La mirada del mendigo

25 agosto 2015

Manipulación infantil

Filed under: religión — Mendigo @ 15:16

Pues no, a pesar del amago, seguimos hablando de religión.

Estaba regando mis pobres frutales, cuando se me ocurrió la idea de que uno de los primeros (y mayores) ataques que debió sufrir la idea de Dios, fue con el desarrollo de sistemas de regadío. Efectivamente, la impotencia extrema del agricultor que mira con desazón al cielo esperando otear nubes preñadas de lluvia, que día tras día se resisten a llegar, conduce al mundo de lo mágico, asociando a la aleatoriedad de los fenómenos meteorológicos a la divina providencia (muchos quieren ver en el azar la faz de Dios, el desarrollo de la estadística supuso lanzar una piedra a ese estanque). Con el regadío, el hombre se independiza de la voluntad divina y se asegura por sí mismo, por la tecnología, su sustento, convirtiendo a Dios, a las rogativas a los santos-daimones, en redundantes.

Pero volvamos al tema del interés de las religiones por la higiene infantil, esto es, por lavarles y centrifugarles la cabeza a los niños.

Aspiro a vivir en una sociedad avanzada, que respete verdaderamente los derechos de la infancia a no ser adoctrinada, a ser educada en libertad, mostrándole las herramientas que le permitirán en un futuro pensar de forma autónoma (para los que sepáis un poco de pedagogía, sabéis que me hubiera bastado con decir “educada”).

En esa sociedad futura (porque algún día llegará, lo vea yo o no) a los niños se les enseñarán, según su desarrollo vaya aconsejándolo (antes, se empezaba a dar Filosofía a los 16-17 años, en 3º de BUP, no sé cómo estará ahora), las principales escuelas de pensamiento, tanto históricas como actuales. Dentro de las cuales, se puede (y debe) incluir la historia de las religiones, tanto las teístas (mono, poli y panteístas) como las no teístas (orientales, Shinto, Tao, budismo…). Esta enseñanza se puede hacer de forma transversal con el estudio de la historia.

Esta enseñanza de la historia del pensamiento se hará de forma expositiva, equilibrada y neutral, con un rigor científico que es radicalmente contrario a la enseñanza doctrinal de la religión, una religión en concreto, la de los progenitores (hay mucha presión en su medio para que perpetúen en su descendencia el adoctrinamiento que recibieron desde niños), que son las clases de Religión que todos conocemos (y hemos padecido, con vídeos de fetos hechos cachitos incluidos).

De esta forma, cuando su cerebro de bestezuela adolescente eclosione algún día en una mente adulta racional (en algunos tarda, tarda de carallo), este ciudadano tendrá una base teórica y unas herramientas para descubrir por sí mismo su propio camino, en qué mujer, en qué hombre aspira a convertirse.

¿Utopía? No necesariamente. Respeto a la libertad infantil. Por ejemplo, en los países escandinavos está prohibida la publicidad dirigida a los niños (por ejemplo, de comida basura). Porque entienden, y entienden bien, que un niño no tiene los mecanismos de defensa para relativizar ese mensaje que le llega en la tele, sino que lo asimila sin filtros (el escepticismo que nos da la experiencia, la inteligencia que nos permite descubrir la trampa) y lo transforma en impulso pasional por poseer aquello que la televisión le ofrece. La publicidad le crea al niño una necesidad, un hueco que ser llenado, y no tiene capacidad de defenderse de ello. Por eso, en un país civilizado, se previene a los niños de ser manipulados por la publicidad (exactamente por las mismas razones que se previene que sean acosados sexualmente por adultos).

Lo que me parece muy triste es la forma, rastrera, cobarde, que tiene la religión para perpetuarse. Para enseñar la ciencia, no hace falta acosar al niño desde pequeño para inculcarle sus principios. Si no aprende el Teorema de Pitágoras a los 10 años, ya lo aprenderá a los 20, a los 40 o a los 80. Seguirá siendo igualmente válido y evidente. Probablemente, porque es cierto; por eso la ciencia no tiene que recurrir al adoctrinamiento. De hecho, considera saludable la duda, y admite que se exija demostración de todo lo que se afirma; así de confiada está la ciencia en su potencial. Comparadlo con el conocimiento religioso, que cuando se cuestiona clama “¡blasfemia!”, y pide al poder político que sus afirmaciones queden a salvo de la batalla de las ideas, para no herir la susceptibilidad de sus fieles (el sentimiento religioso, que con el patriótico son tan inanes que deben ser protegidos).

Al final, en un porcentaje abrumador (el 99,999…%), un creyente milita allá donde le tocó en suerte, en la fe de sus mayores (sea cual sea). Como mucho, en las sociedades avanzadas, se permite la deserción (insisto, el mayor de los crímenes según el Q’ram). Ahora bien, me gustaría conocer a creyente que habiendo estudiado metódicamente todas las religiones, o al menos las más importantes, haya abrazado una en concreto de forma independiente a su entorno (la religión de sus padres, de su cónyuge, de la sociedad a la que se traslada…). La fe de ese creyente sería respetable, en cuanto opción vital libremente elegida. ¿Que una ciudadana japonesa, ya adulta, en el estudio de varias religiones se encuentra con el cristianismo en su versión católica, y se convence de que esa es la fe verdadera y se mete a monja dominica? Chapeau por esta mujer, no tengo ni el mínimo reproche que hacer a su decisión, y defiendo fervorosamente que esta mujer pueda llevar el tipo de vida que ha elegido.

