La mirada del mendigo

14 septiembre 2018

Inventando una religión

Filed under: Religión — Nadir @ 23:04

Se puede definir el cristianismo como la rama del judaísmo que cree que la llegada al mundo del Mesiah (מָשִׁיחַ), el ungido, traducido al griego como Χριστός (Cristós) ya se ha producido, a pesar de que no se haya cumplido ninguna de las profecías que acompañarían la llegada del Mesiah. Efectivamente, sólo verifica la del linaje familiar, pero no los acontecimientos que ocurrirán a su llegada, el mundo sigue girando impertérrito, acumulando milenio tras milenio y burlándose de los que anuncian el fin de los tiempos. Por su cuenta y riesgo, el cristianismo asignó este título (que muchos otros también han reclamado) a un charlatán de los tantos que poblaban esa región de orates (el potente sol del Levante mediterráneo hace fundir las entendederas de quien ya por naturaleza no las tiene muy bien sujetas).

Este iluminado tenía por nombre Yeshúa (יֵשׁוּעַ) y, si interpolamos lo que puede haber de realidad en los relatos fantasiosos que ofenden a Arquímedes, aderezados con buenas dosis de magia, que sobre él se conservan (apócrifos o canónicos), podemos hacernos una idea aproximada del personaje histórico. Fue un judío practicante (uno de los que hoy llamaríamos ortodoxos, en contraposición a los más secularizados), acaso él mismo militó en la secta de los fariseos, en cuya interpretación de la Torah (existencia del alma inmortal, la resurrección de los muertos, del cielo y del infierno…) se basó la teología cristiana y, después, la islámica. Pero, a diferencia del otro famoso predicador de esa árida región del mundo, el joven Yeshúa sabía leer (o, al menos, estuvo en contacto con gente que sí sabía), y eso siempre marca una diferencia. Por vía oral o escrita, tuvo acceso a la filosofía griega (recordemos que la Palestina del siglo I era parte del mundo helenístico, del trozo que le tocó a Seleuco, recientemente sumada al Imperio).

Lo cierto es que, según comienza la historia, el joven Yeshúa cae simpático. Percibimos en él el mismo desgarro interno que siguen sufriendo hoy tantos fieles (musulmanes, pero también en el cristianismo más reaccionario) que, habiendo sido adoctrinados desde su infancia en las tinieblas de su feroz credo, y luego expuestos a la luz de la cultura, se debaten entre la obligación de seguir la fe de sus padres y la exigencia de su inteligencia de someterse a la razón. Procurando engañarse sin conseguirlo del todo, el joven Yeshúa también ensaya una modernización de su religión, adaptándola al humanismo filosófico helenístico. Podemos decir que el cristianismo es como el resto de componendas que tratan de hacer compatible la religión con la ética (la parte de la filosofía que trata sobre el comportamiento social). Son a la teología lo que la mayonesa al arte culinario: una emulsión de dos elementos inmiscibles, el agua y el aceite.

Quizá los Evangelios, además de una fantasiosa obra biográfica (que ya por aquel entonces era un género literario bien nutrido), también pueden considerarse como antecesores de otro género mucho más moderno: la novela, en la cual la psicología de los personajes va evolucionando. De hecho, el Jesús de los Evangelios me recuerda poderosamente al protagonista de la primera y quizá más famosa de las novelas. No, no me refiero a Don Quijote sino a Sancho Panza. Como Yeshúa, Sancho Panza va perdiendo el seso, enredado en sus propias fantasías, a la par que su amo lo recupera para morir desengañado, no de este mundo, sino de las fantasías que lo disfrazan.

Pero el joven predicador empieza bien. Con alguna botaratada hippie como el sermón de la montaña (una especie de cinismo teísta, que no hubiera sido a buen seguro muy del agrado del inmortal y, éste sí, divino Diógenes de Sinope), pero con algún arranque de genio como el enorme “la ley se hizo para el hombre, y no el hombre para la ley” (Mc 2:27), en traducción libre porque en el original se refiere sólo al sabbath. Esto lo suscribiría cualquier autor anarquista, y es moderno y civilizado incluso para el día de hoy.

