La mirada del mendigo

16 marzo 2018

El declive de los anfibios o el silencio de los primeros vertebrados terrestres

Filed under: Ecología — Sr. Moñoño @ 22:39

 

Esta fuerza del mal. ¿De dónde viene?

¿Cómo se ha introducido aquí?

¿De qué semilla, de qué raíz procede?

¿Quién es el responsable?

¿Quién nos mata?”

James Jones

Todo comenzó en el año 1989, en la localidad inglesa de Canterbury, en los actos del Primer Congreso Mundial de Herpetología. En los animados corrillos que se gestaban en los interludios del apretado programa de conferencias, comunicaciones y pósters, un preocupante asunto se iba haciendo cada vez más presente en el seno de aquellas improvisadas charlas: el alarmante descenso o incluso la desaparición de poblaciones de anfibios, otrora comunes o abundantes, que un buen número de herpetólogos venían detectando a lo largo de los últimos lustros; y lo que era aún peor, la aparente extinción, durante ese mismo período de tiempo, de una apreciable cantidad de especies. El fenómeno parecía abarcar las cuatro esquinas del planeta, pero presentaba tintes de extrema gravedad en zonas geográficas concretas que iban desde las exuberantes junglas del sur de Asia, hasta las pluviselvas tropicales en zonas montañosas de Centro y Sudamérica, pasando por remotas regiones del continente australiano o lugares montañosos e igualmente apartados de Norteamérica.

Aunque las referencias históricas sobre la disminución de poblaciones de ciertas especies de anfibios no eran desconocidas, caso de la rana leopardo (Lithobates onca) en Nevada (Wright & Wright, 1949), de la rana toro americana (Rana catesbeiana) y la rana de patas rojas (Rana draytonii) en California (Jennings & Hayes, 1985) o del sapo de las Grandes Llanuras (Anaxyrus cognatus) en Oklahoma (Bragg, 1960), no se tenían datos lo suficientemente robustos, basados en experimentos de campo realizados a lo largo de series temporales superiores a los 10-15 años, como para discernir sobre si esos declives poblacionales se debían a simples variaciones naturales (las dinámicas poblacionales de muchas especies de anfibios están sujetas a grandes oscilaciones temporales) (Marsh & Trenham, 2001; Marsh, 2001; Tejedo, 2003) o a perturbaciones relacionadas con, por ejemplo, factores climáticos (Pounds & Crump, 1994) o contaminantes (Marco et al., 2001; Cowman & Mazanti, 2000; Marco et al., 1999).

De las varias conclusiones obtenidas a la finalización de aquel congreso, una destacaba por encima de todas: la urgente necesidad de monitorear, mediante protocolos y metodologías comunes, a las poblaciones de anfibios, particularmente a aquellas poblaciones y/o especies que en años anteriores hubiesen experimentado un notable descenso.

PRIMERAS EVIDENCIAS

Pronto comenzaron a surgir los primeros resultados. Uno de los más conocidos es el del sapo dorado de Monteverde (Incilius periglenes). Este pequeño sapo, de un vistoso color anaranjado-amarillento, era un endemismo con un área de distribución de tan sólo unos 10 km². Tan pequeña población contaba con la afortunada casualidad de estar situada, no sólo dentro de los límites de una zona protegida -la Reserva Biológica del Bosque Nublado de Monteverde-, sino dentro de uno de los países del mundo que, al menos oficialmente, más se preocupa por la protección y conservación de su patrimonio natural: Costa Rica.

Descubierto en el año 1966 por el herpetólogo Jay Savage (Savage, 1967), este sapo era, dentro de su restringida área de presencia, un anfibio tan común como discreto. Inactivo durante buena parte del año era habitual ver centenares de ejemplares alrededor de las pequeños encharcamientos temporales que se formaban durante la estación lluviosa, a partir de abril, mes en el que comenzaba el período de apareamientos de la especie. Pero algo comenzó a cambiar en la temporada reproductora de 1987; en aquel año, únicamente fueron observados 133 ejemplares. En el año 1988, 10. En el 1989, 1 ejemplar. Después… el silencio.

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Macho de sapo dorado de Monteverde (Incilius periglenes).

