La mirada del mendigo

7 julio 2018

ENCE es prescindible

Filed under: Ecología — Nadir @ 23:40

A menudo, para defender la presencia de ENCE y/o los eucaliptos la gente alude a los puestos de trabajo o la riqueza generada. Como ya comenté en otro artículo, tanto la presencia de las fábricas de celulosa en las rías de Pontevedra y Navia, como la de los eucaliptos en los montes, suponen un coste de oportunidad. Es decir, generan riqueza, pero con su presencia retraen otras posibilidades, seguramente más ventajosas (por ejemplo, la presencia de la factoria de Lourizán impide el desarrollo turístico y mariscador de esa zona de la ría).

Pues bien, quería exponer la escasa relevancia de ENCE y su monocultivo de eucalipto asociado (prácticamente la totalidad del eucalipto cortado en el NW peninsular acaba en las fauces de las plantas antedichas) en el conjunto de la economía.

Las cuentas son muy fáciles de echar, basta con acudir a la memoria económica de ENCE del último ejercicio, donde nos informan de que…
Ence dispone de dos fábricas de producción de celulosa de eucalipto en España. Una de 605.000 toneladas de capacidad situada en la localidad de Navia, en Asturias y otra de 465.000 toneladas de capacidad situada en Pontevedra, Galicia. […] Concretamente, ENCE fabrica celulosa con madera cultivada de eucalipto, adquirida en Galicia y la cornisa cantábrica. El eucalipto es un recurso natural, renovable y autóctono

Si, pone autóctono, podéis comprobarlo vosotros mismos. No, no tienen vergüenza ni honor. Sólo decir, to add insult to injury, que esta inmundicia viene firmada, entre otros, por una antigua ministra de Medio Ambiente.

Bueno, a lo que vamos. En las cuentas consolidadas nos enteramos que el importe neto de la cifra de negocios (lo que se suele llamar “ventas” o “ingresos” cuando no se quiere marear la perdiz) fue el año pasado de 740,3 M€. Esto es la riqueza creada por toda la cadena de producción del eucalipto, desde que se planta y se corta en el monte hasta que la pasta de celulosa se embarca en el puerto de Marín o Navia para que en Alemania fabriquen el papel tisú (el proceso de mayor valor añadido) y se limpien el culo y los mocos con la cubrición forestal gallega (es para lo que sirve, y no para otra cosa).

Con estos 740 millones se paga la madera a los malnacidos que han sembrado este vampiro vegetal en sus tierras, se paga el camión y al camionero que la transporta, se pagan los salarios de los trabajadores de la planta, los impuestos a las administraciones y los dividendos a los accionistas. Estos millones es todo lo que da de sí el negocio del eucalipto en España. De hecho, un poco menos, porque en esa cantidad está incluida la generación eléctrica en otros puntos de la península, pero demos esos 740 M€ por buenos.

¿Es mucha o poca esta cantidad?

Pues bien, supongamos que toda la actividad de ENCE estuviese restringida a Galicia y Asturias, que no es cierto pero sí bastante aproximado (Cantabria y Euskadi también se están eucaliptizando, y ya hemos comentado que ENCE tiene algunas plantas de generación eléctrica en puntos del Sur peninsular). Como siempre, tiremos los números por el lado favorable a ENCE.

PIB Galicia 2017 = 60.824 M€
PIB Asturias 2017 = 22.708 M€

Es decir, la riqueza creada por la industria del eucalipto representa menos del 0,88% de la economía galaicoasturiana, tomada conjuntamente. No es desdeñable, pero no parece justificación suficiente para la destrucción sistemática y masiva del medio rural y natural desde la costa hasta los 1000m de altitud, desplazando a las especies autóctonas y destruyendo por lo tanto los ecosistemas que las albergaban.

Quiero creer que a cualquier ciudadano de un país medianamente civilizado le sugieren que se podría aumentar el PIB en un 0,88% a cambio de la completa destrucción de sus bosques, y no se molestaría ni en contestar. La sola pregunta es ofensiva, como ofrecerle dinero por tener sexo con alguien de su familia. Ni se contempla. Sin embargo, hemos accedido, y por cuatro duros, a que se follen a nuestra madre, a nuestra hija y hasta a la abuela. 500.000 hectáreas de eucalipto, sólo en Galicia; ésta es la constatación fehaciente de nuestro nivel moral.

En términos laborales, nos enteramos por el mismo medio que la plantilla media de ENCE en 2017 fue de 909 trabajadores. A esta cifra tendríamos que restarle los trabajadores de su sede social, que está en Madrid, los de la fábrica de Huelva y otras localizaciones; pero dejémoslo estar, para el caso es lo mismo.

