La mirada del mendigo

10 enero 2019

Un blanco destello en los bosques

Filed under: Ecología — Sr. Moñoño @ 15:07

Creo recordar que fue hace 20 o 22 años cuando trabé conocimiento con tan singular historia. Y creo recordar que fue a través de la lectura de un pasaje de algún libro publicado mucho tiempo atrás. En aquellas páginas se relataba el proceso de extinción de una especie. Era, por tanto, una historia de extinción similar a la de otras tantas especies desaparecidas; una historia lamentable, funesta, que dejaba un poso de tristeza en quien la leía, sí… pero era la crónica de una extinción al uso, convencional, corriente, casi burocrática. Lo que no se relataba en el pasaje de aquel libro, lógicamente, era la historia que se desarrollaría en los años posteriores a su fecha de edición. Y es que pocos podrían suponer que, con el correr de los años y de los rumores de su pervivencia, y con el acontecer de supuestos avistamientos y de expediciones organizadas con el anhelo de volver a reencontrarlo, el protagonista de aquella historia de extinción ordinaria terminaría por abandonar su condición de ser convencional, físico, de este mundo, para acabar internándose en el territorio de lo mítico, de lo legendario, casi de lo sobrenatural… y también, como veremos más adelante, en el de la polémica científica.

Aquella especie era un ave; en concreto, una de las más de 200 especies que componen la familia Picidae (vulgarmente conocidos como pájaros carpinteros). Eminentemente forestal, habitaba las viejas frondas pinariegas y las fantásticas y densas espesuras pantanosas del sureste de los Estados Unidos, así como las igualmente viejas y no menos densas masas boscosas que otrora se extendían por toda la superficie de la isla de Cuba (Figura II).

Se le conocía por el nombre científico de Campephilus principalis, ivory-billed Woodpecker era el nombre que se le daba en los Estados Unidos, por carpintero real se le conocía en Cuba, y picomaderos picomarfil era el nombre común empleado para designarlo oficialmente en el idioma castellano (Figura I).

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Figura I. Picamaderos picomarfil (Campephilus principalis). El ejemplar situado en la margen izquierda de la ilustración, con su característica cresta roja, es un macho adulto. El juvenil es el ejemplar situado en la parte superior, y en la margen inferior derecha aparece representada la hembra adulta. Lámina procedente del libro “The birds of America“, escrito e ilustrado por el genial naturalista, ornitólogo y pintor estadounidense John James Audubon (1785-1851). Cabe señalar, como dato anecdótico, que las ilustraciones de las aves (unas 435) están realizadas a tamaño natural, por lo que las dimensiones del libro son realmente extraordinarias. Actualmente sólo existen unas 120 copias completas del libro y el valor monetario de cada una de ellas, dependiendo de la edición, se estima entre los siete y los once millones de €. (Nota para los seguidores del blog: MI CUMPLEAÑOS ES EL 3 DE ABRIL).

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Figura II. Área de distribución original del picamaderos picomarfil (Campephilus principalis). En los Estados Unidos habitaba la subespecie nominal, Campephilus principalis principalis, mientras en Cuba lo hacía la subespecie Campephilus principalis bairdii.

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Todo parecía transcurrir bien para este extraordinario pájaro (si bien su alta especialización ecológica siempre le impidió ser una especie frecuente), hasta mediado el siglo XIX. Ciertamente, y desde unas décadas atrás, la caza de ejemplares por parte de recolectores había supuesto la sensible disminución de muchas de sus poblaciones (Figura III). Pero fue a partir de la década de los sesenta de aquel siglo, con la desaparición de vastas extensiones boscosas debido a la enorme demanda de madera impuesta por una nación en crecimiento, lo que provocó el colapso total de sus poblaciones. Aquellas densas florestas eran su hábitat principal y, específicamente, aquellas que contaban con la presencia de árboles de gran porte y de ejemplares muertos o moribundos. La tala de los primeros, pero sobre todo, la extracción de los segundos, determinó la disminución de su principal fuente de alimento: las larvas de ciertas especies de escarabajos que se nutrían de la madera muerta o en descomposición. La industria maderera estadounidense no cesó su actividad hasta prácticamente un siglo después, alrededor de la década de los 40 del siglo XX, cuando prácticamente ya no había más bosques que talar.

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Figura III. Fotografía tomada en el año 1890 en las inmediaciones del río Suwanee (Florida). En la imagen podemos apreciar al ornitólogo estadounidense William Brewster sosteniendo entre sus manos a un ejemplar tiroteado de picamaderos picomarfil. A su izquierda, Frank Chapman, que sería posteriormente designado como director de ornitología en el American Museum of Natural History y fundador de la National Audubon Society, sostiene el arma del “delito”. La caza científica de ejemplares supuso un severo golpe para tan hermosa ave.

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Pocos años antes del inicio de aquella década de los 40 del pasado siglo, concretamente en enero del año 1937, James Taylor Tanner, un ornitólogo que estaba realizando su tesis doctoral en la Universidad de Cornell, fue enviado a las últimos bosques remanentes que se habían salvado del filo de sierras y hachas con la intención de encontrar a nuestro protagonista, del cual, desde las primeras décadas de aquel siglo se decía que, o bien eran escasísimos los individuos que en aquellos bosques quedaban, o bien que la especie había dejado de habitarlos para siempre (Figura IV).