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Fueron varias las prospecciones que se realizaron en su búsqueda durante los siguientes años. La última en 2004. En ninguna de ellas fue detectado, siquiera, un solo ejemplar. Hoy día, la IUNC (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) da a la especie como extinguida (Savage et al., 2008).

El impacto que causó la desaparición de esta especie en los conservadores de fauna costarricenses fue profundo. Y todos, sin excepción, se hacían las mismas preguntas: ¿Cómo era posible que un animal tan abundante hubiese desaparecido? ¿Cómo era posible que hubiese desaparecido en el transcurso de tan pocos años? ¿Cómo se podía explicar que lo hubiese hecho en un área protegida, en un entorno inalterado? A lo largo de las últimas décadas, han sido varias las explicaciones que se han dado para responder a esas cuestiones: el calentamiento global, la introducción de especies invasoras, las perturbaciones originadas por fenómenos climáticos o las enfermedades emergentes son las principales causas sugeridas (Pounds & Crump, 1994; Savage, 2002). En la actualidad, el evento de El Niño, con un periodo extraordinariamente seco acaecido en los años 1986-1987, es la última causa postulada para explicar tan fulminante desaparición (Anchukaitis & Evans, 2010).

Un infortunio biológico muy parecido al que acabamos de ver recayó sobre otra especie, la rana de Loja (Telmatobius cirrhacelis). Descrita a finales de la década de los 70 por la zoóloga Linda Trueb (Trueb, 1979), esta pequeña rana vivía en los altos, fríos, húmedos y ventosos páramos de la Cordillera Oriental de los Andes, en Ecuador.

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Individuo adulto de rana de Loja (Telmatobius cirrhacelis).

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Dos años más tarde, en noviembre de 1981, en las lagunas del Compadre, se obtenía una nueva cita para la especie. En julio de 1987 se visitó su localidad tipo, el Abra de Zamora, a 2850 msnm.; no se constató la presencia de ningún ejemplar. En enero de 1990, en mayo de 1992, en febrero de 1994, en diciembre de 1994, en agosto de 1998, en agosto de 1999, en septiembre de 2001 y en el año 2003 se efectuaron minuciosas prospecciones en los lugares donde había sido visto entre 1979 y 1981. En todas ellas se obtuvieron los mismos resultados: el silencio de la especie. La IUNC, desde 2015, lo tiene catalogado como posiblemente extinguido. Las causas de su probable extinción parecen apuntar a una serie de eventos atmosféricos anormales como altas temperaturas, escasez de lluvias y períodos de sequía que pudieron provocar no sólo la muerte directa de un buen número de ejemplares, sino el aumento de la virulencia de agentes patógenos causantes de varias enfermedades y anomalías, entre ellas una que con el tiempo se ha revelado como enormemente devastadora para los anfibios: la quitridiomicosis, cuyo agente infeccioso es un hongo, el Batrachochytrium dendrobatidis. Además de ésta, otras tres especies (de las 64 que forman la familia Telmotobiidae) están posiblemente extinguidas (Merino-Viteri et al., 2005).

En el otro extremo del Pacífico, en la enorme isla-continente de Australia, la suerte no iba a ser diferente para dos asombrosas especies de ranas. Una de ellas, la rana gástrica meridional (Rheobatrachus silus), vivía en el sudeste del estado de Queensland, en las corrientes de arroyos situados entre los 350 y los 800 msnm. Fue descubierta en mayo de 1972 por el también zoólogo David Liem (Liem, 1973). A simple vista parecía una rana cualquiera, pero un año más tarde ocurrió un hecho verdaderamente insólito.

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Hembra de rana gástrica meridional (Rheobatrachus silus) con recién metamorfoseado a punto de ser “dado a luz”.

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No, no es una rana comiéndose a otra rana más pequeña. Es una rana dando a luz a su descendencia. Las hembras de esta rana, una vez que los huevos eran fecundados por el macho, los engullía, alojándolos en la cavidad estomacal. Una vez allí, un compuesto químico que formaba parte de la cubierta gelatinosa de los huevos impedía que las paredes estomacales de la hembra segregasen los habituales jugos gástricos, fundamentales para realizar el proceso digestivo. La hembra, durante ese período, no se alimentaba. Es decir, el estómago quedaba convertido en una cavidad uterina. Pasado un mes y medio eclosionaban los huevos, las larvas que emergían de ellos realizaban todo su desarrollo larvario, se metamorfoseaban y, al final, convertidas en pequeñas ranas, acababan siendo alumbradas por la boca.

