La mirada del mendigo

30 marzo 2017

Con Carrero, ninguna broma

Filed under: fascismo — Mendigo @ 0:54

Iba a escribir de otras cosas más amables, pero la condena a una estudiante por difundir un chiste sobre el Carrero Blanco me ha hecho cambiar de opinión. Si definimos como terrorismo el ejercicio de la violencia con finalidades políticos, podemos considerar que esta ofensiva judicial (que es respaldada y ejecutada con la violencia potencial y coactiva de miles de uniformados armados) se podría ajustar a la definición, pues su objetivo es la creación de un clima de terror entre la población, que por motivos nimios como contar un chiste en una red social o representar una obra de guiñol (¿o escribir sus opiniones en un blog?), pueden acabar sufriendo una pesadilla judicial en un tribunal de excepción. Los objetivos evidentes de esta campaña represora, que se suma a la Ley Mordaza, es crear un estado de psicosis en la población que desincentive la participación activa en la vida política y recluya al individuo de nuevo en la seguridad del espacio familiar al que lo relegó la dictadura (donde sí se podrán hacer comentarios políticamente incorrectos), alejándolo de las plazas. Efectivamente, creo que esta condena, y el resto de procesos habidos en estos últimos tiempos, se pueden catalogar de terroristas. Terrorismo judicial, una forma de terrorismo de Estado como bien saben en la Turquía islamista del AKP.

Para los muy jóvenes o muy desmemoriados, vamos a ponernos en situación:

El asesinato del almirante Luis Carrero Blanco y sus dos escoltas se produjo en 1973, en el contexto de una dictadura fascista de la cual el militar era ilegítimo (en tanto que no elegido, sino impuesto por la razón de las armas) Presidente del Gobierno. La lucha contra la dictadura se desarrolla en varios frentes, político, sindical y también de lucha armada, siendo éste poco menos que residual por la imposibilidad evidente de lograr una victoria contra las Fuerzas Armadas que eran, a la postre, el avalista último del régimen.

Esta lucha armada no busca provocar atentados indiscriminados sobre la población civil que pudieran ajustarse a la definición de terrorismo, sino que eran operaciones de castigo sobre un enemigo perfectamente identificado: las fuerzas represoras del régimen fascista, ejército y cuerpos policiales. Su primera acción deliberada, se trató de una operación de represalia contra un torturador: el comisario Melitón Manzanas.

Estamos hablando de fuerzas de represión ilegítimas, a las órdenes de un gobierno ilegítimo presidido por Carrero Blanco. Un gobierno que practicaba de forma sistemática la represión más cruda en forma de detenciones, torturas, violaciones y desapariciones a opositores políticos. En puridad, podemos decir que el terrorismo, es decir, la acción de sojuzgar a una población por el miedo, fue desde el principio al final el método de actuación de la dictadura. El atentado contra Carrero Blanco supone el desvanecimiento de la impunidad en la que, desaparecidas las partidas de maquis, habían llevado a cabo la represión.

Lo que es llamativo (y vergonzoso) es que, salvo algunas acciones puntuales de elementos anarquistas, sólo hubiera un grupo armado que opusiera resistencia armada a la violencia sistemática del régimen fascista. Este grupo era ETA, como todos sabemos una organización de corte nacionalista vasco de izquierdas.

En España, el relato común siempre lo ha dictado el españolismo heredero del régimen del Generalísimo de los Ejércitos, pero en cualquier otro país europeo las consideraciones serían muy otras. En breve: la lucha de ETA contra el aparato represor de un Estado fascista era radicalmente legítima, como legítima fue la sublevación de un grupo de capitanes del ejército portugués en la Revolução dos Cravos, que puso término al Novo Estado de Salazar; como meritoria fue la résistance francesa contra la ocupación nazi, como elogiable fue la resistenza partigiana contra la dictadura de Mussolini y encomiables los intentos, lamentablemente infructuosos, de darle a Hitler el mismo trato que sufrió el lugarteniente de Franco.

Si bromear sobre el asesinato de un dirigente clave en una dictadura pudiera ser delito en una democracia, deberían ir procesando a Tarantino por hacer una película fantaseando con la idea de un atentado exitoso contra el dictador alemán.

Evidentemente, hubo muchos españoles que se alegraron de la noticia del asesinato del Almirante Carrero Blanco (yo no, pues ni siquiera había nacido). No creo que se alegrasen, como yo no me alegro, de la muerte de una persona (incluso ese fascista tenía condición humana). Pero sí de un magnicidio que descabezaba al gobierno, haciendo sentir la presión de sus crímenes hasta lo más alto del escalafón represor. Si ETA (se dice que con ayuda de la CIA) tenía capacidad de atentar contra el jefe del gobierno, podía hacerlo contra cualquiera a su mando. Al eliminar a Carrero, que todo el mundo veía como el natural sucesor de Franco a la muerte del dictador, ETA complicaba de forma evidente las pretensiones de perpetuación del régimen.

