La mirada del mendigo

20 noviembre 2016

Sumideros

Filed under: ecología — Mendigo @ 23:35

Habréis visto muchas veces lo que se conoce como Curva de Keeling, la concentración de CO2 en la atmósfera:

La tendencia es evidente, pero no sé si os habéis percatado de la forma en dientes de sierra que tiene la curva. ¿A qué se deben esas oscilaciones de periodicidad anual? Es la marca que deja la respiración de la Tierra. En los meses cálidos en el Hemisferio Boreal (donde se encuentran la mayor parte de la superficie emergida del planeta), la actividad biológica de los vegetales se acelera, retirando CO2 de la atmósfera. Al llegar el frío, esta fábrica de oxígeno se ralentiza, recuperando el máximo invernal del año anterior y añadiéndole un poquito más. La sucesión de todas esas oscilaciones estacionales, en el largo plazo, es una curva con una tendencia nítidamente ascendente debido a las emisiones antropogénicas. Aunque la escala en el largo plazo de ambos fenómenos es diferente, fijándonos sólo en un año, es importante darse cuenta de la capacidad de fijación de CO2 que tienen esos pulmones verdes.

Tratando del cambio climático, siempre se pone el acento, y con razón, en las fuentes de emisión de gases de efecto invernadero (CO2, CO y CH4, principalmente). Sin embargo, en ocasiones pueden ser los sumideros la forma más eficiente de lucha contra el calentamiento global. Por ahora, la reacción más poderosa que conocemos para fijar el CO2 atmosférico es ésta: CO2 + H2O –> C6H12O6 + O2. Exacto, es la reacción global de la fotosíntesis (exactamente, la fotosíntesis oxigénica, hay otra basada en el azufre y no en el carbono, propia de algunas bacterias). Básicamente, una reacción endotérmica (necesita de la luz solar) que consigue crear azúcares con los que la planta construye sus estructuras, a partir del CO2 atmosférico y del agua, obteniendo oxígeno como subproducto de la reacción.

Efectivamente, la respiración de las plantas y del mismo suelo invierte ese proceso durante las horas de oscuridad, consumiendo O2 y liberando CO2. Sin embargo, el balance es positivo para la primera reacción. De hecho, hace unos 2.000 millones de años la atmósfera del planeta estaba envenenada de CO2 procedente de la actividad geológica y fueron las cianobacterias, una de las formas más básicas en las que se manifiesta la vida, las que empezaron a retirar ese CO2 de la atmósfera y, mediante la fotosíntesis, devolver oxígeno, incrementando paulatinamente su concentración hasta hacer posible la aparición de otras formas de vida más complejas, que necesitaban ese oxígeno para poder respirar. Piénsalo de otra forma: el oxígeno que estás respirando inconscientemente no siempre estuvo ahí, algún día fue el desecho de una planta o un alga en su proceso de crecimiento y formación de estructuras. La gran mayoría del oxígeno molecular que hace de la atmósfera terrestre respirable, ha sido liberado por un ser que la clorofila ha teñido de verde.

¿A qué viene esta introducción? ¿Dónde quiero ir a parar?

Os lo cuento. Quiero ejemplificar entre la aproximación del ignorante que utiliza temas ecológicos o climáticos para poner pose de comprometido, y las vías que realmente son eficientes y significativas para resolver un problema. Un ejemplo lo expliqué con el problema de las tres amigas: al final, la que menores emisiones asociadas tenía, de largo, era la urbanita que pasaba de rollos ecológicos, mientras que la ambientalmente concienciada y la amante del rural multiplicaban sus emisiones de CO2e.

Ahora os quiero poner un ejemplo real de imbéciles jugando a la ecología. El otro día me entero que en una villa del Sur de Ourense, había un debate sobre ¿adaptación? al cambio climático. Por entonces estaba en la aldea, así que pensé en acudir, claro. Pero luego pensé un poco más, y como ya me conozco el percal, acabé concluyendo que lo mejor que podía hacer por el cambio climático (y mi salud mental) era no coger el coche para ir a Verín.

Acerté de pleno. De hecho, el nivel de insensatez rebasó mis ya altas expectativas: además de los consabidos paneles solares (sabía que iban a salir, son el protagonista estelar de toda operación de lavado de imagen que se precie) y demás palabrería al uso, alguien propuso que el concello adquiriese un autobús eléctrico, para fardar ante los asistentes a los (inexistentes) congresos que se celebren en la villa. Postureo, postureo, postureo. Cuando me enteré de las conclusiones del “simposio”, bullían en mí los impulsos homicidas.

Vamos a ayudar a estos cabestros y darles unas líneas de actuación si es que de verdad, que no, quieren reducir las emisiones de efecto invernadero. Como comentamos con el caso de las tres amigas ¿cuál sería la recomendación para una villa de la Galicia profunda? Aumentar la densidad de población. Es decir, por medio de las herramientas que un Concello tiene a su alcance, el IBI (para machacar las ya construidas) y el PXOM (para dar cerrojazo a que se construyan más), limitar la expansión de la villa según el modelo portugués de “vomitona con tropezones”, con un paisaje de casas con jardincito (lo que aquí llamamos chalé) esparcidas en derredor. Igualmente, un ayuntamiento tiene otra herramienta fiscal tremendamente potente para poner coto a las emisiones de CO2e: el IVTM, el impuesto de circulación. Desligándolo de un parámetro arbitrario y obsoleto como la “potencia fiscal” (que no es potencia sino una función de la cilindrada) y haciéndolo proporcional a las emisiones de CO2 homologadas (mucho más altas en los SUV y 4×4) lograríamos promover una reducción enorme en las emisiones. Y no sólo no gastaríamos ni un duro de las arcas municipales, sino que éstas se llenarían a cuenta de los vecinos que perseverasen en su despilfarro energético.

