La mirada del mendigo

1 mayo 2017

Misiones ecológicas

Filed under: ecología — Mendigo @ 7:24

Dejo esta entrada programada, espero que cuando se publique yo ya esté triscando cual cabritilla por la montaña, donde me pasaré un tiempo. A la vuelta atenderé vuestros comentarios que, precisamente en esta entrada, espero sean numerosos y fecundos.

Ya sabéis que considero la situación ecológica de Galicia de emergencia (del Noroeste peninsular, más bien), y ante la pasividad de las asociaciones ecologistas al uso y la complicidad de las administraciones con los criminales ecológicos (promoción e incluso subvención a las repoblaciones de alóctonas, inversiones millonarias en extinción de incendios pero no se analizan y atajan sus causas…) considero necesaria la acción directa de ciudadanos comprometidos.

Yo he propuesto dos formas de actuación, pero con un alcance muy limitado, que necesitarían un nutrido grupo de gente para ser significativas: el exterminio de especies invasoras y la siembra o transplante de autóctonas.

Sin embargo, estas acciones no van al origen del problema. Una solución integral al expolio que sufre la naturaleza implica realizar un análisis profundo de las causas últimas de esa especificidad ecocida gallega (noroccidental ibérica, los asturianos están que arden, Portugal al Norte del Douro es la devastación absoluta…).

Aquí mi modesta contribución, proponiendo de qué formas podríamos atajar las causas, en vez de sólo atacar los efectos de ese odio por el entorno natural y la necesidad de verlo domesticado, monetarizado, sometido. Espero vuestras aportaciones.

La primera idea, surge de la hipocresía gallega (y asturiana…) que pone a su madre con el bolsito y la minifalda cinturón a hacer la calle para sacar unas perras, y al mismo tiempo loa su proverbial castidad y decencia, y cuidado de quien se atreva ponerlas en duda. Esto es una completa charlotada, o te ufanas de tener unos ecosistemas bien preservados, o haces caja destruyéndolos y llenándolo todo de pinos y eucaliptos o metiendo el ganado en la montaña, pretender ambas cosas es absurdo.

La cuestión es que el ciudadano medio, ajeno al medio rural, no sabe ni comprende hasta qué punto está dañada su tierra, su patria. Los que obtienen beneficio de la destrucción, por supuesto, están muy satisfechos con la situación actual, pero una inmensa mayoría de gente no obtienen beneficio directo de la destrucción de los ecosistemas gallegos y, quizá, no estarían muy conformes de conocer la magnitud de lo que está ocurriendo. Para informarles de ello, propongo la creación de una herramienta que sea gráfica, intuitiva, de inmediata comprensión para que su alcance sea máximo. Se trataría de confeccionar un mapa calificando la calidad ecológica del territorio español, asociando cada nota con distintas tintas.

En el Norte tenemos un palurdismo de tintes racistas que nos lleva a creer que vivimos en el mejor lugar del mundo, especialmente cuando se compara con cualquier lugar del Sur. En el imaginario gallego, Castilla es un una interminable extensión de cereales y, por debajo del Tajo, sólo hay un páramo yermo abrasado por el sol, un desierto sin camellos. Quiero aprovechar ese ridículo chauvinismo norteño para asestarles una descomunal bofetada de realidad que les desencaje las muelas: un mapa calificando el estado de los ecosistemas terrestres, en el que Galicia sería una enorme mancha roja, mientras que amplias zonas de Extremadura o Andalucía mostrarían un moderadamente saludable color verde.

Para los que conocéis la idiosincrasia galega, y su palurdo desprecio por todo lo que queda más allá de las Portelas, eso sería pura dinamita. Quizá podría ser el revulsivo que necesita la sociedad para comprender en la barbarie ecocida que vive.

Para ello, necesitamos generar una “ecuación” (probablemente una tabla, al estilo de la escala de Richter para la sismología) que reduzca muchas variables que miden el estado de conservación de un ecosistema a una sola cifra. Un 10 sería un ecosistema en su estado original, obviamente eso no existe en Europa occidental, y un 0 la destrucción absoluta, la inexistencia de vida macroscópica autóctona (en la raia seca nos acercamos mucho). Por supuesto, sólo podríamos calificar las zonas forestales, el terreno agrícola y el urbano debería aparecer en blanco, sin calificar. De esta forma, quedaría en evidencia que, efectivamente, Galicia tiene una enormidad de monte, pero en su mayoría sin ningún valor ecológico (monocultivos, o terreno semidesértico tras la sucesión de incendios).

Evidentemente, reducir la complejidad de una evaluación ecológica (biodiversidad, reversibilidad de las intervenciones humanas…) a un solo dígito es simplificador, pero para acceder a la opinión pública necesitamos dotarnos de una herramienta así, que compendie mucha información en una sola nota, y ésta en un gráfico que lo haga accesible al ciudadano medio: de un vistazo puede hacerse una idea de cuál es la situación. Esta “ecuación” ha de ser sólida, para resistir las quejas y ataques de las administraciones públicas cuya ignominia quedará en evidencia. Y luego, se trata de aplicarla sistemáticamente en las cuadrículas del mapa español o, en un nivel superior de ambición, europeo (aquí la bofetada puede ser descomunal, aquí se vería la diferencia entre los programas de reforestación con autóctonas a mediados del pasado siglo en Francia o Alemania, y su equivalente gallego con pinos y eucaliptos).