En los años posteriores la especie siguió siendo objeto de estudio. En el año 1976 se realizó una estima poblacional en la cabecera de uno de los arroyos en los que habitaba. En los años posteriores continuó siendo vista en los medios fluviales que ocupaba… hasta 1979, año a partir del cual aquellas ranas desaparecieron como por arte de ensalmo. Dos años más tarde, en 1981, fue visto un único ejemplar en la zona de Blackall Range (Richards et al., 1993). En los meses siguientes se realizaron intensos muestreos con el objeto de encontrarla (Hines et al., 1999). No hubo ningún resultado positivo. Por último, en noviembre del año 1983, en los laboratorios de una universidad australiana, moría un ejemplar que había sido mantenido en cautividad. Era el último representante de la especie.

La rana gástrica norteña (Rheobatrachus vitellinus) era, junto a la especie precedente, el otro miembro conocido del género Rheobatrachus. Fue descubierta para la ciencia en el año 1984 (Mahony et al., 1984) y al igual que su pariente meridional, vivía en el estado de Queensland, más concretamente en un sector de selva tropical de unos 500 km², dentro de los límites del Parque Nacional de Eungella.

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Arroyo en el Parque Nacional de Eungella, Australia.Hábitat típico de la extinta Rheobatrachus vitellinus.

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De mayor tamaño que su pariente meridional, Rheobatrachus vitellinus desapareció de la faz del planeta sólo año y medio después de ser descubierto por la ciencia.

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Al igual que en su pariente extinguido, el proceso de incubación tenía lugar en el estómago, mientras que el alumbramiento se completaba a través de la cavidad bucal. Pero a diferencia de Rheobatrachus silus, en esta especie no se observó que sus huevos inhibieran los jugos gástricos del estómago. Simple y llanamente, las hembras en período de gestación, evitaban la digestión de los huevos y de las larvas nacidos de ellos recubriéndolos con mucosidad. El hecho de que fuera descubierta un año después de la extinción de su congénere sureño, produjo una enorme alegría entre la comunidad de herpetólogos australianos. Año y medio después la alegría había desaparecido (McDonald, 1990). La especie estaba extinta en su medio natural. A lo largo de los tres años posteriores, los pocos ejemplares cautivos fueron falleciendo a medida que cumplían su esperanza de vida. En el año 1988 moría el último ejemplar. Después, otra vez, el silencio.

Durante varios años se analizaron las posibles causas de la desaparición de las ranas de incubación gástrica. Se plantearon alteraciones en el hábitat, recolección masiva de ejemplares, sequías, inundaciones, inusitadas tasas de depredación, estrés, enfermedades… . Hoy día, y debido a que han sido analizadas numerosas muestras procedentes de seis especies de anfibios australianos extintos en ese mismo período, se cree que la causa más probable es la misma que llevó a éstas y a otras especies a su total desaparición: el hongo quitridio Batrachochytrium dendrobatidis. Y es que, con el tiempo, este hongo, extendido ya por los cinco continentes, y del que todavía no se tiene muy claro cómo ha podido extenderse por tantísimas regiones del planeta, se ha desvelado, junto con la pérdida de hábitat y la introducción de especies alienígenas, como la razón primordial de la rarefacción y/o extinción de numerosas poblaciones y especies de anfibios.

EVIDENCIAS DEFINITIVAS Y SITUACIÓN ACTUAL

A lo largo de la década de los 90, no dejaron de realizarse estudios de campo en los que se evidenciaban las tendencias poblacionales negativas de un cada vez mayor número de especies. Pero no fue hasta el inicio del nuevo milenio, mediante un breve pero sustancioso artículo elaborado a partir de los datos obtenidos a través de series temporales largas, en algunos casos de hasta 30 años (Houlahan et al., 2000), cuando se proporcionó la certeza definitiva: los anfibios, efectivamente, estaban desapareciendo de todo el mundo.

