La mirada del mendigo

26 febrero 2020

Canto VI

Filed under: Historia — Nadir @ 21:16

Llegó en seguida a su palacio que abundaba de gente, mas no encontró a Andrómaca, la de níveos brazos, pues con el niño y la criada de hermoso peplo estaba en la torre llorando y lamentándose. Héctor, como no hallara a su excelente esposa, detúvose en el umbral y habló con las esclavas: ¡Ea, esclavas! Decidme la verdad: ¿Adónde ha ido Andrómaca, la de níveos brazos, desde el palacio? ¿A visitar a mis hermanas o a mis cuñadas de hermosos peplos? ¿O, acaso, al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa? Respondióle la fiel despensera: ¡Héctor! Ya que nos mandas decir la verdad, no fue a visitar a tus hermanas ni a tus cuñadas de hermosos peplos, ni al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa, sino que subió a la gran torre de Ilión [NdM: Troya], porque supo que los teucros [NdM: los troyanos] llevaban la peor parte y era grande el ímpetu de los aqueos. Partió hacia la muralla, ansiosa, como loca, y con ella se fue la nodriza que lleva el niño.

Así habló la despensera, y Héctor, saliendo presuroso de la casa, desanduvo el camino por las bien trazadas calles. Tan luego como, después de atravesar la gran ciudad, llegó a las puertas Esceas por allí había de salir al campo, corrió a su encuentro su rica esposa Andrómaca, hija del magnánimo Etión, que vivía al pie del Placo en Tebas de Hipoplacia y era rey de los cilicios. Hija de éste era pues, la esposa de Héctor, de broncínea armadura, que entonces le salió al camino. Acompañábale una doncella llevando en brazos al tierno infante, hijo amado de Héctor, hermoso como una estrella, a quien su padre llamaba Escamandrio [NdM: el río a los pies de Troya] y los demás Astianacte [NdM: el que reina en la ciudad], porque sólo por Héctor se salvaba Ilión. Vio el héroe al niño y sonrió silenciosamente. Andrómaca, llorosa, se detuvo a su vera, y asiéndole de la mano, le dijo:

¡Desgraciado! Tu valor te perderá. No te apiades del tierno infante ni de mí, infortunada, que pronto seré viuda; pues los aqueos te acometerán todos a una y acabarán contigo. Preferible sería que, al perderte, la tierra me tragara, porque si mueres no habrá consuelo para mí, sino pesares; que ya no tengo padre ni venerable madre. A mi padre matóle el divino Aquileo [NdM: Aquiles] cuando tomó la populosa ciudad de los cilicios, Tebas, la de altas puertas: dio muerte a Etión, y sin despojarle, por el religioso temor que le entró en el ánimo, quemó el cadáver con las labradas armas y le erigió un túmulo, a cuyo alrededor plantaron álamos las ninfas Oréades, hijas de Zeus, que lleva la égida. Mis siete hermanos, que habitaban en el palacio, descendieron al Hades el mismo día; pues a todos los mató el divino Aquileo, el de los pies ligeros, entre los bueyes de tornátiles patas y las cándidas ovejas. A mi madre, que reinaba al pie del selvoso Placo, trájola aquél con el botín y la puso en libertad por un inmenso rescate; pero Artemis, que se complace en tirar flechas, hirióla en el palacio de mi padre. Héctor, ahora tú eres mi padre, mi venerable madre y mi hermano; tú, mi floreciente esposo. Sé pues compasivo, quédate en la torre ¡no hagas a un niño huérfano y a una mujer viuda! y pon el ejército junto al cabrahigo, que por allí la ciudad es accesible y el muro más fácil de escalar. Los más valientes, los dos Ayaces, el célebre Idomeneo, los Atridas y el fuerte hijo de Tideo con los suyos respectivos ya por tres veces se han encaminado a aquel sitio para intentar el asalto: alguien que conoce los oráculos se lo indicó, o su mismo arrojo los impele y anima.