También tiene actuaciones elogiables como la de salvar a una mujer acusada de adulterio de ser lapidada (a propósito, ¿os he dicho el asco insuperable que me suscita el islam?), lo cual nos permite suponer que el Yeshúa histórico era un hombre bueno (a diferencia del comportamiento criminal de los que luego se han llamado sus ministros). La semblanza es perfectamente reconocible incluso hoy en día: un joven de buen fondo, que busca sinceramente el camino de la integridad ética pero carece del suficiente valor para desprenderse de la carga de veneno que arrastra: la tradición religiosa de su familia. El miedo por abandonar el oscurantismo y abrazar la filosofía le atenaza, y le hace incurrir en contradicciones que acabarán convirtiéndole en un histrión y, finalmente, acabarán con su vida.

A diferencia del avieso Muhammad (محمد), no creo demasiado aventurado afirmar que el joven Yeshúa sí que se creía lo que predicaba. De hecho, pagó con su vida este error, mientras que el primero usó sus oportunas revelaciones para amasar fortunas y poder encaramándose sobre los cadáveres de otros. Esta comparación no dice nada bueno de la honestidad de uno ni de la inteligencia del otro.

Según vamos avanzando en el relato evangélico, vemos como este joven judío, aprendiz de filósofo, va sucumbiendo al poder corrosivo de la modesta fama que se iba granjeando en la zona, lo cual evidencia lo muy endeble de su naturaleza. Este pobre botarate, con la admiración y adulación de los desarrapados que le escuchaban, llenó el cántaro de su orgullo en la pequeña medida que le permitía su triste ser, y al rebosar perdió el rumbo, creyéndose alguien especial enviado por el infame y criminal Dios de sus padres (supongo que el improvisado orador razonaba consigo mismo: ¿cómo no va a ser una señal del cielo que este grupo de personas se congreguen para escuchar a un pobre desgraciado como yo?). Llegado a este punto de enajenación, ya al final de su corto trayecto vital, el pobre imbécil se cree, otro más, el Mesiah. La simpatía inicial se torna en desprecio del hombrecito ridículo que se complace en que lo atiendan y perfumen, pues su persona es más importante que el estómago de los hambrientos (Mt. 26:11).

Pero una cosa hay que dejar clara: en la tradición hebrea el Mesiah es sólo un hombre; un hombre especial, ungido por Yahveh para que el pueblo hebreo se imponga sobre sus enemigos y gobierne con su ley al resto de los pueblos del mundo (quien escribió esta profecía era un viejo necio y desdentado que no podía comprender cuán vasto y diverso es ese mundo). Pero en modo alguno un Dios. El botarate en que el joven Yeshúa se convirtió, cual estrella del pop a la que la fama intempestiva le ha descompuesto las cuadernas y transformado en un pelele, podía estar endiosado, pero en ningún momento se le pasó por la cabeza ser divinizado. Eso es algo que en el judaísmo, y luego en el islam, es visto como el más atroz de los pecados: asociar algo a la divinidad, y mucho más uno mismo. Es lo que les resultaba tan insoportable de la religión oficial del Imperio, y su costumbre de divinizar a los emperadores (muertos, y algún chalado en vida). Pero es que los judíos daban un valor muy distinto al concepto de Dios que los romanos. De hecho, de otra cosa puedo estar seguro: de haber sabido Yeshúa que algún día le iban a elevar a la categoría de Dios, hubiera cogido una soga y buscado la higuera más cercana con alguna rama lo suficientemente alta. Considerarse el Mesiah ya era bastante atrevimiento, pero que le tomasen por un Dios era un horror inefable, gravísimo más allá del entendimiento, que le colocaba en la diana de la venganza más temible y atroz de un Dios celoso e iracundo.

Pero así fue, y se puede decir que por necesidades del guion. Contra todo pronóstico, la mayonesa del charlatán judío se expandió fuera de la propia comunidad judía que, tres años antes, quería modernizar. Se puso de moda en el Imperio junto con una religión mistérica, el mitraísmo, usando las vías de comunicación y el carácter cosmopolita de éste para expandirse (ojito con el Islam). Ambas modas religiosas anduvieron a la par (por un pelo el párroco de tu esquina no está celebrando el bautismo con sangre de toro, en un edificio que en vez de iglesia se llamaría mitreo), hasta que, finalmente, venció el cristianismo, probablemente por su carácter salvífico (siendo ambas un timo, el del cristianismo ofrecía mejor gancho para pescar a incautos, al fin y al cabo prometer no sólo es gratis, sino muy lucrativo, como muy pronto advirtió la Iglesia).

