La mirada del mendigo

17 septiembre 2017

Deir ez Zor, el premio gordo

Filed under: internacional — Mendigo @ 12:01

En estos últmos días, hemos visto cómo el ejército sirio ha levantado el cerco al que el Estado Islámico había sometido a Deir ez Zor, en una galopada a través del desierto, y en respuesta cómo las SDF (kurdos y rebeldes árabes demócratas) se han apresurado a lanzarse sobre la ciudad desde la otra orilla.

En realidad a los kurdos no les interesa para conquistar más territorio: para ellos supone de hecho un problema, ya que según las poblaciones controladas más al sur son de mayoría árabe, sus habitantes son más reticentes a aceptar una administración de mayoría kurda. Durante toda su vida se les ha enseñado que pertenecen a una raza superior, la estirpe del Profeta, y desde luego superior a los kurdos, los gitanos de próximo oriente. De hecho, el nombre oficial de Siria es República Árabe Siria. ¿Qué tal os suena República Federal Aria de Alemania?

No, el premio gordo que les espera es éste:

Como vemos, la mayoría de los pozos de petróleo están en la rivera izquierda del Éufrates. De ahí el empeño del Ejército Árabe Sirio en cruzar el río y de las SDF en impedírselo.

Ése es el trofeo al final de esta campaña contra el Estado Islámico: controlar la zona más rica en petróleo de Siria, que se abre desde el Éufrates hasta la frontera iraquí. Que no es tampoco es precisamente Ghawar o Baku, Siria nunca ha sido una potencia exportadora, pero permitiría a una hipotética región autónoma en el Norte de Siria la viabilidad económica; de ahí el interés kurdo por controlar esa orilla del Éufrates, y del gobierno sirio en impedirlo.

Pero claro, esos pozos aún están bajo control islamista, y es más sencillo planificar su conquista que realizarla. Especialmente porque cada vez les queda menos territorio al que escapar, y los últimos soldados del califato se defenderán como una fiera acorralada (quizá sobre el como, no es comparación sino identidad).

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7 agosto 2017

¿Y Honduras?

Filed under: internacional — Mendigo @ 20:30

Estoy de Venezuela hasta la arcada. La relevancia en la prensa patria es superior a la que tienen algunas comunidades autónomas. De hecho, si no fuera por los incendios se diría que Galicia por fin se ha independizado, mientras que Venezuela sigue siendo territorio de la Corona.

Mientras las noticias en Venezuela copan la sección internacional de la prensa del régimen (lo de PRISA ya es obsesión), en el resto del mundo siguen pasando cosas.

Por ejemplo, un país en el que las oligarquías están desarrollando un programa de asesinatos sistemáticos de opositores: políticos, periodistas, sindicalistas… todo lo que no se somete a su dictadura capitalista está en el punto de mira. También los activistas medioambientales (no, el caso de Berta no fue un hecho aislado). No, no hablo necesariamente de Colombia. Quería comentar este mapa y que localicéis Honduras:

Aproximadamente la mitad de asesinatos de ecologistas que Brasil, uno de los focos calientes de enfrentamiento entre los intereses económicos y ecológicos con la Amazonía como tablero de juego. Pero es que Brasil tiene una población 23 veces superior.

Es nauseabunda la comparación entre el tratamiento que la prensa patria da a esos dos países latinoamericanos, la sobreexposición de Venezuela y el silencio cómplice de lo que está sucediendo en Honduras (o Colombia, o Perú, o Guatemala… es notorio cómo los gobiernos próximos al capitalismo global reciben un tratamiento informativo amistoso). El País & co. hacen activismo periodístico de clase en pro de sus propietarios, alineando el tratamiento de la información con los intereses de sus accionistas. Sólo por eso consienten en seguir sosteniendo un medio que pierde dinero ejercicio tras ejercicio desde hace lustros.

A todo cerdo le llega su San Martín.

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15 julio 2017

Con la luz de tu sonrisa

Filed under: internacional — Mendigo @ 14:57

Le fue por un pelo.

Cuánto me alegro, pues esa tierra de follacabras está muy necesitada de mujeres insumisas.

