La mirada del mendigo

25 enero 2019

Un bosque mal gestionado

Filed under: Ecología — Nadir @ 3:03

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He aquí un ejemplo de libro de lo que los palurdos llaman “un bosque sucio”, lleno de bichería, que está pidiendo a gritos que lo “limpien”, sea con desbrozadora o con mechero.

Los hijos de estos palurdos, a los cuales la sociedad ha dado estudios pero siguen siendo tan obtusos como sus padres, usan otra terminología para describir el mismo concepto de espacio natural inalterado: un bosque mal gestionado. Estos palurdos de cuello blanco comparten la misma concepción de los espacios naturales que sus palurdos padres y abuelos: un espacio natural del cual no se extrae riqueza es un terreno desaprovechado. El valor del monte se mide en la cantidad de billetes que nos pueda suministrar, único valor y riqueza que conciben pues aún no han arrancado del subconsciente el instinto de supervivencia desarrollado tras generaciones pasando hambre. Los valores naturales, la riqueza ecológica son efectivamente lujos para quien no le llega para alimentar a su familia, pero deberíamos algún día superar esa cultura depredadora y empezar a comprender que existen otras formas de riqueza. Que quizá no es buena idea desmontar el recubrimiento de una pirámide para alimentar los hornos de cal o, sin irnos tan lejos, usar las piedras de un castro para levantar un murete para que no se escapen las vacas.

¿Qué opinión puede tener cualquier palurdo, desde un profesor de Forestales (portavoz de la industria maderera) al último analfabeto en la Galicia profunda, ante las anteriores imágenes? ¡Ese monte está abandonado! ¡Es una vergüenza! Lleno de bichos, árboles y maleza… hay que limpiarlo. O, expresado en el neolenguaje de los desertores del arado: hay que gestionarlo adecuadamente. Id est, maximizar la rentabilidad económica.

Efectivamente, las anteriores imágenes presentan una masa forestal extremamente descuidada, en total abandono, un nítido ejemplo de mala gestión.

Bien.

Las anteriores fotos son mías y ¿sabéis dónde están sacadas?

Es el bosque de Białowieża (pronúnciese Biauvieya), compartido entre Polonia y Bielorrusia. Para mí ha sido un sueño hecho realidad poder internarme en él; es considerado el último bosque primario (virgen) del subcontinente europeo, el ecosistema boscoso mejor conservado, el último lugar donde, entre varios miles de especies, pastan en libertad los últimos ejemplares de bisonte europeo.

(por cierto, no, no los vi, pero estuve muy cerca: encontré una sucesión de excrementos frescos pero acabé perdiendo la pista).

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Dos incómodas y amargas verdades que seguramente no verás publicadas en otro sitio:

1) entre el palurdo de aldea y el de ciudad hay un muro de incomprensión, desprecio y recelos, pero en una cosa están de acuerdo: hay que sacarle el máximo rendimiento económico hasta al último palmo de monte. Si alguien señala el inmenso coste ecológico que supone, el desastre natural que ha causado esta política… se hacen los suecos gallegos.

2) el palurdo de ciudad ama la naturaleza como concepto, pero la aborrece como ente concreto. El palurdo de aldea la aborrece en todas sus formas, de hecho considera un espacio natural (como el propuesto en las imágenes) una suerte de ofensa al estado natural de las cosas: los campos labrados y los montes pelados para que coman las vacas. El urbanita quiere un jardín, el aldeano un pastizal.

Ésa es la Galicia tradicional, montes hirsutos por la acción del fuego y de batallones de ungulados, como podéis comprobar en el vuelo americano, a la que la parte más ecológicamente concienciada quiere volver; la Arcadia feliz de nuestros abuelos. Supongo que es una necesidad humana el imaginarse un tiempo en que vivíamos en armonía entre los hombres y en perfecta comunión con la naturaleza, el edén, el paraíso perdido (que no deja de ser la reelaboración del mito de las cuatro razas, presente en las mitologías griega y persa, que imagina a la humanidad en una continua degradación). En realidad, un infierno de hambre y brutalidad, con la naturaleza arrinconada y esquilmada por una población creciente que buscaba sustento con métodos tradicionales muy poco productivos. Esos mismos que hoy se proponen como alternativa a la agroindustria.

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Espero que, al menos, de este artículo hayáis como mínimo sacado en claro una idea: un bosque es mucho más que un conjunto de árboles, es un ecosistema complejo que comprende, dentro del reino vegetal, especies de todos los portes. Un espacio natural nunca está “sucio”, pues la suciedad es un concepto extraño para la naturaleza, la suciedad sólo existe en la realidad humana, especialmente en la mente de tanto palurdo. Los árboles maduros, enfermos o muertos son una parte inseparable de ese ecosistema, que sostiene la vida de especies tan asombrosas como la que describía hace poco nuestro querido Daniel.

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Para terminar, creo interesante añadir aquí la traducción de algunos de los paneles informativos (en inglés y polaco) que fotografié. No muestro las fotografías por afán de brevedad, pero si alguien quiere los originales no tiene más que solicitarlos.

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El bosque de Białowieża se construyó gradualmente a lo largo del tiempo según las plantas fueron retrocediendo hacia el Norte al final de la última glaciación, según el clima cambiaba y los suelos se regeneraban. Las especies arbóreas con semillas pesadas (como el roble, el carpe o el tilo) sólo aparecieron una vez que las especies de semillas dispersadas por el viento (como el abedul, el pino o el chopo) habían ocupado el territorio y ayudado a regenerar los suelos. Esas semillas más pesadas fueron transportadas principalmente gracias a los pájaros.

Se estima que el bosque en este lugar, hace 12.000 años, estaba compuesto de abedules y pinos, mientras que otras especies como carpes, olmos y tilos vinieron después, estableciendo un bosque mixto en forma embrionaria. El abeto rojo probablemente sólo se constituyó como un componente importante en Białowieża hará unos 4.500 años, mientras que el típico bosque de robles, tilos y carpes tal y como lo conocemos ahora se fue configurando hace tan sólo 2.500 años.

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¿Qué es realmente un bosque natural? Podemos explicarlo a través de la referencia al bosque de robles, tilos y carpes presente aquí, ya que se considera que los bosques primigenios en Europa eran de este tipo. En Białowieża persisten áreas en los que este tipo de bosque se conserva de forma próxima al estado natural. Una señal de esto es la presencia de árboles en todas las fases de desarrollo, incluyendo los ejemplares moribundos y muertos de tanta importancia cuando se trata de mantener el equilibrio del ecosistema.

La madera muerta necesita una cantidad variable de tiempo para descomponerse completamente. Generalmente entre 10 años y todo un siglo, según las características de la madera propias de cada especie (la de abeto es la que se pudre antes), así como lo que se conoce como factores abióticos, como los niveles de insolación o penumbra, el grado de contacto con el suelo, la humedad o la temperatura. Los insectos aceleran este proceso de descomposición cuando horadan la corteza y la madera, destruyendo mecánicamente la estructura de ésta. Su presencia promueve la colonización de los ejemplares muertos por nuevas especies de hongos, cuyas esporas ya llegaron cuando el árbol empezaba a morir o incluso antes.

Los hongos son los principales responsables de la pudrición de la madera, como los únicos organismos que son capaces de descomponer la lignina, que es su constituyente fundamental. Es por lo que decimos que, en última instancia, la vida en la Tierra no sería posible sin los hongos.

