La mirada del mendigo

22 abril 2017

Ni Dieu ni maître

Filed under: política — Mendigo @ 0:48

Comparto un documental sobre el anarquismo que acaba de ser publicado en el canal Arte (sólo disponible en francés o alemán, no estaría de más intentar subtitularlo).

Ni Dieu ni maître – Une histoire de l’anarchisme (1/2)
Ni Dieu ni maître – Une histoire de l’anarchisme (2/2)

Las gracias se las dais a Wen por aportarlo. Yo sólo completo la entrada con otro documental ya con algunos añitos:

Y con la canción que sirve de cierre a cada una de las partes:

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20 abril 2017

Determinismo sexual

Filed under: salud — Mendigo @ 1:40

En estos tiempos de postureo, en el que un texto de más de 15 líneas es un “tocho” o un “ladrillo”, las posiciones ideológicas vienen marcadas fundamentalmente por la imagen: me queda bien la ropa holgada y la quincallería, pues me hago de izquierdas o, con el diccionario político de hoy, alternativo. En semejante caleidoscópico escenario político, es fácil acabar mareado y sin rumbo, cuando ves a una organización ultracatólica defender un mensaje radicalmente feminista y a los más exaltados progres echar espuma por la boca y contraatacar con planteamientos sexistas y reaccionarios. Sí, me refiero al dichoso autobús de Hazte Oír.

Para procurar entender algo, debemos rebobinar la película. En un principio era la Iglesia, y su monopolio conservador sobre las ideas y valores. En esta dictadura de la religión semita, se imponía el determinismo sexual que adscribía a cada individuo a una de las dos categorías principales en que se dividía la Humanidad nada más nacer. Según el bebé mostrara un órgano sexual u otro recibiría una educación y trato completamente diferenciados, preparándolo para cumplir el rol social que le estaba determinado (evidentemente, condicionado también por la clase social, pero aún era más permeable las diferencias de clase que las barreras que separaban los roles de sexo).

Según la doctrina eclesial sobre la distinción entre sexos, existen unas diferencias esenciales entre los individuos de la especie humana de sexo masculino y femenino, que van mucho más allá de las morfológicas, sino que son psicológicas/conductuales y hasta teológicas (imposibilidad de acceder al sacerdocio), que justifican que la sociedad se organice sobre estas diferencias.

Es Mahoma quien mejor muestra esta diferencia esencial entre hombres y mujeres a ojos del Dios semita:
Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres en virtud de la preferencia que Allah ha dado a unos más que a otros y de los bienes que gastan.
Corán, Sura de Las Mujeres, 34

Pero este, podríamos llamarle, machismo teológico (primacía del sexo masculino por motivos teológicos, en una religión semita en la que la divinidad está caracterizada con rasgos masculinos) viene de mucho más antiguo y es una constante en toda la religión hebrea. La misoginia semita llega al absurdo de hacer nacer a la mujer del hombre, dándole la vuelta al mito sumerio como si fuera un calcetín.

Sobre la mujer, fuente de pecado, lanza una maldición desde el mismo Génesis:
A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti.
Génesis 3:16

En la transposición de esa religión semita a moldes occidentales, el cristianismo, el humanismo neoplatónico no llegó a penetrar la fuerte impronta machista de la religión hebrea y su concepción patriarcal de la sociedad. La civilización helénica no pudo tanto, ya que la misoginia semita hunde sus raíces hasta su mismo núcleo doctrinal. Leemos en el Nuevo Testamento, en boca de San Pablo, el discípulo “ilustrado” (el único que sabía escribir en griego), dejando bien claro cuál es el lugar reservado a la mujer en la naciente herejía:

Que la mujer aprenda calladamente, con toda obediencia.  Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre, sino que permanezca callada. Porque Adán fue creado primero, después Eva. Y Adán no fue el engañado, sino que la mujer, siendo engañada completamente, cayó en transgresión. Pero se salvará engendrando hijos, si permanece en fe, amor y santidad, con modestia.
1 Timoteo 2,12

