La mirada del mendigo

11 abril 2015

Infracción grave

Filed under: tortura — Mendigo @ 10:54

Si estas imágenes hubieras sido tomadas en Albacete, y no en Carolina del Sur:

shooting

Ley Mordaza:
El uso no autorizado de imágenes o datos personales o profesionales de autoridades o miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que pueda poner en peligro la seguridad personal o familiar de los agentes –> de 601 a 30.000€

¿Y quién determina si la grabación pone en peligro la seguridad del agente? El mismo agente, que es quien te pone la multa, y ante el cual tendrías que recurrirla. ¿A que es divertida, la ley? Un analfabeto haciendo de juez y parte.

En este caso, desde luego que pone en peligro la seguridad del agente: puede acabar en la silla eléctrica (horroroso crimen legal que en ningún modo repara cualquiera que se pudiera haber cometido, y ni siquiera previene otros, a la vista de los datos de las atrasadas sociedades donde aún se aplica).

patada

Además de golpearte con la porra (¿por qué la llaman defensa si sirve para agredir?), darte patadas, abofetearte, luxarte articulaciones y toda una retahíla de agresiones que enseñan a estos profesionales de la violencia, y todo con total impunidad como ha quedado comprobado hasta la arcada. Además de molerte los huesos, a partir de ahora podrán también, arbitraria y discrecionalmente, golpearte donde a todos nos duele: en el bolsillo, hasta el punto de llevar a una persona a la ruina.

Sólo con que el policía diga que no le has tratado con respeto, te puede caer una multa hasta de 600€. Basta con que el uniformado lo afirme. Para defenderte, deberías aportar pruebas de que miente, pruebas que la misma ley impide recabar. La situación anterior, con la presunción de veracidad, constituía un atentado contra la base del derecho tal y como lo conocemos desde los tiempos de la República (me refiero en esta ocasión a la romana, y ya ha llovido), trasladando la carga probatoria al acusado. Lo cual era una vía a la impunidad y arbitrariedad policial, ya que nadie iba con una cámara de vídeo a cuestas a todas horas, no fuera a ser… En la era de los smarthones, eso empezaba a cambiar, convirtiéndose estos aparatejos en testigos imparciales de una escena, que confrontar con la versión policial. Ahora se da una vuelta de tuerca y, además, se impide que el acusado o cualquier otra persona recabe esta prueba.

De hecho, hay un artículo más genérico:
-La desobediencia o la resistencia a la autoridad o a sus agentes en el ejercicio de sus funciones –> hasta 30.000€.
Sucesión abreviada de hechos:
Dame ese móvil con el que estás grabando –> no quiero, es mío –> multa. Si te resistes, paliza y multa, a la lechera, otra paliza, y denuncia por agresión a los agentes –> cárcel.

El sistema represor descansa sobre la presunción que un colectivo de analfabetos funcionales de extrema derecha, aficionados a las artes marcianas y a las armas de fuego, van a actuar siempre y en todo momento con buena voluntad y honor. Y por supuesto no digo defiendo que la credibilidad sea proporcional al nivel académico logrado, pues el honor no se imparte en las aulas y podemos enunciar mil casos de catedráticos abusando de sus prerrogativas, de su poder, a despecho de su palabra. No se es pues más honrado, no se tiene más palabra por estudiar más, no deben tener mayor credibilidad los más formados respecto a aquello malos estudiantes que no pasaron de la educación obligatoria y acabaron ingresando en la policía. ¡Pero no menos! ¡PERO NO MENOS!

Si todos los ciudadanos actuásemos siempre con honor y buena voluntad, el sistema judicial sería superfluo. Podríamos tirar a la basura leyes y magistrados, porque todo el mundo se comportaría como debe (ideal anarquista, al cual la sociedad tiende según se desarrolla). Suponer que sólo una parte de la sociedad, precisamente la más inclinada al autoritarismo, la vejación, a la agresión (por sus inclinaciones políticas, sus deficiencias intelectuales y sus intereses lúdicos) van a comportarse como querubines y, por lo tanto, no es necesario establecer un contrapeso legal para evitar abusos, ya que el sistema legal entiende que es imposible que estos puedan darse, pues todo pandillero analfabeto al enfundarse un uniforme sufre una transformación substancial que lo convierte en un ser por encima de las miserias humanas, un dechado de honradez y mesura donde antes de la transubstación había un individuo de inteligencia roma y, en el mejor de los casos, mediocre (cuando no ruín y brutal, un acomplejado por ser el tonto de la clase con muchas ganas de reafirmar su atoestima imponiendo su voluntad por medio de la coacción y la violencia a quienes han progresado más en el camino de la vida).