¿Cuál es el problema? Que no conozco a ningún creyente así. Pues la inmensa mayoría de fieles consideran que, sin lugar a dudas, la religión verdadera es, oh, qué curioso, la de sus padres, la que le enseñaron desde niño. ¿También es casualidad, no? ¡Jo, qué suerte haber nacido en la parte del mundo que cuenta con el monopolio de la verdad religiosa!

(lo ombligocéntricos, provincianos, chauvinistas…en suma, imbéciles que podemos llegar a ser)

No pretenderéis que muestre respeto ante esta manifestación o consecuencia de la manipulación a la que ese individuo fue sometido cuando niño. Antes bien, es un borreguismo despreciable.

Sí, es cierto, hay conversiones. Pero en número prácticamente anecdótico y tampoco como resultado de una búsqueda libre y autónoma de la verdad, sino por influencia de otro entorno social (por ejemplo, por haber caído en el proselitismo de otra secta, o por haber contraído matrimonio con alguien de otra religión).

La evolución de los efectivos de cada religión se deben al crecimiento vegetativo de su base de población y la incidencia del secularismo que provoca las defecciones, y no a trasvases entre ellas. En todo caso, estos trasvases se dan entre religiones de próxima filiación, como por ejemplo entre las abrahámicas o, dentro de ellas, ramas, como pasar de católico a testículo de Jehová o evangélico (bastante de moda en Sudamérica). Es asaz extraño que un católico salmantino acabe rapándose el pelo y vistiendo la túnica azafrán, algún caso habrá, pero estadísticamente despreciable (a la par que, si no es simple moda o postureo, es, insisto, humanamente digno de respeto y consideración).

Pero, en fin, dejemos ya tanta charla y vamos a ilustrar con unas fotos el fenómeno del adoctrinamiento infantil.

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24 agosto 2015

Blankets

Filed under: religión — Mendigo @ 14:22

Con esta entrada cierro esta serie (¿trilogía?) sobre la religión. Por ahora, vaya, pues todos sabéis que es uno de mis temas favoritos.

Últimamente, estoy interesándome por la novela gráfica (dicho así, parece más serio que leer un cómic). Como en cualquier otro género, hay montones de basura, y alguna perla. Os recomiendo un autor, Craig Thompson. Hace poco leí su obra Habibi, y es una verdadera preciosidad (como los demás, están en la mulita, en versión original y castellana).

Pero quería traerlo aquí a cuento por otra obra anterior, Blankets, un relato autobiográfico de su adolescencia. Sin ánimo de chafar su lectura, os adelanto que Craig fue educado en el seno de una familia evangélica, en el rural de la Usamérica profunda.

Según el autor va desgranando su vida (arrancándose la piel a tiras, por cierto), sabemos que sufrió abusos sexuales en su niñez por parte del joven que hacía de canguro cuando sus padres no estaban. Sin embargo, y es lo que me parece curioso señalar, según va avanzando el libro el autor no deja ver que aquel episodio le traumatizara gravemente, afectando a su desarrollo posterior. Esa agresión sexual seguro que tuvo consecuencias psicológicas, aunque lo que el autor remarca es el dolor por no haber protegido a su hermano de sufrir también esos tocamientos.

Por el contrario, el verdadero trauma, que se convierte en el eje argumental de la historia, es el desgarro interior al que se vio sometido en su adolescencia para superar su educación fundamentalista cristiana. Insisto, su adoctrinamiento en la fe y moral cristianas le traumatizaron y condicionaron más su adolescencia y primera juventud, que el haber sido objeto de una agresión sexual continuada en su niñez.

Es éste un asunto que sé levantará ampollas, el equiparar la agresión sexual con la enseñanza confesional (es decir, adoctrinamiento infantil). Ya nos encontramos el mismo argumento en el debate con el profesor Dawkins, el cual menciona una mujer que le refirió un caso semejante: una mujer católica que, de niña, fue objeto de tocamientos por un adulto, pero recuerda que lo que verdaderamente la traumatizó durante años fue que le dijeran que una amiga suya, que había muerto, ardería eternamente en el infierno por no abrazar la fe católica.

¿Qué es más grave en el desarrollo de un niño, una agresión sexual o una educación integrista? La pregunta, provocadora, no debe tener una respuesta breve, sino que dependerá, claro, de las circunstancias, empezando por la intensidad de uno u otro abuso. Desde luego, merecería la pena el estudio del daño psicológico provocado por uno u otro (y legislar en consecuencia).

