubiera estado pidiendo la dimisión de Assad desde el 2003, ni patrocinando las guerrillas islamistas contra su gobierno; antes bien, le hubiera protegido.

Por Stephen Gowans.

Circula una teoría en algunos círculos que, según Eric Draitser expuso en un reciente artículo en Counterpounch, propone que el levantamiento en Siria “empezó como respuesta a la brutalidad y políticas neoliberales del gobierno sirio”, y que “el contenido revolucionario del bando rebelde en Siria había sido arrinconado por un batiburrillo de yihadistas financiados por saudíes y qataríes”. Esta teoría parece estar basada, al menos hasta donde alcanza mi conocimiento, en un argumento por aserción, no en evidencias.

[N.d.M: el argumento por aserción es un tipo de falacia lógica mediante la cual se pretende que algo sea verdadero sólo por ser enunciado, sin aportar justificación o razonamiento]

Un repaso a los despachos de prensa en las semanas inmediatamente precedentes y siguientes a los disturbios de mediados de Marzo del 2011 en Daraa, comunmente aceptados como el principio de la revuelta, no ofrecía indicio alguno de que Siria estuviera tomada por un furor revolucionario, fuera de carácter anti-neoliberal o de cualquier otra índole. Por el contrario, los reporteros de la revista Time o del New York Times referían el amplio apoyo de que gozaba el gobierno, de críticos reconociendo que Assad era popular, y de ciudadanos mostrando escaso interés por las protestas. Al mismo tiempo, describían la oposición como una serie de disturbios que involucraban a cientos, y no miles o decenas de miles de participantes, guiados por una agenda básicamente islamista y mostrando un carácter violento.

La revista Time narró que dos grupos yihadistas que más tarde desempeñarían un papel principal en la insurgencia, Jabhat al-Nusra y Ahrar al-Sham, estaban activos en la víspera de los tumultos, mientras que sólo tres meses antes, dirigentes de la Hermandad Musulmana proclamaron “su esperanza en una revuelta civil en Siria”. La Hermandad Musulmana, que décadas atrás había declarado una guerra sangrienta al Baath, el partido gobernante, oponiéndose violentamente a su programa secularista y desencadenando una pelea mortal con los nacionalistas árabes desde los años ’60, que ya tenía sus orígenes en las batallas urbanas contra los simpatizantes baathistas desde finales de los ’40 (en una de esas peleas, Hafez al-Assad, el padre del actual presidente, que a su vez también fue presidente desde 1970 al 2000, recibió un navajazo de un enemigo de la Hermandad Musulmana). Los dirigentes de la hermandad, a comienzos del 2007, se reunieron frecuentemente con el Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, así como la Iniciativa de Colaboración con el Medio Oriente, organismo financiado por el gobierno usamericano y que tenía el cometido declarado de promover grupos rebeldes (una tarea que hasta entonces había desempeñado solapadamente la CIA).

Washinton había conspirado para eliminar la influencia del nacionalismo árabe en Siria en fechas tan tempranas como mitad de los años ’50, cuando Kermit Roosevelt, quien pergueñó el derrocamiento del primer ministro iraní Mohammad Mossadegh (quien pretendía nacionalizar la industria petrolífera), de común acuerdo con la inteligencia británica para azuzar a la Hermandad Musulmana para derrocar el triunvirato de nacionalistas árabes y dirigentes comunistas en Damasco a quienes Washignton y Londres percibían como una amenaza a los intereses occidentales en el Medio Oriente.

Washinton suministró armas a los muyaidines de la Hermandad en los ’80 para sostener una guerra urbana de guerrillas contra Hafez al-Assad, a quien los halcones de Washington llamaban un “comunista árabe”. Su hijo, Bashar, continuó con el progama de los nacionalistas árabes de unidad (de la nación árabe), independencia y socialismo (árabe). Estos objetivos guiaron el estado sirio, así como lo había hecho otros gobiernos nacionalistas árabes como el libio bajo el coronel Muammar al-Gaddafi y el iraquí de Sadam. Washinton fijó el punto de mira en estos tres estados por la misma razón: su programa nacionalista árabe era incompatible con la agenda imperialista de los Estados Unidos y su liderazgo global.

El rechazo de Bashar al-Assad a renunciar a su ideología nacionalista disgustó a Washinton, quien se quejó de su socialismo, la tercera pata de la santa trinidad de valores del Baath. Ya en 2003, si no antes, estaban preparándose planes para desalojar a Assad de la presidencia, debidos en parte al rechazo de Assad al neoliberalismo de Washington. Si en realidad Assad estaba abrazando el neoliberalismo, tal y como Draitser y otros pretenden, tal noticia escapó de alguna forma a los atentos oídos de Washington y Wall Street, los cuales estaban quejándose del “socialismo” sirio y de las políticas económicas nacionales decididamente anti-neoliberales.

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Una lucha mortal alentada por los Estados Unidos

A finales de Enero del 2011, se creó una página en Facebook llamada La Revolución Siria 2011. Se anunciaba que el “Día de la Rabia” tendría lugar el 4 y 5 de Febrero. Las protestas se desinflaron, según contó Time. El Día de la Rabia acabó siendo el Día de la Indiferencia. Es más, la conexión con el escenario sirio fue tenue. La mayor parte de las consignas cantadas por los pocos manifestantes que acudieron eran sobre Libia, pidiendo el derrocamiento de Muammar el-Gaddafi (que en ese momento estaba siendo atacado por rebeldes islamistas). Se convocaron nuevas protestas para los días 4 y 5 de Marzo, pero de nuevo concitaron un escaso apoyo.