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Dar por supuesta estas milagrosas propiedades del uniforme, supone un ejercicio extremo de virginal ingenuidad…o de ponzoñoso cinismo fascista.

En este sistema represor, el último mono es investido con un poder arbitrario del que ni tan siquiera un magistrado goza. Un pastor preocupado por su rebaño no pone a guardarlo al perro más agresivo y se da la vuelta a la borda, despreocupado. A no ser que las ovejas no sean de las suyas, y no le importa que algunas desaparezcan y otras acaben tullidas.

ojo

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Alternativa:
Para un futuro partido ahora no existente realmente preocupado por los derechos civiles. Partido que, ahora mismo, NO EXISTE (en la entrada anterior, el tema de la enseñanza era sólo un ejemplo).
Abolir el principio de presunción de veracidad policial como la aberración legal y lógica que es, que un ciudadano por llevar un uniforme tenga más credibilidad que cualquier ciudadano, por mucho que en su vida haya demostrado una muy superior capacidad intelectual y valía humana.

Toda acusación debe ser demostrada. Para evitar la ineficiencia que esta medida provocaría en la persecución del delito, se dotará a los policías de medios de grabación de sonido e imágenes insertos en sus uniformes (unos pocos gramos, con la tecnología actual, frente a los kilos de porra, esposas, pistola, chaleco…), que aportar como prueba contra el acusado. Además de, por supuesto, en los vehículos, del exterior e interior del mismo. Todo policía honrado no debería temer por la inclusión de estas medidas, pues las imágenes no dirán nada diferente a su declaración ¿verdad?

Quien agreda, a la cárcel, sea policía a ciudadano o ciudadano a policía. Con mayores penas en el caso del policía ya que precisamente su función debe ser la de prevenir la violencia, y no fomentarla con su chulería, agresividad y malos modos de proxeneta.

Y, por supuesto, sistemas de grabación en todas las dependencias policiales. Tengo curiosidad por ver cómo un detenido ser “autolesiona”

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NOTA: La tecnología ha dejado obsoleta, sin excusas, apaños legales como la democracia representativa (oligarquía electiva, empleando rigurosamente el lenguaje) o la presunción de veracidad de los sicarios del Estado. Policías que, por cierto, jamás tendrán (ni muchos menos se podrán identificar con ella, ser) autoridad ¿cómo va a tener auctoritas un tarugo de pocas letras, un gañán despreciado hasta por quien le da órdenes? Si realmente tuviera auctoritas no tendría que llevar pistola. Tampoco poseen potestas, ya que para ello deberían alcanzar una magistratura. Desde luego, no tienen imperium, facultad de gobierno supremo de la República, especialmente en tiempos de excepción (en que se nombraba un dictator, sobre el cual recaía todo el imperium).

NOTA: Analfabeto, fascista y…director de la Guardia Civil. El retrato se adapta a todo el escalafón.

5 abril 2015

CRUCIFIXIO

Filed under: tortura — Mendigo @ 14:11

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As seen on Aperitivos Musicales

30 septiembre 2012

Impunidad

Filed under: tortura — Mendigo @ 23:22

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Lo he dicho cien veces en este espacio, y con esta ciento una.

La impunidad conduce, invariablemente, al abuso, a la injusticia, al atropello de los derechos, al ensañamiento. La impunidad favorece la generalización del delito, su institucionalización hasta que incluso no llega a ser percibido como tal (un banquero ladrón, un político que coloca a sus amigos, un maltratador machista, un empresario que obliga a trabajar 9 horas, un dentista que no da factura, un policía agresor…).