Según la capacidad del grupo, el apoyo de organizaciones, Daniel propone variar el mallado (paso 2km, paso 5km…) para adecuarlo a nuestras posibilidades. También propone, como paso previo, el “concurso de misses”. Es decir, en ausencia de recursos humanos suficientes, aplicar esta medotología pero sólo a los espacios protegidos (parques nacionales o naturales, quizá alguna figura más de protección). Es decir, cada región presenta los que estima sus espacios naturales mejor conservados (las misses), y procedemos a calificarlas de acuerdo a los valores ecológicos que atesoran, de los que además tenemos mucha más información accesible.

Claro, como compares parques como el del Xurés, que tiene el mismo aspecto que una parrillada veraniega, o la bazofia vergonzosa del monte Aloia, foco de propagación de invasoras acacias, con parques como Doñana, Monfragüe o Aigüestortes… Y de eso se trata, cubrir de vergüenza a la sociedad gallega, enfrentarla a su propia miseria mostrando lo que le han hecho a su madre.

Mostrarles el mapa teñido de rojo, y luego no podrán decir que no lo sabían, no podrán fingir que no lo han visto.

Si triunfase la idea, podríamos pensar en realizar revisiones del mapa para auscultar la evolución del enfermo (que necesariamente será lenta, una revisión cada cinco años cuando menos).

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Y ahora, la siguiente idea de bombero: las misiones ecológicas. Entiendo que todos conocéis el movimiento de las misiones pedagógicas. Pues se trata de aplicar el mismo concepto, tratando de llevar los rudimentos de la ecología a la Galicia profunda, dando charlas en las aldeas, especialmente en aquellas zonas con una mayor actividad incendiaria (lo de convencer que no planten eucaliptos, ya tal). Su justificación parte de la constatación de que en la Galicia rural existe una paletocracia, en la que no rigen las leyes sino la voluntad de los individuos más cerriles y palurdos de cada aldea. Si deciden que tal monte debe arde, arderá y el resto de la aldea sólo cantará a coro amén (porque ni tiene el valor para enfrentarse al terrorismo rural, ni realmente le importa una mierda mientras no arda su alpendre).

Esta idea ya me parece buena o no tanto según de qué lado sople el viento. Daniel tiene serias reticencias, más que justificadas. Bueno, yo la comento y a ver qué os parece. Os copio el mensaje en el que trataba de exponérsela:

Lo que propongo es ir con el cuño de una asociación (mismamente creada ad-hoc o una asociación ecologista existente), o incluso una universidad (crear un grupo de voluntarios de la facultades de biología, veterinaria…). Llegar a un concello y hablar con el alcalde. El alcalde nos programa el encuentro y nos acompaña, apadrina, y presenta a los vecinos (y vecinas, habría que hacer incapié en que acudieran también ellas).

Se hace una exposición en el local social de la aldea y, luego, se inicia un coloquio sobre qué formas se les ocurren para proteger el entorno. Importante: se debe ceñir el debate a la protección ambiental. No si les parece bien o no ésta, eso hay que darlo por hecho. Evidentemente, una y otra vez se desmandaría por ese lado, y continuamente habría que reconducirlo, dejando bien claro que la bestialidad, el estadio actual, no es una opción.

¿Fácil? Para nada. Pero haciendo las cosas bien, quizá sí que cambiásemos un poco las mentalidades. Es cuestión de trabajarse el discurso, e irlo adaptando según vayan saliendo las primeras sesiones. Eso sí, hay que hacer las cosas bien. Si vamos a un pueblo, sin el padrinazgo del alcalde, pasan de nosotros como de la mierda.

Si en una aldea de 50 paisanos, consigues convencer a 20 para que mantengan controlados a los 5 que prenden fuego, e incluso que se animen a repoblar una parte de monte comunal con autóctonas… incluso podemos formar un grupo para ponerlas, con que se comprometan a cuidar lo que salga, regar los dos primeros años y no meter ganado en otros diez, llega.

Una vez que alguien aprende a discernir entre un monte íntegro y otro degradado, entre un árbol autóctono y un eucalipto… es como aprender a leer, simplemente lo ves, surgen ante ti palabras que se enlazan formando ideas… cuando para el analfabeto son solo hormiguitas de tinta sin sentido. Como cuando te enseñan a reconocer una constelación, antes no conseguías ver más que un grupo de puntitos, pero una vez que la ves, ya no puedes dejar de verla. Si lográsemos introducir el amor por un ecosistema bien preservado, el respeto por lo propio en la gente de aldea, al menos en ese lugar teníamos la partida ganada. Y eso es mucho más de lo que podemos aspirar ahora mismo, que básicamente es a cagarnos en Dios cada vez que vemos incendios.

