La mirada del mendigo

20 noviembre 2018

La clase media genocida

Filed under: Política — Nadir @ 2:05

Os he de confesar que llevo días dándole vueltas a la victoria de Bolsonaro. Aunque nunca he estado en Brasil a pesar de tener primos allá, sí que he tenido amistades brasileñas y creo que algo conozco del sentir de ese pueblo. No es ninguna noticia que el ejército brasileño (como el chileno, el argentino o el español) siguió incubando el fascismo en sus cuadros, aún terminadas las dictaduras militares. Pero no reconozco la sociedad que ha aupado a semejante hijo de perra a la presidencia. El experimento de exterminio de clase actualizado al s.XXI que inició Duterte, ha sido copiado por uno de los Estados más populosos del planeta.

Estos días he recordado a un brasileño que conocí en el gimnasio. Homosexual muy poco discreto y sudaka en el Madriz de finales de los ’90, tenía mal acomodo en el ambiente saturado de testosterona de un gimnasio. Eterno defensor de causas pobres y, al mismo tiempo, interesado en todo aquel que me pueda hablar de otros mundos, entablé fácilmente amistad con él. De hecho, formamos rápidamente un grupito que coincidíamos a las mismas horas y amenizábamos las tandas de pesas con generoso parloteo. Y realmente pasamos muy buenos ratos, desternillándonos con las andanzas sexuales de aquel carioca (una vez, recuerdo, nos contó espantado que tuvo un rollo con un fulano que quería que follasen en un ataúd, y según él nos narraba cómo salió de ahí escopeteado nosotros nos revolcábamos de risa por el suelo).

Recuerdo una vez que salíamos, ya de noche, del gimnasio y charlando de cosas de Brasil, no sé cómo salió el tema de la pobreza, das favelas, dos meninos da rua… y se puso a largar con una naturalidad aterradora de cómo en su barrio pagaban a policías para que hiciesen horas extras (los trístemente famosos comandos de la muerte) buscando y matando a esos críos en los lugares donde se refugiaban para pasar la noche. Cualquiera que hubiera llegado tarde a la narración, pensaría que estaba describiendo una plaga de chinches, ratas o cucarachas, pues así describía las incomodidades y mala imagen que suponía para la ciudad esos niños, dedicados a pequeños hurtos y el menudeo de drogas.

No le volví a dirigir la palabra. Matar a un niño (o tolerar, auspiciar, promover, encargar y financiar su asesinato), acusado y condenado de buscar su subsistencia en un entorno que no le ofrece nada, es el peor crimen que se puede concebir.

Sin embargo, no me basta con manifestar mi indignación. En este espacio tratamos de ir más allá de lo evidente, y siempre me ha quedado la cuestión de cómo es posible que una persona cordial, afable… sintiera menos empatía por miembro de su especie que por su teléfono móvil o los reales que llevase en su cartera. Y no es un individuo aislado, por supuesto que lo que me contaba con total ingenuidad era una opinión generalmente establecida en la sociedad a la que pertenecía, una sociedad que estaba en guerra con otra sociedad con la que compartía espacio. Los valores morales no dejan de ser construcciones culturales, y era evidente que en su grupo de clase media el asesinato de un niño pobre era perfectamente tolerable, justificado por la necesidad de evitar que le robasen el móvil o la cartera.

En realidad, esta pregunta no es nueva. Se ha escrito hasta la saciedad para explicar de cómo un individuo aparentemente normal, amante de su familia, cariñoso con los animales, vecino respetuoso y servicial… podía haber cometido las mayores atrocidades vestido con el uniforme de las SS. Y no podemos recurrir a la respuesta fácil de que lo hacía coaccionado por las órdenes recibidas, porque en la mayoría de veces es falso: lo hacía convencido de la necesidad, conveniencia e incluso justicia de cometer aquellos crímenes, y hay sobrada documentación al respecto (correspondencia, entrevistas, grabaciones…). Hay sociedades que desarrollan unos valores morales que justifican, alientan el crimen, el exterminio, el genocidio.

Seguía yo cavilando, procurando comprender que la sociedad brasileña hubiera abrazado el fascismo, cuando inesperadamente di con una respuesta, al menos parcial.

Un inciso: sabéis que me gusta el rigor a la hora de analizar fenómenos o hechos. No me apunto al carro de calificar todo lo que me desagrada de “fascista” o “nazi”, porque si todo es fascismo, nada lo es, y acabamos vaciando de contenido el término. Pero tampoco me apunto a la definición reduccionista que pretente circunscribir el fascismo con las características que adoptó en la Italia de entreguerras, pretendiendo que todo individuo o movimiento que no reproduzca exactamente los mismos comportamientos o símbolos (lo cual es obviamente imposible, porque la historia no puede ser exactamente reproducible) no debe ser considerado fascista. Una definición acomodaticia, o una rigorista, conllevan a la misma conclusión: nada es fascismo. El fascismo es un elogio de la fuerza, de la virilidad, la disciplina; el desprecio del débil, de la democracia, del consenso y la negociación en lugar de la imposición y la obediencia. Es la opción política que en el conflicto entre la sumisión del individuo a los valores determinados por la tradición, interpretada ésta por instituciones dominadas por una clase social muy en concreto, y la libertad del ciudadano de construir su vida de acuerdo a sus propios intereses, inclinaciones y principios, se pone del lugar de la primera. La fuerza política que reúne todos estos requisitos, no cabe empacho en calificarla con todo rigor como fascista.