Este país está podrido de corrupción no porque los españoles seamos más propensos genéticamente a la misma, sino porque en la construcción del Estado se dejaron abiertas adrede unas espitas legales por las cuales pudieran los elementos del régimen eludir la ley. En este país existe corrupción, existe tortura, existe fraude y existen abusos PORQUE LA DEFINICIÓN DE LA ESTRUCTURA DEL SISTEMA HACE POSIBLE QUE SE PRODUZCAN. Hay grandes áreas en las que el Estado no cumple efectivamente su labor de garante de la ley. La legislación laboral, sin ir más lejos, es papel mojado, de cumplimiento opcional, pues el Estado no pone los medios para que se cumpla (y los sindicatos tampoco desempeña su labor fiscalizadora). El cumplimiento de la ley queda al albur de la buena voluntad de las personas, lo que no ocurre con el resto de delitos. ¿O acaso se deja la caja fuerte de un banco abierta de par en par, esperando que la gente sea tan buena de no meter un fajito en el bolsillo? Para los delitos contra la propiedad privada sí que el Estado provee de medios para el cumplimiento efectivo de la ley.

La impunidad del agresor implica la indefensión de la víctima.

Y ahora centrándonos en el caso que nos ocupa, que sabéis me mueve a escribir estas líneas. Porque la he padecido, sé lo que supone una denuncia falsa de la policía, que se inventa acusaciones y no se les exige probarlas. Invertir la carga de la prueba y que sea el ciudadano, desvalido ante la apisonadora judicial, el que deba demostrar su inocencia es una perversión del derecho tal y como lo conocemos desde los tiempos de Roma. La presunción de inocencia, la obligación de demostrar las imputaciones es la base, los cimientos del derecho durante siglos. Nadie, en una democracia, una sociedad de iguales, puede gozar de presunción de veracidad, pues eso implica necesariamente la destrucción de la presunción de inocencia. Y entonces, a partir de ahí, ya no hay derecho, no hay justicia, se trata de un Auto de Fe para dar oficialidad al linchamiento de un hereje.

El testimonio del denunciante no puede tener presunción de veracidad, sea quien sea, o aniquilamos el derecho. Sea un noble en su carroza, no puede denunciar sin pruebas al desharrapado que se arrastra por los caminos, o acabamos con el Estado moderno y volvemos al Antiguo Régimen. Ni por cuna, ni por dinero, ni por inteligencia. En un Estado democrático no puede consentirse que un opulento banquero o un sabio erudito puedan sostener una acusación en su mero testimonio, por mucho que sea contra el más pobre de los mendigos o el más zote de los ignorantes. Porque el honor, la palabra, no es algo que se guarde en las cuentas en Suiza o en los libros de metafísica, y es asaz frecuente que sea el pobre y desgraciado el que dé lecciones de rectitud al señorito.

Por lo tanto, no creo en un Estado en el que la palabra del universitario valga por encima de la palabra del analfabeto. No. Pero ¿un Estado en que la palabra de un analfabeto, un mostrenco, brutal, embrutecido valga más que la palabra de alguien que pertenece a la élite universitaria? No, no, eso no es un Estado, eso es un sainete, un sinsentido, una burla carnavalesca.

¿Que el rufián pertenece a la policía? Más aún para desconfiar de su palabra, pues toda persona que se haya querido enterar (luego están los que prefieren tapar los ojos para luego justificar que nada sabían) sabe que la policía, todos los cuerpos, emplean la denuncia falsa como un arma más de la panoplia con que los arma el Estado. Y esa palabra de falso cuño es aceptada como moneda legal por unos jueces que no son sino la tramoya de la farsa, con sus togas, sus puñetas, ridículo decorado para una lóbrega puesta en escena.

No, eso no es administración de Justicia, eso es una sección más de la maquinaria represora sin legitimidad alguna, no democrática pues sus ministros no fueron elegidos por el pueblo, y tampoco tienen autoridad moral ni racional al presumir como cierto un testimonio que cualquier observador objetivo entiende que es parcial (cuando no directamente falso).

Sin pruebas no se condena a nadie. La presunción de inocencia que tienen Camps o Urdangarín, no puede volverse en presunción de culpabilidad cuando se trata de un manifestante sin carnet de partido. La misma presunción de inocencia que reclama todo político corrupto, todo empresario ladrón, la quiero para el último de los ciudadanos.

Hay que aportar pruebas.

Y esto lo estoy escribiendo en el año 2012, en el que hasta los chupetes vienen con webcam incorporada. No existe ningún impedimento en dotar a todos los agentes de policía de material de grabación para apoyar sus denuncias. De esta forma, podremos conocer la conducta del funcionario y las circunstancias del hecho denunciado. Todo policía honrado deberá estar satisfecho con esta medida, pues así podrá demostrar fehacientemente su denuncia, basándola en pruebas, e igualmente estará satisfecho de que exista cámaras en los vehículos y dependencias policiales para disipar cualquier atisbo de duda sobre posibles malos tratos o torturas a los detenidos. Si no piensan torturar, si no tienen ninguna vileza que esconder, no deberá haber ningún impedimento para que quede registrado su comportamiento exquisito para con los detenidos, según la versión oficial del No-Do.