Las mujeres guarden silencio en las iglesias, porque no les es permitido hablar, antes bien, que se sujeten como dice también la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten a sus propios maridos en casa; porque no es correcto que la mujer hable en la iglesia.
1 Corintios 14:34

… que enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos…
Tito 2:4

Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo Él mismo el Salvador del cuerpo. Pero así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.
Efesios 5:22

Esta misoginia evangélica fue desarrollada por los principales teólogos cristianos:

No alcanzo a ver qué utilidad puede servir la mujer para el hombre, si se excluye la función de concebir niños.
San Agustín de Hipona

En lo que se refiere a la naturaleza del individuo, la mujer es defectuosa y mal nacida.
Santo Tomás de Aquino, Suma Theologica.

La reforma luterana no supuso ningún progreso para la condición de la mujer, antes bien…

Las niñas empiezan a caminar y a hablar antes que los niños porque la maleza crece siempre más rápido que las buenas semillas
Martin Luther

Tengan sus hijos y hagan como puedan; si mueren, benditas sean, porque seguramente mueren en medio de una noble labor y de acuerdo a la voluntad de Dios… Así ven ustedes cómo son débiles y poco saludables las mujeres estériles; aquéllas bendecidas con muchos niños son más saludables, limpias y alegres. Pero si eventualmente se agotan y mueren, no importa. Que mueran dando a luz, que para eso están.
Martin Luther

Bueno, sobre la posición de subordinación de la mujer en las diferentes declinaciones de la religión semita no cabe ni asomo de duda más que para el que quiera engañarse a sí mismo y/o a los demás. Pero para lo que nos interesa en este momento, es quedarnos con la idea de que en su modelo de sociedad, hombres y mujeres son sustancialmente, y hasta teológicamente distintos, y los distintos roles que desempeñan en la sociedad no son más que la consecuencia de esa diferencia natural. Pretender alterar ese orden (por ejemplo, que una mujer pueda enseñar o dirigir) supone una alteración de ese “orden natural”.

Por supuesto, siempre hubo mujeres excepcionales que estuvieron dispuestas a desafiar el destino que el patriarcado les imponía, saliendo de su reclusión doméstica para conquistar cátedras y laboratorios, mares y desiertos, hasta tocar el cielo. Pero todas ellas tuvieron que arrastrar el estigma semita de no actuar de acuerdo a su condición femenina, una especie de rebelión a lo que la naturaleza determinaba y Dios sentenciaba.

Esta negación por la vía de los hechos del determinismo sexual que la religión y las costumbres imponían a la mujer, sometida en un estado servil al servicio doméstico y sexual del varón, fue siendo teorizada por las primeras filósofas feministas. Entre ellas, destaca Simone de Beauvoir, que en 1949 resumió la cuestión en su célebre sentencia (parafraseando a Erasmo):

On ne naît pas femme, on le devient.

Émile Durkheim es el primer pensador, que yo sepa, en postular la existencia de unos rasgos sociales, no innatos sino adquiridos, a los cuales Simone da el nombre de género, y a considerarlos de forma autónoma de la condición puramente biológica. De esta forma, hace la distinción fundamental entre sexo, que puede ser masculino o femenino según los caracteres sexuales primarios de cada individuo (ahora sabemos que determinados por el tipo de cromosoma, XX o XY). Que es diferente del género, que es el conjunto de estereotipos que cada sociedad ha creado y reproducido en torno a ambos sexos. El sexo es, evidentemente, innato, pero el género es adquirido. Viene a ser una profecía autocumplida, la sociedad espera que un hombre/mujer se comporte de una determinada forma, y lo educa para que efectivamente verifique estos prejuicios.

De hecho, cuando el inmundo se refería a su esposa, en términos pretendidamente elogiosos, como “mujer, mujer”; en realidad estaba suscribiendo esta diferencia, queriendo remarcar que su esposa era de sexo femenino y además de género femenino, es decir, poseedora de los atributos con que la mentalidad tradicional representa a la mujer (lo cual es además muy discutible, pues incluso una carca como la Botella se ha beneficiado tremendamente del progreso social logrado por las feministas, y escandalizaría a sus correligionarios conservadores de pasadas generaciones).

