La mirada del mendigo

26 marzo 2017

El pinar de Lillo

Filed under: ecología — Mendigo @ 11:46

Como ya he comentado otras veces, cuando estamos de pateada, suelo sacar fotos de los paneles informativos que me parecen interesantes, para luego poder leerlos en casa con detenimiento, y así no perder más tiempo.

Hace unos días, estuvimos en la zona de Puebla de Lillo (gracias Amor, por la idea) y me encontré este cartel a la altura del Puerto de las Señales.

Y como creo que aporta una información valiosa, quería compartirlo con vosotros. Para mayor facilidad de lectura, copio el texto principal:

ISLAS DE HOJA PERENNE EN UN MUNDO CADUCIFOLIO
Fisiológicamente adaptados para soportar climas continentales, fríos y húmedos, los pinares eurosiberianos de pino silvestre (N.d.M: Pinus sylvestris, muy sencillo de conocer porque en su parte superior tiene unas escamas ocres características) y pino negro (N.d.M: supongo que se refiere a P. pinaster, y no al P. nigra, por cosas así es que tan útil el usar el nombre científico, aunque parezca cursi y afectado) son el tipo de bosque predominante en los sistemas montañosos de la mitad norte de la Península Ibérica (Pirineos, Sistema Ibérico y Sistema Central). Sin embargo, en la Cordillera Cantábrica su presencia resulta testimonial al amparo de unas condiciones ambientales atemperadas por la influencia oceánica, que otorgan todo el protagonismo a los bosques caducifolios de robles y hayas. Únicamente el pino silvestre o pino albar (Pinus sylvestris) aparece de forma natural en la Cordillera Cantábrica, reconociéndose la existencia de sendas masas autóctonas en Velilla del Río Carrión (Palencia) y, dentro del Parque Regional de Picos de Europa, en Castilla y León, en Puebla de Lillo (León [no es Castilla]).

A pesar de su escasez y la limitada superficie que ocupan, la importancia ecológica de estos pinares cantábricos es enorme, al representar masas forestales relictas, propias de los ambientes más fríos que reinaron en la zona durante y después de los episodios glaciales del Cuaternario. De hecho, se cree que en aquella época los pinares eurosiberianos ocupaban una superficie mucho más extensa en la dorsal cantábrica, al mismo tiempo que alcanzaban cotas considerablemente más bajas.

EL PINAR DE LILLO: ¿AUTÓCTONO O PLANTADO POR EL HOMBRE?
Varias características favotables, como la calidad de su madera, sus troncos rectos y largos, su rapidez de crecimiento o su tolerancia a todo tipo de suelos, han hecho que el pino silvestre haya sido una de las especies más utilizadas en las repoblaciones forestales desde el siglo XVIII. En base a ello, en la actualidad la especie se ha extendido notablemente por nuestra geografía formando masas artificiales en zonas alejadas de su área de distribución natural. Este hecho justificó durante años la discusión acerca del origen natural o humanos del Pinar de Lillo. Sin embargo, los estudios llevados a cabo en las últimas décadas, mediante análisis palinológicos y de restos subfósiles consevados en las turberas del pinar, confirman su carácter autóctono y su existencia desde hace 4.800 años.

LA ZONA DE RESERVA DEL PINAR DE LILLO
Por tanto, el Pinar de Lillo es un bosque autóctono de pino albar, que ocupa una superficie aproximada de 483,5 ha entre los 1.400-1.800 m de altitud en la umbría de Pico del Lago, dentro del término municipal de Puebla de Lillo. Se asienta sobre un sustrato ácido, predominantemente cuarcítico, en el que también afloran calizas y pizarras carboníferas. Acompañando al pino albar crecen hayas, serbales y abedules en el estrato arbóreo; y brezo blanco, Genista florida (piornos ou pudias, en galego) y arándano en el estrato arbustivo (lo que los palurdos llaman “o monte está sucio”).

Es importante destacar la existencia de varias turberas en su seno, la mayor de ellas de unos 300 m², que constituyen hábitats de alto valor ecológico, en las que se registra ademán la presencia del musgo Spahgnum magellanicum, amenazado y protegido a nivel europeo.

Dado su enorme interés ecológico, el Pinar de Lillo es un área de protección estricta catalogado como Zona de Reserva en el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales del Parque Regional de los Picos de Europa en Castilla y León [N.d.M: un paso más allá del pinar, hay torretas para que los cazadores puedan disparar a todo lo que se mueva, aquí la caza constituye el principal motor económico]. En base a esta catalogación el acceso al pinar está restringido, excepto para el desarrollo de los usos agropecuarios tradicionales autorizados a los vecinos de la entidad local propietaria [N.d.M: Como les prohíbas subir las vacas, te queman el pinar, pero si les permites subirlas, provocan la alteración del ecosistema. Es la paletocracia de la que hablaba el otro día].

El Pinar de Lillo posee una fauna diversa y muy interesante, entre la que cabe destacar aves tan escasas en el Parque Regional como el urogallo cantábrico y el verderón serrano. Además, se registran ocasionales visitas de oso pardo y mantiene una importante población de venado, muy notoria durante la berrea. No obstante son los pájaros carpinteros sus habitantes más representativos, siendo el pico picapinos la especie más abundante y fácil de observar.

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Aps, por cierto. Que no se me olvide: ¡CAZADORES SUBNORMALES!

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Joder, Charb; la hostia con la puta religión de paz y amor.

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Francia es la puta superpotencia mundial de la viñeta. De todas formas, si tenéis otras en cualquier otro idioma, no tenéis más que añadirlas en los comentarios.

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21 marzo 2017

Paletocracia: la dictadura de los palurdos

Filed under: ecología — Mendigo @ 13:31

El otro día vivimos y sufrimos un ejemplo de cómo las mentes más atrasadas y cerriles siguen determinando el devenir de los pueblos en la Galicia profunda.