La corresponsal de Time, Rania Abouzeid, atribuyó el fracaso de los organizadores de las protestas de lograr un apoyo significativo al hecho de que la mayor parte de los sirios no se oponían al gobierno. Assad tenía una reputación favorable, especialmente entre los jóvenes menores de 30 (dos terceras partes de la población), y sus políticas tenían un amplio apoyo. “Incluso los críticos reconocen que Assad es popular y próximo a la inmensa cohorte de jóvenes sirios a la vez, emocial, ideológica y, por supuesto, cronológicamente”, narró Abouzeid, añadiendo que a diferencia de “los derrocados presidentes pro-americanos de Túnez y Egipto, la política exterior del gobierno de Assad hacia Israel, el apoyo estridente a los palestinos y los grupos de milicianos de Hamas y Hezbollah se alinean con el sentimiento popular sirio”. Assad, en otras palabras, tenía legitimidad [N.d.M: afirmación del autor, yo aquí sólo traduzco, pero la única legitimidad proviene de las urnas]. La corresponsal de Time añadió una anécdota: cuando Assad se dirigió a la mezquita de los Omeyas en Febrero para participar en las oraciones en el cumpleaños de Mahoma, y paseando entre la multitud en el zoco al-Hamidiyah con escasas medidas de seguridad había ayudado a granjearse las simpatías de la población”.

Esta descripción del presidente sirio, un dirigente estimado por el pueblo, ideológicamente en sintonía con el sentimiento popular, chocaba violentamente con la valoración que emergería poco tiempo después de la erupción de las protestas violentas en la ciudad siria de Daraa dos semanas después, y que se convertirían en parte del discurso de la izquierda usamericana, incluyendo a Draitser. Pero en la misma víspera de los icónicos eventos en Daraa, Siria era destacable por su tranquilidad. Nadie “espera revueltas multitudinarias en Siria”, narraba Abouzeid, “y, a pesar de alguna muestra de oposición de vez en cuando, muy pocos desean tomar parte”. Una joven siria narró a Time: “Hay muchas ayudas del gobierno para los jóvenes. Nos proporcionan libros, nos ofrecen enseñanza gratuita, incluso universitaria”. (dificilmente el retrato del estado neoliberal que pinta Draitser). Ella continuó: “¿Por qué debería haber una revolución? Hay una posibilidad de un 1%”. El New York Times compartía esta visión. Siria, según narraba el periódico, “parece inmune a la ola de revueltas que barren el mundo árabe”. En Siria no había ninguna agitación ni malestar.

Pero el 17 de Marzo, se produjo un levantamiento violento en Daraa. Existen relatos contrapuestos sobre quién o qué la desencadenó. Time contó que “la revuelta de Daraa fue provocada por el arresto de un grupo de muchachos haciendo pintadas en un muro con mensajes antigubernamentales”. Robert Fisk, de The Independent, ofreció una versión ligeramente distinta. Narró que los “policías secretos golpearon y mataron a varios chicos que habían garabateado graffitti antigubernamentales en las paredes de la ciudad”. Otra versión sostiene que el factor que desencadenó las revueltas en Daraa aquel día fue el extremo y desproporcionado uso de la violencia por los fuerzas de seguridad sirias en respuesta a las manifestaciones contra la detención de aquellos muchachos. Hubo “algunos jóvenes pintando en los muros, y fueron detenidos, y cuando sus padres fueron a reclamar su liberación la policía les golpeó muy, muy fuerte”. Otra versión, la del gobierno sirio, niega que algo de esto ocurriera. Cinco años tras el suceso, Assad le dijo a un periodista que aquello “nunca ocurrió. Fue sólo propaganda. Esto es, oímos algo sobre ello, pero nunca vimos a aquellos chicos que habían sido detenidos. Sólo fue una narrativa falaz”.

Pero si había desacuerdo acerca de qué motivo las revueltas, existe notable consenso en que éstas fueron violentas. The New York Times escribió que “los manifestantes prendieron fuego a las sedes del partido Baath y otros edificios del gobierno, y se enfrentaron con la policía. Además de las sedes del partido, los manifestantes quemaron los tribunales de la ciudad y la central de la compañía telefónica SyriaTel”. Time añadió que los manifestantes incendiaron la oficina del gobernador, así como la central de una segunda compañía telefónica”. La agencia de noticias gubernamental, SANA, subió fotografías de coches ardiendo en su página. Claramente, no fue una manifestación pacífica, como luego se llegó a describir. Tampoco fue un alzamiento popular masivo. Time contó que los manifestantes eran contados por cientos, no por miles ni decenas de miles.

Assad reaccionó inmediatamente ante los alborotos de Daraa, anunciando “una serie de reformas, incluyendo un aumento del salario de los empleados públicos, mayor libertad para los medios de comunicación y partidos políticos, y una reconsideración del estado de emergencia”, una restricción de las libertades políticas y civiles pensada para tiempos de guerra, que se mantenían ya que Siria estaba oficialmente en guerra contra Israel. Antes de finales de Bril, el gobierno rescindió la ley del estado de emergencia, que había estado en vigor 48 años, y clausuró la Corte Suprema de Seguridad Nacional [N.d.M: Un tribunal de excepción del estilo de la Audiencia Nacional en España].

¿Por qué el gobierno hizo esta clase de concesiones? Porque era aquello que los manifestantes de Daraa demandaban. Los manifestantes “se congregaron en torno a la mezquita de Omar en Daraa, repitiendo sus demandas: la liberación de todos los presos políticos, la derogación de la ley del estado de emergencia, más libertades y el fin de la corrupción generalizada”. Estas demandas eran consistentes con la petición, articulada a principios de Febrero en la página de Facebook “The Syrian Revolution 2011” por “el fin del estado de emergencia en Siria y el fin de la corrupción”. También se incluía la exigencia de liberación de todos los presos políticos en una misiva firmada por clérigos subida a Facebook. La petición de los clérigos incluían el levantamiento “del estado de emergencia, la liberación de todos los detenidos políticos, el fin del acoso policial y la lucha contra la corrupción”. La liberación de presos políticos equivalía a la liberación de yihadistas o, por usar la denominación al uso en Occidente, “terroristas”. El Departamento de Estado ha reconocido que el Islam político era la principal fuerza de oposición en Siria; los yihadistas constituían la principal masa de opositores susceptibles de ser encarcelados. La demanda de los clérigos para que Damasco liberase todos los presos políticos era, en definitiva, la misma demanda que el Estado Islámico hacía a los gobiernos de Washington, París y Londres para la liberación de todos los islamistas detenidos en cárceles usamericanas, francesas o británicas con condenas por terrorismo. Esto no era una demanda de más puestos de trabajo y una mayor democracia, sino una demanda para la excarcelación de activistas movidos por el objetivo de crear un estado islámico en Siria. La petición de levantamiento de la ley de emergencia, igualmente, parecía tener muy poco que ver con desarrollar la democracia, y sí con facilitar la actividad de los yihadistas y sus colaboradores para organizar una oposición al estado secular.