Población activa Galicia = 1,246 millones de personas
Población activa Asturias = 0,460 millones de personas

Es decir, que los puestos de trabajo ofrecidos por ENCE suponen menos del 0,05% de nuestra población activa conjunta. Desde un punto de vista laboral, la aportación de ENCE es completamente irrelevante (y, de nuevo, surge el coste de oportunidad de los empleos perdidos en turismo…). Desde luego, nada que justifique la destrucción natural masiva que comporta su existencia y su apetito de eucalipto.

A fuer de ser justo, he de señalar que, en el caso de los empleos, sólo he considerado los empleos directamente generados por ENCE (a diferencia de la riqueza generada que he calculado antes, que abarca a toda la cadena del eucalipto). Ciertamente, la tala y transporte de los troncos generan algunos puestos de trabajo más; pero, como ya he explicado, la mano de obra asociada al monocultivo de eucaliptos es ínfima en comparación con otros cultivos (huerta, frutales, pastos) que pudieran darse en sustitución al eucalipto, así que de tomar en cuenta este apartado, debería incluir un número negativo (puestos de trabajo que aporta el cultivo del eucalipto MENOS puestos de trabajo cuya creación inhibe).

En resumen de cuentas, aniquilando la actividad alrededor del eucalipto, gallegos y asturianos no vamos a notar económicamente gran diferencia. Menos del 1% de riqueza, lo que podemos ganar en un año a poco que hagamos bien las cosas. Menos del 0,05% de trabajo, mucho menor que la diferencia que hay entre un año lluvioso para la hostelería, diferencia perfectamente remontable en pocas semanas a poco que el clima económico acompañe. Y, sobre todo, todo lo anterior es considerando que desaparecida ENCE y su plaga de eucaliptos nada habría en su lugar. Pero precisamente la desaparición de ENCE y su peste de eucaliptos asociada permitirían, además de la regeneración ecológica, la creación de nuevas fuentes de riqueza, desde el turismo a la producción hortofrutícola y su industria de transformación asociada, que compensarían con creces, en riqueza y puestos de trabajo, la actividad pastera clausurada.

Yes, we can… annihilate the eucalyptus’ crops. It’s easy, it’s affordable, it’s appropriate and convenient.

NOTA: La foto de cabecera es la enseada de San Simón, na Ría de Vigo. La foto del pie, es un monte en Mondariz. Ejemplos de esos montes de la Galicia costera ocupada en su práctica totalidad por plantaciones de eucalipto.

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27 junio 2018

Albatros

Filed under: Ecología — Nadir @ 21:01

Siguiendo este enlace puedes ver el documental Albatross, sobre el efecto de los residuos plásticos en la fauna, en este caso una colonia de albatros.

Como en este blog pretendo ir más allá de lo obvio, debo añadir un apunte. El documental deja caer que éstas son las consecuencias de nuestro nuevo estilo de vida, las consecuencias que sufrimos por el pecado de apartarnos de la Naturaleza y comer del árbol de la sabiduría. Es muy curioso cómo la izquierda buenrrollista ha comprado este argumento profundamente reaccionario a la religión judeocristiana.

Bueno, no hace falta que os mortifiquéis en exceso y mitigad los golpes de pecho: la inmensa mayoría de estos residuos plásticos son vertidos por sociedades subdesarrolladas. Social y culturalmente subdesarrolladas, y en otra escala pero eso también señala a los palurdos nuevos ricos de cierta península en el rabo de Europa.

Creo que estaréis familiarizados con el fenómeno del decalaje demográfico: una sociedad subdesarrollada tiene un equilibrio demográfico basado en altas tasas de natalidad y mortalidad. Según inicia su industrialización y consiguiente desarrollo económico, las tasas de mortalidad se reducen bruscamente (mejor alimentación, higiene, saneamiento y acceso a la sanidad). Esto genera una etapa transitoria de explosión demográfica, hasta que el desarrollo económico fuerza un desarrollo social, en el que la natalidad cae debido a los nuevos patrones de conducta modernos (acceso de la mujer al mercado laboral, autonomía económica que le da capacidad de decisión sobre su vida reproductiva, nuevo modelo de familia, sistema público de pensiones…).

Bien, pues en el caso de los plásticos o, más en general, con la contaminación y degradación de los ecosistemas, opera un mecanismo similar. Estoy harto de verlo en Galicia, perfecto ejemplo en el marco europeo de país socialmente subdesarrollado: gente con más poder adquisitivo que cultura (no porque sean muy ricos, sino porque son muy burros) siguen las mismas costumbres que sus abuelos, tiran aquello de lo que se quieren desprender a las riberas de los regatos o las cunetas. La cuestión es que lo que sus abuelos tiraban era material biodegradable (una silla rota de madera y mimbre) o, en el peor de los casos, inerte (unas tejas, un cántaro roto…); sin embargo, hoy hacen lo mismo con elementos que son mucho más peligrosos para el medio natural (neumáticos, neveras, baterías, televisores, todo tipo de envoltorios y envases…).