Contestó el gran Héctor, de tremolante casco: Todo esto me preocupa, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las troyanas de rozagantes peplos si como un cobarde huyera del combate; y tampoco mi corazón me incita a ello, que siempre supe ser valiente y pelear en primera fila, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de mí mismo. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente mi corazón: día vendrá en que perezcan la sagrada Ilión, Príamo y su pueblo armado con lanzas de fresno. Pero la futura desgracia de los troyanos, de la misma Hécabe, del rey Príamo y de muchos de mis valientes hermanos que caerán en el polvo a manos de los enemigos, no me importa tanto como la que padecerás tú cuando alguno de los aqueos, de broncíneas corazas, se te lleve llorosa, privándote de libertad, y luego tejas tela en Argos, a las órdenes de otra mujer, o vayas por agua a la fuente Meseida o Hiperea, muy contrariada porque la dura necesidad pesará sobre ti. Y quizás alguien exclame, al verte deshecha en lágrimas: Esta fue la esposa de Héctor, el guerrero que más se señalaba entre los teucros, domadores de caballos, cuando en torno de llión peleaban. Así dirán, y sentirás un nuevo pesar al verte sin el hombre que pudiera librarte de la esclavitud. Pero que un montón de tierra cubra mi cadáver antes que oiga tus clamores o presencie tu rapto.

Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos a su hijo, y éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriza de bella cintura, por el terror que el aspecto de su padre le causaba: dábanle miedo el bronce y el terrible penacho de crines de caballo, que veía ondear en lo alto del yelmo. Sonriéronse el padre amoroso y la veneranda madre. Héctor se apresuró a dejar el refulgente casco en el suelo, besó y meció en sus manos al hijo amado y rogó así a Zeus y a los demás dioses: ¡Zeus y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea como yo, ilustre entre los teucros y muy esforzado; que reine poderosamente en Ilión; que digan de él cuando vuelva de la batalla: ¡es mucho más valiente que su padre!; y que, cargado de cruentos despojos del enemigo a quien haya muerto, regocije de su madre el alma. Esto dicho, puso el niño en brazos de la esposa amada, que al recibirlo en el perfumado seno sonreía con el rostro todavía bañado en lágrimas. Notólo Héctor y compadecido, acaricióla con la mano y así le hablo: ¡Esposa querida! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie me enviará al Hades antes de lo dispuesto por el destino; y de su suerte ningún hombre, sea cobarde o valiente, puede librarse una vez nacido. Vuelve a casa, ocúpate en las labores del telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos cuantos varones nacimos en Ilión, y yo el primero.

Dichas estas palabras, el preclaro Héctor se puso el yelmo adornado con crines de caballo, y la esposa amada regresó a su casa, volviendo la cabeza de cuando en cuando y vertiendo copiosas lágrimas. Pronto llegó Andrómaca al palacio, lleno de gente, de Héctor, matador de hombres; halló en él a muchas esclavas, y a todas las movió a lágrimas. Lloraban en el palacio a Héctor vivo aún, porque no esperaban que volviera del combate librándose del valor y de las manos de los aqueos.

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No moriría Héctor esa jornada, tras enfrentarse en combate singular a Áyax, y sólo sucumbiría ante el colérico Aquiles. Pero esa es otra historia, ahora quería proponer una reflexión de este hermoso pasaje en el cual el campeón troyano, ante la proximidad de una muerte que intuye (el tema del destino ya está presente), se quiere despedir de su mujer e hijo.

El poema homérico fue compuesto acaso en el siglo octavo, y habla de un mundo ya entonces lejano en el tiempo y mitificado, acaso micénico. Nos encontramos en una época especialmente convulsa conocida como los siglos oscuros. Migraciones en cadena (los enigmáticos “pueblos del mar”) tumbaron imperios y traslocaron toda la política del mediterráneo oriental.