¡Ah, carallo! Ecologistas sí, pero en su justa medida. La medida en la que no nos afecte a nuestra legítima necesidad de ostentación.

Y, sin embargo, éstas serían las actuaciones significativas: en el ejemplo de las tres amigas, una reducción de emisiones de entre un 47% (caso de la pija concienciada que vive en un chalet), y un 73% (la que vive en la aldea y baja a trabajar a la villa) si conseguimos que fijen su residencia en el casco urbano.

Sé bien que las anteriores medidas es extremadamente improbable que sean implementadas por consistorio alguno, al menos hasta que no se resuelva el problema de origen que aqueja a la sociedad española y que en la Galicia profunda es una pandemia: el palurdismo. El atraso cultural que hace que construyamos nuestra vida en torno al qué dirán, una existencia que encuentra su sentido en escalar peldaños de la pirámide social en vez de en lograr la satisfacción íntima del desarrollo personal. Seguimos siendo una sociedad atrasada, nuestra vida está determinada por el parecer de la tribu. Somos, en suma, unos paletos (y eso no se arregla comprando un SUV con llantas de 18″).

Bueno, disculpad esta digresión.

Las medidas propuestas en la anterior entrada, ciertamente limitarían en gran parte las emisiones de CO2e. Pero aún hay otro tipo de actuaciones que, en un medio rural como el que nos ocupa, serían prioritarias. Y a cuenta de esto venía la introducción. Me parece cínico, ofensivo, una burla que alguien de la raia seca plantee con el candor que da la ignorancia la cuestión de cómo contribuir a paliar el cambio climático (supongo que se referirían a eso, porque adaptarse a él, sería tan fácil como poner un aire acondicionado, de puro analfabetos es que no saben ni expresarse).

¿Qué pueden hacer estos tipiños, aún antes de aumentar la densidad de población? La respuesta es clara: ¡DEJAD DE QUEMAR EL MONTE!

Señores, que estamos en el epicentro de la actividad incendiaria gallega; qué poca vergüenza hay que tener para hablar de paneles fotovoltaicos cuando cada año arden cientos de hectáreas de pinares y monte bajo en la comarca. Sabemos que el CO2 generado por los incendios supone la quinta parte de la contribución global antropogénica de gases de efecto invernadero.

Dejémosnos de zarandajas y echemos cuentas:
Se estima que las emisiones de CO2e (CO2, pero también CO, un agente de calentamiento global aún más activo) en un incendio forestal en nuestros montes (depende mucho de la densidad vegetal) suponen 45 toneladas por hectárea.

En sólo unos días del final de Septiembre, ardieron en la puta provincia de Ourense 6.000 hectáreas, así que podemos estimar que (además del daño ecológico) se liberaron a la atmósfera 270.000 toneladas de CO2e. Sólo en los incendios. Incendios que no surgen por generación espontánea, sino que son provocados por gentes del lugar respaldados por una popular de tolerancia y justificación (más el silencio de la omertá gallega). Por cierto, en la foto aparece, rodeado de llamas, el castillo renacentista que domina la villa de Verín.

La provincia tiene 335.000 habitantes, de los cuales podemos hacer una aproximación en cuanto a su perfil de emisiones: 2/5 viven en el casco urbano, 1/5 en la periferia de las villas y ciudad de Ourense, y los otros 2/5 en las aldeas, la mitad de los cuales bajan a trabajar cada día a las villas de referencia (la otra mitad los integro con los urbanitas, a pesar de que su consumo en calefacción es muy superior).

– Con unas emisiones asociadas de 1.910 kg Co2e/año, los urbanitas (y aldeanos que no se desplazan) suponen unas 384.000 toneladas de CO2e.
– Con 3.619 kg de CO2e/año, los pijos de las urbanizaciones y chalés suponen 242.000 toneladas (suponiendo sólo un quinto de la población).
– Y los descomunales 7.058 kg de CO2e/año para los que van cada día de la aldea a la ciudad: 473.000 T/año. De nuevo, sólo son 1/5 de la población, y su consumo energético es superior al de los 3/5 que no necesitan el coche para su actividad diaria).

Entre todos, podemos suponer que las actividades domésticas de los ourensanos suponen una emisión de 1,1 millones de toneladas de CO2e. Supongamos que la escueta actividad industrial (aunque en Ourense aún hay un polígono industrial bastante considerable, aunque devastado tras la crisis económica) añada un tercio más de emisiones. Redondeando, 1,5 MT de CO2e por las actividades humanas. A lo cual los incendios añaden 0,27 MT más.

¿Quieres reducir las emisiones de CO2? Fácil. No tienes que hacer nada, sólo dejar de hacer: deja de quemar el monte. Y no, no vienen de Talavera de la Reina o Calatayud a prender fuego, son los mismos paisanos del lugar los que lo provocan y lo encubren (con una excepción, tengo fuertes sospechas a que también vienen de Portugal, porque es el camino que toma la mayor parte de la madera quemada).