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13 junio 2017

Merecer la democracia

Filed under: internacional — Mendigo @ 13:51

Digamos que éste es un epílogo a la entrada anterior. Y es un pensamiento que me lleva dando vueltas desde hace tiempo, tan agradable como una china en el zapato.

Comentábamos que, para que pueda desarrollarse un sistema político democrático, debe existir una sociedad que se reconozca como tal, y acepte el acuerdo y no la imposición como elemento básico de la acción política.

La primera parte es evidente, para desarrollar cualquier proyecto en común (sea un matrimonio, un club de piragüismo o un Estado) debe existir una voluntad siquiera implícita de realizarlo, en provecho general. Esto debería ser evidente, si en vez de la unión de personas de mutuo acuerdo y para común provecho, es la imposición de la voluntad de una sobre otra, de la cual obtendrá en lo sucesivo provecho (económico, emocional o sexual) en una transacción desequilibrada, no cabe hablar propiamente de relación libre sino de explotación esclavista.

La segunda parte, quizá la obviamos con demasiada ligereza. Implica la renuncia al empleo de la violencia, al someterse a la decisión de la minoría (en aquellas cuestiones de carácter público, la mayoría no tiene nada que decidir sobre el color de mi sombrero, pongamos por caso). Durante siglos, hemos asumido la razón de la fuerza como válida, incluso como voluntad divina (Franco fue caudillo de España por la Gracia de Dios, y no se me ocurre mejor ejemplo para ilustrarlo, la Falange tuvo, en las elecciones de 1936 menos del 0,1% de los votos, y tres años después el fascismo gobernaba España por el derecho de las armas).

Como comentaba en la anterior entrada, si se usan las urnas como excusa para que un grupo social se imponga y someta a otro menos numeroso, esto no puede llamarse democracia. La democracia es un intento de crear un espacio común de convivencia por medio del acuerdo. Si no hay voluntad de convivir en igualdad, sino que mantenemos la mentalidad de conquista e imposición sobre las tribus vecinas, las urnas son sólo una variación taimada de las armas.

Y es lo que me lleva a pensar que dictadores como Bashar al-Assad (y su padre Hafez), Sadam Hussein o Muamar el Gadafi pudieran tener su punto de razón, y ya sé que es muy grave decir esto. En los tres, encontramos la misma política de mano dura (criminal, sin ambages) para someter a un pueblo. Sin embargo, en todos los casos no se trata de un pueblo, sino de al menos tres pueblos reunidos por los caprichos del tiralíneas occidental (Libia como reunión de la Cirenaica, la Tripolitania y el interior desértico; Iraq y Siria con el matrimonio forzado de tres glandes bloques, el árabe suní, el árabe chií/alauí y el kurdo, más una miriada de minorías cristianas, yazidíes…). Para mantener la cohesión de estos nuevos Estados, además de para obviamente mantener el poder, ambos recurrieron a regímenes autoritarios, fuertemente represores (con todo, ni de lejos los peores de la región).

La cuestión, la terrible cuestión, es ¿podrían haber actuado de otro modo? ¿era inevitable la dictadura como forma de gobierno? La pregunta es terrible, pero en este espacio no nos detenemos, ni siquiera respetamos nuestras creencias más profundas. La realidad es nuestra única Diosa, reina y señora. Y, tanto en Libia, como en Iraq, como en Siria, los hechos parecen indicar que alguna razón tenían estos dictadores. Desaparecido ese poder centralizador, ventana de oportunidad que los ciudadanos podrían haber aprovechado para autoorganizarse y evolucionar hacia formas de gobierno democráticas, en los tres casos (y podríamos aquí sumar a Egipto entre los ejemplos) la debilidad de un poder represor se ha aprovechado en cambio para caer en el abismo de la guerra sectaria entre las diferentes naciones que componían, ahora lo vemos, el Estado.

No cabe duda que un gobierno dictatorial ilegítimo, como el de la dinastía Assad, era una situación humanamente más soportable (!!!) que la sangrienta masacre que se abrió al debilitarse su control sobre la mayor parte del territorio. Esta situación, en que las dictaduras son el mal menor, es ideológicamente insoportable, pero la evidencia llama a nuestra puerta.