En la Península Ibérica, las primeras evidencias de la llegada del hongo se sustanciaron en mortandades masivas de larvas y metamórficos de sapo partero común (Alytes obstetricans) registradas en el año 1995, en una zona del norte de Burgos (Barbadillo, 1999). Paralelamente en el Pirineo oscense, concretamente en el ibón de Piedrafita, se constató el que, afortunadamente, ha sido hasta ahora el único caso de mortalidad atribuido a la enfermedad de la “pata roja”, una suerte de infección causada por la bacteria Aeromonas hydrophila (Márquez et al., 1995). En este caso, la especie afectada volvió a ser Alytes obstericans, taxón que volvió a ser víctima, en el año 1997, en el Parque Natural de Peñalara, de un nuevo episodio de mortandad masiva provocada por B. dendrobatidis. La ola de contagios se repitió en los años 1998 y 1999, al punto de hacer desaparecer a las larvas de esta especie de la práctica totalidad de las masas de agua donde se reproducía (Bosch, et al., 2001). Afortunadamente, el resto de las especies presentes en el parque no se vieron afectadas. En la actualidad, y después de importantes esfuerzos de conservación, las poblaciones guadarrameñas de este pequeño sapo continúan recuperándose de aquella tremenda debacle poblacional.

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Macho de sapo partero (Alytes obstetricans) transportando la puesta. Obsérvense las larvas en el interior de los huevos en un avanzado estado de desarrollo.

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Durante los últimos años se han seguido produciendo acontecimientos similares, tanto aquí como en otras zonas del globo. En la Península Ibérica se han detectado nuevos episodios de mortandades masivas en el Parque Nacional de los Picos de Europa y en el pontevedrés embalse de Pontillón (Price et al., 2014), o en la portuguesa sierra de Estrela (Rosa et al., 2017). En éstos y otros casos se ha documentado que el agente causante es un tipo de iridovirus del género Ranavirus. Estos virus son los responsables de sucesos similares en zonas de Norteamérica, China, Australia, Venezuela o Gran Bretaña (Green et al., 2002; Collins et al., 2003; Jancovich et al., 2005), lugares donde no sólo se ha comprobado su afección a distintas especies de anfibios, sino al resto de clases de vertebrados como reptiles, peces, mamíferos y aves.

Por si esto fuera poco, en al año 2013 se describió un nuevo agente patógeno, un nuevo hongo emparentado con el anterior, el Batrachochytrium salamandrivorans. Este único organismo, en muy pocos años, ha extinguido la totalidad de las poblaciones de salamandra común (Salamandra salamandra) así como las de otras especies de urodelos ( Lissotriton sp., Ichthyosaura alpestris, Triturus cristatus) en amplias zonas de Bélgica y Holanda (Martel et al., 2013). En este caso se sospecha que el origen de la enfermedad está en el comercio que se realiza con anfibios originarios del continente asiático.

Es evidente que no sólo son las enfermedades producidas por bacterias, virus y hongos las que están diezmando a los anfibios en todo el mundo. Muchos otros son los problemas que les afectan: pérdida o deterioro de sus hábitats (urbanismo, plantaciones silvícolas, incendios, desecación de hábitats acuáticos…), introducción de especies alóctonas, vertidos, contaminación, uso de biocidas, cambio climático, aumento de la radiación ultravioleta, captura para su comercio… (Galán, 1999) .

A lo largo de las últimas décadas, y a medida que se ha ido profundizando en el conocimiento de las más de 7.800 especies de anfibios y en los factores que las afectan negativamente, no ha hecho más que aumentar la alarma sobre el futuro de esta clase de animales (Stuart et al., 2008; Galán, 2015). Hoy en día sabemos que con un 41% de especies amenazadas son la clase de vertebrados con un futuro más comprometido. Cuatro de cada diez especies de anfibios están en serio peligro de desaparecer.

El escaso interés que suscita en amplios sectores de la sociedad la conservación de la Naturaleza en general, y de la protección de la fauna en particular, se ve colmado con noticias que tratan sobre los peligros a los que se ven sometidos linces, lobos, águilas, ballenas, leones u otras especies de macrovertebrados. Es evidente que al lado de mamíferos y aves, para el gran público, y por degracia también para la Administración, los anfibios no son más que meros figurantes en el escenario de la vida. Sin embargo, cometeríamos un grave error y una grave injusticia condenándolos a su desaparición. Ellos fueron, hace casi 400 millones de años, los primeros vertebrados terrestres en conquistar la tierra firme. Ellos fueron los primeros que hicieron posible que nosotros ahora estemos aquí. Ellos fueron unos de los principales artífices en prodigar el asombroso fenómeno de la vida en este planeta: el mayor espectáculo jamás concebido.