El individuo, Luis Carrero Blanco, tuvo la oportunidad de ser una persona decente y, sin embargo, se significó desde el principio con un golpe de Estado que cercenaba la naciente democracia llenando de sangre las tierras de España. Lejos de arrepentirse de haber colaborado con el fascismo, siguió medrando en su aparato hasta llegar a ser el número 2 de la dictadura. De esta forma, se situaba como cima del obstáculo que impedía el acceso de un pueblo a la democracia, a la dignidad y a la justicia. No un obstáculo inmóvil, sino que ejercía el mando supremo de una represión activa y sangrienta de los que arriesgaban su libertad, su integridad física y su vida por el advenimiento de la democracia. Podría desde ese puesto haber facilitado una apertura democrática del Estado, pero tomó de nuevo la decisión de seguir obstaculizando el acceso del pueblo al autogobierno, tal y como había hecho desde que se sumó a las filas de los militares golpistas.

Era el sistema el que, por la violencia de las armas cuyo monopolio ejercía el ejército y las fuerzas policiales, impedía otra resolución al conflicto que no fuera por la vía de la fuerza. Por lo tanto, el asesinato del almirante, por mucho que sea humanamente lamentable como cualquier otra muerte humana, era legítimo. Es más, ese atentado nos acercó un paso más a la democracia. La sociedad española tiene una gran deuda de gratitud con aquellos militantes vascos que pusieron el miedo en el cuerpo al aparato represor de un régimen espurio con el asesinato del comisario Melitón Manzanas o del almirante Carrero Blanco.

Luego vino el absurdo atentado de la cafetería Rolando, la desvinculación de todo lo que había de noble en ETA de esa vía de actuación y la división de ETA entre los poli-milis y una ETA-militarra obcecada en una vía militarista y sangrienta que, finalmente, supimos que no conducía a nada más que a generar dolor y muerte en la sociedad y entorpecer cualquier proceso de independencia.

Pero de la ETA que atentó contra Carrero Blanco o Melitón Manzanas, todos los demócratas debiéramos sentirnos orgullosos y en deuda. No es ningún dislate pensar que, si nuestros padres pudieron votar por primera vez en 1977, es en buena parte gracias a que cuatro años antes, un comando de ETA puso una enorme carga explosiva bajo una alcantarilla de la calle Claudio Coello.

Sólo bajo la sombra alargada de la dictadura que aún se proyecta hasta el presente, se puede entender que un tribunal considere censurable luchar contra el fascismo. En cualquier otro país europeo, ese comando hubiera recibido honores de Estado.

Al río que todo lo arranca lo llaman violento,
pero nadie llama violento al lecho que lo oprime.
Bertold Brecht

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26 marzo 2017

El pinar de Lillo

Filed under: ecología — Mendigo @ 11:46

Como ya he comentado otras veces, cuando estamos de pateada, suelo sacar fotos de los paneles informativos que me parecen interesantes, para luego poder leerlos en casa con detenimiento, y así no perder más tiempo.

Hace unos días, estuvimos en la zona de Puebla de Lillo (gracias Amor, por la idea) y me encontré este cartel a la altura del Puerto de las Señales.

Y como creo que aporta una información valiosa, quería compartirlo con vosotros. Para mayor facilidad de lectura, copio el texto principal:

ISLAS DE HOJA PERENNE EN UN MUNDO CADUCIFOLIO
Fisiológicamente adaptados para soportar climas continentales, fríos y húmedos, los pinares eurosiberianos de pino silvestre (N.d.M: Pinus sylvestris, muy sencillo de conocer porque en su parte superior tiene unas escamas ocres características) y pino negro (N.d.M: supongo que se refiere a P. pinaster, y no al P. nigra, por cosas así es que tan útil el usar el nombre científico, aunque parezca cursi y afectado) son el tipo de bosque predominante en los sistemas montañosos de la mitad norte de la Península Ibérica (Pirineos, Sistema Ibérico y Sistema Central). Sin embargo, en la Cordillera Cantábrica su presencia resulta testimonial al amparo de unas condiciones ambientales atemperadas por la influencia oceánica, que otorgan todo el protagonismo a los bosques caducifolios de robles y hayas. Únicamente el pino silvestre o pino albar (Pinus sylvestris) aparece de forma natural en la Cordillera Cantábrica, reconociéndose la existencia de sendas masas autóctonas en Velilla del Río Carrión (Palencia) y, dentro del Parque Regional de Picos de Europa, en Castilla y León, en Puebla de Lillo (León [no es Castilla]).

A pesar de su escasez y la limitada superficie que ocupan, la importancia ecológica de estos pinares cantábricos es enorme, al representar masas forestales relictas, propias de los ambientes más fríos que reinaron en la zona durante y después de los episodios glaciales del Cuaternario. De hecho, se cree que en aquella época los pinares eurosiberianos ocupaban una superficie mucho más extensa en la dorsal cantábrica, al mismo tiempo que alcanzaban cotas considerablemente más bajas.