Lamentablemente, en Galicia ya nos hemos acostumbrado a la normalidad de los incendios cada verano. Normalmente, la celebración del Santiaguiño marca el pistoletazo de salida a una oleada de fuegos, que encuentra su punto álgido en el fin de semana festivo de mediados de Agosto, y dura hasta que acaba Septiembre. Esto es el pan de cada día desde hace más de treinta años, así que para los que tienen menos de esa edad lo ven tan corriente como que en invierno llueva y haga frío (o como que el monte esté ocupada por una especie procedente de Oceanía).

Pero en Ourense, el epicentro de la actividad incendiaria (con el Norte de Portugal, el culo del mundo), ya estamos evolucionando a otro nuevo estadio de normalidad: el de incendios en cualquier época del año. Estos días hemos tenido una racha de días secos y ventosos, que los paletos han aprovechado para ir adelantando trabajo e ir quemando lo que tenían pensado hacer en verano. Si subías a un punto elevado de la provincia, podías avistar un día una columna de humo aquí, otra allá, seguro que una en dirección Sur (lo de Portugal es ya la devastación más absoluta, pero tampoco parece importarles gran cosa)… así, durante la pasada semana.

Ahora que ya os he puesto en situación, para los que no sois de aquí (mis felicitaciones, a propósito), os comento la anécdota. El Sábado íbamos rodando por una carretera de la montaña ourensana cuando vemos dos columnas de humo: un incendio que está comenzando. Eran las 13:27 cuando hicimos la primera llamada al 112, por cierto la tipiña una incompetente de tomo y lomo, pues le tuvimos que repetir varias veces las indicaciones de la localización del incendio (provincia: Ourense, concello: Viana do Bolo, aldea: Fornelos de Cova, no hay más que tomar nota y pasar el aviso). Nuestro interés es que vinieran cuanto antes porque, cogido a tiempo, un foco es muy sencillo controlar. Pero cuando se desmanda…

Como no nos quedábamos tranquilos (y porque ya nos conocemos qué clase de elementos habitan esta tierra) nos desviamos para ver si podíamos echar una mano para controlarlo cuanto antes. He de decir que, si bien la zona meridional de la provincia, fronteriza con Portugal, está ya toda arrasada por los sucesivos fuegos y, realmente, tampoco queda ya nada valioso por arder, la zona de montaña donde se desencadenó el incendio tiene un denso arbolado, especialmente de Quercus robur y Q. pyrenaica, con soutos de castaños cerca del pueblo y alguna mancha, afortunadamente pocas, de pino invasor. Es decir, es una zona bastante bien preservada con un relativamente alto valor ecológico (hay zonas mucho más pobres que tienen el reconocimiento de Parque Natural, como el de O Xurés o el Monte Aloia), por eso nuestro especial interés en no añadir un parche negro más a una superficie de bosque autóctono que cada año va menguando ante la pasividad, cuando no aquiescencia, de las administraciones (el concello, la Xunta y el Estado central que ya nos debe dejar, con razón, por irrecuperables).

Aparcamos y cruzamos por la aldea (una aldeúcha infecta, epítome del feísmo galaico). El foco estaba a 200m en línea recta de las primeras casas, la columna de humo, el olor e incluso el crepitar de la madera hacía imposible que pasase desapercibido para nadie; sin embargo, las dos únicas personas que vimos seguían a lo suyo, insultándose sobre cómo había que cavar la huerta en la que estaban. Cuando llegamos al lugar del incendio, lo que nos temíamos: allí no había absolutamente nadie. Había dos columnas de humo: una, la pequeña, eran dos hombres quemando los restos de hojas y erizos de un souto de castaños, según dijeron con permiso y bueno, al menos de forma controlada. Que toda vez controlado su trabajo se fueron a su casa sin pasarse siquiera a interesarse por el incendio que iba creciendo a tan solo 100m de donde estaban. Hablaron de que no sé quién, por ahí, tenía pensado también quemar la hojarasca: un buen candidato a autor del incendio, un energúmeno que ni se molestó en pedir permiso, ni en molestarse en controlarlo, simplemente fue con el mechero y se desentendió del asunto.

Pero bien podría ser por otro buen puñado de causas: dejar el monte raso para poder meter las ovejas, para disparar más fácilmente a jabalíes o corzas que no cuentan con el cobijo de la espesura, o simple odio a la Naturaleza (a la que califican como “suciedad”, cuando la suciedad está en sus mentes), a la que esta clase de escoria social considera una amenaza contra el orden humano, el modelo de paisaje que estas bestias embrutecidas tienen en sus obtusas mentes: todo el monte ocupado por pastos y cultivos, tal y como lo conocieron sus padres. He de decir que, al menos sus padres, tenían la excusa de la necesidad para este comportamiento ecocida, la agricultura de subsistencia que practicaban, sin apenas evolucionar desde la Edad Media, daba unos rendimientos bajísimos que había que compensar ocupando todo el territorio. Venido el éxodo rural, quien tenía dos dedos de frente o al menos un poco de espíritu escapó de ese pozo de miseria hacia la ciudad, quedando la mayor parte de las fincas abandonadas por falta de brazos, que empezaron a ser reconquistadas por las especies autóctonas, que hacían avanzar la frontera natural hasta la puerta misma de las aldeas. También dejaron atrás a las cuatro bestias que no se atrevieron a emigrar, sometidos a una selección natural inversa: procreaban entre palurdos, para criar a hijos aún más palurdos en el mismo ambiente de incultura atroz que los había mantenido durante siglos en la miseria.