¿Es esto un elogio de la dictadura? No exactamente. Porque la dictadura, a su vez, por ese mismo carácter ilegítimo, arbitrario y violento que la define, frecuentemente aumenta la fractura entre los distintos grupos sociales, las distintas sociedades que conviven bajo la bota del dictador. Especialmente cuando una de ellas es preferida sobre las otras, que se sienten relegadas (Sadam era suní y Tarek Aziz caldeo, ante la clamorosa infrarepresentación de la mayoría chií en los altos cargos del Estado). Por lo tanto, cada vez el Estado debe enfatizar más su maquinaria represora para mantener unidas las partes. El autoritarismo es una vía muerta, que sólo conduce al desastre.

¿Entonces? Pues entonces es que el proceso civilizatorio es muy jodido, y la sociedad debe acompañar al Estado en el proceso de apertura. Si la sociedad (las sociedades) no están preparadas para ese proyecto de vida en común, abrir la mano sólo conducirá al desastre.

Y ahora, centrándonos en Siria. Mucho antes de empezar a ser señalado como “régimen” por la prensa de orden, ya denunciaba yo la represión de la Muhabarat. Ahora, con unos añitos más a cuestas, me hago la pregunta. ¿Habría sido posible que el educado oculista londinense, al hacerse con las riendas del país, hubiera proseguido en su programa liberalizador -político- si no se hubiera encontrado con el peligro de la amenaza islamista? Dicho de otra forma ¿no ha sido precisamente la amenaza islamista la que hizo recular a Bashar de la línea modernizadora de sus primeros años en el poder, y volver a la estrategia de la represión para sofocar una oposición integrista que ya amenazaba con volver a reeditar las luchas baazismo-wahabismo que ya tuvo que librar su padre?

Es mi sospecha, que estos dos autoritarismos, el secular y el integrista, se retroalimentan. Sin esa amenaza, ahora no queda más remedio que reconocer que de ningún modo paranoica, el régimen sirio podría (no sabemos si existía una voluntad real, pero habría existido tal posibilidad) haber evolucionado hacia un modelo social más incluyente (especialmente a la mayoría rural suní y los despreciados kurdos) y democrático.

El caso libio también aporta su ejemplo (y yo apoyé aquí la operación aérea que detuviera la columna de carros que se dirigía a Bengazhi, para evitar una masacre): el pueblo libio, de haberse reconocido como tal, una unidad social con intereses comunes y vínculos de solidaridad, podría haber reaccionado al vacío de poder tras la caída del histrión con la creación de un Estado moderno, democrático y garantista con los Derechos Humanos. En su lugar, se formaron una pléyade de bandas armas dirigidas por señores de la guerra, casi todas adscritas ideológicamente a corrientes islamistas, mientras que la minoría civilizada se recluía en sus casas y, a lo sumo, organizaba grupos de patrulla para defender sus barrios de clase media del saqueo.

Y aquí debemos hacer notar otra característica de las dictaduras: la represión impide la creación de una sociedad civil. Por el contrario, la sociedad está desarticulada, incapaz de retomar el mando y reorganizarse si colapsa el poder dictatorial. En su lugar se hacen con el poder bandas de fieras usando la razón de la fuerza como legitimación sancionada por Allah (uno de los puntos en los que el islam coincide con el fascismo, la victoria militar como expresión de la voluntad divina, por eso es tan importante aplastar al Estado Islámico).

Entonces, ¿qué? Soy consciente que estoy lanzando mensajes contradictorios, pero aseguro que sólo pretendo analizar lo más honestamente que puedo la realidad. ¿No hay solución? Más autoritarismo o menos autoritarismo conducen invariablemente al desastre. ¿No hay alternativa a la dictadura y la barbarie, ninguna oportunidad a la democracia y la libertad?