Una semana tras el episodio de violencia en Daraa, la periodista de Time, Rania Abouzeid contaba que “no parece haber un consenso amplio que demande la caída del régimen o la remoción del relativamente popular presidente”. De hecho, las demandas de los manifestantes y clérigos no habían incluido la exigencia de renuncia al presidente. Y los sirios se estaban movilizando en favor de Assad. “Hubo contramanifestaciones en la capital en favor del presidente”, presuntamente mucho más multitudinarias que los cientos de manifestantes que quemaron coches en Daraa y se enfrentaron a la policía.

El 9 de Abril, menos de un mes tras los acontecimientos de Daraa, Time publicó que se habían sucedido una sucesión de protestas y que el islam jugaba un papel preeminente en ellas. Para cualquiera que estuviera familizarizado con la inveterada sucesión de huelgas, manifestaciones, disturbios e insurrecciones que la Hermandad Musulmana había organizado contra los que tachaba de “infieles”, es decir, el gobierno baathista, estos nuevos disturbios eran un capítulo más. Sin embargo, las protestas no estaban alcanzando una masa crítica. Por el contrario, el gobierno continuó disfrutando de “la lealdad de gran parte de la población”, según contaba Time.

Los islamistas jugaron un papel destacado en la redacción de la Declaración de Damasco a mediados de la década pasada, que pedía un cambio de régimen. En 2007, la Hermandad Musulmana, el arquetípico movimiento del islam político suní, el cual inspiró a Al-Qaeda y su progenie, Jabhat al-Nusra y el Estado Islámico, se coaligaron con un antiguo vicepresidente sirio (N.d.M: se refieren a Abdul Halim Khaddam, vicepresidente sirio desde 1984 al 2005) para fundar el Frente de Salvación Nacional. Este movimiento se entrevistó frecuentemente con el Departamento de Estado de los Estados Unidos y su Consejo de Seguridad Nacional, así como con la mencionada organización gubernamental Iniciativa de Colaboración con el Medio Oriente, que desempeñaba abiertamente el papel que antes hacía subrepticiamente la CIA, es decir, se dedicada a financiar y entrenar grupos rebeldes para inestabilizar países opuestos a la línea de Washington.

By 2009, just two years before the eruption of unrest throughout the Arab world, the Syrian Muslim Brotherhood denounced the Arab nationalist government of Bashar al-Assad as a foreign and hostile element in Syrian society which needed to be eliminated. According to the group’s thinking, the Alawite community, to which Assad belonged, and which the Brothers regarded as heretics, used secular Arab nationalism as a cover to furtively advance a sectarian agenda to destroy Syria from within by oppressing “true” (i.e., Sunni) Muslims. In the name of Islam, the heretical regime would have to be overthrown.

Allá por 2009, sólo dos años antes de la erupción de las protestas a lo largo y ancho del mundo árabe, la Hermandad Musulmana denunció el gobierno nacionalista árabe de Bashar al-Assad como un elemento extraño y hostil para la sociedad siria que debía ser eliminado. De acuerdo al modo de pensar del grupo, la comunidad Alauita, a la cual Assad pertenece, los cuales eran vistos por la Hermandad como herejes, usaban el nacionalismo árabe para promover furtivamente una agenda sectaria que destruiría Siria desde dentro, oprimiendo a los “verdaderos” musulmanes (esto es, suníes). En el nombre del Islam, el régimen herético debía ser derrocado.

Tan solo tres meses tras el episodio de violencia en Siria, el experto Liad Porat escribió un informe para el Centro para los Estudios del Medio Oriente, basado en la Universidad de Brandeis (Massachusetts). “Los jefes del movimiento”, el experto concluía, “continúan proclamando su esperanza de una guerra civil en Siria, en la cual ‘el pueblo sirio cumpla con su deber y libere Siria de su régimen corrupto y tiránico'”. La Hermandad remarcaba que estaba inmersa en una lucha a muerte contra el gobierno secular nacionalista árabe de Bashar al-Assad. Un acuerdo político con el gobierno era imposible ya que sus dirigentes no formaban parte de la mayoría musulmana suní. La pertenencia a la nación siria estaba restringida a los verdaderos musulmanes, sostenía la Hermandad, y no a herejes alauitas que sostenían ideologías extranjeras antiislámicas tales como el nacionalismo secular árabe.

Que la Hermandad Musulmana jugó un papel principal en las revueltas que surgieron tres meses más tarde fue confirmado en 2012 por la propia DIA (US Defense Intelligence Agency). Un informe filtrado de la agencia advertía del carácter sectario de la insurgencia y estaba conducida por la Hermandad Musulmana y Al-Qaeda en Iraq, el precursor del Estado Islámico. El informe continuaba diciendo que los insurgentes estaban patrocinados por Occidente, las petromonarquías del Golfo y Turquía. El análisis predijo correctamente la creación de un “principado salafista” o Estado Islámico en el oriente sirio, de acuerdo a los deseos de los patrocinadores internacionales de los insurgentes, que querían ver aislado al nacionalismo árabe y cortar los lazos que le unían con Irán.

Los documentos preparados por los investigadores del Congreso de los Estados Unidos en 2005 revelaron que su gobierno estuvo activamente sopesando la idea de promover un cambio de régimen en Siria mucho antes de las revueltas de la Primavera Árabe de 2011, desafiando la concepción de que el apoyo usamericano a los rebeldes sirios se basaba en la asunción de una “revolución democrática” y mostrando que era meramente una prolongación de la vieja política de zapa contra el gobierno de Damasco. De hecho, los investigadores reconocieron que la motivación del gobierno usamericano para derrocar el gobierno secular nacionalista árabe en Damasco no estaba relacionado con la promoción de la democracia en Oriente Medio. De hecho, apuntaron que la preferencia de Washington era hacia las dictaduras seculares (Egipto) y monarquías (Jordania y Arabia de los Saud). Semejante empeño en forzar un cambio de régimen, según los investigadores, reflejaba un deseo de eliminar los obstáculos que se interponían para la consecución de los objetivos usamericanos en el Medio Oriente, que eran el fortalecimiento de Israel, la consolidación del dominio usamericano en Iraq, y la promoción de la economía de libre mercado y libre empresa en la región. La democracia nunca estuvo en la agenda. Si Assad hubiera estado promoviendo políticas neoliberales en Siria, como Draitser propone, sería difícil entender cómo Washington citó el rechazo sirio a asumir la agenda usamericana de apertura de mercados y libertad de empresa como una razón para el cambio de régimen en Siria.

