La mirada del mendigo

13 marzo 2017

Sobre la propiedad

Filed under: economía — Mendigo @ 7:13

En la anterior entrada, no quise extenderme en la necesidad de los elementos añadidos a la célebre afirmación de Proudhon. Realmente, el mal no está en el concepto de propiedad en sí, que yo creo que incluso psicológicamente es necesario, ofrece un asidero en el que engancharse al mundo.

No debemos caer en la simpleza de considerar que toda propiedad es ilegítima. Es estupendo que un trabajador posea privativamente el fruto de su esfuerzo, lo que es un robo es que se apropie del esfuerzo ajeno. Si no, caemos en la caricatura que la derecha nos hace, de que comunismo es compartir hasta los calzoncillos. Esas concepciones de comunismo pre-marxista fueron superadas hace siglos y no tuvieron ningún recorrido. Por lo tanto es legítimo y, de hecho, magnífico poseer bienes (mientras sean para su disfrute y no por el mero impulso de acaparar, en el que es el hombre quien acaba siendo poseído por su codicia). Un buen coche, una cómoda vivienda… fantástico. La productividad de la economía moderna lo permite.

De hecho, yo entiendo el socialismo precisamente como el sistema que mejor defiende la propiedad privada de las masas trabajadoras. Pero para que el trabajador pueda tener ese buen coche, esa vivienda llena de artilugios electrónicos y cosas bonitas, para esa buena vida a la que todo ciudadano aspira… hay que prohibir la propiedad de los medios de producción (dicho de otra forma, hay que impedir que a ese trabajador le sisen en su salario).

¿Qué son los medios de producción? Todo aquello (no necesariamente material) que un trabajador necesita, además de su esfuerzo, para generar riqueza. La tierra, como la forma más básica de capital, los edificios, máquinas y herramientas.

¿Es ilegítima cualquier apropiación de los medios de producción? No. Sólo en el caso en que poseas los medios de producción ajenos, porque eso te lleva a exigir participación en los frutos del trabajo ajeno, lo que efectivamente es un robo. Que una persona se quede con los frutos de su trabajo es perfectamente justo.

¿Entonces, sólo es legítima la propiedad privada de los medios de producción propios? No, de ninguna manera. Pero además, no sería conveniente porque eso nos llevaría a una economía de empresas unipersonales absolutamente incompatible con las necesidades productivas modernas (y tomo como “moderno” todo lo que viene tras la Edad Media, aunque realmente debería retrotraerme a la prehistoria e incluso a épocas anteriores a nuestra aparición como especie, pues ya nuestros primos homínidos usaban la colaboración para cazar piezas grandes).

Efectivamente, existen otras formas de propiedad más allá de la propiedad privativa: la propiedad colectiva, en la que un grupo de trabajadores posee de forma indistinta la empresa en la que trabajan (es decir, no es que cada uno posea justo su banco de trabajo, sino una parte alícuota en la empresa). Y la propiedad pública, en la que es toda la sociedad la titular de aquellas empresas que, por sus necesidades masivas de capital (pensemos en sectores como la energía, el transporte o las telecomunicaciones) no puedan ser desarrolladas por las anteriores.

Fijaos pues cuantísimo hemos limitado la afirmación de Proudhon. De:

LA PROPIEDAD ES UN ROBO

Hemos llegado a:

LA PROPIEDAD PRIVADA DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN AJENOS ES UN ROBO

El resto de formas de propiedad son perfectamente legítimas, e incluso muy convenientes. Y, de hecho, es el capitalismo el que las amenaza (toda una vida de albañil levantando casas, y no te puedes puedes pagar ni siquiera un pisito en una de las que has fabricado).

Como comentaba un amigo de esta página, en expresión muy acertada: no hay problema en que a un ciudadano se le permita acumular riqueza sumando (es decir, con el fruto de su trabajo), la amenaza viene cuando acumula riqueza multiplicando (esto es, con el fruto del trabajo ajeno, de sus empleados).

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Doy ahora un quiebro en la dirección del discurso para comentar una paradoja que observo. Vamos a crear una escena.

Podemos imaginarnos a un humilde zapatero remendón trabajando en su taller del barrio de Lavapiés en algún momento del siglo XIX. Por el fruto de su trabajo, componiendo los zapatos de sus vecinos, tiene unos ingresos medios de 10 reales al mes.

Llega entonces un matachín, un rufián diestro en el oficio de las armas y le amenaza diciéndole: “no te preocupes, puedes seguir trabajando aquí, pero tendrás que darme a cambio la décima parte de lo que ganes”. Es decir, una evidente extorsión mafiosa. Ante este episodio, antes y ahora, ha existido una condena social generalizada.

