La mirada del mendigo

6 marzo 2016

Soy racista

Filed under: cousas — Mendigo @ 14:00

Soy racista de pontemierdeses.

En efecto, estoy convencido de que los pontemierdeses son una subespecie inferior del género humano. Lo que ya dudo es si los PTV (Pontevedreses de Toda la Vida) presentan esta tara por causas genéticas (grupo cerrado que procrean entre ellos) o, más probablemente, adquiridas en el claustrofóbico entorno social en el que son educados. El provincianismo de esta villa les conduce a sentirse permanentemente acomplejados y esto conduce a que estos especímenes renieguen vehementemente y con virulencia de la cultura gallega, pero sin conseguir embeberse de otra. Taimados y cobardones, castellanos, desde luego, no son. Son… españoles, que es como no decir nada.

¿A cuento de qué viene todo esto? Por casualidad, me he topado con este vídeo:

Una chavalita gringa de origen jamaicano que viene a conocer España y a trabajar como niñera para una familia en… SanJenJo (como a ella misma le enseñaron a pronunciar). Es genial el vídeo porque ves cómo a la pobre le aplicaron el tratamiento completo que estos aldeanos aculturizados vestidos en Zara someten a los de fuera de su grupo: desprecio y aislamiento. Para los que no lo sepáis, Sanxenxo es el lugar de solaz de los pontemierdeses, a los cuales se unen en verano una horda de fascistillas mesetarios, el modelo que los burguesitos de aquí se mueren por imitar.

Ella cree que las actitudes de desprecio son debidas a ser negra, pero está equivocada. He conocido a unos fineses (imaginad su piel) que recibieron incluso peor trato. El color oscuro de la piel es sólo una de las mil razones que aprovecharán para canalizar su desprecio al diferente. La vida de estos subhumanos está limitada a su limitado círculo o tribu, produciéndoles animadversión y pavor todo lo que venga del exterior (geográfica o intelectualmente). Es más, el tipo humano que más desprecian es el de… gallego. La aversión a la gente de las aldeas es un veneno que los niños pontemierdeses chupan de la teta de sus madres. Ese desprecio ha sido proyectado, en tiempos modernos, sobre los inmigrantes (los africanos de los que habla en el vídeo la chica), pero es anterior a su llegada: ven a los que no son de su clase como pedazos de carne a su servicio, con una altanería que contrasta con el servilismo con que se conducen ante quien les precede en su escala. Han interiorizado la jerarquía social como un animal lo haría con la pirámide alimentaria.

El horizonte vital de esta excrecencia humana es medrar en la escala social, o al menos aparentarlo (visten como maniquíes, pero son unos muertos de hambre, aquí no hay pasta) y la relación humana se basa en la constatación de esa posición social. El objetivo de una conversación o cualquier otra interacción humana no es establecer una comunicación entre personas, sino el remarcar la jerarquía igual que lo harían otras especies animales entrechocando sus cuernos. Aquí lo hacen dejando claro cuánto les costó tal cosa o tal otra, o si su padre tuvo tal cargo y su tío abuelo tal puesto. Como Sasha define muy bien (es lista la cabrona, en tan poco tiempo y captó perfectamente la esencia pontemierdesa), procuran rebajar al interlocutor para poderse sentir ellos más importantes. No existen aquí las relaciones horizontales, todo es una continua lucha por trepar en la escalera social, que aunque invisible es para ellos más evidente que las piedras de la escalinata de San Francisco. Les son ajenas a estos palurdos costumbres civilizadas como la cortesía o la hospitalidad.

Y es curioso, porque sólo alejándote unos kilómetros de Pontemierda el tipo humano cambia totalmente. La gente de las villas y aldeas del contorno (Bueu, Xeve, Campolameiro…) son… gallegos. Trabajadores. Cada uno con sus miserias y sus grandezas, pero que viven su cultura con normalidad y están libres de esa dictadura de la jerarquía, con los que puedes hablar normalmente (además, en un gallego de costa precioso) sin que notes que cada frase va con segundas para zaherirte o minar tu posición. Incluso en la misma villa, la mayoría de la gente viene de las aldeas y son gente normal, afable, que va a lo suyo, que no tienen ese ánimo de humillar (lo que le hicieron a esta chica, cuando cuenta que una mujer la miró de arriba abajo, y de abajo arriba, muy típico… no tanto por su piel morena sino precisamente por ser tan guapetona, lo que debió excitar la rivalidad de la pija cazurra).