Para recalcar la afirmación de que las protestas carecían de una amplia base social, el 22 de Abril, pasado más de un mes de los disturbios de Daraaa, Anthony Shadid, de The New York Times, escribió que “las protestas, hasta ahora, parecen quedar lejos de los levantamientos populares en Egipto y Túnez”. En otras palabras, tras más de un mes desde que cientos (y no miles o decenas de miles) de manifestantes se amotinaran en Daraa, no había síntomas de otra revolución de la Primavera Árabe en Siria. Los disturbios continuaron siendo movimientos de alcance limitado y carácter nítidamente islamista. Por contra, en Damasco hubo grandes manifestaciones en apoyo (y no contra) el gobierno, Assad seguía siendo popular y, de acuerdo a la narración de Shadid, el gobierno gozaba del apoyo de “cristianos y sectas musulmanas heterodoxas”. Shadid no era el único periodista occidental que informaba de la cerrada adhesión de alauitas, drusos, ismailíes y cristianos al gobierno. Rania Abouzeid, de la revista Time, también observó que los baathistas “gozaban del apoyo de significativas minorías sirias”.

El hecho de que el gobierno sirio recabase la lealdad de los cristianos y las sectas musulmanas heterodoxas, como Shadid narraba, sugiere que estas minorías sirias percibían algo que los medios occidentales pasaban por alto: el carácter sectario, de signo inequívocamente islamista suní, de las revueltas. Las cuales, si llegaban a triunfar, comportarían desagradables consecuencias para todo aquel que no pudiera ser considerado un “verdadero” musulmán. Por esta razón, alauitas, islailíes, drusos y cristianos se alinearon con el Baath, cuyo programa pretendía soslayar las divisiones sectarias para lograr su objetivo de unidad árabe.

La consigna “”¡Alauitas a la tumba y cristianos a Beirut!” coreada durante las manifestaciones en aquellos primeros días” venían a confirmar la sospecha de que las revueltas no eran más que la continuación del odio mortal que el islam polítivo suní había declarado décadas atrás contra el gobierno nacionalista árabe de carácter secular, y no una sublevación popular reclamando la democracia o contra el neoliberalismo.

De haber sido el caso, ¿cómo se explicaría entonces que esa sed de democracia y oposición al neoliberalismo estuviera presente sólo en la comunidad suní más integrista y ausente en el seno del resto de minorías? Seguramente, si el desencadenante del alzamiento revolucionario fuera un déficit democrático y una tiranía neoliberal, éste tendría un carácter transversal a través de las fronteras religiosas. Que los alauitas, islamilíes, drusos y cristianos no se manifestaran, y que las manifestaciones tuvieran un contenido islamista suní, apunta claramente a que la insurrección, desde su mismo germen, representaba el recrudecimiento de la larga campaña del yihadismo suní contra el secularismo del Baath.

“Desde el principio, el gobierno de Assad dijo que estaba inmerso en una lucha contra militantes islamistas”. La dilatada historia de rebeliones islamistas contra el baathismo antes del 2011 sugerían que éste era el caso, y el modo en el cual se desarrollaron las revueltas, como una guerra islamista contra un estado secular, sólo confirmaba esta suposición.

Otra evidencias, positivas o negativas, corroboraban que el argumento de Assad de que el Estado sirio estaba sufriendo un ataque yihadista (tal y como había ocurrido tantas otras veces en el pasado). La evidencia negativa, era la falta de apoyo popular a la sublevación, documentado en los medios occidentales que mostraban que el gobierno sirio nacionalista árabe era popular, y gozaba del apoyo de la población. Por el contrario, las manifestaciones antigubernamentales, los disturbios y las protestas fueron siempre de pequeña escala, atrayendo a mucha menos gente de las manifestaciones masivas en Damasco en apoyo al gobierno, y ciertamente muy lejos de las protestas populares en Egipto o Túnez. Aún más, las exigencias de los manifestantes se centraban en la liberación de los presos políticos (principalmente yihadistas) y el levantamiento de las restricciones de tiempos de guerra que pesaban sobre la acción de la oposición política, y no exigencias de renuncia de Assad o de cambio de las políticas económicas del gobierno.

La evidencia positiva la encontramos en la descripción de las protestas por los medios occidentales, en las cuales se mostraba que el islam jugaba un papel determinante en los disturbios. Por otra parte, mientras que se aceptaba generalmente que los grupos islamistas armados sólo entraron en acción tras los disturbios de aquella primavera del 2011 (y de esta forma “secuestrando” un “movimiento popular”), la evidencia muestra que los dos grupos yihadistas que jugaron un papel prominente en los capítulos subsiguientes de la insurgencia armada contra el nacionalismo árabe secularista en que derivaron las protestas del 2011, Ahrar al-Sham y Jabhat al-Nusra, ya estaban activos en el invierno de 2011. Ahrar al-Sham “ya había comenzado a crear brigadas mucho antes de Marzo del 2011”, cuando sucedieron los acontecimientos de Daraa, según la revista Time. Jabhat al-Nusra, la rama de al-Qaeda en Siria, “era desconocida hasta finales de Enero del 2012, cuando anunció su formación, pero ya estaba activa meses antes”.