¿Qué son todas esas afirmaciones de que los negros son buenos en la música y el deporte, los orientales en matemáticas, los judíos son maliciosos y los sudamericanos pusilánimes? Basura racista, la misma clase de basura que lo de que los hombres son de Marte y las mujeres, de Venus; mujer al volante, peligro constante y todo el rollo de príncipes valientes que salvan a desvalidas princesas en apuros.

No estamos determinados ni por nuestra raza ni por nuestro sexo, sino por los prejuicios que sobre nosotros proyecta la sociedad.

Sí, ciertamente, tanto la raza como el sexo sí que tienen algunas consecuencias. Por ejemplo, sabemos que los negros tienen una menor predisposición a las enfermedades cardiovasculares, o que las adaptaciones morfológicas de los tibetanos (quizá de un cruce con denisovanos, de forma análoga a los sapiens llegados a Europa con los neanderthales) les confieren una mayor adaptación a la altura. Igual que el pelo crespo es una característica de la raza negra, el sexo determina los caracteres sexuales secundarios (pechos, vello facial, desarrollo de la musculatura…). Incluso, las diferencias hormonales permiten reconocer algunas diferencias de comportamiento, como una mayor agresividad y mejor tolerancia al riesgo en los hombres. Pero esto es sólo una tendencia, sólo perceptible estadísticamente, en un conjunto de condicionantes. Dicho de otra forma, los hombres no estamos determinados por nuestra sexualidad para convertirnos en bestias violentas, es sólo una parte de todo lo que influye en nuestro comportamiento, y desde luego no la mayor. El ambiente, por ejemplo, es mucho más determinante que el sexo para explicar la agresividad de un individuo: es fácilmente comprobable que, sometidos a diferentes circunstancias, podemos observar hombres pacíficos y mujeres violentas.

Quiero remarcar esto, con riesgo de ser pesado: no somos bestias, no estamos determinados por nuestra entrepierna. Existen factores ambientales, exógenos, fundamentalmente sociales, que nos condicionan en mucha mayor medida. Y luego está un mínimo libre albedrío para conducirnos según nuestra conciencia.

Por hacer un paralelismo: nacemos desnudos, y es la sociedad la que nos exige que nos cubramos. Nacemos con un sexo u otro, y es la sociedad la que nos añade, según éste, un género o conducta normalizada de acuerdo a nuestro sexo.

Esa hipótesis del feminismo por la cual los atributos tradicionales de la mujer (y por extensión, los del hombre), docilidad, sumisión, atolondramiento, liviandad… en los que el conservadurismo la había encuadrado fueron metódicamente desmentidos por la ciencia, y al menos en Europa ya sólo los defiende algún deficiente mental del ultracatolicismo polaco. De hecho, la mejor prueba del error palmario que han promovido las religiones semitas durante siglos es la sociedad actual. Era falso que una mujer no fuera capaz de hacerse cargo de su vida, sin necesidad de varón: era incapaz porque desde el momento de su nacimiento le cercenaban su libertad y autonomía, educándola para su función servil, subalterna, e instituyendo todo un cuerpo legal para impedir su emancipación. Tras ese proceso de mutilación intelectual y moral, presentaban el resultado como la confirmación de sus prejuicios. Eliminada, no sin lucha, (parte de) la discriminación a la que eran sometidas las niñas y mujeres, éstas han demostrado por la irrefutable vía de los hechos la inmundicia del determinismo sexual de la religión semita, pudiendo medirse en valía con los hombres.