Reduciendo la criminalidad incendiaria a niveles homologables con el resto del Estado, y ya no digo niveles europeos, estamos limitando de un plumazo un 18% de las emisiones. Una reducción enorme (podéis ver los objetivos voluntarios que se plantearon en la Cumbre de París, la mayoría se compromete a vagas promesas de incrementos moderados) que pasa simplemente por acabar con los incendios forestales.

¿Parece poco? ¿Queremos ir a más?

Pues entonces, la solución no es comprar un autobús eléctrico, sino algo tan humilde y prosaico como ésto:

Pero la cacharrada de baterías de litio no tiene la capacidad de obrar un milagro como éste:

Que quizá le parezca poca cosa al berzotas que se extasía con el último juguete tecnológico, pero ésta y sus compañeras tienen un potencial descomunal en la lucha contra el cambio climático. Y aquí volvemos a los sumideros, y a la biocaptura del CO2.

Bailan mucha las cifras según el clima y las especies, pero en Europa se estima que un bosque joven fija 5 toneladas de CO2 por hectárea y año. Es decir, si en vez de gastar en hacer el paripé (gañanes que hacen su vida de cara a la galería, qué modernos somos que tenemos un autobús eléctrico aparcado 360 días al año), invertimos en regenerar el medio natural, algo tan sencillo como comprar sacos de bellotas (es mucho más eficiente en el género Quercus sembrar que transplantar, y con los 500.000€ que cuesta un autobús eléctrico pequeñito se puede pagar mucho puto saco de bellotas) y conratar unas cuadrillas de trabajadores que las vayan sembrando en las áreas degradadas por los recurrentes incendios, obtendremos una captura significativa de CO2.

¿Cuán significativa?

Bien, sabemos que la superficie forestal de la provincia suman 575.476 ha, de las cuales 319.627 ha están arboladas y el resto están baldías e hirsutas tras el paso de incendio tras incendio (conozco como pocos ese territorio, y seguramente son más). Si comenzamos por ellas la regeneración ambiental, sembrando semillas de Quercus (carballo, rebolo, cerquiño, aciñeira y sobreira), Acer, Fraxinus, Betula… podremos tener durante las próximas décadas un sumidero descomunal de CO2.

Los números son apabullantes: 1,28 MT de CO2e/año. Es decir, compensaríamos casi completamente las emisiones de CO2e de la actividad humana en la provincia (un 85% de reducción es brutal). Con las medidas propuestas de eficiencia energética (una vez más, incrementar la densidad poblacional) podríamos ofrecer un caso único en el mundo: tendríamos una emisión de CO2 neta NEGATIVA. Es decir, con la campaña masiva de reforestación, seríamos un sumidero neto de gases de efecto invernadero.

Por supuesto, cualquier territorio boscoso y poco poblado lo es; pero contando la campaña de reforestación entre las actividades humanas (poner una cubierta vegetal donde no la hay, y hay zonas de la provincia en riesgo de desertificación), seríamos una de las pocas sociedades que pasó de ser un cáncer para el medio natural a ser su salvación.

Claro que para eso, habrá que esperar a que las ranas críen pelo y la España profunda se alfabetice, lo que antes ocurra.

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NOTA: por supuesto, el mismo objetivo de captura del CO2 se puede cumplir plantando pinos, eucaliptos o paulownias en vez de especies autóctonas. Pero no parece muy lógico luchar contra la amenaza medioambiental (y humana) que supone el cambio climático, destruyendo lo que quede de ecosistemas. Vendría a ser un absurdo como curar una enfermedad matando al paciente. Claro, muerto el perro, se acabó la rabia. Y los bosques arden porque están llenos de árboles, como dijo Bush y piensa el 99,99% de palurdos que habitan esta tierra (el monte arde porque está sucio).

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NOTA 2: Está muy extendido un tipo de racismo que no deja de ser un complejo de inferioridad, una manifestación de impotencia frente a un pueblo que está haciendo muchas cosas bien (y, sin duda, muchas mal): los chinos. Si en la anterior entrada os mostraba quién se había convertido en tiempo récord en líder destacado en la fabricación e instalación de aerogeneradores (hace tan sólo un lustro, si alguien me lo hubiera dicho me hubiera reído en su cara, y mira). Ahora os desvelo qué Estado es el que abandera, de largo, la reforestación (cuando en la mayoría del mundo la tendencia es a seguir perdiendo superficie arbolada). Efectivamente, China.

Lo de compadecerse de los pueblos atrasados se nos da que te cagas, sobre todo a la progresía. Ahora bien, cuando uno de esos pueblos se levanta por sus propios medios y amenaza nuestra hegemonía… entonces ya no somos tan multiculturales. Pues haríamos bien en tomar lecciones de todo lo que en Asia están haciendo mejor que nosotros, y esforzarnos en difundir todo lo que nuestra sociedad tiene aún que aportar (que es muchísimo, y no nos damos cuenta).

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23 octubre 2016

Por tierras de los cadurcos

Filed under: ecología — Mendigo @ 23:55

Bueno, pues ya estoy de regreso a la vida sedentaria. Por si alguien se ha percatado del largo periodo de inactividad, la explicación es bien sencilla: estaba perdido por tierras de los cadurcos.

¿Ein?

Vale, los cadurcos eran un pueblo galo vecinos de los arvernos. Ya romanizado el territorio, este pueblo dio nombre en occitano al territorio del Carcin (francesizado como Quercy) y de su capital, Caors.