Y ahora, y antes de finalizar con las pertinentes referencias bibliográficas, un breve consejo de utilidad pública.

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REFERENCIAS

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Barbadillo, L. J. (1999): El declive mundial de los anfibios. Biológica, 39: 58-61.

Bosch, J.; Martínez-Solano, I. & García-París, M. (2001): Evidence of a chytrid fungus infection in the decline of the midwife toad (Alytes obstetricans) in protected areas of Central Spain. Biological Conservation, 97: 331-337.

Bragg, A. N. (1960): Population fluctuation in the amphibian fauna of Cleveland County, Oklaoma during the past twenty-five years. Southwestern Naturalist, 5: 165-169.

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17 diciembre 2017

Cómo era Galicia antes de que empezásemos a destrozarla

Filed under: Ecología — Nadir @ 17:45

devesa da rogueira

Debería ser evidente que, antes de emprender un camino, deberíamos dilucidar cuál es el destino. Muchas veces he abogado desde este (muy poco) humilde espacio por la regeneración ecológica gallega o, más en general, del noroeste peninsular: una región ecológica y climática devastada por los incendios y los monocultivos forestales.

Algún día, nuestras sociedades abandonarán la bestialidad y se plantearán la restauración de los ecosistemas destruidos, por décadas, siglos de depredación sobre el medio. Pero para ello, el primer paso es conocer cuál era el estado original, cómo era esa combinación de seres vivos que la Naturaleza ensayó (porque no hay inteligencia en ella, actúa a prueba y error, suyo es el tiempo) hasta lograr la fórmula perfecta en la que el sistema lograba el equilibrio entre todas las especies. Es decir, buscamos una máquina del tiempo que nos traslade a la Galicia primigenia antes de empezar la antropización sobre el medio, para conocer cuál era la distribución de las especies y su proporción, al menos las más relevantes para poder caracterizar ese ecosistema con visos a procurar restaurarlo. Como si fuera una obra de arte, lo es, estudiar cómo debió ser el original cuando salió del taller del maestro para devolverle a la tabla o lienzo todo su esplendor original, sin añadidos espurios.

Y es que el infierno está empedrado de buenas intenciones: ponerse a plantar las especies que nos parezcan, sin un estudio previo, puede acabar causando más daño que el que se pretende remediar.

Evidentemente, podemos analizar aquellos escasos rincones de nuestra geografía que se han mantenido moderadamente ajenos a la intervención humana, sin embargo siempre nos queda la duda de qué partes de la obra maestra son las originales, y qué capas de color son añadidos y refacciones posteriores. Al final, no nos queda más remedio que entrar en la máquina del tiempo y viajar a un momento en el pasado en el que el impacto de la actividad humana sobre los ecosistemas fuera aún menor.

Ésta tiene métodos indirectos, como revisar las fuentes históricas. Por ejemplo, sabemos que el legislador gallego considera al Pinus sylvestris como especie autóctona. Todo ser humano racionalmente sano (es decir, exceptuando los funcionarios cuyo universo está limitado por reglamentos) comprende que la Ley no es criterio de veracidad, que algo sea publicado en el BOE o en el DOGA no quiere decir que sea cierto, sólo que hay una administración que lo impone. Sin embargo, repasando la documentación histórica, vemos que según nos remontamos en el tiempo ningún autor hace referencia a los pinos. No hay textos históricos producidos o haciendo referencia a Galicia, que mencionen el pino, lo cual es notable en una sociedad que vivía mucho más en contacto con el medio natural que nosotros. En los textos medievales encontramos referencias a los robles, a los castaños, a los tejos… pero no encontramos mención a ningún pino. ¿Curioso, verdad, tratándose de un árbol “autóctono”?

Revisar el registro arqueológico es otra vía indirecta de aproximación al estudio de los ecosistemas pretéritos. Por ejemplo, podemos investigar con qué especies están construidas las herramientas, vigas, traviesas que han sobrevivido por diversas causas y llegado hasta nuestros días. Roble, aliso, boj… la lista es interminable, cada madera tenía su uso especializado. Sin embargo, sorprendentemente (para quien aún espere una mínima cultura y bonhomía en el legislador), no encontramos nada fabricado con madera de pino, a poco que retrocedamos un par de siglos.