EL PINAR DE LILLO: ¿AUTÓCTONO O PLANTADO POR EL HOMBRE?
Varias características favotables, como la calidad de su madera, sus troncos rectos y largos, su rapidez de crecimiento o su tolerancia a todo tipo de suelos, han hecho que el pino silvestre haya sido una de las especies más utilizadas en las repoblaciones forestales desde el siglo XVIII. En base a ello, en la actualidad la especie se ha extendido notablemente por nuestra geografía formando masas artificiales en zonas alejadas de su área de distribución natural. Este hecho justificó durante años la discusión acerca del origen natural o humanos del Pinar de Lillo. Sin embargo, los estudios llevados a cabo en las últimas décadas, mediante análisis palinológicos y de restos subfósiles consevados en las turberas del pinar, confirman su carácter autóctono y su existencia desde hace 4.800 años.

LA ZONA DE RESERVA DEL PINAR DE LILLO
Por tanto, el Pinar de Lillo es un bosque autóctono de pino albar, que ocupa una superficie aproximada de 483,5 ha entre los 1.400-1.800 m de altitud en la umbría de Pico del Lago, dentro del término municipal de Puebla de Lillo. Se asienta sobre un sustrato ácido, predominantemente cuarcítico, en el que también afloran calizas y pizarras carboníferas. Acompañando al pino albar crecen hayas, serbales y abedules en el estrato arbóreo; y brezo blanco, Genista florida (piornos ou pudias, en galego) y arándano en el estrato arbustivo (lo que los palurdos llaman “o monte está sucio”).

Es importante destacar la existencia de varias turberas en su seno, la mayor de ellas de unos 300 m², que constituyen hábitats de alto valor ecológico, en las que se registra ademán la presencia del musgo Spahgnum magellanicum, amenazado y protegido a nivel europeo.

Dado su enorme interés ecológico, el Pinar de Lillo es un área de protección estricta catalogado como Zona de Reserva en el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales del Parque Regional de los Picos de Europa en Castilla y León [N.d.M: un paso más allá del pinar, hay torretas para que los cazadores puedan disparar a todo lo que se mueva, aquí la caza constituye el principal motor económico]. En base a esta catalogación el acceso al pinar está restringido, excepto para el desarrollo de los usos agropecuarios tradicionales autorizados a los vecinos de la entidad local propietaria [N.d.M: Como les prohíbas subir las vacas, te queman el pinar, pero si les permites subirlas, provocan la alteración del ecosistema. Es la paletocracia de la que hablaba el otro día].

El Pinar de Lillo posee una fauna diversa y muy interesante, entre la que cabe destacar aves tan escasas en el Parque Regional como el urogallo cantábrico y el verderón serrano. Además, se registran ocasionales visitas de oso pardo y mantiene una importante población de venado, muy notoria durante la berrea. No obstante son los pájaros carpinteros sus habitantes más representativos, siendo el pico picapinos la especie más abundante y fácil de observar.

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Aps, por cierto. Que no se me olvide: ¡CAZADORES SUBNORMALES!

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Joder, Charb; la hostia con la puta religión de paz y amor.

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Francia es la puta superpotencia mundial de la viñeta. De todas formas, si tenéis otras en cualquier otro idioma, no tenéis más que añadirlas en los comentarios.

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24 marzo 2017

Si nos tocan a una…

Filed under: internacional — Mendigo @ 10:35

Hablando del autoritarismo del gobierno turco, hice alusión a un tema que quisiera desarrollar un poco: la izquierda europea ha permanecido impasible ante el proceso de laminación de la izquierda turca. Proscripciones, detenciones, torturas, violaciones, asesinatos… de todo aquel que se apartara de la línea del partido del gobierno, nacionalismo turco islamista. Profesores, periodistas… ni siquiera la condición de alcalde o diputado supone protección contra la campaña de represión sistemática contra todo elemento que se signifique como laico, progresista o kurdo.

Y la indiferencia con que Europa, y muy especialmente la izquierda europea, ha tratado esta violación sistemática de los Derechos Humanos por el ejecutivo turco, un Estado en la antesala del ingreso en la UE, es un craso error.

Pero incluso dentro de la UE, tenemos un Estado como Hungría que ha ilegalizado al partido comunista (ejemplo que ha seguido la Ucrania de los simpáticos y europeístas jóvenes del Maidan, por cierto). Yo no soy del PCE, ni de ningún otro partido, como sabéis desde hace muchos años voy por libre. Pero siempre he considerado a la gente del PCE como compañeros, como lo son la gente de la CNT, de la FPG o del SAT. O incluso los mucho más tibios de Podemos, Esquerra o de las bases del P$O€ que aún les queda alguna esperanza de reconducir su partido hacia la socialdemocracia.

Me parece muy triste que sólo el PCE protestara (con voz prácticamente ya inaudible) por la ilegalización en un miembro de la UE. Si mañana propusieran ilegalizar el PCE, ¿sólo los que tienen carnet del partido protestarían?

No es necesario, a estas alturas, que cite el archiconocido poema de Bertold Brecht, ¿verdad?

La unidad de la izquierda es el Santo Grial de la izquierda, y sobre ello hay mucho que hablar. Me parecería suicida (y por eso me preocupa el fenómeno Podemos) la pérdida de la diversidad ideológica que existe en la izquierda, englobada bajo un paraguas electoral que, por otra parte, viene forzado por la necesidad impuesta por un sistema electoral maquiavélicamente diseñado por los herederos del franquismo. La izquierda, para gobernar, debe desnaturalizarse, lo cual le lleva a perder apoyo. Un círculo vicioso del que no sabemos salir.