La solución no es, por lo tanto, pegarle un pisotón al freno y procurar dar marcha atrás en plena autopista como propone el decrecentismo: eso es una locura, una imbecilidad. Sino acelerar la marcha en el camino de la civilización, cruzando cuanto antes esta fase transitoria de desequilibrio (materiales nuevos con prácticas de desecho antiguas) y llegando a un nuevo equilibrio en una etapa civilizatoria superior: eliminar vertidos al medio natural. Ése es el objetivo: poder compaginar el desarrollo tecnológico (en el caso que nos ocupa, la existencia de unos materiales, polímeros, con un sinfín de posibilidades) con un impacto cada vez menor en el medio natural. Más que nada, porque es el único camino: si volviésemos al rebaño de cabras como nuestros abuelos (bisabuelos los más jóvenes), pero con el doble de población, no quedaría ni un solo rincón de la península por devastar (más o menos la situación a la que llevaron los ecosistemas nuestros abuelos, colapso ecológico que fue causa concomitante del éxodo rural y la masiva ola de emigración) y aún faltaría superficie para dar de comer a todas las bocas (dicho de otra forma, sobrarían bocas, desajuste al cual como siempre se encargarían el hambre, la guerra y la peste de ponerle remedio).

En resumen: civilización (y, por lo tanto, socialismo) o muerte, y esta vez va en serio.

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24 mayo 2018

Una alternativa al eucalipto

Filed under: Ecología — Nadir @ 0:39

Realmente, no considero que haya que dar ninguna alternativa al cultivo del eucalipto, más allá de la cárcel para quien lo desempeña por delito ecológico. Pero en un alarde de bondad y altruismo impropios de este sitio, vamos a procurar ofrecer una alternativa más ventajosa.

En economía es muy popular el concepto de “coste de oportunidad”. Aplicado al caso del cultivo del eucalipto, supone que aunque esta actividad económica pueda generar riqueza, su ocupación del territorio impide que se puedan desarrollar otros usos del suelo, acaso más rentables, como el turismo o la agricultura. Sin duda más rentables, y vamos a desarrollar este punto.

Vamos a calcular el rendimiento de una unidad de superficie destinada al cultivo del eucalipto. Sobre una tierra especialmente fértil, en la cual se puede prever una velocidad de crecimiento alto, podemos estimar éste en unos 24 m³/ha al año para el Eucaliptus globulus (el demandado por la industria de la celulosa).

A un precio de venta en torno a los 25€/m³, que seguramente seguirá bajando según llegue el turno de cortar las decenas de miles de nuevas hectáreas que se han plantado en el Noroeste peninsular, es fácil llegar a una cifra base de los ingresos esperables de una finca con eucaliptos: 600€ por hectárea y año.

Y esto es lo que mucha gente ignora: que realmente el eucalipto no deja apenas dinero (al productor) a no ser que se se planten extensiones inmensas (una hectárea, lo apunto para quien no esté muy ducho en unidades agronómicas, son 10.000m²). Es decir, ocupando todo el monte y no sólo las tierras más productivas, pero en este caso su tasa de crecimiento baja, y los ingresos son mucho menores.

La clave de su cultivo es que estos ingresos por la venta de madera se transforman casi completamente en beneficios, ya que la inversión en su plantación es mínima (el precio de las yogurteras es bajísimo) y los gastos de mantenimiento nulos. Es más, tras la primera corta, rebrotan del pie ahorrando en lo sucesivo esos mínimos gastos de plantación.

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Ahora, voy a plantear un ejemplo de uso alternativo de una finca. En vez de dedicarla al monocultivo de eucalipto, vamos a calcular los ingresos que podemos esperar si la dedicamos a fruticultura (como podría decir a huerta o a pastizales, es sólo a título de ejemplo). Cuando estuve en Extremadura el año pasado, me satisfizo pasearme por el valle del Jerte y ver cómo están sacando adelante un proyecto centrado en el cultivo del cerezo que está devolviendo la vida a la zona. Una cosa que me llamaba poderosamente la atención en esos pueblos es que había… niños jugando en las calles, adolescentes emburriciados con el móvil, chavalería en suma. Para los que conocéis el ambiente de las aldeas en el Noroeste peninsular, en las que el más joven es un solterón que pasa de la cincuentena, era sin duda un cambio notorio y esperanzador.