También hay ocasiones que en las excavaciones arqueológicas aparecen restos de frutos, que son el campo de estudio de la carpología. Sin embargo, su aparición está asociada a contextos humanos, y por lo tanto no es una imagen fiel de la distribución de especies vegetales, sino sólo el testimonio de aquellas que tenían aprovechamiento nutritivo.

Así que llegamos al arma más potente de la que disponemos para generar una representación fideligna de los ecosistemas pasados: la paleopalinología, el estudio de los pólenes conservados en depósitos bajo circunstancias excepcionales que los han preservado de la descomposición (generalmente un medio ácido que inhibe la actividad microbiana, como el de las turberas).

Obviamente, sólo nos permite conocer la distribución de especies vegetales, pero recomponiendo el andamiaje vegetal la ecología (rama de la biología que estudia los ecosistemas en su conjunto) puede fácilmente completar (con ayuda también del registro fósil) el puzzle con las especies animales asociadas a ese entorno. Además, gracias al estudio de su estratigrafía, podemos estudiar la evolución de la predominancia de unas especies u otras a lo largo de los diferentes periodos climáticos.

Y bien, he estado revisando los estudios paleopalinológicos para conocer de primera mano cómo era la tierra que habitamos antes de que la empezásemos a destruir, primero con pequeños claros para la agricultura, la ganadería y la obtención de madera como combustible y materia prima. Esos claros se fueron adueñando del paisaje según la demografía se hacía más fuerte y los medios mecánicos para transformar el medio se multiplicaban, hasta alcanzar el máximo en los años ’50 del pasado siglo, en que los ecosistemas estaban arrinconados en las zonas más inaccesibles, y la mayoría del territorio estaba dedicado a la actividad agropecuaria. Que hay también quien pone en este momento, justo antes del éxodo rural, el origen o modelo al que el paisaje gallego debería tender: una Galicia sin árboles, toda pastos y cultivos, tal y como fue recogida en el vuelo americano de 1956. Cuesta tomar en serio a alguien que se plantee que el mundo fue creado a mediados del pasado siglo, sin pretender estudiar qué había antes de ese paisaje extremadamente humanizado, sobre el cual se plantaron los pinos y eucaliptos que vemos hoy.

¿Qué había antes de que ocupásemos el paisaje? No es tan difícil encontrar en la red cumplida respuesta en la evidencia científica disponible:

Estudio palinológico de la turbera de Ameneiros
Aportación al estudio palinológico del género Quercus en Galicia
Los estudios polínicos en España, utilizados en la reconstrucción climática de los últimos 10.000 años
Paleoethnobotánica de yacimientos arqueológicos holocenos de Galicia
Estudio palinológico de la turbera de Pena Veira
Estudio palinológico de la turbera de Sever
Estudio palinológico de la turbera de Schwejk (que, aunque el nombre no lo sugiera, está cerca de Mondoñedo).
Estudio palinológico de la turbera do Río das Furnas.
Análisis paleopalinológico del yacimiento prehistórico de Prazo (Freixo de Numao, Vila Nova de Foz Coa)

Espero sepáis disculpar que me centre en el estudio del país donde habito, que es mi responsabilidad más directa, pero os dejo a vosotros investigar si se os despierta la loable curiosidad de conocer cómo era el paisaje allá donde vivís en aquellos tiempos remotos.

Bueno, y ya está bien de suspense, ¿cómo era esta tierra originalmente?

En los registros polínicos del Holoceno (la era geológica en la que vivimos) se nos revelan unas tierras que van despertando del duro invierno de la última glaciación, en que la vegetación era similar al bosque boreal que nos podemos encontrar en la Siberia actual (la tundra y la taiga), con predominio de vegetación herbácea y en la cual los escasos árboles que soportaban el intenso frío eran coníferas. O sea que sí, Pinus sylvestris es una especie autóctona gallega, tan autóctona como el mamut o el bisonte: es decir, especies que desaparecieron con el cambio de clima hace 10.000 años, quedando reducida su presencia a ejemplares aislados o pequeños grupos en la zona de cumbres (como el pinar de Lillo, que os mostré el otro día). Precisamente Pinus es un género con una lluvia polínica muy abundante, y que como se menciona en el tercer documento enlazado está sobrerrepresentado en las series polínicas, sugiriendo una presencia superior a la real.