En cualquiera de los casos, es evidente que al garrulo que se le metió en el entrecejo que era buena idea que ese pedazo de bosque ardiese, era de esa aldea. En la aldea vecina no serán menos palurdos, pero ni les va ni les viene lo que pase como para ir a quemar. El criminal ecológico que provoca el incendio, lo hace dentro de una absoluta impunidad que supone la comprensión e incluso colaboración del resto del pueblo, que comparte su bestialidad y miseria moral, una mentalidad extractiva y predadora que no ha evolucionado desde tiempos prehistóricos. Años de endogamia han desarrollado en esta horda de subhumanos una cubierta que los impermeabiliza de la cultura, del razonamiento complejo, espíritu artístico o impulso altruista, el mundo de las ideas les es tan ajeno como la superficie de Marte. Su expectativas vitales se reduce a las de un cerdo, sin más estímulo intelectual que el absolutamente imprescindible para la supervivencia: satisfechos con ganar unos euros, a ser posible con el menor esfuerzo posible, que les permitan satisfacer sus aspiraciones vitales: llenar el estómago de comida y vino, y alcanzar para comprarse un coche de segunda mano, indicador social por excelencia en la jaula de simios, con el que bajar a la villa. Son fácilmente reconocibles: no saben escuchar, sin embargo creen, como el cuervo, que lo que tienen que decir es de la mayor importancia y por eso lo pregonan a voz en grito aunque su interlocutor esté a un paso. El garrulo ibérico que, en la subespecie galaica desarrolla manías incendiarias. El que, satisfechas sus necesidades primarias, eructa aquello de “e de que me serven os carballos?“, incapaz de apreciar en su bestialidad la belleza de un ecosistema preservado o los beneficios a largo plazo que comporta.

Trazado el boceto de la clase de homínidos que son la chispa y la yesca necesaria para provocar un incendio (el que lo provoca, y su medio social que lo ampara), sigo con mi pobre anécdota como bombero improvisado. Como allí no llegaba nadie, volvemos a llamar al 112: nos responde la misma operadora, que ya había dado aviso. Una vez que se nos hace evidente que no podemos esperar colaboración de las acémilas de la aldea, y por pura impotencia, nos ponemos a hacer lo único que podemos: tratar de contener el avance de las llamas en las zonas más fáciles, con retamas que íbamos cortando. Debíamos dar una imagen lastimosa y ridícula, con pantalones cortos y zapatillas, sin herramienta alguna para hacer algo medianamente efectivo. Honestamente, la sensación era de total impotencia. Y ganas de regar toda la puta aldea con napalm, sabiendo que los muy palurdos cuentan con tractores, cubas de miles de litros, mangueras y todo tipo de herramientas, y allí estábamos los dos solos, procurando evitar el avance de un fuego en un pueblo en el que nada se nos había perdido. Me corroía la absoluta certeza de que, con la ayuda de la gente, no sólo ese incendio nunca hubiera tenido lugar (porque hubieran denunciado al culpable, que todos saben perfectamente quién es), sino que hubiese sido apagado en cinco minutos cuando empezaron las llamas.

Me comentaba hace unos días una señora mayor en el valle del Ambroz (Cáceres), cuando le preguntaba por los incendios (porque le comentaba que el paisaje en Ourense era muy parecido, si no fuera por los incendios que lo tienen todo arrasado), que cuando había un incendio (ella misma reconocía que provocado por los ganaderos), salían todos los mozos del pueblo a apagarlo. Esa misma historia la he escuchado yo en otras partes de Castilla: ante un aviso de incendio, se reúnen los hombres hábiles y marchan a atajarlo, sin esperar la intervención de las cuadrillas de bomberos forestales: es su monte. No es que el aldeano de la meseta sea menos palurdo, simplemente tiene interés en que su monte no arda (grandes pinares de los sistemas Central e Ibérico, fuente de riqueza para los Concejos), mientras que el aldeano gallego (y asturleonés, y portugués) cifra su interés en precisamente lo contrario: en que arda. Y aquí tenemos la clave para evitar los incendios: ligar el interés de los paisanos a la preservación del bosque, y no a su destrucción. ¿Cómo? Yo ya he propuesto en otras ocasiones alternativas. Por ejemplo: la de pasar la factura de la extinción, ante la ausencia de autor conocido, al concello involucrado. Porque no toda Galicia, ni menos aún el resto de España, debe empobrecerse por la recurrente barbarie incendiaria de unos concellos muy concretos.

La cuestión es que en la Galicia rural no hay hombres. Ni mujeres. Sólo quedan las bestias de tiro. El que por casualidad nace con algo sobre los hombros sale corriendo de allí en cuanto puede, para sólo volver el día de las fiestas, a emborracharse con su primo el del pueblo. Hasta que se casa, tiene hijos, y le da vergüenza mostrarle a su familia el hoyo del que tuvo que escapar para forjarse una vida.

Todo esto, al lector ajeno a lo que he venido a llamar paletocracia, en la que no rigen las leyes estatales sino prejuicios atávicos, una verdadera dictadura de los más palurdos que son los que imponen el modelo social que rige en las aldeas y perpetúan el subdesarrollo crónico en el que se hayan, le resultará extraño. Habrá leído otras crónicas de incendios mucho más complacientes con la fauna que habita la Galicia rural, de esforzados y nobles labregos que luchan a brazo partido porque el fuego no avance. Y sí, es cierto. Cuando a esta panda de descerebrados se les escapa el fuego, y éste amenaza algo que sí que les interesa (su casa, su garaje, su palleira…) entonces sí que mueven el culo. Pero cuando ocurre, es porque se ha descontrolado un fuego que llevaban horas ignorando porque, total, sólo quema “la maleza”. Hasta que las llamas no llegan a las aldeas, la consigna es otra, pero no la veréis reflejada en la prensa: “deixa que arda!“. Pero esos son los pequeños incendios, que el periodista sólo cubre desde su oficina en Santiago o Vigo recabando los datos que publican las administraciones para redactar una escueta nota a pie de página. Porque todo esto ocurre, también, por la indiferencia de la Galicia urbana respecto a todo lo que ocurre a sus espaldas, en un rural que les es tan ajeno como les puede resultar un país asiático.

Y sigo con la narración de nuestra patética gesta, o nunca daré acabado. Ya hemos llamado tres veces al 112, por aquí no se pasa nadie. Por la carretera que pasa por debajo de nosotros veo salir un niñato con su moto de campo, un todoterreno con otras dos acémilas, pero a nadie se le ocurre venir a ayudar para que no se queme el carballal de su pueblo. A las 14:25 recibo una llamada del servicio de incendios de la Xunta, preguntándome si hay algún incendio. ¿!??!¿?!?¿?!¿!?!? ¡El aviso ha tardado una hora en llegar al centro de coordinación! Con las llamas a un metro y el humo en los ojos, constatando que vivo en un país tercermundista y estructuralmente ineficiente y corrupto, contesto con no la mejor de las composturas. Me dice que ya pasa la orden y que pronto llegará la caballería. Pronto son otros 35 minutos más, mi compañera y yo procurando al menos limitar el avance del fuego en un pequeño frente, mientras vemos cómo el fuego avanza en el resto de direcciones y llega hasta un grupo de pinos que plantó alguno de los holgazanes que, mientras tanto, están haciendo la sobremesa ahí abajo, creando una enorme bola de fuego cerca de las torretas de alta tensión.