Sin embargo, troquemos el personaje del hampón por un hombre de leyes, el cual aparece en el puesto del zapatero diciéndole: “por esto y por lo otro, ahora esta zapatería me pertenece. Pero no te preocupes, podrás seguir trabajando aquí, y te pagaré por ello nueve reales.”

De forma a mi entender alucinante, este último caso, lejos de la reprobación unánime, recibe la comprensión, aceptación e incluso simpatía social por la generosidad del leguleyo que, en su altruismo, aún le permite conservar su puesto de trabajo (como si al nuevo propietario le sirviera de algo la propiedad de una zapatería, sin un zapatero que en ella trabaje). “No ha salido tan mal el zapatero, que aún gana nueve reales”, dirán las gentes.

De todas formas ¿qué otra cosa podía hacer el zapatero sino aceptar? Sin sus herramientas, sin su local de trabajo con el que se relacionaba con sus clientes y donde iban a buscarle; sólo con las manos desnudas, por muy hábil que fuera, no es capaz de arreglar ningún zapato. La propiedad de los medios de producción.

Y ya, según pasen los años, y el hijo del zapatero siga trabajando en la misma zapatería para el hijo del burgués, la condición de uno y otro habrá quedado rubricada y sellada por el tiempo y la costumbre, y hasta el mismo hijo del zapatero lo verá como algo natural y justo entregar el 10% de sus beneficios al hampón. ¡Ay! No, que ese era el otro cuento.

Y aquí viene otra máxima con mucha solera en este espacio:

TODO RICO ES LADRÓN, O HIJO DE LADRÓN
San Ambrosio de Milán, Padre de la Iglesia (340-397)

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Todo esto está muy bien, pero si hemos de ser honestos, no es todo el cuadro. Vamos a hacer evolucionar nuestra fábula del zapatero remendón de un modo que pudiera representar parte de la realidad y, de este modo, hacer una crítica a lo que recién acabo de escribir.

Nos hemos quedado en nuestro zapatero, que por la fuerza de la ley (escrita por alguien que no es de su clase, e impuesta igualmente por la fuerza de las armas de los que son de la misma clase que el hampón) ha sido desahuciado y recolocado en su propia zapatería como empleado. Pues resulta que su empleador, por las causas que sean, tiene buen olfato para los negocios, contactos en la gobernación o el palacio o simplemente capital para hacer inversiones, amplía el antiguo taller. Contrata más empleados, entre ellos a un buen capataz que reorganiza los procesos para hacerlos más eficientes, ya no sólo reparan sino que producen calzado… en suma, que la empresa prospera. Esto le da, obviamente, muchos más beneficios al burgués que, para tenerlos contentos, se puede permitir subir el salario de sus empleados a 12 reales al mes.

¿Qué se dirá el zapatero? Pues no he hecho tan mal negocio, antes ganaba 10 trabajando para mí mismo, y ahora gano 12 y me puedo despreocupar de la marcha del negocio.

Ésta es una de las posibles salidas de la fábula, realmente. Porque en un ejercicio de honestidad intelectual, hay que reconocer que el capitalismo tiene una enorme capacidad de conseguir incrementos en la productividad, espoleando la innovación y el progreso. Vivimos en él, la gran mayoría ni siquiera concibe que pueda existir otro sistema alternativo, es el gran triunfador así que algunas virtudes debe tener. Y, sin duda, las tiene (y hay que ser muy necio, muy charlatán o muy hipócrita para no reconocerlo).

¿Invalida este final que le he dado al cuento todo lo anteriormente dicho? ¡NO! O, al menos, yo creo que no. Sigo considerando ilegítimas las rentas del capital, porque son una forma de apropiación del trabajo ajeno. Un robo. Incluso en el caso de que ser víctima de dicho robo pueda ser conveniente.

¿Conveniente respecto a qué? Ahí está la cuestión. Hay que crear un modelo socioeconómico que, preservando el carácter dinámico del capitalismo, sea éticamente admisible. Y, como una revolución universal sincrónica es una hipótesis peregrina, es necesario porque en un plazo de tiempo seguramente muy dilatado, tendrá que competir e imponerse sobre él. Y sólo vencerá si es capaz de satisfacer las necesidades de la población de una forma más eficiente y completa que el capitalismo. Porque para repartir miseria, virgencita, virgencita, que me quede como estoy. Y tiene toda la razón.

Bien. Nadie, NADIE hasta ahora ha dado solución a este problema. No hay ninguna solución alternativa al capitalismo, y por eso reina. La mejor aproximación hasta ahora fue la Unión Soviética, que si bien pudo competir e incluso vencer (a pesar de la propaganda que recibíamos a este lado del telón de acero) en la satisfacción de las necesidades personales, presentaba unas disfuncionalidades en el plano ético aún mayores que en el otro bando (autoritarismo, la gran pulsión del s.XX).