Así que, para mi ejemplo, tomo una buena variedad de cereza, con una producción media de 25 t/ha. La Sunburst es una cereza de calibre enorme (hasta 30mm) y excelente sabor, muy valorada en el mercado. Ya sabemos cómo están los precios al productor, pero podemos estimar un precio de venta mayorista de 2 €/kg, para alcanzar los 5€ al llegar al consumidor. Es decir, estaríamos hablando de ingresos por hectárea sobre los 50.000€ al año. Compárese con los 600€ del eucalipto.

Creo que ahora comprendéis el concepto de coste de oportunidad de plantar eucalipto.

Con estos rendimientos económicos por hectárea tan altos, podemos llegar a un acuerdo con la Naturaleza: nos quedamos con la mitad de las tierras, con la ventaja de poder escoger las más productivas, las más aptas para la agricultura, liberando la otra mitad para que se recuperen (previa eliminación de especies alóctonas que impiden su regeneración) los ecosistemas propios de cada zona. Hacemos un aprovechamiento económico inteligente y eficaz de la mitad, para permitirnos el lujo de no esperar rendimientos de la otra mitad, reservándola para disfrute y solaz de contar con ecosistemas íntegros. Esta sí que es una estrategia ganadora.

Pero aún hay que hacer más comentarios. Como decía, podríamos esperar ingresos de 50.000 €/ha en un cultivo frutícola, pero esto no son beneficios. De esta cifra hay que detraer innumerables gastos que no son los menores los gastos de plantación, los tratamientos de plaguicidas y fertilizantes, y sobre todo, la mano de obra de las labores de poda y recogida. Al final, el beneficio para el productor es una cifra mucho menor de esos 50.000 €/ha, pero es muy importante darse cuenta que esos gastos en los que incurre el propietario, son ingresos de otras personas (el del almacén de productos agrícolas, el mecánico que arregla el tractor o el enorme volumen de mano de obra necesario en la cosecha). Todo ello se traduce en una creación de puestos de trabajo y mayor actividad económica en la zona, que contrasta fuertemente con la pobreza que deja la economía del eucalipto, que sólo necesita de una cuadrilla que llega cada 15 años para talar y cargar los árboles.

Hemos cogido el ejemplo de las cerezas, como podríamos hablar de manzanos (40 t/ha), perales (30 t/ha), melocotoneros (25 t/ha), albaricoqueros (20 t/ha), ciruelos (lo mismo). O frutos secos como castaños, nogales, almendros o avellanos. O viticultura. O cultivos hortícolas como los tomates, judías, alcachofas y un descomunal et cetera.

Como resumen de todo lo anterior, es importante fijar la idea que una tierra dedicada a su aprovechamiento agrícola genera riqueza en dos órdenes de magnitud superior a la que genera el cultivo del eucalipto. Riqueza que ciertamente no revierte toda en el propietario, sino que se distribuye entre varios agentes económicos de la zona, incrementando el nivel económico general de la comarca. Riqueza que permitiría liberar terreno para la regeneración ecológica, hoy dedicado casi en su totalidad al aprovechamiento económico más destructivo (el valor ecológico de un eucaliptal es nulo).

¿Cuál es entonces, la razón por la que el eucalipto colonice cada vez mayores extensiones de la Iberia atlántica, en vez de dedicar las tierras a la mucho más rentable (personal y socialmente) agricultura? En resumidas cuentas, por dos pecados extendidos en esta tierra: la ignorancia y la holgazanería. Llevar una explotación agrícola moderna implica dedicarle mucho tiempo y esfuerzo, aprender mucho y ser avispado para aplicar lo aprendido al caso concretísimo de tu explotación. La agricultura profesional exige una persona capaz de estudiar, trabajar, invertir y luchar por su futuro, desde luego no el modelo de parásito embrutecido y analfabeto que encontramos en nuestros pueblos.

Por el contrario, el cultivo del eucalipto no precisa tener ningún conocimiento especial, basta hacer un hoyito e ir plantando el contenido de las yogurteras, y desentenderte hasta 15 años después, que levantas el teléfono y ya te viene a buscar la madera. De hecho, buena parte de los malnacidos que hacen unos euritos con el expolio de su tierra ni siquiera viven en donde tienen los árboles, sino que hacen su vida en la ciudad mientras siembran la destrucción en las tierras que un día trabajaron sus abuelos. La venta de los árboles les supone un feliz complemento a la renta familiar cada cierto tiempo.

Con este panorama, a uno sólo le queda fantasear cuántos puestos de trabajo se podrían crear si sustituyésemos los monocultivos forestales, modelo económico que nos reservó la dictadura, por cultivos hortícolas o frutícolas, liberando tierra para que la Naturaleza pudiera reconquistar sus dominios. Cuántos jóvenes no tendrían que emigrar, por poder encontrar trabajo en sus comarcas, frenando la despoblación y la caída de la natalidad. Un país más rico, con menos desempleo y unos ecosistemas de los cuales poder sentirse orgulloso. En pocas palabras, otro modelo para el rural alternativo a la producción de madera barata para la producción de pasta de celulosa (ENCE) o tableros de aglomerado (FINSA).