Cuando llegan, son sólo cinco tipiños y un capataz en otro todoterreno (que no mueve ni un dedo, no se vaya a partir una uña). Ni siquiera traen una motobomba, sólo los apagadores (en una zona de arbolado). Eso sí, ellos se dirigen a la zona más peligrosa, donde yo ni pensaría en meterme con camiseta y pantalón corto: van a tratar de atajarlo en el cortafuegos que se forma bajo los cables de alta tensión. Nosotros nos quedamos un rato más asegurándonos de que, al menos, la parte de abajo no avanzaba (y acabó avanzando, al rodear por una zona de matorral alto). Y ya, cansados, impotentes y derrotados, decidimos marcharnos. Al pasar por el pueblo, interrogábamos a la gente que nos encontramos que por qué no habían estado ayudando a apagar un incendio en su propio pueblo. La primera respuesta era indefectiblemente tomarse la idea como una broma. Les parecía divertida la idea, pensaban que estábamos bromeando. ¡Ir ellos a apagar un incendio! ¡Qué ocurrencia! Todos reaccionaban con sonrisas y frases ocurrentes.

Lo siguiente, ante nuestra insistencia y enfado, eran excusas (uno saltó que estaba plantando las patatas, como si le estuviera inculpando la autoría del incendio, excusatio non petita) y gestos torvos. Confrontados ante la vergüenza de su comportamiento ruin y malintencionado, la evidencia de su inacción y la indiferencia que sentían hacia el entorno natural de su pueblo, reaccionaban con agresividad (un saco de carne con ojos, de mirada bovina y andar abúlico, rumió algo mientras se alejaba de “darme una hostia”, respuesta automática del paleto cuando se enfrenta a una situación de tensión emocional, al forzarle a enfrentarse a su propia miseria moral).

El incendio siguió durante el resto de la tarde, hasta que ya con el sol en Manzaneda (esa estación de esquí sin nieve propiedad de la Diputación, que cubre pérdidas año tras año desde su creación para hacer más asequible el ocio de los niños pijos que hasta allí se acercan, para eso sí que está papá-Estado) dejamos de ver el humo que venía del incendio. No fue especialmente grave, sólo un pequeño incendio más de lo que es la nueva normalidad en esa Galicia profunda que vive de pensiones y subvenciones, incapaz de crear riqueza neta, mientras sigue dando mayorías absolutísimas al Partido Popular de la dinastía Baltárida y sus caciques locales, que gastan la mitad del presupuesto en festejos para mantener contento al ganado, sin ni siquiera procurar buscar una vía de desarrollo para sus pueblos. Uno más, al que acudimos para echar una mano con magros resultados, y que ahora quiero compartir con vosotros para que, de alguna forma, al menos, las lágrimas de la lobita cuando se tenía que retirar y dejar arder un carballo frente a ella, puedan ser de algún provecho.

Como epítome de toda esta triste jornada; por todo lo dicho, repito, reitero y me reafirmo: la causa última de la enloquecida actividad incendiaria en el Noroeste peninsular es la miseria, el atraso y la incultura en la que está sumida la población de la Galicia rural. Malos hijos de una madre que, siendo bella y generosa, con semejante saña la maltratan.

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4 marzo 2017

Eólica versus fotovoltaica: ocupación del entorno

Filed under: ecología,energía — Mendigo @ 9:25

En esta sucesión de artículos sobre la fotovoltaica, en la que pretendo desmitificar ese unicornio de todo ecoloprogre, he mencionado varias veces la oportunidad perdida al derivar recursos hacia la fotovoltaica, que podrían haber sido destinados a la eólica, mucho más barata y capaz.

Ya hemos comparado ambas tecnologías en el plano económico, y en cuanto a emisiones de CO2e imputables:
Eólica = 11 g/kWh
Fotovoltaica = 48 g/kWh

En la entrada pasada traté del mayor problema ecológico de la fotovoltaica: su masiva necesidad de terreno, con una destrucción absoluta del medio sobre el que se asienta (no hay prácticamente vida macroscópica en un parque solar). Como sé que una imagen vale más que mil palabras, voy a mostraros la diferencia en la intrusión en el territorio de dos instalaciones similares. Comparar la solar con la nuclear es difícil, pero la comparación de la solar con la eólica es directa: ambas son energías renovables, cuyas emisiones imputables son debidas principalmente a su proceso de fabricación e instalación, y cuya principal agresión al medio proviene del espacio que ocupan en él.

En un caso, voy a coger la mayor instalación fotovoltaica del mundo, la de Olmedilla de Alarcón, en Cuenca. 270.000 paneles sin seguimiento que dan una potencia de 85MWp y una producción anual estimada de 87.5 GWh. Coste de la instalación, 384 M€.

En el bando eólico, escojo otro parque andaluz, ni muy grande ni muy chico, el de Cortijo de Guerra I, en Cádiz (anexo está el II, pero entre ambos ya se pasan demasiado de potencia para compararlo con la fotovoltaica). Son 14 Vestas V90 de 3MW cada una, que dan una producción anual conjunta de unos 85 GWh. El coste no lo he encontrado, pero estimo que debió rondar por aquel entonces los 50 M€.

Es decir, estamos ante dos instalaciones de producción eléctrica perfectamente equivalentes, con una producción eléctrica similar. ¿Cuán gravosa es su inserción en el territorio, el mayor coste medioambiental de ambas tecnologías, en ambos casos?

Veamos. Éste es el de Olmedilla:

Aquí una foto de detalle.

