La mirada del mendigo

1 mayo 2017

Misiones ecológicas

Filed under: ecología — Mendigo @ 7:24

Dejo esta entrada programada, espero que cuando se publique yo ya esté triscando cual cabritilla por la montaña, donde me pasaré un tiempo. A la vuelta atenderé vuestros comentarios que, precisamente en esta entrada, espero sean numerosos y fecundos.

Ya sabéis que considero la situación ecológica de Galicia de emergencia (del Noroeste peninsular, más bien), y ante la pasividad de las asociaciones ecologistas al uso y la complicidad de las administraciones con los criminales ecológicos (promoción e incluso subvención a las repoblaciones de alóctonas, inversiones millonarias en extinción de incendios pero no se analizan y atajan sus causas…) considero necesaria la acción directa de ciudadanos comprometidos.

Yo he propuesto dos formas de actuación, pero con un alcance muy limitado, que necesitarían un nutrido grupo de gente para ser significativas: el exterminio de especies invasoras y la siembra o transplante de autóctonas.

Sin embargo, estas acciones no van al origen del problema. Una solución integral al expolio que sufre la naturaleza implica realizar un análisis profundo de las causas últimas de esa especificidad ecocida gallega (noroccidental ibérica, los asturianos están que arden, Portugal al Norte del Douro es la devastación absoluta…).

Aquí mi modesta contribución, proponiendo de qué formas podríamos atajar las causas, en vez de sólo atacar los efectos de ese odio por el entorno natural y la necesidad de verlo domesticado, monetarizado, sometido. Espero vuestras aportaciones.

La primera idea, surge de la hipocresía gallega (y asturiana…) que pone a su madre con el bolsito y la minifalda cinturón a hacer la calle para sacar unas perras, y al mismo tiempo loa su proverbial castidad y decencia, y cuidado de quien se atreva ponerlas en duda. Esto es una completa charlotada, o te ufanas de tener unos ecosistemas bien preservados, o haces caja destruyéndolos y llenándolo todo de pinos y eucaliptos o metiendo el ganado en la montaña, pretender ambas cosas es absurdo.

La cuestión es que el ciudadano medio, ajeno al medio rural, no sabe ni comprende hasta qué punto está dañada su tierra, su patria. Los que obtienen beneficio de la destrucción, por supuesto, están muy satisfechos con la situación actual, pero una inmensa mayoría de gente no obtienen beneficio directo de la destrucción de los ecosistemas gallegos y, quizá, no estarían muy conformes de conocer la magnitud de lo que está ocurriendo. Para informarles de ello, propongo la creación de una herramienta que sea gráfica, intuitiva, de inmediata comprensión para que su alcance sea máximo. Se trataría de confeccionar un mapa calificando la calidad ecológica del territorio español, asociando cada nota con distintas tintas.

En el Norte tenemos un palurdismo de tintes racistas que nos lleva a creer que vivimos en el mejor lugar del mundo, especialmente cuando se compara con cualquier lugar del Sur. En el imaginario gallego, Castilla es un una interminable extensión de cereales y, por debajo del Tajo, sólo hay un páramo yermo abrasado por el sol, un desierto sin camellos. Quiero aprovechar ese ridículo chauvinismo norteño para asestarles una descomunal bofetada de realidad que les desencaje las muelas: un mapa calificando el estado de los ecosistemas terrestres, en el que Galicia sería una enorme mancha roja, mientras que amplias zonas de Extremadura o Andalucía mostrarían un moderadamente saludable color verde.

Para los que conocéis la idiosincrasia galega, y su palurdo desprecio por todo lo que queda más allá de las Portelas, eso sería pura dinamita. Quizá podría ser el revulsivo que necesita la sociedad para comprender en la barbarie ecocida que vive.