De hecho, aunque pueda no sernos perceptible hoy en día, las exigencias de género se han ido diluyendo y podemos tomar con naturalidad elementos que hasta hace muy poco eran propios del otro género, sin ser tachados de afeminados o marimachos. Pongo un ejemplo, que además me sirve para exponer cómo el sexismo, además de someter a las mujeres al imperio de los hombres, nos somete a nosotros mismos a la tiranía de nuestra propia condición, siempre pendientes de defender nuestra hombría y cargar como morlaco contra todo lo que la amenazase, cuestionase o socavase. Aunque ahora es perfectamente natural ver a un padre jugando con su hijo, esto es una novedad moderna. Hasta hace poco tiempo los hombres no podían disfrutar de ese placer, pues debían representar su papel varonil, autoritario, y su dignidad quedaría en entredicho si se tiraban al suelo para jugar con su crío. El sexismo nos empobrece, esclaviza a todos.

Esta destrucción del género, es decir, de los arquetipos sociales construidos en torno al sexo, sólo puede ser buena, liberadora para todos. Hay que arrancar de raíz este triaje binario del género, hombre o mujer, esté o no referido a los atributos sexuales, y reemplazarlo por una sociedad abierta en la cual cada uno pueda construir libremente su propia personalidad, sin estar determinado por su sexo. El género no es una realidad positiva, sino una creación social (como las religiones que lo sancionan) que la misma sociedad puede arrumbar en el rincón de los trastos viejos.

Por ejemplo, en mi caso, yo puedo afirmar que no tengo género; o, al menos, eso procuro. Tengo sexo, evidentemente, pero sería muy triste pensar que condiciona mi conciencia (es decir, que pienso con la polla). No sé si os habréis dado cuenta leyendo este espacio, pero procuro trascender en mis posiciones éticas y políticas mi condición de varón heterosexual blanco de clase media y los intereses que de ella se desprenden, lamento que otros no lleguen a tanto.

¿Qué valor tendría si defendiera los derechos de los homosexuales si yo fuera homosexual? ¿Qué mérito tiene ser antiracista, perteneciendo a una minoría étnica, feminista siendo mujer o de izquierdas siendo obrero? Yo no escojo mis luchas por el interés personal, sino por lo que honestamente creo que es justo. Ahora bien, podría ser peor, el de ser un homosexual homófobo, un negro racista, una mujer machista o un obrero de derechas, los imbéciles redomados existen, y no es corto su número.

Vamos a exponerlo de forma más gráfica con un ejemplo. Cojamos dos contenedores, a uno le ponemos la etiqueta MUJER, y a otro, HOMBRE.

En MUJER metemos: pelo largo, faldas, maquillaje, tacones, cocina, revistas de cotilleos, frívolidad, color rosa, sensibilidad…
En HOMBRE incluimos: pelo corto, corbata, fútbol, revistas de coches, agresividad, rudeza…

Y muchísimos más, dependientes además de la cultura y el momento. Por poner sólo un ejemplo, en Japón está mal visto que un hombre muestre demasiado gusto por los dulces, pues se considera poco varonil. En nuestra cultura es ridículo (a mí me encanta el chocolate y sería extraño que alguien me describiera como “femenino”), pero otros muchos prejuicios sexistas de nuestra cultura nos parecen evidentes (naturales, es decir, innatos y propios de cada condición sexual).

¿Qué son estos cajones? El género. Las características sociales, adquiridas (por el condicionamiento de esa misma sociedad), adscritas a cada sexo. Estos cajones, en las sociedades civilizadas, han sido progresiva pero exhaustivamente vaciados. Insisto, ahora lo vemos con naturalidad, pero volviendo la vista a épocas pretéritas nos sorprenderíamos del camino tan inmenso que hemos recorrido. Ya sólo quedan unos pocos elementos, que yo propongo seguir sacándolos y dispersándolos por el suelo para que cualquiera pueda adquirirlos: un hombre con el pelo largo (yo lo he tenido desde niño hasta que la calvicie, por cierto éste sí un condicionante somático, me ha obligado al estilo skinhead), una mujer motera o un hombre que siente atracción sexual por otros hombres.

Una vez vacíos esos cajones de todo prejuicio, no servirán para nada porque no incluyen nada y podremos destruirlos, habiendo acabado con el género. Por supuesto, con la oposición del conservadurismo religioso, que sigue subido en su falacia (aunque a la fuerza ha tenido que ceder parte del campo) de que los roles de género vienen determinados por el sexo, y no una construcción social como defiende el feminismo… y la ciencia.