El relato acaba, en un alarde de sinceridad de Marcos y Mateo, mostrándonos al joven Yeshúa arrepintiéndose en su agonía de la imbecilidad de haberse creído especial, al ver que las horas pasan, su vida se consume, y no aparece ningún ángel con una espada de fuego para salvarle. En postproducción se le añaden los efectos especiales, eclipses y terremotos que nadie más vió y sintió, a pesar de que un eclipse no previsto, en conjunción con un terremoto, hubiera sido noticia de portada en todos los periódicos de la época, y dado materia de investigación para la embrionaria astronomía para muchos siglos. Muerto el hombre, comienza la leyenda.

Como decíamos, pronto el movimiento desborda los límites de la propia comunidad judía, y empezaron a percatarse de las limitaciones que suponía seguir como un apéndice de su religión nacional (máxime con la mala fama que tenían los judíos en el Imperio, tan intolerantes y fanáticos como podrían ser ahora los salafistas). Es evidente que, para seguir expandiéndose, debían escindirse y considerarse una nueva religión. Eso implicaba casi necesariamente divinizar a su fundador, para colocarlo a la par que otras religiones de la época (como Isis o el mismo Mitra); no podías competir en la misma liga si tu figura central no era más que un vulgar humano que murió como un perro, por mucha comunicación especial con Yahveh que tuviera (para más INRI, el dios nacional del dolor de huevos que tuvo el Imperio hasta que Sexto Julio Severo lo resolvió cortando por lo sano).

Pero eso planteaba un problema: no podías identificar al predicador con Yahveh, porque había tradición sólida atestiguando que el mismo Yeshúa se refería a Yahveh considerándolo otra entidad distinta. Pero no podías crear una religión con dos Dioses. ¿Y por qué no? Por la Cábala y demás tradiciones esotéricas, supersticiones numéricas de mucha influencia en el mundo antiguo, que aún pervive entre los charlatanes del (no tan) moderno. Los números pares son números imperfectos, supongo que porque se pueden romper fácilmente en dos cachos (por eso, si os fijáis, las ruedas de los coches tienen un número impar de tornillos, excepto cuando la reducción de costes se impone sobre la ingeniería). Y el número dos es el número más defectuoso de todos los números pares. No había discusión posible, estaba descartado que pudieran ser dos Dioses. Pero echándole un poco de imaginación, podía elevarse el número a tres, éste sí un número perfecto, de buen fario. También un número muy agradecido es el siete, pero para inventarle cinco dioses más a la religión hebrea ya había que echarle demasiada imaginación.

Y de ahí viene la palomita, calco evidente de la artimaña que Zeus (un Mortadelo libidinoso) empleaba para trajinarse a toda tipiña con buenas tetas que se le antojase, fuera humana, Diosa, ninfa, nereida o musa. Y como no tenía manías tratándose de agujeros, incluso se transformó en águila para raptar e hincársela a Ganímedes, el efebo más guapo de la Hélade. Pero más parecido (y asumible por la homofobia semita) al mito cristiano es la estrategia de convertirse en cisne para arrimarle la cebolleta a la bella y dulce Leda. Es notable la comparación entre la belleza e imaginación de la religión griega, con la áspera y estéril religión semita, en cualquiera de sus formas, que no ha sabido más que copiar mitos de otras religiones, vulgarizándolos. Como no habían visto un cisne en su miserable vida, tomaron como animal adecuado para fecundar a Mariam (מרים) un puto palomo. Muy triste, pero del mismo tenor que el resto de la religión islamojudeocristiana.

Y ahí tenemos el misterio de la Santísima Trinidad, un remiendo intelectual propio de Otilio (otra referencia más al divino Ibáñez), que recibió el visto bueno en el concilio de Nicea, cuando ya llevaba casi trescientos años muerto el pobre desgraciado de Yeshúa. El joven charlatán no dejó constancia de muchas cosas, pero sin duda, de haber sido su voluntad, habría comentado lo que, siglos más tarde, convertirían en la clave de bóveda de la teología cristiana. Me hace gracia pensar en la cara que hubiera puesto Yeshúa si alguien le viniera con lo de la Santísima Trinidad: incluso sin mencionar que él era una de las divinidades, seguramente se hubiera ofendido (asociar otras figuras a Yahveh) o, más probablemente, hubiera tomado al interlocutor por un pobre idiota que no merece ninguna atención.

