La mirada del mendigo

13 junio 2017

Merecer la democracia

Filed under: internacional — Mendigo @ 13:51

Digamos que éste es un epílogo a la entrada anterior. Y es un pensamiento que me lleva dando vueltas desde hace tiempo, tan agradable como una china en el zapato.

Comentábamos que, para que pueda desarrollarse un sistema político democrático, debe existir una sociedad que se reconozca como tal, y acepte el acuerdo y no la imposición como elemento básico de la acción política.

La primera parte es evidente, para desarrollar cualquier proyecto en común (sea un matrimonio, un club de piragüismo o un Estado) debe existir una voluntad siquiera implícita de realizarlo, en provecho general. Esto debería ser evidente, si en vez de la unión de personas de mutuo acuerdo y para común provecho, es la imposición de la voluntad de una sobre otra, de la cual obtendrá en lo sucesivo provecho (económico, emocional o sexual) en una transacción desequilibrada, no cabe hablar propiamente de relación libre sino de explotación esclavista.

La segunda parte, quizá la obviamos con demasiada ligereza. Implica la renuncia al empleo de la violencia, al someterse a la decisión de la minoría (en aquellas cuestiones de carácter público, la mayoría no tiene nada que decidir sobre el color de mi sombrero, pongamos por caso). Durante siglos, hemos asumido la razón de la fuerza como válida, incluso como voluntad divina (Franco fue caudillo de España por la Gracia de Dios, y no se me ocurre mejor ejemplo para ilustrarlo, la Falange tuvo, en las elecciones de 1936 menos del 0,1% de los votos, y tres años después el fascismo gobernaba España por el derecho de las armas).

Como comentaba en la anterior entrada, si se usan las urnas como excusa para que un grupo social se imponga y someta a otro menos numeroso, esto no puede llamarse democracia. La democracia es un intento de crear un espacio común de convivencia por medio del acuerdo. Si no hay voluntad de convivir en igualdad, sino que mantenemos la mentalidad de conquista e imposición sobre las tribus vecinas, las urnas son sólo una variación taimada de las armas.

Y es lo que me lleva a pensar que dictadores como Bashar al-Assad (y su padre Hafez), Sadam Hussein o Muamar el Gadafi pudieran tener su punto de razón, y ya sé que es muy grave decir esto. En los tres, encontramos la misma política de mano dura (criminal, sin ambages) para someter a un pueblo. Sin embargo, en todos los casos no se trata de un pueblo, sino de al menos tres pueblos reunidos por los caprichos del tiralíneas occidental (Libia como reunión de la Cirenaica, la Tripolitania y el interior desértico; Iraq y Siria con el matrimonio forzado de tres glandes bloques, el árabe suní, el árabe chií/alauí y el kurdo, más una miriada de minorías cristianas, yazidíes…). Para mantener la cohesión de estos nuevos Estados, además de para obviamente mantener el poder, ambos recurrieron a regímenes autoritarios, fuertemente represores (con todo, ni de lejos los peores de la región).

La cuestión, la terrible cuestión, es ¿podrían haber actuado de otro modo? ¿era inevitable la dictadura como forma de gobierno? La pregunta es terrible, pero en este espacio no nos detenemos, ni siquiera respetamos nuestras creencias más profundas. La realidad es nuestra única Diosa, reina y señora. Y, tanto en Libia, como en Iraq, como en Siria, los hechos parecen indicar que alguna razón tenían estos dictadores. Desaparecido ese poder centralizador, ventana de oportunidad que los ciudadanos podrían haber aprovechado para autoorganizarse y evolucionar hacia formas de gobierno democráticas, en los tres casos (y podríamos aquí sumar a Egipto entre los ejemplos) la debilidad de un poder represor se ha aprovechado en cambio para caer en el abismo de la guerra sectaria entre las diferentes naciones que componían, ahora lo vemos, el Estado.

No cabe duda que un gobierno dictatorial ilegítimo, como el de la dinastía Assad, era una situación humanamente más soportable (!!!) que la sangrienta masacre que se abrió al debilitarse su control sobre la mayor parte del territorio. Esta situación, en que las dictaduras son el mal menor, es ideológicamente insoportable, pero la evidencia llama a nuestra puerta.

