La mirada del mendigo

13 marzo 2018

La guerra de las banderas

Filed under: Varios — Nadir @ 21:54

Disculpad que no pueda contestar a vuestros comentarios como se merecen, pero hállome de nuevo en ruta, esta vez por tierras catalanas, y precísamente a cuenta de lo visto quería hacer un breve apunte.

Cruzando la península a lo ancho me la encuentro llena de trapos de vivos colores, tonos puros, simples, rotundos, distribuidos esquemáticamente.

Las estelades que me encuentro al llegar a Cataluña son una exaltación de las referencias nacionales que el que coloca el puto trapito siente como propias. Seguramente no sea de las ideas más avanzadas que uno pueda expresar, pero su homólogo enarbolando la rojigualda implica algo mucho peor.

No me refiero en esta ocasión a que detrás de ese trapo no exista una entidad sociológicamente determinada (España vendría a ser el superego de Castilla, no existe como ente sociológico), porque en cierta medida todas las patrias son inventadas, simplificaciones interesadas de realidades socioculturales más complejas.

Pero no, no lo digo por el escaso significado que hay detrás de ese símbolo, sino porque el que cuelga la bandera española del balcón, siguiendo instrucciones de los telepredicadores del odio, lo hace no sólo para expresar su adhesión a un referente nacional, sino el deseo de imponérselo a otra sociedad. Y esto sí que me parece grave; en cierta forma la reacción ante el deseo de abandonar la patria española me recuerda a la animadversión que el mundo islámico (o cualquier otra secta, también la cristiana, pero en el islam es especialmente intensa) siente por la apostasía, aquellos que pretenden escindirse de la umma, la comunidad de creyentes. Lo cual viene a confirmar que la Patria es el sucedáneo de Dios, toda vez que las viejas religiones empezaron a dejar de funcionar como mecanismo de control social y reclamo de reclutamiento.

Mas hay un caso especialmente triste en este mar de banderas al viento. En estos dos últimos viajes, estuve buscando pueblos en los que aún se hablase el leonés o el aragonés. Búsqueda infructuosa, igual que con el provenzal la campaña de aculturización ha sido completada, y territorios herederos de entidades políticas tan importantes como el Reino de León y el Reino de Aragón han abandonado su herencia cultural para adoptar la lengua uniformizadora que se dice propia de esa nación de nuevo cuño, proyecto político del s.XIX, España, que, casualmente, se construyó en torno a la lengua del Reino de Castilla.

Considero especialmente despreciable que aquellos pueblos que han rechazado el patrimonio cultural de sus ancestros para adoptar la lengua en que se expresaba el poder político, ondeen la bandera de la aculturización para someter a la misma lobotomía étnica a pueblos más orgullosos de su estirpe que no se han avergonzado de seguir hablando la lengua de sus mayores. Será por lo bien que les ha ido a asturleoneses (entidad sociolingüística que llegaba a la provincia de Cáceres) y aragoneses, tras adoptar la lengua de la modernidad y el poder, que quieren que otros pueblos les sigan en su miserable ejemplo.

Toda persona cultivada y bien nacida tiene la obligación de proteger, transmitir y engrandecer la propia cultura. Es evidente que faltó gente así en los territorios leoneses y aragoneses, como para en el curso de poco más de siglo y medio haber tirado por la borda una cultura milenaria para abrazar aquella que les fue vendida como la propia de gente rica e importante que venía de la capital. Las barbaridades que comete el vulgo acomplejado por aparentar. Y ahora, quizá con el complejo de culpa en el subconsciente y el vacío en el alma de un nexo perdido con su pasado, se enojan porque otros pueblos se resistan a perder lo que ellos con tanta facilidad desdeñaron: una lengua, una cultura, y con ellas, la conciencia de ser un pueblo, ya extinto.

Cada pueblo tiene el destino que merece, y el de aragoneses y leoneses ha sido la extinción; hoy sólo presentes en los libros de historia, igual que una especie que sólo se conoce por el registro fósil.

Triste. Lamentable. Patético.

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