Lo curioso del asunto es que si buscáis el Quercy en un mapa actual no lo encontraréis por ninguna parte, ya que las regiones históricas que conformaban el mapa de Francia fueron desmembradas y reorganizadas en unidades a las que se privó de cualquier referencia histórica anterior (lo mismo que los follacabras en Nínive), recurriendo a la hidrografía para nombrarlas. Así, dejamos de oír hablar de la Gascuña o del Lemosin, y el Carcin quedó repartido entre los département de Lot y el de Lot et Garonne.

Para hacerse una idea, sería como cambiarle el nombre a la provincia de Burgos por el de Alto Duero, o a la de Alacant por Segura. Esta pasión hidrográfica no es inocente, por supuesto, sino como parte de una campaña de aculturización para homogeneizar según el modelo de la corte los territorios bajo su control. Los súbditos deben hablar la lengua del rey y profesar su misma fe, para evitar quintacolumnistas. Lo curioso es que el mayor ímpetu en este proceso no fue bajo la monarquía, sino bajo el jacobinismo republicano. Una limpieza étnica en toda regla que impuso la lengua y modos de Paris en el resto del territorio (la lengua francesa era minoritaria en el territorio francés, una lengua regional más entre el occitano, el catalán, el gascón, el bretón, el alsaciano, el saboyardo, el vasco…).

Bueno, que me enrollo. Pues la cuestión es que he estado por esas tierras, y quería hacer referencia al viaje por un detalle que se me vino a la cabeza. Buena parte del Carci está considerado parque natural: les Causses du Quercy.

Causse es un término occitano que hace referencia a las zonas de pastos secos, propias de las mesetas calizas en las cuales el Dordonha, el Òlt o el Célé tallan su cauce. Hace unas cuantas décadas las ovejas se enseñoreaban del territorio. La dureza de las condiciones (la roca caliza está horadada, así que son suelos que no retienen nada el agua sino que toda gota que cae rápidamente se suma al caudal subterráneo que acaba aflorando en los valles encajonados) habría hecho exclamar a cualquier lugareño al cual se le preguntase por la ausencia de árboles “¡pero si aquí no puede crecer ná! Aquí desde siempre no hubo más que hierba”.

Es curioso cómo para las personas con una cultura limitada, los términos “siempre” y “nunca” pertenecen a un lapso temporal bastante reducido, dos o tres generaciones. Más allá, ya puede ser una iglesia barroca, gótica o visigoda, que se mezcla en aquel remoto pasado del que ni tan siquiera su abuelo tuvo noticia.

Bueno, pues el caso es que tras el éxodo rural, los rebaños fueron menguando y las causses fueron recuperando su cobertura original, y hoy en día, tan sólo unas pocas décadas después, los amplios pastos han dejado paso a un denso bosque.

Luego sí que podía crecer más que hierba, bastaba con retirar la causa de la deforestación para que el ecosistema se recuperase y las navas y landas se poblasen de especies leñosas. ¡Quién lo hubiera dicho hace 50 años! Además era un bosque precioso, con especies mediterráneas adaptadas a la sequía que impone el karst a las que no estoy acostumbrado: robles melojos y quejigos, mezclados con boj, enebro, arce de Montpellier, cerezo mahaleb… y otras muchas variedades que no era capaz de reconocer. Lo cual no es nada extraño, pues de botánico, como de todo, sé muy poquito pero al menos lo suficiente para darme cuenta que era un medio muy diverso, con una enorme variedad de especies (y ya con el sotobosque, ni me pongo).

¿Por qué traigo a colación esto? Porque el mismo proceso de despoblación del medio rural se ha dado en toda Europa, con los mismos resultados de avance de la frontera natural. Y vemos que ocurre lo mismo en Alemania, en Italia y en buena parte de España. Sin embargo, en Galicia este proceso de regeneración natural fue detenido, y las tierras que eran liberadas de la agricultura fueron ocupadas por los monocultivos forestales, pino y eucalipto. Cuando no, los aldeanos previnieron el avance del bosque mediante fuegos recurrentes hasta el límite de la desertificación al quedar los suelos expuestos a los meteoros.

Es por ello que se da la paradoja que la otrora yerma planicie calcárea del Quercy tiene más pies de árboles autóctonos que las cuatro provincias gallegas juntas, en el imaginario popular y en los folletos turísticos aún “fogar dos verdes castros” y de profundas fragas.

9 septiembre 2016

Si privado, privado para todo

Filed under: ecología — Mendigo @ 10:52

Llevo ya muchos años explicando cuál debería ser el eje de la política antiincendios (en este caso, gallega, pero el mismo razonamiento sirve para cualquier lugar del cuadrante NW peninsular): desactivar los intereses que existen en que un monte arda. Una de las medidas sería establecer un sistema de incentivos a los concellos para que el monte NO arda (y no al revés, ahora llueve dinero sobre los concellos incendiarios), básicamente pasándoles la minuta de la extinción.

Esta medida se basa en la observación evidente de que no toda Galicia arde por igual, sino que la mayoría de los incendios se provocan en unas zonas muy concretas (a Raia Seca y, en menor medida, la cuenca del Sil).

Es una injusticia que la Galicia incendiaria quiera que los costes de extinción se repartan entre todos los gallegos (y resto de ciudadanos del Estado), empobreciéndonos todos por la bestialidad y salvajismo de una minoría de garrulos, dedicando unos recursos que no sobran a jugar al juego de yo prendo y tú vienes con el 7º de caballería a apagarlo.