Dedicando a mejor fin la proverbial feracidad de nuestra tierra, podríamos estar dando de comer a media Europa.

Como siempre, cada pueblo tiene lo que se merece.

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12 mayo 2018

Amor pola terra

Filed under: Ecología — Nadir @ 23:14

Cando era cativo achegábame a este prado no vrao coa bici e deitábame a ler ou dormisquear. Daquela se chegaba por un camiño sen saída, e polo tanto era moi tranquilo.

Logo pasaron por él unha pista, cortaron varias das árbores para facelo, e o que era un precioso recuncho perdeu o encanto e a tranquilidade. Vai uns anos cortaron algunhas árbores máis, así que só quedaban esta parella deses impoñentes freixos e carballos que eu lembraba de neno. Vai uns días cortáronos, exemplares impresionantes de máis de cen anos que servirán como sustituto barato ó gasóleo ou gas natural para manter quente unha casa. Hoxe pasei por alí e andiveron a queimar os tocos para impedir que rebrotasen.

A isto chámanlle os pailáns de cidade “fonte ecolóxica de enerxía”. Mais no prado xa non quedan máis árbores grandes, así que cando o garrulo esgote a carga de madeira, terá que cortar dez dos medianos para facer leña para un ano.

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+ (more…)

16 marzo 2018

El declive de los anfibios o el silencio de los primeros vertebrados terrestres

Filed under: Ecología — Sr. Moñoño @ 22:39

 

Esta fuerza del mal. ¿De dónde viene?

¿Cómo se ha introducido aquí?

¿De qué semilla, de qué raíz procede?

¿Quién es el responsable?

¿Quién nos mata?”

James Jones

Todo comenzó en el año 1989, en la localidad inglesa de Canterbury, en los actos del Primer Congreso Mundial de Herpetología. En los animados corrillos que se gestaban en los interludios del apretado programa de conferencias, comunicaciones y pósters, un preocupante asunto se iba haciendo cada vez más presente en el seno de aquellas improvisadas charlas: el alarmante descenso o incluso la desaparición de poblaciones de anfibios, otrora comunes o abundantes, que un buen número de herpetólogos venían detectando a lo largo de los últimos lustros; y lo que era aún peor, la aparente extinción, durante ese mismo período de tiempo, de una apreciable cantidad de especies. El fenómeno parecía abarcar las cuatro esquinas del planeta, pero presentaba tintes de extrema gravedad en zonas geográficas concretas que iban desde las exuberantes junglas del sur de Asia, hasta las pluviselvas tropicales en zonas montañosas de Centro y Sudamérica, pasando por remotas regiones del continente australiano o lugares montañosos e igualmente apartados de Norteamérica.

Aunque las referencias históricas sobre la disminución de poblaciones de ciertas especies de anfibios no eran desconocidas, caso de la rana leopardo (Lithobates onca) en Nevada (Wright & Wright, 1949), de la rana toro americana (Rana catesbeiana) y la rana de patas rojas (Rana draytonii) en California (Jennings & Hayes, 1985) o del sapo de las Grandes Llanuras (Anaxyrus cognatus) en Oklahoma (Bragg, 1960), no se tenían datos lo suficientemente robustos, basados en experimentos de campo realizados a lo largo de series temporales superiores a los 10-15 años, como para discernir sobre si esos declives poblacionales se debían a simples variaciones naturales (las dinámicas poblacionales de muchas especies de anfibios están sujetas a grandes oscilaciones temporales) (Marsh & Trenham, 2001; Marsh, 2001; Tejedo, 2003) o a perturbaciones relacionadas con, por ejemplo, factores climáticos (Pounds & Crump, 1994) o contaminantes (Marco et al., 2001; Cowman & Mazanti, 2000; Marco et al., 1999).

De las varias conclusiones obtenidas a la finalización de aquel congreso, una destacaba por encima de todas: la urgente necesidad de monitorear, mediante protocolos y metodologías comunes, a las poblaciones de anfibios, particularmente a aquellas poblaciones y/o especies que en años anteriores hubiesen experimentado un notable descenso.

PRIMERAS EVIDENCIAS

Pronto comenzaron a surgir los primeros resultados. Uno de los más conocidos es el del sapo dorado de Monteverde (Incilius periglenes). Este pequeño sapo, de un vistoso color anaranjado-amarillento, era un endemismo con un área de distribución de tan sólo unos 10 km². Tan pequeña población contaba con la afortunada casualidad de estar situada, no sólo dentro de los límites de una zona protegida -la Reserva Biológica del Bosque Nublado de Monteverde-, sino dentro de uno de los países del mundo que, al menos oficialmente, más se preocupa por la protección y conservación de su patrimonio natural: Costa Rica.

