Quería hacer una reflexión rápida sobre el sindicalismo en España.
Es un tema en el que prefiero entrar de puntillas, porque precisamente ahora los sindicatos están bajo el ataque de la burguesía, con una campaña de desprestigio para debilitarlos aún más. Aunque uno se pregunta qué prestigio les puede quedar entre la clase obrera.
Cada vez más ciudadanos estamos convencidos que este sistema está agotado, mete a España en la vía muerta económica y social en que se ha pasado los últimos siglos bajo el Antiguo Régimen. Hay que redibujar la estructura del Estado y sus instituciones desde sus cimientos, no añadir un enlucido al edificio franquista. Y una herramienta fundamental para el funcionamiento de la democracia son los sindicatos.
La profesionalización del sindicalismo, como el de la política, ha abierto una brecha entre los representantes y los representados entre la cual se cuela a raudales la legitimidad. La delegación de la lucha obrera, igual que la del gobierno de la res publica, ha embrutecido (o mejor dicho, ha permitido que perdure el embrutecimiento) a la sociedad, que renuncia a tomar las riendas de la vida de su empresa, de su ciudad y de su país, es decir, renuncia a su soberanía poniéndola en manos de terceros. Los intereses de estos custodios no siempre coinciden con el del común de la gente (como es obvio en el Parlamento) y tienen tendencia a reclamar la propiedad de lo que se les dio sólo en custodia. El pueblo ha sido un propietario poco diligente, vago, que para despreocuparse de la marcha de la hacienda deja su gobierno en manos de un capataz, que poco a poco se enseñorea de todo y acaba echando al propietario a patadas o reduciéndolo a la servidumbre.
Mi ideal lo he dicho muchas veces: un ciudadano, un parlamentario. Y un trabajador, un sindicalista. ¿O acaso dejais el fornicio con vuestro/a compañero/a en manos de profesionales? Hay asuntos que no admiten delegación, y la soberanía popular es la primera de ellas, si no quieres perder el cetro
Pero la cuestión trataba de los sindicatos. Veo con suspicacia cómo los sindicatos adoptan tareas impropias, tras haber renunciado a su cometido principal. Una muy evidente: los sindicatos se están reconvirtiendo en academias laborales. Antes con subvenciones, ahora ofreciendo cursillos de pago (Raxoi ha estrangulado esa vía de financiación), ya hace años que los sindicatos llevan ofreciendo estos servicios. No es necesariamente malo, pero sólo si se trata de una actividad complementaria. De todas formas, no me gusta la idea ya que no me gusta que el Estado subvencione ningún tipo de educación, siendo Estado. Tiene capacidad e infraestructuras para ofrecer por sí mismo esa educación, a través de programas reglados con profesionales contratados por un concurso-oposición (es decir, los mejores). No me gusta esa financiación encubierta de los sindicatos, y mucho menos de las organizaciones empresariales, usando como excusa algo tan importante como la formación laboral y la capacitación profesional.
En mi modelo de mundo la enseñanza debe ser un monopolio estatal. Con todas las salvaguardas necesarias y más a la libertad de cátedra y pensamiento, pero el principal mecanismo de movilidad social debe ser de propiedad pública, de acceso universal y gratuito, para que todos los ciudadanos partan en igualdad de condiciones. Igualmente, el mayor catalizador de la actividad intelectual, científica y técnica no puede dejarse al albur de los intereses empresariales, sino que debe ponerse al servicio del conjunto de la sociedad.
Pero bueno, dejemos eso, acepto pulpo y no me importaría que sindicatos (y patronales) dieran cursos. Este mundo no es perfecto. Pero lo que detesto es que las organizaciones sindicales hayan renunciado desde el minuto cero de partido a establecer un marcaje férreo del empresariado. Esto supone denunciar por sistema todas las violaciones que constaten de la legislación laboral, actuando digamos “de oficio” y personándose como acusación tras la denuncia.
