La mirada del mendigo

31 mayo 2016

Adicto en América

Filed under: salud — Mendigo @ 20:31

Visto el interés que me alegro haya despertado la pasada entrada, que no deja de ser una consecuencia extrema del proceso de mercantilización de la medicina, he buscado ese documental al que aludía.

Son tantas entradas, que ya no sé si lo he subido alguna vez. Si así fuera, mis disculpas por adelantado. Para los que se atrevan, aquí está en VO a pelo (si podéis con ello es preferible, ya que la traducción del primero es un bastante pobre, puto vicio español con el doblaje).

La anécdota a la que me refería, de la mujer que va al médico tras la muerte de su marido y le receta una pastilla está en el minuto 22 (por si tenéis prisa, aunque recomiendo encarecidamente verlo entero). Pero me acordaba de otro fragmento, que lo he buscado y resulta que está justo a continuación (minuto 23).

Os transcribo una frase de un psiquiatra que participa en el documental que me pareció una genial exposición del problema:

Antes, cuando un estudiante universitario se enfrentaba a la angustia, la tristeza o la depresión, leía a Kierkegaard o algún libro realmente profundo y grave para encontrar algunas respuestas para la vida. O estudiaba filosofía, tal vez leía a Freud o acudía a terapia, pero se veía a sí mismo luchando contra los problemas de la existencia. Ahora, ese mismo estudiante universitario ya ha leído en los libros de texto que toda la angustia que la gente siente se debe a desequilibrios bioquímicos. Y, con ello, todo el bagaje de la civilización occidental es desechado.

Me pregunto qué opinión tendría hoy un psicólogo escolar sobre la salud mental de un crío taciturno, estudiante mediocre, llamado Miguel de Unamuno.

O quizá un Antonio Machado, que evocaba su infancia de estudiante disipado, que se distraía con el vuelo de una mosca.

Vosotras, las familiares,
inevitables golosas,
vosotras, moscas vulgares,
me evocáis todas las cosas.

¡Oh, viejas moscas voraces
como abejas en abril,
viejas moscas pertinaces
sobre mi calva infantil!

¡Moscas del primer hastío
en el salón familiar,
las claras tardes de estío
en que yo empecé a soñar!

Y en la aborrecida escuela,
raudas moscas divertidas,
perseguidas
por amor de lo que vuela,

—que todo es volar—, sonoras
rebotando en los cristales
en los días otoñales…
Moscas de todas las horas,

de infancia y adolescencia,
de mi juventud dorada;
de esta segunda inocencia,
que da en no creer en nada,

de siempre… Moscas vulgares,
que de puro familiares
no tendréis digno cantor:
yo sé que os habéis posado

sobre el juguete encantado,
sobre el librote cerrado,
sobre la carta de amor,
sobre los párpados yertos
de los muertos.

Inevitables golosas,
que ni labráis como abejas,
ni brilláis cual mariposas;
pequeñitas, revoltosas,
vosotras, amigas viejas,
me evocáis todas las cosas.

El poeta, un TDAH de manual (de psiquiatría), hoy sería uno de ese 10% de niños diagnosticados y medicados.

La poesía, el arte, la genialidad es enfermedad, insania, en esta sociedad en que la vulgaridad es la vara de medir de la salud mental.

La pastillita

Filed under: salud — Mendigo @ 0:08

El otro día leí una de esas noticias que parecen sacadas de elmundotoday, pero que son absolutamente verídicas: una compañía farmacéutica ha sacado al mercado anfetaminas en presentación de gominola, para ser más atractivas para el público infantil.

Todo esto es, por supuesto, una forma de tratar lo que desde siempre se ha llamado un niño inquieto (o, cuando no era tuyo, un niño cabrón) y ahora se conoce como TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad). Para mí, es un ejemplo claro (como las extravagancias culinarias) de que nos encontramos en un periodo de decadencia de nuestra civilización o, de nuevo dicho menos finamente, que nos estamos volviendo gilipollas. Tiene una dieta, una vida más sana un niño de Malaui, a poco que sus padres no vivan en la miseria absoluta, que un crío de clase media usamericano.

Vamos a ver, señores, un niño es sólo un cachorro de mamífero que, como el resto de los animalitos explota de vitalidad que invierte en juegos que le preparan para la edad adulta, en los que teje sus relaciones sociales y pone a punto su fuerza y destreza. Un niño inquieto es un niño, es una expresión redundante, lo antinatural sería encontrarse con un niño pasivo. ¿Que su vitalidad en ocasiones difícil de seguir para una persona adulta? Toma claro, hasta una gata acaba hartándose de las trasnadas inagotables de sus gatitos y los acaba llamando al orden, eso lo saben y lo han sufrido todos los padres desde los albores de la Humanidad, y ya digo que no sólo en nuestra especie.

Lo que me parece una atrocidad es drogar a un niño para que no incordie. Claro, no lo presentan así sino que se habla de los resultados escolares. Aún siendo cierto, creo que cualquier padre que lo sea preferiría ver a su niño sano y burro, a licenciado y con trastornos mentales debido a haberle administrado psicofármacos en una etapa en que su cerebro se está formando. Porque lo menos malo que puede salir de ese experimento es un yonki, un adicto a las anfetas ¿o es que nos enteramos ahora de que las anfetas crean adición, o que tienen efectos adversos en el cerebro?