No existe pues imposibilidad tecnológica que justifique en el s.XXI esta aberración legal. Si no se elimina la presunción de veracidad de la policía, si no se restituye la presunción de inocencia de la víctima es por interés del poder en mantener la arbitrariedad y los abusos como arma coactiva en esta especie de guerra sucia de baja intensidad contra los elementos más concienciados, más dignos, de la ciudadanía.

La palabra.

Una acusación basada en la palabra.

En los años que llevo de existencia he conocido a muy pocas personas honorables, con palabra. Ninguna de esas personas era político. Desde luego ninguna era policía.

“Nos metieron piedras en la mochila”

Filed under: fascismo,tortura — Mendigo @ 17:21

Copio íntegramente la entrevista que El Diario hace a dos de los detenidos el 25S.

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Nos citamos el sábado 29-S en la Plaza Tirso de Molina de Madrid.

-¿Cómo estáis?, les pregunto al verles.

-Con mucha rabia, muy enfadada, pero a la vez muy agradecida ante tantos gestos de solidaridad –contesta de inmediato Ainhoa.
Gabriel es ingeniero de telecomunicaciones. Ainhoa, comerciante y madre de dos hijas. Gabriel se acerca y le veo una marca en la cabeza cosida con seis grapas.

-Es uno de los golpes que me dio la policía con la porra.

Entramos en un bar y comenzamos a charlar. Durante tres horas, sin apenas descanso, relatan su arresto, el paso por los calabozos, la angustia del aislamiento, denuncian malos tratos. Ainhoa no puede evitar las lágrimas en un par de ocasiones:

-Pero nunca lloré delante de los polis.

La conversación fluye sola y sirve para que se cuenten sus experiencias en las celdas de la comisaría de Moratalaz. Dan importancia al más mínimo detalle.
Ainhoa: Yo estuve en una celda de aislamiento, sola con otra compañera. La puerta era opaca, solo entraba la luz por una ventana ojo de buey. Gritábamos pero no nos oían. Así estuve los dos días. Como teníamos un wáter dentro, no nos permitían salir para nada. Gritaba tu nombre, Gabi, pero no me oías.

Gabriel: Es que yo estaba en el otro pasillo. En mi celda éramos siete y tenía rejas. Aunque las condiciones eran muy malas. Dormíamos en colchonetas, nos dieron siempre fabada de comer, solo fabada y galletas, sin agua, el agua nos la daban cuando salíamos al baño, imagínate la sed. A mí me negaron medicación. Pedí analgésicos, y nunca me los dieron. En una de las salidas al baño un poli me dijo con sorna:
“Si, claro, abro la bolsa, meto la mano, saco una pastilla y te la tomas”. Insistí, pero no me los dio. Pedí asistencia médica y otro me la negó. Tengo su número de identificación.

La detención

Aún nerviosos, con las emociones a flor de piel, van recomponiendo lo ocurrido en la noche del 25-S, cuando fueron arrestados en el Paseo del Prado de Madrid, cerca de la plaza Cibeles. Gabi retransmitió en directo su detención, a través de su teléfono móvil ( se puede ver aquí).

En la grabación se oye cómo un policía les dice: “¡Al suelo, al puto suelo!”. Poco después, un facultativo del Samur advierte que Gabi está herido: “Hay que ponerle grapas y al hospital, al hospital”.

Ainhoa: No hicimos nada. Habíamos estado en la manifestación, siempre sentadas, desde las siete de la tarde. Ya nos íbamos a ir, era tarde, las doce o así, estaba todo muy tranquilo, de hecho un grupo de gente sacó las cartas para sentarse a jugar en Neptuno.

