La mirada del mendigo

31 agosto 2015

La solución final a los incendios forestales en el NW peninsular

Filed under: ecología — Mendigo @ 9:33

En primera página de los periódicos está el incendio de Cualedro (Ourense). A cualquiera de la zona que le preguntéis, os dirá “¿incendio en Cualedro? ¡Pues vaya noticia!”

Esto no lo cuentan los periódicos, así os lo explico yo. En Galicia, como todo el mundo sabe, se dan buena parte de los incendios foresstales de todo el Estado (el 53%, seguidas de las limítrofes León, Zamora y Asturias, juntas explican el 70% de ellos). Pero esta distribución no es homogénea, sino que hay concellos que registran sistemáticamente, año tras año, la mayor parte de los incendios.

Normalmente se arguye diciendo que Galicia arde por su enorme masa forestal, pero la cuestión es que precisamente en estos municipios ya no quedan a penas árboles que arder (los que sobreviven al paso de las llamas por estar en las márgenes de cursos de agua). Os invito a daros un paseo con el Google Maps por el Concello de Cualedro y verificar lo que asevero. Toda esa zona que abarca los concellos de Oímbra, Cualedro, Baltar, Calvos de Randín, y algunas freguesías del otro lado de la raia…es el infierno, la devastación absoluta. Tras décadas sufriendo incendio tras incendio, toda esa zona de la raia seca es, sin lugar a dudas, el lugar más horrendo que he encontrado jamás (y, como sabéis, me recorro con fruición Europa de punta a punta). Aunque pueda parecer increíble en Galicia, hay zonas en riesgo de desertificación, toda vez que la concatenación de incendios han despojado al suelo de su fracción orgánica, dejándolo reducido al esqueleto, las piedras. En concreto, Cualedro, lleva ardiendo este verano un día tras otro; como el anterior, y el otro… La única diferencia es que éste se ha salido de madre y ha quemado muchas hectáreas, y es por eso que sale en las noticias y por eso os enteráis, pero no del reguero de pequeños incendios que año tras año consumen el monte hasta las piedras. Lo que ocurre en esa zona es absurdo, aberrante, hasta para el nivel de tolerancia a los incendios forestales de un gallego.

¿Qué es lo que arde? ¿Viciosos bosques de robles milenarios con los que la imaginación mesetaria se figura que está cubierta Galicia? No, arden los toxos y las xestas, el monte bajo que ha salido tras el último incendio. La concatenación de incendios no permite que medre vegetación de mayor porte. Toda esa zona, Cualedro, Baltar…es un erial, vayas por donde vayas sólo ves retamas saliendo de los restos calcinados del último incendio.

¿Por qué arden los montes? El monte no arde, no existe la combustión espontánea, al monte lo queman. ¿Quién? Hace tiempo ya procuré dar respuesta a esa pregunta (pregunta que evita hacerse la clase política y su apéndice, la fiscalía, y eluden vergonzosamente los medios de comunicación). Pues los pastores, para conseguir pastos; los cazadores, para mejor abatir a sus presas; las madereras (muchas lusas) para conseguir madera barata; los mismos que luego los apagan, para asegurarse un puesto de trabajo en una zona donde es un bien terriblemente escaso…o simplemente, cualquier aldeano que usa el fuego para desbrozar.

Aquí debemos hacer un alto y poner en antecedentes la situación. El NW peninsular es la región que más se ha envejecido y empobrecido en las últimas décadas. Debido a la emigración masiva ante la pertinaz falta de oportunidades, las aldeas se han despoblado y hoy sólo están habitadas por viejos. Debido a problemas estructurales que ningún gobierno se ha propuesto acometer (el microfundismo, en primer lugar) el sector agrícola no es rentable y todos los campos que antaño estaban cultivados, se abandonaron. Hoy sólo queda una agricultura de subsistencia y algunos pequeños rebaños de ovejas (nada que ver con los enormes rebaños castellanos), principalmente para cobrar la subvención y acabar de cotizar para la jubilación.

Este proceso de abandono del campo no tendría que ser necesariamente malo, el éxodo rural fue común a toda Europa y la Naturaleza reconquistó terrenos que le habían sido arrebatados para la agricultura. La cuestión es que una fase intermedia es la aparición de monte bajo, que prepara los suelos para la entrada de las especies arbóreas autóctonas. Pero en Galicia, este patrón de reforestación natural se detuvo. Por una parte, se promocionó la plantación de especies forestales industriales como el pino (en el interior) y el eucalipto (en la costa), desplazando a las especies autóctonas e impidiendo su retorno (los monocultivos forestales son el mayor atentado contra la conservación de los ecosistemas terrestres, mucho peor aún que los incendios).

Por otra parte y cerrando el círculo de destrucción, está el recuerdo del rural de cómo era el paisaje antes de la gran emigración (la demografía gallega se despeñó a partir de los años 60): un horizonte despejado de huertas, pastos y campos de labranza, agricultura de baja productividad para alimentar a una gran densidad de población (Galicia ha sido históricamente el vivero de seres humanos para repoblar medio mundo, desde las Alpujarras a la Pampa).