Eso ya no es ni de mis tiempo, ya en tiempos de mi vieja me cuenta que cuando estaba preparando las oposiciones, compañeros suyos le recomendaban medicamentos que ayudaban a concentrarse y aguantar palizones de estudio despierto. Y no eran más que eso, anfetas. Todos habremos conocido quien las ha utilizado para estudiar y, realmente, a la vista de los resultados no puedo decir que sean una buena alternativa (yo aprobaba y ellos no). También siempre he oído que la atención, la vigilia que producen, es muy poco productiva. Estás despierto, sí, pero tu cerebro no “traga” bien el temario porque necesita de descanso.

En todo caso, estamos hablando de un uso muy concreto en adultos, en un momento muy particular de tu vida en que te enfrentas a un examen muy importante. Dárselas sistemáticamente a un niño es una atrocidad. Y más para curar una “enfermedad” que se conoce como INFANCIA.

Recuerdo un documental, en el que un psiquiatra comenta que cuando murió su padre, su madre fue al médico de familia. Éste le dijo que la veía deprimida, y le recetó unas pastillas. Y la madre le respondió que no estaba deprimida, lo que estaba era TRISTE. Y era natural que lo estuviera, y que unas pastillas no le iban a devolver a su marido, así que tendría que acostumbrarse a la idea de su ausencia.

Si necesitamos de pastillas para superar la muerte de un ser querido, un desengaño amoroso, una crisis familiar o un fracaso laboral ¿qué es lo que somos? PUTOS YONKIS. No tenemos las herramientas psicológicas para enfrentarnos a la adversidad y nos refugiamos en el placentero mundo químico. La frustración, la ansiedad, se convierten en monstruos gigantescos, paralizantes, a los cuales no podemos enfrentarnos por nuestros propios medios. ¿Qué clase de mierda con patas somos entonces? ¿Qué dirían de ello nuestros antepasados, que sacaron a su prole, los que lograban sobrevivir, contra viento y marea? ¿Que podrían decir los que hoy, en Sur global, enfrentan cada día el reto de la supervivencia?

Que no tengamos la aguja colgando del brazo no quiere decir que no padezcamos una drogadicción, ésta sí una enfermedad real, incentivada por la industria farmacéutica con la complicidad de la clase médica (algunos son codiciosos, otros son subnormales, la mayoría ambas cosas y todos se creen el representante de Dios sobre la Tierra).

Y aún peor. Mediando un examen los de psicología (que no tiene ni de lejos la densidad y profundidad en el estudio de la fisiología humana y la química subyacente que una carrera de Medicina) también pueden prescribir medicamentos. ¡Horror!

Sobre el tema de los niños y los éxitos académicos, recuerdo un niño de aldea que fue expulsado del colegio repetidas veces. Que no mostraba ningún interés por los libros y gustaba más de andar por el campo con los bichos, y usaba su inteligencia en tramar gamberradas y demás diabluras. En suma, el crío era un verdadero dolor de huevos para sus profesores y sus mismos padres, un caso de TDAH de libro. Ese crío se llamaba Santiago Ramón y Cajal, el único Nobel científico ganado por un español.

Hoy en día, el pequeño Santiago, hijo de una familia de clase media (su padre era médico rural), hubiera sido atiborrado a medicamentos para mantenerlo anclado al pupitre y que no diese el coñazo.

Hablando de esto con una amiga, me comentaba que el otro día se quedó a dormir una amiguita de una de sus hijas, tras el cumpleaños. Como la cría no se daba dormido ni a tiros, porque quería más y más juerga, se notaba que tenía cuerda para rato, llamó a sus padres para pedirles consejo para calmar a la fierecilla. La madre le dijo que en la mochilita encontraría una pastilla, que se la diera. Efectivamente, se la dio, y la cría cayó en cama como un tronquito.

¿Fenomenal, no? Me imagino que el sueño húmedo de cualquier padre. Pastillita y tranquilidad. ¿Pero qué clase de padre compra su tranquilidad a base de drogar a su hijo? Por supuesto, es mucho más cómodo que leerle un cuento, pero… cuando esa niña sea una mujer ¿cuántas pastillas necesitará para dormirse?

Si ese niño, en vez de dotarle de mecanismos psicológicos para gobernar sus emociones, tomamos el atajo de drogarlo ¿cómo podemos pensar que adquirirá esa autodisciplina para controlar sus impulsos de forma autónoma? No, sacará el botecito del bolsillo y se tomará un par de pastillitas. Y ya tenemos constancia de un serio problema de adición a medicamentos, precisamente entre la clase media de raza blanca en USA. Y ahora, ensayamos la estrategia con cerebros en desarrollo. Que sí, por supuesto, son dosis muy bajas. Pero son dosis que tienen un efecto relevante en el comportamiento (si no, no servirían de nada), lo cual quiere decir que son dosis con efectos psicoactivos, incluidos sus efectos secundarios.

¿Ha sido estudiado el tratamiento prolongado de niños con estas drogas? Contando que la FDA (la agencia usamericana del medicamento) no realiza sus propias pruebas, sino que revisa y valida los estudios que les presentan los laboratorios sobre su propio medicamento (dicho de otra forma, el regulador se chupa el dedo), realmente el control es prácticamente inexistente.