La izquierda, para ser potente, para tener futuro, debe ser plural. Está en nuestra genética, no somos derecha, tenemos un perfil ideológico mucho más marcado. En cambio, lo que se debe reclamar es una unidad de acción, el ser capaces de establecer puentes entre sensibilidades diferentes para ser capaces, manteniendo cada movimiento su personalidad, de trabajar al unísono en ciertos proyectos. Si logramos superar las inquinas, muchas veces pueriles y personalistas, que separan a las organizaciones, tenemos una enorme capacidad de presión. Pasando al terreno geográfico, cuando en época de ocupación de las plazas, Madrid y Barcelona se apoyaban y protestaban cuando el otro compañero era agredido (desalojos en la Plaça Catalunya), a mí me hizo reflexionar: ojito que esto puede ir en serio. Y estoy seguro que, a quien tuviera más de dos dedos de frente en las élites, le debió correr un sudor frío. Si Madrid y Barcelona superan su rivalidad y se establecen lazos de solidaridad, podemos resistir hasta la embestida de un ejército (porque ya lo hicimos, cuando los hijos de los obreros madrileños eran acogidos por familias de obreros catalanes para que no tuvieran que soportar los bombardeos). Pues yo imagino el mismo grado de colaboración entre organizaciones de izquierda. Izquierda entendida desde una perspectiva laxa, de todo aquel movimiento que pretenda ensanchar los límites de la libertad. La definición es compleja, pero al final todos nos reconocemos como miembros de una misma familia, somos del mismo palo: feministas, ecologistas, sindicalistas, independentistas, activistas LGBT, comunistas, anarquistas, laicistas…

No que seamos iguales, no que pensemos lo mismo en todos los temas, pero todos compartimos unos valores primarios de libertad y justicia; aunque digamos cosas diferentes, hablamos el mismo idioma.

Pues bien, lo que yo propongo, es abandonar el provincianismo en el que nos movemos y empezar a considerar como compañero a todo movimiento emancipador en cualquier parte del mundo. Por encima de las obvias diferencias lingüísticas y culturales, considero absolutamente necesario establecer lazos de compañerismo y solidaridad entre todos los individuos y organizaciones de esa nebulosa indefinida que llamamos “izquierda”. Y si nos tocan a una, nos tocan a todas, sea un periodista turco crítico con el régimen encarcelado, sea una líder ecologista hondureña tiroteada, sea un laicista apuñalado en Bangladesh. La izquierda, especialmente en aquellos países donde es fuerte (cuando es fuerte, y precisamente para poder seguir siéndolo), debería ejercer presión y denuncia de aquellos movimientos reaccionarios que la reprimen.

La actual política de ocuparse cada uno de sus asuntos es, además de provinciana, indescriptiblemente miope. Estamos desaprovechando la fuerza que nos daría establecer lazos de solidaridad por encima de las fronteras, de los rasgos físicos, unas sinergias que nos permitirían recuperar la hegemonía en el discurso. No estoy yo sólo en mi pueblo perdido a tomar por culo, rodeado de garrulos reaccionarios, sino que formo parte de un movimiento de miles de millones de personas que luchamos por lo mismo: LIBERTAD (no tengo muchas ideas buenas, pero la de esa entrada creo que sí que lo era).

La derecha está encerrada en sus dioses y sus patriotismos; es una ventaja, la universalidad, en la que sólo nosotros podemos jugar: nos daría fuerza y visibilidad, permitiendo a cada vez más gente “salir del armario” construido por una sociedad autoritaria, supersticiosa y patriarcal. El encontrarse en la otra parte del mundo con alguien con otro tono de piel, con unos rasgos faciales bizarros, que come cosas aún más raras y habla en un guirigay absolutamente incomprensible, y reconocer en ese tipo extraño a un compañero, a un hermano… es pura dinamita. Eres totalmente distinto, pero pensamos, sentimos al unísono el mismo anhelo de justicia y libertad y te voy a ayudar en lo que pueda. Si logramos eso, ponemos el mundo del revés.

Es la fábula china que el padre cuenta a sus hijos, de ser como un manojo de cañas de bambú… pero aplicado a escala global. Un haz de miles de millones de cañas, de amantes de la libertad. Indestructible.

De hecho, si revisamos un poco la historia, era la normalidad en los revolucionarios a finales del s.XIX, y que permitió que se extendieran tan rápido y con tanta fuerza sus ideas emancipadoras. Llegar a un país extraño, y que gente que no conozcas te reconozcan como compañero y te den cobijo, permitió un flujo de ideas en épocas en que las comunicaciones eran mucho peores que posibilitó el auge de los movimientos obreros a principios del s.XX. Unos triunfaron, otros no, pero eso es ya otra historia. Imaginad lo que podría ser aplicar ese concepto en la actualidad.

Edito: Añado imagen de la manifestación feminista de ayer, en las calles de Istambul, contra la política islamofascista del gobierno.