Para ello, necesitamos generar una “ecuación” (probablemente una tabla, al estilo de la escala de Richter para la sismología) que reduzca muchas variables que miden el estado de conservación de un ecosistema a una sola cifra. Un 10 sería un ecosistema en su estado original, obviamente eso no existe en Europa occidental, y un 0 la destrucción absoluta, la inexistencia de vida macroscópica autóctona (en la raia seca nos acercamos mucho). Por supuesto, sólo podríamos calificar las zonas forestales, el terreno agrícola y el urbano debería aparecer en blanco, sin calificar. De esta forma, quedaría en evidencia que, efectivamente, Galicia tiene una enormidad de monte, pero en su mayoría sin ningún valor ecológico (monocultivos, o terreno semidesértico tras la sucesión de incendios).

Evidentemente, reducir la complejidad de una evaluación ecológica (biodiversidad, reversibilidad de las intervenciones humanas…) a un solo dígito es simplificador, pero para acceder a la opinión pública necesitamos dotarnos de una herramienta así, que compendie mucha información en una sola nota, y ésta en un gráfico que lo haga accesible al ciudadano medio: de un vistazo puede hacerse una idea de cuál es la situación. Esta “ecuación” ha de ser sólida, para resistir las quejas y ataques de las administraciones públicas cuya ignominia quedará en evidencia. Y luego, se trata de aplicarla sistemáticamente en las cuadrículas del mapa español o, en un nivel superior de ambición, europeo (aquí la bofetada puede ser descomunal, aquí se vería la diferencia entre los programas de reforestación con autóctonas a mediados del pasado siglo en Francia o Alemania, y su equivalente gallego con pinos y eucaliptos).

Según la capacidad del grupo, el apoyo de organizaciones, Daniel propone variar el mallado (paso 2km, paso 5km…) para adecuarlo a nuestras posibilidades. También propone, como paso previo, el “concurso de misses”. Es decir, en ausencia de recursos humanos suficientes, aplicar esta medotología pero sólo a los espacios protegidos (parques nacionales o naturales, quizá alguna figura más de protección). Es decir, cada región presenta los que estima sus espacios naturales mejor conservados (las misses), y procedemos a calificarlas de acuerdo a los valores ecológicos que atesoran, de los que además tenemos mucha más información accesible.

Claro, como compares parques como el del Xurés, que tiene el mismo aspecto que una parrillada veraniega, o la bazofia vergonzosa del monte Aloia, foco de propagación de invasoras acacias, con parques como Doñana, Monfragüe o Aigüestortes… Y de eso se trata, cubrir de vergüenza a la sociedad gallega, enfrentarla a su propia miseria mostrando lo que le han hecho a su madre.

Mostrarles el mapa teñido de rojo, y luego no podrán decir que no lo sabían, no podrán fingir que no lo han visto.

Si triunfase la idea, podríamos pensar en realizar revisiones del mapa para auscultar la evolución del enfermo (que necesariamente será lenta, una revisión cada cinco años cuando menos).

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Y ahora, la siguiente idea de bombero: las misiones ecológicas. Entiendo que todos conocéis el movimiento de las misiones pedagógicas. Pues se trata de aplicar el mismo concepto, tratando de llevar los rudimentos de la ecología a la Galicia profunda, dando charlas en las aldeas, especialmente en aquellas zonas con una mayor actividad incendiaria (lo de convencer que no planten eucaliptos, ya tal). Su justificación parte de la constatación de que en la Galicia rural existe una paletocracia, en la que no rigen las leyes sino la voluntad de los individuos más cerriles y palurdos de cada aldea. Si deciden que tal monte debe arde, arderá y el resto de la aldea sólo cantará a coro amén (porque ni tiene el valor para enfrentarse al terrorismo rural, ni realmente le importa una mierda mientras no arda su alpendre).