A la niña de la que os hablaba antes. ¿No sería mucho más sensato recurrir a un osito de peluche, o cantarle una nana como llevan haciendo las madres desde el principio de los tiempos? O simplemente, asegurarse que durante el día ha consumido ese exceso de energía para que al llegar la noche ella sola caiga redonda en cama? Pero es difícil, viviendo en una ciudad amenazante y llena de peligros, donde el ejercicio físico, correr, saltar, debe ser programado como “actividad extraescolar” en horario pautado a la que se apunta al niño (para librarse de él durante un rato más, cuando sale del colegio). ¿Dónde la espontaneidad? ¿Dónde la emoción de descubrir el mundo, de conquistar la libertad, de descubrir el universo que te rodea, pleno de texturas, colores, diferentes formas de vida? No hay mucho que descubrir en el monótono de hormigón que es una ciudad.

Me dan pena los niños de hoy. Cuando yo era pequeño, me pasaba el día en el patio de casa. Como no me gustaba la tele, estaba todo el día abajo esperando que bajara algún otro crío para jugar. Según la maledicencia de las vecinas, yo nunca sería nadie de provecho, todo el día fuera de casa, armando gresca. Cuando crecí, bajaba al parque a jugar, al furbo, claro, pero nuestra versión callejera y ácrata de fútbol.

Ahora veo a los críos, perfectamente equipados y jugando en un campo de hierba sintética, con un deficiente mental berreándoles en un tono violento y muchas veces ofensivo, recriminándoles cualquier imbecilidad a críos pequeños como jamás se permitiría hacerlo un profesor de una material importante, matemáticas, lengua… No los veo reír. Cuando yo jugaba, y era la hostia de malo, estaba exultante, era un delicioso estado de felicidad absoluta, un estado de gozosa enajenación que pierdes al crecer y tratas de buscar de mayor en el orgasmo o las drogas. Ahí jugábamos 8 contra 6, si los 6 eran mayores, salía uno y entraba otro, del “equipamiento” mejor ni hablar… y pasaron años hasta que un listorro mencionó el término “fuera de juego”. Al que lo hacía, era inmediatamente rechazado y enviado sin contemplaciones a tomar por culo. Sin embargo, los listorros fueron ganando y, en algún momento, comenzamos a respetar el “fuera de juego” (también éramos más mayores). Fue más o menos cuando empezamos a introducir normas, que perdí el interés por el furbo, cuando dejó de ser juego para convertirse en algo tan infame como el deporte.

Es que, realmente, lo antinatural es procurar amarrar un niño a un pupitre, hemos de forzar nuestra naturaleza para lograrlo. Por supuesto que hay que educar al niño para que, progresivamente, refrene sus energías y mostrarle el camino de la concentración, la reflexión, la introspección, que nos hace humanos. Pero éste proceso debe ser natural, respetando también el ritmo del niño, jugando con sus intereses, y no sometiendo su voluntad ante amenazas o violencia o, aún peor, mediante el atajo químico.

Sí, aún peor. Las consecuencias de administrar anfetaminas a un niño son potencialmente mucho más graves que, por ejemplo, la bestialidad de golpearle las manos con la regla por no saberse la lección, o cualquier de esos sadismos presentes en la escuela antigua. Grave me parece maltratar a un niño, pero mucho más grave es drogarlo. Al fin y al cabo, los moratones y laceraciones se curan. El rencor, el miedo, y el odio que se le almacenen en el alma, tardarán eso sí mucho más en curarse. Con todo, incluso en un ambiente de violencia y autoritarismo el niño saldrá adelante, quizá con algunas taras, la peor es la sumisión a la autoridad (que advierto a cada paso, interiorizada en casi todo el mundo). Lo que saldrá de un crío que controla su temperamento de forma exógena, con pastillas, no se puede llamar ni hombre. Una piltrafilla, una cáscara de nuez emocional a merced de la tempestad del mundo exterior.

Aunque realmente, con una nana así, sería una lástima quedarse dormido. Aunque entran ganas, sin duda.

Para los que aún estéis despiertos:

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22 mayo 2016

Meando plástico

Filed under: salud — Mendigo @ 22:02

Os dejo con una disertación del oncólogo Nicolás Olea, la cual merece ser escuchada por supuesto con espíritu crítico.

Si os gustó, tenéis otra en la que trata el mismo tema, de forma algo más técnica.

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1 mayo 2016

Neoliberal antisistema

Filed under: salud — Mendigo @ 11:12

Por regla general, procuro no elevar anécdotas particulares a la categoría de norma, pero en este caso voy a tomar unas anécdotas trivilales de las que he sido espectador para ir desarrollando el artículo.

La primera anécdota es siendo involuntario testigo de una conversación entre una dentista y su empleada. En resumidas cuentas, la primera la abroncaba por, textualmente, “ponerse en el lugar del paciente en vez de pensar en el negocio”, además de otras perlas como que “al paciente no hay que ponerle límites en lo que se va a gastar, cuanto más gaste mejor” y frases del mismo tenor.

Esta anécdota, por el lado médico, y ahora otra muy breve, por el lado farmacéutico. Acompaño a mi madre a comprar una medicina a la farmacia, y la dependienta se la expende y le pide cincuentaypico euros. Mi madre, sorprendida, replica que no puede ser, que además le había dado receta. Y la dependienta le contesta que efectivamente, el precio era incluyendo la receta, sin ella el fármaco costaba ciento y mucho.

Ya escamado, cogí la caja y no, no era de Valeant. Supongo que estaréis al tanto, pero si no os lo cuento: Valeant es una farmacéutica gringa que se ha hecho famosa por ir adquiriendo otra farmacéuticas (más de 150) para quedarse con su cartera de fármacos protegidos por patentes, y multiplicar su precio de venta para obtener beneficios extra para repagar la deuda asociada.