Muchos se sorprenden al saber que la madera muerta es vital para un ecosistema forestal. Pero de hecho esto condiciona, no sólo la diversidad de la flora, sino también la presencia o ausencia de una gran variedad de especies animales. Incluso en los ríos, los troncos muertos y las ramas cumplen el cometido de servir de lugar de refugio o desove para ciertos tipos de peces. Los troncos descortezados, a su vez, ofrecen a los reptiles y anfibios una buena oportunidad de calentarse al sol, necesario para la termorregulación, así como lugares para esconderse y alimentarse.

También los grandes mamíferos necesitan la madera muerta. El único felino que habita este bosque, el lince, es uno de ellos. Un carnívoro bastante grande que ronda los 25 kg, se reconoce al lince por su corta cola y el penacho de pelo en sus orejas. Lleva una existencia solitaria, y sólo busca compañía en la época de celo. Y la madera muerta es de enorme importancia para las crías de lince. Los árboles desarraigados por el viento y las ramas muertas que caen al suelo son usados como escondites para la camada. Allí donde los bosques presentan abundancia de estos refugios, los jóvenes linces pueden encontrar seguridad en las primeras semanas de vida, cuando son especialmente vulnerables.

Su principal presa aquí son los corzos. Pero los linces no son guepardos, que puedan capturar su presa a la carrera, ni leones que cazan en grupo; por el contrario, son cazadores solitarios y con poca resistencia corriendo, así que deben acechar a la presa y abalanzarse sobre ella de improviso. Aquí de nuevo, los troncos muertos repartidos por el bosque le son muy útiles, tanto sirviéndole de escondite como entorpeciendo la huida del corzo. Un lince adulto necesita cazar al menos un corzo a la semana para poder mantenerse. No es por tanto coincidencia que esta especie de predador tenga más facilidad para sobrevivir en viejos, inalterados bosques como éste.

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Para enfatizar la riqueza de este bosque, permítenos darte algunas estadísticas de su biodiversidad. El número de diferentes especies de plantas vasculares que aquí crece ronda el millar, mientras que han sido catalogadas unas 8.000 especies de insectos. Pero por impresionantes que parezcan estos números, aún es mayor (realmente excepcional) la diversidad de hongos en Białowieża. Se han descrito en el mundo unas 100.000 especies de hongos, aunque se estima que pueda haber en torno al millón. De las 20.000 especies presentes en Polonia, unas 4.000 pueden ser encontradas en este bosque. La mayor parte de las especies que ocurren aquí están relacionadas precisamente con la madera muerta, ya sean árboles derribados o aún en pie. Diferentes hábitats tienen más o menos especies, y en el bosque ripícola pocas de ellas son de hecho apreciables a simple vista. Por el contrario, hay muchas especies íntimamente asociadas con la madera y los restos de plantas que forman la cobertura del suelo del bosque. Algunas de las especies presentes son los coprinus, agáricos o micenas.

El parque se caracteriza por una inigualable variedad de especies de aves en Europa. Se estima que hay 117 especies nidificantes, 90 de las cuales son especies propias de ecosistemas boscosos. Los carpinteros son el grupo de pájaros más llamativos. Podemos escuchar aquí todas las especies europeas de carpinteros. Hay nueve especies, incluyendo el pico picapinos, el pico mediano, el pico menor, el pico dorsiblanco, el picamaderos negro, el pito cano, el pito real, el pico tridáctilo y el tuercecuellos. La mayoría de ellos son relativamente numerosos, lo cual se debe al gran número de árboles viejos y muertos presentes en el parque.

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En la parte septentrional del Parque Nacional de Białowieża, en 2003, se hicieron intentos regulares para confinar la infección del escarabajo de la madera, como en otros bosques polacos. En 2004-2005 se cambió de estrategia y se dejó que los árboles infectados por el escarabajo de la madera se descompusieran naturalmente tras haber perdido la corteza. Los abetos que habían sido debilitados por el escarabajo murieron. Sin embargo, nuevas píceas han crecido y ahora el abeto rojo vuelve a ser de nuevo la especie dominante en este sector del parque. Este ejemplo ilustra que la falta de intervención humana en la lucha contra la plaga de escarabajos no necesariamente conduce a un empobrecimiento de las especies forestales. El bosque desprovisto de intervención humana seguirá existiendo y prosperando.

Datos y números sobre el escarabajo de la madera:

– El escarabajo de la madera estimula la renovación natural en el bosque, creando espacios entre los pies de los árboles.

– Hay unas 100 especies amenazadas de escarabajos en el bosque de Białowieża, que prosperan en los árboles abandonados por los escarabajos de la madera.

– La presencia del escarabajo de la madera incrementa la base alimentaria para todos los organismos que lo incluyen en su dieta, como pájaros (fundamentalmente carpinteros), insectos, arácnidos, etc, así como la riqueza de otras especies (protozoos, nemátodos, ácaros, insectos…).

– En las áreas de protección estricta, el escarabajo de la madera es selectivo en su búsqueda de árboles que infectar, seleccionado píceas debilitadas. Sin embargo, en las áreas donde se han desarrollado actividades de control de la plaga, el escarabajo es menos selectivo e infecta también árboles sanos.

– Las investigaciones llevadas a cabo en el parque no proveen evidencia de que la población de escarabajos de la madera migrando de las áreas de protección estricta a las áreas circundantes sea más abundante que la que se mueve en dirección opuesta.

– El Parque Nacional de Białowieża es un área de reproducción de insectos antagonistas con los cambiófagos y xilófagos (por ejemplo Histeridae, Monotomidae y crupturgus spp.) y se aprecia que más representantes de esos grupos migran desde la reserva a las áreas adyacentes que al contrario. Visto desde esta perspectiva, la vecindad al parque es beneficiosa para las fincas adyacentes.

– No se ha observado ninguna influencia en la mortandad de los árboles según la cercanía al parque. No existe correlación entre la afección de la plaga y la distancia a los límites del parque.

– No hay evidencia que señale que las actividades de lucha contra la plaga (remoción de árboles infectados, trampas en los árboles, trampas de feromonas) limiten la mortandad de los árboles en comparación a las áreas de protección estricta.

– La acción del escarabajo de la madera es naturalmente inherente a las dinámicas de los ecosistemas forestales en los que las píceas predominan, por lo que plagas de este tipo seguirán sucediéndose periódicamente.

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10 enero 2019

Un blanco destello en los bosques

Filed under: Ecología — Sr. Moñoño @ 15:07

Creo recordar que fue hace 20 o 22 años cuando trabé conocimiento con tan singular historia. Y creo recordar que fue a través de la lectura de un pasaje de algún libro publicado mucho tiempo atrás. En aquellas páginas se relataba el proceso de extinción de una especie. Era, por tanto, una historia de extinción similar a la de otras tantas especies desaparecidas; una historia lamentable, funesta, que dejaba un poso de tristeza en quien la leía, sí… pero era la crónica de una extinción al uso, convencional, corriente, casi burocrática. Lo que no se relataba en el pasaje de aquel libro, lógicamente, era la historia que se desarrollaría en los años posteriores a su fecha de edición. Y es que pocos podrían suponer que, con el correr de los años y de los rumores de su pervivencia, y con el acontecer de supuestos avistamientos y de expediciones organizadas con el anhelo de volver a reencontrarlo, el protagonista de aquella historia de extinción ordinaria terminaría por abandonar su condición de ser convencional, físico, de este mundo, para acabar internándose en el territorio de lo mítico, de lo legendario, casi de lo sobrenatural… y también, como veremos más adelante, en el de la polémica científica.