Descubierto en el año 1966 por el herpetólogo Jay Savage (Savage, 1967), este sapo era, dentro de su restringida área de presencia, un anfibio tan común como discreto. Inactivo durante buena parte del año era habitual ver centenares de ejemplares alrededor de las pequeños encharcamientos temporales que se formaban durante la estación lluviosa, a partir de abril, mes en el que comenzaba el período de apareamientos de la especie. Pero algo comenzó a cambiar en la temporada reproductora de 1987; en aquel año, únicamente fueron observados 133 ejemplares. En el año 1988, 10. En el 1989, 1 ejemplar. Después… el silencio.

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Macho de sapo dorado de Monteverde (Incilius periglenes).

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Fueron varias las prospecciones que se realizaron en su búsqueda durante los siguientes años. La última en 2004. En ninguna de ellas fue detectado, siquiera, un solo ejemplar. Hoy día, la IUNC (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) da a la especie como extinguida (Savage et al., 2008).

El impacto que causó la desaparición de esta especie en los conservadores de fauna costarricenses fue profundo. Y todos, sin excepción, se hacían las mismas preguntas: ¿Cómo era posible que un animal tan abundante hubiese desaparecido? ¿Cómo era posible que hubiese desaparecido en el transcurso de tan pocos años? ¿Cómo se podía explicar que lo hubiese hecho en un área protegida, en un entorno inalterado? A lo largo de las últimas décadas, han sido varias las explicaciones que se han dado para responder a esas cuestiones: el calentamiento global, la introducción de especies invasoras, las perturbaciones originadas por fenómenos climáticos o las enfermedades emergentes son las principales causas sugeridas (Pounds & Crump, 1994; Savage, 2002). En la actualidad, el evento de El Niño, con un periodo extraordinariamente seco acaecido en los años 1986-1987, es la última causa postulada para explicar tan fulminante desaparición (Anchukaitis & Evans, 2010).

Un infortunio biológico muy parecido al que acabamos de ver recayó sobre otra especie, la rana de Loja (Telmatobius cirrhacelis). Descrita a finales de la década de los 70 por la zoóloga Linda Trueb (Trueb, 1979), esta pequeña rana vivía en los altos, fríos, húmedos y ventosos páramos de la Cordillera Oriental de los Andes, en Ecuador.

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Individuo adulto de rana de Loja (Telmatobius cirrhacelis).

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Dos años más tarde, en noviembre de 1981, en las lagunas del Compadre, se obtenía una nueva cita para la especie. En julio de 1987 se visitó su localidad tipo, el Abra de Zamora, a 2850 msnm.; no se constató la presencia de ningún ejemplar. En enero de 1990, en mayo de 1992, en febrero de 1994, en diciembre de 1994, en agosto de 1998, en agosto de 1999, en septiembre de 2001 y en el año 2003 se efectuaron minuciosas prospecciones en los lugares donde había sido visto entre 1979 y 1981. En todas ellas se obtuvieron los mismos resultados: el silencio de la especie. La IUNC, desde 2015, lo tiene catalogado como posiblemente extinguido. Las causas de su probable extinción parecen apuntar a una serie de eventos atmosféricos anormales como altas temperaturas, escasez de lluvias y períodos de sequía que pudieron provocar no sólo la muerte directa de un buen número de ejemplares, sino el aumento de la virulencia de agentes patógenos causantes de varias enfermedades y anomalías, entre ellas una que con el tiempo se ha revelado como enormemente devastadora para los anfibios: la quitridiomicosis, cuyo agente infeccioso es un hongo, el Batrachochytrium dendrobatidis. Además de ésta, otras tres especies (de las 64 que forman la familia Telmotobiidae) están posiblemente extinguidas (Merino-Viteri et al., 2005).

En el otro extremo del Pacífico, en la enorme isla-continente de Australia, la suerte no iba a ser diferente para dos asombrosas especies de ranas. Una de ellas, la rana gástrica meridional (Rheobatrachus silus), vivía en el sudeste del estado de Queensland, en las corrientes de arroyos situados entre los 350 y los 800 msnm. Fue descubierta en mayo de 1972 por el también zoólogo David Liem (Liem, 1973). A simple vista parecía una rana cualquiera, pero un año más tarde ocurrió un hecho verdaderamente insólito.

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Hembra de rana gástrica meridional (Rheobatrachus silus) con recién metamorfoseado a punto de ser “dado a luz”.