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22 marzo 2017

El conocimiento del islam

Filed under: religión — Mendigo @ 22:08

La doctrina islámica, como la cristiana, se basa en la revelación y la tradición. La revelación es el Corán, colección de versos que fueron (convenientemente) revelados a Mahoma en momentos en que éste caía en trance y que éste, cuando se recuperaba, repetía a sus acólitos para que los memorizaran. Al ser analfabeto, desconfiaba de la escritura, de hecho porfiaba con los rabinos porque creía que habían alterado la Torah (en un principio, por si no os lo han contado, Mahoma seguía la fe de los judíos, de hecho la nueva forma que le dio, lo que pretendía era volver a la original fe hebrea que los propios rabinos habían alterado) En esencia, el islam no es más que la religión hebrea en su versión más prístina y pura, según la concepción de Mahoma. Al ser analfabeto, confundía en su memoria los textos sagrados hebreos con las leyendas que circulaban con personajes bíblicos, y esa ensaladilla que tenía en su cabeza era para él la fe original de la cual los judíos de su tiempo se apartaban. Como es natural, los rabinos mandaron a la mierda a ese piojoso analfabeto que pretendía enseñarles la religión que llevaban desde niños estudiando.

La tradición o sunna es una colección de citas y hechos del profeta, modelo de perfección, al cual todo musulmán debe imitar. Es esta compilación de citas de los compañeros (secuaces, era una banda armada que se dedicaba al pillaje) de Mahoma en lo que difieren los dos grandes bloques, el suní y el shií, según concedan una mayor o menor veracidad a unos u otros autores.

El islam, y lo he dicho muchas veces, está ya inventado. No es lo que cada uno quiera creer que es, el islam es el Corán (de origen divino) y (en un segundo escalón) los hadices, la fuente de la cual proviene el resto de desarrollo doctrinal. Por eso, me pica la curiosidad de saber cuál es el grado de conocimiento sobre el Islam entre vosotros. Llevo en gala mantener un nivel notablemente alto en los comentarios, de hecho quizá sea lo mejor de este espacio, por eso me parece interesante saber cuánto sabéis de una religión que, últimamente, está día sí día también en el candelero. Evidentemente no sois ni mucho menos una muestra representativa de la población, por eso hace esta encuesta más interesante, pues se supone que, si os dejáis caer por aquí tenéis un interés especial en temas ásperos y con cierta enjundia (estoy muy satisfecho, por ejemplo, del interés mostrado por mi entrada sobre la propiedad, y los buenos comentarios que ha dado lugar).

Os pido por ello que participéis, y no tengáis reparos aquellos que nunca hayáis abierto un Corán porque, realmente, es lo más común y la opción en la que espero ver más respuestas. Y, por supuesto, os invito como siempre a acudir a las fuentes siempre que estén disponibles, para no tener que depender de intermediarios. El Corán, así como la Biblia (Tanaj + Nuevo Testamento), son libros que deberían ser de obligada lectura para toda persona que pretenda tener una mínima cultura y comprensión tanto de la historia como del mundo actual, por su relevancia en los actos de muchos hombres y mujeres para los que estos textos son textos sagrados, verdaderos libros sapienciales cuya veracidad y contenido no se atreven a poner en duda.

La idea de Dios es un fenómeno sociológico, pero sus consecuencias son muy reales. Conocer las principales religiones (mi nueva meta es la religión hindú) es determinante para comprender el mundo.

Por cierto, como anécdota. Sabéis, es evidente, que detesto el islam, versión cateta de la fe semita (de por sí, una letrina); sin embargo, conservo con mimo un ejemplar del Corán bilingüe, exquisitamente encuadernado, que me regaló mi compañera. Aunque su contenido es una hez desde cualquier punto de vista (intelectual, ético y literario), exactamente lo que es, una colección de frases desordenadas que fue dictando un caravanero analfabeto que usaba el subterfugio de las “revelaciones” para mantener el puesto de caudillo de un grupo de salteadores de caminos que se fue convirtiendo en ejército, usando el tegumento de lo sobrenatural para garantizar la cohesión de su mesnada y su primacía sobre ella. Sin embargo, el continente es un encanto de libro impreso con un cuidado propio de épocas pretéritas.

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21 marzo 2017

Paletocracia: la dictadura de los palurdos

Filed under: ecología — Mendigo @ 13:31

El otro día vivimos y sufrimos un ejemplo de cómo las mentes más atrasadas y cerriles siguen determinando el devenir de los pueblos en la Galicia profunda.

Lamentablemente, en Galicia ya nos hemos acostumbrado a la normalidad de los incendios cada verano. Normalmente, la celebración del Santiaguiño marca el pistoletazo de salida a una oleada de fuegos, que encuentra su punto álgido en el fin de semana festivo de mediados de Agosto, y dura hasta que acaba Septiembre. Esto es el pan de cada día desde hace más de treinta años, así que para los que tienen menos de esa edad lo ven tan corriente como que en invierno llueva y haga frío (o como que el monte esté ocupada por una especie procedente de Oceanía).