Aquella especie era un ave; en concreto, una de las más de 200 especies que componen la familia Picidae (vulgarmente conocidos como pájaros carpinteros). Eminentemente forestal, habitaba las viejas frondas pinariegas y las fantásticas y densas espesuras pantanosas del sureste de los Estados Unidos, así como las igualmente viejas y no menos densas masas boscosas que otrora se extendían por toda la superficie de la isla de Cuba (Figura II).

Se le conocía por el nombre científico de Campephilus principalis, ivory-billed Woodpecker era el nombre que se le daba en los Estados Unidos, por carpintero real se le conocía en Cuba, y picomaderos picomarfil era el nombre común empleado para designarlo oficialmente en el idioma castellano (Figura I).

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Figura I. Picamaderos picomarfil (Campephilus principalis). El ejemplar situado en la margen izquierda de la ilustración, con su característica cresta roja, es un macho adulto. El juvenil es el ejemplar situado en la parte superior, y en la margen inferior derecha aparece representada la hembra adulta. Lámina procedente del libro “The birds of America“, escrito e ilustrado por el genial naturalista, ornitólogo y pintor estadounidense John James Audubon (1785-1851). Cabe señalar, como dato anecdótico, que las ilustraciones de las aves (unas 435) están realizadas a tamaño natural, por lo que las dimensiones del libro son realmente extraordinarias. Actualmente sólo existen unas 120 copias completas del libro y el valor monetario de cada una de ellas, dependiendo de la edición, se estima entre los siete y los once millones de €. (Nota para los seguidores del blog: MI CUMPLEAÑOS ES EL 3 DE ABRIL).

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Figura II. Área de distribución original del picamaderos picomarfil (Campephilus principalis). En los Estados Unidos habitaba la subespecie nominal, Campephilus principalis principalis, mientras en Cuba lo hacía la subespecie Campephilus principalis bairdii.

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Todo parecía transcurrir bien para este extraordinario pájaro (si bien su alta especialización ecológica siempre le impidió ser una especie frecuente), hasta mediado el siglo XIX. Ciertamente, y desde unas décadas atrás, la caza de ejemplares por parte de recolectores había supuesto la sensible disminución de muchas de sus poblaciones (Figura III). Pero fue a partir de la década de los sesenta de aquel siglo, con la desaparición de vastas extensiones boscosas debido a la enorme demanda de madera impuesta por una nación en crecimiento, lo que provocó el colapso total de sus poblaciones. Aquellas densas florestas eran su hábitat principal y, específicamente, aquellas que contaban con la presencia de árboles de gran porte y de ejemplares muertos o moribundos. La tala de los primeros, pero sobre todo, la extracción de los segundos, determinó la disminución de su principal fuente de alimento: las larvas de ciertas especies de escarabajos que se nutrían de la madera muerta o en descomposición. La industria maderera estadounidense no cesó su actividad hasta prácticamente un siglo después, alrededor de la década de los 40 del siglo XX, cuando prácticamente ya no había más bosques que talar.

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Figura III. Fotografía tomada en el año 1890 en las inmediaciones del río Suwanee (Florida). En la imagen podemos apreciar al ornitólogo estadounidense William Brewster sosteniendo entre sus manos a un ejemplar tiroteado de picamaderos picomarfil. A su izquierda, Frank Chapman, que sería posteriormente designado como director de ornitología en el American Museum of Natural History y fundador de la National Audubon Society, sostiene el arma del “delito”. La caza científica de ejemplares supuso un severo golpe para tan hermosa ave.

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Pocos años antes del inicio de aquella década de los 40 del pasado siglo, concretamente en enero del año 1937, James Taylor Tanner, un ornitólogo que estaba realizando su tesis doctoral en la Universidad de Cornell, fue enviado a las últimos bosques remanentes que se habían salvado del filo de sierras y hachas con la intención de encontrar a nuestro protagonista, del cual, desde las primeras décadas de aquel siglo se decía que, o bien eran escasísimos los individuos que en aquellos bosques quedaban, o bien que la especie había dejado de habitarlos para siempre (Figura IV).

Y fue en enero de aquel año 1937 cuando el joven James, que a la sazón contaba con tan sólo 22 años de edad, inició su expedición de búsqueda. Expedición que le llevó a recorrer durante 21 meses, desde Carolina del Sur hasta el este de Texas, más de 72.000 kilómetros de las formas más variadas: en tren, en su viejo automóvil Ford, a caballo, en mula, en canoa, y, sobre todo, a pie. Escaló árboles, vadeó aguazales y pantanos, capturó su propio alimento, durmió a la intemperie, fue acribillado por las picaduras de miles de mosquitos, se escabulló de caer en las fauces de caimanes, de morir envenenado por la mordedura de alguno de los muchos ofidios venenosos que por esos perdederos abundan… (Sí, queridas jóvenes veinteañeras, top models y jugadoras de vóley-playa que me estáis leyendo, los biólogos y naturalistas somos, además de espectacularmente atractivos, increíblemente rudos, viriles y masculinos. No como los Mendiguín, Javitxu, Juan Manuel Grijalvo, Vicente Millán y demás mequetrefes que por esta bitácora pululan y de los que es extraordinariamente difícil saber cuál de ellos es más invertido, margarito, mariposón y tralarala).

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Figura IV. James T. Tanner en el bosque de Singer Tract. Año 1937.

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Pero hablábamos de James T. Tanner y de sus penurias en aquella expedición de 21 meses tras el esquivo vuelo del picamaderos picomarfil… penurias que, finalmente, se vieron compensadas con creces… porque sucedió… y sucedió lo que pocos esperaban. Y fue en el estado de Louisiana, en un bosque primario, pantanoso, espléndido, en uno de los últimos bosques vírgenes estadounidenses que continuaban en pie, en una mañana en la que los rayos del sol se filtraban entre la densa espesura de aquella magnífica selva, cuando James T. Tanner, aquel joven estudiante en la Universidad de Cornell, aquel intrépido y esforzado ornitólogo, exclamó lleno de júbilo lo que muchos otros habían exclamado antes que él: “¡Oh, Señor Dios!”. Sí, había encontrado al picamaderos picomarfil, al ivory-billed Woodpecker, al también conocido como el pájaro del Señor Dios, porque éso era lo que exclamaba todo aquel que había tenido la oportunidad de contemplar el vuelo de tan extraordinaria ave (Figura V). ¡Oh, Señor Dios, el Campephilus principalis estaba vivo! Y lo estaba en forma de una pareja adulta con su cría… tres ejemplares que habitaban aquella túpida floresta escapada de las ansias madereras y que era conocida por los habitantes de la zona como el bosque de Singer Tract, ya que su propietaria era la conocida fábrica de máquinas de coser Singer Sewing Machine Company.

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Figura V. Ilustración que muestra a un macho adulto de picamaderos picomarfil en vuelo. Del tamaño de una corneja (estaba considerado como el segundo pájaro carpintero más grande del mundo) y de vistoso plumaje, se comprende las expresiones de asombro que muchos proferían al verlo y que le valieron alguno de sus sobrenombres.

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A lo largo de las semanas posteriores, Tanner, en compañía del guía de aquel bosque, J. J. Kuhn, pudo documentar varios aspectos de la biología de aquella ave. En su cuaderno de campo, de más de 400 páginas, escribió: “El picamaderos picomarfil se ha descrito con frecuencia como un morador de pantanos oscuros y sombríos, se ha asociado con la suciedad y la oscuridad, se le ha llamado un pájaro melancólico. Pero no es éso en absoluto, el picamaderos picomarfil es un habitante de las copas de los árboles y de la luz del sol; vive en el sol… En un entorno tan brillante como su propio plumaje”.