En esta época brutal, en que la valía de un ser humano venía dada en buena medida por su capacidad para matar enemigos, uno se esperaría encontrar el epítome de la opresión patriarcal, de unos hombres extraordinariamente rudos y hechos a la violencia más extrema sobre sus desvalidas y desventuradas mujeres. Si en la sociedad actual hay cretinos (porque no sólo son cretinas) que son capaces de ver un patriarcado, qué no decir de la Grecia arcaica que canta el divino aedo. De esa época hiperviril, según el discurso postfeminista, uno se esperaría encontrar a las mujeres arrastradas, pisoteadas, vejadas, humilladas y, desde luego, múltiples veces violadas (yo creo que Freud se descojonaría con la evidente fantasía sexual del postfeminismo, convertida en manía omnipresente: nos violan, nos maltratan, nos violan por todas partes, a todas horas…).

Por supuesto que éste no es un relato fideligno de una relación conyugal cualquiera, sino el ensalzamiento de lo que ya en nuestra era sería el amor galante. Pero por eso es especialmente interesante, además de por ser uno de los primeros documentos históricos que describen tal relación, porque lo que Homero canta es el modelo de amor entre el gran héroe de Troya y su aristocrática esposa. En la sociedad en la que vivió Homero, y en los siglos anteriores en que estos versos fueron tomando forma por los caminos de la Hélade, el comportamiento de los dos protagonistas de este pasaje era visto como arquetipo de matrimonio. Luego, habría parejas peor avenidas, como las hay ahora y las ha habido siempre. Y ese modelo no es el de un hombre pisoteando a su mujer, como propone el revisionismo histórico postmoderno, sino el de un hombre amante de su mujer y de su hijo, y preocupado por el destino que los espera si él sucumbe. Andrómaca intenta convencerle de que se resguarde tras las murallas de la ciudad y, de perderse ésta, comparta con ella su destino de esclavitud. Sin embargo, el héroe asume su responsabilidad en la defensa de la ciudad y afronta la muerte, mientras le pide a su esposa que se aparte de la línea del frente adonde su bravura la impelió.

¿Qué podemos leer en este pasaje? ¿Una sociedad constituida sobre la explotación de un sexo sobre el otro? No parece tal, sino una sociedad en que los cometidos, las obligaciones y responsabilidades están muy determinados en función del sexo, y no se puede decir, desde luego, que a los hombres les tocase la parte más dulce del pastel. Sí que aparece aquí una relación de explotación, pero no es la predicha por el postfeminismo (podemos llamarle feminismo a secas, porque a día de hoy no hay otro) sino la distribución clásica según clase sociales, la aristocracia guerrera, a no mucha distancia de los ciudadanos libres que componen el grueso del ejército (aún estaba comenzando la concentración de la propiedad agraria) y la institución de la esclavitud. Y la guerra como remolino social que puede servir para promocionar a un hábil guerrero, pero también para convertir a una reina en esclava.

El modelo de relación entre dos esposos en la cuna de la civilización occidental (los orientales nos llevaban milenios de ventaja en esto de usar la cabeza y dejar de comportarse como primates) no era la explotación, sino el respeto, la ternura y el sincero afecto compartido, acaso en una medida de la que somos incapaces en esta sociedad postmoderna.

Hoy en día, el único objeto de nuestro amor es nuestro propio ombligo, y la idea del sacrificio por amor suena tan extemporánea como un niño jugando a las chapas.

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15 comentarios »

  1. “yo creo que Freud se descojonaría con la evidente fantasía sexual del postfeminismo, convertida en manía omnipresente: nos violan, nos maltratan, nos violan por todas partes, a todas horas…”

    https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/19085605 —> “Results indicated that 62% of women have had a rape fantasy… rape fantasies were found to exist on an erotic-aversive continuum, with 9% completely aversive, 45% completely erotic, and 46% both erotic and aversive.”

    Que es la sociedad que vivimos, pero por lo visto la opresión está de moda. Libertad sexual, pero de aquella manera.

    A disfrutar del decline. No se puede hacer otra cosa.