Y fue en enero de aquel año 1937 cuando el joven James, que a la sazón contaba con tan sólo 22 años de edad, inició su expedición de búsqueda. Expedición que le llevó a recorrer durante 21 meses, desde Carolina del Sur hasta el este de Texas, más de 72.000 kilómetros de las formas más variadas: en tren, en su viejo automóvil Ford, a caballo, en mula, en canoa, y, sobre todo, a pie. Escaló árboles, vadeó aguazales y pantanos, capturó su propio alimento, durmió a la intemperie, fue acribillado por las picaduras de miles de mosquitos, se escabulló de caer en las fauces de caimanes, de morir envenenado por la mordedura de alguno de los muchos ofidios venenosos que por esos perdederos abundan… (Sí, queridas jóvenes veinteañeras, top models y jugadoras de vóley-playa que me estáis leyendo, los biólogos y naturalistas somos, además de espectacularmente atractivos, increíblemente rudos, viriles y masculinos. No como los Mendiguín, Javitxu, Juan Manuel Grijalvo, Vicente Millán y demás mequetrefes que por esta bitácora pululan y de los que es extraordinariamente difícil saber cuál de ellos es más invertido, margarito, mariposón y tralarala).

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Figura IV. James T. Tanner en el bosque de Singer Tract. Año 1937.

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Pero hablábamos de James T. Tanner y de sus penurias en aquella expedición de 21 meses tras el esquivo vuelo del picamaderos picomarfil… penurias que, finalmente, se vieron compensadas con creces… porque sucedió… y sucedió lo que pocos esperaban. Y fue en el estado de Louisiana, en un bosque primario, pantanoso, espléndido, en uno de los últimos bosques vírgenes estadounidenses que continuaban en pie, en una mañana en la que los rayos del sol se filtraban entre la densa espesura de aquella magnífica selva, cuando James T. Tanner, aquel joven estudiante en la Universidad de Cornell, aquel intrépido y esforzado ornitólogo, exclamó lleno de júbilo lo que muchos otros habían exclamado antes que él: “¡Oh, Señor Dios!”. Sí, había encontrado al picamaderos picomarfil, al ivory-billed Woodpecker, al también conocido como el pájaro del Señor Dios, porque éso era lo que exclamaba todo aquel que había tenido la oportunidad de contemplar el vuelo de tan extraordinaria ave (Figura V). ¡Oh, Señor Dios, el Campephilus principalis estaba vivo! Y lo estaba en forma de una pareja adulta con su cría… tres ejemplares que habitaban aquella túpida floresta escapada de las ansias madereras y que era conocida por los habitantes de la zona como el bosque de Singer Tract, ya que su propietaria era la conocida fábrica de máquinas de coser Singer Sewing Machine Company.

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Figura V. Ilustración que muestra a un macho adulto de picamaderos picomarfil en vuelo. Del tamaño de una corneja (estaba considerado como el segundo pájaro carpintero más grande del mundo) y de vistoso plumaje, se comprende las expresiones de asombro que muchos proferían al verlo y que le valieron alguno de sus sobrenombres.

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A lo largo de las semanas posteriores, Tanner, en compañía del guía de aquel bosque, J. J. Kuhn, pudo documentar varios aspectos de la biología de aquella ave. En su cuaderno de campo, de más de 400 páginas, escribió: “El picamaderos picomarfil se ha descrito con frecuencia como un morador de pantanos oscuros y sombríos, se ha asociado con la suciedad y la oscuridad, se le ha llamado un pájaro melancólico. Pero no es éso en absoluto, el picamaderos picomarfil es un habitante de las copas de los árboles y de la luz del sol; vive en el sol… En un entorno tan brillante como su propio plumaje”.

Posiblemente fueron los días más felices de la vida de Tanner. A lo largo de aquellas jornadas, además de llenar las hojas de su cuaderno con un sinfín de anotaciones, pudo realizar, con la ayuda de Kuhn, un puñado de fotografías al joven pollo de aquella pareja de picamaderos.

Tanner estimó en 12 el número de parejas supervivientes en toda el área de distribución estadounidense.

Pero el inicio de aquella infausta década de los 40, marcó el fin de aquellos días felices. El fabricante de máquinas de coser que hasta aquel entonces había sido propietario del bosque de Singer Tract, decidió vender los derechos de tala a una empresa maderera. Para colmo, la enorme demanda de madera generada después del ataque a la base naval de Pearl Harbour aceleró la tragedia. Tanner intentó convencer al principal ejecutivo de la compañía maderera para que respetase los árboles que, a su juicio, podían ser cruciales para la supervivencia de los poquísimos ejemplares de picamaderos picomarfil que quedaban en aquel bosque. La respuesta del ejecutivo fue tan contundente como estúpida: “Tienen que aprender a alimentarse de algo diferente”.