Este recuerdo ha generado la idea de que “el monte está sucio” y “el monte nos come”, que es como describen el proceso de reforestación natural tras el abandono de tierras.

No puedo comprender, pero intento describir ese desasosiego que les entra a los paisanos cuando empiezan a ver crecer arbustos y, tras ellos, robles, encinas, fresnos, alisos… a unos pocos cientos de metros de sus casas. Con una mentalidad que se puede calificar con rotundidad de medieval, entienden que los bosques, la Naturaleza, representa la barbarie, la antítesis de la civilización, y luchan por dominarla y acallarla, humanizando el paisaje si no ya con cultivos, al menos con fuegos periódicos que mantengan la frontera natural a raya.

Por favor, os ruego que volváis a visitar el Google Maps y recorráis la provincia de Ourense. Internet os permite constatar el efecto del proceso descrito, sin tener que fiaros de mi palabra.

Podéis cruzar virtualmente la frontera y seguir por todo el Norte de Portugal hasta o Douro, cultural y sociológicamente tierras hermanas.

Ahora quiero proponeros unas cuentas. Galicia gasta cada año en torno a 100 millones de euros en extinción. Cataluña, con una extensión semejante y también bastante incidencia de incendios, gasta en esta partida sobre la cuarta parte. En Aragón, la octava parte; en Extremadura, un tercio; la descomunal Andalucía, la quinta parte.

Y no nos hemos salido de España. Vamos a confrontar más crudamente estos cien millones que se gasta Galicia saliendo de nuestras fronteras. La región francesa de la Aquitania, con una superficie forestal similar a la gallega, se gasta 4 millones de euros en la extinción. El Québec, una provincia canadiense con una extensión que triplica la de toda España y una superficie forestal cientos de veces superior a la gallega, emplea 45 millones de euros. Rusia, el país más extenso, con la cuarta parte de la superficie forestal del planeta y en el cual los incendios representan un severo problema, gasta 1.200M€ de lucha contra los incendios (y les parece mucho). Fijaos en la proporción, Rusia gasta 12 veces más que Galicia en extinción de incendios, siendo 600 veces más grande.

Podemos estimar que el presupuesto del servicio de extinción de incendios, debería ser de unos 1-2 millones de euros por provincia. Allá donde habita gente más o menos civilizada, que no provoca incendios: la Diputación de Bizkaia, 2M€ de presupuesto; la de Araba, 1,3M€; y es que no me imagino a un vasco, como no me imagino a un alemán, quemando su propia tierra (como imaginar a un hijo abofeteando a su madre). En cambio, en Galicia, llevamos siglos siendo enseñados a odiarnos a nosotros mismos; a despreciar, malvender y aniquilar nuestro patrimonio natural, descuidar y avergonzarnos de nuestro patrimonio cultural (lingüístico, histórico-monumental y etnográfico). Como nota curiosa: hace unos días se molestaba un paisano porque le sacase fotos a la arquitectura tradicional de su aldea, ya casi toda en ruinas, y no a los horteras chalés con parcelita que había en las afueras; “sólo sacáis lo malo”, me reconvino ese palurdo).

Así pues, el presupuesto del servicio de prevención y extinción de incendios de una comunidad con 4 provincias que no estuvieran habitadas por gallegos, debería ser de unos 8, redondeemos en 10 millones de ouros. Es decir, la décima parte de lo que todos los años se quema en el altar de la estupidez galaica (y leonesa, y sanabresa, asturiana y portuguesa).

Volvemos al incendio de ayer en el culo del mundo, también conocido como Cualedro. Público nos cuenta que:

[…] Para controlar este fuego, han sido desplazados un técnico, nueve agentes forestales, 20 brigadas, 13 motobombas, dos palas, seis helicópteros y nueve aviones. También han acudido miembros de la Unidad Militar de Emergencias (UME).

Y es cierto, a los militares me los crucé por la autovía a eso de las 17:00. Iban con maquinaria pesada para hacer cortafuegos. En cuando al enjambre de aviones y helicópteros, eso parecía una peli de Vietnam, sólo faltaban las Walkirias.

Ahora, echad cuentas. Cada hora de vuelo de los helis sale por un kilo (6.000€ para los que seáis más peques), los hidros por 4.000€, 230€ por brigada. El fuego ya estaba activo (se ve desde media provincia) a eso de las 9:00 y al caer la noche seguía ardiendo.

Y todo, para apagar un fuego en una zona sin ningún valor ecológico, paisajístico o de ninguna otra clase, paisaje lunar con aldeuchas despobladas que, todas juntas, no valen ni lo que una motobomba (ayer ardieron dos, por suerte no hubo víctimas mortales).

Y yo me pregunto, y avanzo por fin a mi conclusión final ¿por qué el Estado (vía Ministerio de Defensa), y sobre todo los presupuestos gallegos, tienen que cargar con unos presupuestos de extinción, cuando la mayor parte de los incendios son provocados por los lugareños y concentrados en unos concellos muy concretos? ¿Por qué un ciudadano de la Galicia urbana, la que genera riqueza, tiene que ver lastrados los presupuestos, detraídas de otras partidas que pudieran impulsar el crecimiento (con esos 100M€ se podría duplicar el presupuesto de I+D de las universidades gallegas), para jugar al juego de yo prendo y tú (o yo mismo) vienes a apagarlo? No es justo, para con aquellos que no participan de esa cultura, de ese negocio estacional de los incendios forestales. Cada vez menos estacional, pues ya se prende fuego hasta en Diciembre (he visto monte, blanco por la helada, ardiendo…mucha gasolina le debieron echar para que aquéllo ardiese).