Desde un punto de vista empresarial, una buena jugada. Desde el punto de vista ético, imaginarse algo más repugnante en el sector de la salud, ya tenemos que irnos al tráfico de órganos.

Otro allegado me cuenta que su aseguradora ha retirado a la mayoría de dentistas de la provincia de su cuadro médico. La explicación es sencilla: abrieron una clínica dental, pero estaba vacía. Y para obligar a la gente a ir a la clínica han retirado de sus prestaciones al resto de dentistas. En esas clínicas, contratan a los chavalines recién salidos de la facul, les pagan dos chavos para hacer curriculum, y en seguida les dan boleto y meten otros nuevos. Evidentemente, para la aseguradora es mucho más rentable operar esa clínica dental.

Estas apreciaciones personales me llevan en una única dirección de pensamiento: el mercado es una buena herramienta, puede ser muy eficiente como mecanismo de distribución de muchos bienes (por ejemplo, un teléfono móvil o un balón de rugby). El mercado no es ni Dios ni el Diablo, sino simplemente un mecanismo de relación entre oferta y demanda. Ahora bien, la provisión de ciertos bienes debe quedar excluida del mercado, y ser prestados siguiendo otros mecanismos de reparto.

Esto es evidente para cualquiera que piense rectamente: un bien cuyo valor es absoluto para el consumidor, como la salud, no puede verse sujeto a la fijación de precios del mercado, pues el oferente tendrá una posición de fuerza que le permitirá forzar un precio, no proporcional al coste de fabricar o proveer ese bien, sino en relación a ese valor infinito que el usuario le otorga. Lo cual no es ni eficiente, ni justo.

Lo vemos mejor con un ejemplo: imaginemos un explorador que se pierde en el desierto, y es encontrado por otra expedición. Al borde de la deshidratación, el valor de una cantimplora de agua en ese momento es infinito. Es la diferencia entre la vida y la muerte. No confundamos valor con precio, como nos previno el poeta. Entre seres humanos, lo usual es prestar esa ayuda desinteresadamente y atender al compañero, rehidratándolo y transportándolo a lugar seguro. Sin embargo, esta conducta éticamente correcta es, desde el punto de vista capitalista, completamente equivocada. Lo que debería hacer la expedición es ofrecerle agua, pero sólo después de que el sediento viajero firme un papel cediendo todos sus bienes, presentes y futuros, a sus salvadores. Una cantimplora de agua vendida al precio de decenas, quizá cientos de miles de euros; el explorador vendería su libertad para salvar su vida.

Podemos imaginarnos cualquier otro caso. Un equipo de rescate en montaña que ofreciese el mismo trato a quien está herido o perdido en la ventisca. La sola idea es abominable, quien así obrase hace méritos sobrados para ser excluido de la definición de ser humano. Y, sin embargo, es algo absolutamente habitual en el mundo actual. ¿O por qué 25.000 personas mueren cada día en el mundo por el hambre o la extrema necesidad? La respuesta es de una evidencia palmaria: porque no tienen dinero para comprar la comida o medicinas que podrían salvar su vida.

Me gusta mucho el humor negro (además de los chistes de la guerra de sexos y otros mil temas que se han vuelto políticamente incorrectos en esta idiocia permanente que tenemos por sociedad), y uno de mis preferidos era el que sigue (ya soy malo contándolos a viva voz, en formato escrito sé que perderá cualquier atisbo de gracia, pero en fin):
Esto es un niño a su madre: – mamá, mamá, dame galletitas.
Y la madre, contrariada: – pero si las quieres, cógelas tú mismo.
– Pero mamá, si sabes que no tengo bracitos.
– Ahhhh. No hay bracitos, no hay galletitas.

XDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

Sí, suena a chiste, pero esta barbaridad cuya brutal injusticia es el mecanismo que dispara la risa, es la normalidad que aceptamos sin ni siquiera percatarnos de su infamia. ¿Qué les dice el mercado a esos miles de personas que buscan sustento para sobrevivir ese día? – Ahhh, no hay dinero, no hay comida.

Realmente, el mercado está chantajeando a hambriento con idéntica forma con que los bandoleros amenazaban a sus presas en los pasos de Sierra Morena: la bolsa o la vida. Y como a la vida le damos un valor infinito, entregar la bolsa, y mil bolsas que portásemos, parece un trato justo. Pero no: es un robo.

Un poco más académicamente. ¿Por qué decimos pues que estos bienes, bienes cuyo valor para el demandante es absoluto, deben ser excluidos del mercado? Porque el mercado sólo es funcional (se alcanza un equilibrio óptimo para todos los actores) cuando existe libertad de movimiento en los jugadores para fijar su postura. Ese mercado libre que es sólo una conjetura teórica y que, para lograrlo, se impone una regulación. Efectivamente, un mercado sin regulación es la antítesis de un mercado libre: en él las manos fuertes dominan a las manos débiles, imponiendo sus condiciones.

Y, en el caso de la salud, el paciente no es un jugador libre: está impelido a aceptar el precio que le impongan, porque cualquier trato es mejor que perder la vida. De esta forma, es víctima de un robo, pero no en las fragantes lomas de Sierra Morena sino en la recepción de una clínica con olor a lejía con desinfectante.