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No, no es una rana comiéndose a otra rana más pequeña. Es una rana dando a luz a su descendencia. Las hembras de esta rana, una vez que los huevos eran fecundados por el macho, los engullía, alojándolos en la cavidad estomacal. Una vez allí, un compuesto químico que formaba parte de la cubierta gelatinosa de los huevos impedía que las paredes estomacales de la hembra segregasen los habituales jugos gástricos, fundamentales para realizar el proceso digestivo. La hembra, durante ese período, no se alimentaba. Es decir, el estómago quedaba convertido en una cavidad uterina. Pasado un mes y medio eclosionaban los huevos, las larvas que emergían de ellos realizaban todo su desarrollo larvario, se metamorfoseaban y, al final, convertidas en pequeñas ranas, acababan siendo alumbradas por la boca.

En los años posteriores la especie siguió siendo objeto de estudio. En el año 1976 se realizó una estima poblacional en la cabecera de uno de los arroyos en los que habitaba. En los años posteriores continuó siendo vista en los medios fluviales que ocupaba… hasta 1979, año a partir del cual aquellas ranas desaparecieron como por arte de ensalmo. Dos años más tarde, en 1981, fue visto un único ejemplar en la zona de Blackall Range (Richards et al., 1993). En los meses siguientes se realizaron intensos muestreos con el objeto de encontrarla (Hines et al., 1999). No hubo ningún resultado positivo. Por último, en noviembre del año 1983, en los laboratorios de una universidad australiana, moría un ejemplar que había sido mantenido en cautividad. Era el último representante de la especie.

La rana gástrica norteña (Rheobatrachus vitellinus) era, junto a la especie precedente, el otro miembro conocido del género Rheobatrachus. Fue descubierta para la ciencia en el año 1984 (Mahony et al., 1984) y al igual que su pariente meridional, vivía en el estado de Queensland, más concretamente en un sector de selva tropical de unos 500 km², dentro de los límites del Parque Nacional de Eungella.

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Arroyo en el Parque Nacional de Eungella, Australia.Hábitat típico de la extinta Rheobatrachus vitellinus.

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De mayor tamaño que su pariente meridional, Rheobatrachus vitellinus desapareció de la faz del planeta sólo año y medio después de ser descubierto por la ciencia.

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Al igual que en su pariente extinguido, el proceso de incubación tenía lugar en el estómago, mientras que el alumbramiento se completaba a través de la cavidad bucal. Pero a diferencia de Rheobatrachus silus, en esta especie no se observó que sus huevos inhibieran los jugos gástricos del estómago. Simple y llanamente, las hembras en período de gestación, evitaban la digestión de los huevos y de las larvas nacidos de ellos recubriéndolos con mucosidad. El hecho de que fuera descubierta un año después de la extinción de su congénere sureño, produjo una enorme alegría entre la comunidad de herpetólogos australianos. Año y medio después la alegría había desaparecido (McDonald, 1990). La especie estaba extinta en su medio natural. A lo largo de los tres años posteriores, los pocos ejemplares cautivos fueron falleciendo a medida que cumplían su esperanza de vida. En el año 1988 moría el último ejemplar. Después, otra vez, el silencio.

Durante varios años se analizaron las posibles causas de la desaparición de las ranas de incubación gástrica. Se plantearon alteraciones en el hábitat, recolección masiva de ejemplares, sequías, inundaciones, inusitadas tasas de depredación, estrés, enfermedades… . Hoy día, y debido a que han sido analizadas numerosas muestras procedentes de seis especies de anfibios australianos extintos en ese mismo período, se cree que la causa más probable es la misma que llevó a éstas y a otras especies a su total desaparición: el hongo quitridio Batrachochytrium dendrobatidis. Y es que, con el tiempo, este hongo, extendido ya por los cinco continentes, y del que todavía no se tiene muy claro cómo ha podido extenderse por tantísimas regiones del planeta, se ha desvelado, junto con la pérdida de hábitat y la introducción de especies alienígenas, como la razón primordial de la rarefacción y/o extinción de numerosas poblaciones y especies de anfibios.

EVIDENCIAS DEFINITIVAS Y SITUACIÓN ACTUAL

A lo largo de la década de los 90, no dejaron de realizarse estudios de campo en los que se evidenciaban las tendencias poblacionales negativas de un cada vez mayor número de especies. Pero no fue hasta el inicio del nuevo milenio, mediante un breve pero sustancioso artículo elaborado a partir de los datos obtenidos a través de series temporales largas, en algunos casos de hasta 30 años (Houlahan et al., 2000), cuando se proporcionó la certeza definitiva: los anfibios, efectivamente, estaban desapareciendo de todo el mundo.