Podemos también tomar lección del modelo chino, con su capitalismo de Estado. Sin duda un modelo de éxito, que ha sacado a cientos de millones de ciudadanos de la miseria, que vino tras experimentar el más estrepitoso de los fracasos con sus veleidades doctrinarias que sonaban muy bien sobre el papel (muy progre y bucólico-pastoril), pero en su realización práctica llevaron a la muerte a millones de personas de pura miseria (igual destino que depararían las tonterías progres, decrecentistas y neorurales que me toca leer en los comentarios cada semanita). Sin embargo, este sistema comparte el mismo pecado original tanto del capitalismo (la apropiación del trabajo ajeno por una minoría burguesa) como del socialismo leninista, luego desarrollado por Mao Zedong (falta de libertades políticas y sociales). En este punto, aunque sería estúpido olvidar que también aquí se reprimen esos derechos, también lo sería dejar de reconocer que los disfrutamos en mayor grado que en otros modelos creados a partir del principio autoritario (la base de toda opresión y explotación, y llegados a este punto me sale la cresta).

Ya no sé cuántas veces lo he dicho.

En el tablero político se traza una línea, que separa los que consideran legítimas las rentas capital (el trabajo asalariado para un patrón que no sea el Estado, la propiedad privada de los medios de producción ajenos… tiene muchas formulaciones) y los que no. Y me suda la polla que seas vegano, antitaurino, fotovoltaico, compres jerseys de cáñamo en una tienda de comercio justo y conserves los vinilos de Joan Baez de tus padres; si no existe condena de la propiedad privada de los medios de producción, estás al Este de la línea. No hay ninguna diferencia, en esencia, con el mundo que proponen los Raxoi, Ribera o Gusanita.

Es que, de hecho, en mi empeño en crear un sistema socialista libertario que sea ferozmente eficiente y competitivo (o no será), los primeros obstáculos me los encuentro en el bando progre y su concepción pueril de lo que son los sistemas económicos y productivos de una sociedad tecnológicamente avanzada. Además de, por supuesto, los intereses creados que oponen una fenomenal resistencia al cambio (evidentemente las élites burguesas y los advenedizos, también llamados clases medias que ansían integrarse en sus círculos, además de los dos millones de funcionarios con contrato blindado a prueba de incompetencias supinas).

Pues bien, no es decente que la izquierda revolucionaria (si es que, a estas alturas, queda alguien a este lado de la línea roja), pida que la gente abandone un sistema socioeconómico que conoce y más o menos funciona, para dar un salto al vacío, y ya veremos. Esto es tratar a la gente de imbécil, y aunque lo parezca no lo es tanto e intuyen que tras lo que le propones sólo hay un abismo.

Si queremos ser honestos, tenemos que proponer a la gente algo concreto, a ser posible en versión estable o, al menos, en versión beta. Un sistema que provea sus necesidades actuales de bienestar y libertad mejor que el actual, porque nadie se quiere deshacer de su coche viejo para comprarse otro peor. Lo digo de otra forma: es perfectamente lógico y razonable el rechazo que la población da a las opciones políticas de izquierda revolucionaria, rupturista, o simplemente izquierda (insisto, un progre tiene de izquierdas lo que un murciélago de ave o un cetáceo de pez). Esamos vendiendo un coche escangallado o, directamente, humo. Nos dan la espalda, nos mandan a la mierda, Y TIENEN TODA LA RAZÓN EN HACERLO.

Y repito el mismo paralelismo: a principios de los 90, un paliducho Linus Torvalds dejó un mensaje recabando apoyo de programadores para crear lo que daría en ser el Kernel de GNU/Linux. El fruto de esa colaboración es el núcleo del sistema que ahora mismo estoy usando para escribir este rollo (pero se puede usar para cosas mucho más interesantes, desde ver porno, jugar a videojuegos o correr una de las más potentes suites de CAD/CAM).

Crear un nuevo sistema socioeconómico más justo y eficiente no es tarea sencilla, pero no mucho más complejo que crear un nuevo sistema operativo. Luego, pasaríamos a probarlo en fase alfa con pequeñas comunidades, y sólo entonces podríamos tener la legitimidad de pedirle a la sociedad que nos apoyase para cambiar el rumbo. Sin mapas, sin brújula, sin sextante, a la aventura, con programas llenos de ocurrencias progres inconexas, deslabazadas (un sistema operativo es un conjunto de órdenes sistematizado que trabaja armoniosamente como un conjunto) es perfectamente comprensible que la gente prefiera lo malo conocido.

Honestamente, antes que algunas tonterías que he tenido que escuchar (por ejemplo, cuando estuve participando en el Círculo de Economía de Podemos), hasta yo prefiero que gobierne la Marioneta. Su capacidad de causar daño a la población es más limitada (la maldad es finita, la estupidez no tiene por qué… aunque en este caso el registrador va bien servido de ambas).

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