Como la sanidad, los bienes de primera necesidad, la vivienda, la seguridad, la educación como elemento clave de la movilidad social. Tomemos la seguridad, por ejemplo. Imaginad que privatizasen la policía, y que cada empresa de seguridad reclamase dinero a cada comerciante para asegurar la protección de su establecimiento. ¿A qué os suena eso? Exactamente: la actividad central de la mafia.

Volviendo a particularizar: hay que evitar la mercantilización de la sanidad. Porque puede ser aceptable que haya quien se compre un Porsche y otro tenga que moverse en en forfi. Pero en la provisión de servicios básicos para la vida, todos los ciudadanos, desde el banquero al sin papeles, deberíamos gozar del mismo trato. Ya que la vida de ambos tiene el mismo valor: infinito.

Lo diré más claramente: acceso universal y gratuito a la medicina (comprendida la farmacia). Abolición de toda forma de negocio relacionado con la salud, que será provista por el Estado según las necesidades de cada cual. La forma de asegurar la calidad de la asistencia, es que la hija del empresario y la del obrero den a luz en la misma clínica, compartiendo habitación. La maniobra del PP de ataque a la sanidad tiene un claro objetivo: forzar el cambio a la sanidad privada de aquellos que se lo puedan permitir, dejando la sanidad pública reducida a una sanidad de último recurso para atender a quienes no pueden pagarse nada mejor.

Prohibir la sanidad (y la educación, por cierto) privada, ¡qué locura! Esto me coloca inmediatamente en la posición más extrema del mapa político, un CH3- (un radical libre XD). Sin embargo, es la forma más eficiente de proveer de atención médica (como es fácil comprobar comparando el gasto sanitario y los indicadores de salud de diversos sistemas sanitarios, siendo los extremos los sistemas cubano y usamericano). Pero no sólo es racionalmente la mejor opción, es que éticamente es la única, procurando que la protección de la vida de todo ciudadano sea independiente del peso de su bolsa.

En resumen, soy un peligroso antisistema. Pero esperad, que quería contaros otra anécdota.

Mi compañera acude a urgencias con un problema de vértigos; allí le dicen que no es nada grave, le sueltan unas pastillas y que se le pasará en unos días. Como tras dos semanas no nota cambios, acude a su cabecera que, como siempre, no le hace ni puto caso y la despacha en dos minutos. Ya se le pasará. Antes tenía un médico que sí que se implicaba, pero se lo cambiaron y ya estaba harta de este mamotreto que no le solucionaba nada, probablemente un primo de Raxoi pues para él la solución a todos los males era esperar a que se marcharan solos. Y lo que no se marchaba, es que son cosas de la edad.

Se cambió de cabecera y fue saltar de la sartén, pues le tocó un mastuerzo aún más indolente: seguir con las pastillas (y ya llevamos dos meses) y esperar, que de derivar su caso al otorrino, nada. Llegados a este punto, nos pusimos a investigar sobre el origen de los vértigos, y aprendimos que hasta ahora ninguno le había practicado las pruebas (unas maniobras de cabeza) necesarias para diagnosticar correctamente la enfermedad. Estaban asumiendo sin ningún criterio que era un tipo de vértigo y medicando en consonancia. Ya con un nivel de hartazgo elevado por la incompetencia supina del mendrugo en cuestión, fue a verle para exigirle que le derivase a un especialista que supiera diagnosticar y dar un tratamiento, cuando la diosa Fortuna nos sonrió en forma de un médico sustituto, pues el lacazán estaba de baja.

Y este chaval, atento e inteligente, le dedico tiempo y atención en procurar determinar el origen de los vértigos, cosa que hasta entonces ninguno de los demás había hecho. Tras una exhaustiva inspección del oído (que tampoco hizo ninguno de los anteriores), le dijo que suspendiera el tratamiento que le habían recetado (tras dos meses y medio) y la derivó, ¡por fin!, al otorrino para que confirmase su valoración. ¡Por fin!

La cuestión es que este rapaz, en cuanto el médico titular vuelva de la baja, va a ir de nuevo a la calle hasta la próxima sustitución. Y así lo tendrán, andando como zascandil, de la ceca a la Meca, cobrando la mitad que el mamotreto con plaza. Plaza con rotonda, jardineras y monolito. Muchos jóvenes médicos, alguno de los cuales puede que sea hasta inteligente e implicado, acabarán ejerciendo en Inglaterra o incluso Portugal, porque aquí el acceso está cerrado por unas vacas sagradas inamovibles, con las cuales sólo nos queda esperar que se vayan muriendo de viejas porque son sagradas. Esta clase de médicos, funcionarios en el peor sentido de la palabra, con la acepción de vagos, mediocres e indolentes, con un conocimiento enciclopédico de reglamentos, dentro de los cuales se sienten seguros, debería ser barrida de la sanidad pública para ser sustituidos por profesionales con mejor formación y, sobre todo, interés por verdaderamente cuidar de la salud de los pacientes a su cargo.

Porque realmente, el Estado se sigue rigiendo en su política de personal como los cuarteles con la antigua mili: los veteranos tienen unos privilegios y los novatos tienen que pringar. ¿Qué es esto, un puto colegio mayor? ¿Qué sentido tiene que a un médico competente lo tengamos en situación de precariedad laboral, mientras que premiamos la incompetencia con un cargo vitalicio? Porque ése es la verdadera naturaleza de una plaza de funcionario, no es un puesto de trabajo, es un cargo.