(por cierto, ¿el estilo no os recuerda al de un tal Heraclio Fournier?)

En resumiendo, el origen de lo que llamamos cristianismo surgió del intento de un judío de modernizar la religión de su pueblo, procurando compatibilizarla con el humanismo filosófico que había estudiado en sus años mozos. Este intento fue abortado por el mismo predicador, según recibía atención no por sus dotes como filósofo, sino por haber crecido entre el populacho su carácter de santón. Sobre tan pobres cimientos la jerarquía eclesiástica ha levantado todo tipo de conclusiones, añadiendo por su cuenta las enormes lagunas que dejó la exigua obra intelectual de su fundador.

Si Yeshúa pretendía reformar el judaísmo, para hacerlo más civilizado y acorde a los tiempos, Muhammad se sirve de ese mismo judaísmo para medrar como caudillo, ofreciendo una versión especialmente tosca, sectaria y violenta de una religión hebrea que es, ya de por sí, una desmañada acumulación de mitos importados de otros pueblos más desarrollados (sumerios, babilonios, egipcios o griegos), hilvanados para acompañar el relato de sus insignificantes gestas militares. El islam es la versión palurda de la religión semita para consumo de los habitantes del desierto arábigo, sin más contenido ético que la feroz condena de la libertad humana, siendo el resto una colección de anécdotas, relatos bíblicos mal transcritos (las consecuencias de no saber leer) y una colección normativa frecuentemente basada ora en la superstición, ora en el interés circunstancial del Piojoso, que regula aspectos irrelevantes dejando en el tintero otros esenciales, todo ello narrado con una sobrecogedora falta de gracia. A pesar de amagar por momentos a ser en verso libre, el Q’ram es el texto más prosaico que he leído jamás (os recomiendo encarecidamente que lo leáis, en vez de aceptar opiniones de terceros). Su contenido no es sino el que supone que debe ser: la colección de ocurrencias de un caravanero huérfano y analfabeto reconvertido en señor de la guerra, que es intelectualmente incapaz de mantener el hilo del razonamiento más de dos aleyas seguidas; el nivel de argumentación que podríamos esperar de un niño de ocho años que ya puede leer de corrido y realizar sin ayuda las operaciones aritméticas más básicas.

Finalmente, quiero subrayar el enorme progreso que supone que yo pueda escribir todas estas cosas sin temer persecución legal por ello (y aún queda sacar el 525 del Código Penal, por la propia dignidad de los mismos creyentes, que son considerados por el legislador como disminuidos mentales que deben ser objeto de una especial protección). Por supuesto que vivo en una cultura superior a la de la España católica de hace muy pocas décadas o de cualquier sociedad de mayoría islámica de hoy en día. Vivimos en un estadio de civilización más avanzado, y quien no lo valore no merece disfrutar de la libertad que nos ofrece. También quiero destacar el enorme atraso que supone que jamás podría firmar esto con mi nombre real, por la amenaza implícita que ejerce el matonismo islámico; coacción que induce la autocensura, cumpliéndose así el objetivo del agresor.

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3 febrero 2018

Abuso infantil

Filed under: Religión — Nadir @ 13:40

Me pasa Daniel un documental sobre el adoctrinamiento infantil en la iglesia cristiana evangélica:

Sabía de qué iba, luego recordé haber visto un extracto, pero no podía imaginar que recurriese a semejantes mecanismos para labrar su dogma en las mentes de los niños: en sus sesiones generan situaciones de enorme tensión emocional, con los niños llorando o pretendiendo entrar en trance. Ellos no se ponen límites en la manipulación infantil, tampoco la legislación los desarrolla para proteger a la infancia.

Otra cosa que me sorprendió es la exacta coincidencia en la manipulación del término de libertad del charlatán evangélico que aparece en el vídeo (1:06), absolutamente coincidente con la que podemos leer en la obra de Sayyid Qutb, el follacabras de la anterior entrada, uno de los ideólogos del resurgir islamista (concretamente de la Hermandad Musulmana, por cierto corriente que anima el AKP, el partido gobernante en Turquía). Libertad en el ideario fundamentalista significa crear una sociedad en la que sólo los comportamientos acordes a esta legislación religiosa estén permitidos, que la única ideología que pueda ser propagada sea la propia, y en esta sociedad teocrática en el que cualquier otra opción vital es reprimida el creyente se podrá sentir confortable (que no libre, concepto que confunden interesadamente ambos liberticidas), al percibir que sus creencias están alineadas con las del resto de la sociedad.