Disculpad, retomo el hilo argumental. Pues decía que me encontraba varado no ya mental, sino anímicamente ante la incapacidad de comprender el encumbramiento de criminales fascistas (pleonasmo) a las más altas magistraturas, cuando en una vieja película encontré paradójicamente alguna respuesta a las amenazas de la actualidad.

Si no tenéis tiempo de verla, os la resumo: la peli trata de los sucesos de la Commune de Paris, y de cómo este primordio emancipador fue reprimido con saña psicópata por la burguesía (Paris quedó desabastecida de tablones para confeccionar suficientes ataúdes con los que enterrar a los comuneros fusilados).

Y es que, en realidad, siempre ha sido así. No debemos entender el fenómeno como una excepción, sino como una regla histórica con muy pocas excepciones, que un barbudo alemán describió en su exilio como lucha de clases. Pero la descripción marxista de la lucha de clases es muy mecanicista, se ciñe solamente al antagonismo que surge por el control de los medios de producción, entre la clase que los detenta y el pueblo que trabaja para los primeros.

Es una definición muy limitada. Eso no lo explica todo. Los miserables de Mindanao o de São Paulo no cuestionan la propiedad de esos medios de producción, ni la clase media que encumbra gobiernos criminales posee realmente esos medios. Para encontrar la razón última de ese exterminio de clase hay que cavar mucho más profundo en la naturaleza humana que una mera defensa de intereses económicos. El instinto de dominación (y el reverso de la moneda, el de sumisión) podríamos rastrearlo en lo más profundo de nuestra conciencia, un impulso animal que nos impulsa a crear sociedades jerárquicas, a respetar al superior y humillar al inferior. En mi vida, he presenciado ese instinto en innumerables ocasiones (la clasista y provinciana Pontemierda es un magnífico laboratorio a tal efecto): estamos genéticamente condicionados a aceptar y respetar la escala jerárquica que nos es impuesta, considerando no sólo aceptable, sino como el orden natural, la opresión y el sometimiento.

La clase media brasileña (porque la clase alta es demográficamente irrelevante, aunque es la que dicta el programa merced a su control de los mecanismos de creación de conciencia) ha abrazado la voluntad de sometimiento, eventual exterminio, de las clases bajas. Una vez más. Y es que ése es el orden natural, la esencia del funcionamiento de las sociedades, animales, humanas o alienígenas. La violencia, potencial o actualizada, es el mortero que sostiene ese edificio.

Cada vez veo más nítida la imagen de este mundo como una cadena de explotación, una mazmorra en la que todos desempeñamos a un mismo tiempo el papel de verdugos y víctimas. Siempre hay alguien ante el que postrarse, el poder. Siempre habrá alguien en el cual resarcirse de las humillaciones sufridas.

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En otro orden de cosas, Brasil ofrece un ejemplo de libro de cómo el fascismo surge como consecuencia lógica del liberalismo económico, al ofrecer una solución (criminal) al problema de miseria y exclusión social que las políticas económicas liberales han causado. Para cualquier analista objetivo, la situación se revela de una hipocresía deleznable. Es evidente (existe evidencia empírica de sobra para afirmarlo con rotundidad) que la falta de políticas redistributivas, fundamentalmente educación y sanidad universales y de calidad, un sistema de protección social que establezca un mínimo vital que exorcice la miseria, provoca el crecimiento de la marginalidad, individuos que no encuentran un sitio en la economía formal y buscan la supervivencia (el elemental impulso que anima todo ser vivo) en sus márgenes. De modo esquemático: las clases altas se ahorran impuestos, y las clases medias tienen que soportar el aumento de la criminalidad que comporta. En esa tesitura, el fascismo resuelve el problema imponiendo la ley de plomo en las favelas. En suma, la derecha pretende aplastar las bolsas de pobreza que sus políticas han creado, trasladando la culpa de su situación al individuo.

Por ejemplo, conocemos positivamente que un incremento de los tipos de interés por parte del banco central provocará un aumento del desempleo. Esto lo sabe cualquiera que tenga unas mínimas nociones de economía. Sin embargo, desde los atriles y estrados se vomita que la culpa es de los desempleados, que son unos vagos.

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Para terminar, espero que tras este ejemplo no haya quien quiera contemporizar con la religión, toda vez que a lo largo y ancho del mundo se ha desvelado seguir siendo el caballo que monta la reacción para imponer al pueblo la voluntad de las élites. El resurgir religioso pone en peligro el camino avanzado en las últimas décadas, siglos, y amenaza con envenenar algunas de las mayores sociedades del mundo: EEUU, Rusia, India, Indonesia y ahora, con mucho éxito, Brasil.

Tenemos muy cerca el ejemplo de la Iglesia Católica española, mecanismo fundamental de la derecha conservadora para promover en la sociedad definiciones del bien y del mal acordes a los intereses de la clase propietaria. La violencia ejercida de abajo a arriba es criminalizada por los medios, anatemizada por los ideólogos del régimen, reprimida y sofocada con ferocidad por la maquinaria represiva policial/judicial. De la misma manera que los tutores de la conciencia social, sacerdotes, periodistas, académicos… encubren, silencian, disimulan y, finalmente, justifican y promueven la violencia ejercida en sentido descendente, como necesaria para asegurar el orden social, su orden. Este es el mecanismo de inversión de valores por el cual aquel compañero de gimnasio reconocía con ingenua franqueza que había participado del acto criminal más infame.

En la guerra de clases que anima la historia (y que es mucho más profunda de lo que el mismo Marx concibe) el exterminio de la población sometida ha sido un recurso común, sin más límite que la necesidad de usar parte de ella como fuerza de trabajo.

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