Y un aporte aún más provocador por mi parte: el daño dependerá de lo que la sociedad considere la normalidad. Y me explico: el daño psicológico sufrido, por ejemplo, por una niña al ser violada por su marido (por cierto, elemento que aparece en la última novela de Thomas, Habibi), sólo lo reconocerá si esa niña, cuando sea mujer, alguna vez comprende el ultraje al que fue sometida. Pero, si toda su vida entiende esos episodios reiterados de violencia como algo natural, dentro de la normalidad de su existencia, quizá su cerebro lo acepte como un episodio doloroso más como podría ser una contusión por una caída fortuita. Esto sería lo más terrible de todo: que, falto de libertad, el sujeto ni siquiera sea consciente del daño al que ha sido sometido (igual que un esclavo que considera merecidos los azotes que recibe por descuidarse en el trabajo).

De igual forma, una educación doctrinal sólo se revela inadecuada cuando, más tarde, el sujeto tiene que vivir en una sociedad abierta. La inadecuación de sus valores reaccionarios con el resto de personas con las que interactúa le genera sufrimiento. Sin embargo, si el individuo así adoctrinado permanece toda su vida en una sociedad acorde a esa doctrina, no hay sufrimiento mental (que no daño) al no ser consciente de las limitaciones a las que fue sometido, como bonsai humano, en las primeras etapas de su existencia.

Exactamente igual que la niña violada por su marido (de hecho, esta práctica, la del matrimonio infantil, es una más de aberraciones del conservadurismo de muchas culturas), el niño adoctrinado vivirá con esa herida abierta en su subconsciente con normalidad, pues forma parte de su ambiente social. De hecho, esa deformidad le será socialmente útil, viviendo en ese medio.

El dolor de emanciparse de esa prisión mental que grabaron a fuego en la niñez, lo comparo con el desgarro que debe sufrir una mariposa al salir de la crisálida: es en el esfuerzo por salir del ajustado sarcófago de seda cuando y como se despliegan las alas que, de ser el parto más fácil, permanecerían arrugadas e inútiles.

Lo cierto es que, con este gringo, la naturaleza hizo un buen trabajo.

Y en fin, no quiero despedirme sin recomendar otra lectura, también relacionada con la represión sexual de la variante católica del universal conservadurismo (se le puede llamar patriarcado, se le puede llamar caverna…). Os aseguro unas buenas risas (para no llorar). Son los reportajes de Jot Down sobre:
Sexo en el franquismo I: las secuelas
Sexo en el franquismo II: el regreso a las tinieblas

Tampoco al autor le parece descabellado relacionar el nacionalcatolicismo (expresión autóctona de la corriente europea del fascismo) con los subnormales del Estado Islámico.

23 agosto 2015

Es el proceso

Filed under: religión — Mendigo @ 12:23

Acabamos de ver en la entrada anterior que más allá de los detalles particulares (qué se puede comer y qué está vedado, cuál es el día santo…) las religiones actúan según los mismos mecanismos psicológicos. Igual que una pared la podemos pintar de verde, rojo o amarillo y, aunque parezcan muy distintas, no dejará de ser una pared pintada. Debemos fijarnos en el proceso de pintado, no en el color del pigmento.

Y el proceso, en todas las religiones, es el mismo: la transmisión del dogma desde etapas muy tempranas de la niñez (adoctrinamiento). Para ello, las religiones se centran en dos aspectos:
– recalcar la importancia de la familia, pues es el grupo social que tiene más cerca en sus modelos años de vida y donde escoge sus primeros modelos de conducta.
– extender sus tentáculos en la enseñanza, especialmente la primaria (colegios de monjas, escuelas coránicas…).

Para la reproducción y supervivencia de la religión es fundamental inocular su contenido durante los primeros estadios de desarrollo del cerebro, para que todos los mensajes que le lleguen al niño sean del mismo signo. Luego, según crezca, el sujeto irá reforzando esos dogmas con una impresión falsa de unanimidad, al vivir en sociedades religiosas donde todos han sido de igual forma programados desde la infancia. Esa homogeneidad del pensamiento es ilusoria, ya que no tiene en cuenta que, más allá del horizonte, existen otras sociedades con otros dioses (programada en su niñez de otra forma) o ninguno, e incluso que dentro de esa sociedad existen personas con ideas heréticas, que no pueden tener visibilidad (salir del armario) por estar penada la disidencia o vetada su difusión.

Según las sociedades se abren, se vuelven plurales y multiculturales y aceptan la libertad de conciencia, invento europeo relativamente reciente contrario radicalmente a la doctrina musulmana, para la cual la apostasía es el peor de los crímenes (una de las características definitorias de secta: como un pozo, es fácil caer y muy difícil salir, que se lo pregunten a los del Opus), esta segunda etapa de refuerzo social del dogma inculcado en la niñez se ve enormemente debilitada. El sujeto adoctrinado se ve expuesto a otras ideas divergentes, otras formas de entender la vida más allá de la explicación que le ofrecieron de niño. El joven aprende que hay otras personas que adoran a otros dioses, que no son siempre gentes extrañas que hablan lenguas incomprensibles, sino que pueden vivir en su barrio.