Aquí vemos a la misma gorda, abusando de niños de una forma si cabe más burda, en la otra punta del mundo:

Esta gente maneja mucha pasta, y está haciendo proselitismo a lo largo y ancho de todo el continente americano, sin olvidar todos los demás. Es la imagen especular de lo que está haciendo el integrismo islámico en el trozo de mundo que controla.

¿Sabéis cuál era el lema del Estado Islámico? Baqiyya wa tatamaddad, permanecer y expandirse. Incluso en la consigna, la ideología del fundamentalismo cristiano e islámico son perfectamente intercambiables.

Y en cuanto a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana? También son conscientes de que están perdiendo tirón, y recurren a macroeventos como la Jornada Mundial de la Juventud. Aquí muestro la que se celebró en Madriz, cuya organización y dirección fue otorgada a una organización fundamentalista cristiana como Camino Neocatecumenal (los kikos):

En el minuto 18 es cuando el maestro de ceremonias, Kiko Argüello, después de un festival de exaltación integrista de varias horas con concierto y todo, hace una llamada para reclutar jóvenes para el sacerdocio y volver a llenar los seminarios. La clase de decisión que un joven, muchos menores de edad, debe tomar en caliente, vaya.

Todo un ejemplo de manipulación de masas, propia de regímenes totalitarios que son el modelo de sociedad de cualquier religión (las dictaduras del s.XX hicieron con el patriotismo y la ideología política un modelo de control social en sustitución de lo que el Antiguo Régimen había hecho con la religión durante siglos).

Toda religión aspira al control social, por mucho que hasta lograrlo se disfrace como corderito. No sólo al control político, sino al control del individuo en cada mínimo aspecto de su vida, pública y privada. La forma más represora de totalitarismo es la teocracia, el gobierno de Dios (one nation under God).

La religión es una enfermedad mental de tipo social, propagada intencionadamente con fines de control de esa sociedad, proceso que es más eficaz cuanto más joven sea el sujeto en el que es inoculada.

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24 diciembre 2017

La rebelión de Lucifer

Filed under: Religión — Nadir @ 21:53

Cuando murió el cerdo de Wojtyla, la palurdocracia polaca se puso en movimiento al grito de santo subito, avergonzando incluso a Roma por lo que implicaba (estaban dándole órdenes a Yahveh).

Hace siete años que murió Javier Ortiz, que para mí era el aglutinador de la izquierda in pectore, la personalidad en torno a la cual pudiera congregarse todo aquel que haga de la libertad y la justicia su fe. Creo que tiempo más que suficiente para reclamar su ascensión al altar de los clásicos, al Parnaso de las plumas dotadas de gracia, al Olimpo de los luchadores por la libertad.

La pérdida de Javier es más dura sabiendo que nadie detrás viene a recoger su testigo. Los hombres de sólida erudición cumplen su ciclo vital, y lo que viene por detrás son jacarandosos pajarillos de colorido plumaje y pensamiento tan tenaz como un bloque de talco.

Su blog sigue activo, mantenido por sus amigos, y aún conserva sus columnas para que puedan servir de modelo para quien quiera iniciarse en el arte de la escritura.

De las pocas personas por las que he sentido una admiración sincera. Una lástima, por él y por todos.

Mejor que lamentar su muerte, celebrar su vida con un trocito de su obra, muy apropiada para estos momentos.

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La rebelión de Lucifer

Ahora que la jerarquía eclesial vuelve a reclamar el sometimiento general a la voluntad divina, me viene al recuerdo la réplica satánica por excelencia: “¿Cómo que si Dios no existiera habría que inventarlo? ¡Al contrario: si Dios existiera, habría que derrocarlo!”.

Satán, príncipe de los demonios, se alzó en armas contra Dios pese a saber que su guerra era imposible. Dios, infinitamente perfecto, no podía fallar en la batalla. Ni siquiera podía verse afectado por arma alguna.

¿Por qué, sabiéndolo, se rebeló Lucifer contra Él, de todos modos?

Por razones de principio, sin duda.

Siguió el ejemplo de la primavera, que vuelve cada año a la carga, por bien que sepa que tras ella llegará el verano, y luego el otoño, y al final otro nuevo invierno.