Posiblemente fueron los días más felices de la vida de Tanner. A lo largo de aquellas jornadas, además de llenar las hojas de su cuaderno con un sinfín de anotaciones, pudo realizar, con la ayuda de Kuhn, un puñado de fotografías al joven pollo de aquella pareja de picamaderos.

Tanner estimó en 12 el número de parejas supervivientes en toda el área de distribución estadounidense.

Pero el inicio de aquella infausta década de los 40, marcó el fin de aquellos días felices. El fabricante de máquinas de coser que hasta aquel entonces había sido propietario del bosque de Singer Tract, decidió vender los derechos de tala a una empresa maderera. Para colmo, la enorme demanda de madera generada después del ataque a la base naval de Pearl Harbour aceleró la tragedia. Tanner intentó convencer al principal ejecutivo de la compañía maderera para que respetase los árboles que, a su juicio, podían ser cruciales para la supervivencia de los poquísimos ejemplares de picamaderos picomarfil que quedaban en aquel bosque. La respuesta del ejecutivo fue tan contundente como estúpida: “Tienen que aprender a alimentarse de algo diferente”.

Posteriormente, la compañía maderera rechazó las peticiones de cuatro gobernadores sureños, varios informes y estudios de campo elaborados por la National Audubon Society y una oferta de compra del bosque de Singer Tract para declararlo como reserva.

Chicago Mill and Lumber Company se hacían llamar aquella banda de muertos de hambre.

Así es como algunos escriben la historia…

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Figura VI. J. J. Khun sosteniendo en su brazo a un joven de picamaderos picomarfil. El ejemplar fue bautizado por Tanner como Sonny Boy.

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La imagen precedente (Figura VI), así como algunas otras fotografías realizadas en la mismas fechas por James T. Tanner, son las últimas obtenidas del picamaderos picomarfil en suelo estadounidense. De 1948 data la última fotografía que se le pudo realizar a la subespecie cubana; subespecie que fue vista por última vez en el año 1986, cuando los ornitólogos Giraldo Alayón y Aimé Pasada observaron a una hembra adulta en las montañas de la Sierra Maestra. En los Estados Unidos, el último registro oficial data de mucho antes: una hembra adulta observada por el naturalista y dibujante Donald Eckelberry en el año 1944, en el mismo lugar donde Tanner pasó los días más felices de su vida… en el mismo lugar donde, años ha, se había erigido aquel espléndido bosque de Singer Tract.

James Taylor Tanner dejó este mundo en 1991, con 76 años de edad.

Ésta era la historia que se relataba, poco más o menos, en aquel pasaje de aquel libro olvidado. Una historia que, como decía al inicio de esta líneas, era un relato triste pero, desgraciadamente, usual. A continuación, se relata la segunda parte, la más increíble y conmovedora.

Porque fue a partir de entonces… de aquel año de 1944… de la observación de aquella hembra adulta sobrevolando las ruinas de Singer Tract… cuando el picamaderos picomarfil, abandonando el mundo de lo tangible a través de confusos y esporádicos avistamientos y de extrañas citas nunca confirmadas, fue internándose, poco a poco, en los nostálgicos territorios de lo mítico, de lo legendario, de lo irreal…

En el siguiente mapa se indican, mediante puntos rojos numerados, 22 posibles observaciones de picamaderos picomarfil posteriores a esa última cita confirmada del año 1944 (Figura VII). En los comentarios posteriores al mapa se realiza una breve descripción de todas y cada una de las observaciones.

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Figura VII. Representación gráfica de las tierras del sureste de los Estados Unidos y Cuba. En el área estadounidense, además de mostrarse el área de distribución original del Campephilus principalis (verde), el área que ocupaba en el año 1885 (verde claro) y el área que mantenía en el año 1900 (azul claro), se muestran los diferentes lugares donde, supuestamente, fueron observados individuos después del último avistamiento confirmado de la especie, en 1944 (puntos rojos). En Cuba, sólo se indica el lugar donde fue observada después de su ultima cita oficial, en el año 1986.

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1. Alrededor del año 1950, el ornitólogo Allan Cruickshank afirmó ver a un ejemplar en el Condado de Collier, Florida, en una zona muy próxima al límite occidental de la actual Reserva Nacional Big Cypress.

2. En torno a la fecha del primer avistamiento de Cruickshank, los observadores Whitney Eastman, Muriel Kelso, Davis Crompton y John Dennis señalaron haber visto al menos a un ejemplar de la especie en los bosques pantanosos del río Chipola, en el Condado de Calhoun, también en Florida. Conviene indicar que tanto Crompton como Dennis habían observado, poco tiempo antes, al picomaderos picomarfil en Cuba: fue en abril del 1948, es decir, 38 años antes de la última observación de la especie en la isla.

Inmediatamente después de la observación, los pantanos del río Chipola fueron declarados como santuario de vida silvestre. Dicha declaración fue anulada poco después, en el año 1952, al no encontrarse indicios de presencia de la especie.

3. Samuel A. Grimes, coautor junto a Glenn Chandler de la primera cita de garcilla bueyera (Bubulcus ibis) en Norteamérica en el año 1953, afirmó haber observado un año antes, concretamente en el mes de julio del año 1952, a un picamaderos picomarfil en el Condado de Wakulla, también en Florida.

4. Como en las tres observaciones anteriores, ésta también tuvo lugar en el estado de Florida, concretamente en la zona conocida como Homosassa Springs, en abril de 1955. El responsable de la observación fue John K. Terres, ex editor de la prestigiosa revista ornitológica Audubon y autor de The Audubon Society Encyclopedia of North American Birds. Es digno de mención el hecho de que John K. Terres, por miedo al descrédito, mantuvo la observación en secreto durante más de 30 años.

5. Cuenca del río Altahama, Georgia, 1958. Herbert L. Stoddard, ornitólogo y ecólogo forestal, informó haber visto al ave mientras volaba en una pequeña avioneta. La observación se produjo a unos 50 metros de distancia del aparato.

6. Nuevamente, Herbert L. Stoddard declaró haber observado un par de pinos cuyos troncos presentaban evidentes signos de haber sido descortezados por la actividad de búsqueda de alimento (larvas de escarabajo) de un picamaderos picomarfil. Ocurrió cerca de Thomasville, Georgia, 1958.

7. Año 1959, al oeste del río Aucilla, en el Condado de Jefferson, Florida. El autor de la cita es el dentista y ornitólogo aficionado William Rhein. William Rhein, tres años antes, en una expedición organizada a la Sierra Madre Occidental (Méjico), pudo obtener la que hoy se estima como la primera y única filmación de un picamaderos imperial (Campephilus imperialis). Esta última especie de picamaderos también se considera extinta.

8. Los observadores de aves Olga Hooks Lloyd (en abril de 1966) y John Dennis (en diciembre de 1966 y en febrero de 1968; éste es el mismo ornitólogo que en 1948, en Cuba, consiguiera la que se considera la última fotografía realizada a un ejemplar de picamaderos picomarfil, y el mismo que afirmaba haber observado, dos años después, a un ejemplar en los bosques de Chipola), aseguraron haber observado al ave en el pantano del río Neches, Texas. El propio John Dennis declaró haber grabado la voz del pájaro en el año 1968, pero algunos cuestionaron la autenticidad de la grabación. Actualmente, los expertos en acústica del Cornell Laboratory of Ornithology opinan que se trata de una grabación auténtica.