¿Es esto un elogio de la dictadura? No exactamente. Porque la dictadura, a su vez, por ese mismo carácter ilegítimo, arbitrario y violento que la define, frecuentemente aumenta la fractura entre los distintos grupos sociales, las distintas sociedades que conviven bajo la bota del dictador. Especialmente cuando una de ellas es preferida sobre las otras, que se sienten relegadas (Sadam era suní y Tarek Aziz caldeo, ante la clamorosa infrarepresentación de la mayoría chií en los altos cargos del Estado). Por lo tanto, cada vez el Estado debe enfatizar más su maquinaria represora para mantener unidas las partes. El autoritarismo es una vía muerta, que sólo conduce al desastre.

¿Entonces? Pues entonces es que el proceso civilizatorio es muy jodido, y la sociedad debe acompañar al Estado en el proceso de apertura. Si la sociedad (las sociedades) no están preparadas para ese proyecto de vida en común, abrir la mano sólo conducirá al desastre.

Y ahora, centrándonos en Siria. Mucho antes de empezar a ser señalado como “régimen” por la prensa de orden, ya denunciaba yo la represión de la Muhabarat. Ahora, con unos añitos más a cuestas, me hago la pregunta. ¿Habría sido posible que el educado oculista londinense, al hacerse con las riendas del país, hubiera proseguido en su programa liberalizador -político- si no se hubiera encontrado con el peligro de la amenaza islamista? Dicho de otra forma ¿no ha sido precisamente la amenaza islamista la que hizo recular a Bashar de la línea modernizadora de sus primeros años en el poder, y volver a la estrategia de la represión para sofocar una oposición integrista que ya amenazaba con volver a reeditar las luchas baazismo-wahabismo que ya tuvo que librar su padre?

Es mi sospecha, que estos dos autoritarismos, el secular y el integrista, se retroalimentan. Sin esa amenaza, ahora no queda más remedio que reconocer que de ningún modo paranoica, el régimen sirio podría (no sabemos si existía una voluntad real, pero habría existido tal posibilidad) haber evolucionado hacia un modelo social más incluyente (especialmente a la mayoría rural suní y los despreciados kurdos) y democrático.

El caso libio también aporta su ejemplo (y yo apoyé aquí la operación aérea que detuviera la columna de carros que se dirigía a Bengazhi, para evitar una masacre): el pueblo libio, de haberse reconocido como tal, una unidad social con intereses comunes y vínculos de solidaridad, podría haber reaccionado al vacío de poder tras la caída del histrión con la creación de un Estado moderno, democrático y garantista con los Derechos Humanos. En su lugar, se formaron una pléyade de bandas armas dirigidas por señores de la guerra, casi todas adscritas ideológicamente a corrientes islamistas, mientras que la minoría civilizada se recluía en sus casas y, a lo sumo, organizaba grupos de patrulla para defender sus barrios de clase media del saqueo.

Y aquí debemos hacer notar otra característica de las dictaduras: la represión impide la creación de una sociedad civil. Por el contrario, la sociedad está desarticulada, incapaz de retomar el mando y reorganizarse si colapsa el poder dictatorial. En su lugar se hacen con el poder bandas de fieras usando la razón de la fuerza como legitimación sancionada por Allah (uno de los puntos en los que el islam coincide con el fascismo, la victoria militar como expresión de la voluntad divina, por eso es tan importante aplastar al Estado Islámico).

Entonces, ¿qué? Soy consciente que estoy lanzando mensajes contradictorios, pero aseguro que sólo pretendo analizar lo más honestamente que puedo la realidad. ¿No hay solución? Más autoritarismo o menos autoritarismo conducen invariablemente al desastre. ¿No hay alternativa a la dictadura y la barbarie, ninguna oportunidad a la democracia y la libertad?

Sí, la hay, nuestra sociedad (nuestras sociedades) es un buen ejemplo. No es que seamos muy civilizados, pero al menos no nos matamos (aunque aún existe la tortura y los malos tratos policiales, promovidos además por la Ley Mordaza).