Satán nos dio el ejemplo: la cuestión no es vencer –objetivo imposible–, sino no darse por vencido.

La valiente acción de Satán privó a Dios del gozo absoluto de la absoluta sumisión ajena.

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24 agosto 2017

Departamento de publicidad del crimen de masas

Filed under: Religión — Nadir @ 13:39

He preferido esperar unos días para tratar el asunto del atentado de Barcelona. No tanto sobre el mismo atentado, que tampoco hay gran cosa que comentar: tarde o temprano, iba a tocar otro atentado en territorio español. Los críos que lo cometieron fueron las primeras víctimas de su propia estupidez, imbuidos de una ideología criminal.

Yo sólo quiero remarcar cómo es posible que se siga permitiendo la difusión del wahabismo en las mezquitas españolas. Porque se ha identificado perfectamente esta rama del islam como el director precursor del yihadismo, así como el nitrato amónico puede ser el precursor de un explosivo. No todos los wahabitas cometen actos terroristas, como tampoco todos los nazis participaron materialmente en la Shoá.

Y la razón por la cual se mantiene la ficción de la religión de paz (que no soporta ni la evidencia histórica, ni la lectura de su libro sagrado), y se permite que las mezquitas y oratorios sean dirigidos por imanes afines al wahabismo, la más pura, original versión del islam, sin los siglos de civilización que habían ido rebajando su toxicidad: >a href=”https://cincodias.elpais.com/cincodias/2017/01/15/empresas/1484476250_076232.html”>17.000 millones en contratas españolas en Arabia Saudí.

Efectivamente, Arabia Saudí y resto de petromonarquías son, como reza este titular, el paraíso para las constructoras españolas. Y para no poner en peligro esos contratos, seguimos sonriendo a los patrocinadores del islamofascismo, y ni siquiera nos planteamos prohibir la difusión de su veneno fundamentalista, promovido desde facultades de teología como la de Medina o El Cairo y difundido por todo el mundo hasta con cursos a distancia.

En el s.XX la península arábiga era una colonia inglesa y los Saud sólo el caballo por el que apostaron los británicos para conquistar, con ayuda de las modernas armas europeas, el resto de reinos. En el s.XXI, más bien parece Europa una colonia saudí, por cómo permitimos que unos tipos con la toalla enrollada en la cabeza abran un conflicto social en las sociedades europeas que nos seguirá desangrando durante décadas. Y nada de relacionar estos atentados con el islam, y mucho menos con el tipo de islam patrocinado por los gobiernos saudí y qatarí, no vayan a ofenderse nuestros amos.

Repita conmigo: El islam es una religión de paz. Quien lo niegue, es un islamófobo (igual que es antisemita el que niegue el derecho del Estado de Israel a la limpieza étnica).

Id a la guerra, tanto si os es fácil como si os es difícil. Luchad por Alah con vuestra hacienda y vuestras personas. Es mejor para vosotros. Si supierais…
Sura del Arrepentimiento, aleya 41

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5 agosto 2017

Días de la ira

Filed under: Religión — Nadir @ 13:42

Permitidme una breve reseña cinéfila: Vredens Dag (Días de la ira), de Dreyer (quizá lo conozcáis más por su obra maestra, Ordet).

Aunque la cinta se va desluciendo por el papel y la actuación de los actores más jóvenes, el primer cuarto de hora es magistral.

Y la película me sirve para recordar el enorme daño que ha causado en Europa la religión semita, de la que aún no nos hemos conseguido desembarazar completamente; así como la extrañeza que me produce que el dios nacional de un pequeño pueblo de tercera división, que siempre había vivido en el patio trasero de poderosas civilizaciones, haya sido adoptado a ambas orillas del Mediterráneo y de ahí, usando sus ejércitos como vector de contagio, a medio mundo.

Dentro de unos siglos, cuando los niños estudien la historia de este periodo que felizmente empezamos a cerrar, se extrañarán de cómo la orgullosa Europa pudo someterse al dogmatismo de una religión asiática, con una genética incompatible con la herencia del pensamiento filosófico occidental.

Debemos seguir desalojando al Absurdo de los altares, y restaurando a la Diosa Razón como rectora de nuestros pasos.

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Y ahora, la guinda musical:

Aquí el original, no para comparar sino para disfrutar de ambas.

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