9. En 1966, cerca de la Base de la Fuerza Aérea de Elgin, Florida, los observadores de aves Bedford P. Brown y Jeffrey R. Sanders aseguraron haber oído y posteriormente observado, durante 16 minutos, a una pareja de picamaderos picomarfil buscando alimento en los troncos de varios árboles.

10. En 1967 el entonces estudiante David S. Lee (posteriormente ornitólogo y conservador emérito del Museo de Ciencias Naturales del Estado de Carolina del Norte), pudo ver en compañía de su profesor, en un área pantanosa conocida con el topónimo de Pantano Verde, Condado de Polk, Florida, rastros que indicaban la presencia de, al menos, un individuo de picamaderos picomarfil buscando alimento (grandes trozos de corteza caídos al pie de varios árboles). Horas antes, el propio Lee afirmaba haber visto, a escasos kilómetros del pantano, a una hembra adulta de esta especie volando a unos 23 metros de su posición.

11. En el noroeste del lago Okeechobee, Condado de Polk, Floria, y entre los años 1967 y 1969, los observadores Norton H. Agey y George M. Heinzmann informaron haber visto y oído a un picamaderos picomarfil en, al menos, 11 ocasiones distintas. Una pluma encontrada cerca de la cavidad de un árbol fue identificada como la secundaria más interna del ave.

12. En la cuenca del río Atchafalaya, Louisiana, y en al año 1971, el presidente de la comisión de boxeo de ese estado, Fielding Lewis, tomó dos imágenes, de bastante mala calidad, de lo que parece ser un macho adulto de picomarfil (Figura VIII). Dichas imágenes fueron remitidas por el propio Lewis al ornitólogo de la Universidad Estatal de Louisiana, George Lowery, quien, en la reunión de la Unión Americana de Ornitólogos de ese mismo año, se las presentó a sus colegas. Las fotos, en aquel entonces, fueron tomadas con las evidentes y lógicas muestras de escepticismo. Sin embargo, hoy día muchos ornitólogos las aceptan como legítimas. Cabe destacar que Fielding Lewis decidió permanecer en el anonimato durante más de 30 años, y sólo a mediados de la pasada década decidió desvelarse como el autor de las polémicas imágenes.

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Figura VIII. Fotografías tomadas por Fielding Lewis en el año 1971. En ambas tomas puede apreciarse, con cierta dificultad, lo que parece ser un macho adulto de Campephilus principalis.

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13. El prestigoso ornitólogo Jerome A. Jackson, toda una autoridad en pícidos en general, y en picamaderos picomarfil en particular (tiene publicados varios libros y artículos al respecto), aseguró haber observado a un macho adulto en el río Noxubee, Mississippi-Alabama, en el mes de marzo del año 1973. Al respecto, escribió: “En segundos, mi mente corrió a interpretar la visión… Era una mariposa blanca gigante… ¡No, era un pájaro carpintero de cabeza roja gigante!… Luego… ¡¡tenía que ser un picamaderos picomarfil!!”.

Jerome A. Jackson, además de ser un afamado ornitólogo, hoy en día es reconocido por su escepticismo en relación a la posible supervivencia del ave.

14. En el río Ogeechee, a unos 40 kilómetros de la localidad de Savannah, en el estado de Georgia, el reverendo C. Deming Gerow y su hijo Jim aseguraron haberlo observado en julio de 1973. Ambos individuos, misioneros en Argentina, eran cazadores de aves y estaban muy familiarizados con los pájaros carpinteros sudamericanos del género Campephilus.

15. Los ornitólogos Ronald Sauey y Charles Luthin, en el río Black Creek, a la altura de la Reserva Nacional del Bosque de DeSoto, afirmaron escuchar unas voces muy parecidas a las voces del picamaderos picomarfil obtenidas por Arthur Allen y Peter Paul Kellogg en el año 1937. La escucha de Sauey y Luthin tuvo lugar el 2 de febrero de 1978.

16. La observadora de aves Mary Morris declara haberlo observado sobrevolando el río Pascagoula, Mississippi, en febrero de 1982.

17. Dennis G. Garrat declara haberlo observado en el río Loxahatchee, en el Parque Estatal Jonathan Dickinson, en abril de 1985. La observación, según Garrat, se prolongó durante unos 15 minutos y desde una distancia de entre 7 y 12 metros.

18. Nuevamente, Jerome A. Jackson y el entonces estudiante de posgrado Malcolm Hodges, escucharon una voz que identificaron como la de un picamaderos picomarfil. Dicha voz fue emitida como respuesta a una cinta de audio que contenía la voz de un individuo de la misma especie y que los dos ornitólogos decidieron radiar cerca de la antigua desembocadura del río Yazoo, próxima a la localidad de Vicksburg, Mississippi. Sucedió el 28 de marzo de 1987. Al parecer, el ave se acercó hasta unos 150 metros de la posición que ocupaban Jackson y Hodges. Cuando ambos intentaron acercarse para comprobar la identidad del individuo, éste, huyó del lugar.

19. Por tercera vez, Jerome A. Jackson en compañía de otros ornitólogos, pudieron escuchar las voces de llamada de un picamaderos picomarfil a lo largo de una expedición realizada durante los meses de febrero y marzo de 1988 al área conocida como Ojito de Agua, en Cuba. El 4 de marzo Jackson pudo observar, durante un breve espacio de 3 segundos, a un individuo que identificó como un probable picamaderos picomarfil.

20. Un cazador, David Kulivan, declaró haber tenido un encuentro con el ave. Sucedió en los pantanos del río Pearl, en Louisiana, en abril de 1999. Una búsqueda intensiva realizada por un equipo de ornitólogos durante el año 2002, no encontró signos que evidenciaran la presencia de la especie en aquellos pantanos.

22. Geoffrey Hill, profesor y conservador de aves en la Universidad de Auburn, así como los estudiantes y ornitólogos Dan Mennill, Tyler Hicks, Brian Rolek y Kyle Swiston declararon haber obtenido indicios y observaciones a los largo de varias jornadas de campo entre los años 2005-2008 en las riberas del río Choctawhatchee, en el estado de Florida.

21. No, no me he equivocado. En este punto, he decidido alterar el orden de las citas y dejar en último lugar el avistamiento número 21. “¿Y por qué?”, os preguntaréis muchos de vosotros. Bien, creo que el motivo bien lo merece:

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En las postrimerías de la primavera del año 2005, la revista Science, publicando en su portada una ilustración de un macho adulto de Campephilus principalis, se descolgaba en sus páginas interiores con un artículo titulado de la siguiente forma: “Ivory-billed Woodpecker (Campephilus principalis) Persists in Continental North America”.

Sí, la mismísima revista Science (junto con Nature, el gran oráculo de la ciencia mundial) afirmaba que, efectivamente, el picamaderos picomarfil seguia perviviendo en los bosques estadounidenses. Y lo hacía avalada por un artículo firmado por un nutrido equipo de 17 ornitólogos pertenecientes a una de las instituciones más reconocidas y prestigiosas en el ámbito de la Ornitología: el Cornell Laboratory of Ornithology.

Todo parecía indicar que tras largos años de dudas, de incertidumbres, de controversias, de ilusiones caídas en saco roto… había llegado el tiempo de las certezas, de las evidencias, de los consensos, de las ilusiones confirmadas. Todo parecía indicar que aquel artículo, por fin, había venido a autentificar y validar todos aquellos avistamientos y testimonios que se habían prolongado a lo largo de varias décadas. Todo parecía indicar que el picamaderos picomarfil, el ivory-billed Woodpecker había abandonado, definitivamente, el mundo de lo mítico y de lo legendario para instalarse, nuevamente, en el mundo de lo real y de lo tangible. Y muchos debieron exclamar: “¡Oh, Señor Dios, el picamaderos picomarfil está vivo!”.