Sí, la hay, nuestra sociedad (nuestras sociedades) es un buen ejemplo. No es que seamos muy civilizados, pero al menos no nos matamos (aunque aún existe la tortura y los malos tratos policiales, promovidos además por la Ley Mordaza).

Supongo que la vía pasa por la relajación de tensiones, el abandono explícito de la violencia como herramienta política, de la cultura de la imposición por la cultura del diálogo y el acuerdo, en un círculo virtuoso de intercambio recíproco entre Estado y sociedad de menor autoritarismo y mayor civilidad. Podríamos decir que es un pacto de mutua confianza, yo abro un poco el puño, y no os desmandáis (ni a derribar el gobierno, ni a mataros entre vosotros). Esa vía, muy bien pilotada, puede llevar en relativamente poco tiempo a un sistema político democrático.

Puede ocurrir, por ejemplo, que la sociedad ya esté madura para asumir su propia tutela y simplemente el Estado no quiera acompañar ese proceso y seguir instalado en el autoritarismo. En ese caso, es perfectamente recomendable un golpe violento para derribar ese régimen ilegítimo que mantiene encorsetada y sometida a la sociedad. El mejor caso que se me viene a la mente es Portugal: tras derrocar a Salazar en la Revolução dos Cravos, la sociedad portuguesa (que se veía a sí misma como una sociedad) se organizó en un Estado moderno, nada que ver con la suerte de Mad Max en que se ha convertido Libia a la caída de Gadafi. Evidentemente, la sociedad libia de 2011 no estaba tan madura como la portuguesa de 1974, y probablemente ni existía como sociedad, sino un conjunto de clanes y tribus cuyo único tegumento para construir una entidad superior sería el fanatismo islámico.

Sin embargo, acabar con el poder autoritario cuando la sociedad, o una parte de la sociedad, no está preparada ni acepta un proyecto de convivencia democrático, se puede revelar peligroso. Y en los últimos años, la expansión e intensificación del fundamentalismo islámico, provocando la involución de sociedades bastante abiertas y adaptadas a una democracia si no plena (que eso no existe sobre la faz de la Tierra), si al menos homologable con Occidente, va a retrasar durante décadas el proceso de liberalización política (insisto en que debemos reapropiarnos del concepto de liberalismo, como corriente política decimonónica metafísicamente opuesta al conservadurismo, a la que el marxismo sirvió de continuación en el campo económico).

Y aquí volvemos a encontrarnos en una contradicción dolorosa: y es que reyezuelos, dictadores y sátrapas se convierten de esta forma en naturales aliados de un occidente (cada vez menos) liberal y democrático, frente a un enemigo aún más reaccionario: el islamismo. De esta forma, Europa promovió y bendijo el pucherazo de Buteflika al no aceptar la victoria electoral islamista; tenemos que condescender con el Marranito VI y su mazem, porque es el mejor dique frente a un islamismo cada vez más pujante y organizado; incluso las casas reales árabes se antojan como interlocutores más o menos civilizados [sic] que juegan entre dos aguas, las ansias reformistas de una minoría occidentalizada y la invencible pleamar de una masa social cada vez más integrista, belicista, reaccionaria, pastoreada por el clero wahabita.

Esta necesidad de bailar con dictadores hace perder toda credibilidad, no sólo a nuestros gobiernos (¿alguna vez la han tenido, incluso entre nosotros?), sino del propio modelo político laico, liberal y democrático que, nos guste o no, encarnamos a ojos del resto del mundo. Y esto también es un enorme problema.

Deberíamos replantear la política exterior conjugando el realismo (no hacerle de nuevo la cama a un dictador para beneficio de yihadistas) con los principios. Un verdadero encaje de bolillos, que está muy lejos, intelectual y éticamente fuera del alcance de la clase política europea (lo de Trump pertenece ya al dominio de la zoología).

Resumiendo, sería el de poder relacionarse con regímenes autoritarios (o no plenamente democráticos, como Marruecos) con ambivalencia: tenemos tratos porque primero, es lo que hay, y segundo, lo que podría haber si caes sería aún mucho peor; pero no ocultamos nuestro desprecio por tratar con un gobernante ilegítimo y no renunciamos a aspirar a algo mejor, de hecho alentamos ese proceso civilizador, sin caer en la trampa de confundir el avance con el retroceso de libertades que propone el islamismo.

