La mirada del mendigo

24 enero 2017

Carcin II

Filed under: fotos — Mendigo @ 22:04

Seguimos paseando por el Carcin, en esta ocasión visitando las ruinas del castillo de Tayllefer.

Para llegar, tuvimos que estar investigando varios caminos hasta que por fin dimos con el que nos condujo hasta el saliente rocoso en el que se asentaba el castillo. No había ninguna indicación, así que teníamos que guiarnos por orientación y algo de lógica.

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Paisaje cerca del molino medieval de Cougnaguet, propiedad eclesiástica.

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Restos de la más que milenaria abadía de Marcilhac, de la cual ha sobrevivido un valioso tímpano de época carolingia y la sala capitular, con unos capiteles soberbios.

Tuvimos la suerte de encontrarnos con los dos curas de la parroquia, el mayor de ellos parecía un personaje salido de “El nombre de la rosa”, viejísimo y demacrado. Ambos se ofrecieron a explicarnos el simbolismo detrás de las representaciones de la sala capitular, del cual el anciano sabía un mundo, y el cincuentón intentaba aclarar y completar las explicaciones a veces bastante enigmáticas del anciano.

Como veis no hace falta exortizarme, tengo un nivel de conocimiento de la iconografía cristiana bastante aceptable (para ser un lego) y además es un tema que me resulta curioso. Que deteste la religión no quita para que me interese el estudio de sus mitos y toda la producción artística asociada. También me encantan los relatos de brujas, trasnos y demás seres fantásticos, sin sentir la necesidad de creer en ellos. Y agradecí sinceramente la explicación de aquellos dos hombres, cultos y afables; mi ateísmo no me conduce al sectarismo de odiar a la personas, antes bien a comprender y disculpar sus debilidades, como espero (y rara vez recibo) que hagan con las mías.

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Brintesia circe, algo escaralladiña ya.

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Interior de la catedral de Fijac, donde es evidente la superposición de estilos.

La primera altura fue diseñada en estílo románico; con el paso de las décadas los arquitectos fueron ganando confianza y experiencia y se atrevieron con diseños más esbeltos, aéreos, osados: el gótico (aquí, aún andando a gatas, tanteando sus posibilidades), con sus arcos apuntados y la bóveda de crucería que comentábamos en la serie pasada.

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Y éste es el aspecto que tendría si se hubiera abandonado el lugar y hubiera sido pasto del tiempo, la vegetación, la intemperie y los ladrones de cantería.

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Château de La Prade, uno de los cientos de fortificaciones que salpican esta región.

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Viaducto de una vía férrea abandonada, cruzando la Célé inmendiatamente antes de unirse al Ólt.

Si os fijáis un poco, se ve la salida del túnel, un par de cientos de metros más allá a través del bloque calizo. Ya tardan en convertir el itinerario en una vía ciclable, sería una verdadera maravilla.

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Otra foto que saqué cuando aún ni me había quitado las legañas.

Por cierto, aprovecho esta foto para hacer un apunte. El día anterior estuvimos caminando por esta zona, y nos encontramos dos sitios donde habían montado lo que yo entendí como una trampa para cazar animales. En ambos casos era una explanada en el camino, donde hubiera vista despejada entre la espesura del bosque. Lo más evidente era un olor almizclado, muy penetrante, que no parecía venir de ningún objeto en concreto. En uno de los sitios alguien había cavado un poco, lo justo para crear una charca donde se almacenaba el agua. Y luego, muy disimulado en el límite del claro, un parapeto de ramas cortadas para camuflar a los de las escopetas. Yo deduje, ya me diréis si erróneamente, que el olor debía ser algún reclamo, feromonas supongo, para el pobre animal que querían cazar.

¿Es esto legal? Si ya la caza me parece una brutalidad, y más con armas de fuego, y más en la forma en que se desarrolla habitualmente: rodear entre muchos una zona, y meter los perros para que levanten la presa. Salga por donde salga, tendrá un garrulo armado esperándola. Todavía, perseguir a una pieza con un arco, aunque cruel, admito que puede tener cierto mérito. Pero lo que hacen estos palurdos es una pura carnicería. Pim, pam, pún, y ya tienes carne sin pagar por ella. Ahora bien, si mi deducción es correcta y usan reclamos bioquímicos, eso ya sería el colmo de la bajeza. Para eso, vas a la carnicería y pides medio kilo de filetes. Tiene el mismo mérito: echar el potingue, esperar a que aparezca la víctima, y dispararle a bocajarro.

Hay que ser muy miserable para que alguien pueda disfrutar con semejante vileza.

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Bueno, pasamos página. Estamos de nuevo en Caors, la capital de los cadurcos.