Porque esa es la función principal de un sindicato: la defensa de los trabajadores. No sólo en la negociación periódica con la patronal de los convenios, ahora ya papel mojado (gravísimo, dentro de poco empezarán a anularse convenios pasado el plazo de un año de ultraactividad), no sólo en negociaciones políticas con los ejecutivos, sino también y principalmente en el día a día, en el caso concreto.
Pongamos un ejemplo, tan corriente que es norma. En la empresa tal, el jefe obliga a trabajar nueve horas. ¿Acaso esperamos que uno de sus empleados se levante un día creyéndose Espartaco y denuncie a su jefe por esta irregularidad flagrante? No, claro, todos sabemos que el trabajador solo no puede nada, porque se juega el cuello (y más ahora). Para ello deben estar las organizaciones sindicales, para denunciar todo delito (en este caso, en materia laboral). Porque si no sirven para vigilar el cumplimiento de la ley ¿para qué demonios están? También, para ejercer fuerza política frente al legislador. Pero si el texto de la ley es papel mojado ¿de qué sirve? Y la legislación laboral en España vale menos que el Scotex.
Y se me dirá que habrá casos en que los mismos trabajadores de la empresa no deseen denunciar a su jefe, ni siquiera con la pantalla del sindicato, y vean al sindicato como entrometido. Me la pela. Porque esa ilegalidad, también me afecta a mí. Por cada capullo que acepta trabajar más horas, o renunciar a su permiso de paternidad, a trabajar sin protección, renuncia a sus vacaciones o a su culo, están estableciendo un standard de facto, obligándonos a los demás a asumirlo. El trabajador que rechace trabajar en condiciones ilegales, simplemente, se verá relegado en el mercado laboral. Incluso no me sale de los cojones que unos trabajadores asuman trabajar nueve horas, porque entonces con su sacrificio animal están jodiendo a la empresa de la competencia, en la cual sí se respetan las 40 horas.
El trabajador que se somete al chantaje, está jodiendo, directa y objetivamente, al resto de sus compañeros. No se trata de una decisión, y mucho menos libre, entre empleador y empleado, como los hijos putativos de Thatcher nos quieren hacer creer. Por eso los trabajadores, organizados en sindicatos, deben vigilar para que se cumplan sistemáticamente las leyes. Que joder, no estoy pidiendo la luna, estoy pidiendo que se cumpla la puta ley. ¿Tan raro parece? ¿Acaso no tengo derecho? ¿Tan revolucionario resulta el concepto de cumplir la legalidad, tan corrupta está esta sociedad?
La vigilancia en el cumplimiento de la ley debería estar asegurada por el ejecutivo y por la fiscalía. Es su labor, y para ello el Estado les dota de medios: la policía, por ejemplo. Este control es muy efectivo en la mayoría de los campos (no entres a robar unos pañales en el súper, o los policías caerán sobre ti y tras ellos toda la apisonadora judicial). Con la propiedad privada de las empresas no se juega, queda claro. En cambio, el Estado renuncia a ejercer este control en materia fiscal y laboral, permitiendo que la delincuencia empresarial sea la norma (el número de inspectores de hacienda o laborales es muy inferior al de países de nuestro entorno, y los que hay tienen las manos atadas, llevan puestos correa y bozal no sea que muerdan a los señoritos).
Entonces, con mayor razón puesto que gobierno y fiscalía renuncian a su labor de vigilancia en el cumplimiento de la ley en los puntos en que podría chocar con los intereses de la burguesía (monarquía bananera, corrupta, donde rige la ley del embudo), es que las organizaciones sindicales debieran asumir esa labor, vigilando y denunciando sistemáticamente, hasta conseguir que la excepción, el cumplimiento de la ley, sea la norma.
Y por el camino, recabando el respeto de los trabajadores, que ven cómo alguien protege sus derechos.
Evidentemente, esta no es la situación en las empresas, donde sólo se les ve el pelo a los sindicatos cuando se acercan elecciones sindicales. Y desde luego no para preguntar por las condiciones de trabajo, sino para pedir el voto. Desde luego, los sindicatos se han ganado a pulso el descrédito actual, apoltronados en el muelle e inofensivo puesto que la Transición les diseñó a modo de melífera trampa.

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