Otra prueba que es consistente con la percepción de que el islam militante desempeñaba un papel principal en las revueltas desde el principio o, al menos, que las protestas fueron de carácter violento desde el principio, es que “había indicios que desde el principio estaban involucrados grupos armados”. El periodista y escritor Robert Fisk menciona una grabación de “los primeros días del levantamiento, en la que se veía a hombres portando pistolas y Kalashnikovs en la manifestación de Daraa”. También recuerda otro acontecimiento, en Mayo del 2011, cuando “un equipo de Al Jazeera grabó a hombres armados disparando a militares sirios a unos cientos de metros de la frontera septentrional con el Líbano, pero el canal declinó publicar la grabación”. Incluso los oficiales usamericanos, que eran hostiles al gobierno sirio y de los cuales se podría esperar que discutieran el argumento del gobierno de Damasco de que estaba inmerso en una lucha contra rebeldes armados, “reconocían que las manifestaciones no habían sido pacíficas y algunos manifestantes iban armados”. Allá por Septiembre, las autoridades sirias notificaban que habían perdido más de 500 policías y soldados, asesinados por las guerrillas. Para finales de Octubre, el número se había más que duplicado. En menos de un año, la revuelta había pasado de quemar sedes del Partido Baath, oficinas estatales y enfrentamientos con la policía, a una guerra de guerrillas, empleando métodos que serían calificados de “terrorismo” si se produjeran contra objetivos occidentales.

Assad se lamentaba más tarde de que “todo cuanto decíamos en Siria al comienzo de la crisis, ellos acaban reconociéndolo. Ellos decían que eran pacíficos, nosotros que no lo son, están matando, esos manifestantes, que llaman pacíficos, están matando policías. Entonces los llamaron militantes. Nosotros decíamos esos militantes son terroristas. Ellos decían que no eran terroristas. Cuando ahora reconocen que es terrorismo, nosotros decimos que es Al Qaeda, y ellos todavía lo niegan. Por lo tanto, lo que nosotros decimos, ellos acaban diciéndolo más tarde”.

La “revolución siria”, escribió el especialista en Medio Oriente Patrick Seale, “debería ser vista meramente como el último capítulo, auque de lejos el más violento, de la larga guerra entre islamistas y baathistas, la cual podemos rastrear a la misma fundación del Partido Baath en los años ’40. La discordia entre ellos se ha convertido hoy en una lucha a muerte”. “Es llamativo”, continúa Seale, citando a Aron Lund, quien había escrito un informe para el Instituto Sueco de Relaciones Internacionales sobre el yihadismo sirio, “que prácticamente todos los miembros de los múltiples grupos insurgentes sean árabes suníes; que la lucha se haya restringido únicamente a las áreas de mayoría árabe suní, mientras que las zonas habitadas por alauíes, drusos o cristianos habían permanecido pasivas o fieles al régimen; que las defecciones del régimen hayan sido casi del 100% de suníes; que el dinero, armas y voluntarios son hechas llegar por países suníes o por organizaciones o particulares islamistas; y que la religión es el principal común denominador del movimiento insurgente”.

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¿La brutalidad como desencadenante?

¿Es razonable pensar que el uso de la fuerza por parte del Estado sirio prendió la llama de la revuelta armada que brotó a continuación?

Esta extendida la asunción de que la sobrerreacción de las fuerzas de seguridad frente al desafío a la autoridad del gobierno en la ciudad siria de Daraa (si en algún momento hubo tal sobrerreacción) pudo desencadenar una guerra abierta, involucrando a diferentes estados de la región, y mobilizando a yihadistas de una multitud de países. Para darle a esta teoría siquiera visos de credibilidad deberíamos aceptar una tergiversación de la sucesión de los acontecimientos.

Primero, tendríamos que soslayar la realidad de que el gobierno de Assad era popular y percibido como legítimo [N.d.M: la legitimidad no es una percepción, y la popularidad, como la que aquí reclama la monarquía, se contrasta en unas elecciones]. Se pudiera dar el caso de que la respuesta desproporcionada de un gobierno muy impopular a un desafío trivial podría ser la causa de un estallido de violencia que desembocara en una insurrección popular. Mas a pesar de la insistencia del presidente Barack Obama sobre la falta de legitimidad de Assad, no hay evidencia de que Siria, en Marzo del 2011, fuera un barril de pólvora de resentimiento contra el gobierno a punto de saltar por los aires. Tal y como la reportera de Time narraba en vísperas de los disturbios de Daraa, “incluso los críticos reconocen que Assad es popular” y que “nadie espera la aparición de levantamientos populares en Siria y, a pesar de que hay muestras de oposición aquí y allá, muy pocos quieren participar”.

Segundo, deberíamos descontar el hecho de que las protestas de Daraa involucraron sólo a cientos de participantes, lejos de un levantamiento masivo, y las protestas que siguieron igualmente fallaron en recabar una masa crítica, como Nicholas Blanford, de Time, narró. Igualmente, Anthony Shadid de The New York Times no encontró pruebas de que hubiera un levantamiento popular en Siria, incluso más de un mes tras los disturbios de Daraa. Lo que ocurría, al contrario del discurso propagado por Washington acerca de la primavera árabe despuntando en Siria, era que los yihadistas se habían lanzado a una guerra de guerrillas contra las fuerzas de seguridad sirias, y que habían matado, ya en Octubre, a más de un millar de policías y soldados.

Tercero, deberíamos cerrar los ojos ante el hecho de que el gobierno usamericano, con su aliado británico, ya había trazado planes en 1956 para provocar una guerra en siria azuzando a la Hermandad Musulmana a instigar un levantamiento interno. Los disturbios de Daraa y los consiguientes enfrentamientos armados con la policía y el ejército recordaban necesariamente al plan que el especialista en golpes de estado, Kermit Roosevelt, había preparado medio siglo antes. Eso no implica suponer que la CIA sacó del cajón y quitó el polvo al plan de Roosevelt y lo recicló para usarlo en 2011; sólo sirve de prueba de que Washington y Londres eran capaces de planear una operación de desestabilización de un país [N.d.M: como si hicieran falta más pruebas de ello] mediante una insurgencia capitaneada por la Hermandad Musulmana para provocar un deseado cambio de régimen en Siria.

Tendríamos también que ignorar los acontecimientos de Febrero de 1982, cuando la Hermandad Musulmana se apoderó del control de Hama, la cuarta mayor ciudad de Siria. Hama fue el epicentro del fundamentalismo suní en Siria, y una base principal de operaciones para los milicianos yihadistas. Galvanizados por una información falsa de que Assad [N.d.M: se refiere a Hafez, obviamente] había sido derrocado, la Hermandad Musulmana desmandó sus huestes en un jubiloso baño de sangre por toda la ciudad, atacando comisaría de policía y asesinando a dirigentes del Partido Baath y sus familias, junto con funcionarios del gobierno y soldados. En ocasiones, las víctimas fueron decapitadas, una práctica que triunfaría décadas más tarde. Todos los dirigentes baathistas fueron asesinados.