La cuestión es que la idea original de las “misiones ecológicas” me la dio Amor, con un tipo muy especial de misiones pedagógicas: con los enanos cabezones niños. Podríamos acudir a las escuelas (y para eso necesitamos tener el cuño de una asociación) y proponer salidas al campo para que los niños aprendan a comprender y valorar su entorno, muy especialmente los niños del rural que de puro vivir en el campo acaban por no verlo y menos valorarlo (eso nos pasa a todos, lo que estamos acostumbrados a ver acaba por resultarnos transparente, hasta que alguien nos enseña a mirar, es como si tuviésemos un cuadro de Velázquez en el pasillo de casa, ya ni reparas en él).

Igual que con los alcaldes, habrá profesores que se muestren receptivos y otros que no; como evidentemente no tendremos recursos para hacer salidas con todos los grupos escolares o dar charlas en todas las aldeas de Galicia, simplemente vamos atendiendo las posibilidades que se nos vayan ofreciendo. Y saliendo a sembrar semillas con los niños, quizá logremos sembrar en alguno la semilla del amor por su tierra y los seres que en ella habitan.

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Ahora marcho, os dejo los comentarios abiertos para proponer nuevas soluciones factibles a las causas que subyacen bajo esta manía ecocida. Actuaciones que permitan ir haciendo camino, esperando que con nuestro ejemplo se enganche más gente hasta que sean las administraciones (el día que políticamente Galicia salga de la barbarie caciquil) las que tomen el relevo. Evidentemente, la educación ambiental de niños y adultos es una competencia de la administración autonómica, pero…

A ver si me sorprendéis y, a la vuelta, está ya el grupo formado y en funcionamiento.

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25 abril 2017

Pelophylax perezi

Filed under: ecología — Mendigo @ 0:32

Rana verde ibérica o, simplemente, rana común (aunque para mí es mucho más común la patilarga).

Las encontramos en un paseo por el Ourense más profundo dirigido por Su Majestad Herpetológica, el insigne Don Daniel Pérez, inmejorable compañía.

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Vale, todavía no he llegado al nivel de David Álvarez, pero a ver si me agencio una focal larga para la nueva cámara (éstas están sacadas con el kitero, un 20-50mm) y ya se puede ir preparando…

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26 marzo 2017

El pinar de Lillo

Filed under: ecología — Mendigo @ 11:46

Como ya he comentado otras veces, cuando estamos de pateada, suelo sacar fotos de los paneles informativos que me parecen interesantes, para luego poder leerlos en casa con detenimiento, y así no perder más tiempo.

Hace unos días, estuvimos en la zona de Puebla de Lillo (gracias Amor, por la idea) y me encontré este cartel a la altura del Puerto de las Señales.

Y como creo que aporta una información valiosa, quería compartirlo con vosotros. Para mayor facilidad de lectura, copio el texto principal:

ISLAS DE HOJA PERENNE EN UN MUNDO CADUCIFOLIO
Fisiológicamente adaptados para soportar climas continentales, fríos y húmedos, los pinares eurosiberianos de pino silvestre (N.d.M: Pinus sylvestris, muy sencillo de conocer porque en su parte superior tiene unas escamas ocres características) y pino negro (N.d.M: supongo que se refiere a P. pinaster, y no al P. nigra, por cosas así es que tan útil el usar el nombre científico, aunque parezca cursi y afectado) son el tipo de bosque predominante en los sistemas montañosos de la mitad norte de la Península Ibérica (Pirineos, Sistema Ibérico y Sistema Central). Sin embargo, en la Cordillera Cantábrica su presencia resulta testimonial al amparo de unas condiciones ambientales atemperadas por la influencia oceánica, que otorgan todo el protagonismo a los bosques caducifolios de robles y hayas. Únicamente el pino silvestre o pino albar (Pinus sylvestris) aparece de forma natural en la Cordillera Cantábrica, reconociéndose la existencia de sendas masas autóctonas en Velilla del Río Carrión (Palencia) y, dentro del Parque Regional de Picos de Europa, en Castilla y León, en Puebla de Lillo (León [no es Castilla]).

A pesar de su escasez y la limitada superficie que ocupan, la importancia ecológica de estos pinares cantábricos es enorme, al representar masas forestales relictas, propias de los ambientes más fríos que reinaron en la zona durante y después de los episodios glaciales del Cuaternario. De hecho, se cree que en aquella época los pinares eurosiberianos ocupaban una superficie mucho más extensa en la dorsal cantábrica, al mismo tiempo que alcanzaban cotas considerablemente más bajas.

EL PINAR DE LILLO: ¿AUTÓCTONO O PLANTADO POR EL HOMBRE?
Varias características favotables, como la calidad de su madera, sus troncos rectos y largos, su rapidez de crecimiento o su tolerancia a todo tipo de suelos, han hecho que el pino silvestre haya sido una de las especies más utilizadas en las repoblaciones forestales desde el siglo XVIII. En base a ello, en la actualidad la especie se ha extendido notablemente por nuestra geografía formando masas artificiales en zonas alejadas de su área de distribución natural. Este hecho justificó durante años la discusión acerca del origen natural o humanos del Pinar de Lillo. Sin embargo, los estudios llevados a cabo en las últimas décadas, mediante análisis palinológicos y de restos subfósiles consevados en las turberas del pinar, confirman su carácter autóctono y su existencia desde hace 4.800 años.