Para evitar que crezca vegetación que podría propagar un incendio debe recibir un tratamiento anual de herbicida (seguramente glifosato).

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Y éste, el de parque eólico de Cortijo de Guerra:

Mientras que la éolica más allá de las propias torres y las vías de servicio, deja amplio espacio en este caso para el desarrollo de la agricultura (o pastos para la ganadería, o un espacio natural no demasiado alterado), la planta fotovoltaica convierte en un páramo yermo el terreno sobre el que se localiza. Os sugiero que busquéis fotos de instalaciones de uno y otro tipo, y constatéis la diferencia.

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Pero estas fotos, elocuentes sobre el impacto en el medio, no revelan la escala. Vamos pues a fotos cenitales, primero en detalle:

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En ambos casos sólo se muestra una parte del parque solar, en el primer caso, y 6 máquinas en el segundo.

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Vamos a alejar un poco más la vista.

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La mayor ocupación del suelo no es tanto el emplazamiento de la torre sino los viales de acceso.

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Aún nos falta un poco de parque en ambos casos, vamos a alejarnos un poco más…

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Ahí están las 14 V90.

Como vemos, ambas instalaciones se extienden sobre una superficie equivalente, para producir aproximadamente la misma energía. La diferencia es que mientras que con la eólica puede existir vida entre máquina y máquina, la fotovoltaica no, acupando y destruyendo toda la superficie sobre la que se asienta. Y aunque, como demostré, la energía eólica y los bosques son incompatibles , esto es sólo aplicable a España, debido a la situación de barbarie y bestialidad en la que nos revolcamos. En el mundo civilizado pueden coexistir aerogeneradores con frondosos bosques, basta con hacer un poco más alta la torre, pero claro, es más barato un paquete de cerillas:

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Ahora sí, ya vemos las instalaciones completas de ambas plantas. Como hemos dicho, son equivalentes, ambas son formas de producir energía aprovechando la energía solar (en el fondo, la energía eólica no deja de ser energía solar, el calentamiento diferencial en distintos puntos genera un gradiente de presiones que origina el viento). Ambas instalaciones proporcionan a la red una cantidad similar de energía al año. Sin embargo, es evidente que una de ellas implica una agresión al entorno muy superior a la otra (y a pesar de que la eólica supone una afectación del medio severa, pero es que la fotovoltaica comporta una destrucción total).

Pues además, de las dos, la forma menos intrusiva en el medio tiene menores emisiones de CO2e imputables (11 vs 48 g/kWh) y nos sale más barata (subvencionamos su kWh renovable con 2,5¢, mientras que el kWh del parque solar de Olmedilla lo tuvimos que subvencionar con 30,6¢).

Impacta mucho más sobre el entorno, contribuye en mayor medida al cambio climático, y aún por encima nos sale 15 veces más cara que la eólica. ¿Se puede saber por qué invertimos en energía solar? Pura moda giliprogre (y un progre tiene de izquierdas lo que un murciélago de ave). Y el seguir modas en vez de un razonamiento riguroso, nos ha generado un descomunal coste de oportunidad, además de un gigantesco déficit de tarifa.

Pero bueno, al margen de lo que podría haber sido, me parece que he demostrado suficientemente el impacto ecológico de la producción fotovoltaica. Al menos eso queda meridianamente claro, ¿no? Es que no quiero volver a oír jamás en este espacio lo de que la energía solar es “limpia”, “verde” o “ecológica”. Queda comprobado que su producción tiene un impacto notable en el entorno, quizá la mayor de todas las tecnologías (y la hidroeléctrica en segundo lugar), desde luego muy superior a la eólica. ¿Esto queda claro, o hay alguien que me lo discuta? ¿Es evidente, no? Bien, algo hemos avanzado, entonces.

Foto: Aerogenerador de la india Suzlon (uno de los mayores fabricantes mundiales), siendo instalado en los verdes campos de la ventosa Eire.

Aquí, unas cuantas fotos más de eólica compatible incluso con especies de gran porte, junto con ejemplos de fotovoltaica por el mundo (en países donde la hierba está siempre verde, sí que se la permite crecer hasta medio palmo, no más, pero en esos países la superficie ocupada deberá ser mucho mayor por la menor insolación).

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Sí, sería mejor que no estuvieran ahí, pero en cualquier caso mejor estas máquinas que no ocupar toda la superficie con un campo de paneles solares.

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27 febrero 2017

Acción Directa II

Filed under: ecología — Mendigo @ 1:58

En la primera parte, proponía la destrucción de cualquier especie alóctona que fuese potencialmente peligrosa por el riesgo de naturalización (acacias, eucaliptos, pinos, plumeros…).

Bueno, pues hoy quiero proponer el mismo concepto, no esperar a que la legislación cambie, a que llegue un gobierno ecológicamente consciente, sino tomar cartas en el asunto por nosotros mismos. No sólo erradicando las especies invasoras, sino también reintroduciendo especies autóctonas en aquellos lugares que han sido degradados por el fuego, la repoblaciones forestales (antes hay que exterminar la competencia) o la ganadería extensiva.

Después de haber tocado algunos palos entre concellos y asociaciones ecologistas, y sólo haber recibido mucho movimiento de mandíbulas y nada efectivo, he tomado la determinación de actuar por mi cuenta, sin esperar a que ningún organismo o estamento organice o promueva nada. He estado recogiendo semillas de varias especies autóctonas (robles, haya, serbal, abedul y tejo) y almacenándolas en fresco en la nevera (una bolsa cerrada, papel de cocina mojado para mantener la humedad, especialmente importante con las bellotas) y hoy he echado el saquito a la mochila, un polar por si acaso que al final no hizo falta porque hizo un día soberbio (e impropio de la época). Un trozo de pan, queso, jamón, una naranja y una botella de agua, y con eso no envidio lo que puedan servir en el Palace. Y con ese equipaje, salí de madrugada hacia el Macizo Central ourensán, una enorme cubeta despoblada, de personas (debido a la incomunicación y la dureza del clima) y de vegetación arbórea (generaciones de pastores quemando las lomas para obtener pastos).