Operemos el sistema económico que operemos, hay un principio inamovible para optimizar su funcionamiento: cada puesto debe ser ocupado por el más apto disponible. Si un rapaz de 30 sabe más, se preocupa más que un mamotreto de 60, es quien debe ocupar ese puesto de trabajo. ¿El valor de la antigüedad? Bien, si el de 60, con la ventaja que le da la experiencia en la práctica de la medicina y el tiempo que podría haber dedicado al estudio, sabe menos que el de 30, lo que realmente se merece es ser echado a patadas a la puta calle con un capiruzo con orejas de burro. Sin contemplaciones. Y que quien tenga que emigrar sea el mal profesional, o que busque acomodo en la sanidad privada (mientras no os logre convencer de darle cerrojazo).

Estamos tratando sobre el sistema de salud, pero lo mismo se podría decir en cualquier ámbito de la función pública. Desde policías zotes a docentes tóxicos, que deberían ser expulsados de la administración y sustituidos por los mejores disponibles. En concreto, en el ámbito de la educación, el daño que puede hacer un mal profesor, un funcionario indolente e inepto, es casi tan grande como en la medicina. Un día voy a ponerme a enumerar aquellos malos profesores que me he ido encontrando en mi vida académica, porque si bien he disfrutado de alguno bueno, he sufrido muchos verdaderamente detestables. Y todos tenían un nexo común: hacían de la institución su instrumento, su puesto de trabajo estaba ordenado a su mayor gloria, orientado a su comodidad y seguridad en vez de optimizar la enseñanza de los alumnos.

Al igual que el dinero público no es de nadie, tampoco lo son sus centros de trabajo. Sin nadie a quien rendir cuentas sobre su productividad, su diligencia y resultados el funcionario forma en el centro donde recae un nidito en el cual llevar el resto de su vida activa una existencia confortable, trabajando lo mínimo para cubrir el expediente y esperando a que pasen los trienios para poner el cazo.

Me imagino a algunos de estos funcionarios cantando con voz de falsete: “Yo, soy holgazán porque el mundo me ha hecho así…”. Y es totalmente cierto: el funcionario no nace, se hace. El sistema no provee los estímulos para recompensar la excelencia en el trabajo, ni tan siquiera se preocupa por evaluarlo. La evaluación docente, casus belli entre la profesión. Son tan chulos, que siendo empleados consideran que nadie tiene derecho a fiscalizar su desempeño. Lo que hagan, está bien hecho; sea mucho o poco nadie les puede exigir más porque ellos han aprobado una oposición, lo cual les confiere un status de inviolabilidad.

Pues no, el médico incompetente, a la puta calle; el profesor incompetente, a la puta calle. Sin contemplaciones, sin ningún tipo de miramiento pues ya bastante han chupado cobrando por encima de sus méritos y capacidades. Y así haríamos hueco para que entrase savia nueva, escogiendo a los mejor preparados y, de ellos, quedándonos con los que demostrasen mejor desempeño en su trabajo. Y los que no, que se vayan a la privada, emigren o se dediquen a barrer las calles u otro cometido para el cual sean aptos. Lo que debe quedar claro es que ellos deben estar al servicio del Estado, y no al revés, como ahora.

Volviendo al tema de si el funcionario nace o se hace, la respuesta es contundente: es el sistema de incentivos perverso que rige la administración pública el que lo fomenta. El sistema los hace vagos e indolentes, no es que los seleccione. El sistema promociona la indolencia, la falta de iniciativa y la cerrazón de miras que se asocian a la condición de funcionario, sabedor de que está seguro mientras no se aparte de reglamentos.

Un caso arquetípico fue el accidente de Angrois, donde faltaba la baliza antes de la curva porque, efectivamente, ese tramo ya no era de alta velocidad. Irreprochable desde el punto de vista normativo. Pero si en vez de seguir como autómatas los reglamentos, los técnicos de ADIF hubieran usado la materia gris que se les pudre encima de los hombros, se habrían dado cuenta que la función de esas putas balizas era asegurar que, precisamente, el tren ya no circulaba a alta velocidad antes de acometer la curva de entrada al ramal de Santiago. Como si un convoy de cientos de toneladas fuera a frenar mágicamente porque cambie la clasificación administrativa de la vía (dar poder taumatúrgico a las leyes, algo se hace realidad por el hecho de ser pomulgado, un error muy frecuente de los chupatintas que tienen forrado el cerebro con el mismo papel en el que se publica el BOE). Habría que incluir la imbecilidad supina y dolosa como tipo penal, y podríamos sacar del Código la mitad de los delitos.

De nuevo en el campo de la docencia, conozco de casos de jóvenes profesores que llegan llenos de ideas y bríos para estimular la curiosidad de sus alumnos, pero que con el curso de los años se ven atrapados por el ambiente de mediocridad que reina en el claustro. Se dan cuenta de que, realmente, son unos pringaos pues esforzándose y dando la vida en el aula, cobran lo mismo que el que cumple el expediente y se limita a soltar el mismo rollo año tras año ajeno al auditorio. Ante la ausencia en la función pública de la figura del empleador, que premie el buen desempeño en el trabajo y purgue el centro de los trabajadores con peor rendimiento, el joven idelista ve cómo de la llama se hacen brasas, y queda contaminado del gris de la ceniza del adocenamiento que le rodea. De hecho, procurar la excelencia en su trabajo lo más que le puede granjear son problemas y envidias: es mucho más cómodo ser mediocre. Los pocos que mantienen ese espíritu vivo, lo hacen por integridad profesional, sin esperar ningún otro tipo de recompensa más que la satisfacción del trabajo bien hecho (y tengamos en cuenta la materia prima que tienen entre manos, tanto médicos como profesores).