Posteriormente, la compañía maderera rechazó las peticiones de cuatro gobernadores sureños, varios informes y estudios de campo elaborados por la National Audubon Society y una oferta de compra del bosque de Singer Tract para declararlo como reserva.

Chicago Mill and Lumber Company se hacían llamar aquella banda de muertos de hambre.

Así es como algunos escriben la historia…

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Figura VI. J. J. Khun sosteniendo en su brazo a un joven de picamaderos picomarfil. El ejemplar fue bautizado por Tanner como Sonny Boy.

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La imagen precedente (Figura VI), así como algunas otras fotografías realizadas en la mismas fechas por James T. Tanner, son las últimas obtenidas del picamaderos picomarfil en suelo estadounidense. De 1948 data la última fotografía que se le pudo realizar a la subespecie cubana; subespecie que fue vista por última vez en el año 1986, cuando los ornitólogos Giraldo Alayón y Aimé Pasada observaron a una hembra adulta en las montañas de la Sierra Maestra. En los Estados Unidos, el último registro oficial data de mucho antes: una hembra adulta observada por el naturalista y dibujante Donald Eckelberry en el año 1944, en el mismo lugar donde Tanner pasó los días más felices de su vida… en el mismo lugar donde, años ha, se había erigido aquel espléndido bosque de Singer Tract.

James Taylor Tanner dejó este mundo en 1991, con 76 años de edad.

Ésta era la historia que se relataba, poco más o menos, en aquel pasaje de aquel libro olvidado. Una historia que, como decía al inicio de esta líneas, era un relato triste pero, desgraciadamente, usual. A continuación, se relata la segunda parte, la más increíble y conmovedora.

Porque fue a partir de entonces… de aquel año de 1944… de la observación de aquella hembra adulta sobrevolando las ruinas de Singer Tract… cuando el picamaderos picomarfil, abandonando el mundo de lo tangible a través de confusos y esporádicos avistamientos y de extrañas citas nunca confirmadas, fue internándose, poco a poco, en los nostálgicos territorios de lo mítico, de lo legendario, de lo irreal…

En el siguiente mapa se indican, mediante puntos rojos numerados, 22 posibles observaciones de picamaderos picomarfil posteriores a esa última cita confirmada del año 1944 (Figura VII). En los comentarios posteriores al mapa se realiza una breve descripción de todas y cada una de las observaciones.

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Figura VII. Representación gráfica de las tierras del sureste de los Estados Unidos y Cuba. En el área estadounidense, además de mostrarse el área de distribución original del Campephilus principalis (verde), el área que ocupaba en el año 1885 (verde claro) y el área que mantenía en el año 1900 (azul claro), se muestran los diferentes lugares donde, supuestamente, fueron observados individuos después del último avistamiento confirmado de la especie, en 1944 (puntos rojos). En Cuba, sólo se indica el lugar donde fue observada después de su ultima cita oficial, en el año 1986.

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1. Alrededor del año 1950, el ornitólogo Allan Cruickshank afirmó ver a un ejemplar en el Condado de Collier, Florida, en una zona muy próxima al límite occidental de la actual Reserva Nacional Big Cypress.

2. En torno a la fecha del primer avistamiento de Cruickshank, los observadores Whitney Eastman, Muriel Kelso, Davis Crompton y John Dennis señalaron haber visto al menos a un ejemplar de la especie en los bosques pantanosos del río Chipola, en el Condado de Calhoun, también en Florida. Conviene indicar que tanto Crompton como Dennis habían observado, poco tiempo antes, al picomaderos picomarfil en Cuba: fue en abril del 1948, es decir, 38 años antes de la última observación de la especie en la isla.

Inmediatamente después de la observación, los pantanos del río Chipola fueron declarados como santuario de vida silvestre. Dicha declaración fue anulada poco después, en el año 1952, al no encontrarse indicios de presencia de la especie.

3. Samuel A. Grimes, coautor junto a Glenn Chandler de la primera cita de garcilla bueyera (Bubulcus ibis) en Norteamérica en el año 1953, afirmó haber observado un año antes, concretamente en el mes de julio del año 1952, a un picamaderos picomarfil en el Condado de Wakulla, también en Florida.

4. Como en las tres observaciones anteriores, ésta también tuvo lugar en el estado de Florida, concretamente en la zona conocida como Homosassa Springs, en abril de 1955. El responsable de la observación fue John K. Terres, ex editor de la prestigiosa revista ornitológica Audubon y autor de The Audubon Society Encyclopedia of North American Birds. Es digno de mención el hecho de que John K. Terres, por miedo al descrédito, mantuvo la observación en secreto durante más de 30 años.

5. Cuenca del río Altahama, Georgia, 1958. Herbert L. Stoddard, ornitólogo y ecólogo forestal, informó haber visto al ave mientras volaba en una pequeña avioneta. La observación se produjo a unos 50 metros de distancia del aparato.

6. Nuevamente, Herbert L. Stoddard declaró haber observado un par de pinos cuyos troncos presentaban evidentes signos de haber sido descortezados por la actividad de búsqueda de alimento (larvas de escarabajo) de un picamaderos picomarfil. Ocurrió cerca de Thomasville, Georgia, 1958.