    Comentario por Don Juan — 27 febrero 2020 @ 19:34 | Responder

  2. Hace tiempo que busco la fuente de una cita literaria.
    Tal vez es de la Ilíada, tal vez de otra epopeya clásica,
    y tal vez… de alguna novela histórica moderna.
    Dos guerreros griegos encabezan un ataque.
    Uno le pregunta al otro si se ha dado cuenta
    de que van los primeros. El otro contesta que sí.
    El primero dice que los que van delante
    suelen morir en la batalla.
    El otro contesta que… por supuesto, así es,
    pero alguien tiene que ir en la vanguardia.
    Probablemente los matarán, pero
    tendrán unas muertes gloriosas
    y los aedos recordarán sus nombres.
    Si alguien sabe en qué libro sale esto,
    le ruego que me lo diga.

    Comentario por Juan Manuel Grijalvo — 27 febrero 2020 @ 21:16 | Responder

    • Un poco desdibujado pero creo reconocer el “speech” de Sarpedón a Glauco en la Ilíada. Sarpedón, hijo de Zeus y Loadamía (a su vez hija de Belerofonte) y churumbel del primogénito de Europa y Zeus “again” en uno de esos líos edípico/ incestuosos tan característicos de los antiguos griegos, es convocado por su padre para echar una mano a Héctor y sus troyanos contra el pérfido enemigo acompañado de su primo Glauco. Es así como ambos acaban en primera línea de una de las tantas ofensivas que salpican el libro y aunque no se especifica por qué podemos especular que o bien Glauco manifestó su intención de dar la vuelta e ir por tabaco o bien, la más verosímil en mi opinión, le empezaron a temblar las canillas ante la proximidad del fiero rival razón por la cual Sarpedón se vio obligado a improvisar en medio del fragor de la batalla la siguiente charla motivacional cual CEO engorilado…

      ——

      (**Sarpedón pensando a cámara lenta en plan Oliver y Benji: ¡Será nenaza este primo mio!, habré de decir algo ahora que estoy inspirado mientras el filo de esa espada aquea amenaza con partirme la crisma en dos a cámara lenta, ¡caracoles!)

      ¡Glauco! ¿Por qué a nosotros dos nos honran
      en la Licia con asientos preferentes, manjares y
      copas de vino, y todos nos miran como a dioses,
      y poseemos campos grandes y magníficos a
      orillas del Janto, con viñas y tierras de pan llevar?
      Preciso es que ahora nos sostengamos entre
      los más avanzados y nos lancemos a la ardiente
      pelea, para que diga alguno de los licios,
      armados de fuertes corazas: «No sin gloria imperan
      nuestros reyes en la Licia; y si comen
      pingües ovejas y beben exquisito vino, dulce
      como la miel, también son esforzados, pues
      combaten al frente de los licios». ¡Oh amigo!
      Ojalá que, huyendo de esta batalla, nos libráramos
      para siempre de la vejez y de la muerte,
      pues ni yo me batiría en primera fila, ni to llevaría
      a la lid, donde los varones adquieren gloria;
      pero, como son muchas las clases de muerte
      que penden sobre los mortales, sin que éstos
      puedan huir de ellas ni evitarlas, vayamos y
      daremos gloria a alguien, o alguien nos la dará
      a nosotros.

      ——

      Parece que la cosa funciono y Glauco se olvido del Winston (por lo primitivo de la época imagino que sin boquilla). En fin Don Manuel, podrá encontrar tan bellas palabras en el canto XII de la Ilíada entre los versos 310-328 (pag, 241 en mi versión de Gredos). Por cierto y sin desmerecer para nada el libro en cuestión yo soy más del rollo aventurero de la Odisea aunque si tuviera que elegir uno entre los clásicos griegos me quedo sin dudarlo con la Anabasis de Jenofonte: ¡¡eso sí que fue una odisea en toda regla!!.

      Saludiños

      Comentario por Javitxu — 28 febrero 2020 @ 13:16 | Responder

      • Dicho con palabras más modernas: es lo que tiene ser el macho alfa, que te toca ponerte en primera línea cuando se reparten las hostias.
        No todo iban a ser ventajas.