Y es como me he pasado este Domingo Gordo de Entroido, en la más absoluta soledad (no había ningún alma en decenas de kilómetros a la redonda) sembrando la carga de semillas con ayuda del mismo bastón que uso para caminar (gracias las uces y las carqueixas, lo que los paletos de pueblo y ciudad llaman “monte sucio”, se ha creado tras el último incendio una tierra exquisita para plantar cualquier cosa). Trabajando como un burro de sol a sol (metiéndome monte a través, subiendo y bajando vaguadas) estoy derrengado, pero os puedo asegurar que hace mucho tiempo que no sentía semejante satisfacción, y ahora en mi imaginación sobrevuela la idea de, en unos años, ver ya talluditos siquiera la décima parte de árboles que hoy he sembrado, y que sirvan de núcleo seminal para la propagación de su especie, aunque eso será cuando yo ya no esté aquí para verlo.

Eso, por supuesto, si da la casualidad de que se libren (y eso sí que será milagroso) de que algún palurdo le dé por “limpiar” ese trozo de monte a base de mechero. De hecho, es la sombra que ha nublado el día, el avanzar rompiendo con las botas los restos de las retamas quemadas del pasado incendio, sobre los cuales ha renacido el matorral actual que me permite un mínimo cobijo para esperar que aguanten el primer año las plantitas que he sembrado (una exposición solar directa las abrasaría, especialmente a las hayas). Porque, de nuevo lo repito, el matorral (o maleza, pero de mala no tiene nada) es la forma que tiene la Naturaleza de regenerarse después de la agresión a la que la sometemos (incendios, agricultura, ganadería…), preparar la tierra para las especies de gran porte. No sólo generarla, sino retenerla para que no se la lleve la escorrentía, que es la peor de las consecuencias en los incendios de montaña, donde la potencia de los suelos es muy leve y los gradientes disparan la velocidad del agua y, por lo tanto, su capacidad de arrastre.

Aunque seguramente mi trabajo haya sido baldío, porque tarde o temprano a alguien se le ocurrirá que hace tiempo que tal monte no sufre una de sus “limpiezas”, como he procurado repartir las semillas en muchos sitios (menudo palizón me he pegado, he llegado al coche destrozado, avanzar campo a través es agotador) espero que, al menos, parte de lo sembrado sí que se zafe de las “limpiezas” del ganadero de turno (es la causa principal de incendios en la alta montaña, junto con los putos cazadores).

Yo os comento lo que estoy haciendo (ya llevo unos años, pero éste me lo he tomado en plan más sistemático), por si os apetece y tenéis ganas de echarle una mano a la Naturaleza para acelerar su recuperación. Además de que, en principio, en cuanto ahí haya una vegetación autóctona (realmente ya la hay, o toxo, a xesta, o breixo, a carqueixa, as silvas… son especies autóctonas, pero la Xunta sólo le da importancia a las arbóreas), en principio está prohibido introducir ahí alóctonas. Otra cosa es que lo cumplan y, además, es tan sencillo como quemar lo que haya, para sobre ello plantar lo que les salga del rabillo de la boina.

Consejos, realmente yo no soy quién, y os doy los de un lego en la materia que ha procurado informarse un poco: asegurarse que las especies empleadas son realmente propias de ese lugar (pueden ser autóctonas en Galicia, pero no en nuestra zona; por ejemplo en el Morrazo puedes poner alcornoques, pero no encinas, que sin embargo sí que son autóctonas de la raia seca); tener en cuenta la altura, la acidez del suelo o las diferencias entre solaina y umbría para elegir qué plantamos dónde; y, en lo posible, escoger semillas en el entorno próximo al área a repoblar, para procurar retener la genética adaptada a esas condiciones particulares. Ya he comentado, mantener las semillas en un ambiente húmedo (en 15 días las semillas de Quercus, las bellotas, pierden su capacidad germinativa en ambiente seco) y estudiar el proceso para romper el letargo de cada especie en concreto (estratificación en frío…).

Por último, habrá quien piense que, para repoblar, es mejor el transplante que la siembra. Esto es un error bienintencionado, en el que suelen caer muchos alcaldes cuando les da por dársela de comprometidos y se hacen propaganda con fondos públicos repoblando con especies autóctonas un cachito (para el qué dirán, aunque el 99% restante de su puto concello sean pinos y eucaliptos). Lo primero, hay especies que llevan muy mal el transplante, en especial los Quercus por su potente raíz central rematada en un dardo. Luego está que esas repoblaciones es habitual que se planten y se abandonen (la empresa, una vez cobrada la plantación, se desentiende) y, como no riegues los dos primeros años, la mortandad es prácticamente absoluta. Y a mayores, encima la elección de emplazamiento-especies parece diseñada por un deficiente mental (que no me extrañaría que tuviera el titulito de Ingeniero de Montes, que regalan si compras un pack de yogures), especies que requieren suelos frescos en la ladera de solaina… Total, que esas inversiones ecoloprogres de pandereta suelen terminar con un monte lleno de canutillos (eso sí, a todo lujo) con plantas muertas en su interior, el dinero en el bolsillo del constructor y un aguinaldo en el del mastuerzo del alcalde.

El modo más eficiente de diseminar la gran mayoría de especies forestales es mediante la siembra. Eficiente, es decir, que con los mismos recursos cubrimos un área mucho mayor (con el dinero de plantar diez árboles, sembramos cientos, lo único es que hay que esperar más allá de la próxima legislatura para ver cómo eso descolla). En Quercus, que es con lo que más estoy más familiarizado, si cogemos buena bellota (que no esté ya seca) la supervivencia es muy alta. Germinan prácticamente todas y, si el medio es apto (y si no lo es, no se debería introducir), al menos un 10% pasan su segundo año, momento a partir del cual ya puedes darla por asentada. Y si le das una ayudita con el riego en lo peor del verano, la supervivencia se dispara hasta más de un 50% de las bellotas que sembraste, que es una barbaridad.