LA ZONA DE RESERVA DEL PINAR DE LILLO
Por tanto, el Pinar de Lillo es un bosque autóctono de pino albar, que ocupa una superficie aproximada de 483,5 ha entre los 1.400-1.800 m de altitud en la umbría de Pico del Lago, dentro del término municipal de Puebla de Lillo. Se asienta sobre un sustrato ácido, predominantemente cuarcítico, en el que también afloran calizas y pizarras carboníferas. Acompañando al pino albar crecen hayas, serbales y abedules en el estrato arbóreo; y brezo blanco, Genista florida (piornos ou pudias, en galego) y arándano en el estrato arbustivo (lo que los palurdos llaman “o monte está sucio”).

Es importante destacar la existencia de varias turberas en su seno, la mayor de ellas de unos 300 m², que constituyen hábitats de alto valor ecológico, en las que se registra ademán la presencia del musgo Spahgnum magellanicum, amenazado y protegido a nivel europeo.

Dado su enorme interés ecológico, el Pinar de Lillo es un área de protección estricta catalogado como Zona de Reserva en el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales del Parque Regional de los Picos de Europa en Castilla y León [N.d.M: un paso más allá del pinar, hay torretas para que los cazadores puedan disparar a todo lo que se mueva, aquí la caza constituye el principal motor económico]. En base a esta catalogación el acceso al pinar está restringido, excepto para el desarrollo de los usos agropecuarios tradicionales autorizados a los vecinos de la entidad local propietaria [N.d.M: Como les prohíbas subir las vacas, te queman el pinar, pero si les permites subirlas, provocan la alteración del ecosistema. Es la paletocracia de la que hablaba el otro día].

El Pinar de Lillo posee una fauna diversa y muy interesante, entre la que cabe destacar aves tan escasas en el Parque Regional como el urogallo cantábrico y el verderón serrano. Además, se registran ocasionales visitas de oso pardo y mantiene una importante población de venado, muy notoria durante la berrea. No obstante son los pájaros carpinteros sus habitantes más representativos, siendo el pico picapinos la especie más abundante y fácil de observar.

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Aps, por cierto. Que no se me olvide: ¡CAZADORES SUBNORMALES!

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Joder, Charb; la hostia con la puta religión de paz y amor.

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Francia es la puta superpotencia mundial de la viñeta. De todas formas, si tenéis otras en cualquier otro idioma, no tenéis más que añadirlas en los comentarios.

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21 marzo 2017

Paletocracia: la dictadura de los palurdos

Filed under: ecología — Mendigo @ 13:31

El otro día vivimos y sufrimos un ejemplo de cómo las mentes más atrasadas y cerriles siguen determinando el devenir de los pueblos en la Galicia profunda.

Lamentablemente, en Galicia ya nos hemos acostumbrado a la normalidad de los incendios cada verano. Normalmente, la celebración del Santiaguiño marca el pistoletazo de salida a una oleada de fuegos, que encuentra su punto álgido en el fin de semana festivo de mediados de Agosto, y dura hasta que acaba Septiembre. Esto es el pan de cada día desde hace más de treinta años, así que para los que tienen menos de esa edad lo ven tan corriente como que en invierno llueva y haga frío (o como que el monte esté ocupada por una especie procedente de Oceanía).

Pero en Ourense, el epicentro de la actividad incendiaria (con el Norte de Portugal, el culo del mundo), ya estamos evolucionando a otro nuevo estadio de normalidad: el de incendios en cualquier época del año. Estos días hemos tenido una racha de días secos y ventosos, que los paletos han aprovechado para ir adelantando trabajo e ir quemando lo que tenían pensado hacer en verano. Si subías a un punto elevado de la provincia, podías avistar un día una columna de humo aquí, otra allá, seguro que una en dirección Sur (lo de Portugal es ya la devastación más absoluta, pero tampoco parece importarles gran cosa)… así, durante la pasada semana.

Ahora que ya os he puesto en situación, para los que no sois de aquí (mis felicitaciones, a propósito), os comento la anécdota. El Sábado íbamos rodando por una carretera de la montaña ourensana cuando vemos dos columnas de humo: un incendio que está comenzando. Eran las 13:27 cuando hicimos la primera llamada al 112, por cierto la tipiña una incompetente de tomo y lomo, pues le tuvimos que repetir varias veces las indicaciones de la localización del incendio (provincia: Ourense, concello: Viana do Bolo, aldea: Fornelos de Cova, no hay más que tomar nota y pasar el aviso). Nuestro interés es que vinieran cuanto antes porque, cogido a tiempo, un foco es muy sencillo controlar. Pero cuando se desmanda…

Como no nos quedábamos tranquilos (y porque ya nos conocemos qué clase de elementos habitan esta tierra) nos desviamos para ver si podíamos echar una mano para controlarlo cuanto antes. He de decir que, si bien la zona meridional de la provincia, fronteriza con Portugal, está ya toda arrasada por los sucesivos fuegos y, realmente, tampoco queda ya nada valioso por arder, la zona de montaña donde se desencadenó el incendio tiene un denso arbolado, especialmente de Quercus robur y Q. pyrenaica, con soutos de castaños cerca del pueblo y alguna mancha, afortunadamente pocas, de pino invasor. Es decir, es una zona bastante bien preservada con un relativamente alto valor ecológico (hay zonas mucho más pobres que tienen el reconocimiento de Parque Natural, como el de O Xurés o el Monte Aloia), por eso nuestro especial interés en no añadir un parche negro más a una superficie de bosque autóctono que cada año va menguando ante la pasividad, cuando no aquiescencia, de las administraciones (el concello, la Xunta y el Estado central que ya nos debe dejar, con razón, por irrecuperables).