        Comentario por santi — 28 febrero 2020 @ 13:37 | Responder

      • De todas formas, para entender la historia de la Iliada, podéis leer “Un corresponsal en la guerra de Troya”, de Diaz-Plaja (la verdad, lo leí hace mucho tiempo, y básicamente sólo recuerdo que me reí mucho).

        Comentario por santi — 28 febrero 2020 @ 13:42 | Responder

      • Maravilloso. Gracias mil.
        Está en la página 236 de mi Ilíada.
        Es la de Bergua, y costaba cuarenta pesetas en 1962.
        Tuve una Odisea, que llegó a mis manos
        como parte de un premio por ir a “Cesta y Puntos”.
        Y la Anábasis es una isla más
        en la enorme laguna de mi ignorancia,
        como Tucídides… como tantos otros.
        No me dará la vida para leer los libros que *tengo* que leer:
        ahora mismo, estoy trabajando en la “segunda temporada”
        de historietas sobre ferrocarriles para esta bitácora.
        Y en otras cosas… probablemente, demasiadas.

        Comentario por Juan Manuel Grijalvo — 1 marzo 2020 @ 14:25 | Responder

    • Saludos:

      Parece de la Iliada, un ejemplo del kalos tanatos, la bella muerte, al que tanto aprecio le tenemos por aquí. Me recuerda un pasaje, si la memoria no me falla, que dos guerreros,uno creo que era Ajax, se ponen en primera fila y le dice una al otro: “Si estuviera seguro que existen las islas Bienaventuradas no estaría aquí, pero como no lo estoy ganemos la gloria o entreguémosla a otro.” Aunque leyendo las palabras de Javitxu también encajaría.

      Comentario por Vicente Millán — 1 marzo 2020 @ 9:22 | Responder

  3. “Vuelve con el escudo o sobre el” decían según Plutarco las madres al despedir a sus hijos.
    He subrayado esto:
    Sacrificio por amor, amor galante, afecto compartido, bravura.

    Comentario por erebiagorge — 28 febrero 2020 @ 11:00 | Responder

    • Yo hubiera marcado, siempre leo con lápiz entre los dedos, el momento en que el niño se espanta al ver al padre con la armadura y el yelmo con penacho. Los padres esbozan una sonrisa en un momento tan trágico, y el padre se quita el casco y lo posa en tierra para abrazar al crío. Es un párrafo precioso, muy humano, en el que los miedos infantiles contrastan con la realidad brutal a la que los adultos deben enfrentar sin volver la cara. Es muy moderno, de hecho.

      No sé si te has leído el Gilgamesh (el Heracles mesopotámico). Ahí están todos los grandes temas de la literatura universal, que son los de nuestra especie: el miedo a la muerte, la amistad, la soledad… Es la primera narración de la que tenemos noticia, compuesta acaso hace unos 5000 años, y se puede decir que nada nuevo se ha escrito desde entonces.

      Comentario por Nadir — 1 marzo 2020 @ 8:35 | Responder

      • En mi clase tengo una mascota que tejió una mamá. La pusimos de nombre Uruk😉,sin explicar mucho quien era…. no fuera que…..
        Pues a los niños esas epopeyas les gustan, leídas a cachos, con pasión. Es bastante curioso. Luego solos, leen el diario de Greg que es como beber Cocacola.

        Comentario por erebiagorge — 1 marzo 2020 @ 9:04 | Responder

        • Una mascota ¿”tejida”? ¿Qué es, un muñeco?
          Y Uruk, porqué, por esta?

          O por estos:

          Comentario por santi — 2 marzo 2020 @ 16:40 | Responder

          • Por ninguno. Es un lobo a crochet como se dice ahora, ganchillo de mi abuela de toda la vida con aguja fina del 2 o 3 para que el punto quede prieto y fino. Relleno de algodón sintético. Sin la melena del león de Gilgamesh. De color gris con una banda de tres colores en el pecho.

            Comentario por erebiagorge — 3 marzo 2020 @ 21:41 | Responder


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