Con la mejora de las temperaturas, las especies que se habían refugiado en los valles más abrigados y latitudes más meridionales empiezan su reconquista, y en la avanzadilla ya destaca el padre roble. Según las temperaturas se hacen más amables, entran una enorme variedad de especies arbóreas a costa de una reducción en la presencia de especies arbustivas y herbáceas, signo evidente de que el bosque templado iba colonizando progresivamente los claros y las landas dejados tras el periodo glaciar, hasta hacerse omnipresente.

Muestro como ejemplo el análisis polínico del Tremoal de Sever:

El horizonte 1, la muestra más antigua, corresponde al 5.090BP (datado por C14), es decir, estamos en el Bronce Medio y en unas circunstancias climáticas bastante similares a las actuales (periodo sub-boreal), próximas al óptimo climático.

Entre las especies arbóreas, vemos la preponderancia de quercíneas (robles, encinas, alcornoques), seguidos de avellanos (Corylus) y abedules (Betula). En esta armazón se entretejen otras especies arbóreas en menor número, como alisos (Alnus), sauces (salix), olmos (Ulmus), fresnos (Fraxinus), saúco (Sambucus), Frangula (o que en galego chamamos sanguiño, non sei como lle chamaredes vos).

Entre los arbustos, destacan el género Erica (uces, lo que los palurdos llaman “maleza” que hay que “limpiar” a base de mechero) y Calluna (aquí chámase queiroa, outro tipo de uz).

En cuanto a la vegetación herbácea, destacan principalmente los géneros Poaceae (gramíneas) y Cyperaceae (praderías), entre otras muchas.

Vemos que según avanza el tiempo y se generaliza la agricultura (en fechas muy tardías en estas tierras) y la ganadería, una población humana cada vez más numerosa va clareando ese mar de carballos y las especies herbáceas, al principio anecdóticas, se hacen cada vez más numerosas. Lo mismo para el matorral, el brezo del que se sirve la naturaleza para recuperarse del daño causado por los incendios que, ya en aquellos tiempos, se provocaban para generar pastos.

Nuestras montañas, desprovistas casi completamente de tierra, con las peñas al aire, son la consecuencia de siglos soportando las sucesivas quemas y paso de ungulados domésticos. Como demuestran los registros polínicos, no es pues su estado original, natural, sino un paisaje profundamente degradado a causa de la actividad ganadera, quizá la actividad humana de mayor impacto ecológico cuando se desarrolla según su forma tradicional (ganadería extensiva en el piso montano).

Y, al final de la serie, reaparece el polen de pino, procedente de las repoblaciones en tiempos modernos; ese pino al cual el legislador gallego, sin atisbo de vergüenza, confiere el título de “autóctono” y no dudamos que semejantes miserables le den dentro de un tiempo la misma bendición legal al eucalipto (en otro orden de cosas, la misma política de hechos consumados que emplea el sionismo).

En resumen, esta tierra fue un día el absoluto paraíso; una selva impenetrable que fue poco a poco clareada, modificada, hasta el deplorable, vergonzoso, lastimoso estado en que se encuentra hoy.

Esta ha sido, hasta ahora, la reacción de la sociedad gallega ante la evidencia del ecocidio que están cometiendo:

Porque de la deforestación de hace cuatro mil años puede que no tengan la culpa, pero de la repoblación de pinos y eucaliptos, la vorágine de fuegos, o la proliferación de especies invasoras, quién si no la va a tener

Como hemos dicho, esperemos que más pronto que tarde la suciedad gallega, asturleonesa, portuguesa evolucione y supere su estado de bestialidad que los smartphones y ropa de marca mal disimulan, y tome conciencia de la necesidad de proteger lo poco que queda de ecosistemas autóctonos y la necesidad de reparar todo el mal causado: la regeneración ecológica gallega.

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3 diciembre 2017

Can’t skip Portuguese eucaliptus

Filed under: Ecología — Nadir @ 21:57

Soy malo, no lo niego.

Fuchicando por internet, me topo con un anuncio de publicidad institucional promoviendo el turismo en Portugal. No pudiendo reprimir mi curiosidad malsana, precisamente porque conozco Portugal de sobra, me apresté con malicia a saborear el vídeo promocional, a ver qué se atrevían a sacar.