Aparcamos y cruzamos por la aldea (una aldeúcha infecta, epítome del feísmo galaico). El foco estaba a 200m en línea recta de las primeras casas, la columna de humo, el olor e incluso el crepitar de la madera hacía imposible que pasase desapercibido para nadie; sin embargo, las dos únicas personas que vimos seguían a lo suyo, insultándose sobre cómo había que cavar la huerta en la que estaban. Cuando llegamos al lugar del incendio, lo que nos temíamos: allí no había absolutamente nadie. Había dos columnas de humo: una, la pequeña, eran dos hombres quemando los restos de hojas y erizos de un souto de castaños, según dijeron con permiso y bueno, al menos de forma controlada. Que toda vez controlado su trabajo se fueron a su casa sin pasarse siquiera a interesarse por el incendio que iba creciendo a tan solo 100m de donde estaban. Hablaron de que no sé quién, por ahí, tenía pensado también quemar la hojarasca: un buen candidato a autor del incendio, un energúmeno que ni se molestó en pedir permiso, ni en molestarse en controlarlo, simplemente fue con el mechero y se desentendió del asunto.

Pero bien podría ser por otro buen puñado de causas: dejar el monte raso para poder meter las ovejas, para disparar más fácilmente a jabalíes o corzas que no cuentan con el cobijo de la espesura, o simple odio a la Naturaleza (a la que califican como “suciedad”, cuando la suciedad está en sus mentes), a la que esta clase de escoria social considera una amenaza contra el orden humano, el modelo de paisaje que estas bestias embrutecidas tienen en sus obtusas mentes: todo el monte ocupado por pastos y cultivos, tal y como lo conocieron sus padres. He de decir que, al menos sus padres, tenían la excusa de la necesidad para este comportamiento ecocida, la agricultura de subsistencia que practicaban, sin apenas evolucionar desde la Edad Media, daba unos rendimientos bajísimos que había que compensar ocupando todo el territorio. Venido el éxodo rural, quien tenía dos dedos de frente o al menos un poco de espíritu escapó de ese pozo de miseria hacia la ciudad, quedando la mayor parte de las fincas abandonadas por falta de brazos, que empezaron a ser reconquistadas por las especies autóctonas, que hacían avanzar la frontera natural hasta la puerta misma de las aldeas. También dejaron atrás a las cuatro bestias que no se atrevieron a emigrar, sometidos a una selección natural inversa: procreaban entre palurdos, para criar a hijos aún más palurdos en el mismo ambiente de incultura atroz que los había mantenido durante siglos en la miseria.

En cualquiera de los casos, es evidente que al garrulo que se le metió en el entrecejo que era buena idea que ese pedazo de bosque ardiese, era de esa aldea. En la aldea vecina no serán menos palurdos, pero ni les va ni les viene lo que pase como para ir a quemar. El criminal ecológico que provoca el incendio, lo hace dentro de una absoluta impunidad que supone la comprensión e incluso colaboración del resto del pueblo, que comparte su bestialidad y miseria moral, una mentalidad extractiva y predadora que no ha evolucionado desde tiempos prehistóricos. Años de endogamia han desarrollado en esta horda de subhumanos una cubierta que los impermeabiliza de la cultura, del razonamiento complejo, espíritu artístico o impulso altruista, el mundo de las ideas les es tan ajeno como la superficie de Marte. Su expectativas vitales se reduce a las de un cerdo, sin más estímulo intelectual que el absolutamente imprescindible para la supervivencia: satisfechos con ganar unos euros, a ser posible con el menor esfuerzo posible, que les permitan satisfacer sus aspiraciones vitales: llenar el estómago de comida y vino, y alcanzar para comprarse un coche de segunda mano, indicador social por excelencia en la jaula de simios, con el que bajar a la villa. Son fácilmente reconocibles: no saben escuchar, sin embargo creen, como el cuervo, que lo que tienen que decir es de la mayor importancia y por eso lo pregonan a voz en grito aunque su interlocutor esté a un paso. El garrulo ibérico que, en la subespecie galaica desarrolla manías incendiarias. El que, satisfechas sus necesidades primarias, eructa aquello de “e de que me serven os carballos?“, incapaz de apreciar en su bestialidad la belleza de un ecosistema preservado o los beneficios a largo plazo que comporta.