En las sociedades abiertas, el mecanismo de transmisión religioso se resiente. Según cierta religión pierde el carácter de mayoritaria, y deja de ser la única y monolítica colección de valores para transformarse en una opción más, el número de creyentes empieza a decaer, así como la rigidez de su doctrina. Para evitarlo, la religión se encastilla en comunidades cerradas (desde los mormones de Utah a las banlieues magrebís), subgrupos sociales donde el mensaje inculcado en la niñez se siguen viendo reforzado en vez de puesto en cuestión.

La prueba definitiva de lo extremadamente poco libre que es la elección de algo tan importante en el resto de la vida como la elección de los valores morales y metafísicos que guiarán a la persona, es la abrumadora mayoría de personas que, de profesar alguna religión, lo hacen en la que le fue inculcada de niños, en la religión de sus mayores. Luego no se puede hablar de elección, sino de imposición de un conjunto de creencias, por la vía del adoctrinamiento infantil.

Y esto es propio y connatural a todas las religiones, que desde muy temprano comprendieron que necesitan este mecanismo de transmisión, el acceso al niño, para poder perpetuarse. Esto es lo importante, el muro, y cómo el pintor le aplica una capa de pintura. No debemos hablar de religiones sino de religión, del fenómeno religioso, este conocimiento precientífico y dogmático para ofrecer una explicación al mundo cuando no había otra mejor. Luego, dentro de la gama de Titanlux, tienes harta variedad de colores.

Tomemos un sujeto, pongamos un devoto católico de los de misa diaria (mecanismo de reafirmación del dogma) y que reza el rosario a diario (el rezo, la salmodia, repetición monocorde de una misma fórmula, es un antiquísimo mecanismo de anulación parcial de la conciencia, provocando una alteración cognoscitiva similar a otros mecanismos chamánicos para entrar en contacto con la divinidad como el uso de estupefacientes, el furor del baile, la debilidad del ayuno o el vértigo inducido por el giro de los derviches).

A este sujeto se le ha grabado desde niño la veracidad de paparruchas tales como tipiños andando sobre las aguas, sacando panes y peces de la chistera, o convirtiendo, al revés que el mal cantinero, el agua en vino:

Pero realmente, poco importa el contenido de sus creencias, porque de haber sido adoctrinado en otras las creería con igual fervor. Por ejemplo, si en vez de crecer en una familia católica, ese mismo niño hubiera sido educado por una familia de ortodoxos judíos, creería en otro tipo de mamarrachadas. Por ejemplo, en vez de andar sobre las aguas, otro tipiño las partiría en dos con su cayado.

Bueno, en realidad un cristiano debe creer en las mismas chorradas que un judío y, además, las del opúsculo de su profeta ascendido a categoría divina (lo cual supone una blasfemia que horrorizaría al mismo Jesús).

O, de ser educado por una familia islámica, creería que el Piojoso voló a los cielos subido a un jamelgo alado con cara de mujer.

Aunque podrían decirle que fue en un unicornio azul, en una alfombra voladora o en un pepinillo en vinagre gigante a reacción, el niño se lo creería igual. Porque los niños, cuando son niños, confían en la autoridad de los adultos, y les prestan sus crédulos oídos. Y los adultos, invariablemente abusan de este poder de moldear la madera verde cuanto pueden.

Podemos seguir. Al mismo sujeto, católico, apostólico, romano, adoraría con el mismo candor a dioses pulpo si de pequeño así se lo hubieran enseñado.

O serpientes emplumadas

Dioses del inframundo con cabeza de chacal

(es curioso cómo sólo nos parecen grotescas las aberraciones lógicas ajenas a nuestra cultura, aquéllas que no nos fueron imbuidas cuando niños)

…concepciones virginales, ayuntamientos con humanos, variados cielos, infiernos y un sinfín de historias y patrañas que la fértil imaginación humana ha forjado a lo largo de los siglos para dar explicación a un mundo desconcertante (y que frecuentemente han sido utilizadas por la clase dominante para sancionar su poder y desalentar el cambio social, cuando no para librarse de voces discordantes, desde Sócrates a Giordano Bruno, acusándolos de ἀσέβεια y herejía).

Poco importa el contenido de la religión, y casi nada la base somática del niño. Lo importante es la intensidad del proceso de adoctrinamiento y refuerzo. El mismo cristiano fervoroso que proclama sincero que ha puesto a Jesús en su corazón, pronunciaría con la misma vehemencia y sinceridad el takbir (الله أكبر) de ser educado de la misma forma, pero en un medio diferente y, de hecho, creería que Papa Noël es el único Dios si así se le hubiera enseñado desde bebé.

Es curioso, por cuanto los creyentes consideran que sus convicciones pertenecen a su esencia, hasta que punto éstas son sólo una mera contingencia sobrevenida, que, como el nombre, eligen por nosotros antes de que nuestros pulmones se llenen por primera vez de aire.

22 agosto 2015

Paz en la guerra

Filed under: religión — Mendigo @ 15:51

Ha caído en mis manos un emocionante texto, las memorias de un muyahidín afgano, Wahid, hijo de Mansur, veterano de la guerra contra las tropas soviéticas, que decide sumarse a las columnas talibanes. Por su rareza para entender la idiosincrasia de este tipo humano tan singular, tan alejado de nuestra mentalidad occidental, me permito traduciros algunos párrafos, recomendándoos su lectura.