Supongo que la vía pasa por la relajación de tensiones, el abandono explícito de la violencia como herramienta política, de la cultura de la imposición por la cultura del diálogo y el acuerdo, en un círculo virtuoso de intercambio recíproco entre Estado y sociedad de menor autoritarismo y mayor civilidad. Podríamos decir que es un pacto de mutua confianza, yo abro un poco el puño, y no os desmandáis (ni a derribar el gobierno, ni a mataros entre vosotros). Esa vía, muy bien pilotada, puede llevar en relativamente poco tiempo a un sistema político democrático.

Puede ocurrir, por ejemplo, que la sociedad ya esté madura para asumir su propia tutela y simplemente el Estado no quiera acompañar ese proceso y seguir instalado en el autoritarismo. En ese caso, es perfectamente recomendable un golpe violento para derribar ese régimen ilegítimo que mantiene encorsetada y sometida a la sociedad. El mejor caso que se me viene a la mente es Portugal: tras derrocar a Salazar en la Revolução dos Cravos, la sociedad portuguesa (que se veía a sí misma como una sociedad) se organizó en un Estado moderno, nada que ver con la suerte de Mad Max en que se ha convertido Libia a la caída de Gadafi. Evidentemente, la sociedad libia de 2011 no estaba tan madura como la portuguesa de 1974, y probablemente ni existía como sociedad, sino un conjunto de clanes y tribus cuyo único tegumento para construir una entidad superior sería el fanatismo islámico.

Sin embargo, acabar con el poder autoritario cuando la sociedad, o una parte de la sociedad, no está preparada ni acepta un proyecto de convivencia democrático, se puede revelar peligroso. Y en los últimos años, la expansión e intensificación del fundamentalismo islámico, provocando la involución de sociedades bastante abiertas y adaptadas a una democracia si no plena (que eso no existe sobre la faz de la Tierra), si al menos homologable con Occidente, va a retrasar durante décadas el proceso de liberalización política (insisto en que debemos reapropiarnos del concepto de liberalismo, como corriente política decimonónica metafísicamente opuesta al conservadurismo, a la que el marxismo sirvió de continuación en el campo económico).

Y aquí volvemos a encontrarnos en una contradicción dolorosa: y es que reyezuelos, dictadores y sátrapas se convierten de esta forma en naturales aliados de un occidente (cada vez menos) liberal y democrático, frente a un enemigo aún más reaccionario: el islamismo. De esta forma, Europa promovió y bendijo el pucherazo de Buteflika al no aceptar la victoria electoral islamista; tenemos que condescender con el Marranito VI y su mazem, porque es el mejor dique frente a un islamismo cada vez más pujante y organizado; incluso las casas reales árabes se antojan como interlocutores más o menos civilizados [sic] que juegan entre dos aguas, las ansias reformistas de una minoría occidentalizada y la invencible pleamar de una masa social cada vez más integrista, belicista, reaccionaria, pastoreada por el clero wahabita.

Esta necesidad de bailar con dictadores hace perder toda credibilidad, no sólo a nuestros gobiernos (¿alguna vez la han tenido, incluso entre nosotros?), sino del propio modelo político laico, liberal y democrático que, nos guste o no, encarnamos a ojos del resto del mundo. Y esto también es un enorme problema.

Deberíamos replantear la política exterior conjugando el realismo (no hacerle de nuevo la cama a un dictador para beneficio de yihadistas) con los principios. Un verdadero encaje de bolillos, que está muy lejos, intelectual y éticamente fuera del alcance de la clase política europea (lo de Trump pertenece ya al dominio de la zoología).

Resumiendo, sería el de poder relacionarse con regímenes autoritarios (o no plenamente democráticos, como Marruecos) con ambivalencia: tenemos tratos porque primero, es lo que hay, y segundo, lo que podría haber si caes sería aún mucho peor; pero no ocultamos nuestro desprecio por tratar con un gobernante ilegítimo y no renunciamos a aspirar a algo mejor, de hecho alentamos ese proceso civilizador, sin caer en la trampa de confundir el avance con el retroceso de libertades que propone el islamismo.

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