Gabriel: De repente un poli dijo a otros: “Decidles que se vayan”. Pero en vez de hacer eso, optaron por rodearnos, y nos obligaron a bajar por el Paseo del Prado hacia Cibeles, por el carril por el que pasaban coches. Había un señor y una señora de unos cincuenta años, caminábamos, nadie les tiró nada, todo normal, pero de repente la policía empezó a correr, y nosotros corrimos. Luego nos paramos. Yo me acerqué a un equipo del Samur que estaba atendiendo a un chico (se ve en la grabación). Había una chica joven que iba con el móvil, estaba escribiendo algo, el poli le dice no sé qué, ella contesta: “Sí, ya voy”, y el policía dice: “¿Qué, me has contestado?”. “No, que ya voy”, dice ella. Que no me contestes, replica él y se acerca con la porra con un gesto que parecía que iba a darle, así que yo avancé dos pasos grabando con el teléfono, él se dio cuenta y retrocedió.

A: Y ahí me dijiste: Creo que acabo de salvar a esta chica de un porrazo.

G: Sí. Luego volvieron a correr otra vez, sin ninguna razón, y nosotros corrimos.

A: Pero yo decidí pararme. Vi la inmensidad de la calle, estaba cansada, me bloqueé y paré. Recuerdo que Gabi me miró y dijo: ¿Qué haces? Le dije: No puedo, corre tú. Ahí me cogieron y vi cómo a él le daban un golpe en la cabeza con la porra.

G: También me dieron en el brazo.

A: Y a mí, en el brazo. Me tumbaron en el suelo, se sentaron encima mío para esposarme, me clavaron la rodilla, yo diciendo vale, vale, vale, vale, pero seguían clavándomela.

G: Ahí es cuando a mí me dicen: Al suelo, al puto suelo. Fui yo el que se puso de rodillas antes de que me dijeran eso. Nunca opuse resistencia. Espero que alguna cámara de seguridad de la zona haya captado el momento bien. Me tumbaron, me cogieron por la nuca, yo estaba aturdido por el golpe en la cabeza.

Un reguero de sangre

A: Estábamos tumbados juntos sobre el asfalto, las caras a la misma altura, entonces miro a Gabi y veo que le sale sangre de la cabeza, mucha sangre, empieza a formarse un reguero, un charco.

G: Yo también me di cuenta en ese instante y dije: ¡Estoy herido!

‘Agachadita’

A: Nos pusieron las esposas y nos llevaron al lado de las furgonetas, agachándonos las cabezas, mirando hacia abajo, pero muy muy agachada iba yo, y me dijeron: “Pero no te levantes, es mejor que vayas así, agachadita, agachadita”.

G: Hicieron un círculo en torno a nosotros, dijeron “tapadles con los escudos”, nos pusieron de rodillas y luego nos llevaron entre dos furgonetas muy pegadas, nos daban de lleno las luces azules que parpadeaban y allí estuvimos de rodillas todo el rato, hasta que por fin el Samur me atiende.

A: Yo les pregunté si me podía sentar y me dijeron que no. Cogieron mi documentación, y empezaron a reírse de mí, se reían todo el rato de mí. Miraron la foto del DNI y me dijeron: “Estás muy desmejorada ahora”, se reían de todo, era un trato para humillar continuamente.

Ainhoa se echa a llorar. “Es que tengo todo muy reciente aún”, se disculpa. “Y mis hijas, dos días sin ellas, sin hablar con ellas… en fin”.

Se recompone rápidamente y añade: “Ayer mis hijas me dijeron que habían visto una peli mientras yo estaba en la cárcel, con total normalidad. Yo les dije que era un calabozo, no cárcel. Y ahora lo llaman la calabaza. Estuve en una calabaza”, dice sonriendo.

G: El Samur dijo que me tenían que llevar al hospital, pero los policías me metieron en un furgón y fui a la comisaría de Moratalaz con el resto de detenidos.

A: Antes nos quitaron las mochilas.

G: Es verdad. Desataron las tiras para no tener que quitarnos las esposas. Bueno, iban a cortarlas, en plan bruto, pero les dijimos que no las rompieran, que era mejor que las desataran. No sé si fue en ese momento cuando metieron las piedras o ya en comisaría.

A: Mientras, seguían metiéndose conmigo. Con mucha mala leche, mucho cachondeo. Yo les decía ya vale, ya vale. Pero al menos no me vieron llorar.

Encapuchados

G: Íbamos en el furgón esposados y sin cinturón de seguridad, dábamos botes. Llegamos a la comisaría. Había muchos policías y muchos polis encapuchados, poli secreta. Había un montón. Nos pusieron contra la pared, de pie, y así estuvimos mucho tiempo, esposados. Era muy intimidatorio.