7. Año 1959, al oeste del río Aucilla, en el Condado de Jefferson, Florida. El autor de la cita es el dentista y ornitólogo aficionado William Rhein. William Rhein, tres años antes, en una expedición organizada a la Sierra Madre Occidental (Méjico), pudo obtener la que hoy se estima como la primera y única filmación de un picamaderos imperial (Campephilus imperialis). Esta última especie de picamaderos también se considera extinta.

8. Los observadores de aves Olga Hooks Lloyd (en abril de 1966) y John Dennis (en diciembre de 1966 y en febrero de 1968; éste es el mismo ornitólogo que en 1948, en Cuba, consiguiera la que se considera la última fotografía realizada a un ejemplar de picamaderos picomarfil, y el mismo que afirmaba haber observado, dos años después, a un ejemplar en los bosques de Chipola), aseguraron haber observado al ave en el pantano del río Neches, Texas. El propio John Dennis declaró haber grabado la voz del pájaro en el año 1968, pero algunos cuestionaron la autenticidad de la grabación. Actualmente, los expertos en acústica del Cornell Laboratory of Ornithology opinan que se trata de una grabación auténtica.

9. En 1966, cerca de la Base de la Fuerza Aérea de Elgin, Florida, los observadores de aves Bedford P. Brown y Jeffrey R. Sanders aseguraron haber oído y posteriormente observado, durante 16 minutos, a una pareja de picamaderos picomarfil buscando alimento en los troncos de varios árboles.

10. En 1967 el entonces estudiante David S. Lee (posteriormente ornitólogo y conservador emérito del Museo de Ciencias Naturales del Estado de Carolina del Norte), pudo ver en compañía de su profesor, en un área pantanosa conocida con el topónimo de Pantano Verde, Condado de Polk, Florida, rastros que indicaban la presencia de, al menos, un individuo de picamaderos picomarfil buscando alimento (grandes trozos de corteza caídos al pie de varios árboles). Horas antes, el propio Lee afirmaba haber visto, a escasos kilómetros del pantano, a una hembra adulta de esta especie volando a unos 23 metros de su posición.

11. En el noroeste del lago Okeechobee, Condado de Polk, Floria, y entre los años 1967 y 1969, los observadores Norton H. Agey y George M. Heinzmann informaron haber visto y oído a un picamaderos picomarfil en, al menos, 11 ocasiones distintas. Una pluma encontrada cerca de la cavidad de un árbol fue identificada como la secundaria más interna del ave.

12. En la cuenca del río Atchafalaya, Louisiana, y en al año 1971, el presidente de la comisión de boxeo de ese estado, Fielding Lewis, tomó dos imágenes, de bastante mala calidad, de lo que parece ser un macho adulto de picomarfil (Figura VIII). Dichas imágenes fueron remitidas por el propio Lewis al ornitólogo de la Universidad Estatal de Louisiana, George Lowery, quien, en la reunión de la Unión Americana de Ornitólogos de ese mismo año, se las presentó a sus colegas. Las fotos, en aquel entonces, fueron tomadas con las evidentes y lógicas muestras de escepticismo. Sin embargo, hoy día muchos ornitólogos las aceptan como legítimas. Cabe destacar que Fielding Lewis decidió permanecer en el anonimato durante más de 30 años, y sólo a mediados de la pasada década decidió desvelarse como el autor de las polémicas imágenes.

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Figura VIII. Fotografías tomadas por Fielding Lewis en el año 1971. En ambas tomas puede apreciarse, con cierta dificultad, lo que parece ser un macho adulto de Campephilus principalis.

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13. El prestigoso ornitólogo Jerome A. Jackson, toda una autoridad en pícidos en general, y en picamaderos picomarfil en particular (tiene publicados varios libros y artículos al respecto), aseguró haber observado a un macho adulto en el río Noxubee, Mississippi-Alabama, en el mes de marzo del año 1973. Al respecto, escribió: “En segundos, mi mente corrió a interpretar la visión… Era una mariposa blanca gigante… ¡No, era un pájaro carpintero de cabeza roja gigante!… Luego… ¡¡tenía que ser un picamaderos picomarfil!!”.

Jerome A. Jackson, además de ser un afamado ornitólogo, hoy en día es reconocido por su escepticismo en relación a la posible supervivencia del ave.

14. En el río Ogeechee, a unos 40 kilómetros de la localidad de Savannah, en el estado de Georgia, el reverendo C. Deming Gerow y su hijo Jim aseguraron haberlo observado en julio de 1973. Ambos individuos, misioneros en Argentina, eran cazadores de aves y estaban muy familiarizados con los pájaros carpinteros sudamericanos del género Campephilus.

15. Los ornitólogos Ronald Sauey y Charles Luthin, en el río Black Creek, a la altura de la Reserva Nacional del Bosque de DeSoto, afirmaron escuchar unas voces muy parecidas a las voces del picamaderos picomarfil obtenidas por Arthur Allen y Peter Paul Kellogg en el año 1937. La escucha de Sauey y Luthin tuvo lugar el 2 de febrero de 1978.

16. La observadora de aves Mary Morris declara haberlo observado sobrevolando el río Pascagoula, Mississippi, en febrero de 1982.