Pero hoy quería añadir una precisión a esta medida que propongo: muchos de los incendios son provocados por pastores o cazadores: son los que afectan a monte bajo. Pero cuando el fuego es en áreas forestadas de pino y eucalipto, ahí la autoría de los tratantes de madera es clara.

Inciso: aprecio dos tendencias en los incendios. Una, los que prenden tras unas lluvias, alejado de cualquier núcleo urbano, queriendo provocar un incendio pero sin hacer mucho daño. Muy probablemente este tipo de incendios sean fruto del sector de la extinción (empresas de alquiler de maquinaria o de aeronaves, o algún brigadista que quiere asegurarse el puesto de trabajo para el año siguiente o vengarse porque no le hayan cogido para esta temporada…).

Y luego están los fuegos de estos días, en plena ola de calor al final del verano, cerca de núcleos habitados cuya defensa es prioritaria y, por lo tanto, puede seguir expandiéndose en el resto de direcciones. Estos buscan quemar la máxima extensión posible, generalmente dándose varios en la misma zona, con varios focos, para desbordar y dispersar los medios.

Anteayer, con Ourense a más de 40ºC, enfundarse en un traje ignífugo, ponerse el casco y la mascarilla y acercarse al fuego de Muiños o el de Bousés debió ser un infierno. Y fue apagarse éstos (tras toda una noche bregando) y salir otros en Boborás, en Monterrei y en Entrimo.

Pues bien, en estos fuegos en los cuales es evidente la intención de quemar el máximo número hectáreas de pino y eucalipto, las medidas a tomar son evidentes. La primerísima, prohibir terminantemente el comercio de madera quemada que alimenta el negocio. Efectivamente, la mayoría de los árboles, tras el paso de un incendio, conservan la albura casi intacta, es madera que sigue sirviendo perfectamente para la industria de la transformación (tableros de conglomerado, MDF…) pero pagada a un menor precio, lo cual incrementa el margen de beneficios.

Pero hay otra medida, que se complementa con la de pasarle la factura a los Concellos. Cuando el incendio tenga lugar en una Comunidad de Montes, que sean los comuneros los que corran con el costo de la extinción.

El rationale de esta medida cae por su propio peso: las Comunidades de Montes (atajo de bestias) no quieren ni oír hablar de repoblación con autóctonas. Ellos plantan lo que les da más dinero porque para eso es una propiedad privada (falacia que comentaba el otro día con Violeta). Muy bien, pues si es un negocio privado del cual obtienen un lucro, que las labores de prevención y extinción en su “empresa” corran también por cuenta suya. Son libres de contratar los servicios antiincendios que quieran, contratar a quien les plazca (a los más inútiles amigos del alcalde, como hacen las brigadas de los concellos) y dotarles de los medios que estimen convenientes. Y si con eso no basta y piden ayuda al Estado (o el Estado ve que la situación está descontrolada y le obliga a intervenir), se hace la cuenta de los costos asociados a la actuación y se pasan a la Comunidade de Montes (u otros grandes propietarios).

Podría establecerse una excepción para la superficie afectada que estuviera poblada por especies autóctonas. El mensaje es sencillo: si de vuestra propiedad privada nos beneficiamos todos, por preservar unos valores naturales, acudimos solidariamente para extinguir ese incendio. Pero si hacéis de vuestro monte privado un negocio que excluye la conservación del medio, impidiendo su regeneración natural con la plantación de especies alóctonas, escogiendo además especies tan peligrosas en un incendio como las coníferas o los eucaliptos… también habrá que privatizar los costes de extinción que ese modelo forestal genera.

Si es privado para repartir unos cientos de euros todos los años a los vecinos (si los vecinos son pocos y hay mucho monte, miles), entonces, que también sea privado para apechugar con la factura.

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Anexo I:

Considero pertinente repetir parte de la conversación con Violeta en una entrada pasada, porque creo que es la clave del problema.

Violeta: Ó palurdo galego medio fálaslle de que existe algo chamado “patrimonio natural” e boeno…como se lle falaras en coreano, que as árbores da súa finca son súas e fará con elas o que lle peta, cómo van ser patrimonio de ninguén! Comunista!;-) Nin saben que non poden cortan sen antes pedir un permiso (permiso que dan en tódolos casos, por outra parte…)😒

Mendigo: O dos permisos de corta son só un mero trámite burocrático, é certo.

No canto a propiedade privada, é un cabalo de batalla. A propiedade privada non é un dereito absoluto, non xa en sistemas socialistas senón neste tempo e lugar. A propiedade privada está sometida ó ben común (artigo 33.2 da Constitución), como por otra parte é lóxico, de caixón. ¿Ou alguén entende que pode poñer un taller de pirotecnia no núcleo urbán dunha cidade? A parcela é túa, ninguén cha quita, pero tes unha responsabilidade co resto dos viciños, que limita o uso que lle podes dar. De feito, no eido urbanístico, limítache moitísimo: por exemplo, non podes superar o números de alturas establecido.

¿Por que isto, que é evidente, non entra na cabeza da xente das aldeas? Porque non lles interesa entendelo. A terra é túa, pero a túa terra, e a outra e a outra son o que chamamos Galicia, cuns valores naturáis e paisaxísticos que son patrimonio de todos e cómpre defender. A terra é túa, pero os usos deben estar regulados porque o que ti fagas no teu terreo, ten influencia sobre o resto do ecosistema e da paisaxe, esa terra non está illada, aboiando no espazo sideral.