Pero en Ourense, el epicentro de la actividad incendiaria (con el Norte de Portugal, el culo del mundo), ya estamos evolucionando a otro nuevo estadio de normalidad: el de incendios en cualquier época del año. Estos días hemos tenido una racha de días secos y ventosos, que los paletos han aprovechado para ir adelantando trabajo e ir quemando lo que tenían pensado hacer en verano. Si subías a un punto elevado de la provincia, podías avistar un día una columna de humo aquí, otra allá, seguro que una en dirección Sur (lo de Portugal es ya la devastación más absoluta, pero tampoco parece importarles gran cosa)… así, durante la pasada semana.

Ahora que ya os he puesto en situación, para los que no sois de aquí (mis felicitaciones, a propósito), os comento la anécdota. El Sábado íbamos rodando por una carretera de la montaña ourensana cuando vemos dos columnas de humo: un incendio que está comenzando. Eran las 13:27 cuando hicimos la primera llamada al 112, por cierto la tipiña una incompetente de tomo y lomo, pues le tuvimos que repetir varias veces las indicaciones de la localización del incendio (provincia: Ourense, concello: Viana do Bolo, aldea: Fornelos de Cova, no hay más que tomar nota y pasar el aviso). Nuestro interés es que vinieran cuanto antes porque, cogido a tiempo, un foco es muy sencillo controlar. Pero cuando se desmanda…

Como no nos quedábamos tranquilos (y porque ya nos conocemos qué clase de elementos habitan esta tierra) nos desviamos para ver si podíamos echar una mano para controlarlo cuanto antes. He de decir que, si bien la zona meridional de la provincia, fronteriza con Portugal, está ya toda arrasada por los sucesivos fuegos y, realmente, tampoco queda ya nada valioso por arder, la zona de montaña donde se desencadenó el incendio tiene un denso arbolado, especialmente de Quercus robur y Q. pyrenaica, con soutos de castaños cerca del pueblo y alguna mancha, afortunadamente pocas, de pino invasor. Es decir, es una zona bastante bien preservada con un relativamente alto valor ecológico (hay zonas mucho más pobres que tienen el reconocimiento de Parque Natural, como el de O Xurés o el Monte Aloia), por eso nuestro especial interés en no añadir un parche negro más a una superficie de bosque autóctono que cada año va menguando ante la pasividad, cuando no aquiescencia, de las administraciones (el concello, la Xunta y el Estado central que ya nos debe dejar, con razón, por irrecuperables).

Aparcamos y cruzamos por la aldea (una aldeúcha infecta, epítome del feísmo galaico). El foco estaba a 200m en línea recta de las primeras casas, la columna de humo, el olor e incluso el crepitar de la madera hacía imposible que pasase desapercibido para nadie; sin embargo, las dos únicas personas que vimos seguían a lo suyo, insultándose sobre cómo había que cavar la huerta en la que estaban. Cuando llegamos al lugar del incendio, lo que nos temíamos: allí no había absolutamente nadie. Había dos columnas de humo: una, la pequeña, eran dos hombres quemando los restos de hojas y erizos de un souto de castaños, según dijeron con permiso y bueno, al menos de forma controlada. Que toda vez controlado su trabajo se fueron a su casa sin pasarse siquiera a interesarse por el incendio que iba creciendo a tan solo 100m de donde estaban. Hablaron de que no sé quién, por ahí, tenía pensado también quemar la hojarasca: un buen candidato a autor del incendio, un energúmeno que ni se molestó en pedir permiso, ni en molestarse en controlarlo, simplemente fue con el mechero y se desentendió del asunto.

Pero bien podría ser por otro buen puñado de causas: dejar el monte raso para poder meter las ovejas, para disparar más fácilmente a jabalíes o corzas que no cuentan con el cobijo de la espesura, o simple odio a la Naturaleza (a la que califican como “suciedad”, cuando la suciedad está en sus mentes), a la que esta clase de escoria social considera una amenaza contra el orden humano, el modelo de paisaje que estas bestias embrutecidas tienen en sus obtusas mentes: todo el monte ocupado por pastos y cultivos, tal y como lo conocieron sus padres. He de decir que, al menos sus padres, tenían la excusa de la necesidad para este comportamiento ecocida, la agricultura de subsistencia que practicaban, sin apenas evolucionar desde la Edad Media, daba unos rendimientos bajísimos que había que compensar ocupando todo el territorio. Venido el éxodo rural, quien tenía dos dedos de frente o al menos un poco de espíritu escapó de ese pozo de miseria hacia la ciudad, quedando la mayor parte de las fincas abandonadas por falta de brazos, que empezaron a ser reconquistadas por las especies autóctonas, que hacían avanzar la frontera natural hasta la puerta misma de las aldeas. También dejaron atrás a las cuatro bestias que no se atrevieron a emigrar, sometidos a una selección natural inversa: procreaban entre palurdos, para criar a hijos aún más palurdos en el mismo ambiente de incultura atroz que los había mantenido durante siglos en la miseria.