A: Y ahí vuelven a llevarse nuestras mochilas.

G: Sí. Y es probable que en ese momento metieran las piedras. O ahí, o si no antes, cuando nos quitaron las mochilas junto al furgón…

Se queda pensativo y continúa:

G: Después empezaron a llamarnos uno a uno. Nos decían de qué nos acusaban, nos pedían un número de teléfono del familiar al que queríamos que avisaran, porque nosotros no podíamos llamar a nadie, nos preguntaban qué abogado queríamos, y nos pedían firmar un papel.

Piedras en la mochila

A: En mi caso empezaron a hacer ‘inventario’ de las cosas que llevaba en mi mochila. Les dije lo que llevaba, me preguntaron si llevaba armas, yo evidentemente dije que no, y entonces entra un poli y dice: ‘Esta es la que tiene piedras’. Y entonces yo, que estaba abriendo la mochila para mostrarles qué tenía, veo tres piedras. Tiro inmediatamente la mochila en un acto reflejo y me quedo flipada. Me callé. No supe decir más. Otro detenido me contó que un poli fuera dijo: ‘Mira la vasquita lo que tenía’.

G: A mí me llevaron a una habitación, tuve que cruzar un pasillo lleno de polis y encapuchados, había tantos que se tenían que apartar para que pudiéramos pasar. En la habitación al principio el trato fue normal. Me pidieron que me quitara los cordones, el cinto, que sacara la cartera, el móvil. El cordón de la sudadera no salía, intentamos sacarlo pero se atascaba, así que un poli vino con un cuchillo grande, como un machete, y mirándome, mientras lo sostenía en la mano, me dijo: “No te muevas, no vaya a ser que te corte el cuello”. El tono que empleó no era amenazante, pero en ese contexto sonaba, como mínimo, extraño. Empezaron a sacar mis pertenencias e iban apuntando lo que sacaban. ‘¿Qué tienes en la mochila?’, me preguntaron. Yo les dije: un cargador, una batería que siempre llevo de repuesto, unos cascos. Entonces abro la mochila y veo tres piedras.

A: Tres también, como yo. Qué casualidad.

G: Yo al ver eso dije: ‘Vaya tela’. Resoplé, me dio la risa pero de la angustia, y tardé un poco en reaccionar, parecía una pesadilla. Luego dije: Tres piedras que no estaban ahí antes. Pero no podía escucharles, me quedé en blanco. Entonces me pusieron un boli en la mano, me acercaron a un papel, y me dijeron: ¿Quieres firmar?, mientras tapaban la letra pequeña de la hoja. “Voy a leerlo antes”, dije. “¿Firmas o no?. Aquí no estás para leer”, contestaron. Y no firmé. Menos mal.

A: A todo esto seguíamos siempre de pie, no dejaron sentarse a nadie, ni a Gabi, que tenía la brecha en la cabeza y aún no le habían cosido.

G: Al cabo de un rato vinieron dos polis nacionales y me llevaron al hospital. Antes de irnos, un antidisturbios les preguntó a qué hospital me iban a llevar. Ellos dijeron que al Gregorio Marañón, que es el que quedaba más cerca. El otro les dice que mejor otro hospital, no recuerdo cuál mencionó, porque en el Gregorio ‘no siempre nos tratan muy bien’, refiriéndose a ellos, a la poli. Pero estos me llevaron al Gregorio. En el parte queda claro que tengo herida y golpe de porra.

A: Mientras tanto, yo estaba en la comisaría, me llevaron a una habitación con una médica, me vio tan nerviosa que cerró la puerta, me dolía el codo, estaba esposada, la doctora me dijo que tenía que tomar analgésicos para el dolor, que me lo tomara en cuanto saliera de allí, y yo ahí me puse a llorar, diciéndole que no sabía cuándo iba a salir porque me habían colocado piedras en la mochila. Me desahogué mucho con ella, fue muy amable.

Los calabozos

A: En torno a las cinco de la madrugada nos metieron en el calabozo. A mí en la celda incomunicada, al fondo del todo, con una chica que tenía varias heridas y un ojo mal. Es la chica que estaba en el bar que se ha hecho tan famoso porque el dueño no dejó entrar a los polis. Ella salió y la tiraron. Necesitaba atención médica, gotas en el ojo, porque le temblaba, pero tardaron mucho en dárselas. Para que nos oyeran los polis teníamos que pegarnos mucho al ojo de buey de la puerta, yo gritaba y gritaba, pidiendo agua y medicinas, pero no venían nunca.