17. Dennis G. Garrat declara haberlo observado en el río Loxahatchee, en el Parque Estatal Jonathan Dickinson, en abril de 1985. La observación, según Garrat, se prolongó durante unos 15 minutos y desde una distancia de entre 7 y 12 metros.

18. Nuevamente, Jerome A. Jackson y el entonces estudiante de posgrado Malcolm Hodges, escucharon una voz que identificaron como la de un picamaderos picomarfil. Dicha voz fue emitida como respuesta a una cinta de audio que contenía la voz de un individuo de la misma especie y que los dos ornitólogos decidieron radiar cerca de la antigua desembocadura del río Yazoo, próxima a la localidad de Vicksburg, Mississippi. Sucedió el 28 de marzo de 1987. Al parecer, el ave se acercó hasta unos 150 metros de la posición que ocupaban Jackson y Hodges. Cuando ambos intentaron acercarse para comprobar la identidad del individuo, éste, huyó del lugar.

19. Por tercera vez, Jerome A. Jackson en compañía de otros ornitólogos, pudieron escuchar las voces de llamada de un picamaderos picomarfil a lo largo de una expedición realizada durante los meses de febrero y marzo de 1988 al área conocida como Ojito de Agua, en Cuba. El 4 de marzo Jackson pudo observar, durante un breve espacio de 3 segundos, a un individuo que identificó como un probable picamaderos picomarfil.

20. Un cazador, David Kulivan, declaró haber tenido un encuentro con el ave. Sucedió en los pantanos del río Pearl, en Louisiana, en abril de 1999. Una búsqueda intensiva realizada por un equipo de ornitólogos durante el año 2002, no encontró signos que evidenciaran la presencia de la especie en aquellos pantanos.

22. Geoffrey Hill, profesor y conservador de aves en la Universidad de Auburn, así como los estudiantes y ornitólogos Dan Mennill, Tyler Hicks, Brian Rolek y Kyle Swiston declararon haber obtenido indicios y observaciones a los largo de varias jornadas de campo entre los años 2005-2008 en las riberas del río Choctawhatchee, en el estado de Florida.

21. No, no me he equivocado. En este punto, he decidido alterar el orden de las citas y dejar en último lugar el avistamiento número 21. “¿Y por qué?”, os preguntaréis muchos de vosotros. Bien, creo que el motivo bien lo merece:

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En las postrimerías de la primavera del año 2005, la revista Science, publicando en su portada una ilustración de un macho adulto de Campephilus principalis, se descolgaba en sus páginas interiores con un artículo titulado de la siguiente forma: “Ivory-billed Woodpecker (Campephilus principalis) Persists in Continental North America”.

Sí, la mismísima revista Science (junto con Nature, el gran oráculo de la ciencia mundial) afirmaba que, efectivamente, el picamaderos picomarfil seguia perviviendo en los bosques estadounidenses. Y lo hacía avalada por un artículo firmado por un nutrido equipo de 17 ornitólogos pertenecientes a una de las instituciones más reconocidas y prestigiosas en el ámbito de la Ornitología: el Cornell Laboratory of Ornithology.

Todo parecía indicar que tras largos años de dudas, de incertidumbres, de controversias, de ilusiones caídas en saco roto… había llegado el tiempo de las certezas, de las evidencias, de los consensos, de las ilusiones confirmadas. Todo parecía indicar que aquel artículo, por fin, había venido a autentificar y validar todos aquellos avistamientos y testimonios que se habían prolongado a lo largo de varias décadas. Todo parecía indicar que el picamaderos picomarfil, el ivory-billed Woodpecker había abandonado, definitivamente, el mundo de lo mítico y de lo legendario para instalarse, nuevamente, en el mundo de lo real y de lo tangible. Y muchos debieron exclamar: “¡Oh, Señor Dios, el picamaderos picomarfil está vivo!”.

Pero al poco de salir publicado aquel estudio, comenzaron a surgir los primeros comentarios de desaprobación y las primeras críticas… porque… ¿Qué era lo que se decía en aquel artículo de Science? ¿Cuáles eran las evidencias y las pruebas que refrendaban la persistencia del Campephilus principalis?

Bien, si leéis la publicación que os he enlazado líneas arriba, comprobaréis que toda la evidencia que sustenta el meollo de la cuestión se basa en más avistamientos, en señales acústicas congruentes con la presencia del ave y, sobre todo, en el análisis de una filmación obtenida el 25 de abril de 2004, filmación que, según el equipo de ornitólogos responsables de la autoría del artículo, demuestra la presencia del picamaderos picomarfil en el área de Big Woods, en el este de Arkansas. Las tres páginas del artículo vienen acompañadas por 5 fotogramas extraídos de dicha filmación y, el artículo en sí, mayormente, consiste en el análisis de los mencionados fotogramas.