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11 junio 2017

En Siria no puede haber democracia

Filed under: internacional — Mendigo @ 23:05

Para resolver un conflicto, lo primero que hay que hacer es estudiarlo correctamente, procurando abarcar todos los aspectos significativos involucrados.

Lo que en modo alguno ayuda son los análisis pueriles, buenistas, simplones, que sin entender los orígenes dan soluciones fantasiosas de aplicación mágica. Sobre la guerra multilateral en al-Sham (Levante Mediterráneo) he tenido que leer cosas propias de maestrilla de preescolar, niños sed buenos, dejad de mataros y seamos de nuevo todos amiguitos. Venga, daos un besito.

Decía, ya en los viejos tiempos del antiguo blog, que España no existe. Pues si no existe España (como realidad social), que es uno de los Estados más viejos del mundo, a ver cómo demonios pretendemos que exista Siria, una fabulación que no llega ni al siglo de historia.

¿De qué servirían unas elecciones presidenciales libres en una Siria en paz? Los suníes apoyarían al candidato suní, los alauíes a Assad o al candidato que le sucediera, los kurdos votarían por el PYD, y así. A lo más que se llegaría, es a una coalición en la que los cristianos se sumaran a otro bando minoritario para no ser barridos (en Siria tradicionalmente los alauíes, pero en Iraq a los suníes y en Egipto a los militares).

Y se podrían repetir cien veces las elecciones, y los resultados seguirían reflejando el peso demográfico de cada comunidad en el Estado. Da igual que creas que tu candidato es un ladrón, corrupto e incompetente, es tu candidato y es tu deber religioso votar por él. Es que ni te planteas votar al de la comunidad rival, eso sería prácticamente apostasía. No es concebible.

Y claro, esto no es democracia, sino imposición de una secta sobre otra. Por las armas, o por los votos, al final ambas son conclusiones de la demografía.

Más en concreto: si en Siria hubiera elecciones libres, la mayoría árabe suní coparía los órganos del Estado, desatando una política de represión contra el resto de minorías religiosas y étnicas. Es decir, la vuelta de la tortilla de la discriminación que han sufrido a manos de las élites alauíes. Aunque ante las evidencias del fanatismo religioso que anida en el rural suní (¿os habéis enterado de que en Siria hay una guerra civil, verdad?), sería de esperar que el control del ejército, la policía, la judicatura… acabara en una campaña de limpieza étnica contra las odiados y mimados alauíes, como ya antes sufrieron los kurdos (los gitanos de Mesopotamia).

Es sencillo, las minorías no pueden permitirse el lujo de unas elecciones libres, porque supondría su exterminio, como no pueden permitirse el lujo de perder esta guerra.

Y es que la democracia no requiere sólo de urnas. Es imprescindible el respeto a unos Derechos Humanos (algo tan obvio como el tener una mayoría social no da derecho a llevar a cabo una política de limpieza étnica) y debe existir un cuerpo social. Una sociedad que se identifica como tal. Y en Siria hay lo menos media docena.

El problema, y no es la primera vez que lo expresamos en este sitio, es que las lealdades en el territorio que conocemos como siria, son hacia la tribu y el grupo étnico/religioso, no al Estado. No hay sirios, hay suníes, alauíes/chiíes, hay kurdos y hay varias comunidades cristianas, cada vez menos numerosas. Lejos de haber un sentido de pertenencia a una misma sociedad, encuentras más lealtad en ciudadanos de otros estados pero de tu misma secta. Por ejemplo, para defenderse de los conciudadanos sirios de credo suní, los alauíes recabaron la ayuda de ciudadanos de otro Estado pero de su mismo credo como es Hezbollah. Esta es la mejor muestra que “sirio” no tiene ningún valor, no responde a ninguna realidad, pero suní, chií, asirio o kurdo sí que tienen significado, vaya si lo tiene. Tiene tanto valor que hay gente que está dispuesta a matar o morir por esa comunidad (por imponerse a los demás). En cambio, si Siria en su conjunto tuviera una amenaza exterior (por ejemplo, una invasión jordana) sólo acudirían al campo de batalla los profesionales, y bajo la atenta mirada de sus mandos para evitar deserciones.

