La mirada del mendigo

12 octubre 2020

Juan Manuel Grijalvo – Patria y potestad – La guillotina

Filed under: Historia — Juan Manuel Grijalvo @ 11:50

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En Noviembre de 2019 apareció en “La Mirada” uno de mis modestos trabajos de Historia de estar por casa, el titulado “Patria y potestad”. El texto generó una serie de “pendientes”: otro día, si usted quiere…

Hoy, si le parece bien, podríamos retomar una de esas hijuelas:

“El 21 de Enero de 1793, el rey Louis XVI de Francia fue decapitado con una guillotina. Otro día, si usted quiere, hablaremos un poco del contexto histórico de esta máquina. Con eso la verá usted como el gran progreso humanitario que fue: un auténtico hito de la Igualdad. Aunque fuera ante la muerte”.

Sin entrar en la fundamentación moral y/o jurídica de la pena de muerte, hay una gran variedad de métodos para aplicarla. Últimamente he visto en “La Mirada” algunas, digamos, propuestas de actualización.

Volviendo a “Patria y potestad”, recordaré un ejemplo:

“En 1517, Padilla, Bravo y Maldonado, fueron acusados de traición a la Corona. En lenguaje moderno, habían roto el “contrato legal” de vasallaje, y eso se pagaba con la vida: los mataron al día siguiente. El cronista destaca la destreza del verdugo, que los decapitó con un mandoble de grandes dimensiones”.

Veamos otro ejemplo, que no aparece en “Patria y potestad”:

En 1568 ejecutaron al valido del rey Erico XIV de Suecia, Jöran Persson. Según la Wikipedia, “fue sentenciado a la rueda y duramente torturado antes de ser decapitado en algún momento entre el 18 septiembre y el 21 septiembre de 1568”. Verá usted, la descripción de un suplicio que tenía -y tengo- en la memoria al escribir sobre la guillotina es ésta.

Mika Waltari – Reina por un día – Capítulo XII

Traducción de Manuel R. Blancafort

Cuando los duques le interrogan y le insultan, ni siquiera se digna responder. Sobre la cima de Brunkeberg se levanta un patíbulo muy alto para que pueda ser visto desde el mismo castillo. Sin haberlo convenido, sin que haya mediado ningún acuerdo, se hace una tregua entre los dos bandos combatientes. Nada puede impedir al pueblo abandonar la ciudad el día de la ejecución, y los mismos defensores del castillo suben a las murallas con el fin de asistir a la muerte del “perro del rey”.

En vano decenas de tambores redoblan en torno al patíbulo: los aullidos de dolor dominan el estruendo cuando, pausadamente y con sangre fría, dos verdugos ejecutan su tarea cruel con el concurso de sus ayudantes que sujetan al reo.

Jinetes sobre sus caballos, los duques contemplan la escena en silencio y Catalina Jagellón disfruta con este espectáculo; se acuerda del sordo ruido del hacha que segaba las hidalgas cabezas en el patio del castillo de Turku y sus ojos claros brillan con una cruel alegría.

Uriano lanza tales alaridos que incluso pueden ser oídos desde el castillo, y un escalofrío hace estremecer a la muchedumbre que se ha trasladado a aquellas alturas. El ajusticiado no es sino un hombre del pueblo y carece del orgullo que podría impedirle gritar. Sus gritos alivian un poco los terribles dolores que experimenta. Era verdaderamente un vano pensamiento creer que, tal vez, existe un Dios y que en el otro mundo hay un infierno, puesto que Uriano ya se halla metido en él, en este mundo, incluso antes de que su alma haya abandonado su cuerpo miserable.

Lentamente, hábilmente, los verdugos quiebran con sus martillos todos los huesos, retuercen sañudamente cada uno de sus miembros guardándose bien de atacar un punto que podría provocar una muerte inmediata. La ejecución dura muchas horas. Poco a poco, los aullidos van disminuyendo, sucediéndolos un continuado grito lastimero. Los verdugos cuidan de que Uriano no se desmaye y de vez en cuando interrumpen su trabajo.

Finalmente,  el duque Juan se fatiga, lanza miradas inquietas a Catalina, que, con ávida expresión, está pendiente de la escena sin pestañear, y, horrorizado, levanta su mano enguantada. Sólo ahora empiezan a arrancarle los miembros, uno después de otro, y, finalmente, la cabeza del ajusticiado cae sobre el patíbulo con un lúgubre sonido.

El duque Carlos hace dar un brinco a su caballo y derriba a la madre de Uriano, a esa vieja bruja que chorrea lágrimas y pide autorización para enterrar los restos de su hijo. Cae al suelo y es pisoteada por los cascos del caballo.

Los nobles se alejan, y los miembros de Uriano son colgados en lo alto del patíbulo a fin de que sean devorados por los cuervos.

Así es como termina el sueño de una monarquía que no debía apoyarse en la nobleza, el sueño de una Suecia grandiosa, soberana del mar Báltico. El hombre del pueblo que se había encumbrado por encima de su condición ha pagado hasta el último céntimo dicho sueño y los cuervos destrozan ahora sus miembros expuestos en lo alto del patíbulo.