Pero al poco de salir publicado aquel estudio, comenzaron a surgir los primeros comentarios de desaprobación y las primeras críticas… porque… ¿Qué era lo que se decía en aquel artículo de Science? ¿Cuáles eran las evidencias y las pruebas que refrendaban la persistencia del Campephilus principalis?

Bien, si leéis la publicación que os he enlazado líneas arriba, comprobaréis que toda la evidencia que sustenta el meollo de la cuestión se basa en más avistamientos, en señales acústicas congruentes con la presencia del ave y, sobre todo, en el análisis de una filmación obtenida el 25 de abril de 2004, filmación que, según el equipo de ornitólogos responsables de la autoría del artículo, demuestra la presencia del picamaderos picomarfil en el área de Big Woods, en el este de Arkansas. Las tres páginas del artículo vienen acompañadas por 5 fotogramas extraídos de dicha filmación y, el artículo en sí, mayormente, consiste en el análisis de los mencionados fotogramas.

La filmación, de 11 segundos, conocida posteriormente como la “fimación Luneau”, por ser éste el apellido del ornitólogo que consiguió tal documento gráfico, es ésta:

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Bien. En esos 11 segundos de filmación, lo más que se puede llegar a observar es a un gran pájaro de largas alas volando a través de unos árboles situados en un área pantanosa. Las alas parecen presentar un diseño de bandas blancas y negras… ¡y poco más!… ¡Sí, es cierto, el ave recuerda enormemente a un picamaderos picomarfil!, entonces… ¿Por qué entre la comunidad de ornitólogos, con el pasar de las semanas y los meses, eran cada vez más las voces que ponían en duda que el ejemplar que aparecía en las imágenes se tratara de un individuo de esa especie?

Bueno, sencillamente porque la zona donde fueron tomadas esas imágenes forma parte del área de distribución de un ave muy similar al picamaderos picomarfil. Se trata, lógicamente, de otra especie de pájaro carpintero, de tamaño algo inferior, y con una morfología, un diseño y una coloración que recuerdan bastante al Campephilus principalis. El sospechoso de ser el protagonista de la filmación es el picamaderos norteamericano (Dryocopus pileatus) (Figura IX).

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Figura IX. Hembra y macho adulto de picamaderos norteamericano (Dryocopus pileatus).

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Figura X. Ilustración en la que se muestran los rasgos comúnmente usados para distinguir a los machos y hembras de Campephilus principalis (izquierda) de los machos y hembras de Dryocopus pileatus (derecha).

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Figura XI. En esta otra ilustración se muestran los rasgos comúnmente usados para distinguir a los individuos de Campephilus principalis encontrados en vuelo (izquierda) de los individuos de Dryocopus pileatus encontrados en esa misma circunstancia (derecha). Se ofrecen tanto las vistas dorsales (arriba) como las ventrales (abajo).

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Casi todos vosotros os habréis dado cuenta de los rasgos que evidencian las diferencias entre ambas especies de picamaderos (Figuras X y XI). (He escrito casi todos y no todos porque hay un personajillo muy conocido en este blog, que de seguro no habrá sabido apreciar esas diferencias. En fin… ¡que el Santo Job me dé paciencia para soportar tan pesada carga!).

Y es que, aunque ambas especies presentan un patrón alar relativamente similar de bandas blancas y negras muy contrastante, en el picamaderos picomarfil, en vuelo, las bandas blancas, tanto dorsal como ventralmente, están más claramente presentes y extendidas que en su congénere. Así y todo, y si la observación es breve y/o se realiza en malas condiciones de visibilidad, es difícil distinguirlas y todo lo más que puede percibir el observador es un blanco destello desapareciendo entre la espesura.

Y tras los primeros comentarios y críticas de desaprobación, a los pocos años, comenzaron a surgir los primeros artículos que cuestionaban la identificación de aquel pájaro. Y a estos primeros artículos les siguieron otros muchos; la mayoría rechazando, no sólo la posibilidad de que el protagonista de aquella filmación fuese un Campephilus principalis, sino negando la posibilidad de que la especie continuara existiendo. Además de las pruebas gráficas, las grabaciones obtenidas por los ornitólogos del Cornell Lab. of Ornithology, también fueron rebatidas.

Al tiempo, no sólo se reanudaron y/o intensificaron las búsquedas del ave en las áreas que contenían hábitats susceptibles de albergarla, sino que la Administración norteamericana dedicó cuantiosas partidas presupuestarias para realizar labores de vigilancia y conservación de dichos hábitats.

Y fueron pasando los años… y las campañas de búsqueda (la mayoría llevadas a cabo por ornitólogos y voluntarios del Cornell Lab. of Ornithology), siempre arrojaban los mismos resultados. Así, en el informe que documentaba la temporada de búsqueda 2007-2008, se decía: “Los equipos de búsqueda cubrieron mucho terreno y probaron nuevas técnicas de muestreo… Los investigadores documentaron más avistamientos posibles y se escucharon posibles golpes dobles congruentes con la presencia del picamaderos picomarfil, pero la fotografía definitiva, como el ave en sí, continúa siendo esquiva”.

Al mismo tiempo, un equipo de ornitólogos de las universidades de Auburn y  Windsor que venían trabajando con la posibilidad de que existiera una pequeña población de picomarfil en la cuenca del río Choctawhatchee, en Florida, escribían en su página web: Completamos nuestro esfuerzo en 2008 para obtener pruebas definitivas de la existencia del picamaderos picomarfil en la cuenca del río Choctawhatchee a principios de mayo … Los miembros del equipo no tuvieron avistamientos y sólo obtuvieron dos detecciones de sonido en 2008. ¿Entonces, dónde nos deja todo esto? Casi en la misma posición que en junio de 2006. Tenemos una gran cantidad de evidencias de que el ave persiste a lo largo del río Choctawhatchee, en el centro de la Florida, pero no tenemos pruebas definitivas de que exista. O la emoción de la búsqueda hace que los observadores de aves competentes vean y escuchen cosas que no existen y llevan a analistas de sonido competentes a identificar erróneamente cientos de sonidos grabados, o los pocos ejemplares de picomarfil en la cuenca del río Choctawhatchee se encuentran entre las aves más esquivas del planeta”.

En agosto de 2009, el ornitólogo de la Universidad de Auburn, el Dr. Geoffrey Hill, concluía: “No he publicado muchas actualizaciones en este sitio en los últimos 9 meses porque no ha habido mucho que informar… Desde el invierno de 2008, hemos tenido pocos avistamientos o detecciones de sonidos… En resumen, nuestra experiencia durante el año pasado indica que los individuos de picomarfil se han mudado de las áreas en las que nos encontramos desde 2005 a 2008. No hay manera de saber si las aves se encuentran en diferentes lugares de la cuenca del río Choctawhatchee, en diferentes bosques de la región o muertas … No publicaré más actualizaciones en este sitio”.

Finalmente, en octubre de 2009, los ornitólogos de Cornell anunciaron la suspensión definitiva de las campañas de búsqueda. A través de un comunicado, expresaron: “Después de cinco años de búsqueda infructuosa, las esperanzas de salvar la especie se han desvanecido. No creemos que exista una población recuperable de picamaderos picomarfil”.