La filmación, de 11 segundos, conocida posteriormente como la “fimación Luneau”, por ser éste el apellido del ornitólogo que consiguió tal documento gráfico, es ésta:

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Bien. En esos 11 segundos de filmación, lo más que se puede llegar a observar es a un gran pájaro de largas alas volando a través de unos árboles situados en un área pantanosa. Las alas parecen presentar un diseño de bandas blancas y negras… ¡y poco más!… ¡Sí, es cierto, el ave recuerda enormemente a un picamaderos picomarfil!, entonces… ¿Por qué entre la comunidad de ornitólogos, con el pasar de las semanas y los meses, eran cada vez más las voces que ponían en duda que el ejemplar que aparecía en las imágenes se tratara de un individuo de esa especie?

Bueno, sencillamente porque la zona donde fueron tomadas esas imágenes forma parte del área de distribución de un ave muy similar al picamaderos picomarfil. Se trata, lógicamente, de otra especie de pájaro carpintero, de tamaño algo inferior, y con una morfología, un diseño y una coloración que recuerdan bastante al Campephilus principalis. El sospechoso de ser el protagonista de la filmación es el picamaderos norteamericano (Dryocopus pileatus) (Figura IX).

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Figura IX. Hembra y macho adulto de picamaderos norteamericano (Dryocopus pileatus).

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Figura X. Ilustración en la que se muestran los rasgos comúnmente usados para distinguir a los machos y hembras de Campephilus principalis (izquierda) de los machos y hembras de Dryocopus pileatus (derecha).

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Figura XI. En esta otra ilustración se muestran los rasgos comúnmente usados para distinguir a los individuos de Campephilus principalis encontrados en vuelo (izquierda) de los individuos de Dryocopus pileatus encontrados en esa misma circunstancia (derecha). Se ofrecen tanto las vistas dorsales (arriba) como las ventrales (abajo).

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Casi todos vosotros os habréis dado cuenta de los rasgos que evidencian las diferencias entre ambas especies de picamaderos (Figuras X y XI). (He escrito casi todos y no todos porque hay un personajillo muy conocido en este blog, que de seguro no habrá sabido apreciar esas diferencias. En fin… ¡que el Santo Job me dé paciencia para soportar tan pesada carga!).

Y es que, aunque ambas especies presentan un patrón alar relativamente similar de bandas blancas y negras muy contrastante, en el picamaderos picomarfil, en vuelo, las bandas blancas, tanto dorsal como ventralmente, están más claramente presentes y extendidas que en su congénere. Así y todo, y si la observación es breve y/o se realiza en malas condiciones de visibilidad, es difícil distinguirlas y todo lo más que puede percibir el observador es un blanco destello desapareciendo entre la espesura.

Y tras los primeros comentarios y críticas de desaprobación, a los pocos años, comenzaron a surgir los primeros artículos que cuestionaban la identificación de aquel pájaro. Y a estos primeros artículos les siguieron otros muchos; la mayoría rechazando, no sólo la posibilidad de que el protagonista de aquella filmación fuese un Campephilus principalis, sino negando la posibilidad de que la especie continuara existiendo. Además de las pruebas gráficas, las grabaciones obtenidas por los ornitólogos del Cornell Lab. of Ornithology, también fueron rebatidas.

Al tiempo, no sólo se reanudaron y/o intensificaron las búsquedas del ave en las áreas que contenían hábitats susceptibles de albergarla, sino que la Administración norteamericana dedicó cuantiosas partidas presupuestarias para realizar labores de vigilancia y conservación de dichos hábitats.

Y fueron pasando los años… y las campañas de búsqueda (la mayoría llevadas a cabo por ornitólogos y voluntarios del Cornell Lab. of Ornithology), siempre arrojaban los mismos resultados. Así, en el informe que documentaba la temporada de búsqueda 2007-2008, se decía: “Los equipos de búsqueda cubrieron mucho terreno y probaron nuevas técnicas de muestreo… Los investigadores documentaron más avistamientos posibles y se escucharon posibles golpes dobles congruentes con la presencia del picamaderos picomarfil, pero la fotografía definitiva, como el ave en sí, continúa siendo esquiva”.

Al mismo tiempo, un equipo de ornitólogos de las universidades de Auburn y  Windsor que venían trabajando con la posibilidad de que existiera una pequeña población de picomarfil en la cuenca del río Choctawhatchee, en Florida, escribían en su página web: Completamos nuestro esfuerzo en 2008 para obtener pruebas definitivas de la existencia del picamaderos picomarfil en la cuenca del río Choctawhatchee a principios de mayo … Los miembros del equipo no tuvieron avistamientos y sólo obtuvieron dos detecciones de sonido en 2008. ¿Entonces, dónde nos deja todo esto? Casi en la misma posición que en junio de 2006. Tenemos una gran cantidad de evidencias de que el ave persiste a lo largo del río Choctawhatchee, en el centro de la Florida, pero no tenemos pruebas definitivas de que exista. O la emoción de la búsqueda hace que los observadores de aves competentes vean y escuchen cosas que no existen y llevan a analistas de sonido competentes a identificar erróneamente cientos de sonidos grabados, o los pocos ejemplares de picomarfil en la cuenca del río Choctawhatchee se encuentran entre las aves más esquivas del planeta”.