Los acontecimientos de Hama de 1982 son recordados en Occidente (cuando lo son), no por las atrocidades llevadas a cabo por los islamistas, sino por la respuesta del ejército sirio el cual, como se puede esperar de un ejército, involucró el uso de la fuerza para restaurar el control sobre el territorio capturado por los insurrectos. Se envió a miles de soldados para recuperar Hama del control de la Hermandad Musulmana. El antiguo miembro del Departamento de Estado de Estados Unidos, William R.Polk, describió las consecuancias del asalto del ejército sirio sobre Hama como similar a la toma de Fallujah por las tropas usamericanas en 2004 (la diferencia, obviamente, estriba en que el ejército sirio actuaba legítimamente dentro de su propio territorio soberano mientras que las tropas usamericanas actuaban ilegítimamente como una fuerza de ocupación, sofocando la oposición a esa ocupación). Cuántos murieron en la toma de Hama, sin embargo, sigue siendo un objeto de debate. Las cifras bailan. “Un primer informe en Time cifró en 1.000 los muertos. La mayor parte de los observadores subieron la cifra a 5.000 personas. Las fuentes israelíes y la Hermandad Musulmana (ambos enemigos jurados de los nacionalistas árabes secuales y, por lo tanto, con un interés especial en exagerar la cifra de muertos) coincidieron en que fueron más de 20.000”. Robert Dreyfus, quien había escrito sobre la colaboración occidental con el islam político, propone que las fuentes occidentales exageraron deliberadamente la cifra de muertos para demonizar a los baathistas como asesinos despiadados, y que los baathistas no hicieron mucho por desmentirlo para intimidar a la Hermandad Musulmana.

Cuando el ejército sirio investigó entre los escombros dejados por la batalla de Hama, encontró pruebas de que gobiernos extranjeros había provisto a los insurrectos de Hama de dinero, armas y equipos de telecomunicaciones. Polk escribe que: “Assad tenía noticia de provocadores extranjeros instigando la revuelta en la sociedad siria. Esto, después de todo, era el legado político y emocional del gobierno colonial, un legado dolorosamente evidente en la mayor parte del mundo post-colonial, pero que pasa desapercibido en el mundo occidental. Y este legado no es un mito, sino una realidad que, en ocasiones años después de los acontecimientos, podemos verificar con informes oficiales. Hafez al-Assad no necesitaba esperar para filtraciones de documentos: sus servicios de inteligencia y periodistas internacionales destapaban docenas de intentonas de países conservadores países árabes, ricos en petróleo, de los Estados Unidos e Israel, de deponer su gobierno. La mayor parte de ellas se trataban de “trucos sucios”, propaganda o transferencias de dinero, pero es notable en que la insurrección de 1982 en Hama, se capturasen más de 15.000 ametralladoras provenientes del extranjero, así como prisioneros incluyendo fuerzas paramilitares entrenadas por la CIA y Jordania (en notable semejanza con los yihadistas que tan populares se hicieron en los medios y redes sociales en 2013). Y lo que veía en Siria se confirmaba con lo que aprendía de las mañas occidentales para deponer gobiernos. Hafez ciertamente conocía la intentona de la CIA para asesinar al presidente egipcio Nasser y el golpe de estado orquestado por la coalición angloamericana para derrocar al primer ministro iraní Mohammad Mossadegh.

En su libro “De Beirut a Jerusalén”, el columnista de The New York Times Thomas Friedman escribió que “la masacre de Hama podría comprenderse como “la reacción natural de un político modernizador de una relativamente nuevo país, tratando de conjurar la amenaza de elementos reaccionarios (en este caso, fundamentalistas islámicos) que procuraban revertir todo lo que había conseguido en el intento de hacer de Siria una moderna república secular. Eso es también por qué si alguien hubiera llevado a cabo un sondeo de opinión objetivo en Siria tras la masacre de Hama, el tratamiento que Assad dió a la revuelta hubiera obtenido una mayoritaria aprobación, incluso entre los musulmanes suníes no fundamentalistas”.

La erupción de una yihad islamista suní contra el gobierno sirio en los años ’80 desafía la visión de que el islam suní militante en Levante es un producto de la invasión usamericana de Iraq del 2003 y de las políticas sectarias favorables a los chiíes de las autoridades de ocupación. Esta hipótesis es históricamente miope, y pasa por alto la existencia desde décadas atrás de un movimiento político islamista suní como fuerza significativa en la política de la región levantina. Desde el momento en que Siria alcanzó una independencia formal de Francia después de la Segunda Guerra Mundial, durante las décadas siguientes del s.XX, e incluso ya en el presente siglo, los principales contrincantes en Siria fueron el nacionalismo árabe secular y el islam político. Como el periodista Patrick Cockburn escribió en 2016, “la oposición armada siria está regida por el Estado Islámico, al-Nusra y Ahrar al-Sham. La única alternativa al gobierno (laicismo nacionalista árabe) son los islamistas”. Como así ha sido desde hace mucho tiempo.

Finalmente, deberíamos ignorar el hecho de que los estrategas usamericanos habían planeado desde 2003, y posiblemente tan pronto como el 2001, apartar a Assad y su ideología nacionalista árabe secular del poder, y estaba financiando a la oposición siria, incluyendo a grupos relacionados con la Hermandad Musulmana, desde el 2005. Consecuentemente, Washignton había estado procurando el derrocamiento del gobierno de Assad con el objetivo de eliminar la ideología baathistas de Siria. Por lo tanto, la irrupción de unas guerrillas islamistas era un acontecimiento inexorable, y el enfrentamiento se hubiera dado en cualquier caso sin importar que la respuesta gubernamental en Daraa fuera o no excesiva. La decisión ya había sido tomada, y se buscaba un pretexto. Daraa lo proporcionó. Por lo tanto, la idea de que la detención de dos chicos en Daraa por hacer pintadas contra el gobierno en un muro podría provocar un conflicto generalizado es tan razonable como la noción de que la Primera Guerra Mundial tuvo su origen exclusivamente en el atentado contra el archiduque Franz Ferdinand [N.d.M: en Sarajevo, fue el casus belli que inició la guerra entre las potencias centrales, que luego desembocaría en una guerra global].