Por lo tanto, yo propongo: que los gastos de extinción de los incendios se carguen al concello en cuestión. En vez de premiar a los concellos incendiarios con más inversiones y puestos de trabajo, castigarlos pagando la extinción de los fuegos que sus mismos vecinos provocan. La inveterada política del palo y la zanahoria, o más técnicamente, de promover comportamientos deseables, premiando a aquellos concellos que sepan proteger sus valores naturales y castigando aquellos habitados por energúmenos (y no, no viene nadie de Cádiz, de Toledo, ni siquiera de Becerreá o Cuntis a quemar en Cualedro).

Entiendo que todo ayuntamiento puede sufrir un incendio, pero si ése es esporádico, simplemente la factura de su extinción será un bache presupuestario que se podrá repartir en los presupuestos de varios años, vía financiación. Ahora bien, en aquellos concellos en que los incendios son recurrentes, el entretenimiento de todos los veranos, verán cómo el dinero para otras partidas disminuye para atender a la afición incendiaria de sus vecinos. Democracia es responsabilizarse de las propias decisiones colectivas y asumir las consecuencias.

De esta forma, allí donde persista y se obcequen en esta manía incendiaria, verán cómo los servicios que presta el ayuntamiento decaen (carreteras sin arreglar, equipamiento urbano deteriorado, tasas más altas…) y los pueblos se empobrecen. De igual forma, aquellos que vivan en zonas bien protegidas, donde no se reproduzca ese negocio del fuego, verán cómo sus pueblos medran, son más prósperos debido al excedente del presupuesto que no se dedica a extinción, se puede dedicar a otros cometidos (por ejemplo, mejorando su excelencia en biodiversidad, promocionando el agroturismo o una silvicultura sostenible y compatible con el bosque autóctono, poniendo en valor esa riqueza natural que han sabido conservar).

Diluyendo la extinción de incendios en los presupuestos de las comunidades y del Estado, no estamos generando ningún sistema de incentivos para erradicar de una maldita vez de la conciencia popular esta costumbre, tan gallega como la queimada (humor negro). De hecho, con el flujo de dinero de la extinción de incendios, estamos promocionándola, máxime en una zona empobrecida donde el desempleo es endémico.

No deja de ser una consecuencia más de la mayoría de edad política de un pueblo. Por lo mismo que, por ejemplo, no estoy de acuerdo con que el Estado rescate a la Comunidad Valenciana, pues un pueblo que ha elegido mayoritariamente un modelo político y económico para su región basado en el ladrillazo, la economía espectáculo de F1, regatas, parques de atracciones y edificios extravagantes, todo ello trufado de corrupción, debe apencar con las consecuencias de sus decisiones. Los valencianos con las suyas, los gallegos con A Cidade da Cultura, etc, que todos tenemos motivos sobrados para avergonzarnos. Votar desgobierno y corrupción no puede salir gratis, y de la misma forma el resto de los gallegos, de los españoles, no deben gastar millones de euros en apagar una y otra vez lo que unos cafres de una aldeucha de mierda se empeñan en quemar verano tras verano. Los fuegos que provocan los de Cualedro, que paguen su extinción los de Cualedro (la otra opción sería aún más dura, que los apaguen los de Cualedro, y si tiene que arder el municipio de lado a lado, que arda, que tampoco se pierde nada…con asegurar la evacuación de las personas, allá se apañen ellos con lo que armaron).

Pongamos el caso de un incendio de una vivienda en una ciudad. Yo entiendo que pueda existir un servicio de bomberos para prestar servicio ante este tipo de casos fortuitos. Pero si siempre es la misma vivienda la que arde, porque el cretino de su dueño provoca el fuego, me parece de lo más justo del mundo pasarle la factura de la extinción al propietario. No consideraría apropiado que la ciudadanía tuviera que costear un servicio de bomberos sobredimensionado, porque un vecino en concreto se decida a quemar todos los años su vivienda. Pues para los incendios forestales, reza lo mismo.

Podríamos argüir que no sería justo que vecinos que no causan incendios, sufran las consecuencias de sus vecinos desalmados. Pero también hay muchísimos valencianos que, retomando el ejemplo, execraban del modelo económico que les imponían. Lamentablemente, las consecuencias de las decisiones de una sociedad también recaen sobre aquellos que se opusieron a ellas, sean positivas o negativas.