Esta idea ya me parece buena o no tanto según de qué lado sople el viento. Daniel tiene serias reticencias, más que justificadas. Bueno, yo la comento y a ver qué os parece. Os copio el mensaje en el que trataba de exponérsela:

Lo que propongo es ir con el cuño de una asociación (mismamente creada ad-hoc o una asociación ecologista existente), o incluso una universidad (crear un grupo de voluntarios de la facultades de biología, veterinaria…). Llegar a un concello y hablar con el alcalde. El alcalde nos programa el encuentro y nos acompaña, apadrina, y presenta a los vecinos (y vecinas, habría que hacer incapié en que acudieran también ellas).

Se hace una exposición en el local social de la aldea y, luego, se inicia un coloquio sobre qué formas se les ocurren para proteger el entorno. Importante: se debe ceñir el debate a la protección ambiental. No si les parece bien o no ésta, eso hay que darlo por hecho. Evidentemente, una y otra vez se desmandaría por ese lado, y continuamente habría que reconducirlo, dejando bien claro que la bestialidad, el estadio actual, no es una opción.

¿Fácil? Para nada. Pero haciendo las cosas bien, quizá sí que cambiásemos un poco las mentalidades. Es cuestión de trabajarse el discurso, e irlo adaptando según vayan saliendo las primeras sesiones. Eso sí, hay que hacer las cosas bien. Si vamos a un pueblo, sin el padrinazgo del alcalde, pasan de nosotros como de la mierda.

Si en una aldea de 50 paisanos, consigues convencer a 20 para que mantengan controlados a los 5 que prenden fuego, e incluso que se animen a repoblar una parte de monte comunal con autóctonas… incluso podemos formar un grupo para ponerlas, con que se comprometan a cuidar lo que salga, regar los dos primeros años y no meter ganado en otros diez, llega.

Una vez que alguien aprende a discernir entre un monte íntegro y otro degradado, entre un árbol autóctono y un eucalipto… es como aprender a leer, simplemente lo ves, surgen ante ti palabras que se enlazan formando ideas… cuando para el analfabeto son solo hormiguitas de tinta sin sentido. Como cuando te enseñan a reconocer una constelación, antes no conseguías ver más que un grupo de puntitos, pero una vez que la ves, ya no puedes dejar de verla. Si lográsemos introducir el amor por un ecosistema bien preservado, el respeto por lo propio en la gente de aldea, al menos en ese lugar teníamos la partida ganada. Y eso es mucho más de lo que podemos aspirar ahora mismo, que básicamente es a cagarnos en Dios cada vez que vemos incendios.

La cuestión es que la idea original de las “misiones ecológicas” me la dio Amor, con un tipo muy especial de misiones pedagógicas: con los enanos cabezones niños. Podríamos acudir a las escuelas (y para eso necesitamos tener el cuño de una asociación) y proponer salidas al campo para que los niños aprendan a comprender y valorar su entorno, muy especialmente los niños del rural que de puro vivir en el campo acaban por no verlo y menos valorarlo (eso nos pasa a todos, lo que estamos acostumbrados a ver acaba por resultarnos transparente, hasta que alguien nos enseña a mirar, es como si tuviésemos un cuadro de Velázquez en el pasillo de casa, ya ni reparas en él).

Igual que con los alcaldes, habrá profesores que se muestren receptivos y otros que no; como evidentemente no tendremos recursos para hacer salidas con todos los grupos escolares o dar charlas en todas las aldeas de Galicia, simplemente vamos atendiendo las posibilidades que se nos vayan ofreciendo. Y saliendo a sembrar semillas con los niños, quizá logremos sembrar en alguno la semilla del amor por su tierra y los seres que en ella habitan.

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Ahora marcho, os dejo los comentarios abiertos para proponer nuevas soluciones factibles a las causas que subyacen bajo esta manía ecocida. Actuaciones que permitan ir haciendo camino, esperando que con nuestro ejemplo se enganche más gente hasta que sean las administraciones (el día que políticamente Galicia salga de la barbarie caciquil) las que tomen el relevo. Evidentemente, la educación ambiental de niños y adultos es una competencia de la administración autonómica, pero…

A ver si me sorprendéis y, a la vuelta, está ya el grupo formado y en funcionamiento.

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