Otra cita de “Patria y potestad”:

“El 30 de Enero de 1649 un verdugo decapitó al rey Charles I de Inglaterra. El cronista da fe de su habilidad con el hacha: le cortó el cuello a la primera, de un solo tajo”.

Ahora podría explicarle los detalles de otro suplicio horrendo, pero no me parece necesario. Estoy seguro de que usted tiene noticias más que suficientes sobre los procedimientos crueles, crudelísimos, que han inventado los seres humanos para dar muerte a otros seres humanos.

Por contraste, la guillotina es una máquina pensada para la eficacia, que resulta -casi- banal. No hay forma de saber cómo vive la muerte una cabeza separada del cuerpo, pero me parece indudable que el proceso es menos doloroso que otros. En todo caso, es uno de los más rápidos. Es por todo eso, por la lentitud deliberada del espectáculo, que los cronistas registran los casos, al parecer excepcionales, de ejecuciones que ahorran dolor a los reos.

La Revolución Francesa nos trajo grandes progresos morales y políticos. El problema es que esos derechos que hemos “conquistado” no tienen por qué ser permanentes: la correlación de fuerzas entre unos grupos sociales y otros es dinámica. Los derechos sólo existen si se ejercen, y para eso tenemos que saber que los tenemos. Cuando los Poderes-Que-Son consigan que nos olvidemos hasta de quiénes somos, lo demás se sigue lógicamente.

Pues eso. No se puede banalizar la pena de muerte. Ruego a todos los que intervienen en “La Mirada” que revisen lo que han escrito por aquí últimamente. Tengo la sensación de que estamos entrando en tiempos difíciles. Y, como decía Tolkien:

Éomer: How is a man to judge what to do in such times?

Aragorn: As he has ever judged. Good and evil have not changed since yesteryear, nor are they one thing among Elves and another among Men. It is a man’s part to discern them, as much in the Golden Wood as in his own house.

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6 comentarios »

  1. Impunidad. Las menciones a la guillotina son sólo excesos verbales, pero la realidad es que los i-responsables de las distintas administraciones y organismos del Estado no se enfrentan a ninguna consecuencia. No ya la decapitación, sino ni a un leve pescozón.

    Impunidad. Y la impunidad de las jerarquías conduce inevitablemente al abuso. Y ya no hago referencia al carallovirus. ¿Recordamos el accidente del Alvia? ¿Quién pringó? El currito. El que no cobra decenas de miles de euros porque, supuestamente, no es responsable. Pero a la hora de pagar el pato, es el único responsable.

    Comentario por Nadir — 13 octubre 2020 @ 20:43 | Responder

  2. Saludos:

    A un perro rabioso se le liquida sin piedad. No desearía la muerte a nadie por cuestiones ideológicas pero. Siempre hay (había puesto ahí. se me acaban de saltar los ojos de sus órbitas, perdón) un pero, cuando alguien pierde toda su humanidad no hay más remedio que liquidar la rabia. ¿Quieres que les demos besos de amor a nuestros amigos del ISIS? Ahí la piedad y todos esos supuestos derechos universales se evaporan.

    Comentario por qatalhum — 13 octubre 2020 @ 21:47 | Responder

    • ¿Existe alguna forma de impedir que un grupo armado coarte la libertad, condicione la vida, amenace y someta a una población, sin mediar el uso de la violencia? Úsese.

      Si no existe, habrá que emplear la violencia.

      A un yihadista en una ciudad europea se debe procurar detenerlo empleando una fuerza no letal, en un momento en que esté desarmado. A un grupo de militantes que ha tomado una ciudad como Raqqa, no existe otra alternativa que la derrota militar. Y sí, por supuesto, esto implica la muerte de la mayoría de ellos, al menos de los que no se rindan.

      Y por cierto, la clave está en la libertad. No tengo ningún problema que cada cual sea todo lo religiosamente desquiciado que quiera. Como si se corta la picha y la echa de comida a los peces, a mí plin. Lo intolerable es cuando pretende imponer su chaladura a los demás, muy típico de toda doctrina religiosa que, por definición es de validez absoluta y vigencia ilimitada.

      En definitiva: qué buen trabajo hicieron los A-10 en Siria.

      Además de los MIG-29 y otros aparatos con la estrellita roja.

      Comentario por Nadir — 13 octubre 2020 @ 23:31 | Responder

    • Um. Es otro contexto: una guerra sin cuartel. Los “milicianos” del Daesh mataron a mucha gente, sin juicios ni garantías legales. En el supuesto de que se hubieran rendido, ¿con qué artículo de qué código penal se les habría podido condenar a muerte? ¿De qué Estado habrían sido funcionarios los verdugos? Mutatis mutandis, reimplantar aquí la pena de muerte, aunque fuera para casos muy excepcionales, nos metería en un laberinto legal inextricable.

      Comentario por Juan Manuel Grijalvo — 14 octubre 2020 @ 11:28 | Responder

      • Si se han rendido y están detenidos ¿para qué matarlos? Ya no representan ningún peligro. En ese caso, sería un crimen. Y un crimen no repara otro, se suma.

        Comentario por Nadir — 16 octubre 2020 @ 22:14 | Responder

  3. Una tontá que me hace gracia

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    Comentario por Juan Manuel Grijalvo — 24 febrero 2021 @ 20:25 | Responder


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