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La Siria socialista

El socialismo se puede definir de mútiples formas, pero si se define como el control estatal de los sectores estratégicos de la economía, entonces Siria según sus constituciones de 1973 y 2012 claramente cumple la definición de socialismo. Sin embargo, la República Árabe Siria [N.d.M: adviértase el sectarismo árabe en su mismo nombre, en demérito de otras etnias] nunca ha sido un estado socialista obrero, de la forma que podría reconocer un marxista. Se trata, no obstante, de un estado socialista árabe que promueve la independencia política del mundo árabe y superar su tradicional legado de subdesarrollo. Los redactores de la constitución identificaron al socialismo como el medio para lograr la emancipación nacional y el desarrollo económico. En su redacción de 1973 dice que “el camino hacia el establecimiento de un orden socialista es una necesidad fundamental para mobilizar las potencialidades del pueblo árabe en su batalla contra el sionismo y el imperialismo” [N.d.M: que en 1973 Siria estuviera bajo el paraguas de la Unión Soviética probablemente tiene algo que ver con esta redacción].

Mientras que los socialistas marxistas se centran en la lucha entre una clase explotadora propietaria y las masas obreras explotadas, el socialismo árabe destaca la lucha entre naciones explotadas y explotadoras. Aunque ambas visiones del socialismo operaban a distintos niveles de explotación, la distinción desaparecía cuando se analizaba el papel de los bancos occidentales, corporaciones y grandes inversores que recorrían el orbe en busca de beneficios. El socialismo se enfrentaba al interés crematístico de los grupos industriales y financieros usamericanos, ya sea por terminar con la explotación de la clase obrera, sea por superar la opresión imperialista de los grupos nacionales. [N.d.M: sin embargo, el socialismo “árabe” no ofrece respuesta para que el pueblo se pueda defender de las oligarquías autóctonas, invalidándolo como herramienta para la revolución social, un sucedáneo de socialismo como la botaratada bolivariana].

El socialismo del Baath siempre ha irritado a Washington. El estado baathista ejerce una considerable influencia sobre la economía siria, a través de la propiedad de empresas, subsidios a empresas locales de propiedad privada, límites a la inversión exterior y restricciones a las importaciones. Los baathistas miraban tales medidas como herramientas económicas necesarias en un estado post-colonial para liberar su maquinaria económica de las garras de los poderos coloniales y poder trazar su propio camino al desarrollo de forma independiente a la dominación de los intereses foráneos.

Los objetivos de Washington, por el contrario, eran obviamente antitéticos. No pretendían que Siria protegiese su industria local o mantuviera celosamente su independencia, sino ponerla al servicio de los banqueros y grandes inversores quienes realmente dirigen la política exterior usamericana, abriendo el mercado laboral sirio a la explotación y su tierra y sus recursos a la propiedad extranjera. Nuestra agenda, declaró la administración Obama en 2015, “está dirigida a reducir los aranceles de los productos usamericanos, levantando barreras a nuestros bienes y servicios y estableciendo superiores estándares para allanar el terreno a las empresas usamericanas”. Desde luego no era nada nuevo, sino que estaba describiendo las líneas básicas de las relaciones internacionales de los EEUU durante las últimas décadas. Damasco no quería sumarse a la órbita de la superpotencia que “dirigiría la economía mundial”.

Los halcones de Washington consideraron a Hafez al-Assad un comunista árabe, como ahora consideran a su hijo, Bashar, como un ideólogo al que no pueden convencer en abandonar el tercer pilar del programa del Partido Árabe Socialista del Baath: el socialismo. El Departamento de Estado de los EEUU lamentó que Siria había “fallado en unirse a una economía global cada vez más interconectada”, lo cual equivale a decir que había fallado en la privatización de sus empresas públicas, como le convenía a Wall Street. El Departamento de Estado también expresó malestar por las “razones ideológicas” que disuadían al gobierno de liberalizar su economía, la “privatización de las empresas estatales aún es incipiente”, y que la economía “permanece en buena parte controlada por el Estado”. Claramente, Assad no había sacado provecho de lo que Washington ha llamado “lecciones de la historia”, esto es, que “las economías de mercado, y no las economías dirigidas, son mejores”.

Redactando una constitución que forzaba a que el Estado mantuviera su papel de control de la economía para asegurar que sirviese a los intereses sirios, y que el gobierno sirio no haría a los ciudadanos trabajar en provecho de los bancos occidentales, sus empresas e inversores, Assad estaba reafirmando la independencia siria frente a la agenda de “mercados abiertos y campo libre para las empresas usamericanas” promovida por Washington.

Aún más, Assad subrayó su lealtad a los valores socialistas contra lo que Washington una vez llamó la “moral imperativa” de la “libertad económica”, incluyendo derechos sociales en la nueva constitución siria de 2012, como el sistema público de salud, las prestaciones por envermedad, invalidez o jubilación, y una educación gratuita en todas sus etapas. Al incluirlos en la constitución, salvaguardaba estos derechos de la tentación de los legisladores y políticos de sacrificarlos en el altar de la creación de un estado de baja tributación y amigable para la inversión exterior. Como una afrenta añadida contra la ortodoxia neoliberal de Washington, la constitución fijó en su artículado la obligación de una fiscalidad progresiva.

Finalmente, el líder del Baath incluyó en la actualización de la constitución un artículo que había sido introducido por su padre en 1973, un paso hacia la real, genuina democracia; un artículo que los hombres de estado en Washington, con su miriada de conexiones con el mundo financiero y empresarial, difícilmente podían tolerar: la constitución imponía que al menos la mitad de los miembros de la Asamblea del Pueblo fueran escogidos entre los campesinos y obreros.

[N.d.M: esta medida por sí sola es pura cosmética si dicho legislativo no es más independiente del ejecutivo que lo eran las cortes franquistas, y tan ilegítimo como éstas al no estar determinada su composición por sufragio universal sino por cooptación o dedazo].