Es muy triste que una chica que va contando sus experiencias viajando por el mundo, haya disfrutado su estancia en Francia, Escocia, Austria, destaque la amabilidad de la gente en Camboya, se deshaga en elogios de sus anfitriones italianos (ved el vídeo y comparad que trato tan distinto) y esté enamorada de la cortesía y amabilidad de los coreanos, donde ha residido un tiempo. Y su imagen de Galicia haya tenido que ser ensuciada al toparse con el provincianismo clasista, retrógrado y cateto de una familia de fascistillas pontemierdeses (los racistas son, curiosa y paradógicamente, seres humanos inferiores).

Muchas veces se asocia el término paleto a personas del rural, y esto hoy en día es profundamente incorrecto. Yo mismo, cuando estoy en el pueblo, es fácil verme con una azada o unas tijeras de poda. Palurdo o paleto es lo contrario a cosmopolita, es decir, aquella persona de mentalidad cerrada que es refractaria a las ideas venidas de fuera de su círculo. Antaño se identificaba por la carencia educativa que existía en el rural, pero ahora es sólo cuestión de capacidad y mentalidad. Como suelo recordar, en Madrid no sólo hay más paletos en cantidad que en cualquier otro punto de España, sino también en densidad (y los paletos de ciudad son los peores, porque su ignorancia es engreída).

Pues bien, en un mundo cada vez más interconectado y mestizo, donde los intercambios de información y de personas son constantes, las sociedades cerradas del tipo del provincianismo burgués que esta rapaza se encontró en Pontemierda son un obstáculo para el progreso, no sólo económico sino social y cultural. El empobrecimiento intelectual que conlleva la burbuja elitista que crean, tan satisfecha de sí misma, conduce a la decadencia y, con el paso de los años, a la irrelevancia y la miseria.

De los que no conozcáis Pontemierda, alguno os estaréis preguntando cómo luce uno de estos PTV que califico de subhumanos, con el cerebro encasquillado en una mentalidad más propia del s.XIX que del s.XXI. Aquí tenéis una buena muestra, un caso arquetípico de Pontevedrés de Toda la Vida:

Y no, lo habéis reconocido pero lo habéis pronunciado mentalmente mal. Su apellido se puede escribir Rajoy (conservando la ortografía medieval) o Raxoi (en gallego normativo) pero sólo tiene una pronunciación correcta: /ɾaʃoi/, con el fonema /ʃ/ que podemos encontrar en bush, cash, share… o en chat, château, cacher… La xe gallega que no existe en castellano, así como la jota no existe en gallego (ni la grafía, ni su sonido). Porque, por mucho que le pese al Estafermo, que como buen pontemierdés está intelectualmente incapacitado para hablar la lengua propia de su tierra… Raxoi es un apellido (y topónimo) gallego.

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4 marzo 2016

… y una pizca de humor gráfico

Filed under: cousas — Mendigo @ 9:54

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16 diciembre 2015

Jonah Lomu

Filed under: cousas — Mendigo @ 1:40

Lo cierto es que me apetece dedicarle un homenaje. En pocos deportes existe semejante consenso universal sobre quién es el más grande. Un compendio único fuerza, habilidad y velocidad, que en otro tiempo hubiera inspirado una Ilíada.

En mi elegía mencionaré un único hecho: cuando le diagnosticaron una enfermedad renal, como gran estrella del rugby, religión nacional, pudo haber tenido absoluta prioridad. Sin embargo se negó a recibir ningún trato de favor y esperó a que le llegase su turno para un transplante atado a una máquina de diálisis. Su cuerpo rechazó el nuevo riñón, y falleció hace unos días, a los 40 años.

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Y vamos con la caballería. Mejor no esperar a que muera gente para homenajearla. Vamos a darnos una vuelta a la Isla de Man, en la moto de Guy Martin.

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El Tourist Trophy es el último reducto de la época heroica del motociclismo. Es una de las competiciones más antiguas, entró en el año 49 en el Campeonato del Mundo de Motociclismo, hasta que en los años ’70 fueron desapareciendo las carreras en circuitos urbanos debido a su extrema peligrosidad. Estaban prohibidas en territorio inglés, así que los aficionados embarcaban la moto en el ferry camino de esta pequeña isla en el mar de Irlanda.