Agora, vas a unha aldea e explicas todo isto. Pfff. Por unha orella lles entra…

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26 agosto 2016

Incendios forestales en Galicia: comprendiendo la insania

Filed under: ecología — Mendigo @ 9:08

En la pasada entrada, Violeta hace un comentario que creo que da exactamente en el clavo. Un par de frases:

Es desesperante como la mayoría de gallegos repiten sin cesar la cantinela de “limpiar el monte” y “monte abandonado”. […] Hay un sector de gallegos (especialmente de la generación de mis padres) que tienen idealizado el monte antropomorfizado y despejado de antes de repoblar con pino y eucalipto y se abandoraran tierras. Para ellos hay que desbrozar el monte, cultivar esas tierras, meter el pastoreo de nuevo…

Violeta y yo entendemos de qué va la historia, porque somos de aquí, pero quizá a gente de fuera le resulte difícil comprender el estado del medio rural en Ourense, epítome de las condiciones en que se encuentra el cuadrante NW peninsular, que es donde se concentran el 96% de los incendios (en número de focos, no Ha. quemadas). Por ello voy a ilustrar su excelente comentario con unas pocas imágenes.

No tengo la de Cualedro (el verdadero culo del mundo, el horror), pero os muestro la evolución de la población en un concello cercano, también recursivamente incendiario.

Vilardevós

Efectivamente, si consultas el Madoz describe (en 1846) aldeas de 300 vecinos dedicados a la huerta, el centeno y la vid. Quizá reseñe la existencia de un telar o una fragua. Y te sonríes, porque esa misma aldea tiene hoy sólo 5 casas habitadas todo el año. Parejas de ancianos que no dejan duda del futuro ineludible de esa aldea: el abandono.

En la entrada de Cualedro no aparece la evolución demográfica, pero sí un dato sobre el nivel educativo de la población:

La formación de la población de Cualedro se caracteriza por el alto grado de analfabetismo (13,60 %) y de personas sin estudios (65,80 %). Estos datos de 1996 son peores para las mujeres en el primer caso (20,7 % de analfabetismo frente a 6,7 % en los hombres) y peores para los varones en el segundo caso (71,3 % de personas de sexo masculino sin rematar estudios primarios).

Simplemente impresionante.

En la gráfica se aprecian dos fenómenos: un proceso de fuerte crecimiento de la población debido al desacoplamiento entre las curvas de natalidad (aún alta, siguiendo patrones reproductivos tradicionales) y de mortalidad (en retroceso debido a los avances médicos asociados a la revolución industrial). La vía de escape de este crecimiento vegetativo siempre ha sido la emigración, que amortiguaba la tendencia. Pero a partir de 1960, en España tiene lugar el éxodo rural, que no sólo amortigua sino que revierte drásticamente la tendencia creciente hasta dejar grandes zonas despobladas.

Ambos procesos no son, desde luego, particulares del NW peninsular (ambos son fenómenos globales que aún siguen operando en las demografías de los países subdesarrollados) pero aquí el cambio se dio con inusitada fuerza: un cambio muy abrupto de un patrón de crecimiento a una despoblación radical en muy pocos años.

¿Qué tiene que ver este rollo demográfico, por todos conocido, con los incendios? Pues TODO.

Es sencillo, y la clave nos la aportó Violeta: ¿Cómo reaccionó la población gallega del s.XIX y primera mitad del s.XX a esta presión demográfica creciente? Roturando tierras, dedicando cada vez más superficie al cultivo o a pastos, a expensas de las masas boscosas. Hablando con los ancianos, te cuentan que todo hasta donde abarca la vista, estaba cultivado, y esta devastación ecológica es narrada por estas gentes con orgullo. Orgullo entendible, pues estos ancianos crecieron con el hambre alentando en su pescuezo, espoleados permanentemente por la necesidad de alimentar a un número creciente de bocas, porque una rudimentaria medicina e higiene habían logrado que no muriesen suficientes niños, rompiendo el equilibrio natural y creando, con una trágica ironía, un grave problema.

Creo que a mucha gente se le escapa la dureza de las condiciones de vida de aquellas gentes, a tan sólo un siglo de distancia de nuestra muelle sociedad. Mi abuela tuvo once hijos, de los cuales sobrevivieron ocho. Los otros tres (tíos míos), murieron básicamente de malnutrición y miseria. Los ancianos de hoy que conocieron a mi abuela, coinciden en que murió reventada de trabajar para sacar adelante ella sola a su familia (a mi abuelo lo asesinó la Guardia Civil en el 37, esa misma Guardia Civil que nunca ha pedido perdón por tanto crimen y nadie se ha atrevido a exigírselo).

Hoy en día, se antoja extraña la idea de tener cerdos en casa, y nunca haber probado el jamón. Pero es que los jamones eran curados para venderlos a los ricos de la villa, y poder así comprar más tocino que aportara proteínas y grasas para subsistir el resto del año. No estoy hablando de las naciones más desgarradas del continente africano, sino de la España de principios del siglo XX.

Esta realidad, que nunca aparece en los libros de historia, grabó con fuego en las mentes el instinto de supervivencia. Y en esos años, la supervivencia pasaba por dedicar cada vez más tierras al cultivo. En esos tiempos, tener una tierra ociosa implicaba dejar de alimentar una boca, deixar morrer un fillo. Las tierras incultas, en esas condiciones, eran un baldón para su propietario, que quedaba identificado evidentemente como un perezoso. Y cuando la supervivencia de tu familia dependía de tu capacidad de trabajar como una bestia de carga (¿o pensáis que la espalda encorvada de los viejos de las aldeas es de nacimiento?), la pereza, la molicie eran textualmente criminales.