En agosto de 2009, el ornitólogo de la Universidad de Auburn, el Dr. Geoffrey Hill, concluía: “No he publicado muchas actualizaciones en este sitio en los últimos 9 meses porque no ha habido mucho que informar… Desde el invierno de 2008, hemos tenido pocos avistamientos o detecciones de sonidos… En resumen, nuestra experiencia durante el año pasado indica que los individuos de picomarfil se han mudado de las áreas en las que nos encontramos desde 2005 a 2008. No hay manera de saber si las aves se encuentran en diferentes lugares de la cuenca del río Choctawhatchee, en diferentes bosques de la región o muertas … No publicaré más actualizaciones en este sitio”.

Finalmente, en octubre de 2009, los ornitólogos de Cornell anunciaron la suspensión definitiva de las campañas de búsqueda. A través de un comunicado, expresaron: “Después de cinco años de búsqueda infructuosa, las esperanzas de salvar la especie se han desvanecido. No creemos que exista una población recuperable de picamaderos picomarfil”.

Pasan los años… el tiempo prosigue con su lento discurrir. Las búsquedas (menos numerosas y más espaciadas en el tiempo), también lo siguen haciendo. Las ilusiones de aquellos que mantienen las esperanzas en la supervivencia de tan fantástica ave siguen persistiendo al mismo ritmo que siguen persistiendo los rumores sobre su existencia.

Desgraciadamente, a día de hoy, todavía no se ha ofrecido ni una sóla prueba que demuestre, de manera irrefutable y consistente, que el picamaderos picomarfil continúa siendo un ser propio de nuestro mundo tangible, físico, real. Mientras ello no ocurra, el picamaderos, alejado de esta realidad objetiva, seguirá perdurando en esa otra realidad donde perviven las leyendas, los mitos, los seres fantásticos…

Y seguirá surcando los bosques con su blanco destello de nostalgia.

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16 comentarios »

  1. Como cuestión de gusto, prefiero Alpestri.

    Comentario por Juan Manuel Grijalvo — 10 enero 2019 @ 15:29 | Responder

    • Yo también, pero me conformaría con que se quedase con uno, el que demonios fuera. 😛

      Comentario por Nadir — 10 enero 2019 @ 22:51 | Responder

  2. Reblogueó esto en El blog de Juan Manuel Grijalvo…y comentado:

    Para saber más sobre los bosques y sus habitantes.

    Comentario por Juan Manuel Grijalvo — 10 enero 2019 @ 15:39 | Responder

    • Gracias, Juan!

      Comentario por Sr. Moñoño — 10 enero 2019 @ 15:56 | Responder

  3. Mi primera especie extinguida fue el alca mayor.
    Aventura en la Isla, de Enid Blyton.
    https://www.enidblytonsociety.co.uk/book-details.php?id=164&title=The+Island+of+Adventure

    Comentario por Juan Manuel Grijalvo — 10 enero 2019 @ 16:09 | Responder

    • Y como le ha sucedido a otras muchas especies a lo largo de la historia, el motivo principal de su extinción fue la caza abusiva a la que fueron sometidas.

      Enid Blyton, por motivos de edad, me queda un poco lejos. Yo recuerdo que crecí leyendo la saga de “Los Hollister”. Lo que no recuerdo es quién era el autor o autora de aquella colección de libros.

      Comentario por Sr. Moñoño — 10 enero 2019 @ 16:28 | Responder

      • Doña Wikipedia me acaba de informar que el autor de aquella saga era Andrew E. Svenson, pero que lo hizo parapetado tras el seudónimo de Jerry West.

        Loada sea Doña Wikipedia!

        Comentario por Sr. Moñoño — 10 enero 2019 @ 16:34 | Responder

  4. Pues yo he disfrutado como una enana leyendo la entrada con los puños apretados y los ojos pegados en la pantalla.
    Me gustaría saber cómo Khun fue capaz de tener al joven ivory sobre su brazo.
    Saludos y gracias.

    Comentario por erebiagorge — 10 enero 2019 @ 18:59 | Responder

    • No sabes cómo me presta leer lo mucho que te ha gustado la historia. Como es lógico, ésa era mi intención. Pero, evidentemente, el mérito no es de quien esto escribe, sino de la historia en sí.
      Como he dejado escrito en el artículo, sabía, desde hace años, la primera parte del relato: la que se desarrolla desde que la especie es descrita para la ciencia hasta su extinción (o presunta extinción) en 1944. De lo que no tenía ni idea, hasta hace unos meses, era de la historia posterior. Esa segunda parte, cuando la escuché (gracias a un gran ornitólogo y divulgador, José Luis Copete), me sobrecogió profundamente.

      A Sonny Boy pudieron fotografiarlo gracias a una imprudencia de Tanner. Aprovechando la momentánea ausencia de los padres, Tanner trepó hasta la boca del nido del picamaderos con la intención de realizar unas observaciones más detalladas del pollo y del propio nido. En un momento dado, el asustado pollo huyó del nido, precipitándose hasta el suelo. Dada la coyuntura, tanto Tanner como Khun decidieron hacerle unas fotos (fíjate en la expresión sobresaltada del pobre Sonny Boy) antes de devolverlo al nido.

      Lo dicho, me alegra muchísimo que te haya sobrecogido la historia.