Pasan los años… el tiempo prosigue con su lento discurrir. Las búsquedas (menos numerosas y más espaciadas en el tiempo), también lo siguen haciendo. Las ilusiones de aquellos que mantienen las esperanzas en la supervivencia de tan fantástica ave siguen persistiendo al mismo ritmo que siguen persistiendo los rumores sobre su existencia.

Desgraciadamente, a día de hoy, todavía no se ha ofrecido ni una sóla prueba que demuestre, de manera irrefutable y consistente, que el picamaderos picomarfil continúa siendo un ser propio de nuestro mundo tangible, físico, real. Mientras ello no ocurra, el picamaderos, alejado de esta realidad objetiva, seguirá perdurando en esa otra realidad donde perviven las leyendas, los mitos, los seres fantásticos…

Y seguirá surcando los bosques con su blanco destello de nostalgia.

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3 enero 2019

Desolación

Filed under: Ecología — Nadir @ 1:03

Como xa vos teredes decatado se saídes ó campo, este ano os carballos produciron unha cantidade fabulosa de landras. E non só os carballos e rebolos, senón as aciñeiras e sobreiras, moito maís veceras (alternantes na producción de froito).

Xa antes de marchar de viaxe andiven recollendo semente de bidueiro, unha bolsa mediada, máís dun kilo. E á volta, en landras das referidas quercíneas collín seis kilos, máis uns maínzos de semente de teixo, pradairo e tileiro. E niso estiven estas últimas semanas, adicando o meu tempo libre a plantar toda esa semente nos sitios que consideraba máis axeitados para cada especie.

Onte rematei; xa caera o sol e aínda andaba sementando as últimas landras de aciñeira na paisaxe desolada que deixou o lume nesta bisbarra. Xa retiraran os piñeiros queimados, alá que foron camiño de Portugal e da FINSA de San Cibrao para facer taboleiros de aglomerado, dos que levan as cociñas ou os mobles ruíns. Nas abas desprotexidas formáronse regueiros que lamberon a terra, deixando a rocha núa. Toda a tarde pisando cinza e carbón foron minando a miña entereza, e nese estado de ánimo estaba cando un pequeno paxaro foi pousar moi perto de min. Fiquei inmóvil e achegouse aínda máis, a unha distancia como o pao do meu sacho, e estivo peteirando os graos que debía ter unha das poucas plantas que saíran tralo incendio. Alí estabamos nolos dous, sós nese campo de negra morte, estranos e fora de lugar como un astronauta camiñando por Samil. Emocioneime. Fagoo por ti, lle dixen, sen mover os beizos. El seguíu picando, e non parecía que a miña compaña lle incomodase.

Non podo máis.

Eu non dou feito máis.

Poñamos que coa miña labor terei sementado, aquí e alá, cousa de unha hectárea en total. Só nese lume arderon 1.360 ha. Eu só non dou feito. E estou só, asoballadoramente só.

Escribín, por segundo ano, á delegación de ADEGA en Monterrei, a única asociación ecoloxista presente no Sudeste ourensán, para propoñer saídas para apañar semente e ila sementar. Por segundo ano, non merecín nin resposta. Moito menos merecen eles.

Non é que precise compaña, eu estou ben só no monte e para levar a miña bolsa de landras e o meu sacho non preciso de ninguén. Pero cómpre facer unha labor coordinada para recuperar os montes. Coordinada, subordinada ou como for, pero cómpre facelo. Pero ninguén quere dobrar o lombo ou que lle vexan co sacho (poderosísimo símbolo da Galiza labrega, antes collerían un cartucho de dinamita aceso), e a mín xa me doen os cadrís e morro de carraxe porque non adianto nada.

Eu só non podo arrincar todos os eucaliptos que prantan, e máis aqueles que medran das sementes dos maduros, aínda que hai un catedrático da enxeñería de montes en Madriz que di que non ten risco de naturalización. Lémbrame a anécdota dun grupo de enxeñeiros aeronáuticos soviéticos fixeron cálculos e concluiron que un abesouro non podía voar. E o iñorante abesouro voando dun lado para o outro dende vai milleiros de anos.

Eu só non podo máis que arrincar algunha mimosa que sae de semente, pero non podo enfrontarme coas maos núas (cunha machada, nin sequera teño motoserra) a unha masa delas colonizando coas súas raíces maís e máis terreo a velocidade arrepiante.

Eu só non podo sementar máis que unha mínima superficie do que arde cada ano só nestes concellos da raia seca.

Só un dato. Hai un foro de xente interesada na recuperación das masas forestáis orixináis: Repoblación autóctona. ¿actividades na Galiza? Cero. Non hai interese na rexeneración ecolóxica galega, só en sacarlle á terra algúns billetes máis para emborracharse no vindeiro entroido. Que mal faría esta terra para ter tan malos fillos, que o mellor que pode esperar deles é a indiferenza.

De feito, a solución non é que un grupo de boas xentes adique un Sábado a sementar un monte queimado. Así non se adianta nada, unhas poucas hestáreas. É unha parvada que eu vaia polo monte co sacho; o que tería é que estar facendo o que mellor sei, gañando diñeiro e producindo riqueza para logo pagar uns impostos e, con eles, que o Estado comprase maquinaria para facer a repoboación de terreos degradados dun xeito mecanizado e sistemático. Adicando a que xa hai (non hai concello que non teña un tractor cun brazo para rozar as caldeiras) para machacar as perigosísimas acacias, e logo durante anos aplicar fitocidas nos rebrotes para rematar coas raíces. Finalmente, e dunha vez por todas, pasar no parlamento galego unha lei que faga responsable a cada propietario (colectivo ou persoal) da eliminación das especies vexetáis alóctonas atopadas en parcelas forestáis da súa propiedade. Como dixen vai xa un tempo: o futuro pasa necesariamente por unha lei así. Ou non haberá futuro para os ecosistemas galegos.

No canto ós grupos ecoloxistas e moi en particular a ADEGA, só interesados en que pagues a cuota, xa lles poden dar moito polo cú. Mentres eu andaba baixando o cerrizo apañando landras, os merdáns ecoloxistas estarían gabándose do moi comprometidos co “medio ambiente” que son (catchword dos babecos, unha redundancia porque medio e ambiente son sinónimos) nalgunha terraza da vila. Moita verba e pouca angueira, leña verde. A natureza como un concepto abstracto, e non como ecosistemas concretos con problemas concretos os cales dar unha solución concreta (lumes, eucaliptos, acacias, estas son as prioridades na Galiza a moita distancia da cuarta). O planeta está ameazado, todos debemos sentirnos culpables pola nosa vida moderna, por afastarnos da natureza e comer da árbore do coñecemento. Choremos polo planeta e reciclemos o puto vaso do yogur, un pequeno xesto (¡¡¡POSTMODERNISMO!!!) para salvalo. Cago na cona bendita…

Outro exemplo máis do postureo polo que devece esta progresía de merda a cal abomino.

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27 diciembre 2018

Una fábula neoecologista

Filed under: Ecología — Nadir @ 11:51

Esta vez, dejadme que os cuente una fábula.

Érase que se era un río que discurría por un paisaje devastado por las repoblaciones forestales, los incendios y el avance imparable de las acacias. Sin embargo, el bosque ripícola del curso alto de este río se había conservado relativamente bien y había merecido la inclusión en la Red Natura como LIC.