Este es el acuciante contexto social que dio origen a la idea, más bien obsesión, de cultivar hasta el último pedacito de tierra, por apartado y escarpado que fuera (en Galicia, geológicamente una anciana, las pendientes rara vez son tan pronunciadas que imposibiliten el cultivo, y aún en éstas, el terreno se organiza en bancales). No olvidemos la baja productividad del campo en aquellos años, con un microfundismo que aún hoy impiden la mecanización y cualquier intento de racional la producción para hacerla rentable.

Y llegaron los años ’60, el desarrollismo y se disparó el éxodo rural. Aquello fue un “tonto el último”; y realmente era así, pues existía la idea de que sólo se quedaba en la aldea quien no valía para otra cosa. Los más avispados y arrojados cruzaron el telón de grelos camino de Alemania, Suiza, Francia, Madriz, Barcelona, Bilbao… en busca de un lugar que ofreciera a sus hijos las oportunidades que una Galicia ingrata, sometida al control de los caciques locales, les negaba (exactamente igual que los que se juegan la vida, y a veces la pierden, en el Estrecho).

Abruptamente, la necesidad perentoria de roturar nuevas tierras se esfumó. Cada vez había menos brazos para trabajarla y menos bocas que dependiesen de ella (y luego llegaron las pensiones, que liberaron a los ancianos de la servidumbre de la búsqueda de sustento). Según descendía la población, cada vez más tierras iban quedando abandonadas, quedando el cultivo reducido de nuevo a sólo las tierras más fértiles y próximas a la aldea. Como la caída de población fue tan acusada, el proceso de abandono de tierras también lo fue. Demasiado rápido para ser asimilado por los que se quedaban, y generar cambios en la conciencia social según las nuevas condiciones.

Siguiendo un proceso natural, estas tierras abandonadas van siendo de nuevo ocupadas por la Naturaleza, primero por matorral (lo que se conoce por el muy revelador nombre de maleza) que crea las condiciones para que las especies de mayor porte progresen. Todo lo anterior no es ni mucho menos característico de Galicia, y el mismo proceso de éxodo rural y reforestación natural ocurrió en Alemania, Francia… y por eso ahora disfrutan de grandes masas boscosas.

Lo característico de Galicia es que los que se quedaron (los más tontos o timoratos del pueblo, según esa misma conciencia popular) se negaron a aceptar la realidad, con las nuevas condiciones que imponía al campo. Sintieron este proceso de regeneración natural como una amenaza, y si bien ya no podían mantener su modelo de paisaje, cultivado hasta el último palmo de tierra (faltaban brazos y, sobre todo, faltaba la necesidad imperiosa para no morir de hambre), tampoco han permitido el avance de la frontera natural, manteniéndola a raya con sucesivos, recurrentes, recursivos incendios (el monte bajo es la forma que tiene la naturaleza de regenerarse tras el incendio, y la razón para que el aldeano vuelva a provocarlo). Los paisanos han heredado el atavismo de identificar una xesta, un toxo, un rodal de rebolos (especie de roble de menor porte), hace medio siglo indicio incriminatorio de un holgazán que no asegura la supervivencia de su prole, con la maldad en estado puro, un estado de abandono que acarreará desgracias a la sociedad. Entroncamos con la aún más vetusta idea de que el hombre debe luchar contra el medio para domesticarlo, someterlo, moldearlo, imponer sobre la Naturaleza un orden humano. Una idea tan primitiva que es el núcleo argumental del primer texto literario de la historia, un cuento mesopotámico cuyo origen en la tradición oral se pierde en la noche de los tiempos (reaparece en la Hélade con el mito de Heracles).

Por lo tanto, los incendios son la forma de reaccionar de una población envejecida e iletrada a los cambios que impone la modernidad. Siguen operando hoy con los parámetros heredados de sus padres y abuelos, lo cual sólo puede tener como consecuencia el desastre. La falta de adecuación entre sus directrices mentales y la realidad no sólo se limita a esta cuestión, por ejemplo es precisamente este atraso el que impide irónicamente que se pueda desarrollar cualquier proyecto agrícola serio en este piélago de microfundismo. Y siguen con la economía de supervivencia de sus abuelos, con sus cuatro vacas, veinte ovejas y su leira de patacas e millo (modelo agroganadero promovido desde la administración con subvenciones, por otro lado).

Pero esto es sólo una parte del cuadro. Hay que añadir otra variante: en grandes zonas, se promovió desde el Estado la introducción de especies industriales (pinos para FINSA y eucaliptos para ENCE) ocupando las tierras que iban siendo liberadas de la agricultura o la ganadería. Como he comentado muchas veces, este es la mayor catástrofe ecológica, muy por encima de los incendios, pues impidió la regeneración natural de los ecosistemas gallegos (los incendios sólo la detienen temporalmente, la ralentizan, excepto en los casos extremos del Sur de Ourense, donde la infernal reiteración de incendios provocan la pérdida del suelo y la desertificación). Especies alóctonas y pirófitas que echaron, literalmente, más leña al fuego.