Por supuesto, fantaseo con la idea de que, en vez de lo que he hecho yo a título particular, lo acometiera una puta administración, local, autonómica, estatal o lo que demonios sea, comprando semilla por sacos y maquinaria sembradora. En algunos países asiáticos (China, India e Indonesia, que yo recuerde) emplean aviones para bombardear grandes superficies con semillas (desnudas o en bolas de barro, en diversas variantes del método Fukuoka). En una sola pasada haces el trabajo de muchas peonadas. En Galicia tenemos una flota aérea como para repetir otro Vietnam, no sería mala idea llenar los helis y los Canadair de semillas en invierno, para evitar llenarlos de agua en verano.

Una sugerencia, pero evidentemente ya sé que la inteligencia de la canalla política va por otros derroteros.

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Actualización:

La abeja encoronada trae a colación un cuento, sobre el que se hizo un corto de animación que subí aquí hace siglos. Lo vuelvo a rescatar, porque es un encanto.

(está en francés, dadle al botón de los subtítulos; la traducción es deplorable pero creo que es preferible escucharlo en versión original)

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26 febrero 2017

El impacto sobre el medio de la fotovoltaica

Filed under: ecología,energía — Mendigo @ 0:50

Es estupendo irse unos días a la montaña y, cuando uno se puede conectar, encontrarse el blog lleno de mensajes furibundos de inversores fotovoltaicos. Me figuro que ha debido correr el enlace en una lista de correo o foro de empresarios fotovoltaicos, y entran a defender sus intereses. Para agradecer la atención suscitada, me veo en la obligación moral de seguir hablando de fotovoltaica. Como ya hemos tratado del coste económico que nos supone seguir pagando, incluso tras las reformas del ministerio, la subvención a su producción, ahora vamos a explicar cuál es su impacto sobre el medio natural.

Ya mencioné en otra entrada que la energía solar fotovoltaica es la que más emisiones de CO2e asociadas tiene, dentro de las tecnologías de producción no basadas en la combustión (obviamente).

Eólica = 11 g/kWh
Nuclear = 12 g/kWh
Hidroeléctrica = 24 g/kWh
Termosolar = 27 g/kWh
Geotérmica = 38 g/kWh
Fotovoltaica = 48 g/kWh

El origen mayoritario de estas emisiones imputables es en el proceso de fabricación de las obleas de silicio, pues aunque su materia prima es virtualmente infinita, se necesita tenerlas días enteros en hornos para formar una estructura cristalina. Pero también parte de esas emisiones se deben al uso de tierras raras (lantánidos) para dopar la estructura del silicio, procurando que el salto energético entre las órbitas de valencia sea menor y así lograr paneles más eficientes (mayor proporción de fotonazos útiles, que consiguen desencajar al electrón de su órbita). Aunque entran en la estructura en una proporción ínfima, también su proporción en la mena es extremadamente baja, lo cual obliga a grandes movimientos de tierras para conseguir una producción de unas pocas onzas. Esto se traduce en un coste energético y ecológico muy alto (además del propio desmonte, contaminación de ríos por los químicos usados en el refino) en la minería de estos elementos.

Sin embargo, la principal agresión al medio natural de un parque solar no se produce durante la fabricación de sus paneles, sino precisamente durante su funcionamiento. Efectivamente, el huerto solar ocupa un espacio. Aunque suene a muy ecologista, la parcela donde se asientan las máquinas debe ser tratada regularmente con herbicidas (glifosato a porrillo) para impedir que la vegetación prospere (riesgo de incendio). Por lo tanto, la afección al medio natural en el emplazamiento de un parque solar es máxima, absoluta: prácticamente no existe ninguna forma de vida macroscópica en el espacio de un huerto solar.

Por supuesto, se desprecia esta agresión natural por lo muy limitado de su extensión. Pero hay que ponerla en relación con el hecho de que la producción de un huerto solar es igualmente despreciable.

Vamos a hacer un sencillo ejercicio. Tomemos un parque solar tipo, en este caso alijo la instalación solar “Del Conde-Los Santos“, en el municipio de Andújar (Jaén). Soy bastante generoso escogiendo este proyecto ya que es un parque muy compacto, con muy poco terreno para los pasillos, y en una de las zonas con mayor insolación de la Península.

Medido con el SIGPAC, son 8,01 hectáreas de terreno.

Vamos a compararlo con la tan criticada energía nuclear, tomo la central de Almaraz, en Cáceres.

Y de nuevo, usando la herramienta de medición de áreas del SIGPAC, nos revela una superficie ocupada de 47,14 ha. ¡Ocupa mucho más la malvada central nuclear! Un momento, pero es que la agresión al medio hay que ponerla en relación a la producción (beneficio/coste).

Parque solar Guadalquivir = 6.000.000 kWh/año
Central nuclear de Almaraz = 15.817 GWh/año

Lo de los dos millones de kWh impresiona mucho, pero una vez que expresamos la producción de ambas en las mismas unidades, la solar se desinfla un tanto:
Parque solar Guadalquivir = 6 GWh/año
Central nuclear de Almaraz = 15.817 GWh/año

Es decir, se necesitarían más de 2.500 parques solares como el del ejemplo, para igualar la producción de Almaraz. ¿Y cuánto ocuparían, manteniendo los parámetros del parque del jienense? Lo lejos que se llega sólo con las cuatro reglas: 21.115 ha. O lo que es lo mismo, 211 km², que viene a ser un cuadrado de 14,53 kilómetros de lado (disculpad que no os lo exprese en la medida periodística de superficie, los “campos de fútbol”).

Vamos a mostrar qué pasaría si sustituyésemos la central de Almaraz por paneles solares:

Ése es el aspecto que tiene un cuadrado de 14,53 km de lado. Convertir campos, montes, sierras y vaguadas en 211 km² en un desierto de paneles solares, regados periódicamente con glifosato (no cabe un tractor entre los pasillos), no me parece, desde luego, el colmo de la ecología. Por cierto, espero que no os importe que, colocando el cuadrado de destrucción, me haya comido un cacho del Parque de Monfragüe, es que si me iba hacia el otro lado me cargaba Navalmoral. No sé, elegid vosotros mismos qué comarca española queréis destruir.