En cualquiera de los casos, es evidente que al garrulo que se le metió en el entrecejo que era buena idea que ese pedazo de bosque ardiese, era de esa aldea. En la aldea vecina no serán menos palurdos, pero ni les va ni les viene lo que pase como para ir a quemar. El criminal ecológico que provoca el incendio, lo hace dentro de una absoluta impunidad que supone la comprensión e incluso colaboración del resto del pueblo, que comparte su bestialidad y miseria moral, una mentalidad extractiva y predadora que no ha evolucionado desde tiempos prehistóricos. Años de endogamia han desarrollado en esta horda de subhumanos una cubierta que los impermeabiliza de la cultura, del razonamiento complejo, espíritu artístico o impulso altruista, el mundo de las ideas les es tan ajeno como la superficie de Marte. Su expectativas vitales se reduce a las de un cerdo, sin más estímulo intelectual que el absolutamente imprescindible para la supervivencia: satisfechos con ganar unos euros, a ser posible con el menor esfuerzo posible, que les permitan satisfacer sus aspiraciones vitales: llenar el estómago de comida y vino, y alcanzar para comprarse un coche de segunda mano, indicador social por excelencia en la jaula de simios, con el que bajar a la villa. Son fácilmente reconocibles: no saben escuchar, sin embargo creen, como el cuervo, que lo que tienen que decir es de la mayor importancia y por eso lo pregonan a voz en grito aunque su interlocutor esté a un paso. El garrulo ibérico que, en la subespecie galaica desarrolla manías incendiarias. El que, satisfechas sus necesidades primarias, eructa aquello de “e de que me serven os carballos?“, incapaz de apreciar en su bestialidad la belleza de un ecosistema preservado o los beneficios a largo plazo que comporta.

Trazado el boceto de la clase de homínidos que son la chispa y la yesca necesaria para provocar un incendio (el que lo provoca, y su medio social que lo ampara), sigo con mi pobre anécdota como bombero improvisado. Como allí no llegaba nadie, volvemos a llamar al 112: nos responde la misma operadora, que ya había dado aviso. Una vez que se nos hace evidente que no podemos esperar colaboración de las acémilas de la aldea, y por pura impotencia, nos ponemos a hacer lo único que podemos: tratar de contener el avance de las llamas en las zonas más fáciles, con retamas que íbamos cortando. Debíamos dar una imagen lastimosa y ridícula, con pantalones cortos y zapatillas, sin herramienta alguna para hacer algo medianamente efectivo. Honestamente, la sensación era de total impotencia. Y ganas de regar toda la puta aldea con napalm, sabiendo que los muy palurdos cuentan con tractores, cubas de miles de litros, mangueras y todo tipo de herramientas, y allí estábamos los dos solos, procurando evitar el avance de un fuego en un pueblo en el que nada se nos había perdido. Me corroía la absoluta certeza de que, con la ayuda de la gente, no sólo ese incendio nunca hubiera tenido lugar (porque hubieran denunciado al culpable, que todos saben perfectamente quién es), sino que hubiese sido apagado en cinco minutos cuando empezaron las llamas.

Me comentaba hace unos días una señora mayor en el valle del Ambroz (Cáceres), cuando le preguntaba por los incendios (porque le comentaba que el paisaje en Ourense era muy parecido, si no fuera por los incendios que lo tienen todo arrasado), que cuando había un incendio (ella misma reconocía que provocado por los ganaderos), salían todos los mozos del pueblo a apagarlo. Esa misma historia la he escuchado yo en otras partes de Castilla: ante un aviso de incendio, se reúnen los hombres hábiles y marchan a atajarlo, sin esperar la intervención de las cuadrillas de bomberos forestales: es su monte. No es que el aldeano de la meseta sea menos palurdo, simplemente tiene interés en que su monte no arda (grandes pinares de los sistemas Central e Ibérico, fuente de riqueza para los Concejos), mientras que el aldeano gallego (y asturleonés, y portugués) cifra su interés en precisamente lo contrario: en que arda. Y aquí tenemos la clave para evitar los incendios: ligar el interés de los paisanos a la preservación del bosque, y no a su destrucción. ¿Cómo? Yo ya he propuesto en otras ocasiones alternativas. Por ejemplo: la de pasar la factura de la extinción, ante la ausencia de autor conocido, al concello involucrado. Porque no toda Galicia, ni menos aún el resto de España, debe empobrecerse por la recurrente barbarie incendiaria de unos concellos muy concretos.

La cuestión es que en la Galicia rural no hay hombres. Ni mujeres. Sólo quedan las bestias de tiro. El que por casualidad nace con algo sobre los hombros sale corriendo de allí en cuanto puede, para sólo volver el día de las fiestas, a emborracharse con su primo el del pueblo. Hasta que se casa, tiene hijos, y le da vergüenza mostrarle a su familia el hoyo del que tuvo que escapar para forjarse una vida.