Realmente hay que tener muy poco sentido común para volar sobre la isla, con puntas de 320km/h, entre bordillos, farolas, tapias… Pero lo que les falta de inteligencia, les sobra de valentía, además de una capacidad de concentración de acero para no cometer ni el más mínimo fallo en un trazado lleno de trampas. Un cirtuito se compone de un puñado de curvas que se recorren en dos minutos, con el mejor asfalto y amplias escapatorias. Aquí hay que aprenderse palmo a palmo un trazado de 61km, que se tarda casi 20 minutos en recorrer. El “circuito” son las calles y carreteras comarcales que, el resto del año, dan servicio a la isla. Es decir, hay baches, alcantarillas, parches, señalización horizontal (muy peligrosa), suciedad, cambios de rasante, manchas de humedad o simplemente, diferentes tipos de asfalto que hacen que el agarre disponible esté cambiando a cada instante, y tenga un grado enorme de incertidumbre respecto a lo que se espera en el entorno controlado de un circuito. Imposible lograr un reglaje de suspensiones óptimo, se intenta llegar, como con los neumáticos, a un compromiso. Aquí todos saben que forzar demasiado, es meter un pie en la tumba.

Si no queréis ver entero este magnífico ejemplo del “efecto túnel” de la velocidad (impresionante minuto 8), os sugiero que veáis los primeros segundos del minuto 3 (o en el 6:43…), donde la moto le hace un shimmie (la moto sacude violentamente la dirección) al bueno de Guy (a pesar de llevar amortiguador de dirección), y no por eso deja de acelerar.

Otro vídeo, con cámaras externas:

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Para quien aún quiera más, el GP del Ulster:

3 diciembre 2015

La tres alturas

Filed under: cousas — Mendigo @ 23:06

Un par de artículos que me han parecido interesantes:

La Marea – ¿Por qué es tan importante eliminar las tres alturas?

La norma [limitando a tres la alturas de las nuevas construcciones en Madriz], desde su origen, iba en contra de todo el urbanismo actual. Ignora por completo el medio ambiente. Consume una gran cantidad de ese bien escaso que es el suelo. La exigua densidad a que da lugar hace que el ratio de infraestructuras por habitante sea desproporcionado. Requiere un enorme consumo de agua, pues no se busca el campo ni el espacio abierto, sino el jardín privado de los condominios. Fomenta el uso del automóvil privado, incluso varios por familia, pues cualquier sitio al que se vaya está demasiado lejos para ir andando. Y así hasta agotar los argumentos sobre la insostenibilidad económica y medioambiental de la medida.

Pero el efecto más devastador ha sido su insostenibilidad social. Los barrios con mayor poder adquisitivo de las periferias urbanas han crecido fundamentalmente a base de condominios cerrados.

[…]

Desaparece ese concepto urbano integrador llamado “Economía de proximidad”, que permite vivir cerca del trabajo, utilizar la bicicleta o el transporte público y prescindir del coche, de su contaminación y sus gastos derivados.

[…]

Porque si en los barrios caros de la periferia se busca la exclusividad, y ésta generalmente va relacionada con las bajas alturas y la frondosidad del jardín, en las zonas más humildes no se pueden perder viviendas. Y no se perdieron. Se colmataron los espacios libres con más y más edificios bajitos y lo que se ha terminado perdiendo en los nuevos desarrollos ha sido el espacio público urbano. El espacio de relación. El espacio de todos, aunque… ¿para qué se necesita si puedes charlar con el vecino tranquilamente en los cafés del centro comercial o en los pasillos del Carrefour?

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The Atlantic – The Coddling of the American Mind
In the name of emotional well-being, college students are increasingly demanding protection from words and ideas they don’t like. Here’s why that’s disastrous for education—and mental health.

Traducción abreviada del artículo: estamos educando a los jóvenes de forma que cumplen los veinte (y los treinta, y…) aún con el chupete en la boca, alerta para percibir cualquier cosa como ofensa y sobrerreaccionar ante ella. Son incapaces de formarse una idea compleja tomando provecho de razonamientos que no parten, corresponden o se identifican con los de su grupo, pues toda idea disruptiva es desechada para no quebrar su precario equilibrio emocional. En esta dictadura de lo políticamente correcto, se anula el debate para no herir una susceptibilidad a flor de piel.

Traducción aún más abreviada: estamos criando imbéciles. Aún más que los de nuestra generación, que ya es decir.

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4 noviembre 2015

As putas cabazas

Filed under: cousas,religión — Mendigo @ 1:14

Cando era un rapaz, os meus pais aproveitaban calquera ponte para virnos a Galicia. E na ponte dos Santos, xuntabamonos os colegas e facíamos o magosto. Pero non era esa parvada de manter un morto en formol e sacalo en procesión unha vez o ano, para “manter vivas” unhas tradicións que morreron xa vai anos. Non, non era iso. De feito, rexeito o mesmo concepto de tradición, como feito cuia razón para repetilo é que foi repetido durante xeracións, entrando nun argumento circular. Para min, o feito de que sempre se fixeran as cousas dun mesmo xeito xa é razón dabondo e, a falta doutras que asenten a súa validez no tempo, para procurar facer as cousas doutro xeito. A tradición apesta, fede a falta de imaxinación e autonomía do pensamento.