Si Assad era un neoliberal, ciertamente era uno de los más extraños fieles de esta ideología.

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¿Sequía?

Un apunte final sobre los orígenes de la violenta sublevación del 2011: algunos científicos y analistas sociales han publicado un estudio publicado en la revista Procedimientos de la Academia Nacional de Ciencias que sugieren que “la sequía jujó un papel determinante en la revolución siria”. De acuerdo a esta hipótesis, la sequía “provocó la pérdida de las cosechas que condujo a la emigración a cerca de millón y medio de sirios desde los campos a las áreas urbanas”. Esto, en combinación con un flujo de refugiados de Iraq, intensificó la competencia por los escasos puestos de trabajo en el medio urbano, haciendo de Siria un caldero de tensiones económicas y sociales próximo a la ebullición.

Este argumento suena razonable, incluso científico, pero el fenómeno que pretende explicar (la rebelión popular en Siria) nunca tuvo lugar. Como hemos visto, un repaso a la cobertura de la prensa occidental no ofrece indicios de tal rebelión popular. Por el conrtario, los reporteros que esperaban encontrarlo fueron sorprendidos por la ausencia de síntomas. En su lugar, los periodistas occidentales encontraron una Siria particularmente calma.

Las manifestaciones promovidas por los organizadores de la página de Facebook Syrian Revolution 2011 se apagaron. Los críticos asumían que Assad era popular y los reporteros no encontraron a nadie que creyese que la revolución era inminente. […] A principios de Febrero del 2011, “Omar Nashabe, un corresponsal veterano en la política Siria del periódico árabe con sede en Beirut Al-Ahkbar decía a Time que “los sirios pueden estar afligidos por una pobreza que atenaza al 14% de la población, junto con una tasa de paro del 20%, pero Assad aún tiene credibilidad”.

Que el gobierno todavía recababa un apoyo mayoritario entre la población fue comprobado cuando la empresa demográfica británica YouGov publicó una encuesta a finales del 2011 mostrando que el 55% de los sirios quería que Assad se mantuviese en el poder [N.d.M: Sería curioso ver qué aceptación tenía entre la población siria que se estableciese una teocracia suní con la sharia como fuente de la legislación, que es el programa político de los rebeldes]. La encuesta apenas recabó atención entre los medios occidentales [N.d.M: que comenzaban su campaña de limpieza de imagen del yihadismo asociando al bando rebelde la representación de todo el pueblo sirio], lo cual llevó al periodista británico Jonathan Steele a preguntar “¿Cómo es que una respetable encuesta de opinión encuentra que la mayor parte de los sirios aún está de acuerdo de que Bashar al-Assad siga de presidente, no es una noticia de portada?”. Steel describió los resultados de la encuesta como “verdad inconveniente que fue suprimida” porque la cobertura de los medios occidentales sobre los acontecimientos en Siria había dejado “se ser objetiva” y se había convertido en “un arma propagandística”.

[…]

Vuestro Mendi ya se ha jartao de traducir y ya, los párrafos que quedan, son de cuitas internas entre la izquierda gringa que no hacen al caso. Si tenéis interés acudís al original o a la traducción de DaniGC, que tampoco es tan mala. Igualmente, este artículo tiene un montón de citas que vienen convenientemente referenciadas en el original y que Daniel ha respetado. Yo las he fulminado en pro de la claridad de lectura y, siendo sinceros, de mi proverbial vagancia. A quien le interese profundizar en ellas de nuevo le recomiendo las fuentes.

Y con esto y un bizcocho, espero que os haya interesado el artículo. Si es así le podéis dar las gracias a Stephen Gowans por escribirlo (aunque podría ser el fulano menos reiterativo en sus argumentos, si a vosotros se os ha hecho pesado leerlo, imaginaos a mí traducirlo) y al editor de Enajenación Mundial por dárnoslo a conocer.

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8 comentarios »

  1. Gracias por tomarte la molestia de traducir un artículo tan interesante. Un saludo.

    Comentario por Sebastián — 16 enero 2017 @ 20:21 | Responder

    • Pues ya sabes, si te ha parecido interesante, o útil para orientarse en el carajal sirio, ya sabes… ¡difunde! (el original, si quieres, no lo digo por tener más visitas que ya ves lo que saco en claro yo con ellas, dolores de cabeza como mucho).

      Por cierto, si te ha gustado, tengo pendiente otra traducción en los próximos días. Mantente atento. 😉

      Comentario por Mendigo — 16 enero 2017 @ 20:50 | Responder

  2. […] Origen: Siria: la agitación revolucionaria que no hubo | La mirada del mendigo […]

    Pingback por Siria: la agitación revolucionaria que no hubo | La mirada del mendigo | mitimaes — 17 enero 2017 @ 22:46 | Responder

  3. Muchas gracias por tu trabajo de traducción y difusión. Ojala hubiera muchos vagos como tu.

    Comentario por Antonio Ubieto Auseré — 18 enero 2017 @ 11:26 | Responder

    • Gracias, Antonio!

      Yo he echado una mano con la traducción, porque sé bien que los textos en inglés, especialmente si son un poco largos, acaban fatigando al personal (y dejan fuera a aquellos que no dominan el idioma, que también son muchos, lo cual también supone una discriminación). Ahora bien, la difusión es cosa de todos: hemos de usar Internet para difundir una cara de la realidad que los medios nos ocultan o tergiversan.

      Comentario por Mendigo — 18 enero 2017 @ 12:18 | Responder

  4. Con tu permiso la he copartido en tuiter!! (Tu traducción, claro). Gracias!!

    Comentario por Sebastián — 19 enero 2017 @ 21:02 | Responder

    • Sin permiso, sin permiso. Y sin tanta ceremonia, estamos aquí para compartir ideas. Y si a su vez puedes mejorar mi traducción (cosa harto sencilla) o aportar algo más, mejor que mejor.

      😉

      Comentario por Mendigo — 20 enero 2017 @ 23:35 | Responder

  5. […] el anterior artículo como en el que paso a traducir, los autores hacen un esfuerzo, aportando numerosas referencias, […]

    Pingback por En Siria, los medios occidentales apoyan el yihadismo | La mirada del mendigo — 20 enero 2017 @ 23:32 | Responder


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