Este río oficia de frontera entre dos concellos. La margen derecha es un pequeño concello rural, gobernado por la derecha más atrasada, asilvestrada, cerril y zote que cabe imaginar. La ribera izquierda depende de la capital de la comarca, un villote que en las pasadas elecciones cambió de manos a la izquierda chupiguai del P$O€ y el BNG (el grupo de Podemos en la comarca es tan grotesco que no los vota ni su madre).

La izquierda inclusiva e interseccional quiso demostrar su compromiso ecologista y lo hizo de la única forma que se le ocurre a una corporación municipal: contratando los servicios de un constructor. Los ayuntamientos, gobierne quien gobierne, tienen por objeto dar carga de trabajo a las constructoras, no tienen otra finalidad ni capacidad de actuación.

Pues bien, la iniciativa ecologista consistió en limpiar, es decir, desbrozar la margen siniestra que administraba hasta dejarla como un campo de golf. Eso sí, estoy seguro que lo hicieron de forma inclusiva y con perspectiva de género, porque estos paletos pierden el culo en copiar todas las tonterías que ven en los medios para intentar disimular el olor a bosta de vaca.

Sólo los árboles de mayor calibre fueron indultados, y ni siquiera todos, sino un tronco por cada pie. Sobre este paisaje ecológicamente devastado abrieron una pista que ni siquiera está cerrada al tráfico (es frecuente que pasen por ella criajos con sus ruidosas motillos). Hay que decir que hay pistas y carreteras que ya discurrían a una decenas de metros de ambos márgenes del río, fuera ya de la delimitación de la Red Natura que sólo comprendía, como hemos dicho, el bosque túnel de los árboles de ribera y su vegetación asociada, ese sotobosque que los aldeanos modernitos consideran maleza y basura. Convirtieron una antigua senda de pescadores en una pista que, según la terminología botarate oficial la han llamado ecovía fluvial biosaludable o no sé qué imbecilidades de este neolenguaje infecto. Es decir, ahora es un paseo fluvial para disfrute de los villanos que ya pueden cómodamente pasear por un entorno antropizado que es lo que les gusta a esta carroña humana acomplejada de haber nacido en el rural. ¡Ya semos como los de Madrí! Y se han cargado la mitad de un ecosistema muy valioso incluido en la Red Natura para poder tener la ilusión de contar con su propio Parque del Buen Retiro.

Sería inútil tratar de explicarles que esta actuación, en un país civilizado, les llevaría de cabeza a la cárcel por un grave delito medioambiental. Esta basura humana neoprogre está encantada de haber prestado un servicio a la ecología, liberándola de esas feas plantas que impedían la contemplación del río, el mismo periódicamente devastado por la rotura de las balsas de decantación de las obras del AVE, esa infraestructura que, ya sí que sí, traerá la prosperidad a esta tierra. La consideración de que la declaración de Red Natura (que como vemos no es una figura de protección pues no protege de nada ante la estupidez de un consistorio, tan ignorante y pueril como el niño que abraza a la mascotita que le han regalado hasta aplastarla) era debida precisamente a la existencia de ese ecosistema de ribera que han conseguido destrozar. Al menos en su margen izquierda. En la otra margen, abandonada a su suerte por la despreocupación del consistorio garrulo, aún puede prosperar libremente la vegetación de ribera que, a su vez, da cobijo y sustento a la fauna asociada a este tipo de ecosistema (anfibios, reptiles, aves y pequeños mamíferos, ese bicherío desagradable a todos estos burros de cuidada vestimenta).

Por lo tanto, tenemos la paradójica situación de que la parsimoniosa salamandra, el tímido zorzal, buscarán refugio en la orilla aún preservada del lado administrado por el gobierno de palurdos cejijuntos escopeteros, huyendo del compromiso ecologista del consistorio progre que ha destruido su hábitat para convertirlo en un lugar de recreo. Si pudieran votar, esas plantas de ribera, esos animales que entre ellas prosperan, votarían por la derecha de la boina que hace lo mejor que se puede hacer por ellos: ignorarlos, dejarlos tranquilos. Votarían al demonio con tal de huir del espíritu ecologista y solidario de los que con no más letras que los palurdos reaccionarios, tienen la pose y la petulancia de pretender ser modernos.

La desgracia es que el daño causado incumbe a todo el entorno del río, ya que el trasiego de gente que transita por la orilla recientemente despejada dificultará que la fauna refugiada en la ribera facha pueda realizar sus funciones básicas, alimentarse, aparearse, nidificar… huyendo a lugares más retirados y apacibles, lejos del abrazo destructor de los neoecologistas.

Esta anécdota me viene muy al cuento para denunciar a la izquierda alternativa que, en nombre de la ecología (como del feminismo y la inclusividad) desarrolla políticas segregacionistas, racistas, sexistas y, en este caso, ecocidas (el mejor ejemplo es la devastación producida por la moda giliprogre de los biocombustibles), simplemente porque es lo que está de moda. Evidenciando dos cosas: la primera, su falta de preparación intelectual y, la segunda, la falsedad de su compromiso por los valores que dicen defender y que sólo reproducen en lo superficial, en lo anecdótico, lo semántico y lo gestual. La política de gestos es la característica más definitoria de esta alt-left postmoderna contra la que me he alzado en armas, la izquierda del postureo.

En plata: a esta escoria humana de estética casual le importa una higa ni los ecosistemas, ni las especies animales, vegetales o fúngicas que en ellos prosperan. Sólo les importa su ombligo, dar cuenta al mundo de las maravillosas personas que son en una constante escenografía de egolatría sectaria.

Este hatajo de osados ignorantes, refractarios al pensamiento científico basado en la duda metódica y muy duchos en la charlatanería de axiomas magufos repetidos de forma acrítica a modo de mantra o salmodia, está conduciendo a la izquierda al despeñadero. ¿El antídoto? Un brebaje de eficacia universal: rigor, rigor, rigor. Estudio, y avanzar sin perder en ningún momento el pasamanos de la realidad. Exterminar la irracionalidad, la superstición y el dogma allá donde se encuentren, y antes que nada cuando aparecen en el propio organismo y amenazan gangrena.

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15 diciembre 2018

Porcallán en liña

Filed under: Ecología — Nadir @ 3:30

Camiñando por esta terra máxica teño atopado das cousas máis raras botadas nas caldeiras dos camiños ou nas beiras dos ríos. Cociñas, bicicletas, neveras, televisores a ducias, neumáticos… Antonte atopéi unha plancha (en normativo, penso que é un ferro de repasar a roupa, pero todos o chamamos plancha), e lembrei unhas fotos que tirei vai uns días, doutro achado que fixen nunha caldeira no val do Tâmega.

Si, xa sei que as fotos son unha merda. Eu aínda uso un móvil con tecliñas, xa nin os mendigos van cun deses. Bastante que ese día o levaba comigo, que normalmente fica na casa.

Que haxa porcalláns non é novo, aínda que penso que é a primeira vez que vexo tirado un teléfono. O que é máis estrano é atopar alguén tan parvo de botar refugallos ó monte… sen borrar os datos que poderían identificalo. Tampouco pasa nada porque os do SEPRONA son da zona e non van facer nada por rematar cunha conducta socialmente normalizada.

Velaquí tedes: o número de liña é o 988413636, e no frontal da base outro número para telo a mao: 293260.

Non podo saber quen foi o porco noxento que botou alí ese teléfono (porque el só non chegou alí andando), pero sí que podo buscar quen é o titular desas dúas liñas.

E iso fixen, unha simple pescuda na rede e…

988413636: Hospital de Verín
988293260: Centro de Salud de Paderne de Allariz

Para cagarse.

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