Trazado el boceto de la clase de homínidos que son la chispa y la yesca necesaria para provocar un incendio (el que lo provoca, y su medio social que lo ampara), sigo con mi pobre anécdota como bombero improvisado. Como allí no llegaba nadie, volvemos a llamar al 112: nos responde la misma operadora, que ya había dado aviso. Una vez que se nos hace evidente que no podemos esperar colaboración de las acémilas de la aldea, y por pura impotencia, nos ponemos a hacer lo único que podemos: tratar de contener el avance de las llamas en las zonas más fáciles, con retamas que íbamos cortando. Debíamos dar una imagen lastimosa y ridícula, con pantalones cortos y zapatillas, sin herramienta alguna para hacer algo medianamente efectivo. Honestamente, la sensación era de total impotencia. Y ganas de regar toda la puta aldea con napalm, sabiendo que los muy palurdos cuentan con tractores, cubas de miles de litros, mangueras y todo tipo de herramientas, y allí estábamos los dos solos, procurando evitar el avance de un fuego en un pueblo en el que nada se nos había perdido. Me corroía la absoluta certeza de que, con la ayuda de la gente, no sólo ese incendio nunca hubiera tenido lugar (porque hubieran denunciado al culpable, que todos saben perfectamente quién es), sino que hubiese sido apagado en cinco minutos cuando empezaron las llamas.

Me comentaba hace unos días una señora mayor en el valle del Ambroz (Cáceres), cuando le preguntaba por los incendios (porque le comentaba que el paisaje en Ourense era muy parecido, si no fuera por los incendios que lo tienen todo arrasado), que cuando había un incendio (ella misma reconocía que provocado por los ganaderos), salían todos los mozos del pueblo a apagarlo. Esa misma historia la he escuchado yo en otras partes de Castilla: ante un aviso de incendio, se reúnen los hombres hábiles y marchan a atajarlo, sin esperar la intervención de las cuadrillas de bomberos forestales: es su monte. No es que el aldeano de la meseta sea menos palurdo, simplemente tiene interés en que su monte no arda (grandes pinares de los sistemas Central e Ibérico, fuente de riqueza para los Concejos), mientras que el aldeano gallego (y asturleonés, y portugués) cifra su interés en precisamente lo contrario: en que arda. Y aquí tenemos la clave para evitar los incendios: ligar el interés de los paisanos a la preservación del bosque, y no a su destrucción. ¿Cómo? Yo ya he propuesto en otras ocasiones alternativas. Por ejemplo: la de pasar la factura de la extinción, ante la ausencia de autor conocido, al concello involucrado. Porque no toda Galicia, ni menos aún el resto de España, debe empobrecerse por la recurrente barbarie incendiaria de unos concellos muy concretos.

La cuestión es que en la Galicia rural no hay hombres. Ni mujeres. Sólo quedan las bestias de tiro. El que por casualidad nace con algo sobre los hombros sale corriendo de allí en cuanto puede, para sólo volver el día de las fiestas, a emborracharse con su primo el del pueblo. Hasta que se casa, tiene hijos, y le da vergüenza mostrarle a su familia el hoyo del que tuvo que escapar para forjarse una vida.

Todo esto, al lector ajeno a lo que he venido a llamar paletocracia, en la que no rigen las leyes estatales sino prejuicios atávicos, una verdadera dictadura de los más palurdos que son los que imponen el modelo social que rige en las aldeas y perpetúan el subdesarrollo crónico en el que se hayan, le resultará extraño. Habrá leído otras crónicas de incendios mucho más complacientes con la fauna que habita la Galicia rural, de esforzados y nobles labregos que luchan a brazo partido porque el fuego no avance. Y sí, es cierto. Cuando a esta panda de descerebrados se les escapa el fuego, y éste amenaza algo que sí que les interesa (su casa, su garaje, su palleira…) entonces sí que mueven el culo. Pero cuando ocurre, es porque se ha descontrolado un fuego que llevaban horas ignorando porque, total, sólo quema “la maleza”. Hasta que las llamas no llegan a las aldeas, la consigna es otra, pero no la veréis reflejada en la prensa: “deixa que arda!“. Pero esos son los pequeños incendios, que el periodista sólo cubre desde su oficina en Santiago o Vigo recabando los datos que publican las administraciones para redactar una escueta nota a pie de página. Porque todo esto ocurre, también, por la indiferencia de la Galicia urbana respecto a todo lo que ocurre a sus espaldas, en un rural que les es tan ajeno como les puede resultar un país asiático.

Y sigo con la narración de nuestra patética gesta, o nunca daré acabado. Ya hemos llamado tres veces al 112, por aquí no se pasa nadie. Por la carretera que pasa por debajo de nosotros veo salir un niñato con su moto de campo, un todoterreno con otras dos acémilas, pero a nadie se le ocurre venir a ayudar para que no se queme el carballal de su pueblo. A las 14:25 recibo una llamada del servicio de incendios de la Xunta, preguntándome si hay algún incendio. ¿!??!¿?!?¿?!¿!?!? ¡El aviso ha tardado una hora en llegar al centro de coordinación! Con las llamas a un metro y el humo en los ojos, constatando que vivo en un país tercermundista y estructuralmente ineficiente y corrupto, contesto con no la mejor de las composturas. Me dice que ya pasa la orden y que pronto llegará la caballería. Pronto son otros 35 minutos más, mi compañera y yo procurando al menos limitar el avance del fuego en un pequeño frente, mientras vemos cómo el fuego avanza en el resto de direcciones y llega hasta un grupo de pinos que plantó alguno de los holgazanes que, mientras tanto, están haciendo la sobremesa ahí abajo, creando una enorme bola de fuego cerca de las torretas de alta tensión.