¿Qué quedara? Únicamente el sexo, esto es, la condición sexual de cada individuo que, además, deberá ser privada. Lo que tengamos entre las piernas sólo le importa a nuestra pareja sexual y, como mucho, a nuestro médico, pero por ejemplo no al Estado, por lo que propongo retirar la casilla del sexo del DNI y de cualquier otro registro público. Para el Estado lo único que debe importar es que somos individuos, sin andar palpando en la bragueta de los ciudadanos.

Expuesto de otro modo: conceptos como “masculinidad / virilidad” o “femineidad” son completamente falaces, tan sólo un espejo de nuestros prejuicios. A los hombres nos impone una paranoia violenta (me viene a la cabeza la obsesión eslava con la virilidad y la homofobia) y, a las mujeres, las relega a la posición de sujeto paciente, que incluso en gramática es indistinguible del objeto.

Al vaciarlos, sólo quedarán dos cajones:

HOMBRE: pene y testículos (con las diferencias hormonales que comporta), más otras características en mayor o menor grado como el desarrollo de la musculatura, el vello, una nuez prominente…
MUJER: vulva y demás partes de los genitales femeninos, en especial las fábricas hormonales femeninas, los ovarios. Y como en el caso de los hombres, otros rasgos como los pechos, la voz más aguda, algunos de los cuales sólo pueden evidenciarse de modo estadístico (como la menor talla).

Que es lo que queda después de destruir el género, el sexo.

Que es exactamente el lema del autobús de Hazte Oír, paradógicamente feminista. Efectivamente, ser hombre significa tener los caracteres sexuales primarios masculinos, y ser mujer los femeninos. Y para convertir ese mensaje en rabiosamente feminista, sólo falta añadirle un signo de puntuación: un punto y aparte. Ser hombre es tener pene, ser mujer es tener vulva… Y PUNTO.

(en realidad, sería científicamente más correcta una definición cromosómica u hormonal, pero dejémoslo así).

Ser hombre NO implica sentir atracción por las mujeres, ser mujer NO supone sentir una tendencia a la lágrima fácil o la sumisión. Hombre y mujer, desnudos del resto de atavíos con que les quiere cargar la sociedad, para que libremente escojan los elementos, aquí y allá, con los que quieren engalanar su personalidad.

Lamentablemente, como tantas veces, la progresía sólo ha comprado el libro por la encuadernación y sigue sin leérselo.

Yo sé bien que esto no es lo que querían decir los palurdos de Hazte Oír, pues detrás del accidente físico del sexo quieren colar toda la retahíla de prejuicios católicos en torno a él: el género. Pero tal y como estaba rotulado, más ese punto, era rigurosamente correcto. Si en la izquierda alguien tuviera dos deditos de sesera, se habría percatado del equívoco y aprovechado para trolear a los fachas aplaudiendo la idea. Pero no, la derecha agita un trapo colorado, y ahí van los progres a cargar. Espectáculo deprimente, tanto por el toro como por el torero, a cual más imbécil.

Sí, está la ofensa a los transexuales y todo el tema de la transexualidad. Hace poco comentábamos que en Irán, el sistema de salud paga las operaciones de cambio de sexo, y era presentado como una extraña muestra de progreso en un país en el que los homosexuales son ahorcados con ayuda de una grúa de obra. Pero no es progreso, sino extrema reacción conservadora. Lo que pretende la república islámica es que te ajustes a un rol de género. Si siendo hombre, adoptas elementos del cajón de MUJER, eres un error de la naturaleza que debe ser rectificado con ayuda de la cirugía. Entonces sí, ya podrás seguir ese rol de mujer sin que entre en confrontación con tu sexo de hombre, devolviendo la armonía al mundo. ¿Progresista? Me cuesta imaginar algo más nauseabundamente reaccionario.