[…]

Frecuentaba Mansur los cabildeos y encerronas con su primo el mulah; vio Wahid una vez que su madre se enjugaba los ojos. Hacía algún tiempo que el muchacho estaba fuera del escritorio, sin hacer cosa de provecho. El padre hablaba mucho de la guerra, de la lenta organización de las fuerzas; más que nunca evocaba sus recuerdos de gloria militar. Con frecuentes insinuaciones veladas, buscaba el que brotara de Wahid la iniciativa, mientras éste esperaba la anhelada indicación paterna. Y así llegó día en que, sin haber pronunciado palabra concreta ninguno de ellos, resultó como un acuerdo tácito, natural, brotado espontáneamente de la vida de familia.

Buscaba Mansur ocasión de hallarse a solas con su hijo, y a la vez la rehuía. Encontróla alguna vez, mas diciéndose: todavía no, es pronto, difería la explicación. Y aconteció, por fin, una mañana, que hallándose Ashraf en la tienda, a punto que entraba Wahid, dijo a éste:
—¿Qué es eso?, ¿piensas estarte así, hecho un vago? ¡Ea!, debes ser hijo de tu padre… ¡Al campo!, ¡al campo!
Y a un tiempo mismo respondieron; el hijo: «Por mí…»; y el padre: «No he de ser yo quien le quite la voluntad…»
Roto el hielo, llegaron las explicaciones, y acudió el tío Nazeh a confirmar la voluntad de padre e hijo, y preparar a éste. Porque una campaña como la que iba a emprender era algo serio, grave, solemne.
Cuando supo Kawthar la resolución adoptada, aceptóla con la misma resignación con que aceptara allá, cuarenta años hacía, la de su entonces prometido Mansur. Sacó del seno, y dio a su hijo, un basmala, que, a ocultas de todos, le había bordado.
—En cuanto pase el ramadán, te irás —le dijo el padre.
Aquella noche apenas durmió Wahid. Ahora, ahora era verdadero voluntario de la yihad; ahora sentía el coronamiento de su vida, y que se le abría un mundo.

[…]

¿Quién lo diría? Aquella masa de hombres, aquel tropel que se escondía a ratos entre verdura, aquel puñado de voluntarios, era la esperanza de Allah, y de la Patria. Eran los hombres del campo, los voluntarios de la Causa.
Hartábanse del panorama. Como filas de telones se desplegaban a su vista las cordilleras, cual inmensas oleadas petrificadas de un mar enorme, desvaneciéndose sus tintas hasta perderse en el fondo las del último término.
Tras sombría barrera de montes, y bajo el cielo oscuro, veíase alguna vez un vallecito verde, de mosaico soleado, rinconcillo paradisíaco, verde lago de reposada luz. Y todo el inmenso oleaje de las montañas, con sus sombras y claros, y rayos filtrados de las nubes oscuras, difundía una serena calma.

[…]

—Vete, vete, Wahid, vete pronto, y a acabar con ellos….

El día 22 de abril colgó Kawthar a su hijo la jamsa al cuello, le colocó la basmala y le besó; oyó luego éste un sermón del tío Nazeh, que, al acabarlo, le dio un abrazo, y salió con su padre a buscar a Amir, el cual, cuando llegaron, se despedía de su madre. Desde la puerta, ésta:
—¡No dejes un kafir (infiel) para muestra!, ¡guerra a los enemigos de Allah! No vuelvas a casa hasta que rija la sharia, y si te matan, reza por mí.

[…]

Empezó para Wahid un período de marchas y contramarchas, de caminatas forzadas por las fragosidades de los montes, faena de estropear al más duro, y todo ello nada más que para sacar raciones e ir sosteniéndose. Nieve de primavera cubría los montes; el aire sutil les cortaba el rostro. Caminaban ya por encañadas sombrías, en cuyo fondo susurraba el río entre fronda, penetrados de humedad; ya trasponiendo la encañada, se abría a su vista una vega, o unas montañas lejanas cuyo cielo hacía presentir el mar; a las veces en el oscuro panorama, sombreado por nubarrones, un verde oasis bañado en la luz que llovía de un desgarrón de la oscura cobertura. Caminaban a menudo bajo una lluvia terca y fina, lenta como el hastío, que les calaba los huesos y el alma, difuminando el paisaje, que parecía entonces derretirse. Caminaban silenciosos de ordinario. Viendo humear las caserías y a los aldeanos trabajar su terruño, en la paz del campo, olvidábanse de que iban de guerra. ¿Guerra en el silencio del campo?, ¿guerra en la paz de las arboledas? Brindábanles éstas, con su sombra de paz, descanso; y en ellas se tendían a las veces, entre los troncos que cual columnas de un templo rústico sostenían la bóveda de follaje, por donde se cernía dulcificada la luz del sol.