Cuando llegan, son sólo cinco tipiños y un capataz en otro todoterreno (que no mueve ni un dedo, no se vaya a partir una uña). Ni siquiera traen una motobomba, sólo los apagadores (en una zona de arbolado). Eso sí, ellos se dirigen a la zona más peligrosa, donde yo ni pensaría en meterme con camiseta y pantalón corto: van a tratar de atajarlo en el cortafuegos que se forma bajo los cables de alta tensión. Nosotros nos quedamos un rato más asegurándonos de que, al menos, la parte de abajo no avanzaba (y acabó avanzando, al rodear por una zona de matorral alto). Y ya, cansados, impotentes y derrotados, decidimos marcharnos. Al pasar por el pueblo, interrogábamos a la gente que nos encontramos que por qué no habían estado ayudando a apagar un incendio en su propio pueblo. La primera respuesta era indefectiblemente tomarse la idea como una broma. Les parecía divertida la idea, pensaban que estábamos bromeando. ¡Ir ellos a apagar un incendio! ¡Qué ocurrencia! Todos reaccionaban con sonrisas y frases ocurrentes.

Lo siguiente, ante nuestra insistencia y enfado, eran excusas (uno saltó que estaba plantando las patatas, como si le estuviera inculpando la autoría del incendio, excusatio non petita) y gestos torvos. Confrontados ante la vergüenza de su comportamiento ruin y malintencionado, la evidencia de su inacción y la indiferencia que sentían hacia el entorno natural de su pueblo, reaccionaban con agresividad (un saco de carne con ojos, de mirada bovina y andar abúlico, rumió algo mientras se alejaba de “darme una hostia”, respuesta automática del paleto cuando se enfrenta a una situación de tensión emocional, al forzarle a enfrentarse a su propia miseria moral).

El incendio siguió durante el resto de la tarde, hasta que ya con el sol en Manzaneda (esa estación de esquí sin nieve propiedad de la Diputación, que cubre pérdidas año tras año desde su creación para hacer más asequible el ocio de los niños pijos que hasta allí se acercan, para eso sí que está papá-Estado) dejamos de ver el humo que venía del incendio. No fue especialmente grave, sólo un pequeño incendio más de lo que es la nueva normalidad en esa Galicia profunda que vive de pensiones y subvenciones, incapaz de crear riqueza neta, mientras sigue dando mayorías absolutísimas al Partido Popular de la dinastía Baltárida y sus caciques locales, que gastan la mitad del presupuesto en festejos para mantener contento al ganado, sin ni siquiera procurar buscar una vía de desarrollo para sus pueblos. Uno más, al que acudimos para echar una mano con magros resultados, y que ahora quiero compartir con vosotros para que, de alguna forma, al menos, las lágrimas de la lobita cuando se tenía que retirar y dejar arder un carballo frente a ella, puedan ser de algún provecho.

Como epítome de toda esta triste jornada; por todo lo dicho, repito, reitero y me reafirmo: la causa última de la enloquecida actividad incendiaria en el Noroeste peninsular es la miseria, el atraso y la incultura en la que está sumida la población de la Galicia rural. Malos hijos de una madre que, siendo bella y generosa, con semejante saña la maltratan.

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4 marzo 2017

Eólica versus fotovoltaica: ocupación del entorno

Filed under: ecología,energía — Mendigo @ 9:25

En esta sucesión de artículos sobre la fotovoltaica, en la que pretendo desmitificar ese unicornio de todo ecoloprogre, he mencionado varias veces la oportunidad perdida al derivar recursos hacia la fotovoltaica, que podrían haber sido destinados a la eólica, mucho más barata y capaz.

Ya hemos comparado ambas tecnologías en el plano económico, y en cuanto a emisiones de CO2e imputables:
Eólica = 11 g/kWh
Fotovoltaica = 48 g/kWh

En la entrada pasada traté del mayor problema ecológico de la fotovoltaica: su masiva necesidad de terreno, con una destrucción absoluta del medio sobre el que se asienta (no hay prácticamente vida macroscópica en un parque solar). Como sé que una imagen vale más que mil palabras, voy a mostraros la diferencia en la intrusión en el territorio de dos instalaciones similares. Comparar la solar con la nuclear es difícil, pero la comparación de la solar con la eólica es directa: ambas son energías renovables, cuyas emisiones imputables son debidas principalmente a su proceso de fabricación e instalación, y cuya principal agresión al medio proviene del espacio que ocupan en él.

En un caso, voy a coger la mayor instalación fotovoltaica del mundo, la de Olmedilla de Alarcón, en Cuenca. 270.000 paneles sin seguimiento que dan una potencia de 85MWp y una producción anual estimada de 87.5 GWh. Coste de la instalación, 384 M€.