En cualquier caso, si es cierto que los incendiarios son una minoría, la comprensión, cuando no connivencia es común en todo el medio rural, pues todos participan de la idea de que “el monte está sucio” (muy similar a la boutade de Bush Jr, de que los bosques arden porque tienen árboles). Por poner otro ejemplo, cuando estando mi compañera en su aldea llegó otro incendio, procuró evitar que salvase la carretera como pudo, sofocándolo con unas xestas. Sólo un chaval se prestó para ayudarla; el resto del pueblo estaba riéndose de ella y diciéndole “deixa que arda, muller!”. Así que lamento romper la imagen que os crean los medios de abnegados vecinos luchando a brazo partido contra las llamas. Estos vecinos, que observan con pasividad, suprema indiferencia el avance de las llamas, sólo procuran apagarlo cuando, como ayer, se les va de las manos y el fuego amenaza sus propiedades. Pero si sólo es el monte que arde…ellos tan satisfechos.

NOTA: Un aplauso a la increíble, inaudita estupidez, ineptitud de la fiscalía y la Guardia Civil que no son capaces, no ya de detener a los culpables y frenar este fenómeno recurrente, sino ni tan siquiera de ofrecer una explicación solvente a la sociedad de sus causas, para poder artillar una solución política. Arde una y otra vez, y son los únicos que no se enteran (o fingen no enterarse) ni del quién ni del cómo. Sólo sabiendo que se va a seguir cobrando un sueldo seguro a pesar de los nulos resultados de su trabajo se puede lograr ser tan metódicamente incompetente como los miembros del SEPRONA.

NOTA II: ¿Cuál es el beneficio de tener a militares (no me refiero por supuesto a la UME o a los valientes pilotos de los Canadair) gastando gasóleo mientras apatrullan carretera arriba, carretera abajo? ¿Han logrado alguna detención de algún incendiario? ¿Han siquiera logrado un descenso estadístico en el número de focos? Hasta mi cochiño pisa más la tierra que las motos de los primeros y los aguerridos todoterrenos militares de los segundos. Desde luego mis sandalias, mil veces más que sus botas. Así, motorizados y ruidosos, cubriendo un espacio descomunal ¿cómo van a atrapar in fraganti a alguien que se mueve por los caminos y veredas de su propio pueblo? Esa ridícula idea sólo se le puede ocurrir a quien jamás ha salido de la moqueta de su despacho (creo que fue de cierto hijo de falangista con pelo postizo, pero mi memoria puede fallar así que no lo afirmo con rotundidad).

NOTA III: El dinero tirado en echar al monte sin ton ni son a pistoleros a la búsqueda (inútil ¿cuántos están en la cárcel?) del incendiario, sería mucho mejor invertido en campañas de concienciación y de educación ambiental en el medio rural (abride escolas…). En enseñar a los adultos el valor de esa tierra que desprecian y, sobre todo, a los niños a que no reproduzcan los comportamientos de las bestias de sus padres: verbi gratia, tirar la nevera vieja al cauce del arroyo, la televisión en la cuneta de una pista, disparar a cualquier cosa que se mueva y poner lazos y cebos envenenados a los que se hayan escapado y, finalmente, provocar incendios en cuanto las retamas que salen del anterior incendio ya impiden ver en lontananza.

Pero el enemigo no es tanto la gente del rural, sino la incultura y la miseria con que se les ha castigado desde siglos atrás, reduciéndolos a un estado próximo a la animalidad. Éstas son, realmente, las verdaderas y últimas causas de los incendios, el elemento diferencial que explica por qué los bosques gallegos arden y los vascos y navarros, no. Es contra ellas que hay que combatir a muerte. Meter a alguien en la cárcel, además de que sólo van a coger al único desgraciado que se dejó atrapar, no va a dar solución a un problema que es de naturaleza sociológica y solución política. Cultura y progreso, mucho mejor que helicópteros y motobombas. Nadie con estudios y un buen trabajo, nadie que ame su tierra se dedica a provocar incendios en ella.

Alemania es sin duda, también en esto, un modelo a seguir.

NOTA IV: Hay que terminar con la cultura de complicidad ante los incendios, útiles para “limpiar el monte”; erradicar la tóxica idea de que el monte arde porque “está sucio” o “no se cuida”. Estos comentarios tan populares, también entre la clase política, comparten razones con los incendiarios al identificar maleza = suciedad. Pues no, el sotobosque es una parte inherente del ecosistema boscoso, tan valiosa como las especies de gran porte, que dan alimento y cobijo a sinnúmero de especies. Si lo eliminas, no tienes un bosque (un ecosistema íntegro) sino una plantación de árboles. Es un error muy típico en Galicia, donde todo m² es susceptible de ser dedicado a este cometido, sin que quede resquicio en este sistema para las especies autóctonas (de ciclo largo), desplazadas por la necesidad acuciante de monetizar en breve tiempo la inversión con los pinos y eucaliptos (ciclo corto). Otro dato de crucial interés para comprender el fenómeno: en Galicia, a diferencia de otras partes España y Europa, el 96% del monte es de propiedad privada, y el propietario (normalmente comunal, las malhadadas comunidades de montes, recua de mulas tordas) quiere dinero ya, sin consideraciones ambientales que tampoco la Xunta exige.

Un bosque no se “limpia” (no existe el concepto de “suciedad” en la Naturaleza), un bosque se le deja evolucionar inalterado. Los bosques estaban ahí mucho antes de que nuestra especie evolucionase y saliese de África, pueden existir perfectamente sin nuestra ayuda.