Conocía ahora de nuevo a los voluntarios, viéndolos con otros ojos, pues así que se encontró entre sus compañeros de facción, sintió como ellos; al juntarse hombres armados en son de guerra, miran como de otra casta, cual a servidores suyos, a los pacíficos trabajadores. Al llegar a una casería donde había de hacer alto o noche, gritaba con voz resuelta y de mando: ¡mor!, esto es, madre, a la vez que patrona. Y reuníanse luego como en país conquistado en la gran cocina, en torno al fuego del hogar, a secarse. La familia se les unía, y los niños se apartaban silenciosos a un rincón, a escudriñar desde allí a los extraños visitantes. Y algunos los llamaban y animaban, preguntándoles sus nombres, dándoles los Kalashnikov para que jugaran con ellos, llenos hacia los inocentes de una ternura que nunca habían sentido con tanta fuerza. Wahid más de una vez los sentó en sus rodillas dirigiéndoles las pocas preguntas que sabía hacer en pastún, y mirándose en aquellas miradas ya serenas, ya tímidas y avergonzadas.

[…]

¡Aquí está el mulah Saif al Din!, oyó uno de aquellos días al entrar en Garmsir, y sintió al oírlo el anhelo de un niño que va a ver el oso blanco, porque el país entero resonaba con la fama del mulah de Marjah, guerrillero legendario ya, de quien se contaban hazañas estupendas, tan exaltado por unos como por otros denigrado. Su paso era el del terror, al sentirlo temblaban cuantos por algo se distinguían entre el pueblo, mientras éste le aclamaba frenético. Corría de boca en oído, y de oído en boca la vida de aquel gato montés; cómo el 78, cuando iban a prenderle al acabar el salat, huyó disfrazado de aldeano; cómo volvió a ser preso a raíz del convenio de Kandahar, y de nuevo se fugó descolgándose por un balcón, y tras doce horas en un jaral, junto al río; y cómo el dos de diciembre había repasado la frontera con cincuenta hombres, que creciendo cual bola de nieve, sembraban el terror por donde quiera, recorriendo valles y montañas, cruzando ríos en crecida, dejando surco de fusilamientos. Burlando al enemigo que pregonara su cabeza, hacía la guerra del terror por su cuenta, rebelde a toda disciplina, concitando odios de blancos y de negros, sumariado por el santurrón de Mansur, que le llamaba corazón de hiena y rebelde de mezquita.
Oíase ¡viva la religión!, ¡viva Saif al Din!, mientras corría el pueblo a agolparse a su paso. Eran unos ochocientos hombres, en cuatro compañías, ágiles muchachos con sello de contrabandistas, sobre cuyas cabezas ondeaba al viento una bandera negra en que con letras blancas se leía sobre una calavera: «Guerra sin cuartel» y otra roja con el lema «antes morir que rendirse», y otras más.

Aquello era algo antiguo, algo genuinamente característico, algo que, en consonancia con el ámbito montesco, encarnaba el vago ideal del yihadismo popular; aquello era una banda, no el embrión de un ejército imposible; aquellas fuerzas parecían brotar de los turbulentos tiempos de las guerras de bandería.
¡Viva Saif al Din!, ¡viva el mulah Saif al Din!, ¡viva la religión!
—¿Es el que va a caballo? —preguntó Wahid
—No, ése es el secretario; es el de al lado, el del palo.
Un hombre de frente estrecha, pelo castaño, barba rubia, y taciturno continente. Pareciendo no oír las aclamaciones del pueblo, mirábale con indiferencia, conduciendo vigilante sus cachorros, apoyado en un largo palo, y sin más arma que un revólver bajo su chaleco ceniciento. Los remangados calzones de hilo azul descubrían las piernas del infatigable andarín, calzado de sandalias.
Entre los ¡viva Saif al Din!, ¡viva la religión!, ¡vivan la sharia!, oyóse un vergonzante ¡abajo Mansur!, mientras el mulah, sin volver la cara, velaba a su gente.