Pero esto no sólo es propio de países artificiales creados en el movimiento descolonizador del pasado siglo, Estados imposibles también los podemos encontrar en la vieja Europa, y Bélgica es un gran ejemplo. Un valón jamás de los jamases votará por un partido flamenco. Por supuesto, tienen un nivel de civilización mucho más alto, y no se espera que salgan a matarse entre ellos, pero hay un sentimiento de pertenencia a la etnia que ha sobrevivido a la formación de los Estados-nación (que, de hecho, en Bélgica por sus características nunca se ha procurado, a diferencia del fuerte proceso de aculturización llevado a cabo en Francia, verdadera limpieza étnica).

Sin embargo, sí que sería perfectamente posible un proceso democrático en, por ejemplo, un hipotético Alauistán. En una sociedad alauí, no tendría sentido votar por el candidato alauí, porque lo serían todos, y por lo tanto ya se podría empezar a hablar de políticas, de proyectos, de alternativas… de democracia.

Y es que, para formar un Estado, se precisa partir de un cuerpo social, electoral, que entre las diferencias se reconozca como tal. Una cierta homogeneidad dentro de las diferencias políticas. Sin ello, es ridículo celebrar elecciones porque, como hemos dicho, los resultados son predecibles y se limitarán a la reproducción del peso demográfico de las distintas comunidades, prueba experimental de que se reconocen a sí mismas como naciones (suníes, alauíes, siríacos, kurdos…), y no como parte de una misma nación siria.

Lo que no acabo de comprender es la enorme aflicción que tiene tanta gente por la muerte de los Estados. Si son sólo creaciones humanas, instrumentos sociales para la administración de una sociedad. Lo que es terrible es que mueran personas. ¿Estados? Si no es una herramienta útil y hay otra que pueda ajustarse mejor a las necesidades de la población ¿por qué no?

NOTA: para ser más precisos, la nacionalidad siria empezaba a existir en las clases medias urbanas laicas. En el medio urbano se diluyen los referentes étnicos y religiosos, y había una creciente identificación con el Estado (no necesariamente con el gobierno), pero ésta es una minoría, la primera en salir por patas cuando llegaron los follacabras. Por otra parte, es absolutamente natural que funcione mejor un agregador con una historia secular, milenaria (la tribu, la secta, la etnia) que no otro de reciente creación impuesto por extranjeros.

Así pues, la única solución estable a medio plazo que consigo avizorar es la partición de Siria e Iraq y la creación de Estados homogéneos étnica/religiosamente, según el modelo que puso fin a la guerra en los Balcanes. El mayor problema de esa solución es precisamente el convencimiento de que el “Sunistán” (¿con capital en Mosul?) que naciese de esa partición más que probablemente no evolucionaría hacia una democracia, sino hacia una teocracia patrocinada por las petromonarquías (algo que, en cierto grado, también está ocurriendo en Bosnia).

Pero, de nuevo, cada pueblo tiene lo que merece.

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En otro orden de cosas, si os gustan los temas de geopolítica, os recomiendo un portal en lengua castellana de reciente creación: Descifrando la Guerra.

Además de artículos de una notable calidad, tienen un muy interesante mapa para seguir la evolución de la guerra civil siria, y un foro donde podremos comentar los orígenes y evolución de las diferentes guerras. Seguro que, desgraciadamente, no nos faltan temas de conversación.

Y, para concluir, una reflexión: es tristísimo tener que recurrir a iniciativas de particulares si queremos obtener información de cierto nivel en castellano, porque la prensa sólo reproduce simplezas, y además contaminadas en origen por el sesgo editorial, del espectáculo circense-televisivo ya ni mencionarlo. Más que lamentable, es ridículo que para obtener información profesional, haya que evitar los medios profesionales. Así está el nivel en la profesión periodística.

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