En la Península Ibérica, las primeras evidencias de la llegada del hongo se sustanciaron en mortandades masivas de larvas y metamórficos de sapo partero común (Alytes obstetricans) registradas en el año 1995, en una zona del norte de Burgos (Barbadillo, 1999). Paralelamente en el Pirineo oscense, concretamente en el ibón de Piedrafita, se constató el que, afortunadamente, ha sido hasta ahora el único caso de mortalidad atribuido a la enfermedad de la “pata roja”, una suerte de infección causada por la bacteria Aeromonas hydrophila (Márquez et al., 1995). En este caso, la especie afectada volvió a ser Alytes obstericans, taxón que volvió a ser víctima, en el año 1997, en el Parque Natural de Peñalara, de un nuevo episodio de mortandad masiva provocada por B. dendrobatidis. La ola de contagios se repitió en los años 1998 y 1999, al punto de hacer desaparecer a las larvas de esta especie de la práctica totalidad de las masas de agua donde se reproducía (Bosch, et al., 2001). Afortunadamente, el resto de las especies presentes en el parque no se vieron afectadas. En la actualidad, y después de importantes esfuerzos de conservación, las poblaciones guadarrameñas de este pequeño sapo continúan recuperándose de aquella tremenda debacle poblacional.

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Macho de sapo partero (Alytes obstetricans) transportando la puesta. Obsérvense las larvas en el interior de los huevos en un avanzado estado de desarrollo.

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Durante los últimos años se han seguido produciendo acontecimientos similares, tanto aquí como en otras zonas del globo. En la Península Ibérica se han detectado nuevos episodios de mortandades masivas en el Parque Nacional de los Picos de Europa y en el pontevedrés embalse de Pontillón (Price et al., 2014), o en la portuguesa sierra de Estrela (Rosa et al., 2017). En éstos y otros casos se ha documentado que el agente causante es un tipo de iridovirus del género Ranavirus. Estos virus son los responsables de sucesos similares en zonas de Norteamérica, China, Australia, Venezuela o Gran Bretaña (Green et al., 2002; Collins et al., 2003; Jancovich et al., 2005), lugares donde no sólo se ha comprobado su afección a distintas especies de anfibios, sino al resto de clases de vertebrados como reptiles, peces, mamíferos y aves.

Por si esto fuera poco, en al año 2013 se describió un nuevo agente patógeno, un nuevo hongo emparentado con el anterior, el Batrachochytrium salamandrivorans. Este único organismo, en muy pocos años, ha extinguido la totalidad de las poblaciones de salamandra común (Salamandra salamandra) así como las de otras especies de urodelos ( Lissotriton sp., Ichthyosaura alpestris, Triturus cristatus) en amplias zonas de Bélgica y Holanda (Martel et al., 2013). En este caso se sospecha que el origen de la enfermedad está en el comercio que se realiza con anfibios originarios del continente asiático.

Es evidente que no sólo son las enfermedades producidas por bacterias, virus y hongos las que están diezmando a los anfibios en todo el mundo. Muchos otros son los problemas que les afectan: pérdida o deterioro de sus hábitats (urbanismo, plantaciones silvícolas, incendios, desecación de hábitats acuáticos…), introducción de especies alóctonas, vertidos, contaminación, uso de biocidas, cambio climático, aumento de la radiación ultravioleta, captura para su comercio… (Galán, 1999) .

A lo largo de las últimas décadas, y a medida que se ha ido profundizando en el conocimiento de las más de 7.800 especies de anfibios y en los factores que las afectan negativamente, no ha hecho más que aumentar la alarma sobre el futuro de esta clase de animales (Stuart et al., 2008; Galán, 2015). Hoy en día sabemos que con un 41% de especies amenazadas son la clase de vertebrados con un futuro más comprometido. Cuatro de cada diez especies de anfibios están en serio peligro de desaparecer.

El escaso interés que suscita en amplios sectores de la sociedad la conservación de la Naturaleza en general, y de la protección de la fauna en particular, se ve colmado con noticias que tratan sobre los peligros a los que se ven sometidos linces, lobos, águilas, ballenas, leones u otras especies de macrovertebrados. Es evidente que al lado de mamíferos y aves, para el gran público, y por degracia también para la Administración, los anfibios no son más que meros figurantes en el escenario de la vida. Sin embargo, cometeríamos un grave error y una grave injusticia condenándolos a su desaparición. Ellos fueron, hace casi 400 millones de años, los primeros vertebrados terrestres en conquistar la tierra firme. Ellos fueron los primeros que hicieron posible que nosotros ahora estemos aquí. Ellos fueron unos de los principales artífices en prodigar el asombroso fenómeno de la vida en este planeta: el mayor espectáculo jamás concebido.

Y ahora, y antes de finalizar con las pertinentes referencias bibliográficas, un breve consejo de utilidad pública.

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REFERENCIAS

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