Y ésta es la clave del mal funcionamiento de la función pública: la impunidad, la falta de asunción de responsabilidades, la inexistencia de un sistema de evaluación para detectar ineficiencias, una dirección profesional que responda ante unos objetivos y con capacidad para hacerlos cumplir.

Por ejemplo, un gobierno que ponga coto a la práctica de muchos médicos de la pública que luego tienen su consulta privada por la tarde, y hacen pasar con preferencia (colar, en román paladino) a sus pacientes privados en la sanidad pública para realizar pruebas diagnósticas que así les salen gratis, poniendo de esta forma a funcionar el sistema público de salud en beneficio de su lucro privado. Lo mismo que un profesor universitario, que en su miserable mediocridad establece su librito como texto obligatorio sobre el cual versará el examen (en el nivel universitario debe haber una bibliografía recomendada que deberá consultar el alumno y dominar el profesor, y no seguir un libro de texto en concreto). En ambos casos, ante la ausencia de una gerencia competente y responsable, los empleados se apropian de las instituciones públicas, las patrimonializan para su interés particular, apropiándose de lo que es de todos y desvirtuando su finalidad: el prestar servicio público. Esto es particularmente evidente en la enseñanza universitaria. Las universidades no están estructuradas para maximizar el aprendizaje del alumnado, sino la comodidad del profesor (y ya si es catedrático, se monta su cortijito en la universidad de todos).

Hay que recordar a toda esta gente que son EMPLEADOS, empleados públicos con una función que desempeñar. Y quien no cumpla con esa función de forma adecuada, el Estado prescindirá de sus servicios y contratará a otro más apto. Tan sencillo como eso, pero implementarlo supone enfrentarse a un cataclismo social.

Yo ya he propuesto que, para empezar, se limite la duración máxima de los contratos a cinco años. Pasado ese plazo, ese puesto de trabajo vuelve a salir a concurso donde el antiguo ocupante tendrá que demostrar que sigue siendo el más apto para desempeñar esa ocupación. Y, sin con la ventaja de la experiencia, no lo demuestra y hay otro que le aventaja, que pase el mejor a ocupar su lugar. El Estado debe contratar a los mejores en cada momento (y pagarles en consonancia), y dejar meridianamente claro quién sirve a quién.

El trabajador público competente puede estar tranquilo, pues seguirá siendo el más apto para su trabajo. Es el incompetente el que debe tener miedo de ser superado por los recién llegados. Tiene una alternativa: esforzarse en su formación. Claro que esto le supone un trauma para muchos a estas alturas.

Eso sí, el examen debe ser funcional, esto es, que sirva para discriminar quién está realmente mejor capacitado para el desempeño de ese puesto. No sé si alguna vez os habéis percatado, pero en todo examen se ponen en cuestión los conocimientos del alumno… y la inteligencia y competencia del examinador que lo propone.

Para ir cerrando este rollo. Siguiendo el mismo principio por el cual reclamo la exclusividad del Estado sobre los dominios de la sanidad o la educación, también exijo que exista una gestión competente de estos servicios públicos, que maximice su rentabilidad como en cualquier otra empresa humana. Porque sí, la sanidad y la educación también tienen una medida de la rentabilidad, no es la rentabilidad económica sino la rentabilidad social, la medida en que unos recursos empleados sirven para obtener un beneficio social: la salud o el nivel de instrucción de la población.

Esto es propio del buen gobierno de la Res Publica, y es precisamente lo que NINGÚN gobierno va a acometer porque sería muy lesivo en términos electorales cuestionar el rendimiento laboral de una masa de nueve millones de potenciales votantes. Votantes que están convencidos que son los propietarios de su centro laboral, a pesar de que nunca han invertido ni un euro en él, sólo porque hace años aprobaron un examen que les confiere inmunidad y un cargo vitalicio

Por cierto, en un país con un estado de corrupción generalizada, yo pongo en cuestión la limpieza de todas y cada una de las oposiciones habidas, y tengo sólidos datos especialmente aquí en Galicia. Por ejemplo, ¿bunca os ha parecido extraño que un débil mental como Raxoi, que en tantos años postulándose para presidir el Gobierno de España no ha tenido la capacidad de aprender un idioma extranjero… haya logrado el portento de aprobar el examen de Registrador de la Propiedad con 24 años, el más temprano de la historia, sólo un año después de acabar la carrera, examen que otros preparan durante más de una década?
Para aprobar el examen de registrador, no se pide inteligencia, pero sí una memoria bestial para cantar el tema que te toque de entre cientos. Alguien capaz de preparar ese examen en sólo un año, debería tener una memoria realmente prodigiosa. Sin embargo… Raxoi apenas aparta la nariz del papel cuando lee un discurso.

¿No os parece aún más extraño que de cuatro hermanos, tres sean registradores y, el otro, notario? Los cuatro han aprobado los exámenes reputados como más duros. ¿Excelencia genética o quizá tenga algo que ver que el tío de Raxoi formara parte del tribunal que lo examinó? O quizá tuviera que ver el que fuera cachorro del régimen, el delfín de Fraga, ya dos años después de esa gesta fue elegido diputado atonómico por Alianza Popular.