Teniendo en cuenta que si vuestra macrocentral solar la ponéis en el Norte, tendréis que multiplicar la extensión afectada en razón inversa a la insolación.

Pero no podemos contentarnos con tan parco objetivo. Almaraz no es la única amenaza nuclear, ya que nos ponemos, qué menos, vamos a cerrar todas las nucleares instalando paneles solares.

Como la producción nuclear el año pasado fue de 55.546 GWh, sustituirla por solar ocuparía 741 km². El cuadradito a sacrificar en aras de esa energía tan limpia y ecológica tendría 27,21 km de lado. Algo tal que así:

A los que no soléis patear el campo, os resultará difícil comprender la inmensidad de territorio que suponen 741 km². Toda una vida de trasegarlo, y no llegaríais a conocer todos los caminos, veredas, trochas… que hay en ese territorio. El coste ecológico de sustituir la producción nuclear por fotovoltaica, implica necesariamente ocupar esta extensión de terreno con los paneles (en el caso, como digo, más favorable, la mayoría de los huertos tienen disposiciones menos densas y con una insolación menor), con la completa destrucción de los ecosistemas que en ese espacio se desarrollen.

Ésta sería la estampa (foto de la instalación de Andújar), pero extendida por 74 mil hectáreas.

Quizá no conozcáis bien Extremadura y no podéis haceros a la idea de la superficie a sacrificar. Os sugiero que tracéis el mismo cuadrado, en una zona que conozcáis, y a continuación os la imaginéis completamente ocupada por los paneles. Eso es, exactamente, lo que implica sustituir la nuclear por fotovoltaica.

Pero aún semejante meta es muy poco para lo que un cretino, en los comentarios de otra entrada, calificaba contra toda evidencia como “energía limpia, abundante y barata”. Vamos a un objetivo aún más ambicioso: sustituir no sólo la nuclear, sino el resto de tecnologías basadas en la combustión y, por lo tanto, grandes contribuyentes al efecto invernadero (térmicas de carbón, ciclos combinados, cogeneración…) dejando el mix de generación completamente descarbonizado (en cuanto a emisiones directas se refiere) y desnuclearizado (lo que yo propuse hacer con eólica).

Pues volvemos a sacar la calculata, son en total 158.321 GWh en las tecnologías “no verdes”, a 1,3 hectáreas ocupadas con paneles por GWh nos da… 2.111 km² o, lo que es lo mismo, un cuadrado de 45,94 km de lado.

Imaginad un mar de paneles de esa extensión, eso es lo que se necesitaría si pretendiesemos descarbonizar el sistema eléctrico español con fotovoltaica. Y ahora, imaginad el coste económico de ese proyecto. Sobre el ecológico, la destrucción completa de los ecosistemas en una superficie equivalente a la extensión de la provincia de Bizkaia, difícilmente se me ocurre un atentado ecológico mayor.

Y ya, por entrar en el reino de fantasía en el que viven los apologetas de la energía fotovoltaica, vamos a seguir la broma y considerar que con paneles solares podemos no sólo generar una parte sustancial de la energía eléctrica requerida sino que, además, es la salvación para suplir a unos combustibles fósiles que inexorablemente se agotan. En total, España consumió (datos del 2015) 123.868 ktep, que pasadas a la unidad (impropia) de energía que estamos manejando vienen a ser unos 1.440.584 GWh.

¿Qué implicaría en términos de ocupación del territorio sustituir el consumo energético español, de carbón, de metano, de petróleo… por paneles solares? Respuesta: 19.208 km². Un cuadrado de 138.59 km de lado. La superficie completa de la provincia de Cáceres, borradas del mapa bajo un mar de paneles para autoabastecernos de energía con el concurso del sol.

Una imagen bastante gráfica de la capacidad de la fotovoltaica (y de la energía solar en general, la termosolar también requiere enormes superficies para sus heliostatos) para convertirse en una fuente de energía significativa para suplir nuestras necesidades energéticas. Y es que es muy sencillo: los paneles producen muy poca electricidad. Si queremos realmente generar una cantidad significativa de energía, tenemos que multiplicar los paneles, y con ellos la superficie ocupada y los costes, hasta cotas aberrantes.

N.d.M: Y sí, ya sé que la electricidad es una energía de mayor nivel que la química contenida en los hidrocarburos, pero ya se estaba haciendo larga esta entrada y, realmente, es que ni siquiera merece la pena tomar en serio la cuestión. Era una simple reducción al absurdo del uso de la fotovoltaica en la red (sí para instalaciones aisladas), y desmitificación de su supuesta “limpieza” (implica una destrucción de los ecosistemas quizá mayor a ninguna otra tecnología de generación).

Pero ya puestos, vosotros mismos podéis plantear el caso de electrificar todo el transporte (por tierra, mar y aire), la climatización y todos los procesos industriales, y luego proveer la cifra resultante con fotovoltaica. Os dejo como deberes hacer unos cálculos someros y publicar el resultado en km² de paneles. Y para subir nota, calcular el coste de ese proyecto, con los precios actuales de los paneles.

Actualización: Por error de identificación en la instalación solar de Andújar, los primeros datos eran erróneos. Actualizo con los datos ya corregidos, agradezco que se me haya señalado el error y hago acto de contrición por el error.

Addenda: Toda esta disertación es sobre la fotovoltaica, básicamente por el hartazgo que me han producido los comentarios en anteriores entradas me apetecía meterme con ella. Pero lo aquí dicho reza igualmente para la otra tecnología de generación a partir de energía solar: la termoeléctrica. De hecho, la termoeléctrica es aún más voraz de espacio para producir la misma energía. Tomo los datos de la planta de Gemasolar, en Sevilla, del tipo de torre y sales fundidas (de las más avanzadas):
Producción eléctrica neta esperada: 80 GWh/ año
Campo solar: con 2.650 heliostatos en 195 hectáreas

Esto es, según datos de la misma empresa, ocupa 2,44 hectáreas por cada GWh generado. La demanda de energía eléctrica el año pasado fue en España de 265.317 GWh. Como se dice coloquialmente, los números cantan.

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