Este es el tipo de fotos que no me suele gustar sacar, pero como la nena estaba sableando la Office de Turisme (edificio crema en primer plano) y me aburría, me puse a jugar con las líneas y me salió esto. El tipiño del cañón es Gambetta, un fulano muy popular dando nombre a las calles francesas y que, además, era natural de aquí. Tampoco sé gran cosa sobre él, así que quien está interesado, le sugiero seguir el enlace de la Wiki.

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Caserón (lo que allí llaman un manoir) en Autoire. Si antes veíamos el pueblo desde arriba, ahora tenemos los acantilados como telón de fondo.

En este pueblo tengo guardadas las coordenadas de un manzano que da unas manzanas extraordinarias, con un sabor anisado flipante. Aunque tenga que dar un rodeo de cientos de kilómetros, pienso pasarme una primavera que vaya por ahí de viaje a cogerle una púa e injertarlo en alguno mío.

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Una cejialba, pero como hay un porrón de especies diferentes, sólo me atrevo a afirmar que es un macho. Si alguien puede precisar algo más, se agradecería.

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Me encanta el sonido del órgano.

Estamos en la iglesia de Villeneuve, la del pronaos románico ampliado en el gótico.

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El sol vespertino baña la caliza, ya de por sí de colores cálidos. Una vieja debió escucharme, y en este momento está descorriendo las cortinas para cotillear un rato.

Lo bueno de hablar un idioma extranjero es que no te vienen preguntando la versión francesa del archifamoso “E ti de quen eres?”

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En el patio del castillo de Marcilhac, la polea de un pozo y su soga, que un día dijo basta.

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Otro de esos pueblos cuya estampa ha permanecido prácticamente inalterada durante siglos: Carennac.

Una de las pocas fotos de las que estoy bastante orgulloso, por cierto.

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Falaise de blanquísima caliza sobre el otro Marcilhac, sur Célé.

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La decencia como represión del cuerpo humano, el cual conviene esconder bajo telas.

No, no estoy en Irán, sino en el corazón de Francia, en Rocamadour. Las religiones semitas más que un rasgo cultural, son una patología mental.

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Primera helada del año, y eso que aún estábamos en Octubre. La temperatura del agua, relativamente caliente respecto del aire de la mañana, crea esas brumas como si de un cazo puesto al fuego se tratase.

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La iglesia con la que abrí la anterior entrada. Fotográficamente un festín, pero tenía el ánimo por los suelos viendo el estado en que se encontraba.

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Penne, ya apuntando el camino de vuelta, pero con muy pocas ganas de emprenderlo.

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Detalle del bordado de la túnica de un altorelieve en la iglesia de la abadía de Solhac. Es el que se encuentra a la izquierda del pórtico de entrada, según se entra. Creo recordar que era el profeta Isaías, o uno de éstos.

Poco importa, lo que me emociona es contemplar el detalle exquisito y la gracia con que la piedra se pliega, vuela y se adapta al contorno del cuerpo. Como Michelangelo, pero doscientos años antes de que naciera. En una iglesia provinciana (pero vaya iglesia) estuvo trabajando uno de los grandes maestros de su tiempo. Dejando volar la imaginación, uno puede ver sus manos sobre el cincel y el mazo. Estas obras son lo más parecido que tenemos a una máquina del tiempo, para poder llegar a establecer una comunicación con la gente que las hizo, que las encargó y que las contempló. Un hilo conductor que llegó, muchas veces por casualidad, hasta nosotros. No podemos hablarle al hombre, pero podemos dialogar con su obra. De ahí la importancia de conservarlas, más allá de lo que un iletrado pudiera considerar fetichismo de lo viejo o afán coleccionista.

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El Ólt, sereno, llegando a Cajarc.

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Sent Circ de la Pòpia.

Otra variante de la misma foto. Creo que saqué más de medio ciento, la escena era tan teatral que parecía un decorado, una ficción.

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Y terminamos con Sainte Livrade, que se merecería entrar en la lista des villes les plus décadentes de France.

Mientras sacábamos esta foto, de la cual confieso que también estoy bastante satisfecho, se nos acercó una mujer no tan mayor, pero que se notaba que la soledad había descompuesto un tanto su cabeza, a buscar algo de charla. Mantenía bastante bien el hilo de la conversación, a pesar de lo estrafalario de su indumentaria, y de hecho disfrutaba porque hablaba en un francés precioso, dulce y claro, que cada vez más cuesta escuchar (la chavalería francesa trata el idioma a patadas, creo que con más saña todavía que la de aquí). Ella había vivido desde niña en la casa adyacente, y aún se acordaba de los vecinos que vivieron en ésta, y de cómo los hijos, escapados a la grand ville, ya no volvieron jamás por aquí. Como pasa en las cuatro esquinas del mundo, porque realmente no somos tan diferentes como a veces nos quieren hacer creer.
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