El bosque no arde si no lo queman.

Pero en Galicia no tenemos bosques, tenemos plantaciones de árboles. Ésa es la gran desgracia.

28 agosto 2015

Ante la próxima apertura de la temporada de caza…

Filed under: ecología — Mendigo @ 15:00

…sólo tengo un comentario que añadir.

CAZADORES SUBNORMALES

Para que luego digáis que me enrollo en mis diatribas.

25 agosto 2015

Manipulación infantil

Filed under: religión — Mendigo @ 15:16

Pues no, a pesar del amago, seguimos hablando de religión.

Estaba regando mis pobres frutales, cuando se me ocurrió la idea de que uno de los primeros (y mayores) ataques que debió sufrir la idea de Dios, fue con el desarrollo de sistemas de regadío. Efectivamente, la impotencia extrema del agricultor que mira con desazón al cielo esperando otear nubes preñadas de lluvia, que día tras día se resisten a llegar, conduce al mundo de lo mágico, asociando a la aleatoriedad de los fenómenos meteorológicos a la divina providencia (muchos quieren ver en el azar la faz de Dios, el desarrollo de la estadística supuso lanzar una piedra a ese estanque). Con el regadío, el hombre se independiza de la voluntad divina y se asegura por sí mismo, por la tecnología, su sustento, convirtiendo a Dios, a las rogativas a los santos-daimones, en redundantes.

Pero volvamos al tema del interés de las religiones por la higiene infantil, esto es, por lavarles y centrifugarles la cabeza a los niños.

Aspiro a vivir en una sociedad avanzada, que respete verdaderamente los derechos de la infancia a no ser adoctrinada, a ser educada en libertad, mostrándole las herramientas que le permitirán en un futuro pensar de forma autónoma (para los que sepáis un poco de pedagogía, sabéis que me hubiera bastado con decir “educada”).

En esa sociedad futura (porque algún día llegará, lo vea yo o no) a los niños se les enseñarán, según su desarrollo vaya aconsejándolo (antes, se empezaba a dar Filosofía a los 16-17 años, en 3º de BUP, no sé cómo estará ahora), las principales escuelas de pensamiento, tanto históricas como actuales. Dentro de las cuales, se puede (y debe) incluir la historia de las religiones, tanto las teístas (mono, poli y panteístas) como las no teístas (orientales, Shinto, Tao, budismo…). Esta enseñanza se puede hacer de forma transversal con el estudio de la historia.

Esta enseñanza de la historia del pensamiento se hará de forma expositiva, equilibrada y neutral, con un rigor científico que es radicalmente contrario a la enseñanza doctrinal de la religión, una religión en concreto, la de los progenitores (hay mucha presión en su medio para que perpetúen en su descendencia el adoctrinamiento que recibieron desde niños), que son las clases de Religión que todos conocemos (y hemos padecido, con vídeos de fetos hechos cachitos incluidos).

De esta forma, cuando su cerebro de bestezuela adolescente eclosione algún día en una mente adulta racional (en algunos tarda, tarda de carallo), este ciudadano tendrá una base teórica y unas herramientas para descubrir por sí mismo su propio camino, en qué mujer, en qué hombre aspira a convertirse.

¿Utopía? No necesariamente. Respeto a la libertad infantil. Por ejemplo, en los países escandinavos está prohibida la publicidad dirigida a los niños (por ejemplo, de comida basura). Porque entienden, y entienden bien, que un niño no tiene los mecanismos de defensa para relativizar ese mensaje que le llega en la tele, sino que lo asimila sin filtros (el escepticismo que nos da la experiencia, la inteligencia que nos permite descubrir la trampa) y lo transforma en impulso pasional por poseer aquello que la televisión le ofrece. La publicidad le crea al niño una necesidad, un hueco que ser llenado, y no tiene capacidad de defenderse de ello. Por eso, en un país civilizado, se previene a los niños de ser manipulados por la publicidad (exactamente por las mismas razones que se previene que sean acosados sexualmente por adultos).

Lo que me parece muy triste es la forma, rastrera, cobarde, que tiene la religión para perpetuarse. Para enseñar la ciencia, no hace falta acosar al niño desde pequeño para inculcarle sus principios. Si no aprende el Teorema de Pitágoras a los 10 años, ya lo aprenderá a los 20, a los 40 o a los 80. Seguirá siendo igualmente válido y evidente. Probablemente, porque es cierto; por eso la ciencia no tiene que recurrir al adoctrinamiento. De hecho, considera saludable la duda, y admite que se exija demostración de todo lo que se afirma; así de confiada está la ciencia en su potencial. Comparadlo con el conocimiento religioso, que cuando se cuestiona clama “¡blasfemia!”, y pide al poder político que sus afirmaciones queden a salvo de la batalla de las ideas, para no herir la susceptibilidad de sus fieles (el sentimiento religioso, que con el patriótico son tan inanes que deben ser protegidos).