Pero non era o caso. Nós non celebrabamos nada, senón que dun xeito natural aproveitabamos que tiñamos a disposición castañas (abondaba con dar un paseo e xa voltabas con varios kilos, moitos castiñeiros arderon daquela) e viño novo, xa que aquí todo o mundo ten un souto e un bacelo. Tampouco facíamolo nun día sinalado, senón cando cadraba, cando nos petaba.

Tampouco gardabamos o ritual, pois ás castañas, viño novo e augardente, engadíamoslle uns chourizos e algunha pataca para facer nas brasas, unha sembra de pan, unha ficha de costo… Se chovía, buscabamos algún galpón abandoado e alí facíamos lume (eu adoitaba ser, por certo, o encargado de que aquilo prendera). E, se todo saía ben, cos bandullos contentos e as ánimas no estado de irmandade universal que propicia o viño, remataba a velada nalgún recuncho da casupa, acariñando unhas tetas por debaixo do xersei.

O que agora que está morto chamámoslle tradición tiña un sentido, unha lóxica, unha razón de ser. Non pretendiamos facer ningunha recreación etnolóxica do patrimonio inmaterial galego…só pasalo ben. Aquilo estaba vivo. Vai pouco vin como facían uns bullotes no medio da rúa en Pontemierda. Pero iso non era facer o magosto, aquilo era facer o parvo. Todo ben disposto, os cidadanciños co seu cornete de castañas e o seu vasiño de plástico, de pé na beirarúa, á luz das farolas. Seica máis cómodo que facela un souto, máis perde a máxia, o sentido. Se fixeramos a broma de lixar as maos á mantenta coa cinsa e pasala pola faciana dalgún paisano, remataríamos detidos e cunha denuncia por agresión e reclamando indemnización por barnarlle o abrigo.

Agora os rapaces xa non fan o magosto. Agora os imbéciles de mestres ensináronlles a celebrar o halloween (non hai nada máis pailán cun mestre, agás un traballador social). E alí van, na data sinalada, a repetir de novo o mesmo chiste que o ano pasado, e o anterior, e…esperar que siga tendo graza. Supoño que é o bo de ser subnormal, ter os miolos dunha sardiña, que unha cousa repetida até a nausea pode seguir parecéndolles divertida. Eu nunca souben atoparlle a chispa a Chiquito de la Calzada, cando todo o mundo escachaba a rir cando alguén o imitaba. Entón parecíame que me faltaba algo que os demáis tiñan. Agora decátome que era o revés.

Só unha cousa boa ten o halloween: xa que é unha tradición que nasceu morta, non cabe laiarse da sua morte. No mundo xurdido da revolución dos polímeros, mesmo os sentimentos, as emocións e os referentes culturáis son artificiáis, como flores de plástico. Persoas de poliuretano con sentimentos de poliestireno reticulado e ánimas de baquelita. O samaín céltigo non sobrevivíu á travesía oceánica, e ó cadáver engadíronlle nos USA ese toque groseiro, paleto, bobalicón, inane, inconfundible de gringolandia. Precisamente os USA, que a súa vantaxe comparativa ó nacer como Estado independente era non ter tradicións, partir dunha folla en branco. E ese refrito é o que a ditadura do bo rollito vai copiar. Maaaaaanda carallo, non haberá costumes interesantísimas no mundo adiante (poderíamos ter unha cada ano, e non repetir en séculos) para irmos fixar nesa parvada. O cinema fai miragres, frau Riefenstahl sí que foi unha verdadeira profetisa.

Nin de neno gustei en poñer disfrace, de feito odiaba esas parvadas que xa comezaban a introducirse na escola e prefería mil veces unha xornada cotiá coas súas clases de mates e lingua, e logo a porfiar tras dun balón no recreo. Supoño que é por iso que no armario do señor enxeñeiro non hai nin unha garabata, nin un só traxe. Son tan rico que podo permitirme o luxo de non levar reloxo, de saír de casa sen o puto móbil ó que non lle fago nin puto caso porque non preciso nada de ninguén, e quen queira algo de min, xa volverá a chamar se lle peta. Teño o privilexio de vestir como me peta a diario (pouco máis que cubrir a miña desnudez co primeiro que atopo no caixón) e mandar a tomar polo cu a quen me rompe os collóns. Nin Deus nin amo.

