La mirada del mendigo

4 julio 2017

El problema de los incendios en Galicia

Filed under: ecología — Mendigo @ 23:16

Por su indudable interés, os propongo la lectura de esta breve columna de opinión, aparecida en la citada revista Quercus en el 2006 y firmada por Pedro Galán, profesor de la facultad de Ciencias de la UdC y quizá el fulano que más controle sobre la herpetofauna gallega.

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El problema de los incendios en Galicia es para mucha gente un asunto misterioso, ya que ¿cómo es posible que la región más húmeda de España sea la que padece, año tras año, un mayor número de incendios y de superficie quemada?. Este problema gravita sobre dos causas principales y una docena larga de causas accesorias.

Primera causa: la lucha tradicional del agricultor y el ganadero contra el matorral invasivo. A lo largo de la historia, la población rural gallega ha tratado de mantener a raya el crecimiento de tojos, retamas y zarzas, entre otros matorrales (enormemente rápido en zonas de clima atlántico húmedo y templado, a menudo con suelos profundos), mediante el desbroce manual pero también con el fuego.

El problema es que se sigue haciendo uso del fuego -quizá más que antes, por el alto coste de los jornales de desbroce- cuando el abandono del campo ha disparado la expansión del matorral y ya no hay gente suficiente para controlarlo. ¿Y si el fuego pasa -y casi siempre pasa- a las fincas y montes de los vecinos?. Pues en muchos casos, es un efecto también buscado. Ya se sabe, “pueblo pequeño, infierno grande” y en Galicia abundan de forma desmedida los pueblos muy, muy pequeños.

Segunda causa: las plantaciones masivas de eucaliptos (y hoy en día, en segundo lugar, de pinos), sobre todo en las dos provincias atlánticas, A Coruña y Pontevedra (las más húmedas y las que sufren un mayor número de incendios), que cubren superficies inmensas. Los eucaliptos son plantas pirófitas, con una extraordinaria capacidad para propagar el fuego y rebrotar tras los incendios. Antes, los fuegos de maleza limitaban con bosques húmedos de robles y castaños, que impedían su propagación. Las plantaciones forestales de ahora hacen todo lo contrario, facilitan su extensión.

La acción conjunta de estas dos causas explica la mayor parte de los incendios y el hecho de que éstos surjan sólo depende de que pasen unos cuantos días sin llover durante el verano. Si el período de lluvia es de casi un mes (como ha ocurrido este año), el resultado es catastrófico. En otras palabras, siempre hay una parte -aunque sea pequeña- de la ciudadanía rural dispuesta a “plantar fuego”. Sólo así se explica la correlación perfecta que existe, año tras año, entre el número de días sin lluvia y el número de incendios, se tomen las medidas que se tomen. El resto lo hace el abandono del campo -con la expansión consiguiente del matorral- y, sobre todo, las plantaciones de eucaliptos. Se podría decir que es la consecuencia indeseable de una política que ha favorecido en las últimas décadas la plantación de árboles de crecimiento rápido por encima de cualquier otra consideración. Lo mismo sucede, por ejemplo, en el norte de Portugal, igualmente húmedo y castigado por los incendios.

Las causas accesorias forman una larga lista. A menudo, son las únicas que se mencionan en los medios de comunicación: la recalificación de los terrenos quemados (recordemos que en Galicia sigue permitida), la compra de madera quemada a bajo precio, los fuegos provocados por personal de cuadrillas contra incendios no contratadas, etcétera. Pero hay que recordar que estas causas explican sólo un bajo porcentaje del total de los incendios: la gran mayoría se debe a las dos principales causas que hemos destacado. Por eso es tan difícil luchar contra el fuego. ¿Cómo se cambia en poco tiempo una mentalidad que, por decirlo de una forma suave, nunca ha sido amante de la naturaleza?. Recordemos que en muchos casos, sólo nos separa una generación de la pobreza rural más absoluta y de lucha contra esta naturaleza para poder cultivar el sustento diario. ¿Cómo se sustituyen las miles de hectáreas plantadas con eucaliptos y pinos?. Y sobre todo, ¿habrá alguna vez voluntad de hacerlo?.

Además de toda esta catástrofe estival, hay que recordar que lo peor de los incendios está por venir, ya que lo provocan las lluvias otoñales e invernales. Dentro de poco comenzará a llover con fuerza sobre montes y campos quemados, desnudos de la vegetación que sustenta el suelo. Y esa lluvia arrastrará hacia los ríos, los embalses y el mar toneladas de tierra vegetal, en un proceso erosivo que no tiene vuelta atrás.

Se calcula que, con una pendiente media, la lluvia arrastra más de ochenta toneladas de tierra vegetal por hectárea. El suelo que ha tardado siglos en formarse desaparece en semanas. Y lo hará cuando ya nadie hable de los incendios. Eso sí, el próximo verano, si viene seco, volverán a estar de plena actualidad.

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