Mucha costa, mucho cerro pelado por reiterados incendios, la poca vegetación que muestran es de Madeira y, cuando al fin abren el plano para mostrar un paisaje arbolado del interior (1:40)…

Caben dos opciones: o el director no ha sido capaz de encontrar ni un rinconcito con restos de vegetación autóctona en todo Portugal, o es que están ya tan degenerados que consideran una plantación de eucaliptos una belleza digna de mostrar al mundo.

Hay que tener poca vergüenza para promocionarse como destino de turismo ambiental, sin renunciar al mismo tiempo al dinerito que deja la completa destrucción de todo el territorio al Norte del Tejo, con los monocultivos forestales de pinos y eucaliptos y los incendios asociados.

La destrucción del patrimonio natural de un país es lamentable. Pero no ser capaz de reconocer la tara e incluso ufanarse en su deformidad es ridículo, grotesco.

El primer paso en la rehabilitación de un toxicómano es reconocer que tiene un problema con las drogas. La sociedad portuguesa, como la gallega, aún sigue instalada en la negación. Para cuando reúnan las fuerzas de afrontar la realidad y se atrevan a mirarse la demacrada, monstruosa cara en el espejo, ya será demasiado tarde.

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11 noviembre 2017

O monte é noso

Filed under: Ecología — Nadir @ 2:43

Atopei este documental do ano 78 sobre o movemento de recuperación das terras comunáis na Galiza. Se non o queredes ver enteiro, queidádevos cos dous primeiros minutos nos que fala a vella. Ela fai un resumo do problema que chega ata os nosos días, o paso dun medio completamente antropizado (agricultura é, por riba de todo, gandeiría) a un de monocultivos forestáis.

Este é a clave que nos diferenza de Europa: o éxodo rural tivo lugar en todas partes, permitindo a recuperación duns ecosistemas que a presión demográfica laváraos ó límite, mais na Galiza os montes enchéronse de piñeiros e eucaliptos (primeiro pola forza, como contan os veciños nesta metraxe, rachando coa estructura de producción das aldeas, e logo de bo grado como complemento das pensións), impedindo esa reconquista por parte da Natureza dos seus antigos predios.

E así chegamos até a actualidade.

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4 noviembre 2017

La plaga. Episodio II: el Eucalyptus nitens

Filed under: Ecología — Nadir @ 8:40

Esta es la mayor amenaza que afronta la Naturaleza en las regiones atlánticas/cantábricas de la península.

En Asturias se ha felizmente prohibido (a ver hasta cuando), pero en el resto del cuadrante noroccidental peninsular sigue permitiéndose repoblar con lo que a cada cual se le antoje.

Estas fotos son de una finca en la que se han cortado los carballos y sustituido por este vampiro vegetal. Estamos muy altos, a 1.000m, aquí las nevadas son frecuentes y las heladas muy serias. Condiciones que no podría aguantar el E.globulus que ha colonizado la costa, pero que su hermano, el nitens, aguanta sin problemas.

Las provincias costeras ya no tienen remedio, por debajo de 400m la destrucción de los ecosistemas es absoluta y revertir la situación supondría un esfuerzo descomunal, máxime para una sociedad que no considera como problema haber destruido su patria si con eso saca unos eurillos. El E.globulus estaba limitado por las heladas, pero ahora se están introduciendo otras especies (he resumido con el E.nitens, pero Ecalyptus es un género con cientos de especies, cada una adaptada a unas condiciones climáticas concretas).

Ahora, la prioridad debería ser impedir que la plaga de eucaliptos siga progresando hacia el interior de Lugo, Ourense, León, Zamora, la Liébana, Campoo, Burgos, Palencia, Araba, Salamanca…

Las fotos están sacadas en este pueblo, Rebordechao, en el nacimiento del Arnoia. Este es el nuevo paisaje de este pueblo, donde algún iluminado, hijo de mala madre, lleva años repoblando con eucaliptos. Salvo algún grupo de pinos, la mayoría del verde que veis son eucaliptos. Es evidente el motivo de su plantación: a pesar de ser jóvenes, descollan en altura respecto a las caducifolias autóctonas (robles, abedules, serbales…)

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A los que se lucran con la destrucción de la tierra habría que tratarlos como los traidores que son.

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