G: En mi celda, que no tenía puerta opaca, sino rejas, sí nos oían, pero no nos hacían caso. Teníamos que gritar y gritar pidiendo agua, medicinas, comida… Pero el agua solo era tres veces al día, la comida siempre fue fabada, sin agua, y las medicinas nunca llegaron.

A: Acabo de acordarme que al llevarme al calabozo, dos polis leyeron mi parte y me dijeron: “Pero si no te hemos pegado, te has caído tú solita, esto te los has hecho tú sola”. Y luego es cuando se llevaron el parte, y yo pensé: “A ver qué van a poner ahora”. Pregunté por mi informe y una policía rubia me contestó: “Tú sabrás dónde lo has puesto”. ¡Y yo estaba esposada, con las manos inmovilizadas! Esa mujer era tremenda. Nos decía: “¿Qué creéis, que soy vuestra profesora de matemáticas? Callaros!” Un chico preguntó si podía ir al baño y ella le contestó: “¿Y quieres que te la sujete?” Decía cosas como “¿estáis cansados? No os quejéis, que yo también estoy cansada, que llevo aquí muchas horas”. Y al chico que se desmayó, le dijo luego: “Pero qué haces sentado, nos ves a los demás sentados? Venga, de pie”.

Sin manta, sin analgésicos
G: Era tremenda. Cuando yo llegué del hospital empecé a sangrar otra vez por la cabeza, pedí atención médica y me dijo: “Acabas de volver, así que te aguantas, que no vas a ir otra vez”. En la celda pedí una manta y no me la dieron, a otros sí, pero yo me quedé sin manta. Pasé mucho frío la primera noche y mucho calor la segunda. Había un poli amable que se preocupaba por apagarnos la luz por la noche, pero a los dos minutos llegaba uno que tenía muy mala leche y nos la encendía.

A: Yo me derrumbé el segundo día, cuando vi que no salíamos por la mañana. Pedí tantas veces hablar con mis hijas… pero nada, claro. También pedí que no me dieran siempre fabada. Y me dijeron: Hay mucha gente que no tiene ni fabada. Y yo contesté: Ya, por eso estuve ayer en la calle manifestándome.

G: Imagínate cómo estaba mi celda, siete tipos dos días sin ducharse, comiendo solo fabada.

A: No teníamos bolígrafo, así que cogí la pegatina del paquete de la comida, con los dientes recorté los números de la fecha de caducidad y del código de barras para componer un pequeño puzzle con el número de teléfono de Javier (su marido) y los pegué en la ropa de mi compañera de celda, por si salía antes que yo, para que le llamara. Porque seguía sin tener claro si le habían avisado o no. Y de hecho, no le avisaron hasta las ocho y pico de la mañana del miércoles, es decir, casi nueve horas después de mi detención.

G: En mi celda alguna vez cantamos ‘libertad, libertad’, o ‘el pueblo unido, jamás será vencido”. Por fin el jueves por la tarde nos trasladaron en furgones a los juzgados de Plaza de Castilla. Tenía la sensación de que habíamos pasado allí mucho más de dos días… qué largo se hizo.

La salida

G: El furgón que nos llevó a los juzgados estaba empapado de agua y olía a un producto de limpieza muy fuerte, me mareé por el camino, pero al llegar a los juzgados escuché gritos por un megáfono, por una rendija distinguí a tres personas de la asamblea de Carabanchel que nos esperaban, y ahí me vine arriba.

A: Y yo.

G: En los juzgados escuchamos el atestado policial. Todos nos quedamos muy sorprendidos. Recuerdo a un hombre de cuarenta años, con americana, pantalón de traje, que se quedó en shock al escuchar sus cargos. A mí me acusaron de resistencia. Según el parte, yo iba como liderando a gente para cortar el tráfico en el Paseo del Prado. Dice algo así como que la policía nos dijo tranquilamente y de buenas maneras que nos apartáramos a la acera. Que yo tiré piedras, que a uno le golpeé fuertemente en el pecho, y que todos los polis vieron sin duda que era yo el que lanzaba piedras. Que me dijeron “alto, policía!”, que fueron a retenerme, que yo me resistí violentamente y tuvieron que emplear la fuerza justa y necesaria para reducirme. Eso es lo que dice el atestado. No tengo palabras.