Aquella tarde pudieron oír las hazañas del mulah cabecilla de labios de sus voluntarios, para los cuales no había ni más listo, ni más valiente, ni más bueno, ni más respetuoso, ni más serio que aquel hombre de pocas palabras, que se paseaba solo horas enteras, y que cuando mandaba no había chico que se atreviese a mirar cara a cara aquellos ojos en el rostro lleno de barba, bajo el turbante; hombre que con toda calma daba órdenes de fusilamiento. No, no se podía hacer la guerra como quería el santurrón de Karzai, con cataplasmas y azaques, había que ahorrar sangre propia, y no escatimar la ajena; ¡escarmiento! Si no fusilaban serían fusilados. Y el mulah hacíalo con razón, y dando media hora al condenado para que se pusiese a bien con Allah. Solía explicar a los chicos la causa del castigo, arengándoles entonces; por éste habíanse perdido tres chicos, por el parte de aquella habían sido apresados cuatro, por la traición del otro perdieron tales y cuales, y los chicos, al preguntarles si estaban conformes con el fallo, contestaban: ¡sí señor! (¡bálee, saaqhib!). Y la cosa tenía sus lances. ¡Pobres soldados!, de nada les sirvió gritar llorando ¡viva el mulah Omar!, porque era tarde; el teniente se había cagado en él.
—¿Os acordáis —decía uno de los chicos— cuando llevamos aquel alférez preso, y le conoció? Le preguntó: ¿eres tú el que me escupió a la cara cuando te cogieron en Yakhchal? Le contestó el alférez: ¡yo soy! Y él nos dijo: llevadle al cruce de caminos, y cuatro tiros. Al ir al crucero, cuando más descuidado estaba, le metimos tres tiros en la cabeza.
Y aquel mismo hombre de terror dirigíales arengas, sacándoles lágrimas al hablarles de la guerra.
—Os hablará de la religión…
—Saif al Din no anda por religión, anda por guerra… —dijo uno.
Andaban por guerra, y andaban bien. Separábanse, se juntaban, comían bien, en los pueblos sacaban pan, té, carne, y a las veces hacía Saif al Din que les sirvieran café, tabaco, zumo y diez pul (subdivisión de la moneda afgana) diarios mientras podía dárselos. Debajo de él, único verdadero jefe, todos eran iguales, todos con las mismas armas y los mismos trabajos; el mismo el valor de un raso que el de un oficial; si éste se propasaba, ¡paliza al canto! ¡Cuántas veces en el monte, sentados en corro, les hacía comer tasajo abundante, invitándoles a repetirlo! Era duro, sí era duro con el que lo merecía, con el enemigo, pero con los suyos severo y bueno. Había hecho fusilar a uno por robo, y ¡ojo con propasarse con las mujeres!, en esto era inflexible. Jamás le conocieron flaquezas de tal calaña, ni las mujeres le ablandaban; llegó hasta hacer fusilar a una embarazada. Y no había peligro de sorpresa con aquel hombre siempre alerta, que dormía al aire libre; se pasaba las noches en el balcón de las casas de los mulah en que se alojaba, y traía en pie a todos. Un jovencito recordaba que una noche, estando de centinela, y adormilado, le despertó como de una pesadilla, con una gran palpitación, una voz que le llamaba: ¡Mangal!, y púsose a temblar ante el mulah, que no le dijo sino: ¡cuidado con otra! No volvió el sueño a atreverse con él.
En los intentos del cabecilla nadie penetraba; recibía solo a sus muchos confidentes y daba orden de marcha sin que supiesen a dónde, yéndose por montes y encañadas, alguna vez con la nieve hasta las rodillas, maldiciéndole, amenazándole tal vez, y él con su palo, ¡ala, ala!, ¡adelante! Seguro de que al tirarse por un precipicio se tirarían tras de él los que le seguían, murmurando. ¿Qué iban a hacer sin él? Y así cansaba al enemigo y a las cuatro columnas de la ISAF que perseguían su cabeza puesta a precio.
Era después de todo una vida divertida. El incendio de la estación aquella había sido muy hermoso, y mucho más hermoso ver la máquina suelta a todo vapor hacerse añicos. Los trenes eran la mejor ayuda de los kufar (infieles); los trenes, invención de Lucifer, impedían el desarrollo de la guerra, eran el enemigo, y un potente medio de liberalización. ¡Grande encanto el de destruir aquellos artefactos, verlos hechos trizas! ¡Que hicieran nuevos!

[…]

Al poco vieron al mulah. Una madre se lo enseñaba a su hijo, y una anciana lloró al verle. El pueblo todo seguía con ojos de cariño a aquel vaso de sus rencores, a aquel hijo del campo que sobrenutrido y en vida de ociosidad en la aldea, y apartado de todo trato carnal, dejó escapar por la fría crueldad el sobrante de fuerza vital.
Aquel hombre de otros tiempos, con su hueste medieval, le revolvió a Wahid el fondo, también de otros tiempos, del alma, el fondo en que dormía el espíritu de los abuelos de sus abuelos.

[…]

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¿Os ha parecido interesante? Desde luego, está bien escrito. Tanto, que puede que se deba a que no he tenido que traducirlo pues este texto estaba en castellano en el original. Os he gastado una pequeña broma; se trata, espero que alguno se haya percatado, de unos cuantos párrafos del libro “Paz en la guerra” de Miguel Unamuno. Es una novela de juventud, de su etapa de realismo histórico, en el que narra casi en clave autobiográfica los sucesos de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). Recordemos que Unamuno era bilbotarra, y vivió el sitio de Bilbao con 9 años, así que es una narración de primera mano de los acontecimientos.

Aunque os procuré sugestionar con la primera fotografía, una imagen más representativa del texto original sería…

Ha sido una travesura para mostraros que no hay tantas diferencias entre religiones, tradiciones culturales e historia. Todo lo más, llevamos siglo, siglo y medio de ventaja en el camino de progreso, al interior rural de Afganistán. Pero en la historia, el reloj puede y de hecho cada vez avanza más deprisa, aunque también hay quien pretende hacer girar sus manillas en sentido contrario.

A continuación, las sustituciones que he realizado en el texto. Empleo equivalentes culturales que entiendo no modifican su sentido.