Todo esto, al lector ajeno a lo que he venido a llamar paletocracia, en la que no rigen las leyes estatales sino prejuicios atávicos, una verdadera dictadura de los más palurdos que son los que imponen el modelo social que rige en las aldeas y perpetúan el subdesarrollo crónico en el que se hayan, le resultará extraño. Habrá leído otras crónicas de incendios mucho más complacientes con la fauna que habita la Galicia rural, de esforzados y nobles labregos que luchan a brazo partido porque el fuego no avance. Y sí, es cierto. Cuando a esta panda de descerebrados se les escapa el fuego, y éste amenaza algo que sí que les interesa (su casa, su garaje, su palleira…) entonces sí que mueven el culo. Pero cuando ocurre, es porque se ha descontrolado un fuego que llevaban horas ignorando porque, total, sólo quema “la maleza”. Hasta que las llamas no llegan a las aldeas, la consigna es otra, pero no la veréis reflejada en la prensa: “deixa que arda!“. Pero esos son los pequeños incendios, que el periodista sólo cubre desde su oficina en Santiago o Vigo recabando los datos que publican las administraciones para redactar una escueta nota a pie de página. Porque todo esto ocurre, también, por la indiferencia de la Galicia urbana respecto a todo lo que ocurre a sus espaldas, en un rural que les es tan ajeno como les puede resultar un país asiático.

Y sigo con la narración de nuestra patética gesta, o nunca daré acabado. Ya hemos llamado tres veces al 112, por aquí no se pasa nadie. Por la carretera que pasa por debajo de nosotros veo salir un niñato con su moto de campo, un todoterreno con otras dos acémilas, pero a nadie se le ocurre venir a ayudar para que no se queme el carballal de su pueblo. A las 14:25 recibo una llamada del servicio de incendios de la Xunta, preguntándome si hay algún incendio. ¿!??!¿?!?¿?!¿!?!? ¡El aviso ha tardado una hora en llegar al centro de coordinación! Con las llamas a un metro y el humo en los ojos, constatando que vivo en un país tercermundista y estructuralmente ineficiente y corrupto, contesto con no la mejor de las composturas. Me dice que ya pasa la orden y que pronto llegará la caballería. Pronto son otros 35 minutos más, mi compañera y yo procurando al menos limitar el avance del fuego en un pequeño frente, mientras vemos cómo el fuego avanza en el resto de direcciones y llega hasta un grupo de pinos que plantó alguno de los holgazanes que, mientras tanto, están haciendo la sobremesa ahí abajo, creando una enorme bola de fuego cerca de las torretas de alta tensión.

Cuando llegan, son sólo cinco tipiños y un capataz en otro todoterreno (que no mueve ni un dedo, no se vaya a partir una uña). Ni siquiera traen una motobomba, sólo los apagadores (en una zona de arbolado). Eso sí, ellos se dirigen a la zona más peligrosa, donde yo ni pensaría en meterme con camiseta y pantalón corto: van a tratar de atajarlo en el cortafuegos que se forma bajo los cables de alta tensión. Nosotros nos quedamos un rato más asegurándonos de que, al menos, la parte de abajo no avanzaba (y acabó avanzando, al rodear por una zona de matorral alto). Y ya, cansados, impotentes y derrotados, decidimos marcharnos. Al pasar por el pueblo, interrogábamos a la gente que nos encontramos que por qué no habían estado ayudando a apagar un incendio en su propio pueblo. La primera respuesta era indefectiblemente tomarse la idea como una broma. Les parecía divertida la idea, pensaban que estábamos bromeando. ¡Ir ellos a apagar un incendio! ¡Qué ocurrencia! Todos reaccionaban con sonrisas y frases ocurrentes.

Lo siguiente, ante nuestra insistencia y enfado, eran excusas (uno saltó que estaba plantando las patatas, como si le estuviera inculpando la autoría del incendio, excusatio non petita) y gestos torvos. Confrontados ante la vergüenza de su comportamiento ruin y malintencionado, la evidencia de su inacción y la indiferencia que sentían hacia el entorno natural de su pueblo, reaccionaban con agresividad (un saco de carne con ojos, de mirada bovina y andar abúlico, rumió algo mientras se alejaba de “darme una hostia”, respuesta automática del paleto cuando se enfrenta a una situación de tensión emocional, al forzarle a enfrentarse a su propia miseria moral).

El incendio siguió durante el resto de la tarde, hasta que ya con el sol en Manzaneda (esa estación de esquí sin nieve propiedad de la Diputación, que cubre pérdidas año tras año desde su creación para hacer más asequible el ocio de los niños pijos que hasta allí se acercan, para eso sí que está papá-Estado) dejamos de ver el humo que venía del incendio. No fue especialmente grave, sólo un pequeño incendio más de lo que es la nueva normalidad en esa Galicia profunda que vive de pensiones y subvenciones, incapaz de crear riqueza neta, mientras sigue dando mayorías absolutísimas al Partido Popular de la dinastía Baltárida y sus caciques locales, que gastan la mitad del presupuesto en festejos para mantener contento al ganado, sin ni siquiera procurar buscar una vía de desarrollo para sus pueblos. Uno más, al que acudimos para echar una mano con magros resultados, y que ahora quiero compartir con vosotros para que, de alguna forma, al menos, las lágrimas de la lobita cuando se tenía que retirar y dejar arder un carballo frente a ella, puedan ser de algún provecho.

Como epítome de toda esta triste jornada; por todo lo dicho, repito, reitero y me reafirmo: la causa última de la enloquecida actividad incendiaria en el Noroeste peninsular es la miseria, el atraso y la incultura en la que está sumida la población de la Galicia rural. Malos hijos de una madre que, siendo bella y generosa, con semejante saña la maltratan.

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