A: Hay una chica que se puso las manos en la cabeza cuando la detuvieron, y tiene las manos hinchadas por eso, porque le dieron en las manos, ¡a la que acusan de tener una maza! Es increíble.

G: En fin. Luego nos pusieron en libertad. Yo abracé una a una a todas las personas que conocía, al salir. Qué importante fue que estuvieran recibiéndonos… Eran las once y media de la noche, pero allí estaban.

Por qué se manifestaron

G: ¿Por qué fui a la manifestación? Por la situación política, económica y social. Porque hay una clase oligárquica que controla todo, disfrazada de democracia, en la que los ciudadanos no importamos nada.

A: Yo por mis hijas. Mucha gente me dice que es mejor que me quede en casa, porque tengo dos hijas pequeñas, pero precisamente por eso salgo, porque mis hijas no se merecen esto.

G: Algún abogado ha dicho que el auto es una vergüenza como auto en sí. Yo eso no lo sé. Lo que sí sé es que los delitos que me atribuyen no son solo mentira, sino denigrantes. Hay un cuerpo solo para ejercer la violencia ‘legal’, para reprimir en nombre de la clase dominante, para seguir perpetuando un sistema de clases. Hay que investigar esta impunidad. Se escudan en que es su trabajo. Pero yo no culpo solo al que me golpea, culpo al secretario del sindicato, el que dijo lo de leña y punto, culpo a la delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes, que viene a decir que nos pegan para hacer cumplir la ley, y culpo al Ministerio del Interior.

A: Es un entramado que se retroalimenta, dicen ‘yo solo recibo órdenes’, y hay así una evasión de responsabilidades. Si a nosotros nos han tratado así, imagina cómo tratan a gente que no tiene nada ni a nadie detrás.

“Esto nos da más razones para seguir luchando”

G: Sé que no soy el primero ni seré el último, esto ha pasado antes y con anteriores gobiernos, pero sí es cierto que en estos últimos diez meses se nota claramente el crecimiento de la represión, con cargas, multas e identificaciones.

A: Yo de hecho he dejado de llevar a mis hijas a las manifestaciones.

G: Creo, o espero al menos, que va a crecer la organización ciudadana al margen de las instituciones. Yo no iba con intención de tomar el Congreso, porque no iba a servir de nada. Iba para demostrar mi enfado, sobre todo después de que hubieran imputado a varias personas por el simple hecho de participar en una asamblea. El método no debe ser la toma del poder, tiene que ir de abajo a arriba, a través de la cohesión social y la organización.

A: La lucha en los barrios debe seguir adelante, organizándonos, pero manifestarse y salir a la calle también es importante y complementario. Yo tampoco iba a tomar el Congreso, ni yo, ni nadie.

G: Ahora con la cabeza abierta y piedras que me han colocado en la mochila, ¿cómo me voy a quedar en casa?

A: Esto nos da más razones para seguir luchando. Si piensan que nos van a amedrantar, se equivocan.

El 29S
Ya en la noche de este sábado 29S, retomamos la conversación. Gabriel no ha ido a la manifestación, pero la sigue a través de Internet:
-Esto es emocionante, hay más gente que el 25S. Pero estoy preocupado, he visto que la policía ha puesto muchos problemas a los medios de comunicación para trabajar y me temo que va a haber cargas otra vez. Lo que demuestra este 29S es que no pueden callar a la gente. Y mira que se empeñan, intentando criminalizar las protestas. Ahora dice la delegada del Gobierno que iban a ir 500 radicales a la concentración. Digo yo que si estás trabajando para que no haya radicales, no lo anuncias a bombo y platillo, a no ser que la estrategia sea querer empañar la imagen del 25S o del 29S.

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El Diario – “Nos metieron piedras en la mochila”

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Artículo 456 del Código Penal

1. Los que, con conocimiento de su falsedad o temerario desprecio hacia la verdad, imputaren a alguna persona hechos que, de ser ciertos, constituirían infracción penal, si esta imputación se hiciera ante funcionario judicial o administrativo que tenga el deber de proceder a su averiguación, serán sancionados:

Con la pena de prisión de seis meses a dos años y multa de doce a veinticuatro meses, si se imputara un delito grave.

29 septiembre 2012

Busca las diferencias

Filed under: tortura — Mendigo @ 23:06

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