ANTROPÓNIMOS
Wahid –> Ignacio
Mansur –> Pedro Antonio
Ashraf –> Gambelu
Nazeh –> Pascual
Kawthar –> Josefa Ignacia
Amir –> Juan José
Mangal –> Eusebio
mulah Saif al Din –> cura Santa Cruz (personaje histórico)
Mansur –> Lizarraga
mulah Omar –> Carlos VII

TOPÓNIMOS
Garmsir –> Elorrio
Marjah –> Ernialde
Yakhchal –> Arrézola
Kandahar –> Amorebieta

TRADUCCIONES
mor (madre, en pastún) –> ama (madre, en vasco)
¡bálee, saaqhib! –> ¡bay, jauná!

OTRAS REFERENCIAS CULTURALES
mulah –> cura
basmala –> “detente bala”
ramadán –> Semana Santa
yihad –> cruzada
Allah –> Dios
kafir –> guiri
jamsa –> escapulario
sharia –> fueros
Kalashnikov –> fusiles
el 78 (por 1978, inicio de la Guerra Afgana) –> el 70 (por 1870)
salat –> misa
mezquita –> sacristía
yihadismo –> carlismo
chaleco –> americana
sandalias –> alpargatas
turbante –> boina
azaque (limosna) –> novena (no he encontrado un equivalente más apropiado, lo siento)
soldado –> carabinero
té –> vino
zumo –> licor
pul –> real
comer tasajo –> beber trago
ISAF –> miqueletes

¿Catolicismo? ¿Islam suní? En realidad, todo es la misma mierda. El Dios al que adoran tiene varios nombres, pero una sola cara: el poder. Los pueblos se postran ante la concreción de la idea de poder, sea el disco solar Re, el Yaveh bíblico o el Allah coránico, en el que proyectan su propio super-ego, con características tomadas del referente autoritario, el padre, el rey, el señor feudal despótico, colérico y caprichoso.

Al final, los fieles de todas las religiones son el mismo tipo de persona que acepta lo que le grabaron de pequeño en su mente, sin cuestionar su validez, su veracidad, su moralidad. Hay quien acepta el dogma, se somete a la autoridad de la tradición que lo dicta, se postra ante el modelo que ofrece la sociedad…y hay quien se rebela, como Luzbel, ante la autoridad, quien cuestiona su legitimidad, sus máximas y sus preceptos; los que tras probar la fruta del conocimiento, cada vez tienen hambre de más. Los que creen que el criterio de verdad está en sí misma, y no en quien la enuncia, y por lo tanto hay que someterla a análisis.

Están los que creen, los que se inventan las respuestas del examen. Y los que procuran saber y, lo que no saben, lo ignoran, y dudan. La duda, antónimo de la fe, ahijada de la curiosidad, simiente de la ciencia, ácido en el que se disuelven todas las supersticiones.

7 julio 2015

Jesus and Mo

Filed under: religión — Mendigo @ 14:34

Volvemos a un tema que me encanta, la religiones, magufadas, supercherías y supersticiones varias.

He descubierto la tira de un viñetista que espero os guste: Jesus and Mo.

Por ejemplo, éste me ha parecido muy curioso:

Traducción:
Mahoma: [Mientras lee la Biblia] No comprendo la posición antiabotista de los cristianos. En Éxodo 21:22 dice claramente que si un hombre causa a una mujer un aborto, él será multado; no ejecutado, que es el castigo bíblico para el asesinato.
Jesús: Vale, pero sigue siendo acabar con una vida.
Mahoma: No, si se usa la definición bíblica de vida, la cual es aliento, como cuando Dios sopló vida en Adán en Génesis 2:7.
Los embriones no respiran. Así pues la vida debería comenzar en el nacimiento, no con la concepción. Después de todo los cristianos son “nacidos de nuevo” no “concebidos de nuevo”.
Jesús: [Mientras lee la revista “El Bibliolatra”] Vale, de acuerdo. Admito que el movimiento antiabortista no tiene nada que ver con la Biblia.
Al final, se trata de mantener a la mujer bajo control.
Mahoma: Ahora es cuando empiezo a entenderlo.

Y las citas bíblicas mencionadas:

Éxodo 21:22-23
21:22 Si algunos riñeren, e hirieren a mujer embarazada, y ésta abortare, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces. 21:23 Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida.

Génesis 2:7
2:7 Entonces Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.

Vía.

Y, ya puestos, me sirvo del índice de esa misma página para sugerir algunas otras viñetas.

Ape, not monkey

+

Calamities of nature

(con ésta me he despollado largo rato)

+

FreeThunk

Tiene varias series, pero las andanzas del pequeño ateo son las más chulas.

+

Flea Snobbery

De éste me han gustado un montón. Os pongo unas cuantas:

JOAS JOAS JOAS JOAS JOAS JOAS

Y el último y, quizá, el mejor. La religión es como el tabaco, crea una necesidad que no existía y que necesita de la misma sustancia que la crea para ser satisfecha.

+

Pictoral Theology

+

The atheist pig

+

[Entrada programada]

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