Quiero dejar bien claro, ya para terminar, que no todos los incendios del NW peninsular se explican por lo anteriormente descrito. Tendríamos que hablar de los madereros que hacen negocio de la madera quemada (en buena parte portugueses), de los cien millones de € que todos los años se embolsa el sector de la extinción, de los proyectos eólicos que se liberan tras un oportuno incendio, de los cazadores que necesitan tener despejada la línea de tiro…

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16 agosto 2016

Las ovejas más caras del mundo

Filed under: ecología — Mendigo @ 12:28

De nuevo, vuelve a arder el Concello de Cualedro. Como el año pasado, como el anterior… como todos los veranos desde hace muchos años. Y no es el primero de este verano, ni seguramente será el último (de hecho, aún queda lo peor, el tramo final del verano, donde se concentra la actividad incendiaria).

Si la Península es (con Grecia) el lugar con más incendios forestales de Europa, y Galicia es sin duda el lugar con más incendios forestales de España. De lejos. Imaginad el estado en que se encuentra el municipio con mayor reincidencia de fuegos de toda Galicia. Bueno, no hace falta que os lo imaginéis, podéis echar un vistazo al Google Maps. La sucesión de incendios, año tras año, hace que esta zona esté en proceso de desertificación (se pierde la fracción orgánica del suelo por escorrentía, y sólo queda la granulometría más gruesa y, en ocasiones, la misma roca madre queda expuesta). Un desierto en Galicia, parece broma, pero es muy triste.

Veamos los medios movilizados para sofocar el último incendio: “…3 técnicos, 12 agentes, 35 brigadas, 16 motobombas, 3 palas, 7 helicópteros y 5 aviones.”

Contando que cada hora de helicóptero le cuesta a la Xunta 6.000€, podéis echar cuentas del coste para el Estado que supone alimentar al rebaño de 20 o 30 ovejas (existen otras causas, pero en esa zona la motivación principal de los incendios es crear pastos nuevos).

Notable, porque el coste de una oveja viene a ser poco más de 50€. Y para alimentar a un rebaño valorado en 1.000 o 2.000€, el año pasado un viejo provocó un incendio que supuso unos costes para el erario público de 5 millones de euros. Alimentar a cada oveja del viejo, nos costó a los gallegos 250.000€, que tuvieron que naturalmente detraerse de otras partidas (100 millones de € todos los años en extinción, que bien invertidos en educación sí que podrían poner fin al garrulismo incendiario).

En serio ¿qué sentido tiene esto? Que nos estemos gastando millones de € en apagar incendios en el culo del mundo, aldeas pobladas por cuatro acémilas que no son capaces de salir de la animalidad en la que crecieron. Incendios que, además, ya ni siquiera amenazan valores naturales, pues la reiteración incendiaria ha convertido esta otrora fértil tierra en una sucesión de navas y terrenos baldíos.

Me parece ridículo seguir jugando a este juego: un palurdo provoca un incendio, y la sociedad gallega pone los medios para apagarlo. Y así una y otra vez. El aldeano con un mechero, y tenemos que movilizar hidros, helis, camiones, paleadoras… y personas que se juegan la vida para apagarlo. No tiene sentido. Total, para evitar que arda hoy lo que va a arder mañana, y pasado mañana…

Por lo tanto, me reafirmo en la idea de cuál es la solución final a este choteo que se traen los palurdos todos los veranos: que la Xunta (y el gobierno central, porque los Canadair son del Ministerio de Defensa, y también intervienen la UME) pase la factura de la extinción al concello afectado.

En municipios normales, donde el incendio se debe a una imprudencia, un accidente, y es un hecho aislado, el quebranto económico a las arcas municipales será puntual y perfectamente solventable. Sin embargo, aquellos concellos en los que existe una reiteración de incendios, tendrán que sacar ese dinero de otras partidas del presupuesto. Así, los costes recaerán sobre las zonas donde se producen, en vez de repartirlos entre todos. Si el monte es privado para repartir beneficios de sus repoblaciones de pinos y eucaliptos, que también lo sea para hacer frente a la factura de la extinción de incendios en ellos.

De esta forma, se hará justicia. Los municipios en los que sus habitantes sean civilizados y tengan un modelo sostenible de ordenación del territorio progresarán, y aquellos poblados por bestias bípedas se empobrecerán. Y quizá cuando vean que el ayuntamiento no tiene dinero para parchear la carretera que va a la aldea, o que las farolas no se encienden porque la compañía eléctrica ha cortado el suministro por impago, empiecen a cambiar de actitud. O no, en cualquier caso, se harán daño a sí mismos y a su tiera, y no al conjunto de Galicia como hasta ahora.

Los actos deben traer consecuencias, y que cada pueblo reciba lo que se merece. Quizá al fin así se aprenda a actuar con responsabilidad.

Lo que más gracia me hace es que, en muchas ocasiones, esas ovejas de alimentación millonaria están, encima, subvencionadas con fondos de la PAC. Estamos subvencionando el atraso y la destrucción del medio natural: cuánto bien harían esas subvenciones creando institutos de investigación o un semillero de empresas tecnológicas, para retener en Galicia los jóvenes brillantes, y no mantener la sopa boba a cuatro viejos cerriles y malintencionados.

Porque el principal culpable de esta situación no es tal o cual palurdo, el verdadero responsable es la ignorancia y la miseria. La solución al carnaval incendiario de todos los años es traer el desarrollo a Galicia, pues una persona con estudios y un buen trabajo, no se dedica a ir dejando una mecha encendida atada a unas cerillas con cinta aislante bajo unas xestas.

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