Al final, en un porcentaje abrumador (el 99,999…%), un creyente milita allá donde le tocó en suerte, en la fe de sus mayores (sea cual sea). Como mucho, en las sociedades avanzadas, se permite la deserción (insisto, el mayor de los crímenes según el Q’ram). Ahora bien, me gustaría conocer a creyente que habiendo estudiado metódicamente todas las religiones, o al menos las más importantes, haya abrazado una en concreto de forma independiente a su entorno (la religión de sus padres, de su cónyuge, de la sociedad a la que se traslada…). La fe de ese creyente sería respetable, en cuanto opción vital libremente elegida. ¿Que una ciudadana japonesa, ya adulta, en el estudio de varias religiones se encuentra con el cristianismo en su versión católica, y se convence de que esa es la fe verdadera y se mete a monja dominica? Chapeau por esta mujer, no tengo ni el mínimo reproche que hacer a su decisión, y defiendo fervorosamente que esta mujer pueda llevar el tipo de vida que ha elegido.

¿Cuál es el problema? Que no conozco a ningún creyente así. Pues la inmensa mayoría de fieles consideran que, sin lugar a dudas, la religión verdadera es, oh, qué curioso, la de sus padres, la que le enseñaron desde niño. ¿También es casualidad, no? ¡Jo, qué suerte haber nacido en la parte del mundo que cuenta con el monopolio de la verdad religiosa!

(lo ombligocéntricos, provincianos, chauvinistas…en suma, imbéciles que podemos llegar a ser)

No pretenderéis que muestre respeto ante esta manifestación o consecuencia de la manipulación a la que ese individuo fue sometido cuando niño. Antes bien, es un borreguismo despreciable.

Sí, es cierto, hay conversiones. Pero en número prácticamente anecdótico y tampoco como resultado de una búsqueda libre y autónoma de la verdad, sino por influencia de otro entorno social (por ejemplo, por haber caído en el proselitismo de otra secta, o por haber contraído matrimonio con alguien de otra religión).

La evolución de los efectivos de cada religión se deben al crecimiento vegetativo de su base de población y la incidencia del secularismo que provoca las defecciones, y no a trasvases entre ellas. En todo caso, estos trasvases se dan entre religiones de próxima filiación, como por ejemplo entre las abrahámicas o, dentro de ellas, ramas, como pasar de católico a testículo de Jehová o evangélico (bastante de moda en Sudamérica). Es asaz extraño que un católico salmantino acabe rapándose el pelo y vistiendo la túnica azafrán, algún caso habrá, pero estadísticamente despreciable (a la par que, si no es simple moda o postureo, es, insisto, humanamente digno de respeto y consideración).

Pero, en fin, dejemos ya tanta charla y vamos a ilustrar con unas fotos el fenómeno del adoctrinamiento infantil.

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24 agosto 2015

Blankets

Filed under: religión — Mendigo @ 14:22

Con esta entrada cierro esta serie (¿trilogía?) sobre la religión. Por ahora, vaya, pues todos sabéis que es uno de mis temas favoritos.

Últimamente, estoy interesándome por la novela gráfica (dicho así, parece más serio que leer un cómic). Como en cualquier otro género, hay montones de basura, y alguna perla. Os recomiendo un autor, Craig Thompson. Hace poco leí su obra Habibi, y es una verdadera preciosidad (como los demás, están en la mulita, en versión original y castellana).

Pero quería traerlo aquí a cuento por otra obra anterior, Blankets, un relato autobiográfico de su adolescencia. Sin ánimo de chafar su lectura, os adelanto que Craig fue educado en el seno de una familia evangélica, en el rural de la Usamérica profunda.

Según el autor va desgranando su vida (arrancándose la piel a tiras, por cierto), sabemos que sufrió abusos sexuales en su niñez por parte del joven que hacía de canguro cuando sus padres no estaban. Sin embargo, y es lo que me parece curioso señalar, según va avanzando el libro el autor no deja ver que aquel episodio le traumatizara gravemente, afectando a su desarrollo posterior. Esa agresión sexual seguro que tuvo consecuencias psicológicas, aunque lo que el autor remarca es el dolor por no haber protegido a su hermano de sufrir también esos tocamientos.

Por el contrario, el verdadero trauma, que se convierte en el eje argumental de la historia, es el desgarro interior al que se vio sometido en su adolescencia para superar su educación fundamentalista cristiana. Insisto, su adoctrinamiento en la fe y moral cristianas le traumatizaron y condicionaron más su adolescencia y primera juventud, que el haber sido objeto de una agresión sexual continuada en su niñez.

Es éste un asunto que sé levantará ampollas, el equiparar la agresión sexual con la enseñanza confesional (es decir, adoctrinamiento infantil). Ya nos encontramos el mismo argumento en el debate con el profesor Dawkins, el cual menciona una mujer que le refirió un caso semejante: una mujer católica que, de niña, fue objeto de tocamientos por un adulto, pero recuerda que lo que verdaderamente la traumatizó durante años fue que le dijeran que una amiga suya, que había muerto, ardería eternamente en el infierno por no abrazar la fe católica.