Sempre rexeitei as celebracións relixiosas, a parafernalia baleira e os disfraces ridículos que se repite cada ano como epidemia de gripe. ¿Como non ía entón desprezar as celebracións da nova relixión da Gran Parvada, a ditadura do calendario que obriga a ser feliz uns días sinalados e, o resto do ano, a levar unha existencia de insecto? Estéticamente é preferíbel unha sancristía que un bar de moda con música para que salten os monos e cabazas recortadas en cartón laranxa nas paredes. A lo menos a iconografía relixiosa é moito máis elaborada, leva séculos de vantaxe á parafernalia postindustrial e postmoderna e, nalgún momento entre oficios, podes atopar silencio nunha igrexa ou mesquita. Non hai espazo para o silenzo na subcultura do consumo na que vivimos, só unha cadea infinda de estímulos sensoriáis.

As veces, cando entro nalgunha igrexa románica, disfruto dos seus volumes, do xogo de luces e sombras, das toneladas de silencio que me embargan; coido que unha sociedade atea debería promover a construcción de espazos como estes, de reflexión e contemplación. Temos bibliotecas, pero non é o mesmo concepto. Poderían ser salas anexas, unha para pacer e outra para rumiar. Polo de agora, o templo que eu emprego para o meu recollimento é a montaña, a profundidade dun bosque, o estruendoso silencio dun areal ó fondo dos cantís (algún queda sen ser profanado).

Penso que estoume a poñer serio de máis. E non era isa a miña intención, nin quero dar a impresión de ser un anacoreta nin nada semellante. Son festeiro e bulideiro como o que máis, gústanme as motos, o wisky e as mozas, non necesariamente nese orde. Mais ainda me conmove unha humilde flor á beira do camiño, mesmo murcha, e aínda son quen de diferencialas e preferilas sobre os conxuntos floráis plasticosos, falsedade perfeitamente patética, de consulta de dentista ou abogado. Gústame a troula mais non as parvadas.

Por certo, cóntovos o que se me veu agora á caluga. A conta do que vos contaba dos etílicos magostos da miña adolescencia, dinme de conta que nunha noite reuníanse os tres tabús que son resumo das supersticións da variante árabe da relixión xudea: comer porco, beber viño e desfrutar libremente do sexo. Como os ateos non cremos en paraísos celestiais, xa podían deixarnos festexar o que podamos na terra. Que por certo, sempre me chamou a atención canto pode ser de parvo un Deus como Allah/Yahveh que, cando dicta un libro para servir de guía ós homes, en vez de prevenir de calquera acción ruíns sobre as mulleres como a violación, o repugnante crime que é a tortura ou a explotación humana máis crúa que é a escravitude, cantas desgracias tivera aforrado a Humanidade se os Deuses tiveran lembrado proscribir eses e outros males…non, esquécense diso e, no seu lugar, dictan regras supersticiosas sen contido ético (a ética baséase na relación do invididuo cos demáis; comer, beber e folgar son accións éticamente neutras, non provocan ben nin dano no próximo). De feito, o sexo consentido en todo caso será un ben, xa que procuras pracer ó teu amante.

O certo é que entendo ós fundamentalistas musulmanes. Se non podes disfrutar da comida, da bebida e do candor da pel e as súas humidades, se toda a túa vida é unha continua represión dos devezos do corpo e do espírito, indo pola vida como os nenos avanzan pola mariola, tremendo pisar as caselas ou lousas halal, a idea de rematar todo isto e buscar a saída ó carcere dunha vida segundo os preceptos do Corán cinguindo un cinturón de explosivos empeza a semellar apetecible. E pareceríame un espléndido espectáculo de fogos de artificio senón fora porque queren facer o camiño á nada acompañados das súas vítimas. Como un cura amargado, a relixión fixo unha merda da súa vida e ten que vir a foder a dos demáis, levando por diante a da xente que sí que lle ten aprezo e non quere estragala con fanatismo e contos de vellas. Na miña vila, iso chámaselle envexa.

Corvos de tódalas relixións, se non queredes participar da festa, a lo menos non veñades a amolar. Quen queira que celebre o halloween segundo os ditados da Santa Madre Catódica, quen queira que celebre o samaín, o día dos Putos Defuntos, o magosto ou simplemente que festexe a vida segundo lle pete, de forma salvaxe ou domesticada. E os cretinos do nihilismo teísta, lexionarios ou yihadistas, que fagan bo o seu proclamado amor á morte e marchen a bailar coa osuda pola súa conta e nos deixen os demáis continuar coa festa en paz.

Ваше здоровье!

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Dame unha cunca de viño, para mollar a garganta… (de quen era esa canción?)

viño

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