La transexualidad, es un reconocimiento implícito (y muchas veces explícito) de la moral conservadora y la asunción de sus roles de género. Si te gustan los hombres, llevar faldas y pintarte los labios, mas tienes pene, eso es un error de la naturaleza que hay que corregir. Normalmente no se dice de forma tan cruda, pero sí en términos como una discordancia entre su sexualidad percibida y su cuerpo. Viene a ser lo mismo: un individuo que tiene un sexo pero toma elementos del cajón de género del otro. La sociedad, y el mismo individuo como miembro de esa sociedad, generan una tensión por esa disonancia ficticia que se resuelve en el quirófano y con tratamiento hormonal. Digo ficticia porque no existe ninguna incompatibilidad esencial en ser hombre y usar falda, pintarse los labios o follar con otros hombres.

Es más, es que me parece un insulto a la homosexualidad, la principal discordancia entre sexo y género (cuyo rasgo quizá más definitorio en todas las culturas es la atracción sexual por el sexo contrario). Si concebimos esa contradicción como una patología, corregible con una intervención quirúrgica (para adaptar el sexo al género), también podemos dar por buenas las terapias para curar gays (adaptar el género al sexo). En otras palabras, supone escupir al colectivo gay a la cara.

Evidentemente, respeto a quien tome la decisión de someterse a un proceso de cambio de sexo, al fin y al cabo allá cada uno con su cuerpo, pero una operación de emasculación y ginecoplastia me parece un ejemplo de autoviolencia provocada por un entorno (conservador) que aún reconoce como funcionales las diferencias de género. Es decir, una sociedad que no permite al individuo vivir de acuerdo a sus preferencias sin automutilarse. Algunos argumentos como la necesidad de sentirse un hombre / mujer completo, por mucho que sea chocante decirlo, son rigurosamente reaccionarios. Lo de sentirse hombre es del mismo nivel intelectual que sentirse español, al menos yo cuando me siento, lo hago en una silla. Lo más cerca que puedo estar de sentirme hombre es cuando sufro un golpe en los testículos, y no es precisamente agradable. Ya con menos bromas, la condición sexual (o la nacionalidad) no es una sensación, sino un mero accidente biológico, como puede ser el color de ojos, de pelo o cualquier otro rasgo racial. Del sentirse una mujer completa (mujer, mujer, como Botella) podemos acabar en el orgullo ario.

Resumiendo. La transexualidad es la solución a una discordancia entre el sexo real y el percibido. La cuestión es que el sexo percibido no es sexo (pues no es algo que modifique nuestra percepción) sino género. El transexual compra la mentira reaccionaria, polarizadora, del género y sufre porque considera que esos atributos no le pertenecen, pues así lo dicta la moral conservadora, en vez de apropiárselos con naturalidad de forma indiferente a su sexo. En cualquier caso, insisto, respeto absoluto a las decisiones personales de cada cual, por mucho que se discutan los valores que subyacen tras ellas. A unos les da por pasar por el quirófano, a otros por ingresar en un convento, allá cada uno.

La única reserva que yo pondría, y en esto sí que soy terminante, es prohibir tajantemente que se realice ninguna operación en menores de edad. Lo mismo que implantes mamarios o incluso tatuajes, con consentimiento o sin consentimiento paterno, eso es lo mismo. Un niño debe tener el derecho de equivocarse, y someter a una operación irreversible como una emasculación a un niño en un periodo definido por la búsqueda de su identidad sexual me parece tan aberrante como realizar un implante mamario a una niña a la que aún no han acabado de desarrollársele los senos.

Volviendo a la íntima analogía entre racismo y sexismo, una operación de cambio de sexo viene a ser el equivalente de las orientales que pasar por quirófano para hacer más redondos sus ojos (quizá su rasgo racial más definitorio), o la celebérrima transformación del rey del pop. Como con el caso de la transexualidad, respeto a lo que un adulto quiera hacer con su cuerpo, pero cabe preguntarse el origen de la necesidad de esa agresión a su cuerpo. Es evidente que, si Michael Jackson intentaba cambiar sus rasgos negroides por otros caucásicos, era porque no estaba conforme con aquellos y compartía el modelo de belleza de los supremacistas blancos. Claro, todo esto es muy duro verbalizarlo, pero es evidente que si cambias es porque no estás conforme con lo que tienes y quieres aspirar a algo mejor. Desde luego, no parece alocado decir que la presión social condujo al desdichado cantante a un autoodio que quiso solucionar por medio de la cirugía. Esta treta, por cierto, es bastante común en la industria de los cosméticos y, ahora también, la cirugía plástica, la de generar conciencia de esencia defectuosa que puede ser arreglada por dichas industrias previo paso por caja.