¿Qué es más grave en el desarrollo de un niño, una agresión sexual o una educación integrista? La pregunta, provocadora, no debe tener una respuesta breve, sino que dependerá, claro, de las circunstancias, empezando por la intensidad de uno u otro abuso. Desde luego, merecería la pena el estudio del daño psicológico provocado por uno u otro (y legislar en consecuencia).

Y un aporte aún más provocador por mi parte: el daño dependerá de lo que la sociedad considere la normalidad. Y me explico: el daño psicológico sufrido, por ejemplo, por una niña al ser violada por su marido (por cierto, elemento que aparece en la última novela de Thomas, Habibi), sólo lo reconocerá si esa niña, cuando sea mujer, alguna vez comprende el ultraje al que fue sometida. Pero, si toda su vida entiende esos episodios reiterados de violencia como algo natural, dentro de la normalidad de su existencia, quizá su cerebro lo acepte como un episodio doloroso más como podría ser una contusión por una caída fortuita. Esto sería lo más terrible de todo: que, falto de libertad, el sujeto ni siquiera sea consciente del daño al que ha sido sometido (igual que un esclavo que considera merecidos los azotes que recibe por descuidarse en el trabajo).

De igual forma, una educación doctrinal sólo se revela inadecuada cuando, más tarde, el sujeto tiene que vivir en una sociedad abierta. La inadecuación de sus valores reaccionarios con el resto de personas con las que interactúa le genera sufrimiento. Sin embargo, si el individuo así adoctrinado permanece toda su vida en una sociedad acorde a esa doctrina, no hay sufrimiento mental (que no daño) al no ser consciente de las limitaciones a las que fue sometido, como bonsai humano, en las primeras etapas de su existencia.

Exactamente igual que la niña violada por su marido (de hecho, esta práctica, la del matrimonio infantil, es una más de aberraciones del conservadurismo de muchas culturas), el niño adoctrinado vivirá con esa herida abierta en su subconsciente con normalidad, pues forma parte de su ambiente social. De hecho, esa deformidad le será socialmente útil, viviendo en ese medio.

El dolor de emanciparse de esa prisión mental que grabaron a fuego en la niñez, lo comparo con el desgarro que debe sufrir una mariposa al salir de la crisálida: es en el esfuerzo por salir del ajustado sarcófago de seda cuando y como se despliegan las alas que, de ser el parto más fácil, permanecerían arrugadas e inútiles.

Lo cierto es que, con este gringo, la naturaleza hizo un buen trabajo.

Y en fin, no quiero despedirme sin recomendar otra lectura, también relacionada con la represión sexual de la variante católica del universal conservadurismo (se le puede llamar patriarcado, se le puede llamar caverna…). Os aseguro unas buenas risas (para no llorar). Son los reportajes de Jot Down sobre:
Sexo en el franquismo I: las secuelas
Sexo en el franquismo II: el regreso a las tinieblas

Tampoco al autor le parece descabellado relacionar el nacionalcatolicismo (expresión autóctona de la corriente europea del fascismo) con los subnormales del Estado Islámico.

23 agosto 2015

Es el proceso

Filed under: religión — Mendigo @ 12:23

Acabamos de ver en la entrada anterior que más allá de los detalles particulares (qué se puede comer y qué está vedado, cuál es el día santo…) las religiones actúan según los mismos mecanismos psicológicos. Igual que una pared la podemos pintar de verde, rojo o amarillo y, aunque parezcan muy distintas, no dejará de ser una pared pintada. Debemos fijarnos en el proceso de pintado, no en el color del pigmento.

Y el proceso, en todas las religiones, es el mismo: la transmisión del dogma desde etapas muy tempranas de la niñez (adoctrinamiento). Para ello, las religiones se centran en dos aspectos:
– recalcar la importancia de la familia, pues es el grupo social que tiene más cerca en sus modelos años de vida y donde escoge sus primeros modelos de conducta.
– extender sus tentáculos en la enseñanza, especialmente la primaria (colegios de monjas, escuelas coránicas…).

Para la reproducción y supervivencia de la religión es fundamental inocular su contenido durante los primeros estadios de desarrollo del cerebro, para que todos los mensajes que le lleguen al niño sean del mismo signo. Luego, según crezca, el sujeto irá reforzando esos dogmas con una impresión falsa de unanimidad, al vivir en sociedades religiosas donde todos han sido de igual forma programados desde la infancia. Esa homogeneidad del pensamiento es ilusoria, ya que no tiene en cuenta que, más allá del horizonte, existen otras sociedades con otros dioses (programada en su niñez de otra forma) o ninguno, e incluso que dentro de esa sociedad existen personas con ideas heréticas, que no pueden tener visibilidad (salir del armario) por estar penada la disidencia o vetada su difusión.

Según las sociedades se abren, se vuelven plurales y multiculturales y aceptan la libertad de conciencia, invento europeo relativamente reciente contrario radicalmente a la doctrina musulmana, para la cual la apostasía es el peor de los crímenes (una de las características definitorias de secta: como un pozo, es fácil caer y muy difícil salir, que se lo pregunten a los del Opus), esta segunda etapa de refuerzo social del dogma inculcado en la niñez se ve enormemente debilitada. El sujeto adoctrinado se ve expuesto a otras ideas divergentes, otras formas de entender la vida más allá de la explicación que le ofrecieron de niño. El joven aprende que hay otras personas que adoran a otros dioses, que no son siempre gentes extrañas que hablan lenguas incomprensibles, sino que pueden vivir en su barrio.