Tras esta digresión, cuestionando el origen mismo de la impunidad funcionarial, concluyo.

El buen gobierno exige vigilar los servicios y empresas públicas, gestionarlos el mismo cuidado y rigor que pondría un gestor privado. Esta es la mejor defensa de lo público, pues si lo público es ineficiente o no funciona, estará cuestionado y se propondrá su privatización. Lamentablemente, los sucesivos gobiernos seguirán pagando su política partidista de paños calientes con dinero público, que no es de nadie, en vez de enfrentar una reforma de la función pública que pondría en pie de guerra al funcionariado. Y no es un recurso estilístico, el adocenado funcionario medio, hundido en su molicie, justificaría una guerra y el extermino de miles de personas si se pusiera en cuestión el carácter vitalicio de su cargo. Y recordemos que buena parte de los funcionarios públicos portan armas habitualmente, de hecho son funcionarios los que tienen las llaves de los arsenales.

Por otra parte, el pedirle cuentas a un trabajador público de su desempeño les parece a la izquierda progre como el colmo del ideario neoliberal. ¡Soy un neoliberal antisistema! Tristemente, conceden a la derecha el monopolio de la excelencia profesional y el rigor en la gestión. Me parece escuchar las protestas de esta clase de gilipollas, soltando espumarajos sobre la competitividad atroz, el productivismo enloquecido, el estatismo totalitario, el capitalismo crimianl y la rentabilidad descarnada… Esta clase de imbéciles son los reyes del sintagma nominal predecible y vacuo.

Sigo abogando por la posibilidad de ser de izquierdas y no ser imbécil. Productividad no es antónimo de justicia; el socialismo tiene la capacidad de ser el sistema más eficiente y, por lo tanto, competitivo.

Pero hay que ponerse las pilas.Y exigir de cada cual, según sus capacidades.

Esto, es una alternativa seria al capitalismo.

La progresía propone seguir pintando la mona para no granjearse enemistades. Pero no se les vota para hacer amigos, sino para gestionar y optimizar la prestación de unos servicios públicos a la ciudadanía.

9 febrero 2016

Sexofobia

Filed under: salud — Mendigo @ 18:15

Un comentario acerca de esta página que he encontrado: No Sexophobia (aunque podría llamarse indistintamente No Hipocrisy y seguiría teniendo el mismo sentido).

La represión sexual tenía su razón de ser (como el belicismo o el patriarcado) en sociedades primitivas en la que el coito estaba ligado a la concepción, la supervivencia de la prole era asegurada por la pertenencia a la familia o el clan, que se hacía más fuerte cuantos más miembros fuera capaz de engendrar.

Pero en sociedades modernas en las que los métodos anticonceptivos son de acceso universal, existe un Estado del Bienestar (sin duda insuficiente en España) que protege al niño y donde las estructuras sociales han cambiado como consecuencia de la conquista de la mujer de derechos políticos de forma sincrónica a su acceso al mercado laboral… en esta sociedad moderna, los antiguos roles y conductas sexuales promovidos como correctos son un atavismo obsoleto.

Las relaciones homosexuales o cualquier conducta no reproductiva, en un mundo superpoblado, no parece que sea una conducta censurable.

Ya no es necesario asociar el placer o apetito sexual con la idea de suciedad. No es necesario consicionar al individuo desde muy niño a generar una respuesta de repulsión ante el sexo o incluso a la misma desnudez, absolutamente antinatural, ya que las relaciones sexuales ya no están necesariamente ligadas a la concepción, no tienen como consecuencia un embarazo.

Y, por fin, para que sobreviva un niño ya no es necesario la protección de un hombre y un clan, pues la sociedad moderna asume este rol en caso de necesidad. Por otra parte, una mujer puede mantenerse a sí misma y a su descendencia sin el concurso de una figura masculina.

Sencillamente, el discurso que asocia sexo con suciedad y pureza con castidad, que ensalza como virtudes (esencialmente femeninas) el pudor, la virginidad, el recato o el decoro, simplemente, es ya tan absurdo e inútil como la necesidad de las casas de postas, para proveer de caballerías de recambio a las diligencias: ahora tenemos gasolineras.

Lamentablemente, hay mentes mediocres que no reparan en que la realidad que sustentaba todo ese discurso castrante (especialmente para la mujer, pues era su infidelidad la que ponía en riesgo el clan) ha cambiado. Tras tantos siglos llamando pecado al erotismo, no son capaces de la represión sexual no era un fin en sí misma, sino sólo un medio para asegurar la supervivencia del clan. Un represión que ahora es tan innecesaria como vestir polainas, cuando las calles están ya adoquinadas, y cuya imposición sólo crea estigmatización, dolor y culpa entre aquellos cuya voluntad y guía ética aún depende de organismos externos (religión, iglesias, costumbres, convención social).

La represión sexual es una innecesaria coerción del libre albedrío del individuo, con serias repercusiones psicológicas y sociales, que debe ser abolida como el trasto viejo y herrumbroso que es.

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Mmmm. Creo que he estado demasiado redicho y relamido, especialmente tratando de sexo, que no debe perder su carácter lúdico y espontáneo.

Venga, un chiste, que me encontré el otro día y me hizo reír a carcajadas (en cuestiones de represión sexual… de la mujer y obsesión por su himen, el paletismo islámico se lleva la palma).

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