En mi (nada) modesto entender, creo que es mucho mejor evolucionar la sociedad para que la idea de un negro rico y célebre no sea chocante, una ofensa al orden natural. Una sociedad abierta que permita a cada uno desarrollar libremente su personalidad, no en una estrecha paleta del dualismo de género hombre-mujer, sino en una infinita variedad de colores de acuerdo a las inclinaciones, apetencias e intereses de cada uno.

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17 abril 2017

La Clave

Filed under: política — Mendigo @ 13:58

Os sugiero que le echéis un vistazo a este debate sobre el anarquismo:

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Se trata del programa La Clave, en la Televisión Española de 1984.

Quiero comentar el programa y, en los comentarios, ya podemos seguir en los contenidos. He de decir que, escuchándolo, me he quedado sobrecogido. Claro, yo este programa lo conocía, pero cuando se emitía yo era sólo un mocoso. Veía que mi viejo lo seguía con interés, y yo procuraba prestarle atención pero era imposible, había demasiados conceptos que no comprendía y, unido a las horas en las que se emitía acababa mortalmente aburrido o directamente frito en el sofá (mi padre ya me trasladaba a la cama, que era donde amanecía). Ahora, algo menos mocoso y con la ventaja que me da la comparación con el tiempo presente, veo el programa de Balbín con otros ojos. Desorbitados, por cierto.

Las diferencias son enormes, desde anécdotas de la época como la tipografía de Spectrum o el consumo de tabaco en un plató, a temas más sustanciales como la posibilidad de hablar durante dos horas y media de política, con un nivel intelectual realmente destacable, y que sepan a poco sin necesidad de recurrir al espectáculo circense (insultos, interrupciones y falacias que dinamitan cualquier debate serio). Un maravilloso ejemplo de cómo no hace falta caer en lo pueril o lo soez para generar interés, sino que la aproximación, aunque necesariamente superficial debido a la limitación de tiempo, seria y rigurosa a una cuestión es suficiente para captar la atención de un espectador. Eso sí, se le exige al espectador que piense, y posea una mínima cultura previa. No es el caldo de los cerdos que se sirve hoy en día a un espectador convertido en eso, un cerdo que es cebado con los desperdicios que le echan.

Es curioso cómo a una sociedad con un nivel cultural mayor, le corresponden unos medios de comunicación con un nivel cada vez más pordiosero (hablamos de televisión, pero lo que Losantos y Cebrián han hecho para arrastrar por el lodo y la inmundicia el oficio de periodismo en la radio y la prensa respectivamente es difícilmente superable). La explicación es bastante sencilla: la televisión se está convirtiendo en la forma de ocio de las clases bajas, cómoda y barata, que no tienen dinero para pagarse “experiencias” más excitantes, ni cultura para interesarse por contenidos intelectualmente más exigentes y desafiantes.

Con esto, termino la introducción y os invito a ver el programa y, si os place, continuar el debate en los comentarios. No lo había dicho hasta ahora, pero cuenta, en otros, con la adorable presencia de Federica Montseny, con la garrotilla de una anciana y el ímpetu de una moza, aprovechad la emocionante posibilidad de escuchar a un pedacito de nuestra historia que han querido sepultar en el olvido.

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14 abril 2017

El circo de la mariposa

Filed under: arte — Mendigo @ 7:44

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10 abril 2017

Homeopatía gratis

Filed under: salud — Mendigo @ 14:52

Excelso. Sublime.

Visto en Strambotic.

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