      P.D. No es por intercambiar cumplidos, pero a mí me gustan mucho tus comentarios (hace unos meses leí un mensaje tuyo, bellísimo, sobre unas abejas que habían decidido ser tus vecinas).

      ¡Un saludo muy cordial!

      Comentario por Sr. Moñoño — 10 enero 2019 @ 19:50 | Responder

  5. Muy buen relato. A raíz de ese artículo en Science, hubo bastante discusión entre conservacionistas a favor de dedicar dinero para buscar esta especie y los que consideraban que ese dinero podía dedicarse a otras especies en situación precaria pero aún no extinguidas. El caso es que algunos de los bosques que podrían albergar (ojalá) a esta especie se protegieron más eficazmente (o eso dicen), y son realmente espectaculares, como los Big Woods de Arkansas.

    Comentario por Greg — 10 enero 2019 @ 22:13 | Responder

    • Así es, Greg.

      Muchos de los que cuestionaron la tesis principal del artículo de Science, y por ende, la posibilidad de la supervivencia de la especie en los Estados Unidos, reconocieron que las importantes sumas de dinero destinadas a salvar a aquellos supuestos últimos ejemplares de la especie, si bien no sirvieron para dicha finalidad, al menos sirvieron para salvaguardar a aquellos espacios naturales con posibilidades de albergarla (muchos de esos espacios, de gran valor ambiental, no tenían ninguna figura de protección que los amparase).

      Comentario por Sr. Moñoño — 11 enero 2019 @ 0:43 | Responder

  6. Un interesante análisis:

    https://www.sibleyguides.com/2007/10/ivory-billed-woodpecker-status-review/

    Comentario por Greg — 10 enero 2019 @ 22:34 | Responder

    • Hombre, David Sibley! Uno de los popes de la ornitología norteamericana!

      Gracias por el enlace. Mañana, con más tiempo por delante, lo leeré.

      Comentario por Sr. Moñoño — 11 enero 2019 @ 0:46 | Responder

  7. Un personaje que…

    Bring M. Backalive is an intrepid poacher
    who hunts in the Palombian jungles,
    obsessed with achieving his career’s
    last remaining elusive triumph,
    to capture a live specimen Marsupilami.
    The character appeared in two Franquin stories,
    and later featured in the Marsupilami spin-off series.

    Comentario por Juan Manuel Grijalvo — 11 enero 2019 @ 23:40 | Responder

  8. Querido Sr. Moñoño no puedo menos que felicitarle por tan interesante y bonita entrada sobre una aspecto inédito al menos para mis oídos que me reconcilia con todo lo bueno bonito y bello que hay en el que mundo que no es poco 🙂 . Dicho esto…..ejem….¡¡ COMO OSA PONER EN DUDA MI MÁS QUE CONTRASTADA VIRILIDAD EMPOTRADORA DE LA CUAL MIS INNUMERABLES AMANTES PUEDEN HABLAR MUCHO Y BIEN. SI QUIERE Y PARA QUE NO HAYA DUDAS SI ACASO UN DÍA QUEDAMOS Y NOS LA MEDIMOS PARA QUE VEA QUE NO HICE YO LA MILI EN ARTILLERÍA SOLO POR ALTO!!

    Eso sí, sin estirar de la puntita que no vale, ¡ “fair play” ante todo !

    Y para terminar…..¡ES USTED ARIES COMO YO! ¡Que feliz coincidencia “mon amiiiiiii” !. Ahora comprendo esa feliz alineación de gustos exquisitos. Pues mire usted, da la coincidencia que herede una selección musical en forma de LP´s que estaba por utilizar como posaplatos pero que, a la vista está, me congratulo de que puedan tener una nueva vida. Le doy a elegir entre Luis Cobos, los grandes éxitos de Ray Conniff o uno de María del Mar Bonet que no se ni como llego aquí (esté último no se lo recomiendo por el peligro de caer en estado catatónico ano ser que usted, Dios no lol quiera, pase por un tratamiento de quimio y vea que la morfina ya no le haga efecto).

    En fin, ya me cuenta si eso caballero

    Saludiños agectuosos

    😉

    Comentario por Javitxu — 18 enero 2019 @ 14:36 | Responder

    • Soy consciente de que una historia tan fascinante merecería ser relatada por alguien más diestro que yo en esto de la escritura. Aún así, me alegra saber que has pasado un buen rato leyéndola.

      ¡¡Y POR SUPUESTÍSIMO QUE SIGO REITERÁNDOME EN PONER BAJO LA LUPA DE LA SOSPECHA SU PRESUNTA CONDICIÓN DE RECIO Y VIRIL EMPOTRADOR, PARDIEZ!!

      Dicho lo cual, agradezco a la vez que declino su generosa oferta musical.

      Con todo, y teniendo muy presente que fue usted el que me descubrió al más grande y singular artista que los tiempos han dado (me estoy refiriendo, evidentemente, al simpar Goyo Ramos), permítame regalarle los oídos de usted con una de sus últimas y portentosas creaciones musicales.

      Comentario por Sr. Moñoño — 19 enero 2019 @ 14:15 | Responder


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