En el bando eólico, escojo otro parque andaluz, ni muy grande ni muy chico, el de Cortijo de Guerra I, en Cádiz (anexo está el II, pero entre ambos ya se pasan demasiado de potencia para compararlo con la fotovoltaica). Son 14 Vestas V90 de 3MW cada una, que dan una producción anual conjunta de unos 85 GWh. El coste no lo he encontrado, pero estimo que debió rondar por aquel entonces los 50 M€.

Es decir, estamos ante dos instalaciones de producción eléctrica perfectamente equivalentes, con una producción eléctrica similar. ¿Cuán gravosa es su inserción en el territorio, el mayor coste medioambiental de ambas tecnologías, en ambos casos?

Veamos. Éste es el de Olmedilla:

Aquí una foto de detalle.

Para evitar que crezca vegetación que podría propagar un incendio debe recibir un tratamiento anual de herbicida (seguramente glifosato).

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Y éste, el de parque eólico de Cortijo de Guerra:

Mientras que la éolica más allá de las propias torres y las vías de servicio, deja amplio espacio en este caso para el desarrollo de la agricultura (o pastos para la ganadería, o un espacio natural no demasiado alterado), la planta fotovoltaica convierte en un páramo yermo el terreno sobre el que se localiza. Os sugiero que busquéis fotos de instalaciones de uno y otro tipo, y constatéis la diferencia.

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Pero estas fotos, elocuentes sobre el impacto en el medio, no revelan la escala. Vamos pues a fotos cenitales, primero en detalle:

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En ambos casos sólo se muestra una parte del parque solar, en el primer caso, y 6 máquinas en el segundo.

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Vamos a alejar un poco más la vista.

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La mayor ocupación del suelo no es tanto el emplazamiento de la torre sino los viales de acceso.

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Aún nos falta un poco de parque en ambos casos, vamos a alejarnos un poco más…

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Ahí están las 14 V90.

Como vemos, ambas instalaciones se extienden sobre una superficie equivalente, para producir aproximadamente la misma energía. La diferencia es que mientras que con la eólica puede existir vida entre máquina y máquina, la fotovoltaica no, acupando y destruyendo toda la superficie sobre la que se asienta. Y aunque, como demostré, la energía eólica y los bosques son incompatibles , esto es sólo aplicable a España, debido a la situación de barbarie y bestialidad en la que nos revolcamos. En el mundo civilizado pueden coexistir aerogeneradores con frondosos bosques, basta con hacer un poco más alta la torre, pero claro, es más barato un paquete de cerillas:

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Ahora sí, ya vemos las instalaciones completas de ambas plantas. Como hemos dicho, son equivalentes, ambas son formas de producir energía aprovechando la energía solar (en el fondo, la energía eólica no deja de ser energía solar, el calentamiento diferencial en distintos puntos genera un gradiente de presiones que origina el viento). Ambas instalaciones proporcionan a la red una cantidad similar de energía al año. Sin embargo, es evidente que una de ellas implica una agresión al entorno muy superior a la otra (y a pesar de que la eólica supone una afectación del medio severa, pero es que la fotovoltaica comporta una destrucción total).

Pues además, de las dos, la forma menos intrusiva en el medio tiene menores emisiones de CO2e imputables (11 vs 48 g/kWh) y nos sale más barata (subvencionamos su kWh renovable con 2,5¢, mientras que el kWh del parque solar de Olmedilla lo tuvimos que subvencionar con 30,6¢).

Impacta mucho más sobre el entorno, contribuye en mayor medida al cambio climático, y aún por encima nos sale 15 veces más cara que la eólica. ¿Se puede saber por qué invertimos en energía solar? Pura moda giliprogre (y un progre tiene de izquierdas lo que un murciélago de ave). Y el seguir modas en vez de un razonamiento riguroso, nos ha generado un descomunal coste de oportunidad, además de un gigantesco déficit de tarifa.

Pero bueno, al margen de lo que podría haber sido, me parece que he demostrado suficientemente el impacto ecológico de la producción fotovoltaica. Al menos eso queda meridianamente claro, ¿no? Es que no quiero volver a oír jamás en este espacio lo de que la energía solar es “limpia”, “verde” o “ecológica”. Queda comprobado que su producción tiene un impacto notable en el entorno, quizá la mayor de todas las tecnologías (y la hidroeléctrica en segundo lugar), desde luego muy superior a la eólica. ¿Esto queda claro, o hay alguien que me lo discuta? ¿Es evidente, no? Bien, algo hemos avanzado, entonces.

Foto: Aerogenerador de la india Suzlon (uno de los mayores fabricantes mundiales), siendo instalado en los verdes campos de la ventosa Eire.

Aquí, unas cuantas fotos más de eólica compatible incluso con especies de gran porte, junto con ejemplos de fotovoltaica por el mundo (en países donde la hierba está siempre verde, sí que se la permite crecer hasta medio palmo, no más, pero en esos países la superficie ocupada deberá ser mucho mayor por la menor insolación).

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Sí, sería mejor que no estuvieran ahí, pero en cualquier caso mejor estas máquinas que no ocupar toda la superficie con un campo de paneles solares.

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