En las sociedades abiertas, el mecanismo de transmisión religioso se resiente. Según cierta religión pierde el carácter de mayoritaria, y deja de ser la única y monolítica colección de valores para transformarse en una opción más, el número de creyentes empieza a decaer, así como la rigidez de su doctrina. Para evitarlo, la religión se encastilla en comunidades cerradas (desde los mormones de Utah a las banlieues magrebís), subgrupos sociales donde el mensaje inculcado en la niñez se siguen viendo reforzado en vez de puesto en cuestión.

La prueba definitiva de lo extremadamente poco libre que es la elección de algo tan importante en el resto de la vida como la elección de los valores morales y metafísicos que guiarán a la persona, es la abrumadora mayoría de personas que, de profesar alguna religión, lo hacen en la que le fue inculcada de niños, en la religión de sus mayores. Luego no se puede hablar de elección, sino de imposición de un conjunto de creencias, por la vía del adoctrinamiento infantil.

Y esto es propio y connatural a todas las religiones, que desde muy temprano comprendieron que necesitan este mecanismo de transmisión, el acceso al niño, para poder perpetuarse. Esto es lo importante, el muro, y cómo el pintor le aplica una capa de pintura. No debemos hablar de religiones sino de religión, del fenómeno religioso, este conocimiento precientífico y dogmático para ofrecer una explicación al mundo cuando no había otra mejor. Luego, dentro de la gama de Titanlux, tienes harta variedad de colores.

Tomemos un sujeto, pongamos un devoto católico de los de misa diaria (mecanismo de reafirmación del dogma) y que reza el rosario a diario (el rezo, la salmodia, repetición monocorde de una misma fórmula, es un antiquísimo mecanismo de anulación parcial de la conciencia, provocando una alteración cognoscitiva similar a otros mecanismos chamánicos para entrar en contacto con la divinidad como el uso de estupefacientes, el furor del baile, la debilidad del ayuno o el vértigo inducido por el giro de los derviches).

A este sujeto se le ha grabado desde niño la veracidad de paparruchas tales como tipiños andando sobre las aguas, sacando panes y peces de la chistera, o convirtiendo, al revés que el mal cantinero, el agua en vino:

Pero realmente, poco importa el contenido de sus creencias, porque de haber sido adoctrinado en otras las creería con igual fervor. Por ejemplo, si en vez de crecer en una familia católica, ese mismo niño hubiera sido educado por una familia de ortodoxos judíos, creería en otro tipo de mamarrachadas. Por ejemplo, en vez de andar sobre las aguas, otro tipiño las partiría en dos con su cayado.

Bueno, en realidad un cristiano debe creer en las mismas chorradas que un judío y, además, las del opúsculo de su profeta ascendido a categoría divina (lo cual supone una blasfemia que horrorizaría al mismo Jesús).

O, de ser educado por una familia islámica, creería que el Piojoso voló a los cielos subido a un jamelgo alado con cara de mujer.

Aunque podrían decirle que fue en un unicornio azul, en una alfombra voladora o en un pepinillo en vinagre gigante a reacción, el niño se lo creería igual. Porque los niños, cuando son niños, confían en la autoridad de los adultos, y les prestan sus crédulos oídos. Y los adultos, invariablemente abusan de este poder de moldear la madera verde cuanto pueden.

Podemos seguir. Al mismo sujeto, católico, apostólico, romano, adoraría con el mismo candor a dioses pulpo si de pequeño así se lo hubieran enseñado.

O serpientes emplumadas

Dioses del inframundo con cabeza de chacal

(es curioso cómo sólo nos parecen grotescas las aberraciones lógicas ajenas a nuestra cultura, aquéllas que no nos fueron imbuidas cuando niños)

…concepciones virginales, ayuntamientos con humanos, variados cielos, infiernos y un sinfín de historias y patrañas que la fértil imaginación humana ha forjado a lo largo de los siglos para dar explicación a un mundo desconcertante (y que frecuentemente han sido utilizadas por la clase dominante para sancionar su poder y desalentar el cambio social, cuando no para librarse de voces discordantes, desde Sócrates a Giordano Bruno, acusándolos de ἀσέβεια y herejía).

Poco importa el contenido de la religión, y casi nada la base somática del niño. Lo importante es la intensidad del proceso de adoctrinamiento y refuerzo. El mismo cristiano fervoroso que proclama sincero que ha puesto a Jesús en su corazón, pronunciaría con la misma vehemencia y sinceridad el takbir (الله أكبر) de ser educado de la misma forma, pero en un medio diferente y, de hecho, creería que Papa Noël es el único Dios si así se le hubiera enseñado desde bebé.

Es curioso, por cuanto los creyentes consideran que sus convicciones pertenecen a su esencia, hasta que punto éstas son sólo una mera contingencia sobrevenida, que, como el nombre, eligen por nosotros antes de que nuestros pulmones se llenen por primera vez de aire.

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